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Cuatro meses viviendo en Holanda
Hay viajes que duran unos días y experiencias que duran meses. Holanda en 1999 fue lo segundo. Casi cuatro meses viviendo en Eindhoven, trabajando en la Universidad Técnica, descubriendo un país que funcionaba de una manera radicalmente distinta a todo lo que conocía.
Una oportunidad que no podía dejar escapar¶
Este no fue un viaje en el sentido tradicional: fue mi primera experiencia viviendo fuera de casa por mis propios medios, y cambió profundamente mi forma de entender el mundo, a los demás y, sobre todo, a mí mismo.
La oportunidad llegó a través de IAESTE (International Association for the Exchange of Students for Technical Experience), la asociación estudiantil con la que ya había participado activamente durante los años anteriores en las asambleas nacionales de Jaca en 1996 y Málaga en 1997. La beca de prácticas en el extranjero era exactamente el tipo de oportunidad que había motivado originalmente mi inscripción en la asociación, y cuando apareció la oferta de la Technische Universiteit Eindhoven, no lo pensé dos veces. Terminada la carrera de ingeniería, con ganas de empezar a aplicar lo aprendido y con el aliciente añadido de hacerlo en el extranjero, el encaje era perfecto.
Mi trabajo consistía en programar tests para verificar el correcto funcionamiento de CHI, un nuevo lenguaje de programación que estaban desarrollando en la universidad. La particularidad de CHI era su capacidad para modelar y simular sistemas dinámicos complejos, con la resolución nativa de ecuaciones diferenciales como uno de sus puntos fuertes (y la parte que más afectaba a mis pruebas). Algo ambicioso y técnicamente fascinante para alguien que acababa de terminar la carrera de ingeniería.
Para mí era un reto maravilloso. Cuando todo funcionaba bien, el trabajo era sencillo y gratificante: escribir código, ejecutar los tests, ver cómo el lenguaje hacía lo que se esperaba de él. Pero cuando algo fallaba, la cosa se ponía interesante. El verdadero desafío estaba en discernir si el problema era un error mío de programación o un bug real del lenguaje en desarrollo. Esa distinción, que en un entorno de software maduro es relativamente clara, se convertía en un ejercicio de detective cuando el propio lenguaje estaba siendo construido al mismo tiempo que lo probabas. Cada fallo era un pequeño misterio por resolver, y esa incertidumbre, lejos de frustrarme, me enganchó desde el primer día.
Eindhoven: la ciudad que no esperas
Eindhoven no es la Holanda de postal. No tiene los canales de Ámsterdam, ni los molinos de Kinderdijk, ni el encanto histórico de Delft. Es una ciudad industrial, la ciudad de Philips, con una arquitectura funcional y un urbanismo pragmático que no pretende impresionar a nadie. Pero precisamente por eso, por no ser un destino turístico, resultó ser el lugar perfecto para experimentar la vida holandesa real, sin filtros ni escaparates.
Lo primero que me llamó la atención fueron las bicicletas. Todo el mundo iba en bicicleta: al trabajo, a la compra, a clase, a los bares. Había más bicicletas que personas, o al menos eso parecía. Los carriles bici no eran un añadido cosmético como en España, sino la columna vertebral de la movilidad urbana. Yo, que para mi vergüenza nunca aprendí a montar en bici, era probablemente el único habitante de Eindhoven que se movía a pie. Pero observaba aquel ecosistema ciclista con fascinación, y recuerdo un consejo que me dieron mis compañeros: "Del presupuesto que tengas para la bici, gasta la mitad en la bici y la otra mitad en el candado". Las bicicletas eran el artículo más robado de Holanda, y un truco habitual era pintarlas de colores horrorosos para que no resultaran atractivas a los ladrones. Fue una de las primeras lecciones de Holanda: las cosas pueden funcionar de otra manera, y cada manera tiene sus propias reglas.
Los cielos holandeses fueron otra revelación. Enormes, planos, interminables. Sin montañas que los limiten, los cielos de los Países Bajos tienen una amplitud que parece casi irreal para alguien acostumbrado al paisaje encajonado del País Vasco. Las nubes se extienden hasta el horizonte formando composiciones que entiendes por qué fascinaron a los pintores del Siglo de Oro. Y la luz, esa luz gris plateada que lo baña todo de una melancolía suave, tan diferente de la luz directa y contundente del sur de Europa.
Choques culturales: cortinas abiertas y días de tres horas
Holanda estaba llena de pequeños choques culturales que iban acumulándose hasta dibujar un retrato fascinante de una sociedad radicalmente diferente a la española.
El primero y más llamativo fue el tema de las cortinas. O, mejor dicho, la ausencia de ellas. La gente vivía con las cortinas abiertas de par en par, los salones plenamente visibles desde la calle. Y no era un descuido: era una elección deliberada. Eindhoven es una ciudad construida casi enteramente con casas unifamiliares donde la vida se desarrolla en la planta baja, a la vista de cualquiera que pase por la acera. Pasear por los barrios residenciales al anochecer era como hojear un catálogo de interiores en tiempo real: familias cenando, gente viendo la tele, niños haciendo deberes. Todo expuesto con una naturalidad que al principio me resultaba chocante y que acabó pareciéndome una lección de transparencia vital. Desde entonces no bajo las persianas de mi casa y perdí la vergüenza de no correr las cortinas. Si los holandeses pueden vivir así, ¿por qué no iba a poder yo?
Los horarios fueron otro descubrimiento. Mi jornada de trabajo era de 9 a 5, algo que desde España parecía un lujo inimaginable. Pero había una contrapartida: en Eindhoven casi todo cerraba como muy tarde a las 6 de la tarde. Algún supermercado aguantaba hasta las nueve, pero los comercios en general echaban la persiana a media tarde. Si no habías planificado mínimamente tu día, te podías quedar compuesto y sin cena. El día más especial era el viernes: la koopavond, la noche de las compras, cuando el horario comercial se alargaba hasta las nueve. Y era especial porque a partir de las nueve comenzaba el ambiente en los bares, con lo que los viernes se convertían en una especie de non-stop: compras, cañas y vida nocturna en una cadena ininterrumpida que hacía del viernes el día más vibrante de la semana.
Los domingos en el centro de Eindhoven eran otra sorpresa. Siempre había algo: un mercado, algún evento, músicos callejeros. Y era muy habitual el reparto de muestras gratuitas de productos promocionales. Chocolates, pinchos de queso, y recuerdo un domingo en el que incluso regalaban manzanas. Reconozco que en aquellos tiempos de economía ajustada podía pasar dos y tres veces por el mismo stand y conseguir tres piezas de fruta gratis. Un regalazo que mi presupuesto de becario recibía con los brazos abiertos y sin ningún tipo de rubor.
El clima: cuando el día dura tres horas
Si algo no te prepara nadie para vivir en el norte de Europa es la oscuridad. A medida que el otoño avanzaba, los días se encogían a una velocidad alarmante. Al principio era solo un matiz: anochecía un poco antes, amanecía un poco después. Pero según nos acercábamos al invierno, la cosa se volvió directamente absurda. A las tres y media de la tarde ya era de noche. De noche cerrada. Salías del trabajo a las cinco y llevabas ya hora y media de oscuridad a cuestas. La sensación era extraña, como si el día fuera un paréntesis breve entre dos noches interminables.
Y entonces, en diciembre, llegó la nieve. No una nevada testimonial como las que ocasionalmente caían en Bilbao, sino un manto de más de diez centímetros de espesor que lo cubrió todo de blanco de la noche a la mañana. Para mí, que nunca había visto nevar así, fue un espectáculo. Para los habitantes de Eindhoven, era martes. La naturalidad con la que la ciudad seguía funcionando bajo la nieve —los ciclistas pedaleando como si nada, los autobuses circulando con puntualidad, la gente caminando sin alterar el paso— me hizo entender que lo que para un bilbaíno era un acontecimiento extraordinario, aquí era simplemente parte del paisaje cotidiano.
La residencia: convivir en otro idioma
Vivía en una residencia en el corazón de Eindhoven. Éramos ocho personas en la planta, con habitaciones individuales, un baño compartido cada dos y una cocina-sala común que era el epicentro de la vida social. Un cuarto de colada completaba las instalaciones. El sitio era estupendo y el precio razonable, algo que mi modesto sueldo de becario agradecía enormemente.
Mis siete compañeros de planta eran holandeses, lo que fue a la vez una bendición y un obstáculo. Eran gente abierta y amable que no tenían ningún problema en hablar conmigo en inglés. Pero era inevitable: en cuanto se juntaban varios, las conversaciones derivaban al holandés y yo me quedaba fuera, sonriendo y asintiendo sin entender más allá de alguna palabra suelta. No era mala voluntad, simplemente la dinámica natural de un grupo que comparte idioma. Aprendí a no tomármelo como algo personal y a aprovechar las conversaciones uno a uno, donde el inglés fluía sin esfuerzo.
En el trabajo ocurría exactamente lo mismo. El entorno era puramente holandés. Todo el mundo era capaz de relacionarse conmigo en mejor o peor nivel de inglés, y las reuniones formales se hacían en inglés cuando yo estaba presente. Pero las conversaciones de pasillo, los comentarios improvisados junto a la máquina de café, las bromas entre compañeros... todo eso sucedía en holandés, y por más que intenté aprender algo del idioma, la velocidad y la fonética me dejaban perpetuamente un paso por detrás. Fue mi primera experiencia real de lo que significa ser extranjero: no la parte exótica y romántica, sino la parte cotidiana de no pillar los chistes, de perderte matices, de sentirte siempre ligeramente al margen por muy bien que te traten.
La libertad de ser uno mismo
Pero si algo definió aquella experiencia más allá del trabajo y la convivencia, fue la libertad. Y no me refiero solo a la libertad de vivir solo por primera vez, de gestionar mi tiempo y mi dinero, de tomar mis propias decisiones sin rendir cuentas a nadie. Me refiero a algo más profundo.
Estábamos a finales del siglo XX y ser gay en Bilbao no era lo mismo que serlo en Holanda. No es que en Bilbao hubiera represión abierta —ya empezaba a respirarse cierta libertad—, pero el ambiente seguía siendo más opresivo, o al menos así lo percibía yo, quizá condicionado por haberme criado allí, por conocer demasiado bien los códigos no escritos de lo que se podía y no se podía mostrar. Había una autocensura interiorizada que funcionaba como un ruido de fondo constante, tan habitual que ya casi no lo notabas hasta que desaparecía.
Y en Holanda desapareció. De golpe. Holanda llevaba décadas de ventaja en derechos y aceptación. La normalidad con la que se vivía la diversidad era algo que yo no había experimentado nunca. Incluso en la universidad existía un grupo de encuentro gay llamado "Ein op Tien" —uno de cada diez, en referencia al porcentaje estimado de población homosexual— donde estudiantes y personal de la TUE se reunían abiertamente. Desde luego, en mi universidad de Bilbao no habíamos tenido nada ni remotamente parecido.
Ein op Tien fue ese lugar de bienvenida que todo el mundo debería poder experimentar en su entorno. Un espacio donde simplemente eras, sin necesidad de explicarte ni justificarte. Gracias a todos sus miembros, muchos de los cuales se convirtieron en amigos reales, de los que trascienden el contexto en el que los conoces. Personas que me hicieron sentir que pertenecía a un lugar que no era el mío, y eso es un regalo que no se olvida.
No es que en Eindhoven descubriera nada nuevo sobre mí mismo. Yo sabía perfectamente quién era. Lo que descubrí fue cómo se siente vivir sin ese ruido de fondo, sin esa vigilancia constante sobre cómo te comportas, qué dices, a quién miras. Fue como quitarte un peso que no sabías que llevabas hasta que alguien te lo retira de los hombros. Y esa sensación, esa ligereza, fue probablemente lo más valioso que me traje de Holanda.
Los fines de semana: descubriendo los Países Bajos
Aunque el sueldo era modesto, me permitía hacer escapadas los fines de semana. La red de trenes holandesa es un prodigio de eficiencia: puntual, frecuente y con conexiones a cualquier rincón de un país que, por su tamaño, puedes cruzar de punta a punta en tres horas. Cada fin de semana era una oportunidad para descubrir un lugar nuevo.
Ámsterdam fue la primera escapada obligatoria. Los canales concéntricos, los coffeeshops, el Rijksmuseum, el barrio rojo, las casas estrechas e inclinadas... Una ciudad que parece diseñada para sorprenderte en cada esquina y que, a diferencia de Eindhoven, sí responde a esa imagen de postal que uno tiene de Holanda. Volví varias veces a lo largo de aquellos meses, y cada vez descubrí algo nuevo.
Rotterdam fue la sorpresa. Una ciudad arrasada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y reconstruida con una audacia arquitectónica que la convierte en un museo de arquitectura contemporánea al aire libre. Las Casas Cubo de Piet Blom y el Puente Erasmus. Rotterdam era lo opuesto a la Holanda histórica y tradicional, y me fascinó precisamente por eso.
La Haya tenía la solemnidad de una capital administrativa, con sus palacios, embajadas y el Tribunal Internacional de Justicia. Delft era el contrapunto íntimo: pequeña, serena, con sus canales bordeados de tilos y su cerámica azul que lleva siglos decorando las casas de medio mundo. Utrecht sorprendía con su canal de dos niveles único en Europa, con terrazas y restaurantes a nivel del agua. Y Amberes, ya cruzando la frontera belga, ofrecía su catedral gótica, su barrio de los diamantes y una gastronomía que combinaba lo mejor de las tradiciones flamenca y francesa.
Cada fin de semana ampliaba un poco más mi mapa mental de Europa y reforzaba algo que ya había empezado a intuir en viajes anteriores: que el mundo es más grande, más diverso y más interesante de lo que uno puede imaginar desde casa.
Lo que me traje de Holanda¶
Volví a Bilbao justo antes de Navidad, con una maleta llena de queso Gouda, stroopwafels y algunos souvenirs, pero sobre todo con una transformación interior difícil de explicar a quien no la ha vivido.
Holanda me enseñó a vivir solo, a resolver problemas sin la red de seguridad de la familia y los amigos de siempre. Me enseñó que se puede funcionar en otro idioma, aunque sea de forma imperfecta. Me enseñó que la incomodidad de ser extranjero es pasajera y que, del otro lado, hay un crecimiento personal que no se consigue de ninguna otra manera.
Me enseñó, sobre todo, que hay lugares en el mundo donde puedes ser quien eres sin pedir permiso ni dar explicaciones. Y que una vez que has probado esa libertad, ya no hay vuelta atrás. No puedes volver a conformarte con menos.
Aquellos casi cuatro meses en Eindhoven no fueron un viaje. Fueron el comienzo de una forma de estar en el mundo que me ha acompañado desde entonces. La semilla que plantó la Expo de Sevilla, que el Camino de Santiago regó y que Lisboa abonó, floreció definitivamente en Holanda. A partir de ahí, viajar dejó de ser algo que hacía de vez en cuando para convertirse en algo que necesitaba hacer siempre.








