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Panorámica del centro histórico de Oporto con las fachadas de la Ribeira bajando hacia el Duero, los barcos rabelos amarrados y el puente Luis I cruzando el río.

Destinos · Portugal · Norte de Portugal

Qué ver en Oporto: guía completa para organizar tu viaje

Oporto es una ciudad de escala humana, construida sobre colinas que caen hacia el Duero, con un centro histórico Patrimonio de la Humanidad que se recorre entero a pie. Esta guía reúne todo lo que necesitas para organizar el viaje: qué ver, cuántos días dedicarle, cuándo ir, dónde alojarse, cómo moverte y qué escapadas merecen la pena por los alrededores.

Lectura de 11 minutos

Oporto en una idea

Oporto es la segunda ciudad de Portugal, con algo más de doscientos mil habitantes en el municipio y cerca de un millón ochocientos mil en su área metropolitana, y tiene una identidad tan marcada que resulta imposible confundirla con ninguna otra. Fundada en época romana a orillas del Duero como Portus Cale, el nombre que acabaría dando origen al del país entero, es una ciudad trabajadora, orgullosa, muy distinta de Lisboa en formas y en fondo.

Lo que la hace especial no es un monumento concreto sino la combinación de tres cosas. La primera es la topografía: colinas que caen a plomo hacia el río, generando cuestas, escalinatas y miradores a cada vuelta de esquina. La segunda son los azulejos, que aquí no decoran interiores sino fachadas enteras de iglesias, estaciones y viviendas. Y la tercera es el Duero, que no divide la ciudad sino que la articula, con las dos orillas mirándose y el puente Luis I cosiéndolas.

El centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996, es compacto y se recorre entero caminando. Esa escala humana es la razón por la que Oporto funciona igual de bien para una escapada de fin de semana que para una estancia de una semana usándola como base del norte de Portugal.

Cuántos días necesitas

La respuesta honesta es que Oporto rinde a partir del segundo día y que a partir del cuarto empieza a abrirse hacia su región. Con un solo día se puede cubrir el centro histórico y el atardecer sobre el Duero sin sensación de carrera, porque todo está a distancia de paseo; el itinerario de un día recorre lo esencial en orden lógico, de la estación de São Bento al puente al anochecer.

Con dos días la ciudad cambia de categoría, porque la segunda jornada permite sumar las bodegas de Gaia, los jardines altos y la desembocadura del río en el Atlántico. El itinerario de dos días reparte la escapada entre la ciudad histórica y vertical el primer día y la fluvial y atlántica el segundo, con dos atardeceres completamente distintos.

A partir de cuatro o cinco días entra en juego el norte de Portugal, y ahí Oporto se convierte en una de las mejores bases de operaciones de Europa: Guimarães, Braga o Aveiro están a poco más de una hora de tren y por muy poco dinero. Una semana entera no sobra en absoluto, sobre todo si se alternan jornadas urbanas con excursiones para no acabar viviendo en la estación.

Lo imprescindible del centro histórico

El punto de partida natural es la estación de São Bento, que es a la vez nudo de transporte y visita obligada: su vestíbulo está revestido con más de veinte mil azulejos pintados a mano por Jorge Colaço entre 1905 y 1916, que narran episodios de la historia de Portugal. Es gratis, se ve en quince minutos y a primera hora está tranquila.

Desde ahí, en cinco minutos de cuesta, se llega a la Sé do Porto, la catedral, que empezó siendo románica en el siglo XII y fue acumulando capas góticas, manieristas y barrocas. El interior merece la entrada por su claustro gótico revestido de azulejos, y la explanada exterior es uno de los grandes miradores de la ciudad. Bajando hacia el otro lado están la Avenida dos Aliados, el gran bulevar señorial que remata en el Ayuntamiento, y la Torre dos Clérigos, el campanario barroco de setenta y cinco metros que Nicolau Nasoni levantó entre 1754 y 1763 y que sigue siendo la referencia visual del casco antiguo.

Muy cerca se concentran la Igreja do Carmo, con su enorme panel de azulejos exterior, la casa más estrecha de la ciudad encajada entre dos conventos, y la Livraria Lello, la librería neogótica de 1906 convertida en fenómeno turístico. Bajando por la Rua das Flores se llega al Palácio da Bolsa, cuyo Salón Árabe de decoración nazarí es una de las sorpresas mejor guardadas de Oporto, y desde ahí las calles caen hasta la Ribeira, el barrio más antiguo, con sus casas de colores asomadas al agua y los barcos rabelos amarrados enfrente.

Al este del centro quedan otras dos paradas que mucha gente se salta: la Rua de Santa Catarina, la gran arteria comercial peatonal con el Café Majestic de 1921, y sobre todo la Capela das Almas, una iglesia pequeña cuya fachada está enteramente cubierta por cerca de dieciséis mil azulejos y que iluminada de noche es una de las imágenes más impactantes de la ciudad. También por aquí está el Mercado do Bolhão, reabierto tras años de obras y de nuevo en funcionamiento como mercado tradicional.

El río, el puente y la otra orilla

El puente Luis I es el símbolo de Oporto y el eje de casi cualquier itinerario. Inaugurado en 1886 y proyectado por Théophile Seyrig, colaborador de Eiffel, tiene dos tableros superpuestos: el inferior lo usan peatones y vehículos a ras de la Ribeira, y el superior lo comparten el metro y los peatones a unos sesenta metros sobre el agua. Cruzarlo por arriba, sobre todo de noche, es una de las mejores experiencias que ofrece la ciudad.

Al otro lado está Vila Nova de Gaia, que administrativamente es otro municipio pero que en la práctica es la otra mitad de Oporto. Aquí están las bodegas donde se envejece el vino de Oporto desde hace siglos, casi todas con visitas guiadas y cata, y el Mosteiro da Serra do Pilar, con su iglesia y su claustro de planta circular y una terraza desde la que se ve el puente a vista de pájaro. Y aquí está también el Jardim do Morro, el mirador donde medio Oporto se sienta cada tarde a ver ponerse el sol justo enfrente de la ciudad.

Hacia el oeste, siguiendo el río, la ciudad cambia de carácter. Los Jardins do Palácio de Cristal ofrecen terrazas ajardinadas, pavos reales y miradores sobre la desembocadura, y desde ahí arranca un paseo llano de seis kilómetros junto al agua hasta Foz do Douro, el barrio donde el Duero se encuentra con el Atlántico, con su faro rojo batido por las olas y un atardecer oceánico que no se parece en nada al del Jardim do Morro.

Y algo más al norte está Matosinhos, el principal puerto pesquero de la región, con su mercado municipal y una calle entera de asadores donde se come el mejor pescado del área metropolitana a precio de barrio.

Los miradores, que son media ciudad

Oporto se entiende mirándola desde arriba, y su topografía regala balcones naturales constantemente. Los dos grandes son el Jardim do Morro y la terraza del Mosteiro da Serra do Pilar, ambos en la orilla de Gaia y ambos orientados hacia el atardecer. En el casco antiguo, el Terreiro da Sé y el pequeño rincón de la Rua das Aldas dan la vista clásica sobre los tejados y el río.

Pero los que a mí me parecen mejores son los que casi nadie pisa: el Miradouro da Vitória, en el barrio del mismo nombre, con los tejados del centro histórico y los puentes al fondo; el Passeio das Fontainhas, un camino elevado en el extremo oriental que da una versión del río que no sale en las postales; y el Miradouro do Passeio das Virtudes, un jardín escalonado que mira aguas abajo.

Cuál conviene a qué hora, cuánta gente vas a encontrar en cada uno y cómo encadenarlos en una jornada está desarrollado en la guía de los mejores miradores de Oporto, que es probablemente el artículo más útil de todos si viajas con cámara.

Qué comer

El plato que define la ciudad es la francesinha, un sándwich de fiambre, salchicha y carne cubierto de queso fundido y ahogado en una salsa espesa de tomate, cerveza y brandy que se sirve hirviendo, con patatas fritas dentro del plato. Nació en los años cincuenta como adaptación libre del croque-monsieur y el resultado no se parece en nada al original. Es tremendamente contundente: cuenta con que la hora siguiente rendirás poco.

Más allá de eso, Oporto es ciudad de bacalao en todas sus variantes, de pasteles de bacalhau, de tripas à moda do Porto —el guiso que dio a los portuenses su apodo, tripeiros— y de pescado a la brasa, que se come mucho mejor en Matosinhos que en la Ribeira. Para el dulce, el pastel de nata está en todas partes y aquí se hace bien.

Y está el vino de Oporto, que se produce a ochenta kilómetros de aquí, en el valle del Duero, primera región vitivinícola demarcada del mundo desde 1756, pero que se ha envejecido siempre en las bodegas de Gaia. Un porto tinto o un tawny al final del día, mirando el río, es el cierre razonable de cualquier jornada.

Cuándo ir

He visitado la ciudad en diciembre y a finales de mayo, y las dos versiones tienen argumentos. El invierno atlántico de Oporto es sorprendentemente amable, con temperaturas que rondan los doce o quince grados, y en diciembre la ciudad está tranquila, sin colas en ningún sitio, con el alumbrado navideño en Aliados y esa sensación cada vez más rara de que el destino te pertenece un poco. La contrapartida son las nueve horas de luz y un atardecer a media tarde que comprime mucho el día. Un aviso: durante el puente de la Constitución, Oporto se llena de visitantes españoles y la experiencia cambia por completo.

La primavera tardía y el principio del verano son probablemente el mejor momento: luz hasta las nueve y media, terrazas llenas, temperaturas cómodas para caminar y todavía sin la saturación de agosto. El verano pleno tiene el problema habitual de los destinos populares, con mucha gente y unas cuestas que a las tres de la tarde castigan de verdad.

Y llueve. Esto es la costa atlántica del norte de Portugal y puede llover en cualquier mes del año, a veces varias veces en la misma jornada. El chubasquero en la mochila no sobra nunca y conviene tener siempre un plan bajo techo a mano.

Dónde alojarse y cómo moverse

Las dos decisiones prácticas que más afectan al viaje son dónde duermes y cómo te mueves. Sobre lo primero, las opciones razonables son el centro histórico, que te deja dentro del itinerario nada más salir del portal, y Vila Nova de Gaia, que sale más barata y deja el atardecer y las bodegas a cinco minutos a cambio de cruzar el puente varias veces al día. He dormido en las dos orillas y las dos funcionan por motivos distintos, y en la guía de dónde alojarse en Oporto están comparadas junto al resto de barrios.

Sobre el transporte, la buena noticia es que casi todo se hace caminando. El metro resuelve el trayecto del aeropuerto, que está a unos treinta o cuarenta minutos del centro por la línea E, y poco más. Lo que sí conviene entender antes de plantarse ante una máquina expendedora es cómo funciona la tarjeta Andante y su sistema de zonas, que tiene alguna particularidad que despista a todo el mundo la primera vez; está explicado en detalle en la guía de cómo moverse por Oporto.

Las excursiones por el norte de Portugal

Si tu viaje pasa de cuatro días, salir de la ciudad es casi obligatorio, y no hace falta coche. Guimarães está a poco más de una hora de tren y es la ciudad donde nació Portugal, con un castillo del siglo X, un palacio ducal de chimeneas imposibles y un centro medieval Patrimonio de la Humanidad; es la excursión que yo haría si solo pudiera hacer una.

Braga está a una hora, tiene la catedral más antigua del país y, sobre todo, el santuario de Bom Jesus do Monte con su escalinata barroca en zigzag subiendo la ladera entre el bosque. Y Aveiro, a poco más de una hora hacia el sur, ofrece un conjunto Art Nouveau notable, unos canales que no son lo que la etiqueta veneciana promete y unas salinas que explican toda la historia de la ciudad.

Todas ellas, junto a las opciones de media jornada y al valle del Duero, están comparadas en el artículo sobre excursiones desde Oporto, que ayuda a decidir cuáles encajan según los días de que dispongas.

Y si quieres verlo sin prisa

Todo lo anterior está organizado como guía práctica, pero Oporto se disfruta mejor sin cronómetro. Si te apetece leerlo contado a ritmo de paseo, con los desvíos, los descubrimientos casuales y los sitios que no salen en las guías, ahí están los diarios completos de mis dos viajes: el de diciembre de 2019, en solitario y con la ciudad casi vacía, y el de mayo de 2022, ocho días con excursiones incluidas.

Un último apunte de sentido común: horarios, precios y sistemas de reserva cambian con frecuencia en las ciudades muy visitadas, y Oporto lo es cada vez más. Conviene confirmar los de las visitas de pago la semana antes de viajar.