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El puente colgante de Clifton tendido sobre la garganta del río Avon, con la torre de piedra en primer plano sobre el acantilado, el cauce embarrado abajo y la campiña inglesa perdiéndose en el horizonte.

Diarios de viaje · Reino Unido · Bristol

Bristol, la sorpresa inesperada

Cuatro días en Bristol y una excursión a Bath, en un viaje que nació de un crédito de vuelo a punto de caducar. Qué ver en la ciudad de Brunel y de Banksy, cómo funciona su puerto flotante, por qué casi todos sus museos son gratuitos y cuánto cuesta llegar desde Bilbao en un vuelo directo de una hora. El diario completo de una ciudad que no estaba en ninguna lista y acabó siendo uno de nuestros mejores viajes.

5 días Lectura de 39 minutos

Un crédito de vuelo caducado y una ciudad que no estaba en la lista

Cuatro días en el suroeste de Inglaterra

Todo empezó con un vuelo cancelado. En mayo de 2020 tenía reservado un EasyJet a Edimburgo, escapada en solitario que la pandemia tumbó antes de despegar. Lo que quedó fue un crédito de 62,08€ con fecha de caducidad: gastarlo antes de finales de 2022 o perderlo.

Dos años después, con el crédito a punto de expirar y el viaje pensado esta vez en pareja, nos sentamos a mirar qué destinos operaba EasyJet desde Bilbao. No buscábamos nada concreto. Queríamos algo que no fuera demasiado turístico, que tuviera sustancia, que no nos obligara a añadir una suma considerable al crédito. Bristol apareció en la lista con vuelos de ida y vuelta del 2 al 6 de octubre de 2022 por 86,48€ en total. Con el crédito aplicado, pagamos 24,40€ adicionales. La decisión estaba tomada casi antes de pensarla.

Lo que sabíamos de Bristol al reservar era poco: ciudad portuaria en el suroeste de Inglaterra, alguna historia marítima, y que de allí era Banksy —aunque sin saber muy bien qué significaba eso en la práctica. No nos habíamos informado en exceso, y esa falta de expectativas resultó ser la mejor preparación posible.

Qué es Bristol y por qué merece cuatro días

Bristol es la ciudad más grande del suroeste de Inglaterra, con unos 470.000 habitantes, y durante siglos fue el segundo puerto del país después de Londres. Esa doble condición —ciudad grande y puerto rico— explica casi todo lo que se ve hoy: la escala de sus iglesias medievales, financiadas por comerciantes que competían entre sí; la ingeniería descomunal del siglo XIX, cuando Isambard Kingdom Brunel usó la ciudad como banco de pruebas; y también la parte incómoda, porque buena parte de esa riqueza salió del comercio triangular de esclavos entre Inglaterra, África y América.

Para el viajero hay una consecuencia práctica muy concreta: en Bristol casi todo es gratis. Los museos municipales —el Bristol Museum & Art Gallery y el M Shed, sobre todo— no cobran entrada. La catedral tampoco, como es habitual en las catedrales anglicanas. Ni St Mary Redcliffe, ni la Cabot Tower, ni cruzar el puente de Clifton a pie. En cuatro días de visitas continuas no pagamos una sola entrada dentro de la ciudad. El único desembolso importante en museos habría sido en Bath, y ya contaré cómo acabó eso.

Dormir en una casa del árbol en Montpelier

El alojamiento sí lo elegimos con cuidado: una casa del árbol en el jardín de una familia en el barrio de Montpelier. Eso era suficiente motivo para ir.

Montpelier es un barrio del norte de la ciudad que se desarrolló a finales del siglo XVIII alrededor de unos jardines de recreo, y que tomó su nombre de la ciudad francesa de Montpellier por el prestigio balneario que entonces tenía. Hoy es una sucesión de casas victorianas en cuesta, pintadas en colores improbables, a un cuarto de hora a pie del centro y con estación de tren propia. La zona funciona muy bien como base: se duerme barato, se baja andando a todo y se vuelve caminando de noche sin pensárselo.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Bristol

Día 1. De Bilbao a Bristol: el puente de Clifton y el puerto flotante

Salimos de Bilbao a las 11:35 y aterrizamos en Bristol a las 12:20 hora local: cuarenta y cinco minutos según el reloj, una hora y tres cuartos en realidad, porque el Reino Unido va una hora por detrás. Vuelo directo, sin escalas y sin drama.

Cómo llegar del aeropuerto al centro

El aeropuerto de Bristol está en Lulsgate Bottom, unos trece kilómetros al sur de la ciudad, y no tiene conexión ferroviaria. La única alternativa razonable al taxi es el Airport Flyer, la línea de autobús exprés que enlaza la terminal con la estación de autobuses del centro y con Temple Meads en algo más de media hora, según el tráfico. Lo tomamos sin complicaciones y aprovechamos la espera del check-in para comer algo en la zona.

Nuestro alojamiento no abría hasta las tres de la tarde. Cuando por fin llegamos a Montpelier, entendimos que habíamos acertado. La anfitriona, Anita, nos recibió en su casa victoriana y nos acompañó al fondo del jardín trasero, donde entre los árboles estaba nuestra cabaña. Construida originalmente para dar independencia al hijo mayor de la familia —la explicación que nos dio Anita con media sonrisa—, era una miniatura funcional: planta baja con fregadero, nevera y microondas, y un dormitorio arriba al que se accedía por una escalera de mano. Para ducharse y usar la cocina completa había que volver a la casa principal. Anita nos dio llave de la puerta trasera. Esa primera tarde ya tuvimos una conversación larga con ella mientras tomábamos el té en su cocina, y entendimos que esas charlas al volver de las excursiones iban a ser una de las mejores partes de la estancia. Atravesaba un momento complicado en su vida y tenía una manera de contarlo que no pedía ni lástima ni consejo: solo conversación.

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La cabaña al fondo del jardín y la cocina de la casa principal, donde acabábamos cada noche tomando el té con Anita

Montpelier es el tipo de barrio que se reconoce nada más entrar: casas victorianas pintadas en colores improbables, murales en casi cada medianera, tiendas de segunda mano con criterio. Picton Street y la cercana Stokes Croft concentran cafeterías independientes y bares con personalidad que no parecen haber elegido su estética pensando en el turista.

El puente colgante de Clifton, la obra que Brunel no llegó a ver

Instalados y con tiempo antes de que oscureciera, fuimos directos al Clifton Suspension Bridge, que es el símbolo indiscutible de la ciudad y la primera parada de cualquier visita.

La historia del puente empieza en 1753, cuando un comerciante de vinos llamado William Vick dejó mil libras en su testamento para que se invirtieran hasta alcanzar diez mil y construir entonces un puente de piedra sobre el desfiladero del Avon. En 1830 el capital había crecido lo suficiente como para convocar un concurso de diseño. Lo juzgaba Thomas Telford, el ingeniero más prestigioso del país, que rechazó todas las propuestas y presentó la suya; hubo que convocar un segundo concurso, y lo ganó un desconocido de veinticuatro años llamado Isambard Kingdom Brunel. Fue su primer encargo importante y el arranque de una carrera que cambiaría la ingeniería británica.

Brunel no vivió para verlo terminado. Murió en 1859 y fueron sus colegas del Institution of Civil Engineers quienes lo acabaron en 1864 como homenaje póstumo, reutilizando cadenas de otro puente suyo. El resultado son 412 metros de estructura, un vano de más de doscientos entre torres y una plataforma suspendida a 75 metros sobre la marea alta del Avon. Sigue siendo vía de tránsito para vehículos y peatones —los coches pagan un peaje simbólico, los peatones no—, lo que le da una cotidianidad extraña para una estructura tan fotografiada.

Hay un detalle que a nosotros nos hizo mucha gracia descubrir: de este puente salió el salto de puenting moderno. El 1 de abril de 1979, cuatro miembros del Oxford University Dangerous Sports Club se lanzaron desde el tablero atados con cuerdas elásticas, vestidos de esmoquin. Los detuvieron al terminar, pero la idea ya estaba lanzada.

Lo cruzamos a pie en ambas direcciones. En el lado de Clifton hay un mirador que en ese momento de la tarde tenía la luz justa; en el lado opuesto, el de Leigh Woods, hay un centro de visitantes gratuito con la historia de la construcción, aunque nosotros llegamos con la hora ya vencida.

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El puente de Clifton desde los dos lados del desfiladero: 412 metros de estructura y 75 de caída hasta el Avon

Bajamos de vuelta hacia el río por Wellington Terrace y Granby Hill, calles residenciales con fachadas de piedra de Bath que bajan en pendiente hacia los muelles. A esa hora el tráfico era escaso y podíamos caminar despacio. Al llegar al nivel del agua ya era noche cerrada.

El Floating Harbour: por qué Bristol tuvo que domesticar su río

El Floating Harbour de Bristol no es el río: es un sistema de dársenas de setenta hectáreas construido entre 1804 y 1809 para resolver un problema que estaba estrangulando el puerto.

El estuario del Severn, en el que desemboca el Avon, tiene una de las mayores carreras de marea del mundo: el agua puede subir y bajar más de doce metros. Eso significaba que los barcos amarrados en Bristol quedaban dos veces al día apoyados sobre el fango del cauce, con el casco forzado y la carga desplazada. De ahí viene, según la explicación más repetida en la ciudad, la expresión inglesa shipshape and Bristol fashion: todo debía ir estibado y atado como para aguantar que el barco se tumbara.

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El descenso desde Clifton hacia las dársenas, por calles residenciales de piedra de Bath

La solución la firmó el ingeniero William Jessop y consistió en excavar un canal nuevo de casi tres kilómetros —el New Cut— para desviar por él el río con sus mareas, y convertir el cauce antiguo en un puerto interior cerrado por esclusas, con el nivel del agua constante. Los barcos quedaban siempre a flote: de ahí lo de floating. Costó unas 600.000 libras de la época y durante todo el siglo XIX fue el corazón comercial de la ciudad. Cuando los buques modernos se volvieron demasiado grandes, el tráfico se trasladó a Avonmouth y las dársenas quedaron vacías; hoy los almacenes reconvertidos concentran restaurantes, bares y espacios culturales. De noche, con poca gente y las luces reflejadas en el agua quieta, el paseo tenía algo de irreal.

Volvimos a Montpelier a pie. Anita ya había apagado las luces de la casa principal. Subimos la escalera de mano hasta el dormitorio con cuidado de no hacer ruido.

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El puerto flotante de noche: nivel de agua constante desde 1809 gracias al desvío del río por el New Cut
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Día 2. Qué ver en Bristol a pie: de Stokes Croft a la Cabot Tower

Salimos del jardín de Anita temprano con la idea de recorrer la ciudad andando de punta a punta. Bristol es una ciudad de colinas, y eso se paga en las piernas, pero las distancias reales son cortas: desde Montpelier hasta el puerto hay poco más de veinte minutos, y desde el puerto hasta Bedminster, otros quince.

Stokes Croft, el barrio que se declaró república

El camino natural hacia el centro baja por Stokes Croft, que a esa hora de la mañana ya tiene vida propia: murales que cubren fachadas completas, una mezcla de negocios que no encajan en ninguna categoría clara, el olor a café de las cafeterías con la puerta abierta.

Esta calle y el barrio que la rodea son el núcleo del Bristol alternativo, y la etiqueta no es turística. En 2007 un grupo de vecinos y artistas fundó la People's Republic of Stokes Croft, una organización que empezó pintando fachadas abandonadas para frenar la degradación de la zona y acabó convertida en símbolo de la resistencia vecinal contra la gentrificación. El punto de máxima tensión llegó en 2011, cuando la apertura de un supermercado de cadena en la calle desató varias noches de disturbios. Aquí también está Mild Mild West, el mural de Banksy de 1999 en el que un oso de peluche lanza un cóctel molotov a tres antidisturbios: una de sus obras más antiguas todavía visibles y el mejor resumen posible del carácter del barrio.

La primera parada fue The Bearpit, oficialmente St James Barton Roundabout, una plaza circular hundida bajo una rotonda que se diseñó en los años sesenta como paso peatonal y que desde entonces ha acumulado varias vidas: abandono, regeneración, mercadillo, punto de reunión. Ese día estaba tranquila, con algún mural reciente en los muros curvos.

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The Bearpit, la plaza hundida bajo la rotonda de St James Barton, diseñada en los años sesenta como paso peatonal

Christmas Steps y las casas de beneficencia de John Foster

Desde allí tiramos por Rupert Street hasta los Christmas Steps. El nombre no tiene nada que ver con la Navidad: probablemente deriva de Knyfesmyth Street, la calle de los fabricantes de cuchillos que trabajaban aquí en la Edad Media. La escalinata tal como se ve hoy la costeó en 1669 un comerciante de vinos llamado Jonathan Blackwell, que pavimentó la cuesta y la convirtió en un paso decente. Son unos escalones empedrados que suben entre fachadas de piedra con tiendas pequeñas encajadas en los bajos, el tipo de rincón que en otras ciudades habrían convertido en postal de recuerdo pero que aquí sigue siendo un paso funcional.

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Los Christmas Steps, empedrados en 1669 por un comerciante de vinos, siguen siendo un paso peatonal cotidiano

En lo alto están los Foster's Almshouses, unas casas de beneficencia fundadas en 1483 por el comerciante y alcalde John Foster para alojar a trece hombres pobres. Los edificios actuales son una reconstrucción del siglo XIX en estilo gótico francés, con una capilla dedicada a los Reyes Magos de Colonia que Foster mandó levantar tras un viaje a esa ciudad. La institución sigue funcionando como vivienda social más de quinientos años después de su fundación, y eso le da al conjunto un aire de ciudad que no ha perdido del todo la memoria de lo que fue.

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Foster's Almshouses: casas de beneficencia fundadas en 1483 y reconstruidas en estilo gótico francés en el siglo XIX

College Green: el ayuntamiento, la sala de conciertos y la catedral

Continuamos hasta College Green, la explanada semicircular que funciona como plaza cívica de la ciudad. A un lado queda el Bristol Beacon, la sala de conciertos que hasta 2020 se llamaba Colston Hall y que cambió de nombre para desligarse de Edward Colston, el comerciante que amasó su fortuna con el tráfico de esclavos y cuya estatua fue derribada y arrojada al puerto durante las protestas de aquel verano. En 2022 el edificio llevaba ya cuatro años cerrado por una reforma integral, así que solo pudimos verlo por fuera y entre andamios.

Enfrente está el Ayuntamiento, un edificio curvo de ladrillo con revestimiento de piedra que tardó dos décadas en construirse: el concurso lo ganó Vincent Harris en los años treinta, la guerra paralizó las obras y no se inauguró hasta 1956. En el remate del tejado hay dos unicornios dorados de más de tres metros, obra del escultor David McFall, que se han convertido en un emblema menor de la ciudad. No está abierto al público; es solo oficinas. Desde fuera ya es suficiente.

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El ayuntamiento de Bristol, terminado en 1956, con los unicornios dorados de David McFall rematando el tejado

La catedral de Bristol está justo al lado y merece más tiempo del que la mayoría le dedica. Fundada en 1140 como abadía agustina por Robert Fitzharding, sobrevivió a la disolución de los monasterios y fue elevada a catedral en 1542.

Su gran singularidad es arquitectónica: el coro y las naves laterales, construidos entre 1298 y 1330, tienen exactamente la misma altura. Eso la convierte en el mejor ejemplo de hall church del gótico inglés, un modelo en el que no hacen falta arbotantes exteriores porque el empuje se resuelve con arcos interiores en forma de puente. Historiadores como Pevsner han sostenido que, en su momento, no se estaba construyendo nada comparable en toda Europa. El efecto para el visitante es una nave inusualmente luminosa y ancha, sin la penumbra habitual de las catedrales de la época. La nave principal, en cambio, es victoriana: quedó sin terminar durante siglos y la completó G. E. Street entre 1868 y 1877.

Entramos sin pagar, como es habitual en las catedrales anglicanas, y nos quedamos un buen rato. En el transepto norte hay un reloj con dos esferas: una marca la hora GMT y la otra la hora local de Bristol, diez minutos atrasada. Antes del ferrocarril, cada ciudad británica se regía por su propio mediodía solar, y Bristol iba diez minutos por detrás de Londres. Cuando el Great Western Railway de Brunel empezó a publicar horarios, esa diferencia se volvió insostenible y la ciudad adoptó la hora de Londres en 1852. En la fachada del Exchange, en Corn Street, hay otro reloj famoso con dos minuteros por el mismo motivo.

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El coro de la catedral, con las naves laterales a la misma altura: el mejor ejemplo de hall church del gótico inglés

Brandon Hill y la Cabot Tower

De College Green subimos a Brandon Hill, el parque público más antiguo de Bristol: los vecinos tienen derecho de acceso a esta colina desde 1174, cuando Robert de Gloucester lo concedió, y durante la guerra civil inglesa hubo aquí un fuerte defensivo.

En lo alto está la Cabot Tower, una torre neogótica de arenisca roja de unos treinta metros construida en 1897 para conmemorar el cuarto centenario del viaje de John Cabot. Cabot —Giovanni Caboto, navegante veneciano al servicio de Enrique VII— zarpó de Bristol en 1497 en una carabela llamada Matthew y tocó tierra en algún punto de Terranova, en la primera expedición europea documentada a Norteamérica desde los vikingos. Hay una réplica navegable del Matthew, construida en 1996, amarrada en el puerto flotante.

La subida es gratuita. La escalera de caracol es tan estrecha que no caben dos personas a la vez, y hay que ceder el paso en los rellanos. Ese día éramos los únicos visitantes y subimos sin esperas. Las vistas desde arriba justifican el mareo: el río Avon serpenteando, la ciudad desplegada en todas direcciones, y en un día claro —como era ese— el estuario del Severn en el horizonte.

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La Cabot Tower, levantada en 1897 por el cuarto centenario del viaje de John Cabot a Terranova, y las vistas desde su remate

Queen Square, el puerto y las ruinas de St Peter

Bajamos hacia Queen Square, que es una de las plazas georgianas más grandes de Europa. Se trazó a partir de 1699 y se llama así por la reina Ana, que visitó la ciudad poco después. En 1831 fue el escenario de los disturbios de Bristol, tres días de revuelta por el rechazo de la reforma electoral en los que ardieron un centenar de edificios, muchos de ellos aquí mismo. Y durante buena parte del siglo XX estuvo partida en dos por una carretera de doble carril que no se retiró hasta 1999, cuando se restauró el trazado original con el jardín central. Es un buen ejemplo de algo que Bristol hace bien: deshacer errores urbanísticos en lugar de convivir con ellos.

Desde allí bajamos al canal. A esa hora de la mañana el paseo era tranquilo: ciclistas, algún corredor, los colores de los barcos amarrados reflejados en el agua. Entre los puentes peatonales que cruzan las dársenas hay uno especialmente cargado de significado, el Pero's Bridge, inaugurado en 1999 y reconocible por los dos contrapesos con forma de cuerno. Lleva el nombre de Pero Jones, un hombre esclavizado en Nevis que fue traído a Bristol como sirviente del comerciante John Pinney y murió aquí en 1798. Es el primer monumento de la ciudad dedicado a una víctima concreta del comercio en el que se levantó su riqueza.

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Queen Square y las dársenas a media mañana, con los barcos amarrados y el paseo casi vacío

Cruzamos al barrio de Redcliffe por Castle Bridge, un puente peatonal moderno, y llegamos a Castle Park. Las ruinas de la iglesia de St Peter son uno de esos lugares que Bristol ha decidido no reconstruir. La iglesia databa del siglo XII y fue destruida en el Blitz, en la noche del 24 de noviembre de 1940, uno de los seis grandes bombardeos que arrasaron el centro medieval de la ciudad. Solo quedaron los muros exteriores y la torre, que siguen en pie rodeados de un jardín cuidado, declarados memorial oficial de los civiles muertos en los bombardeos. Este parque, por cierto, ocupa el solar del antiguo castillo de Bristol, que Cromwell mandó demoler en 1656 y del que apenas quedan unos restos de sillería junto al río. La decisión de dejar la iglesia como está, en vez de reconstruirla, le da al conjunto un peso que los parques nuevos no tienen.

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La torre de St Peter, destruida en el bombardeo del 24 de noviembre de 1940 y conservada como memorial en Castle Park

Desde allí seguimos por St Thomas Street y Ferry Street, zona de Redcliffe con almacenes de ladrillo del siglo XIX convertidos en apartamentos y restaurantes, hasta llegar al M Shed. Era lunes y estaba cerrado —el museo abre de martes a domingo—, así que nos limitamos a recorrer los muelles exteriores, donde hay cuatro grúas portuarias eléctricas de los años cincuenta conservadas en su sitio. Las fabricó Stothert & Pitt, una empresa de Bath que durante más de un siglo suministró grúas a medio mundo, y siguen en funcionamiento algunos fines de semana. Están pintadas en colores brillantes, lo que las convierte en algo entre escultura urbana y reliquia industrial.

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Camino del M Shed: los almacenes de ladrillo de Redcliffe reconvertidos en viviendas y las grúas portuarias de Stothert & Pitt de los años cincuenta, conservadas en el muelle

Primer contacto con Bedminster

Cruzamos el río por uno de los puentes peatonales hacia Bedminster y llegamos a East Street. Bedminster fue durante un siglo el barrio obrero de las fábricas de tabaco de los hermanos Wills, y cuando la industria cerró quedó una trama de naves y medianeras enormes esperando un uso. Ese uso llegó en forma de pintura: aquí se celebra Upfest desde 2008, y los murales que deja cada edición son permanentes, así que el barrio funciona como galería al aire libre durante todo el año. Solo pudimos ver una parte de East Street y North Street ese día, lo suficiente para entender que merecía volver con más tiempo.

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Primeros murales de East Street: en Bedminster las obras de cada edición de Upfest se quedan para siempre

De vuelta hacia el canal paramos en Three Brothers Burgers, uno de los locales junto al agua que habíamos visto en los paseos anteriores. Ambiente completamente local, ningún turista a la vista. Mi pareja ha insistido desde entonces en que fue la mejor hamburguesa de su vida. Dos hamburguesas y dos coca-colas, unos 26€ al cambio. Para el estándar inglés, casi barato.

Volvimos a Montpelier a pie. Anita estaba en la cocina y charlamos otro rato antes de subir a la cabaña.

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Día 3. Excursión de Bristol a Bath: doce minutos en tren

Temple Meads, la estación más antigua del mundo todavía en pie

La estación de Bristol Temple Meads está a veinte minutos a pie de Montpelier y es uno de esos edificios de tren que merece pararse a mirar antes de entrar. La diseñó Isambard Kingdom Brunel en 1840 como terminal del Great Western Railway, la línea que él mismo trazó entre Londres y Bristol, y la parte original —hoy fuera de servicio, usada para otros fines— es la terminal ferroviaria más antigua del mundo que sigue en pie. Tiene una fachada Tudor de mentira y un techo de madera de treinta metros de luz sostenido por ménsulas de hierro colado, imitando la estructura de un salón medieval: más catedral industrial que estación. El edificio en uso, con sus arcos curvos, es la ampliación victoriana de 1878. Salimos hacia Bath a primera hora.

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Grafiti en los alrededores de Temple Meads, la terminal ferroviaria más antigua del mundo todavía en pie

El tren tarda doce minutos en cubrir los dieciséis kilómetros que separan las dos ciudades, por la línea que Brunel trazó tan llana que sus contemporáneos la apodaron la mesa de billar. El precio por persona y trayecto rondaba en 2022 las 8,50 libras, aunque varía según la hora y el tipo de billete. Por la ventanilla el paisaje es verde y llano; nada que prepare para lo que viene.

Por qué toda Bath es del mismo color

Bath es la ciudad más uniforme que hemos visto nunca. No en el sentido de aburrida, sino en el sentido literal: casi todos los edificios del centro histórico están construidos con la misma piedra caliza de color miel. Esa uniformidad es lo primero que golpea al salir de la estación, y tiene una explicación concreta. La piedra sale de las canteras de Combe Down, en las colinas que rodean la ciudad, y en el siglo XVIII un empresario llamado Ralph Allen las compró casi todas y montó un sistema de transporte propio para bajar el material. Allen financió después buena parte de la reconstrucción georgiana usando su propia piedra, con lo que la ciudad entera acabó saliendo de la misma veta.

La historia de Bath tiene dos picos separados por mil quinientos años. En el siglo I d.C. los romanos levantaron aquí Aquae Sulis, un complejo termal y un templo dedicado a Sulis Minerva alrededor de los tres manantiales de agua caliente que siguen brotando, y que aportan más de un millón de litros diarios a unos 46 grados. Después vinieron siglos de irrelevancia. Y en el XVIII resucitó como balneario de moda para la aristocracia: el maestro de ceremonias Beau Nash impuso un código social que convirtió la ciudad en el escenario de la temporada, y los arquitectos John Wood el Viejo y su hijo la reconstruyeron entera en clave palladiana. De esa segunda vida sale casi todo lo que se visita hoy. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1987.

Pulteney Weir y Pulteney Bridge

Desde la estación fuimos directos al río. El Pulteney Weir es una presa en forma de herradura que controla el nivel del Avon y crea una cascada continua en el centro de la ciudad. Hubo una presa aquí desde época medieval, para mover molinos, pero la forma escalonada actual es de 1972, parte de un plan de defensa contra las inundaciones que asolaban la ciudad. No tiene ninguna función turística —es infraestructura hidráulica— pero es el punto desde el que más gente fotografía Bath. Nos quedamos un buen rato viendo cómo los cisnes remontaban la corriente por las escaleras de la presa.

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Pulteney Weir, presa de defensa contra las inundaciones con forma de herradura, y el punto más fotografiado de Bath

El Pulteney Bridge está a unos pasos. Lo construyó en 1774 Robert Adam por encargo de William Johnstone Pulteney, que necesitaba conectar el centro con unos terrenos que había heredado en la otra orilla y quería urbanizar. Adam se inspiró en los puentes habitados italianos —el Ponte Vecchio de Florencia, el Rialto de Venecia— y diseñó una estructura palladiana con tiendas ocupando por completo ambos lados. Quedan muy pocos puentes así en el mundo. La paradoja es que cuando lo cruzas no parece un puente: los edificios a ambos lados tapan el río y parece una calle más. Solo tiene sentido cuando lo miras desde el weir, desde abajo.

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Pulteney Bridge, uno de los pocos puentes del mundo con tiendas ocupando ambos lados en toda su longitud

La abadía de Bath y el precio de las termas romanas

Subimos hasta la Abadía de Bath, que domina la plaza central. En el edificio anterior, sajón, fue coronado en el año 973 Edgar el Pacífico en la primera ceremonia de coronación de un rey de toda Inglaterra, un ritual que sirvió de modelo para todas las posteriores. El edificio actual es de 1499: lo mandó levantar el obispo Oliver King, que según la tradición decidió reconstruir la iglesia tras soñar con ángeles que subían y bajaban por unas escaleras. Ese sueño está esculpido en la fachada oeste, con ángeles trepando por dos escalas de piedra —y uno de ellos, bromean en la ciudad, bajando cabeza abajo.

La entrada era gratuita, con donativo sugerido. El interior es alto y luminoso, con vidrieras que cubren prácticamente toda la superficie de los muros y bóvedas de abanico diseñadas por los hermanos Vertue, los mismos que trabajaron en la capilla de Enrique VII en Westminster. No es el interior más recargado que hemos visto, pero tiene una calidad de luz que los edificios más oscuros no tienen.

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Bóvedas de abanico de los hermanos Vertue en la abadía de Bath, levantada desde 1499 sobre el templo donde fue coronado Edgar en el 973

Las Termas Romanas están a cincuenta metros de la abadía. No entramos: la entrada costaba 27 libras por persona en aquel octubre y no nos parecía justificado para lo que ofrecían desde fuera, que era ya bastante. El vapor que sube de las aguas termales se ve desde la calle, y la fachada victoriana que envuelve las ruinas romanas —el conjunto se excavó y monumentalizó a finales del siglo XIX— da una idea de las capas de tiempo que hay dentro. Conviene saber, además, que en las termas romanas no se puede uno bañar: el agua no está tratada y el recorrido es museístico. Para meterse en el agua caliente hay que ir al Thermae Bath Spa, el balneario moderno que está a dos calles y que tiene una piscina en la azotea con vistas sobre los tejados.

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Las Termas Romanas desde la calle: 27 libras por persona en 2022, y sin posibilidad de bañarse

Bath Street nos llevó hacia las zonas comerciales. Las calles tienen más turistas que Bristol y el comercio lo nota: más boutiques, más cafés con mesas en la acera, más tiendas de recuerdos. Lo que no cambia es la piedra dorada en todas las fachadas, que le da coherencia visual a un centro que de otro modo sería simplemente una calle comercial más.

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El centro comercial de Bath, mucho más turístico que Bristol, unificado por la piedra de Combe Down

The Circus y el Royal Crescent

Caminamos hasta The Circus, la plaza circular que John Wood el Viejo empezó en 1754 y que terminó su hijo en 1768. Wood murió tres meses después de colocar la primera piedra y no llegó a ver ni una casa acabada. Tres bloques curvos de viviendas georgianas idénticas forman un círculo perfecto, con las tres órdenes clásicas —dórica, jónica y corintia— superpuestas en cada fachada y más de quinientos emblemas tallados en el friso. Wood, que era un obsesivo de la Britania druídica, quiso que el diámetro coincidiera con el de Stonehenge y remató los pretiles con bellotas, en referencia a la leyenda del príncipe Bladud y sus cerdos, el mito fundacional de las aguas termales de Bath. Desde el nivel de la calle el círculo no se percibe como tal; hay que imaginarlo.

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The Circus: tres bloques curvos con las órdenes dórica, jónica y corintia superpuestas y bellotas rematando el pretil

Desde The Circus, cinco minutos a pie llevan al Royal Crescent. Treinta casas georgianas en arco construidas entre 1767 y 1774 por John Wood el Joven, con ciento catorce columnas jónicas y un césped delante que baja en pendiente hacia el parque, separado por un ha-ha, esa zanja invisible que impedía entrar al ganado sin interrumpir la vista. Es también el primer crescent de la historia de la arquitectura, un tipo de conjunto que después se copió por toda Gran Bretaña. La mayoría de las casas son residencias privadas; el número 1 es un museo que recrea el interior de una vivienda georgiana. Funciona mejor en fotografía aérea que en persona, aunque en persona también impresiona.

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El Royal Crescent, primer crescent de la historia de la arquitectura: treinta casas y ciento catorce columnas jónicas

Comer barato en Bath y subir a Alexandra Park

Para comer encontramos la solución más pragmática del viaje: el Waitrose de la zona centro tiene una pequeña área con mesas y microondas donde puedes calentar platos preparados. Sin glamur ninguno, pero eficiente y barato, y en una ciudad donde cualquier menú se va fácilmente a las veinte libras, la diferencia se nota. Desde allí al Guildhall Market, un mercado cubierto bajo una rotonda acristalada victoriana, en un emplazamiento donde se comercia desde hace siglos: puestos de productos frescos, artesanía, antigüedades y una tienda de embutidos que llevaba generaciones en la misma familia.

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El Guildhall Market bajo su rotonda victoriana, en un emplazamiento con siglos de comercio a sus espaldas

Para terminar subimos a Alexandra Park, al sur de la ciudad, un parque inaugurado en 1902 para conmemorar la coronación de Eduardo VII y bautizado con el nombre de su esposa. Allí está The Bath Lookout. La vista panorámica existe, pero los árboles han crecido lo suficiente como para recortar bastante el horizonte. Se ve Bath, pero no tan bien como sugiere el nombre del mirador. Vale la pena el paseo hasta arriba de todas formas; y si se dispone de más tiempo, la ruta señalizada del Bath Skyline rodea la ciudad por las colinas durante casi diez kilómetros.

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The Bath Lookout, en Alexandra Park: el arbolado crecido recorta hoy buena parte de la panorámica

Tomamos el tren de vuelta a Bristol por la tarde. En Temple Meads dimos una vuelta corta por los alrededores de la estación antes de subir a Montpelier. Anita nos esperaba con ganas de conversación, y le contamos lo de Bath mientras hervía el agua para el té.

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Vuelta a Temple Meads al caer la tarde: la fachada Tudor de Brunel y la ampliación victoriana de 1878
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Día 4. Museos gratuitos, iglesias y arte urbano bajo la lluvia

El cuarto día amaneció con lluvia fina y constante, el tipo que no moja de golpe pero que termina calando. En una ciudad donde los museos son gratuitos, un día así se resuelve solo.

Empezamos en el Bristol Shopping Quarter, la zona comercial del centro que en días de lluvia tiene el lógico atractivo de ser cubierta. No era la mañana más inspirada del viaje, pero necesitábamos movernos antes de que abrieran los sitios que nos importaban.

Pasamos por el St Nicholas Market, el mercado histórico que ocupa desde 1743 varias naves cubiertas en el casco antiguo, incluido el antiguo edificio del Exchange. A esa hora temprana estaba medio dormido, con algunos puestos abriendo y el olor a café mezclado con el de la madera vieja. En horas punta tiene fama de concentrar la mejor comida callejera de la ciudad, con puestos de cocina caribeña, portuguesa y del sudeste asiático, pero llegamos demasiado pronto para comprobarlo. Fuera, en Corn Street, están los nails: cuatro mesas de bronce del siglo XVII donde los comerciantes cerraban tratos pagando en el acto, y de las que según la tradición viene la expresión inglesa to pay on the nail.

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El Bristol Shopping Quarter y el St Nicholas Market, que ocupa las naves del casco antiguo desde 1743

Bristol Museum & Art Gallery: dinosaurios, imperio y un ángel de Banksy

Como la lluvia no amainaba, tomamos un autobús hasta el Bristol Museum & Art Gallery. El edificio es eduardiano, imponente, con columnas en la fachada y escalinata de acceso; lo pagó en 1905 el magnate del tabaco William Henry Wills y se lo regaló a la ciudad, uno más de los muchos edificios públicos de Bristol levantados con dinero de fortunas privadas. La entrada es gratuita.

En la planta baja está la galería de historia natural, donde el esqueleto de un Scelidosaurus —uno de los más completos que se conservan de esta especie— ocupa el centro de la sala con una presencia que la mayoría de los museos de historia natural no consiguen.

La primera planta tiene arqueología y culturas del mundo: artefactos egipcios, momias, sarcófagos, objetos de culturas asiáticas y americanas. Hay también una sección dedicada a la historia de Bristol que no esquiva los temas incómodos: el comercio triangular, el papel de la ciudad en la trata de esclavos, los comerciantes que financiaron iglesias y hospitales con ese dinero. Las cifras dan la medida del asunto: entre finales del siglo XVII y comienzos del XIX, más de dos mil expediciones esclavistas zarparon del puerto de Bristol y transportaron a medio millón de personas. La misma ciudad que en 2020 tiró al puerto la estatua de Edward Colston.

La segunda planta tiene pintura: Bellini, Pissarro, Sisley, y una colección de la Bristol School of Artists del siglo XIX —Francis Danby a la cabeza— con paisajes del Avon y del desfiladero antes de que existiera el puente. Y en algún rincón del museo sigue expuesto el Paint-Pot Angel, el ángel funerario con un bote de pintura volcado sobre la cabeza que Banksy dejó aquí tras tomar el museo entero durante el verano de 2009 en una exposición sorpresa que hizo cola de horas durante doce semanas. No es un museo de primera línea internacional, pero dos horas pasan con facilidad.

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Dos horas largas en el Bristol Museum & Art Gallery, museo municipal gratuito pagado en 1905 por el magnate del tabaco W. H. Wills

St Mary Redcliffe, la iglesia parroquial más ambiciosa de Inglaterra

Otro autobús nos llevó a St Mary Redcliffe. La reina Isabel I la describió en el siglo XVI como la iglesia parroquial más bella y famosa de Inglaterra, y aunque el superlativo es de época, el edificio justifica el elogio: con sus casi noventa metros de aguja es el punto más alto visible desde varios barrios de la ciudad, y su escala es la de una catedral pequeña. Eso no es casualidad. La financiaron los comerciantes y armadores de Redcliffe, que competían en generosidad con las parroquias rivales y que venían aquí a rezar antes de zarpar.

La aguja original la partió un rayo en 1446 y el muñón se quedó así durante más de cuatrocientos años, hasta que se reconstruyó en 1872. En el interior hay dos objetos que cuentan bien la historia de la ciudad: la armadura del almirante William Penn, enterrado aquí, cuyo hijo del mismo nombre fundó Pensilvania; y un raíl de tranvía retorcido clavado en el suelo del jardín, lanzado hasta allí por la onda expansiva de una bomba durante el bombardeo del Viernes Santo de 1941. También fue en la sala del archivo de esta iglesia donde el joven poeta Thomas Chatterton dijo haber encontrado los manuscritos medievales de un tal Thomas Rowley: eran suyos, murió a los diecisiete años y acabó convertido en héroe romántico.

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St Mary Redcliffe: casi noventa metros de aguja pagados por los armadores del barrio, y un interior a escala de catedral

El M Shed y la memoria incómoda de la ciudad

Desde St Mary Redcliffe caminamos hasta el M Shed, esta vez con la suerte de que estaba abierto. El museo ocupa un almacén de tránsito portuario de los años cincuenta directamente en los muelles, reconvertido y abierto al público en 2011, con las grúas originales todavía en pie fuera.

Tiene tres galerías principales: Bristol Places, sobre la geografía e historia urbana; Bristol People, sobre sus habitantes a lo largo del tiempo; y Bristol Life, sobre la vida cotidiana de los bristolianos. La galería Bristol People es la más honesta de las tres: trata el papel de la ciudad en el comercio de esclavos con datos y objetos, sin eufemismos, y lo conecta con los movimientos abolicionistas posteriores, con la llegada de la generación Windrush y con el boicot al autobús de 1963, cuando un grupo de vecinos negros forzó a la compañía municipal a dejar de vetar a conductores de color y allanó el camino de la primera ley británica contra la discriminación racial.

Banksy aparece mencionado en esa galería como figura relevante de la historia de Bristol —junto a John Cabot y otras— sin revelar su identidad, lo que dice algo sobre la relación de la ciudad con el anonimato que él mismo ha mantenido durante treinta años. Los ventanales del M Shed dan al puerto, y algunas de las exhibiciones cobran sentido con el agua visible detrás. Estuvimos una hora y media.

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Hora y media en el M Shed, instalado en un almacén portuario de los años cincuenta con los ventanales abiertos al puerto

Bedminster, Upfest y el rastro de Banksy

Por la tarde, autobús hasta la parte alta de East Street, en Bedminster. Aquí es donde el arte urbano de Bristol tiene su mayor concentración. Upfest arrancó en 2008 como una jornada con veinte artistas alrededor del Tobacco Factory y ha crecido hasta convertirse en el mayor festival de arte callejero de Europa, con más de cuatrocientos artistas cada edición pintando simultáneamente las medianeras del barrio. Las obras se acumulan, se superponen, algunas duran años y otras desaparecen bajo una nueva capa de pintura al verano siguiente. North Street es el eje, pero casi cualquier calle lateral tiene algo. Los murales son hiperrealistas, geométricos, de comentario político, abstractos, enormes. En algún momento de la caminata dejamos de intentar catalogarlos y nos limitamos a mirar.

Es imposible no pensar en Banksy mientras se camina por aquí, aunque sus obras no estén en Bedminster sino dispersas por otros barrios. Banksy nació y creció en Bristol, empezó a pintar a comienzos de los noventa dentro de la escena del DryBreadZ Crew y desarrolló la técnica de plantilla precisamente para reducir el tiempo de exposición mientras pintaba. Quien quiera buscar sus piezas en la ciudad tiene tres relativamente fáciles: Mild Mild West en Stokes Croft, el oso con el cóctel molotov; Well Hung Lover, el hombre desnudo colgado de una ventana en la fachada de una clínica sexual junto a Park Street, que el ayuntamiento sometió a votación popular en 2006 y los vecinos decidieron conservar; y The Girl with the Pierced Eardrum, la versión de Vermeer con una alarma antirrobo por pendiente, en Hanover Place, junto al puerto. Su estado cambia con el tiempo, así que conviene comprobar antes cuáles siguen visibles.

Esa lógica del anonimato impregna buena parte de lo que se ve en estas paredes: el nombre del artista importa menos que el efecto de la obra sobre quien pasa.

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Murales de Upfest en North Street y alrededores, capas de pintura acumuladas desde 2008 sobre las medianeras del barrio

Para la última cena elegimos The Full Moon Pub, en Stokes Croft, que habíamos visto cada día de camino al centro desde Montpelier. Pub clásico con un patio trasero grande, luces de colores, ambiente completamente local. La comida no fue la mejor del viaje —dos hamburguesas y dos sidras por unos 35€— pero el ambiente compensó. The Full Moon organiza conciertos y sesiones con regularidad, y esa noche había algo montado en el patio, aunque llegamos tarde para verlo entero.

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El acceso al patio trasero de The Full Moon, en Stokes Croft, escenario de la última cena del viaje

Volvimos a la cabaña por última vez. Al día siguiente había que recoger.

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Día 5. Regreso a Bilbao y balance del viaje

La despedida de Anita y una carrera hasta la puerta de embarque

El vuelo de vuelta salía a las 13:20, así que teníamos mañana hasta mediodía. Recogimos la cabaña, devolvimos las llaves a Anita y nos despedimos en la puerta de su jardín. Llevábamos cuatro noches volviendo a su cocina al final de cada día, y esas conversaciones habían acabado siendo una de las cosas que más recordaríamos del viaje. Anita estaba en un momento difícil de su vida y lo contaba con una especie de serenidad pragmática que no pedía nada al interlocutor. Solo conversación.

Aprovechamos las últimas horas dando una vuelta por el Bristol Shopping Quarter, cerca de la estación central de autobuses. Sin agenda, sin nada que ver obligatoriamente.

El autobús al aeropuerto salía a las 10:30. No llegó. Los marcadores del panel de información iban cambiando —primero cinco minutos, luego diez, luego veinte— hasta que apareció con más de media hora de retraso. Subimos y respiramos. Pensábamos que lo peor había pasado.

Al llegar a la estación de autobuses del aeropuerto el vehículo se detuvo en mitad del aparcamiento y no abrió las puertas. Veinte minutos dentro, sin explicación. Cuando finalmente pudimos bajar, fuimos directos a la terminal a ritmo de carrera controlada. Pasamos seguridad y llegamos a la puerta de embarque con tiempo suficiente, aunque no con mucho. El avión despegó con nosotros a bordo, que era lo único que importaba. La lección, para quien vuele desde Bristol: el trayecto en autobús al aeropuerto son treinta o cuarenta minutos sobre el papel, pero conviene tomar el anterior al que parece razonable.

Bristol desde el aire tiene esa forma característica de las ciudades que crecieron alrededor de un río: el Avon serpenteando, el Floating Harbour como una mancha quieta, la aguja de St Mary Redcliffe visible unos segundos antes de que las nubes bajas lo tapen todo.

Lo que dejamos pendiente

Cuatro días dan para mucho en una ciudad de este tamaño, pero se nos quedaron cosas fuera. La principal es el SS Great Britain, el tercer gran Brunel de la ciudad: el primer transatlántico de casco de hierro y hélice, botado en Bristol en 1843, hoy conservado en el mismo dique seco donde se construyó y con el casco bajo una cubierta de cristal y agua que simula la línea de flotación. Es la única gran atracción de pago de Bristol y todo el mundo coincide en que la merece.

Tampoco subimos a la Wills Memorial Building, la torre neogótica de la universidad que corona Park Street, ni cruzamos a Leigh Woods para ver el puente de Clifton desde el otro lado del desfiladero, ni nos acercamos a Ashton Court. Y a Bedminster habría que volver con un día entero por delante, y no con las horas sueltas que le pudimos dedicar.

No es mala señal. Bristol entró en nuestros planes por descarte, porque un crédito de vuelo caducaba, y salimos de allí con lista de pendientes para una segunda visita. Pocas ciudades consiguen eso.

Lo que costó el viaje

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