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Guimarães en un día desde Oporto: qué ver y cómo organizar la excursión
Guimarães está a poco más de una hora de tren desde Oporto y es la mejor excursión que se puede hacer desde la ciudad. Aquí nació Portugal, y eso se nota en un castillo del siglo X, un palacio ducal de chimeneas imposibles y un centro medieval Patrimonio de la Humanidad donde la gente sigue viviendo. Este es el itinerario que mejor funciona para una jornada completa, con el Monte da Penha incluido.
Por qué Guimarães es la excursión que hay que hacer¶
De todas las escapadas posibles desde Oporto, Guimarães es la que yo recomendaría a alguien que solo pueda hacer una. La he visitado dos veces, en diciembre y a principios de junio, con muy distinto tiempo y muy distinta compañía, y en ambas ocasiones volví con la sensación de haber aprovechado el día por completo.
La razón no es solo el patrimonio, aunque el patrimonio es de primer nivel. Es que Guimarães funciona como ciudad. Su centro histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad desde 2001 y se conserva de una manera que asombra, pero no tiene ese aire de decorado que arruina tantos cascos antiguos europeos: hay tiendas normales, gente haciendo la compra, bares donde los parroquianos discuten de sus cosas, y turistas que están claramente en minoría. Se recorre en un rato y se disfruta durante horas.
Y luego está el peso histórico, que en Portugal es un asunto serio. Afonso Henriques, que sería Afonso I, primer rey del país, nació aquí en torno a 1109, y en 1128 ganó en estos alrededores la batalla de São Mamede, la que consolidó la independencia frente al reino de León. El escudo de la ciudad lleva inscrito "Aqui nasceu Portugal", y no es un eslogan de oficina de turismo: es una afirmación histórica que cualquier portugués te confirmará sin dudar.
Cómo llegar desde Oporto¶
El tren sale de la estación de São Bento, en pleno centro histórico de Oporto, y para pocos minutos después en Campanhã, así que se puede coger en cualquiera de las dos. El trayecto dura entre una hora y una hora y cuarto según el servicio, hay salidas frecuentes durante todo el día y el billete cuesta poco más de tres euros por trayecto, uno de esos precios que a un viajero español le hacen mirar dos veces el panel.
No hace falta comprar con antelación ni reservar plaza: se saca en la máquina o en la ventanilla el mismo día y listo. Tampoco hace falta madrugar en exceso. Saliendo de Oporto entre las nueve y las diez de la mañana da tiempo de sobra a hacer la jornada completa, incluido el Monte da Penha, y volver al atardecer. Lo que sí conviene es mirar el horario del último tren de regreso antes de salir, porque las frecuencias caen bastante a partir de la noche.
El trayecto en sí es agradable: en cuanto la ciudad se queda atrás aparece el verde intenso del Miño, con viñedos en terrazas, aldeas dispersas y colinas que se suceden. Al llegar, la estación queda a unos quince minutos a pie del centro histórico, un paseo llano y cómodo que sirve de primera toma de contacto. En Guimarães no hace falta transporte urbano para nada: todo lo del casco antiguo está a distancia de paseo.
La mañana: las plazas del centro medieval¶
Lo primero que hay que hacer al llegar es exactamente lo que menos parece un plan: sentarse. La Praça de Santiago es una plaza irregular rodeada de casas tradicionales con balcones de hierro forjado y soportales de piedra, con varios cafés que sacan las mesas a la calle, y es el mejor sitio del norte de Portugal para tomar un café y dejar que la ciudad se ponga en marcha alrededor. Media hora ahí ordena el resto del día.
A un paso está la Praça da Oliveira, que toma su nombre del olivo centenario que crece en el centro. La preside la iglesia de Nossa Senhora da Oliveira y frente a ella se levanta el Padrão do Salado, un templete gótico del siglo XIV erigido para conmemorar la victoria cristiana en la batalla del Salado. Todo en esa plaza tiene capas superpuestas: el olivo, el templete, la iglesia gótica, los edificios medievales con los entramados de madera todavía visibles.
Entre una plaza y otra, y hacia la Rua de Santa Maria, se despliega el resto del casco: una de las calles más antiguas de la ciudad, adoquinada, estrecha, con casas de piedra y balcones cargados de flores, que en pocos lugares de Europa se conserva con esta naturalidad. La mejor forma de recorrer esta parte es sin mapa, dejándose llevar por las cuestas suaves y entrando en las plazas según aparecen. Guimarães es lo bastante pequeña como para que perderse dure cinco minutos.
Media mañana: el castillo y el Paço dos Duques¶
Desde el centro se sube por callejuelas empinadas hacia la parte alta, donde están los dos monumentos que todo el mundo asocia a la ciudad. El Castelo de Guimarães se empezó a construir en el siglo X, cuando la condesa Mumadona Dias mandó levantar una torre para proteger el monasterio que había fundado, y se fue ampliando durante los siglos siguientes hasta convertirse en la fortaleza que hoy corona la colina.
Dicen que es el castillo que dibujan los niños portugueses cuando les piden que dibujen un castillo, y tiene toda la lógica: torres cuadradas, murallas sólidas, almenas, proporciones de manual. Lo mejor que se puede decir de él es que no ha sido restaurado en exceso. Conserva la sobriedad de una construcción hecha para funcionar y no para impresionar, y la subida a las murallas ofrece unas vistas estupendas sobre la ciudad y sobre el paisaje del Minho. La entrada es barata y la visita se resuelve en tres cuartos de hora largos.
A pocos metros está el Paço dos Duques de Bragança, palacio del siglo XV mandado construir por Dom Afonso, primer duque de Braganza, la dinastía que acabaría reinando en Portugal. Lo que más llama la atención desde fuera son sus chimeneas cónicas, decenas de ellas apiñadas sobre el tejado en un diseño de inspiración borgoñona que no tiene paralelo en el resto de la península. Fue restaurado en el siglo XX con más entusiasmo que rigor histórico, según señalan bastantes especialistas, y hoy funciona como museo con colecciones de tapices, armas y mobiliario. Si el día viene justo, se puede ver por fuera sin remordimiento: el exterior ya justifica la subida. Hay entrada combinada con el castillo, que sale a cuenta si piensas entrar a los dos.
El mediodía: dónde y qué comer¶
El centro histórico está lleno de sitios pequeños y familiares, y la zona de la Praça do Toural y sus alrededores es la más práctica para resolver el almuerzo sin alejarse. Un consejo aprendido a base de tropezar: en Portugal se come pronto y en los establecimientos pequeños los platos del día se agotan de verdad. Si llegas pasadas las dos y media, es probable que te digan que ya no queda la mitad de la carta.
La cocina del Minho es contundente y tiene identidad propia. El plato local por excelencia es el rojões à minhota, tacos de cerdo adobados y fritos que se sirven con patata, arroz y a menudo con sangre cocinada, aunque hay versiones para todos los estómagos. También es zona de bacalao en todas sus variantes y de caldo verde, esa sopa de col, patata y chorizo que en invierno se agradece de una manera casi física.
Y luego está el dulce, que aquí es asunto serio. Las tortas de Guimarães, un hojaldre relleno de dulce de calabaza y almendra que se hace en la ciudad desde hace siglos, son el souvenir comestible que hay que llevarse. Cualquier pastelería del centro las tiene y aguantan bien el viaje de vuelta.
La tarde: el teleférico y el Monte da Penha¶
Aquí es donde una buena excursión se convierte en una excelente. El Monte da Penha es una elevación de algo más de seiscientos metros que domina la ciudad, y se sube en un teleférico que arranca en el borde del centro histórico y tarda unos diez minutos. La cabina asciende despacio, la ciudad va encogiéndose debajo hasta que las calles se reducen a líneas entre tejados, y al fondo aparecen las montañas verdes del Minho hasta el horizonte.
Arriba está el Santuario de Nossa Senhora do Carmo da Penha, un conjunto religioso de principios del siglo XX que hace algo poco habitual: en lugar de arrasar las enormes formaciones de granito que coronan el monte, las incorpora a la arquitectura. Hay capillas encajadas entre bloques de piedra, escaleras que zigzaguean entre las rocas y miradores sobre plataformas talladas en el granito. Merece la pena subir a la capilla de São Cristóvão, encaramada sobre una formación rocosa a la que se accede por una escalera empinada, porque desde allí se ve Guimarães abajo y la sierra del Gerês recortada en el horizonte.
Pero el Penha no es solo el santuario. Es también un parque forestal con senderos entre pinos, robles y castaños, y después de una mañana de monumentos y adoquines ese silencio de bosque sienta de maravilla. Uno de los caminos lleva hasta la Pia de Sabão, una depresión natural en la roca donde se acumula el agua de lluvia y a la que la tradición local atribuye propiedades curativas. No puedo confirmar los efectos terapéuticos, pero el sitio, rodeado de vegetación y con el valle abajo, ya funciona como bálsamo.
Un aviso importante desde la experiencia: el teleférico no funciona todos los días del año ni con cualquier tiempo. En mi primera visita, en diciembre, estaba cerrado, y me quedé con las ganas hasta tres años después. Si el Penha es parte importante de tu plan, conviene comprobar el horario de la temporada antes de subir, y tener en cuenta que también se puede llegar arriba en coche o taxi por carretera.
Cuánto tiempo necesitas de verdad¶
Guimarães admite dos formatos y conviene elegir antes de salir de Oporto. En media jornada larga, saliendo por la mañana y volviendo a media tarde, se ven bien las plazas, el castillo y el Paço dos Duques, se come con calma y se vuelve. Es un plan perfectamente satisfactorio, que fue el que hice en mi primera visita, y que deja la ciudad bastante cubierta.
Con la jornada completa, incluyendo el Monte da Penha, la excursión cambia de categoría, porque el santuario entre rocas y el paseo por el bosque añaden un componente de paisaje que el centro histórico no tiene. Yo recomiendo este segundo formato sin dudarlo, y colocar el Penha por la tarde, cuando la luz cae de lado y la vista rinde mejor.
Lo que no recomiendo en absoluto es intentar combinar Guimarães con Braga en el mismo día. Están relativamente cerca y existe conexión entre ambas, pero el resultado es que acabas viendo dos estaciones de tren y media ciudad de cada una. Son dos excursiones distintas y las dos merecen su jornada.
Cuándo ir y qué tener en cuenta¶
Guimarães funciona bien todo el año, pero cambia bastante según la estación. En diciembre la encontré tranquila, casi vacía, con esa quietud de las ciudades del norte en invierno y los días muy cortos, lo que obliga a comprimir el programa. A principios de junio estaba animada, con las plazas llenas al atardecer y los restaurantes sacando mesas a la calle, y con luz hasta bien pasadas las nueve.
En cuanto al calzado, aplica lo mismo que en Oporto: hay adoquín por todas partes y la subida al castillo es corta pero empinada. Y sobre el tiempo, esto es el Minho, una de las zonas más húmedas de la península. Puede llover en cualquier momento del año, así que el chubasquero en la mochila no sobra nunca.
Si quieres ver cómo encaja esta excursión dentro de un viaje completo, en el pilar sobre excursiones desde Oporto están comparadas todas las opciones, y en los diarios de mis dos viajes, el de diciembre de 2019 y el de mayo de 2022, están contadas ambas visitas a Guimarães sobre el terreno. Como siempre, horarios y precios cambian con frecuencia: conviene confirmar los del castillo, el palacio y el teleférico la semana antes de viajar.