
Sintra en un día desde Lisboa: qué ver y cómo organizar la excursión
Sintra está a cuarenta minutos de tren de Lisboa y concentra en una sierra boscosa el palacio más fotografiado de Portugal, unos jardines esotéricos con pozos que descienden en espiral bajo tierra y el punto más occidental de Europa continental. Es la mejor excursión de un día que se puede hacer desde la capital, y también la que peor sale si no se organiza bien. Esta es la manera de aprovecharla.
Por qué Sintra es imprescindible¶
Hay pocas excursiones en Europa que ofrezcan tanto en tan poco espacio. En una sierra de apenas unos kilómetros, cubierta por un bosque húmedo y denso, se acumulan un palacio romántico del siglo XIX, un castillo morisco en ruinas, una quinta llena de simbología masónica, varios palacetes menores y un centro histórico medieval, todo ello declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.
La razón de esa acumulación es histórica y climática a la vez. La sierra de Sintra retiene la humedad del Atlántico y mantiene una temperatura sensiblemente más baja que Lisboa, lo que la convirtió durante siglos en refugio estival de la corte y, más tarde, en el lugar donde la aristocracia y los nuevos ricos del XIX construyeron sus fantasías. Los jardines románticos de esa época llenaron la sierra de especies exóticas traídas de medio mundo, y por eso hoy el bosque mezcla vegetación de varios continentes.
El resultado es un paisaje que no se parece a nada más en Portugal, y una excursión que se puede hacer en tren, sin coche, en una jornada bien aprovechada.
Cómo llegar y cómo moverse por la sierra¶
El tren sale de la estación de Rossio, en pleno centro de Lisboa, y tarda unos cuarenta minutos. Hay salidas frecuentes durante todo el día, el billete es de cercanías y se paga con la misma tarjeta recargable que usas en el metro. Si llevas la Lisboa Card, el trayecto está incluido.
El paisaje va cambiando gradualmente desde los suburbios hasta las colinas: quintas tapiadas entre la vegetación, pueblos pequeños y una espesura creciente que anuncia el cambio de ambiente. Al bajar en la estación de Sintra, el centro histórico queda a un paseo corto.
Y aquí llega la decisión más importante del día: cómo moverte por la sierra. Los monumentos están dispersos, en alto y separados por carreteras de curvas, y hacerlo a pie multiplica los tiempos y consume la jornada entera en subidas. En la propia estación se ofrecen los autobuses turísticos que conectan los puntos principales en circuitos —habitualmente hay una línea que sube al castillo morisco y al Palacio da Pena y otra que cubre la Regaleira, Seteais y Monserrate—, y contratarlos es la solución práctica. Yo lo hice sin dudarlo y no me arrepiento.
Las alternativas son el taxi, más caro pero cómodo si viajáis varios, y caminar, que solo tiene sentido para los tramos cortos dentro del pueblo. El coche particular es directamente mala idea: las carreteras de la sierra son estrechas, hay restricciones de tráfico y aparcar en temporada alta es una pesadilla.
El Palacio da Pena: la fantasía romántica¶
Es la imagen que todo el mundo asocia a Sintra y merece el primer lugar del día, entre otras cosas porque es el que más se llena. El rey Fernando II lo mandó construir en los años cuarenta del siglo XIX sobre las ruinas de un convento jerónimo, y el resultado es exactamente lo que se propuso: una fantasía romántica sin ninguna obligación de coherencia estilística.
Aparece de golpe sobre un peñasco, pintado en amarillo y terracota, con torretas de aire medieval mezcladas con elementos mudéjares, azulejos manuelinos y arcos de inspiración oriental. Cada fachada habla un idioma distinto, cada patio tiene un lenguaje propio, y la mezcla que en teoría debería ser un desastre termina funcionando porque la convicción con que fue construido lo sostiene todo.
El interior merece la visita tanto como el exterior, y esto sorprende a mucha gente. Mantiene los muebles y la decoración de la familia real portuguesa tal como los dejaron cuando se exiliaron en 1910: las cocinas con su batería de cobre, los dormitorios, los salones de recepción, todo conservado como si los últimos inquilinos acabaran de salir. Y los jardines que rodean el palacio bajan por la ladera en terrazas, con estatuas, estanques y especies arbóreas que llevan más de un siglo creciendo sin que nadie haya racionalizado el conjunto.
Dos avisos. Es probable que la entrada tenga franja horaria asignada, así que conviene comprarla online con antelación y elegir la primera hora del día. Y la sierra genera nieblas con mucha facilidad: si al llegar el palacio está entre nubes, espera un rato, porque suele abrir.
La Quinta da Regaleira: el pozo iniciático¶
Si el Pena es fantasía real, la Quinta da Regaleira es fantasía hermética. La construyó a principios del siglo XX un millonario aficionado al esoterismo, la masonería y la alquimia, y todo el conjunto está diseñado como un recorrido simbólico: portales con inscripciones, grutas artificiales, lagos subterráneos, una capilla neogótica y un palacete que parece sacado de otra latitud.
Lo más llamativo, y la razón por la que medio mundo la visita, son los pozos iniciáticos: dos torres invertidas que descienden en espiral hacia el interior de la tierra y que conectan con una red de túneles. Bajar por uno de ellos —la escalera de piedra girando sobre sí misma, la humedad, la oscuridad progresiva y después los túneles que salen a otros puntos del jardín— tiene algo genuinamente extraño que no se explica bien desde fuera. Es una de esas experiencias que justifican por sí solas un desvío.
La Quinta está muy cerca del centro histórico, a un paseo cuesta abajo de unos quince minutos desde el pueblo, así que es de los pocos puntos de Sintra que se pueden hacer sin autobús. Calcula hora y media larga para recorrerla con calma, porque los jardines dan mucho más de sí de lo que parece.
El Cabo da Roca: el final de Europa¶
La tercera parada del día cambia de mundo por completo. El Cabo da Roca es el punto más occidental de Europa continental, y llegar hasta allí desde la sierra supone pasar en veinte minutos del bosque húmedo y umbrío de los palacios a un paisaje de acantilados batidos por el Atlántico, con la vegetación achatada por el viento y el aire cargado de sal.
No hay gran cosa que ver en el sentido convencional: un faro, un mirador, una cruz de piedra con la inscripción de Camões sobre el lugar donde la tierra acaba y el mar empieza, y una pequeña oficina donde venden el certificado que acredita haber llegado hasta aquí. Es una tontería turística, pero con ese horizonte delante deja de parecerlo.
Lo que sí hay es una sensación de final del mundo que no es del todo retórica: durante siglos aquí terminaba lo conocido. En enero, con el viento considerable y las olas rompiendo muy abajo, no había prácticamente nadie. En verano es otra historia.
El pueblo y lo que se suele dejar fuera¶
De vuelta al casco histórico, el Palacio Nacional de Sintra preside la plaza principal con sus dos chimeneas cónicas gigantescas, imposibles de no ver y convertidas en el símbolo del pueblo. Es el palacio real más antiguo que se conserva en Portugal, habitado de forma continuada desde la Edad Media hasta el siglo XIX, y su interior guarda salas notables. Con una jornada de tres visitas, yo lo dejé por fuera sin remordimientos: el exterior y la plaza ya justifican el rato.
Otras dos piezas se quedan casi siempre fuera del día tipo y merecen mención por si tu viaje da para más. El Castelo dos Mouros es una fortaleza de origen islámico cuyas murallas trepan por la cresta de la sierra, con vistas extraordinarias y bastante caminata. Y el Parque y Palacio de Monserrate, más alejado, tiene unos jardines botánicos que muchos consideran los mejores de Portugal y una fracción de los visitantes del Pena.
Y para comer, la parada obligada es una de las pastelerías del centro para probar las travesseiras, un hojaldre alargado relleno de crema de almendras que es el dulce local por excelencia, o las queijadas, más antiguas y menos conocidas. Se comen de pie y son el mejor final posible antes de coger el tren.
Cuántas cosas caben en un día¶
Aquí va el consejo más importante de todo el artículo: no intentes verlo todo. Sintra tiene material para tres días y quien la visita en uno tratando de encajar cinco monumentos acaba haciendo colas, corriendo entre autobuses y sin disfrutar de ninguno.
La combinación que a mí me funcionó, y que sigo recomendando, es tres cosas: Palacio da Pena por la mañana, Quinta da Regaleira a mediodía y Cabo da Roca por la tarde. Da tiempo de sobra, incluye tres experiencias completamente distintas y termina con el Atlántico, que es un buen cierre.
Si prefieres una jornada más tranquila, quédate en dos: Pena y Regaleira, con el pueblo y una comida larga en medio. Y si viajas en verano o en fin de semana, cuenta con que Sintra es uno de los puntos más saturados de Portugal: madruga, reserva las entradas online y asume que vas a compartir el sitio con mucha gente. En enero, con poca gente y niebla intermitente, la experiencia es sencillamente otra.
Cuándo ir y con qué combinarla¶
Sintra funciona todo el año, pero conviene saber que en la sierra hace varios grados menos que en Lisboa y que llueve bastante más, así que una chaqueta y un chubasquero ligero no sobran nunca. En verano el calor se lleva mejor aquí que en la capital, y ese es precisamente el motivo por el que la corte venía.
En un viaje de tres días a Lisboa, dedicar uno a Sintra implica renunciar a algo importante de la ciudad, normalmente el Parque das Nações o los museos. Mi criterio: si es tu primera vez en Portugal y no sabes cuándo volverás, Sintra merece ese sacrificio. Si te interesa entender Lisboa como ciudad, deja Sintra para un viaje de cuatro días o más.
Cómo encaja en cada caso está en los itinerarios de tres días y una semana, y el resto en la guía completa de qué ver en Lisboa. Esta excursión está contada sobre el terreno en el diario de mi viaje de enero de 2014. Precios, horarios y sistemas de reserva cambian cada temporada en un destino tan visitado como este, así que conviene confirmarlos la semana antes de viajar.