
Diarios de viaje · Portugal · Lisboa
Expo '98 de Lisboa
Después de la increíble experiencia que habáa vivido en la Expo de Sevilla esta fue la segunda gran Expo que tuve la ocasión de disfrutar en mi vida
Tres amigos y un plan ajustado¶
Cuando supe que Lisboa iba a albergar la Exposición Universal de 1998, no hubo debate interno. Después de lo que había significado para mí la Expo de Sevilla seis años antes, la posibilidad de vivir algo parecido en el país vecino era sencillamente irresistible. Esta vez no era un chaval de 18 años deslumbrado por todo; tenía 24, había terminado la carrera y, aunque el mundo laboral aún no me había absorbido del todo, ya miraba las cosas con otros ojos. Pero esa curiosidad que Sevilla había encendido seguía ahí, intacta, pidiendo combustible.
En esta ocasión la expedición la formamos tres: dos amigos de la cuadrilla y yo. Nos conocíamos desde hacía años, aunque nunca habíamos convivido intensamente durante varios días seguidos. Pero las vibras eran buenas y la ilusión compartida, así que nos lanzamos sin pensarlo demasiado.
Los tres estábamos en ese limbo vital que se abre al terminar los estudios: con el título en la mano pero sin un trabajo estable todavía. Esa situación marcaba las reglas del juego: el viaje tenía que ser lo más económico posible sin renunciar a la experiencia. Cada peseta contaba.
Decidimos ir en coche desde Bilbao. No era necesariamente la opción más barata —entre gasolina y peajes, los casi 1.000 kilómetros que separan ambas ciudades no salían precisamente regalados—, pero nos daba la libertad de movernos por Lisboa y alrededores sin depender del transporte público. Y esa libertad, como descubriríamos después, resultó ser una de las mejores decisiones del viaje.
La carretera: 1.000 kilómetros y una banda sonora imposible
El 5 de julio nos pusimos en marcha temprano. Nos esperaban unas diez horas de carretera, atravesando la meseta castellana, cruzando la frontera por Extremadura y bajando por el Alentejo portugués hasta Lisboa. Un trayecto largo que convertimos en la primera aventura del viaje.
Llevábamos una torre de casetes que íbamos turnando en el radiocasete del coche, un ejercicio de democracia musical que reveló lo dispares que eran nuestros gustos. Yo intenté en varias ocasiones hacer disfrutar a mis compañeros del disco Entre Ánimas de Virginia Glück, un álbum brillante y atmosférico que me tenía fascinado. Mis intentos fueron recibidos con un silencio educado las primeras veces y con protestas abiertas las siguientes. Entiendo que era un disco difícil, pero yo estaba convencido de que si le daban una oportunidad acabarían enganchados. No fue así. A día de hoy sigo pensando que se perdieron algo grande.
El paisaje iba cambiando a medida que avanzábamos hacia el sur: de los verdes valles del norte a la aridez de Castilla, de los campos extremeños a las llanuras doradas del Alentejo, hasta que finalmente apareció el Tajo y, con él, la silueta de Lisboa recortada contra el atardecer. Llegamos cansados pero excitados, con esa sensación de que el viaje acababa de empezar.
El camping de Montijo: nuestro campamento base
Los precios de los alojamientos en Lisboa estaban disparados por la Expo, como había ocurrido en Sevilla seis años antes. Hoteles y pensiones pedían cifras que nuestro presupuesto de recién licenciados no podía asumir. Pero encontramos una alternativa perfecta: un camping en Montijo, en la orilla sur del Tajo, justo al otro lado del recién inaugurado Puente Vasco da Gama.
Montamos la tienda de campaña ya de noche, compramos provisiones en un supermercado cercano y nos preparamos para lo que venía. El camping era modesto pero cumplía su función: un lugar donde dormir, ducharse y preparar algo de comer antes de lanzarse cada día a la aventura. Y tenía un valor añadido inesperado: cada mañana, para llegar a la Expo, cruzábamos el Puente Vasco da Gama, que con sus 17 kilómetros de longitud acababa de ser inaugurado como el puente más largo de Europa. Había algo simbólico en recorrer aquella estructura monumental cada día, como un ritual que marcaba la transición entre la vida cotidiana del camping y el asombro que nos esperaba al otro lado.
La Expo '98: Los Océanos del Mundo
La Exposición Universal de Lisboa se celebraba bajo el lema "Los Océanos, un Patrimonio para el Futuro", coincidiendo con el 500 aniversario del viaje de Vasco da Gama a la India. Si la Expo de Sevilla había mirado hacia el descubrimiento de América, Lisboa ponía el foco en los mares, en ese vínculo histórico de Portugal con los océanos que había definido su identidad como nación.
El recinto se levantaba en la zona oriental de Lisboa, en lo que había sido un área industrial degradada junto al Tajo. La transformación era espectacular: donde antes había refinerías y almacenes abandonados, ahora se alzaba un barrio futurista con pabellones de arquitectura vanguardista, jardines, plazas y paseos junto al río. Era una operación urbanística ambiciosa que, a diferencia de otras expos, estaba pensada para perdurar. Gran parte de las estructuras se reconvertirían después en lo que hoy se conoce como el Parque de las Naciones, uno de los barrios más modernos de Lisboa.
Dedicamos tres días completos a recorrer la Expo, y aun así nos quedaron cosas por ver. El Oceanário, diseñado por Peter Chermayeff, era sin duda la joya de la corona: un acuario monumental con un tanque central de cinco millones de litros que recreaba los ecosistemas de los cuatro océanos. Tiburones, rayas, atunes y bancos de peces de colores compartían aquel espacio inmenso mientras los visitantes los observábamos desde diferentes niveles, con la sensación de estar sumergidos en el propio océano. A día de hoy sigue siendo uno de los mejores acuarios del mundo.
El Pabellón de Portugal, diseñado por Álvaro Siza Vieira, nos impresionó por su audacia arquitectónica: una enorme lámina de hormigón de 70 metros de largo suspendida entre dos pórticos, tan fina y curvada que parecía una vela de barco petrificada en el aire. Era una de esas estructuras que desafían la lógica y que te obligan a detenerte y mirar hacia arriba, preguntándote cómo es posible que algo así se sostenga.
El Pabellón del Conocimiento de los Mares ofrecía exposiciones interactivas sobre la ciencia marina que nos tuvieron entretenidos durante horas. El Pabellón de la Realidad Virtual nos sumergió en los fondos oceánicos con una tecnología que, aunque primitiva comparada con lo que vendría después, nos pareció entonces lo más parecido a bucear sin mojarse. Y el teleférico que recorría el recinto a lo largo del río ofrecía unas vistas panorámicas del Tajo y del Puente Vasco da Gama que quitaban el aliento.
Las noches en la Expo tenían su propia magia. Los espectáculos de agua y luz en la fuente central, los conciertos al aire libre junto al río y esa atmósfera de fiesta internacional que ya habíamos respirado en Sevilla se repetían aquí con acento portugués. El fado sonaba en algunos rincones, mezclándose con músicas del mundo que llegaban desde los diferentes pabellones, creando una banda sonora nocturna que acompañaba los paseos por el recinto iluminado.
¿Fue tan impactante como la Expo de Sevilla? Siendo honesto, quizá no del todo. No porque fuera peor —en muchos aspectos era más refinada y mejor planificada—, sino porque ya no era la primera vez. En Sevilla yo tenía 18 años y todo era nuevo; en Lisboa tenía 24 y, aunque la capacidad de asombro seguía intacta, ya no era esa primera sacudida que te cambia la forma de ver el mundo. Es como un primer beso: los que vienen después pueden ser igual de buenos o mejores, pero aquel primero tiene algo irrepetible.
Lisboa: fascinante y decadente a partes iguales
El cuarto día guardamos la Expo y nos lanzamos a descubrir Lisboa. Y la ciudad me sorprendió, aunque no exactamente como esperaba.
Lisboa era fascinante, sin duda. Los azulejos cubriendo las fachadas, el traqueteo del tranvía 28 trepando por las cuestas de Alfama, el olor a bacalao y a pastéis de nata filtrándose por las puertas de los restaurantes. Pero también era una ciudad visiblemente decadente. Edificios con las fachadas desconchadas, balcones apuntalados, calles con un mantenimiento cuestionable. En la mismísima Praça do Comércio, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, había un agujero enorme en el suelo que ni siquiera estaba correctamente vallado. La Lisboa de 1998 era una ciudad que invertía en la Expo y en el Puente Vasco da Gama mientras su casco histórico se caía a trozos.
Y sin embargo, había algo magnético en esa decadencia. No era la decadencia triste de quien se ha rendido, sino la de quien lleva siglos de historia encima y no puede —o no quiere— maquillarla. Las grietas en los azulejos, las persianas torcidas, los grafitis sobre la piedra centenaria le daban a Lisboa un carácter auténtico que las ciudades demasiado restauradas no tienen.
Recorrimos Belém con su torre y su monasterio de los Jerónimos, donde la arquitectura manuelina alcanza su máxima expresión en una explosión de piedra tallada que celebra los descubrimientos marítimos. Nos perdimos por las callejuelas de Alfama, el barrio más antiguo de la ciudad, que había sobrevivido al terremoto de 1755 y conservaba su trazado medieval de calles estrechas y escaleras empinadas. Subimos al Castillo de San Jorge para contemplar la ciudad desde las alturas, con los tejados rojos extendiéndose hasta el Tajo.
Y comimos. Comimos mucho y bien. Descubrimos que en Lisboa se come extraordinariamente y a precios que, comparados con los españoles, nos parecían casi regalados. El bacalao en mil formas, las sardinas asadas, el caldo verde, y por supuesto los célebres pastéis de nata de Belém: sabores que se han quedado asociados para siempre con la ciudad.
Disfruté mucho Lisboa, pero no puedo decir que me enamorara. Es una ciudad que admiras, que saboreas, que respetas, pero que en aquel momento no me provocó ese flechazo instantáneo que otros destinos sí me han dado. Quizá necesitaba más tiempo, quizá necesitaba volver años después para verla con otros ojos. O quizá simplemente no todas las ciudades tienen que enamorarte para dejarte huella.
Cascais: un día de playa atlántica
El quinto día nos regalamos un respiro. Después de cuatro jornadas intensas entre la Expo y Lisboa, el cuerpo pedía descanso y el coche nos brindaba la posibilidad perfecta: Cascais, a apenas 30 kilómetros al oeste de Lisboa, siguiendo la costa del estuario del Tajo hasta donde se abre al Atlántico.
Cascais era entonces un antiguo pueblo de pescadores reconvertido en elegante localidad costera, con sus playas de arena fina enmarcadas por acantilados y sus calles peatonales llenas de terrazas y heladerías. Pasamos el día entre el agua fría del Atlántico —que tras el calor acumulado de los días anteriores se agradecía enormemente—, los paseos por el centro y una comida de pescado fresco en un restaurante junto al puerto donde los precios seguían siendo increíblemente asequibles.
Fue un día de esos que parecen no tener prisa, de esos en los que la única agenda es no tener agenda. Tumbados en la playa, con el sonido del oleaje atlántico de fondo, comentamos lo vivido durante la semana y coincidimos en que el viaje había superado todas las expectativas. La Expo había sido magnífica, Lisboa nos había enamorado y la convivencia entre los tres había funcionado a la perfección, confirmando que las buenas vibras que intuíamos antes de salir eran mucho más que una intuición.
El regreso: 1.000 kilómetros de recuerdos¶
El sexto día tocaba desmontar la tienda, cargar el coche y emprender el camino de vuelta. Otros 1.000 kilómetros por delante, pero esta vez con la mochila emocional llena.
El viaje de regreso fue más tranquilo que el de ida. La emoción de la anticipación se había transformado en la satisfacción de lo vivido. Incluso mis amigos toleraron una última escucha de Virginia Glück sin quejarse demasiado, quizá por la generosidad que otorga el cansancio, quizá porque después de seis días de convivencia intensa habían aprendido a resignarse.
Llegamos a Bilbao de noche, con el depósito casi vacío y los bolsillos definitivamente vacíos, pero con la certeza de haber aprovechado cada día, cada kilómetro y cada peseta. La Expo de Lisboa no había tenido el impacto fundacional que tuvo la de Sevilla en mi vida, pero había confirmado algo que ya intuía: que viajar, descubrir, exponerse a lo nuevo, era algo que necesitaba seguir haciendo. Y Lisboa, esa ciudad fascinante y decadente a partes iguales, se quedó grabada como un lugar que merecía una segunda oportunidad. Quizá con los años y las transformaciones que le esperaban, la ciudad que no me enamoró en el 98 tendría algo nuevo que contarme.















