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Cuatro días en Málaga con IAESTE
Un largo fin de semana de cuatro días en noviembre de 1997 me llevó a Málaga por primera vez en mi vida, en el marco de una de las asambleas nacionales que la asociación IAESTE (International Association for the Exchange of Students for Technical Experience) celebraba anualmente en distintas ciudades españolas.
IAESTE y las asambleas nacionales¶
La quedada malagueña reunió a los delegados de las secciones locales universitarias vinculadas al comité español de la asociación, muchos de los cuales habíamos coincidido ya el año anterior en un encuentro similar celebrado en Jaca, y combinó el componente formal propio de estas asambleas (sesiones de trabajo organizativo y presentaciones temáticas) con el componente turístico-social que daba a estas citas anuales su carácter híbrido tan característico. Málaga, capital provincial atractiva pero todavía muy lejos de la transformación cultural que la ha convertido en una de las ciudades españolas más dinámicas del siglo XXI, fue el escenario perfecto para cuatro días intensos de sociabilidad y descubrimiento urbano.
Sobre IAESTE (International Association for the Exchange of Students for Technical Experience) y su funcionamiento en España ya me extendí al hilo de la asamblea del año anterior en Jaca. Basta recordar aquí que gestionaba intercambios de estudiantes técnicos para prácticas profesionales entre países miembros, a través del trabajo voluntario de delegados en las secciones locales universitarias.
Las asambleas nacionales anuales eran el momento organizativo principal del comité español: dos o tres días de sesiones plenarias para coordinar acciones conjuntas, fijar objetivos, aprobar presupuestos, compartir experiencias entre secciones locales y organizar los procesos del año siguiente. Pero, como ocurre habitualmente con este tipo de encuentros, la parte formal se combinaba siempre con un componente social importante: cenas colectivas, excursiones urbanas por la ciudad anfitriona, visitas culturales grupales y, sobre todo, la oportunidad de conocer en persona a los delegados con los que durante el resto del año se mantenía contacto solo por correo electrónico y llamadas telefónicas (internet todavía estaba en fase muy emergente en 1997, y los intercambios habituales se hacían fundamentalmente a través de listas de correo y fax).
La asamblea malagueña de noviembre de 1997 fue la segunda a la que asistí, después de la de Jaca en noviembre del año anterior. La continuidad entre ambos encuentros, con muchas de las mismas personas repitiendo participación y con el componente de reencuentro anual que se consolidaba progresivamente, fue uno de los aspectos más gratificantes de aquella etapa universitaria. IAESTE, aunque oficialmente solo se ocupaba del intercambio técnico-profesional de estudiantes, terminaba por crear redes de relaciones personales que iban más allá del propósito estricto de la asociación. Dos años después de aquella asamblea en Málaga, en 1999, yo mismo aprovecharía uno de los programas gestionados por la propia IAESTE para realizar una estancia de cuatro meses de prácticas profesionales en Eindhoven.
Llegada a Málaga y primer contacto con la ciudad
La asamblea arrancó oficialmente un jueves de mediados de noviembre, pero muchos de los asistentes, yo incluido, aprovechamos para llegar el miércoles por la tarde y así disponer de una primera noche completa antes del arranque formal del encuentro. El viaje desde Bilbao hasta Málaga en aquellos años se hacía habitualmente por avión con escala en Madrid (los vuelos directos Bilbao-Málaga eran entonces escasos o inexistentes según temporada), con el añadido de tiempo muerto en la terminal de Barajas en cualquier dirección. Un trayecto completo de puerta a puerta que podía fácilmente superar las cinco o seis horas totales, poco recomendable para escapadas muy cortas.
El alojamiento de la asamblea se había concertado en un hotel céntrico de Málaga, con precios negociados por la organización para los participantes y con sala de reuniones habilitada para las sesiones plenarias. Llegué a media tarde del miércoles, dejé la maleta en la habitación y salí directamente a dar el primer paseo por el centro, aprovechando las horas de luz que quedaban para una primera toma de contacto con la ciudad antes de la cena informal que habíamos organizado algunos de los llegados más tempranos.
La primera impresión de Málaga en noviembre de 1997 fue doble y, como suele ocurrir, parcialmente contradictoria. Por un lado, el clima: venir desde Bilbao con las temperaturas cantábricas de noviembre y aterrizar en una ciudad donde todavía se podía pasear con camiseta al mediodía, con cielos despejados y con ese dorado suave que tiene el sol mediterráneo cuando empieza a bajar al final del otoño, resultaba casi desconcertante. La Málaga invernal no existe en el sentido que un cantábrico entiende el invierno: es una ciudad que mantiene temperaturas agradables prácticamente todo el año, con un clima que justifica buena parte de su atractivo turístico tradicional. Por otro lado, el ambiente urbano: una ciudad mediana con ritmo andaluz inconfundible, con calles comerciales activas, con plazas con terrazas ocupadas a las horas centrales del día, con una escala humana que invitaba inmediatamente a pasear sin prisa.
Conviene recordar que la Málaga de 1997 era urbanísticamente y culturalmente muy distinta de la Málaga actual. El gran ciclo de inauguraciones museísticas que transformaría la ciudad durante las dos primeras décadas del siglo XXI estaba todavía por venir: el Museo Picasso no abriría hasta 2003, el Centre Pompidou en el cubo del muelle hasta 2015, el Thyssen hasta 2011. El Puerto de Málaga conservaba todavía su fisonomía clásica pesquera-comercial sin la gran remodelación de los Muelles Uno y Dos. Y el casco histórico, que hoy concentra uno de los circuitos gastronómicos y comerciales más interesantes de Andalucía, tenía entonces una densidad turística considerablemente inferior y mantenía un carácter más local.
Casco histórico: Catedral, calle Larios y plazas
El núcleo urbano de la ciudad histórica se recorre con facilidad en jornadas alternas, y los cuatro días de estancia permitieron cubrir con calma todos los hitos principales del centro. La Catedral de la Encarnación (conocida popularmente como "La Manquita" por su torre sur inconclusa, abandonada durante la construcción y nunca completada hasta la fecha) es el monumento religioso principal y uno de los hitos identitarios inconfundibles del perfil urbano malagueño. Construida entre los siglos XVI y XVIII sobre una mezquita islámica anterior, combina elementos renacentistas, barrocos y neoclásicos en un conjunto arquitectónico de gran interés, con un interior particularmente luminoso por sus dimensiones elevadas y sus bóvedas complejas.
La visita a la catedral es imprescindible, con atención al coro renacentista de sillería tallada, a los distintos retablos de las capillas laterales y al ambiente general del templo. Durante nuestra visita, organizada dentro del programa cultural de la asamblea el viernes por la mañana, dedicamos cerca de dos horas al recorrido interior con información proporcionada por uno de los delegados locales de Málaga que había preparado el itinerario. La torre norte, la única completada, se puede subir en determinadas franjas horarias y ofrece vistas panorámicas sobre el centro urbano que resultan especialmente recomendables.
Alrededor de la catedral se organiza el centro histórico propiamente dicho, con la Plaza del Obispo en uno de los flancos, la calle Marqués de Larios (la gran arteria comercial peatonal decimonónica) como eje vertebrador del centro, y la Plaza de la Constitución como espacio cívico principal. La calle Larios, construida a finales del XIX con proyecto inspirado en los grandes bulevares parisinos, es una de las calles comerciales más elegantes de Andalucía, con arquitectura ecléctica de fin de siglo, locales comerciales de marcas internacionales y un ambiente urbano particularmente animado durante las horas centrales del día. Paseamos varias veces por ella durante la estancia, tanto por motivos organizativos (los comercios y oficinas cercanos) como simplemente por el placer del paseo urbano que invitaba constantemente.
La Plaza de la Constitución, con la fuente de Génova en el centro (obra genovesa del siglo XVI) y con los edificios neoclásicos del ayuntamiento antiguo y otras construcciones oficiales bordeándola, es el centro simbólico del casco histórico. A su alrededor se extiende una red de calles estrechas con comercios tradicionales, tabernas históricas y bares de tapas que forman parte de la identidad malagueña más castiza. Algunos de estos establecimientos habían permanecido prácticamente intactos durante décadas, con barras de madera curtida, azulejos andaluces tradicionales, jamones colgados del techo y carteles de toros como decoración clásica. Visitamos varios a lo largo de los cuatro días en grupo, aprovechando las horas libres entre sesiones de asamblea o las sobremesas prolongadas que inevitablemente se alargaban en las comidas colectivas.
Alcazaba, Gibralfaro y el Teatro Romano
El conjunto fortificado que corona el flanco este del centro histórico es uno de los hitos monumentales más importantes de Málaga. La Alcazaba, palacio-fortaleza musulmán construido fundamentalmente entre los siglos XI y XIV durante los periodos de dominación almorávide y nazarí, es uno de los conjuntos palaciegos islámicos mejor conservados de España junto con la Alhambra de Granada y los Reales Alcázares de Sevilla, aunque con escala más modesta que estos dos últimos. La visita permite recorrer varias plantas de patios, jardines, estancias palaciegas y murallas escalonadas, con vistas progresivamente más amplias a medida que se gana altura sobre el centro urbano y sobre el puerto adyacente.
Dedicamos a la Alcazaba buena parte de la mañana del sábado, con visita guiada organizada también por la sección malagueña de la asamblea. El recorrido, ascendente por el conjunto palaciego hasta la zona superior, permite entender la complejidad defensiva de la fortaleza medieval y apreciar los distintos periodos constructivos que se superponen en el conjunto. Los patios palaciegos con sus fuentes, arcos de herradura y decoración de yeserías remiten inmediatamente al resto del patrimonio islámico andaluz, con la particularidad de una escala más íntima que favorece la contemplación pausada.
Desde la parte superior de la Alcazaba se accede mediante una coracha (muralla intermedia que conecta ambos recintos fortificados) al Castillo de Gibralfaro, la fortaleza superior que ocupa el monte Gibralfaro y que constituye la segunda mitad del conjunto defensivo malagueño. El castillo, construido también durante el periodo musulmán y reformado posteriormente por Fernando el Católico tras la conquista cristiana de 1487, es más austero en decoración pero tiene el valor añadido de las panorámicas excepcionales desde la explanada superior: toda la ciudad extendiéndose hacia el oeste con la catedral como hito central, el puerto con sus muelles y grúas, la Playa de La Malagueta hacia el este, la Plaza de Toros de La Malagueta claramente visible, y el Mediterráneo abierto hacia el sur con los días claros permitiendo incluso atisbar la costa marroquí en el horizonte.
El ascenso al Gibralfaro se puede hacer por varios senderos (el más clásico, subiendo directamente desde la Alcazaba por la coracha) y merece sin duda el pequeño esfuerzo físico. El paseo de bajada, ya con la luz de media tarde suavizando los tonos del paisaje, ofreció algunas de las imágenes más memorables de todo el viaje. Los Jardines de Pedro Luis Alonso y los Jardines de Puerta Oscura, situados en las laderas entre la Alcazaba y el nivel del paseo urbano inferior, añaden a la bajada un componente botánico agradable con vegetación subtropical característica del clima malagueño.
Al pie de la Alcazaba, en la zona que durante los siglos siguientes había quedado cubierta por construcciones posteriores, se encuentra el Teatro Romano de Málaga. En 1997, durante nuestra visita, el teatro estaba en proceso de excavación y recuperación: las obras arqueológicas habían avanzado lo suficiente para que la estructura principal fuera visible, pero el conjunto no estaba todavía integrado urbanísticamente como lo está hoy. Pudimos observarlo desde las rejas que limitaban el acceso, con paneles informativos modestos que explicaban la historia del monumento, pero sin la experiencia de visita completa que se habilitaría en años posteriores.
Casa Natal de Picasso y Plaza de la Merced
La Plaza de la Merced, uno de los espacios urbanos más característicos del centro histórico, alberga la Casa Natal de Pablo Picasso, convertida en casa-museo desde 1988 tras la cesión del inmueble por parte de la familia del pintor. La plaza, de planta rectangular amplia con un obelisco central dedicado al general liberal Torrijos, está bordeada por edificios decimonónicos con arquitectura ecléctica burguesa, bares y cafeterías con terrazas especialmente animadas durante las tardes y un ambiente general que combina vida local cotidiana con presencia turística moderada.
La Casa Natal de Picasso ocupa el edificio del primer piso del número 15 de la plaza, donde el pintor nació en octubre de 1881 y vivió sus primeros años antes del traslado familiar a La Coruña. La casa-museo conserva algunos objetos personales vinculados a la familia, muebles de época, documentación sobre la infancia malagueña del artista y una pequeña colección de obras menores relacionadas con el entorno familiar. La visita es relativamente breve (aproximadamente una hora es suficiente) y tiene valor más biográfico que estrictamente artístico. Para ver la gran obra picassiana en Málaga habría que esperar hasta 2003, cuando abriría el Museo Picasso en el Palacio de Buenavista a partir de la donación de Christine y Bernard Ruiz-Picasso. En 1997, la Casa Natal era el único reconocimiento urbano significativo de la vinculación entre Málaga y el pintor más universal que ha dado la ciudad.
Visitamos la casa-museo el domingo por la mañana, con calma y con el añadido de un debate posterior entre los miembros del grupo sobre la figura picassiana y sobre la ausencia entonces de una institución museística malagueña de mayor entidad dedicada a su obra. Los gestores del proyecto del futuro Museo Picasso (que ya estaba entonces en fase de planificación avanzada aunque tardaría aún algunos años en materializarse) eran conscientes del desequilibrio: una ciudad natal de uno de los artistas más importantes del siglo XX con una presencia museística tan modesta era una anomalía que convenía corregir. Los años siguientes confirmarían cómo esa corrección se materializaba efectivamente con la apertura del Museo Picasso y, más allá, con toda la transformación cultural malagueña que vendría después.
Paseo del Parque y La Malagueta
El Paseo del Parque es uno de los espacios urbanos más agradables de Málaga y una de las señas identitarias de la ciudad. Se trata de un paseo ajardinado de unos ochocientos metros de longitud, paralelo al puerto, que conecta el casco histórico con el barrio residencial de La Malagueta y la Plaza de Toros. El paseo fue diseñado en las primeras décadas del siglo XX aprovechando terrenos ganados al mar, con un proyecto botánico particularmente ambicioso que incluyó la plantación de especies tropicales y subtropicales procedentes de todas las regiones cálidas del planeta: palmeras canarias, datileras, washingtonias, drácenas, bougainvilleas, árboles del fuego, higueras de Bengala, bambúes, y decenas de especies más que durante más de un siglo han ido consolidándose hasta componer uno de los parques urbanos botánicamente más interesantes de toda Andalucía.
El paseo, con sus esculturas de personajes malagueños distribuidas a lo largo del recorrido, sus fuentes ornamentales, sus quioscos clásicos convertidos en pequeños bares y su ambiente relajado mediterráneo, es uno de esos lugares que definen la personalidad urbana de Málaga y que invitan al paseo pausado. Recorrimos el paseo en varias ocasiones durante la estancia, tanto al mediodía (con la luz alta iluminando frontalmente la vegetación) como al atardecer (con el dorado suave del sol de invierno suavizando los volúmenes urbanos). Es el tipo de espacio urbano que un visitante de dos o tres días puede descubrir casi de rebote cruzándolo camino de otros destinos, pero que con cuatro días de estancia permite integrar como rutina diaria agradable.
El Paseo del Parque termina en la Plaza del General Torrijos y, más allá, en la zona del puerto comercial y del barrio de La Malagueta. La Malagueta en 1997, antes de la transformación del puerto que transformaría toda esa franja costera en la década siguiente, tenía un carácter residencial burgués clásico con edificios altos decimonónicos y de principios del siglo XX, con el Hotel Miramar (cerrado temporalmente durante nuestra visita pero reconocible como uno de los grandes hoteles históricos de la ciudad) como hito arquitectónico principal y con una Playa de La Malagueta estrecha pero urbana que permitía paseos marítimos cómodos incluso en noviembre.
La Plaza de Toros de La Malagueta, construida en 1876 en el estilo neomudéjar característico de las grandes plazas andaluzas decimonónicas, es uno de los hitos visuales más reconocibles del perfil costero malagueño. No entramos al interior (fuera de temporada taurina, el recinto estaba cerrado al público), pero rodeamos el edificio por su perímetro y aprovechamos para hacer algunas fotografías del conjunto con la catedral visible al fondo. Un paseo marítimo breve por el Paseo de la Farola, con el faro decimonónico (la Farola, el símbolo de Málaga) como referencia visual continuada, completó el recorrido por la franja costera.
Gastronomía y cenas grupales
Uno de los componentes más memorables de la asamblea malagueña fueron las cenas colectivas que se organizaban cada noche en distintos restaurantes del centro histórico, aprovechando la oportunidad de descubrir la gastronomía local con los delegados anfitriones como guías. Málaga tiene una tradición gastronómica andaluza propia con algunos platos particularmente característicos: el pescaíto frito malagueño (la fritura de pescados pequeños, especialmente boquerones, jureles y chanquetes, que se come como tapa generalmente), el espeto de sardinas (sardinas ensartadas en una caña y asadas al calor de un fuego de leña, tradicionalmente preparadas en los chiringuitos de playa pero disponibles también en restaurantes urbanos), el gazpachuelo malagueño (sopa fría de pescado con mayonesa y huevo, muy distinta del gazpacho rojo cordobés o sevillano), y postres tradicionales como los borrachuelos (dulces fritos típicos de la región).
Las cenas se organizaban según el esquema habitual de estas quedadas: mesas largas con todos los participantes agrupados, múltiples platos para compartir llegando progresivamente al centro de la mesa, ambiente particularmente animado después de un par de copas de vino blanco de Málaga (la denominación de origen local, con moscateles dulces tradicionalmente muy identificativos de la región), y conversaciones cruzadas que inevitablemente combinaban los temas organizativos de la asociación con asuntos personales y debates intelectuales de distinto calado. Cenas que se alargaban hasta la medianoche o algo más, y que terminaban habitualmente con la expedición completa paseando por el centro histórico hacia alguno de los bares de copas más tranquilos para rematar la velada.
La experiencia gastronómica tuvo, para quien venía desde Bilbao, el componente adicional del descubrimiento de sabores y preparaciones que en el País Vasco no tienen equivalente directo.
Componente formal de la asamblea
Aunque el artículo se ha centrado hasta ahora en el componente turístico y social de la estancia, conviene mencionar también la parte formal que daba razón de ser oficial al encuentro. Las sesiones de asamblea se celebraron durante las mañanas del jueves, viernes y sábado en la sala habilitada del hotel, con participación de los delegados de las distintas secciones locales y con orden del día estructurado según los procedimientos habituales de la asociación: aprobación del acta de la asamblea anterior (la de Jaca 1996), informe de gestión del comité nacional, balance económico, propuestas de acciones conjuntas para el año siguiente, debate sobre los programas de intercambio de estudiantes, y elección de sede de la siguiente asamblea.
Las sesiones tenían el rigor organizativo característico de una asociación internacional con procedimientos bien establecidos, pero también el ambiente desenfadado que permite una asamblea estudiantil donde los participantes ya se conocen entre sí y el componente protocolario se mezcla con bromas internas, referencias a experiencias compartidas de años anteriores y una atmósfera general más cooperativa que competitiva. Los debates sobre mejoras en los programas de intercambio, sobre la coordinación entre secciones locales, sobre las experiencias de los estudiantes internacionales acogidos durante el año en curso, tenían valor práctico real para el funcionamiento de la asociación y para la experiencia futura de quienes todavía íbamos a participar en los programas.
Además de las sesiones plenarias, se organizaron también dos pequeños bloques formativos: una sesión sobre presentación profesional del currículum para estudiantes que aspiraban a prácticas internacionales, y otra sobre gestión intercultural en el entorno laboral europeo. Sesiones breves pero útiles que complementaban la parte organizativa con contenidos aplicables al objetivo principal de la asociación.
Balance de la estancia y proyección posterior¶
Los cuatro días malagueños cumplieron con amplitud los distintos propósitos que tenía el viaje. Desde el punto de vista asociativo, la asamblea avanzó los temas organizativos previstos y consolidó la red de contactos entre secciones locales, con la continuidad respecto a Jaca 1996 como elemento particularmente valorado por los participantes veteranos. Desde el punto de vista turístico, Málaga demostró ser una ciudad especialmente agradable para una primera aproximación: escala manejable, patrimonio histórico relevante pero no abrumador, clima excepcional incluso en noviembre, gastronomía identitaria con personalidad propia y un carácter urbano general acogedor que facilitaba el disfrute sin esfuerzo. Desde el punto de vista personal, el reencuentro con las caras conocidas de Jaca y las nuevas relaciones establecidas con otros delegados fueron una parte fundamental de la experiencia.
La proyección posterior de aquel viaje se concretaría dos años después, en el verano-otoño de 1999, cuando aproveché mi propia participación activa en la asociación para conseguir una de las becas de intercambio que IAESTE gestionaba y realizar una estancia de cuatro meses en Eindhoven, en los Países Bajos. Aquella experiencia holandesa, que merecerá artículo propio, fue en buena medida consecuencia directa del involucramiento adquirido durante estas asambleas anuales, donde la familiarización con los procedimientos, las personas y la cultura organizativa de la asociación hacían natural el paso siguiente de convertirse uno mismo en beneficiario de los programas que previamente había ayudado a gestionar como delegado local.
Málaga como ciudad quedó, después de aquellos cuatro días, como una referencia urbana positiva pendiente de revisita para conocer con más profundidad. Durante años la sola mención de Málaga evocaba inmediatamente las imágenes del Paseo del Parque iluminado por el sol de invierno, de la Alcazaba escalonada sobre el centro histórico, de las cenas largas con el grupo de la asamblea, de la bajada pausada desde Gibralfaro con la ciudad extendiéndose a los pies. El gran ciclo de transformación cultural que la ciudad emprendería a partir del año 2000, con la sucesión de aperturas museísticas y con la renovación del puerto, me quedaría por conocer en visitas futuras ya muy distintas a la de aquel otoño de 1997. Pero la primera aproximación, la que inevitablemente marca el molde perceptivo sobre el que se irán acumulando todas las revisitas posteriores, quedó asentada durante aquellos cuatro días de noviembre con la asamblea de IAESTE como marco y la Málaga pre-transformación como protagonista urbana.




