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El castillete rojo de la mina Zollverein de Essen, una torre de acero en forma de A con las dos poleas de extracción en lo alto, sobre los edificios de ladrillo del complejo minero bajo un cielo azul.

Diarios de viaje · Alemania · Renania y Ruhr

Regreso a Essen

Hay viajes que surgen de la casualidad y otros que nacen de una semilla plantada tiempo atrás. Esta aventura a Essen y Düsseldorf, del 3 al 9 de septiembre de 2024, pertenece sin duda a esta segunda categoría.

7 días Lectura de 34 minutos

Un viaje de reencuentros y descubrimientos pausados

Regreso a Essen: De voluntario a viajero

Todo empezó en octubre de 2023, cuando participé como voluntario en el festival Open House Essen gracias al programa Open House Europe. Ese fin de semana me permitió moverme por la ciudad de una manera poco habitual: hablando con vecinos, con otros voluntarios internacionales, entrando en edificios que normalmente permanecen cerrados al público. Fue una inmersión rápida e intensa, pero al final del fin de semana me quedé con la sensación de haber visto Essen a través de una rendija. Las responsabilidades del voluntariado dejaban poco margen para explorar a nuestro ritmo. La ciudad me había enganchado sin dejarme terminar la frase.

Ni Düsseldorf ni Essen figuran en las listas habituales del turismo internacional, y eso fue exactamente lo que convirtió aquel primer contacto en algo valioso. No había multitudes, no había el protocolo de los circuitos establecidos. Solo una ciudad del Ruhr que se mostraba sin filtros, con su historia industrial a flor de piel y su presente cultural todavía buscando cómo contarse.

La sensación de asunto pendiente fue el motor de este viaje. Decidimos volver a Essen en septiembre de 2024, esta vez sin agenda fija de voluntariado, acompañados mutuamente y con tiempo suficiente para quedarnos quietos cuando la ciudad lo pidiera. Organizamos el viaje para que coincidiera con el Open House Essen 2024, lo que además de revivir el festival me daría la oportunidad de reencontrarme con algunas personas conocidas del año anterior.

La logística no fue sencilla. Los vuelos directos de Bilbao a Düsseldorf existían, pero a precios que no encajaban. Terminamos con una ruta de Lufthansa que pasaba por Frankfurt: desde allí, en lugar de otro vuelo, tomamos el tren hasta Düsseldorf gracias al servicio Lufthansa Express Rail. El regreso tuvo escala en Múnich. No era la opción más cómoda, pero funcionó, y la escala en Düsseldorf nos dio la excusa perfecta para hacer de ese día de tránsito un primer capítulo del viaje en lugar de un mero trámite.

Más allá de la logística, lo que definió la planificación fue la decisión de viajar despacio. Queríamos tener tiempo para Essen de verdad, para andar sin destino fijo, para sentarnos en un sitio sin mirar el reloj, para descansar. El "slow travel" no es una filosofía que requiera justificarse mucho; sencillamente transforma los viajes en algo que se parece más a vivir que a consumir.

Decidimos también reservar días en Düsseldorf, la capital del estado de Renania del Norte-Westfalia, que queda a media hora de Essen. Aunque recibe más visitantes que su vecina, sigue siendo un destino que pocos viajeros españoles incluyen en sus itinerarios. Su reputación como ciudad de moda, arte y comunidad japonesa prometía un contraste interesante con la atmósfera más obrera del Ruhr.

Este relato es el de todo lo que encontramos durante esa semana: la reconversión industrial más ambiciosa de Europa, los restos de una saga familiar que marcó dos guerras mundiales, barrios de trabajadores convertidos en referentes de urbanismo social, y los desvíos que no estaban en ningún mapa pero que resultaron ser lo mejor del viaje.

Complejo industrial de la mina Zollverein en Essen

Día 1. Düsseldorf: Escala perfecta en nuestro viaje a Essen

A las 06:40 del 3 de septiembre despegamos de Bilbao en el vuelo LH 1147 de Lufthansa con destino a Frankfurt. Dos horas después aterrizamos en la Terminal 1, y en lugar de esperar otra conexión aérea tomamos el tren LH 3506, operado por Deutsche Bahn, a través del servicio Lufthansa Express Rail. El trayecto duró una hora y cuarto, tiempo que aprovechamos para pensar en el día que teníamos por delante. A las 11:40 llegábamos a la Hauptbahnhof de Düsseldorf con la tarde entera por explorar.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Essen
Estación de tren del aeropuerto de Frankfurt

Lo primero que llamó la atención al salir de la estación fue Friedrich-Ebert-Straße, una avenida de rascacielos de cristal y acero donde conviven sedes corporativas internacionales, boutiques de diseño y terrazas de café. El ambiente tiene ese carácter cosmopolita que hace que los idiomas se mezclen sin que nadie repare en ello. Caminamos sin rumbo fijo hacia el río, dejando que la ciudad se fuera revelando.

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Caminando sin mucho rumbo desde la estación de tren de Düsseldorf hacia el río

Llegamos a Königsallee, conocida localmente como la Kö. Esta avenida, dividida por el Stadtgraben —un canal que en otro tiempo formó parte del foso de la ciudad—, es el territorio del lujo düsseldorfiano: tiendas de marcas exclusivas, grandes almacenes, fachadas art nouveau que se reflejan en el agua quieta. El contraste entre la elegancia de los edificios históricos y la rotundidad del consumo contemporáneo resulta casi escenográfico.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Essen
Edificio de la Galería Kaufhof

Un poco más adelante encontramos el Märchenbrunnen, una fuente art nouveau que coexiste con una agrupación de arquitectura de las últimas décadas del siglo XX que resultó ser uno de los rincones más interesantes del día. El Dreischeibenhaus, un rascacielos de 94 metros construido en los años sesenta con tres láminas de cristal que parecen flotar, el Schauspielhaus con su techo ondulante diseñado por Bernhard Pfau, y el Kö-Bogen de Daniel Libeskind con sus diagonales y reflejos conforman un conjunto que dialoga abiertamente sobre cómo la ciudad se ha ido reinventando a sí misma.

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Disfrutando de la arquitectura moderna de Düsseldorf

Schadowstraße, una de las calles comerciales más transitadas de Alemania, nos llevó sin prisa hacia el casco antiguo. En el camino nos detuvimos a escuchar a un violinista que interpretaba a Bach; su música se elevaba por encima del murmullo de la multitud con una claridad que detuvo a más de uno. Almorzamos en un restaurante desde cuya ventana observamos el ir y venir de la gente.

En la Altstadt las calles se estrechan y los edificios ganan siglos de golpe. Cada esquina parece guardar algo: una antigua cervecería, una galería de arte instalada en la casa de un comerciante del XVIII. En la Rheinpromenade nos encontramos con la Josephskapelle, una pequeña capilla barroca pegada al río, la Lambertuskirche con su característica aguja retorcida —cuenta la leyenda que el diablo intentó enderezarla sin éxito—, y el Rathaus con la estatua ecuestre de Jan Wellem presidiendo la plaza. Esta zona es famosa por su alta concentración de cervecerías tradicionales, lo que los düsseldorfenses llaman, sin mucha modestia, "el bar más largo del mundo". Tomamos nota mental.

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El casco antiguo de Düsseldorf cerca del río

El recorrido terminó junto al Rheinturm, la torre de telecomunicaciones de 240,5 metros que domina el skyline de la ciudad. No subimos, pero desde su base tuvimos una vista directa del MedienHafen: el antiguo puerto industrial reconvertido en distrito de oficinas y restaurantes, donde los edificios retorcidos de Frank Gehry crean un contraste espectacular con las aguas del Rin.

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La imponente Rheinturm y sus alrededores

Con el sol ya bajando emprendimos el camino de vuelta a la estación. A las 19:10 tomamos el BlaBlaCar Bus a Essen, 2,99€ por persona. El trayecto fue corto; el paisaje urbano fue cediendo gradualmente a zonas más industriales, y el Ruhr empezó a asomarse antes de llegar.

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Estación de tren de Düsseldorf

Llegamos a Essen alrededor de las 19:40. El alojamiento estaba cerca del Lighthouse Essen, así que decidimos ir caminando. Paramos en un supermercado, compramos provisiones para los próximos días y cenamos tranquilamente en el apartamento mientras hablábamos del día que acababa de terminar. Lo que había empezado como una escala de trámite resultó ser una tarde completa en una ciudad que valía más tiempo del que le habíamos asignado.

Edificios del centro de Essen con espacios peatonales

Día 2. El encanto de Essen en un día nublado

El cielo de septiembre cubría Essen con ese gris uniforme que en el Ruhr resulta casi natural, como si la región lo hubiera adoptado hace siglos junto con el carbón y el acero. Terminé algo de trabajo urgente en el Airbnb antes de que pudiéramos salir, y cuando por fin cerramos el portátil y asomamos la cabeza a la calle, el ambiente pesado de nubes no hizo sino añadir carácter a lo que se iba a convertir en un día de descubrimientos urbanos.

El primer destino fue el Teatro Colosseum. Su fachada de ladrillo rojo se alzaba imponente bajo el cielo plomizo, con los grandes ventanales reflejando las nubes. El edificio tiene una historia que cuesta creer a simple vista: fue construido en 1901 como fábrica de laminación de acero, y las mismas paredes que resonaron durante décadas con el estruendo de la maquinaria pesada acogen ahora conciertos y espectáculos. Es uno de esos lugares donde el pasado industrial del Ruhr no ha sido borrado sino transformado, y la conversión resulta convincente. Justo al lado, los cines Cinemaxx ocupan otro edificio de la misma época con una fachada de cristal que no renuncia a su origen; más lejos, el enorme parking de IKEA llena lo que parece ser una antigua nave. Es una trifecta peculiar: cultura, entretenimiento y consumo compartiendo el mismo espacio que fue un día el corazón industrial del barrio.

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El impresionante Teatro Colosseum y los edificios alrededor

Desde allí nos dirigimos al centro comercial Limbecker Platz. Con 70.000 metros cuadrados repartidos en tres plantas, el contraste entre el gris del exterior y el bullicio iluminado del interior era marcado. No teníamos intención de comprar nada en particular; era sencillamente curiosidad por ver cómo funciona la vida de una ciudad cuando el tiempo no acompaña.

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Interior del centro comercial Limbecker Platz

Al salir, la extensa zona peatonal del centro de Essen nos recibió con vida a pesar del cielo encapotado. Las calles adoquinadas estaban llenas de gente, y la ciudad demostraba estar bien preparada para cualquier clima: toldos y arcadas se sucedían a lo largo del recorrido. El aroma a café recién hecho y a pretzels saliendo del horno invitaba a hacer pausas que no estaban planeadas.

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Calles peatonales del centro de Essen

En Kennedyplatz, una de las plazas más características de la ciudad, decidí llevar a mi pareja a ver las escaleras del Motel One. No para alojarnos, sino porque el año anterior me había sorprendido esa estructura helicoidal de metal y vidrio que sube varios pisos y convierte el interior del hotel en una experiencia visual inesperada. Incluso sin la luz natural del sol, la iluminación artificial jugaba con los reflejos de las superficies pulidas de una manera que valió la pena la visita.

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La plaza Kennedyplatz y el interior del Motel One Essen

La Catedral de Essen fue la sorpresa del día. La fachada románica parecía más densa y antigua bajo la luz difusa, sus piedras tomando un tono más oscuro. Dentro, los altos arcos góticos y las vidrieras generaban una luz tenue y misteriosa, más íntima que en un día soleado. El claustro fue lo que más nos detuvo: ese espacio quieto, cubierto, que parece ajeno al tiempo que pasa fuera. No muchos esperan encontrar un tesoro medieval en el centro de una ciudad que se define por su pasado industrial, y eso hace que la catedral resulte aún más llamativa.

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La catedral de Essen fue una auténtica sorpresa para nosotros

El Ayuntamiento de Essen no se parece a ningún otro que conozcamos. Un rascacielos de cristal y acero de 106 metros construido en los años setenta que se eleva en medio del centro histórico. La fachada parecía fundirse con las nubes bajas, creando una especie de continuidad entre el edificio y el cielo que no era desagradable. Essen no tiene miedo de ponerse en contraste consigo misma.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Essen
Un ayuntamiento muy diferente a lo que estamos acostumbrados en la mayoría de las ciudades

La siguiente parada fue el Forum Kunst & Architektur, donde la exposición Open House Visual Stories 2023 ocupaba las paredes con una explosión de color y formas. Sabía que una de mis obras —la que presenté como voluntario para el festival del año anterior— estaba expuesta, y verla aquí, en este contexto, rodeada de otras interpretaciones creativas de distintas ciudades, añadió una capa de significado a la visita. Me detuve frente a ella y pensé en cómo había cambiado mi lectura de Essen desde que la hice.

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Parte de la exposición Open House Visual Stories 2023 con las imágenes elegidas de Bilbao y mi obra 'Industransition'

Cerramos el recorrido con la Kreuzeskirche y la Iglesia de Santa Gertrudis, dos edificios que el cielo gris parecía favorecer, acentuando su peso como espacios de refugio. En la Kreuzeskirche, las vidrieras coloridas funcionaban casi mejor sin sol directo, su luz suave y filtrada creando una atmósfera que invitaba a quedarse. La Iglesia de Santa Gertrudis, de diseño más moderno, ofrecía un contrapunto sereno con sus grandes ventanas y su serenidad interior.

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Kreuzeskirche y la Iglesia de Santa Gertrudis

Volvimos al Airbnb cansados pero con la cabeza llena. El gris del día no había sido un obstáculo; había sido el filtro correcto para ver Essen de otra manera, resaltando la arquitectura y la calidez de los espacios interiores con una claridad que el sol en ocasiones aplana. La ciudad se fue revelando como un lugar donde la historia industrial no está guardada en vitrinas, sino integrada en la propia forma de existir de los edificios y los barrios.

Paisaje urbano de Essen con edificios y calles del centro

Día 3. Descubriendo joyas industriales y naturales

Después de media mañana con trabajo pendiente, salimos a la tarde con el sol ya alto y el cielo despejado. Era el tipo de día que pide estar fuera.

El primer destino era Zollverein, y ninguna descripción previa hizo justicia a lo que encontramos al llegar. El complejo se extiende por una superficie enorme: torres de extracción de acero que se elevan sobre los tejados del barrio, edificios de máquinas con sus vanos regulares y sus líneas limpias, cintas transportadoras que conectan pabellones como arterias de un sistema que un día funcionó sin parar. La mina se fundó en 1847 y llegó a ser la más productiva del mundo. En la década de 1930, con la construcción del Shaft 12 a cargo de los arquitectos Fritz Schupp y Martin Kremmer, el complejo adoptó los principios del Bauhaus: funcionalidad radical, sin ornamento, con el acero y el ladrillo como lenguaje. El resultado fue una arquitectura industrial que décadas después se estudia en las escuelas de diseño. En 2001, la UNESCO declaró Zollverein Patrimonio de la Humanidad.

La mina cerró en 1986. No de golpe, sino como casi todo en el Ruhr: el carbón fue perdiendo terreno frente al petróleo y el gas desde los años sesenta, las subvenciones aguantaron la agonía durante décadas, y cuando llegó el cierre, miles de mineros del Ruhr se quedaron sin trabajo de un año para otro. La región entera tuvo que reinventarse, y Zollverein se convirtió en el símbolo de esa reconversión. El antiguo edificio de lavado de carbón alberga hoy el Museo del Ruhr. La sala de calderas se usa para eventos culturales. Un antiguo depósito de carbón tiene ahora una piscina al aire libre. No es recuperación cosmética; es una apuesta real por hacer de la historia industrial un recurso vivo.

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El complejo Zollverein ofrece infinidad de vistas y rincones para descubrir con calma

Pasamos entre tres y cuatro horas paseando por los pabellones sin entrar en ningún museo interior. Era suficiente con caminar entre las estructuras, leer las sombras que el sol de tarde proyectaba sobre el acero oxidado, encontrar las instalaciones artísticas dispersas por el complejo que dialogan con la arquitectura sin imponerse. Cada rincón guardaba algo. Tomamos más fotos de las que necesitábamos.

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El complejo Zollverein ofrece infinidad de vistas y rincones para descubrir con calma

Después de comer en el centro de la ciudad, surgió la idea de acercarnos a Villa Hügel. Sabíamos que probablemente llegaríamos tarde —cierra a las 18:00— y que al menos podríamos ver los jardines. No fue así: los jardines también cierran a esa hora. Recurrimos a Google Maps para llegar y nos sugirió tomar el tranvía 107 hasta la zona de Bredeney, que no era ni la ruta más directa ni la más cómoda. En retrospectiva, fue el mejor error del día.

Al bajarnos del tranvía nos encontramos al pie del Kruppwald, el bosque que rodea Villa Hügel y que durante décadas fue propiedad privada de la familia Krupp. Decidimos entrar a pie. Los senderos serpenteaban entre hayas, robles y otras especies nativas, y la luz de la tarde se filtraba entre el dosel de hojas con esa calidad que solo tiene el sol bajo en una tarde de septiembre. El contraste con el paisaje industrial de Zollverein era total: el silencio, el aire, la densidad verde. Aparecieron miradores desde los que se veía el valle del Ruhr y el lago Baldeneysee extendido abajo. Nada de esto estaba en los planes.

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Disfrutando de un improvisado paseo en calma por Kruppwald

El paseo por el bosque nos llevó naturalmente hasta la orilla del Baldeneysee. El lago es artificial, creado en los años treinta como parte de la regulación del río Ruhr, y tiene esa calidad serena de las masas de agua que no son mar pero tampoco parecen simplemente un embalse. Sus orillas están bordeadas de senderos y bosque, y los lugareños lo tratan como un destino en sí mismo: barcas, kayaks, familias en bicicleta. Llegamos a la presa, construida entre 1931 y 1933, que además de controlar el nivel del agua alberga una central hidroeléctrica y unos elevadores para peces que permiten que salmones y truchas suban río arriba para desovar. La ingeniería conviviendo con el ciclo natural, sin grandilocuencia.

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El lago de Baldeneysee nos enamoró, y es un lugar genial para pasear disfrutando las vistas y la naturaleza

Seguimos la orilla hasta la estación de Essen Werden, donde descubrimos que la línea S1 conecta directamente con el centro de la ciudad en mucho menos tiempo que la ruta que nos había sugerido el navegador. Ese dato se iba a hacer útil.

La jornada terminó con un paseo nocturno por la zona peatonal del centro de Essen. Las calles iluminadas, el ambiente tranquilo de un jueves por la tarde. Volvimos al Airbnb con los pies cansados y la certeza de que los desvíos no planeados suelen llevar a los mejores sitios.

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Las calles peatonales del centro de Essen por la noche
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Día 4. Villa Hügel, Sinagoga Alte y más

Viernes, 6 de septiembre. Con lo aprendido el día anterior sobre el transporte, tomamos el S1 desde la Hauptbahnhof hasta la parada Essen Hügel. Unos minutos de tren, unos minutos caminando, y la silueta de Villa Hügel apareció entre los árboles.

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Exterior de Villa Hügel

Una sorpresa nos esperaba en la entrada: era el primer viernes del mes, y la visita era gratuita. Alfred Krupp mandó construir esta mansión entre 1870 y 1873 en lo alto de una colina con vistas al lago Baldeneysee. No era solo una residencia: era una declaración. Krupp, conocido como el "Rey de los Cañones", necesitaba un escenario a la altura de su posición. La villa tiene 269 habitaciones repartidas en 8.100 metros cuadrados, y cada estancia cuenta algo sobre la mentalidad de una familia que durante más de un siglo condicionó la industria, la política y las guerras de Alemania.

Los Krupp fundaron su empresa en Essen en 1811. Fabricaron el primer cañón de acero fundido, armaron al ejército prusiano en la guerra franco-prusiana de 1870, suministraron artillería a ambos lados de conflictos distintos durante décadas, y durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial se convirtieron en el corazón armamentístico del Reich. Los trabajos forzados en sus fábricas durante el nazismo, el papel de Alfried Krupp en la producción bélica y su condena en los juicios de Núremberg son parte del peso histórico que cuelga de estas paredes. Villa Hügel no es solo una mansión; es el escenario doméstico de una saga que define, de manera incómoda, buena parte de la historia moderna europea.

El Gran Salón, con sus lámparas de araña y su decoración que no escatima en nada, habla del tipo de recepciones que aquí se celebraron: industriales, políticos, aristócratas, jefes de Estado. La biblioteca, con estanterías que llegan hasta el techo, sugiere una familia que quería ser tomada en serio no solo como fabricantes de acero sino como actores culturales. El comedor, con su gran mesa y su vajilla de parada, da idea de cuántas cenas decisivas pudieron tomarse aquí mientras fuera Europa se reorganizaba.

Lo que más nos detuvo fue el sistema de infraestructuras de la propia villa: calefacción central distribuida por tuberías en una época en que eso era insólito, planta de energía propia. Alfred Krupp aplicó en su casa la misma lógica que en sus fábricas: ingeniería al servicio del control total.

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Interior de Villa Hügel

La Casa Pequeña funciona como museo y traza la evolución de la familia desde los primeros años de la empresa hasta la fusión con Thyssen que en 1999 dio lugar a ThyssenKrupp. La historia allí está contada con fotos, documentos y objetos personales, y aunque la narrativa tiene la cautela inevitable de las instituciones que custodian su propio pasado, los hechos son suficientemente elocuentes.

Los jardines, diseñados al estilo inglés, se extienden hasta los bordes del lago. Árboles centenarios, senderos cuidados, vistas al Baldeneysee que justifican por sí solas el paseo. Estuvimos un buen rato allí, disfrutando del contraste entre la monumentalidad de la mansión y la calma del entorno natural.

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Jardines de Villa Hügel

De vuelta al centro almorzamos antes de acercarnos a la Sinagoga Alte, construida entre 1911 y 1913. Aunque la fachada estaba envuelta en andamios de restauración, el interior estaba en perfectas condiciones y nos recibieron con mucha amabilidad. Es la sinagoga más grande del norte de Renania-Westfalia, y su historia es tan densa como la del resto de la ciudad. Sobrevivió a la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, aunque con daños. Después de la guerra fue restaurada y reabierta en 1959, y desde entonces funciona simultáneamente como sinagoga activa y como centro cultural y educativo. Cuando entramos, los ensayos de un coro llenaban el espacio con una sonoridad inesperada. Recorrimos los diferentes pisos, que albergan exposiciones sobre la historia y la cultura judía en Essen, desde los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial hasta el presente.

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Había muy poquita gente en su interior, y nos sentimos realmente bienvenidos en la Sinagoga Alte

A las seis de la tarde nos reunimos con los organizadores de Open House Essen 2024 y las participantes llegadas de Tallin y Praga. Cenamos juntos, hablamos de las expectativas para el fin de semana del festival, intercambiamos las primeras impresiones de la ciudad.

De camino al Airbnb topamos con un concierto callejero frente al teatro Grillo que nos detuvo un buen rato. La música en la calle tiene una manera de pausar los planes que resulta difícil de resistir.

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Sorpresa musical de la noche

Fue esa pausa la que nos animó a añadir una última visita al día. Volvimos a Zollverein de noche, esta vez para ver cómo se transforma el complejo una vez que cae el sol. La iluminación que baña las estructuras de acero y ladrillo les da un aspecto completamente distinto al de la tarde: más teatral, más íntimo. Y lo que descubrimos es que el lugar no se queda dormido: pabellones con bares abiertos, música en vivo, gente de Essen mezclada con visitantes del festival. El antiguo corazón minero de la región convertido en espacio de ocio nocturno, sin perder en ningún momento la conciencia de lo que fue.

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Visitar Zollverein de noche es una experiencia más que recomendable

Tomamos el tranvía de vuelta con los pies cansados y la cabeza aún en las estancias de Villa Hügel. Dos visitas al mismo complejo en días distintos, con luz diferente: cada una contó algo que la otra no podía.

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Estación de tranvía junto a Zollverein
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Día 5. Descubriendo la ciudad durante Open House Essen 2024

El sol brillaba sobre Essen cuando salimos. Hoy empezaba el fin de semana de Open House Essen 2024, el evento que había sido el centro de los planes de viaje desde el principio, y que el año anterior había cambiado bastante la manera de ver la ciudad.

A las once de la mañana nos reunimos con el resto de los participantes del intercambio. Era un grupo internacional: una chica de Tallin, otra de Praga, dos personas de Vilnius que no se conocían antes de este voluntariado, y dos chicas de Estocolmo con una timidez difícil de traspasar. La diversidad del grupo prometía, pero establecer conversaciones que fueran más allá de los saludos resultó más difícil de lo esperado. La timidez inicial, la novedad de la situación, el hecho de moverse en grupo sin haberse elegido mutuamente: todo ello creó cierta distancia que fue la tónica del día con la mayoría de los voluntarios.

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Detalle de estructuras de Zollverein y fachada del Schaudepot Ruhr Museum

La primera parada fue Zollverein. Una voluntaria del festival nos hizo una introducción al complejo, repasando su historia como el motor del carbón en el Ruhr, su diseño Bauhaus, su cierre en 1986 y la reconversión posterior. Para quienes ya habíamos pasado horas paseando entre los pabellones, la charla no aportó mucho en contenido, pero sí sirvió para ver las reacciones del grupo: ese primer impacto de escala ante las torres de extracción, la extrañeza de una arquitectura industrial que tiene más rigor formal que muchos edificios representativos.

A mediodía comenzó una de las visitas más especiales del día: el Schaudepot Ruhr Museum. No es un museo convencional. Es, literalmente, el almacén de la colección: el lugar donde se guardan los objetos que no están en exposición permanente, accesible solo mediante visitas organizadas. Al entrar, estanterías que llegaban hasta el techo se extendían por pasillos estrechos, repletas de artefactos que cubrían siglos de vida en la región. Muebles, objetos cotidianos, instrumentos, frascos farmacéuticos, piezas de cerámica. Nuestra guía, con una energía contagiosa, los iba señalando sin separarse de su historia.

Lo que hizo que la visita fuera distinta a cualquier museo es esa sensación de estar entre bastidores: las cosas sin vitrina, sin iluminación diseñada, sin cartela que las interprete para el público general. La colección tal como la ven los conservadores y restauradores. Cada objeto era un fragmento de memoria regional, y la acumulación creaba algo parecido a un archivo de vidas.

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La visita al Schaudepot Ruhr Museum fue uno de los grandes momentos del día

El siguiente destino nos transportó a otro plano completamente diferente. La mezquita Die Fatih es la única de Essen con minarete, y ese elemento arquitectónico la distingue en el horizonte del barrio. Al entrar, el aroma a incienso y la luz filtrada por las vidrieras creaban una atmósfera densa y tranquila. La visita coincidió con la ceremonia de rezo, que observamos en silencio. Después, los anfitriones respondieron preguntas con una apertura que no daba señales de cansancio: sobre el Islam, sobre la vida de la comunidad musulmana en Essen, sobre cómo se mantiene la fe en un contexto mayoritariamente cristiano. Esa conversación fue uno de los momentos más auténticos del día.

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La visita a Die Fatih Mosque fun un momento increíble de intercambio cultural

La siguiente parada fue la iglesia del Espíritu Santo, un edificio desacralizado que se ha reconvertido en espacio cultural. Participamos en una visita guiada de la exposición "Churches as Fourth Places – Perspectives of Transformation" con Felix Hemmers, quien nos llevó por un recorrido conceptual sobre qué ocurre con los espacios religiosos cuando dejan de funcionar como tales. Iglesias convertidas en bibliotecas, en centros comunitarios, en una tienda de bicicletas en algún caso. Lo que planteaba Hemmers es que estos espacios no necesariamente pierden su dimensión espiritual con el cambio de uso; la escala, la luz, el silencio siguen funcionando aunque ya no haya liturgia. Las fotos de los proyectos colgaban donde antes hubo iconos, y el diálogo entre lo que fue y lo que es era visible sin esfuerzo.

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Exterior de Holy Spirit Church

Por la tarde estábamos programados para asistir a una charla con Felix Hemmers y Johann König sobre la Iglesia de Santa Inés en Berlín, pero la sesión sería íntegramente en alemán. La descartamos y optamos por explorar por nuestra cuenta.

Propuse al grupo volver a Zollverein al anochecer. Tomas e Ieva, de Vilnius, se apuntaron. Llegar al complejo con la luz desapareciendo es entrar en otro registro: las estructuras de acero iluminadas de manera estratégica proyectan sombras dramáticas, y la escala de los edificios se percibe de otra manera cuando el cielo del fondo ya no distrae. Caminamos por el complejo siguiendo los sonidos hasta que uno de ellos nos llevó a un pabellón que albergaba una exposición de pintura.

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Disfrutando de las últimas luces del día en Zollverein

El artista era Stefan Casper Röhr, y sus pinturas mezclaban colores vibrantes con formas abstractas que parecían capturar algo de la tensión del lugar: lo industrial y lo artístico, lo pesado y lo ligero. Lo que convirtió el encuentro en algo especial fue que el propio artista estaba allí. Pasamos un buen rato hablando con él sobre su proceso, sobre cómo trabaja en espacios post-industriales como Zollverein, sobre qué le atrae de la relación entre el arte contemporáneo y la arquitectura heredada de la industria. Os animamos a seguir su trabajo en Instagram: @stefan_casper_roehr.

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Parte de la exposición de Stefan Casper Röhr en Zollverein

La noche terminó con Tomas e Ieva en uno de los bares al aire libre de la zona, compartiendo una copa y repasando el día. El Open House Essen 2024 había sido una jornada de contrastes: algunas visitas superaron las expectativas con claridad —el Schaudepot, la mezquita, la iglesia transformada—, mientras que la dificultad para conectar con la mayoría de los participantes dejó la sensación de que el potencial social del intercambio se había quedado a medias. El final improvisado en Zollverein, con el encuentro con Röhr y la compañía de los lituanos, fue de los momentos que más valieron la pena. Ninguno de ellos estaba en el programa.

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Entrando en uno de los bares de Zollverein
Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Essen

Día 6. Sorpresas locales y descubrimientos inesperados

Me desperté antes del amanecer con trabajo pendiente. No era como había planeado empezar el domingo, pero el portátil estaba abierto antes de que hubiera luz fuera. Cuando mi pareja se levantó y preguntó qué planes teníamos, aún estaba terminando de teclear.

Fue entonces cuando revisé el correo y llegó la noticia: no habíamos conseguido plaza para el tour en autobús guiado por un arquitecto, una de las actividades principales del festival Open House Essen. La punzada de decepción duró lo que tardamos en asumir que eso nos dejaba el día libre para decidir nosotros.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Essen
Alte Kirche Altenessen - Evangelischen Kirchengemeinde Altenessen-Karnap

Empezamos en el deinKult Café Essen, cerca de Karlsplatz. Allí nos encontramos con Natalia, la organizadora de Open House Essen, que tomaba café con esa energía de quien lleva días gestionando un festival. Nos contó los eventos previstos para esa tarde y acordamos vernos en el cierre. Pero algo en el sol de la mañana y en la brisa suave que se colaba por la puerta del café nos estaba diciendo otra cosa.

Salimos del café con la idea de volver al Baldeneysee. Paramos en la estación central a comprar bocadillos y bebidas, nos subimos a un autobús hacia Heisingen y dejamos que el domingo fuera a donde quisiera.

Al bajar en Heisingen, el barrio nos recibió con algo que no esperábamos. En una plaza cercana, camiones de bomberos y coches de policía llenaban el espacio, pero no era una emergencia. Era la jornada anual de puertas abiertas de la brigada de bomberos voluntarios de Heisingen: "Feuer & Flamme FF Essen - Heisingen". Todo el barrio parecía haberse congregado allí. Niños corriendo entre los vehículos de emergencias, ancianos con historias en mesas improvisadas, familias viendo una demostración de rescate conjunto donde policías, bomberos y paramédicos trabajaban en sincronía perfecta. Había carpas con comida y bebida, y un ambiente de fiesta local que no invitaba a ningún tipo de postura turística. Nos mezclamos con la multitud sin pensarlo mucho, compartimos una bebida con los vecinos y estuvimos un buen rato mirando las exhibiciones.

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Fiesta anual de los bomberos, policías y paramédicos en Heisingen, para acercarse a la comunidad

Después exploramos Heisingen a pie. El barrio, situado en la orilla sur del Baldeneysee, tiene un ritmo completamente distinto al del centro de Essen: calles tranquilas y bien cuidadas, casas entre estilos tradicionales y modernos rodeadas de jardines, muchos árboles. En domingo, con la mayoría de las pequeñas tiendas y cafés cerrados, la quietud del barrio permitía fijarse en los detalles: una ventana con flores, la textura de un muro, una verja de hierro. A medida que caminábamos hacia el lago, el barrio se iba diluyendo naturalmente en el entorno natural.

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Caminar por las tranquilas calles de Heisingen es una delicia

El lago se abrió ante nosotros como un espejo. Encontramos un banco perfecto frente al agua y desplegamos los bocadillos. Una bandada de patos se acercó con la esperanza habitual. El suave chapoteo del agua y los graznidos ocasionales fueron la banda sonora de esa media hora sin planes concretos, que es el tipo de media hora que más se recuerda.

Seguimos el camino a lo largo de la orilla. En el tramo entre Heisingen y Hügel apareció el Seaside Beach Baldeneysee, una playa artificial de pago que trae un trozo de costa a esta ciudad interior, con tumbonas y sombrillas junto al lago. No entramos, pero tiene su lógica: en una región que durante generaciones vivió entre el carbón y el acero, un rincón de playa urbana tiene algo de declaración de principios. Más adelante, una gran estructura de hierro se alzaba sola junto a la orilla: los restos de Zeche Carl Funke, otra de las minas que jalonaron la historia del Ruhr. La yuxtaposición del esqueleto industrial con la calma del lago y el bosque de la orilla opuesta era una imagen que resumía Essen mejor que cualquier descripción.

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Baldeneysee es una delicia para desconectar del ambiente urbano de Essen

Llegamos a la zona de Hügel con el cansancio del día bien aprovechado ya encima. Una terraza, un helado, las sombras alargándose sobre el lago. Tiempo sin agenda.

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Pequeños placeres de domingo

Con energías renovadas decidimos continuar hasta Werden. Lo habíamos vislumbrado días atrás desde el tren, pero no nos habíamos detenido. Al entrar a pie en el barrio entendimos por qué debíamos haberlo hecho antes. Werden se reveló como un núcleo histórico que parece ajeno al tiempo: calles empedradas y casi vacías, casas de entramado de madera que en otro contexto llamaríamos medievales, una plaza del mercado en calma total por ser domingo por la tarde. La imponente Abadía de Werden, que data del siglo VIII, se alzaba sobre el barrio con ese peso de las instituciones que han sobrevivido a todo. Cerca de allí, la zona universitaria dejaba adivinar una vida más joven y activa durante los días de entre semana.

Nos perdimos por callejuelas que desembocaban en patios escondidos y jardines que nadie había anunciado. La ausencia de bullicio fue una ventaja: sin gente, se podía escuchar el barrio. Nos quedamos tan absortos que perdimos la noción del tiempo y cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde para volver al cierre del Open House Essen. Sentimos algo de culpa por no despedirnos de Natalia y el grupo, pero Werden lo valía.

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Werden fue uno de nuestros descubrimientos más sorprendentes del viaje

Volvimos al centro a pie, cruzando el río, con la noche ya encima. Un paseo más por las calles iluminadas del centro de Essen antes de llegar al Airbnb.

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Cruzando el río entre Werden y las estación de tren
Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Essen

Día 7. Despedida de Essen y vuelta a casa

El último día llegó con la sensación habitual de los finales de viaje: una mezcla de nostalgia anticipada y el deseo, ya instalado, de volver a casa. Recogimos el Airbnb, cerramos las maletas y salimos con ellas a la espalda para aprovechar las últimas horas.

Habíamos dejado Margarethenhöhe para el final porque encajaba bien como despedida. Este barrio, situado al suroeste del centro de Essen, fue concebido en 1906 por Margarethe Krupp, viuda de Alfred Krupp, como una "ciudad jardín" para los trabajadores de las fábricas Krupp. La idea era sencilla y radical para su época: que los obreros vivieran en un entorno digno, con jardines, plazas, fuentes, comercios a escala humana. El arquitecto Georg Metzendorf diseñó el barrio entre 1909 y 1938 con techos inclinados, fachadas de entramado de madera y calles que serpentean en lugar de seguir cuadrícula. El resultado fue uno de los primeros y más influyentes ejemplos de urbanismo social en Alemania.

El contraste con la imagen habitual de los Krupp es difícil de ignorar. La misma familia que fabricó los cañones de tres guerras y que utilizó trabajo forzado en sus fábricas durante el nazismo también construyó este barrio donde los vecinos aún cuidan sus jardines como si la arquitectura les hubiera contagiado el orgullo. Margarethenhöhe sufrió daños en la Segunda Guerra Mundial y fue cuidadosamente reconstruido preservando su diseño original. Hoy sigue siendo un área residencial muy valorada, y paseando por sus calles tranquilas y serpenteantes es fácil entender por qué.

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Paseando por las calles de Margarethenhöhe

Habíamos pensado en acercarnos al gasómetro de Oberhausen antes de coger el tren —otra de las grandes reconversiones industriales del Ruhr, una esfera de gas de 117 metros de diámetro convertida en sala de exposiciones—, pero el tiempo no daba. Lo anotamos para la próxima vez.

De vuelta al centro de Essen, decidimos pasar las últimas horas andando por las calles peatonales que ya conocíamos. Y fue precisamente en ese momento, cuando ya creíamos haber visto todo lo importante, cuando apareció el Unperfekthaus. El nombre se traduce como "Casa Imperfecta", y el edificio cumple exactamente con esa promesa. Ocupa un antiguo convento y se ha convertido en un espacio de cinco plantas donde la creatividad convive con el caos productivo: estudios de artistas, espacios de coworking, salas de ensayo para músicos, un café, habitaciones para dormir. Pagando una tarifa única se puede explorar libremente, hablar con los artistas que están trabajando, ver las exposiciones, entrar en los talleres. Vimos pintores ante sus lienzos, escuchamos a músicos ensayando, nos detuvimos ante instalaciones en proceso de creación. La energía del sitio era contagiosa, y nos arrepentimos, solo un poco, de no haberlo descubierto antes en la semana.

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Unperfekthaus en Essen

Comimos cerca, en un restaurante tranquilo, con el tiempo suficiente para no tener prisa. Fue la última comida de la semana en Essen, y la aprovechamos.

Alrededor de las 15:30 tomamos el tren hacia el aeropuerto de Düsseldorf. El vuelo a Múnich fue puntual; la conexión a Bilbao tuvo algo de retraso, y llegamos pasada la medianoche. Sin transporte público a esas horas, un taxi nos llevó hasta casa.

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Despidiéndonos de la Región del Ruhr

En el taxi, ya en las calles nocturnas de Bilbao, hicimos el balance inevitable. Essen había dado más de lo que esperábamos. La reconversión de Zollverein —de mina de carbón a Patrimonio UNESCO a espacio cultural vivo— es una de las transformaciones más ambiciosas que hemos visto en una ciudad. El peso de la historia Krupp se palpa en Villa Hügel, en Margarethenhöhe, en la propia geografía industrial de la región. Y entre todo eso, los desvíos que no estaban en ningún plan —el bosque de Kruppwald, la fiesta de los bomberos en Heisingen, los callejones de Werden— resultaron ser los momentos que más permanecen.

Lo que costó el viaje

Guías y artículos

Información práctica

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