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Reencuentro con Lisboa
Quince años después de mi primera visita durante la Expo '98, regresé a Lisboa en enero de 2014. No era el momento ideal, ni las circunstancias las mejores, pero a veces los reencuentros más necesarios son precisamente los que llegan en los momentos más inesperados.
Reencuentro con Lisboa, en mal momento para dejarse conquistar¶
Introducción al viaje
Este viaje lo hice en pareja, en la recta final de una relación que ya no atravesaba su mejor momento. No lo habría sabido formular así entonces, pero al releer el diario años después el poso se nota: un viaje resuelto con eficiencia, sin apenas fricciones porque tampoco había ya mucho que discutir, y con un tono general más funcional que otra cosa.
Lisboa, además, nunca me ha enamorado, ni en esta visita ni en las posteriores. No sabría decir cuánta responsabilidad tiene la ciudad y cuánta el momento en que la visité, pero cuando la relación con la persona con la que viajas no pasa por su mejor momento, tampoco ayuda a reconciliarte con el sitio. Este reencuentro, quince años después de la Expo '98, quedó marcado por eso.

Día 1. Lisboa de noche, quince años después¶
El motivo fue puramente administrativo: teníamos días de vacaciones de 2013 sin consumir y el plazo del 31 de enero no esperaba. La semana del 13 al 17 de enero quedaba libre para los dos, y Lisboa salió naturalmente de esa conversación que hacen las parejas cuando hay que elegir destino con prisa. Lo suficientemente cerca, lo suficientemente interesante, y Easyjet tenía vuelos directos desde Bilbao por 139,96 euros para los dos. El Hotel Miraparque, en la Avenida Sidonio Pais, completaba el presupuesto con 203 euros por cinco noches. Resuelto.
El domingo 12 salimos con el vuelo de las 13:55. Aterrizamos con el retraso habitual de los low cost, recogimos el equipaje y tomamos el metro hasta el hotel. Era media tarde cuando terminamos de dejar las maletas. Para mí era un reencuentro: había estado en Lisboa en 1998, durante la Expo, y la ciudad me había quedado en la memoria como una postal difusa de calles con pendiente y azulejos y un río que parecía mar.
Salimos a caminar cuando el sol ya había bajado. En enero Lisboa oscurece pronto, y esa primera vuelta la dimos entre farolas. Bajamos desde el hotel hacia el Rossio tomando calles sin mapa, dejando que la ciudad se fuera revelando sola. Hay algo útil en descubrir una ciudad de noche la primera jornada: te obliga a fijarte en los detalles próximos, en la textura de los muros, en la luz que sale de las cafeterías, en vez de intentar procesar el conjunto.
Desde el Rossio seguimos hacia la Plaza del Comercio. La plaza se abre de golpe después de las calles estrechas de la Baixa, y de noche tiene una dimensión que impone: el espacio enorme, las arcadas en tres lados, la estatua ecuestre de José I en el centro, y después la nada oscura del Tajo. El terremoto de 1755 borró esta parte de la ciudad entera y Pombal la reconstruyó desde cero con esa cuadrícula perfecta que aún se conserva — la Baixa pombalina, con sus calles paralelas y sus fachadas uniformes, es una de las pocas ciudades europeas planificadas del siglo XVIII todavía en pie. De noche, con la plaza vacía y el río detrás, se intuye que Lisboa se construyó mirando al agua.
Cenamos sin complicaciones en algo cercano al hotel y volvimos pronto. El día siguiente iba a ser largo.

Día 2. La Sé, Alfama y los miradores¶
El lunes amanecimos con luz fría y cielo despejado, el tipo de día de enero que invita a caminar sin prisa. Volvimos a bajar hacia la Plaza del Comercio, esta vez de día, para ver lo que la noche anterior solo habíamos intuido. La plaza es enorme y ordenada, flanqueada por las arcadas amarillas de los ministerios, con el arco triunfal de la Rua Augusta al fondo y el Tajo abriéndose delante. Pombal la diseñó así después del terremoto de 1755: una puerta monumental de Lisboa hacia el río, con todo el centro histórico reconstruido en cuadrícula detrás. A esta hora de la mañana pasaban pocos turistas y mucha gente yendo al trabajo.


Desde ahí subimos hacia la Sé. La catedral está en la ladera que sube de la Baixa hacia Alfama, y el camino para llegar es ya un primer aperitivo de las cuestas lisboetas. La Sé es austera, con esa solidez románica de finales del siglo XII que sobrevivió, con reformas, al terremoto. Por fuera resulta casi defensiva, con sus dos torres que más parecen de castillo que de iglesia. El interior es recogido y fresco, sin la ornamentación barroca que cargó tantas catedrales posteriores. Entramos, dimos una vuelta por la nave y el claustro, y seguimos subiendo.

Alfama empieza donde acaban las calles rectas. Es el único barrio de Lisboa que el terremoto de 1755 respetó casi íntegro, probablemente porque su suelo rocoso resistió mejor que los sedimentos del llano. Eso explica que siga teniendo esa trama medieval imposible de planificar: callejuelas que se estrechan sin aviso, escalinatas que aparecen donde esperabas una calle, plazoletas mínimas con tres sillas y una fuente. Las paredes tienen azulejos, algunos perfectamente conservados, otros rotos y reemplazados con cemento sin que a nadie le importe demasiado. Nos perdimos varias veces en el sentido literal del término, que es la única manera honesta de recorrer este barrio.
En las fachadas cuelga ropa tendida. Los gatos duermen en los peldaños. En una de las placitas escuchamos fado saliendo de un bar que llevaba abierto desde el mediodía — ese sonido de guitarra portuguesa y voz que parece hecho exactamente para calles así, con eco entre las paredes y cielo recortado arriba. El fado no es música de concierto; es música de barrio.
Cada vez que la calle subía lo suficiente aparecía una terraza o un mirador improvisado con vistas sobre los tejados y el Tajo. Desde las alturas de Alfama el río se ensancha hasta parecer un brazo de mar, y la otra orilla queda tan lejos que la perspectiva se vuelve casi oceánica. Son esos momentos en que se entiende por qué Lisboa siempre miró hacia el horizonte marino en vez de hacia el interior de la península.

Bajamos al final de la tarde con las piernas cansadas, paramos a tomar algo en el Rossio y volvimos al hotel con el sol ya bajo. Alfama da para más de una mañana, pero la primera pasada ya dejaba claro de qué iba la ciudad.

Día 3. El Elevador de Santa Justa y el salto al Parque de las Naciones¶
El martes lo empezamos en el Elevador de Santa Justa, que con el abono de transporte diario funciona como medio de transporte normal, no solo como atracción. La cola a primera hora de la mañana era corta. El elevador es una estructura de hierro forjado de principios del siglo XX, obra de un discípulo de Eiffel, y sube desde la Baixa hasta el barrio del Chiado con una verticalidad que a pie llevaría diez minutos de cuesta. La cabina es de madera y vidrio, con la decoración de la época, y el ascenso dura poco más de un minuto.

Desde la plataforma superior, la Baixa se despliega hacia abajo en toda su geometría pombalina. Vista desde aquí, la reconstrucción de 1755 tiene una lógica evidente: las calles paralelas, las manzanas rectangulares, la plaza del Comercio al fondo abierta al Tajo. Es una de las pocas veces que un terremoto, a la larga, mejoró el plano de una ciudad. El mirador de acceso aparte tiene las mejores vistas, pero incluso desde la pasarela gratuita el panorama ya justifica el viaje.



Bajamos a pie por las escaleras que conectan con el Chiado en vez de volver a usar el elevador. El descenso atraviesa callejuelas con tiendas pequeñas, librerías de viejo, pastelerías con el pastel de nata en el escaparate. Dimos una vuelta larga por la Baixa a nivel de calle, con menos prisa que los días anteriores, antes de comer algo rápido y coger el metro hacia Oriente.
La estación de Oriente ya anticipa el cambio de registro. Santiago Calatrava la diseñó para la Expo '98 y sigue siendo uno de esos edificios que te hacen levantar la vista nada más entrar: la cubierta de acero y vidrio imita la forma de un bosque, con columnas que se ramifican hacia arriba. Quince años después de la Expo, el Parque de las Naciones es un barrio consolidado. Los pabellones temporales han sido sustituidos o reconvertidos, las avenidas tienen árboles crecidos, y la zona mezcla edificios de oficinas, apartamentos y centros comerciales sin la sensación fantasmal que a veces dejan los recintos feriales después de que se apagan los focos.
Paseamos por la ribera. El Tajo aquí es ancho y tranquilo, con el puente Vasco da Gama visible al fondo, y la orilla está pensada para caminar sin coches. La arquitectura del parque es de esa modernidad de los noventa que ahora empieza a tener cierta nostalgia — formas orgánicas, acero inoxidable, cristal azulado. Contrasta completamente con la Lisboa histórica del resto de la semana, y eso es parte de su valor: ver la misma ciudad en dos momentos históricos tan diferentes y entender que no se contradicen.




La tarde terminó en el centro comercial Vasco da Gama, que en un día de invierno con las piernas ya cargadas resultó un refugio razonable. Cenamos allí sin mayores aspiraciones gastronómicas y tomamos el metro de vuelta.

Día 4. Sintra: el Palacio da Pena, la Quinta da Regaleira y el Cabo da Roca¶
El miércoles cogimos el tren en Rossio hacia Sintra. El trayecto dura unos cuarenta minutos y el paisaje va cambiando gradualmente desde los suburbios de Lisboa hasta las colinas de la sierra: quintas tapiadas entre vegetación, pueblos pequeños, la vegetación cada vez más espesa. Cuando bajamos en la estación de Sintra había poca gente — en enero Sintra es otra cosa comparada con el verano, y eso se agradece.
En la misma estación nos ofrecieron el servicio de autobús hop-on hop-off que conecta los puntos principales. Es la solución práctica para un día de excursión: las atracciones de Sintra están dispersas por la sierra y a pie entre ellas habría que calcular el doble de tiempo. Lo cogimos sin dudar.
La primera parada fue el Palacio da Pena. Para llegar hay que subir por la carretera de la sierra, y ya el trayecto en autobús da perspectiva del paisaje: los bosques de la sierra de Sintra son densos y húmedos, con una vegetación que mezcla especies de varios continentes porque los jardines románticos del siglo XIX los llenaron de exotismo botánico. El palacio aparece de golpe sobre un peñasco, pintado en amarillo y terracota, con torretas medievales mezcladas con elementos mudéjares y azulejos manuelinos. El rey Fernando II lo mandó construir en los años cuarenta del siglo XIX sobre las ruinas de un convento, y el resultado es exactamente eso: una fantasía romántica sin restricciones de coherencia estilística. Cada fachada es diferente, cada patio tiene un lenguaje propio, y la mezcla que en teoría debería ser un desastre termina funcionando porque la convicción con que fue construido lo sostiene todo.
El interior mantiene los muebles y la decoración de la familia real portuguesa tal como los dejaron cuando se exiliaron en 1910. Las cocinas, los dormitorios, los salones de recepciones: todo conservado como si los últimos inquilinos acabaran de salir. Los jardines que rodean el palacio bajan por la ladera en terrazas, con estatuas, estanques y especies arbóreas que llevan siglos sin que nadie haya racionalizado el conjunto.




La segunda parada fue la Quinta da Regaleira, construida a principios del siglo XX por un millonario aficionado al esoterismo, la masonería y la alquimia. Si el Palacio da Pena es fantasía real, la Quinta es fantasía hermética: los jardines están llenos de referencias simbólicas, portales con inscripciones, grutas artificiales y una capilla neogótica que parece sacada de otra latitud. Lo más llamativo son los pozos iniciáticos, dos torres invertidas que descienden en espiral hacia túneles subterráneos. Bajamos por uno de ellos — la espiral de peldaños de piedra, la humedad, la oscuridad gradual conforme se baja, y después los túneles que conectan con otras salidas — y la experiencia tiene algo de genuinamente extraño que no se explica bien de fuera.



El autobús siguió hasta el Cabo da Roca, el punto más occidental de Europa continental. El paisaje cambia completamente al salir de la sierra hacia la costa: la vegetación se achata, el viento carga con sal, y en diez minutos se pasa del ambiente boscoso de los palacios a los acantilados del Atlántico. En enero no había prácticamente nadie. Nos quedamos un rato mirando el océano desde los acantilados — el viento era considerable y las olas rompían muy abajo — y compramos el certificado que acredita haber llegado hasta aquí, que es una tontería turística pero que en ese momento, con ese horizonte delante, no pareció tal.


De vuelta al pueblo de Sintra al final de la tarde, paramos en el casco histórico. El Palacio Nacional de Sintra, con sus dos chimeneas cónicas imposibles de no ver, lo vimos solo por fuera. Entramos en una de las pastelerías que venden las travesseiras de Sintra — un hojaldre relleno de crema de almendras que es el dulce local por excelencia — y comimos de pie antes de coger el tren de vuelta a Lisboa.


El tren llegó a Rossio ya de noche. Habíamos hecho mucho en un día y se notaba.

Día 5. Belém: los Jerónimos, el Monumento a los Descubrimientos y la Torre¶
El jueves cogimos el tranvía 15 en la Praça da Figueira. El 15 sigue el curso del Tajo hacia el oeste, pegado a la ribera, y tarda unos veinte minutos en llegar a Belém. Es la línea más práctica para este trayecto — el tranvía 28, el famoso de los carteles turísticos, va hacia Alfama — y en enero lleva poca gente. Mientras avanzábamos, el Tajo iba ensanchando hasta que el agua ocupaba prácticamente todo el horizonte sur. Belém está donde el estuario se abre casi como un brazo de mar, que es exactamente por qué fue durante siglos el punto de salida de las expediciones oceánicas: las carabelas podían fondear bien protegidas y zarpar con el primer viento favorable.
Empezamos por el Monasterio de los Jerónimos. Manuel I lo mandó construir a principios del siglo XVI con los beneficios del comercio de especias con la India, y eso se nota en cada metro cuadrado: es un edificio construido sin límite presupuestario, en el estilo manuelino que mezcla el gótico tardío con motivos marítimos y referencias al mundo que los portugueses estaban descubriendo. La fachada sur se extiende más de 300 metros y no hay dos tramos iguales. Las columnas de la portada están cubiertas de esculturas: instrumentos náuticos, esferas armilares, cruces de la Orden de Cristo, figuras de santos, todo tallado en piedra calcárea blanda que ha permitido un detalle casi de orfebre.
El claustro es lo más impresionante. Dos plantas de arcos de medio punto sobre columnas finísimas, con tracerías que parecen tejidas más que talladas, y la proporción perfecta entre los vacíos y los llenos. La luz de invierno, baja y lateral, entraba en ángulos que marcaban las sombras sobre la piedra. Vasco da Gama está enterrado en la iglesia, y también el poeta Camões — los dos grandes símbolos del Portugal de los descubrimientos, juntos en el mismo edificio que se construyó para celebrar ese momento histórico.




Desde los Jerónimos fuimos caminando hasta el Monumento a los Descubrimientos, que está a unos minutos a lo largo de la ribera. Lo construyeron en 1960 para el quinto centenario de la muerte del Infante don Enrique el Navegante, con forma de proa de carabela. En la proa va el Infante, mirando al río, y detrás se agrupan en dos hileras los protagonistas de la expansión portuguesa: navegantes, cartógrafos, misioneros, poetas. En el suelo frente al monumento hay una rosa de los vientos de mármol de 50 metros de diámetro con las rutas de las principales expediciones marcadas sobre ella. Subimos al mirador y desde arriba se entiende la geografía: el estuario del Tajo, la Torre de Belém hacia el oeste, el puente del 25 de Abril al fondo, y enfrente el Cristo-Rei en la otra orilla.

La Torre de Belém está a unos diez minutos a pie siguiendo la orilla. Se construyó entre 1516 y 1521 como fortaleza defensiva en la entrada del estuario, y es el ejemplo más puro del manuelino tardío: planta cuadrada con un bastión circular, cuatro torrecillas en las esquinas, terraza con escudos y esferas armilares, y una logia de arcos en la fachada norte con columnas en forma de cuerda retorcida. Lo que llama la atención es la escala: es más pequeña de lo que las fotos sugieren, una torre compacta y proporcionada que no abruma sino que invita a acercarse. El interior tiene varias plantas — las salas de guardia, los almacenes, la mazmorra en el nivel del agua — y desde la terraza superior el viento de enero era considerable pero las vistas hacia el estuario valían la molestia.


Para la tarde volvimos en tranvía hasta el centro y desde allí cogimos el metro hasta el Parque de las Naciones para ver el puente Vasco da Gama a la hora del atardecer. El puente tiene 17 kilómetros de longitud, construido también para la Expo '98, y a contraluz con el sol bajando sobre el Tajo forma una línea casi abstracta que se pierde en la niebla del horizonte. Estuvimos un rato en la ribera, con el frío de enero ya bastante presente, y tomamos las últimas fotos del viaje antes de cenar.


Día 6. Vuelta a Bilbao¶
El viernes el vuelo salía a las 10:50, lo que obligaba a estar en el aeropuerto antes de las nueve. Hicimos el equipaje la noche anterior, dejamos el hotel antes de las ocho y tomamos el metro hasta el aeropuerto. Es una línea directa desde el centro, sin transbordos, y a esa hora el vagón llevaba sobre todo gente yendo al trabajo.
El Easyjet salió puntual. Desde la ventanilla, Lisboa se veía entera durante los primeros minutos después del despegue: el estuario del Tajo con Belém y el puente del 25 de Abril a un lado, el Parque de las Naciones al otro, y el centro histórico apretado entre colinas. Reconocíamos cada zona de lo que habíamos recorrido durante la semana. Luego el avión viró hacia el norte y quedó el océano.
El vuelo dura dos horas y media. Aterrizamos en Loiu a las 13:25 con el cielo cubierto y temperatura de enero del País Vasco, que es un contraste bastante físico con la luz de Lisboa.
Habíamos gastado 139,96 euros en los vuelos, 203 en el hotel y el resto en transporte público, entradas y comidas. Un viaje de cinco días a una capital europea por menos de 400 euros para los dos, todo incluido. Lisboa respondió bien a ese presupuesto ajustado: el metro y los tranvías funcionan, los monumentos principales tienen precios razonables, y la ciudad es suficientemente compacta para no necesitar taxis.
Cinco días da para mucho en Lisboa si se organiza bien. La ciudad histórica — la Baixa pombalina, Alfama, la Sé, el Elevador de Santa Justa — ocupa los primeros días sin dificultad. Una jornada entera para Belém no es excesiva: los Jerónimos solos pueden absorber dos horas, y la Torre y el Monumento a los Descubrimientos completan la mañana. La excursión a Sintra merece un día completo con el hop-on hop-off si se quieren ver el Palacio da Pena, la Quinta da Regaleira y el Cabo da Roca sin correr. El Parque de las Naciones funciona mejor como complemento de tarde que como destino principal, pero vale la pena para ver la otra cara de Lisboa, la que se construyó de cero para 1998 y que ahora tiene la pátina de un barrio que ya lleva décadas funcionando.
Queda pendiente la Lisboa nocturna de verdad: el fado en Alfama, los bares del Bairro Alto, las cervecerías de madrugada. Para otra vez.













