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Qué ver en Oporto en dos días: itinerario para una escapada de fin de semana
Dos días son la medida justa de Oporto. El primero se lo lleva entero el centro histórico, con sus cuestas, sus azulejos y su río. El segundo es el que separa una visita rápida de un viaje: el que permite cruzar a Gaia sin reloj, bajar el Duero hasta el Atlántico y descubrir que la ciudad no termina en la Ribeira. Este es el reparto que mejor funciona, con las alternativas para adaptarlo a tu ritmo y a la época del año.
Qué cambia cuando tienes un día más¶
La tentación, cuando se pasa de un día a dos, es sencillamente añadir paradas al mismo recorrido. Es un error que se nota enseguida sobre el terreno: acabas cubriendo el mismo territorio dos veces, con más monumentos y menos ciudad. Oporto funciona mucho mejor si el segundo día cambia de tema en lugar de alargar el primero.
El planteamiento que propongo aquí divide la escapada en dos jornadas con carácter propio. La primera es la ciudad histórica y vertical: la que sube y baja entre la catedral, los Clérigos y la Ribeira, la de los azulejos y las cuestas. La segunda es la ciudad fluvial y atlántica: la que empieza en las bodegas de Vila Nova de Gaia, sigue por los jardines altos y termina donde el Duero se encuentra con el océano en Foz. Son dos Oportos distintos y ambos son igual de verdaderos.
Ese segundo día es, además, el que hace que la ciudad se entienda. Con un solo día uno se lleva la postal: el puente, el río, las fachadas de colores. Con dos empieza a ver las capas, la convivencia entre el barrio que trabaja y el centro que recibe visitantes, el peso que el comercio del vino ha tenido en todo lo que se ve. Si solo dispones de una jornada, en el itinerario de un día está la versión comprimida; si tienes dos, sigue leyendo.
Antes de empezar: dónde dormir y cómo moverse¶
En una escapada de dos días, la ubicación del alojamiento pesa más que su calidad. Hay dos opciones sensatas y las he probado las dos. Dormir en el centro histórico, en el entorno de Aliados o São Bento, significa salir del portal y estar ya dentro del itinerario, sin transporte y sin tiempos muertos. Dormir en Vila Nova de Gaia, en la orilla sur, sale habitualmente más barato, deja el atardecer y las bodegas a cinco minutos, y obliga a cruzar el puente varias veces al día, lo cual no es un inconveniente sino una de las mejores partes del viaje.
Lo que sí conviene evitar es alojarse lejos del río en busca de un precio mejor. Oporto es barata comparada con otras capitales europeas y la diferencia raramente compensa los desplazamientos, sobre todo por la noche, cuando el metro deja de ser tan frecuente.
Para el transporte, la tarjeta Andante cubre metro, autobús y tren del área metropolitana. Cuesta unos céntimos y sobre ella se cargan títulos por zonas, con una particularidad que sorprende delante de la máquina: no se pueden mezclar títulos de zonas distintas en la misma tarjeta. Si cargas el trayecto del aeropuerto, que pertenece a una zona amplia, no podrás añadir viajes urbanos hasta agotarlo. Lo práctico es cargar exactamente lo necesario para entrar en la ciudad y recargar después con zona urbana. Dicho esto, en estos dos días el transporte público aparece poco: casi todo se hace caminando, y el único trayecto que de verdad conviene resolver en autobús es la vuelta desde Foz.
Día 1 por la mañana: São Bento, la Sé y el corazón histórico¶
El primer día empieza en la estación de São Bento, que es a la vez punto de partida y visita. Inaugurada en 1916 sobre el solar de un antiguo convento benedictino, tiene el vestíbulo cubierto por más de veinte mil azulejos pintados a mano por Jorge Colaço entre 1905 y 1916, con escenas de la historia de Portugal, batallas medievales y estampas de la vida rural. Es gratis, se ve en quince minutos y a primera hora está tranquila, que es cuando de verdad se puede mirar.
Desde ahí se sube en cinco minutos a la Sé do Porto. Con dos días por delante, esta vez sí merece la pena pagar la entrada y ver el interior, porque el claustro gótico del siglo XIV, revestido de azulejos que ilustran la vida de la Virgen y pasajes de "Os Lusíadas", es una de las mejores cosas de la ciudad y una de las menos concurridas. La nave románica, austera y casi militar, contrasta con esa decoración de una manera que explica muy bien cómo se ha ido construyendo Oporto por capas.
La explanada de la catedral es el primer gran mirador del viaje: tejados rojos cayendo hacia el Duero, el puente Luis I recortado a la izquierda y la ladera de Gaia enfrente con los letreros de las bodegas. A dos minutos, el pequeño mirador de la Rua das Aldas ofrece la misma vista desde un rincón más recogido en el que casi nunca hay nadie. Es el momento de sentarse un rato: no hay prisa, quedan dos días.
Día 1 al mediodía: Aliados, Clérigos y el Bolhão¶
Bajando de la catedral se llega a la Avenida dos Aliados, el bulevar señorial que vertebra el centro administrativo y comercial y que remata en el Ayuntamiento. Es la parte más urbana y menos pintoresca del recorrido, y funciona como respiro entre dos zonas de callejeo. Desde aquí se sube en unos minutos a la Torre dos Clérigos, el campanario barroco de setenta y cinco metros que Nicolau Nasoni construyó entre 1754 y 1763 y que durante mucho tiempo fue el edificio más alto de Portugal. Con dos días, subir sí encaja: la escalera es estrecha y suele haber cola, pero la panorámica de trescientos sesenta grados sobre el casco histórico compensa la media hora larga que se lleva.
Al lado están la Igreja do Carmo y el Convento dos Carmelitas, dos iglesias contiguas separadas por la llamada casa escondida, una vivienda de poco más de un metro de ancho levantada en el siglo XVIII porque las normas eclesiásticas prohibían que dos comunidades religiosas compartieran pared medianera. Enfrente queda la Livraria Lello, con su escalera roja y su vidriera de 1906. Si te apetece entrar, este es el viaje en que puedes permitírtelo: la entrada se compra anticipada y se descuenta de la compra de un libro, y la clave está en elegir la primera franja del día o la última de la tarde, porque a media jornada la librería es una masa de gente en la que no se puede ni mirar un lomo.
Para comer, el Mercado do Bolhão está a diez minutos y ha vuelto a funcionar tras años de obras. Es un edificio de 1914 con estructura metálica y dos plantas de galerías, con puestos de producto y varios sitios de comida donde se resuelve el almuerzo de pie y sin ceremonia. La alternativa clásica es rendirse a la francesinha, ese sándwich de fiambre, salchicha y carne cubierto de queso fundido y ahogado en salsa de tomate, cerveza y brandy. Está espectacular y es tremendamente contundente: cuenta con que la hora siguiente rendirás poco, y por eso conviene que lo que venga después sea cuesta abajo.
Día 1 por la tarde: la Ribeira y el atardecer sobre el Duero¶
La bajada al río se hace por la Rua das Flores, peatonal y muy animada, hasta el entorno del Palácio da Bolsa. El palacio, construido en el siglo XIX por la Asociación Comercial sobre las ruinas del convento de São Francisco, guarda el Salón Árabe, una sala de recepciones de decoración nazarí que solo se puede ver con visita guiada y que resulta completamente inesperada detrás de una fachada neoclásica tan contenida. Es de las pocas entradas de pago que yo mantendría sí o sí en un itinerario de dos días.
A partir de ahí las calles se estrechan y caen hasta la Ribeira, el barrio más antiguo de la ciudad y parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad en 1996. Casas de colores desconchados asomadas al agua, terrazas junto al muelle y los barcos rabelos amarrados enfrente, los mismos que durante siglos bajaron las barricas de vino desde el valle del Duero hasta las bodegas de Gaia y que dejaron de navegar cuando se construyeron las presas. Es el punto más concurrido de Oporto y hay que tomárselo por lo que es: un sitio para sentarse a mirar el río, no para buscar rincones sin gente.
El cruce del puente Luis I remata el día. La estructura de doble tablero, inaugurada en 1886 y proyectada por Théophile Seyrig, colaborador de Eiffel, se puede cruzar por abajo, a ras de la Ribeira, o por arriba, a unos sesenta metros sobre el agua. Cruza por el tablero inferior hacia Gaia y sube después a los Jardins do Morro, que es donde hay que estar cuando el sol empieza a caer. No es una recomendación sentimental sino geométrica: la orientación de la ciudad hace que el sol se ponga justo enfrente durante buena parte del año, con Oporto entera iluminada de frente. La gente se sienta en la hierba con algo de pan, queso y una botella, y ahí se queda hasta que se encienden las luces del puente.
Día 1 por la noche: Santa Catarina y la Capela das Almas¶
La vuelta se hace por el tablero superior del puente, caminando junto a las vías del metro con el río sesenta metros más abajo y la ciudad encendiéndose a los lados. Es un tramo de cinco minutos que mucha gente cruza a la carrera y que merece hacerse despacio, porque de noche es probablemente la mejor estampa de Oporto.
Al otro lado se llega a la zona de la Batalha, y desde ahí la Rua de Santa Catarina cae de forma natural. Es la gran arteria comercial peatonal, con el Café Majestic a mitad de recorrido: un café belle époque de 1921 con espejos, molduras doradas y camareros de chaqueta blanca, convertido en atracción por derecho propio y con cola casi permanente. Asomarse por el cristal ya da la medida del sitio.
Al final de la calle está la Capela das Almas, y ese es el broche del día. Es una iglesia pequeña cuya fachada está enteramente cubierta por cerca de dieciséis mil azulejos que narran la vida de San Francisco de Asís y de Santa Catalina de Alejandría, obra de Eduardo Leite instalada en 1929. Iluminada de noche, el azul cobalto sobre el blanco produce un efecto que descoloca al que llega sin saber lo que va a encontrarse. De ahí a Aliados hay cinco minutos, y cenar por esa zona o volver a Gaia son las dos maneras razonables de cerrar la jornada.
Día 2 por la mañana: las bodegas de Vila Nova de Gaia¶
El segundo día empieza al otro lado del río, y empieza con vino. Las bodegas de Vila Nova de Gaia son la razón histórica de que exista todo lo que se vio ayer: el vino se produce ochenta kilómetros aguas arriba, en el valle del Duero, la primera región vitivinícola demarcada del mundo desde que el Marqués de Pombal fijó sus límites en 1756, pero se ha envejecido y comercializado siempre aquí, en la orilla sur, aprovechando el clima más estable y la salida al mar.
Las casas históricas mantienen visitas guiadas con cata, casi todas de una hora aproximadamente, y ese formato es el que tiene sentido en una escapada corta: explican el proceso, la diferencia entre los tinto, ruby, tawny, blanco y rosado, y terminan con dos o tres copas. Conviene reservar con antelación, sobre todo si quieres la visita en castellano, porque en temporada alta se llenan con días de margen. Si el vino te interesa poco, el complejo museístico que se ha levantado sobre las antiguas naves ofrece una alternativa más general sobre la historia de la ciudad, el corcho o el chocolate, aunque es una propuesta bastante más comercial.
Antes o después de la visita, la subida al Mosteiro da Serra do Pilar es obligatoria y muchos visitantes la pasan por alto. Es un edificio único: su iglesia y su claustro son circulares, una rareza en la arquitectura religiosa portuguesa, y su terraza ofrece la vista aérea del puente y del meandro del Duero que aparece en la mitad de las fotografías de Oporto. Si las piernas ya se quejan, entre el muelle de Gaia y la parte alta funciona un teleférico que ahorra la cuesta.
Día 2 al mediodía: los jardines altos y el paseo hacia el oeste¶
De vuelta al lado de Oporto, la tarde del segundo día se orienta hacia el oeste, que es la dirección que casi nadie toma en una visita corta. El primer destino son los Jardins do Palácio de Cristal, en Massarelos, y son extraordinarios. El palacio original de hierro y vidrio, levantado para la Exposición Internacional de 1865 a imitación del Crystal Palace londinense, fue demolido en 1951 y sustituido por un pabellón moderno bastante feo, pero los jardines sobrevivieron: terrazas ajardinadas, fuentes, pavos reales paseando con toda la calma del mundo y unos miradores sobre el Duero y su desembocadura que están entre los mejores de la ciudad.
Es un sitio para pasar una hora larga sin plan, y también un buen lugar donde comer algo ligero en los bares del entorno, que tienen precios de barrio y no de zona turística. Muy cerca, si te interesa la arquitectura contemporánea, queda la Casa da Música de Rem Koolhaas, ese poliedro blanco de hormigón que aterrizó en 2005 en medio de una rotonda y que se puede visitar por dentro con visita guiada.
Desde los jardines arranca el tramo más agradecido de los dos días: el paseo junto al Duero hasta la desembocadura. Son unos seis kilómetros de recorrido llano, con el río siempre a la izquierda, el puente da Arrábida pasando por encima, pequeñas playas fluviales, antiguos almacenes reconvertidos y un ambiente de gente corriendo y paseando el perro que no tiene nada que ver con la Ribeira. Si no te apetece caminarlo entero, la línea 1 del tranvía histórico recorre buena parte de ese trayecto junto al agua y es en sí misma una atracción.
Día 2 por la tarde: Foz do Douro y el Atlántico¶
Foz do Douro es el barrio donde el río se encuentra con el océano, y llegar caminando desde el centro tiene algo de recompensa física: cambia el aire, cambia el olor y cambia el sonido. La ciudad se vuelve más burguesa y más tranquila, con casas de veraneo, terrazas y un paseo marítimo que en invierno está prácticamente vacío y en verano se llena de gente local, no de turistas.
El punto que hay que buscar es el rompeolas y el Farol de Felgueiras, el pequeño faro rojo del siglo XIX que marca la entrada del río desde el mar. Los días de temporal las olas rompen contra él con una violencia impresionante y hay que mantener las distancias con sensatez, porque cada cierto tiempo alguien se lleva un susto por acercarse demasiado. Los días tranquilos es simplemente uno de los sitios más fotogénicos del norte de Portugal.
Y aquí llega el segundo atardecer del viaje, que es completamente distinto al del día anterior. Si el del Jardim do Morro es un atardecer urbano, con la ciudad de frente y el puente en primer plano, el de Foz es un atardecer oceánico: el sol bajando directamente hacia la línea del horizonte marino, sin nada que lo interrumpa, tiñendo el cielo de naranja, rosa y morado. Tener los dos en un mismo fin de semana es probablemente el mejor argumento a favor de este reparto de jornadas. Para volver, los autobuses hacia el centro pasan con frecuencia por el paseo y el trayecto ronda la media hora.
Variantes según tu viaje¶
El segundo día admite un cambio radical que mucha gente hace y que tiene todo el sentido: sustituirlo por una excursión. Guimarães está a menos de una hora de tren desde São Bento y es la ciudad donde nació Portugal, con su castillo del siglo X, sus plazas medievales intactas y un teleférico que sube al Monte da Penha. Braga, a una hora larga, ofrece la catedral más antigua del país y el santuario de Bom Jesus do Monte con su escalinata barroca. Aveiro, con sus canales y su Art Nouveau, es la más discutible de las tres pero la más popular. Cualquiera de ellas convierte tu escapada en otra cosa, y las tengo contadas en detalle en el artículo sobre excursiones desde Oporto.
La época del año también cambia el reparto. En invierno hay unas nueve horas de luz y el sol se pone a media tarde, así que el paseo hasta Foz hay que empezarlo pronto o resolverlo en tranvía. A cambio, la ciudad está tranquila, sin colas en ningún sitio y, en diciembre, con el alumbrado navideño encendido en Aliados y los mercadillos junto al río. En verano el problema es el contrario: mucha luz, mucha gente y unas cuestas que a las tres de la tarde castigan de verdad.
Si el fin de semana viene con lluvia, y en Oporto viene con lluvia a menudo, el orden se puede invertir sin perder nada: adelanta las bodegas y los interiores, que son visitas bajo techo, y guarda el paseo hasta Foz para la franja en que despeje. Es una ciudad atlántica y el tiempo cambia varias veces al día, así que la flexibilidad rinde más que la planificación estricta.
Y si te sobra una tercera jornada¶
Con dos días completos queda cubierto lo esencial de Oporto y su relación con el río. Lo que se queda fuera, y que justificaría una tercera jornada, es sobre todo Matosinhos, el gran puerto pesquero a quince minutos en metro, con su mercado municipal, su playa larga y sus restaurantes de pescado a la brasa a precios que en la Ribeira no existen. También quedan pendientes los miradores menos transitados del casco antiguo, el de Vitória y el de las Fontainhas, que dan versiones de la ciudad que no salen en las postales, y una excursión completa al valle del Duero.
Para ver cómo funciona todo esto sin la disciplina de un horario, ahí están los diarios completos de mis dos viajes a la ciudad, el de diciembre de 2019 y el de mayo de 2022, donde estos mismos lugares aparecen contados a ritmo de paseo. Y un apunte final de sentido común: horarios, precios y sistemas de reserva cambian con frecuencia en las ciudades muy visitadas, y Oporto lo es cada vez más, así que conviene confirmar los de las visitas de pago la semana antes de viajar.