
La Viena que no es imperial: canal, vivienda social y barrios sin turistas
Detrás de los palacios hay una ciudad que casi ningún visitante llega a pisar: la del canal con terrazas flotantes, la de la vivienda social que cambió el urbanismo europeo y la de los barrios donde nadie habla inglés. Y es donde Viena por fin se relaja.
Por qué hace falta este artículo¶
Viena tiene un problema muy particular y bastante poco frecuente: es demasiado perfecta.
Todo funciona con una eficiencia impecable, todo está conservado al detalle, todo tiene la escala adecuada y el mármol en su sitio. Y después de dos días recorriendo palacios, catedrales y bulevares imperiales, muchos visitantes salen con una sensación difícil de explicar: han visto una ciudad objetivamente magnífica y no han conectado con ella. La han admirado sin llegar a quererla.
A mí me pasó, y el momento en que aquello cambió fue por accidente. Un error de cálculo con el transporte público nos dejó mucho más al oeste de lo que pretendíamos, en un tramo del canal del Danubio sin nada turístico alrededor, y acabamos caminando por un sendero casi agreste, con vegetación natural y bancos ocasionales, cruzándonos únicamente con corredores y gente paseando al perro. Fue el mejor rato de los tres días que cuento en el itinerario de Viena en tres días.
De eso va este artículo: de la Viena que aparece cuando dejas de perseguir monumentos.
El DonauKanal, la mejor idea de la ciudad¶
El canal del Danubio es un brazo del río que atraviesa el centro, y es probablemente el espacio urbano más interesante de Viena hoy.
En el tramo central, alrededor de Schwedenplatz, se concentra el ambiente: terrazas flotantes sobre el agua, bares informales montados en estructuras temporales, gente sentada directamente en el borde del canal con una cerveza, música y conversaciones en muchos idiomas. Los muros están cubiertos de murales y arte urbano de calidad real, no de pintadas: hay tramos que funcionan como galería al aire libre. Es cosmopolita, relajado y no se parece en nada a la frialdad que a veces se atribuye al carácter austriaco.
Pero lo mejor viene si caminas hacia el oeste alejándote de esa zona. A partir de cierto punto desaparecen los bares y aparece un paseo fluvial casi natural, con vegetación crecida y silencio. Es la Viena cotidiana, la que no ha preparado nada para que la mires, y es exactamente ahí donde uno tiene la sensación de haber encontrado el alma del sitio detrás de tanta fachada.
Un plan que funciona muy bien: cenar en el tramo animado y después andar un rato en dirección contraria hasta que se acabe la gente.
La Viena Roja: la vivienda que cambió el urbanismo¶
Este es el capítulo que más me sorprendió y el que menos aparece en las guías.
Entre 1919 y 1934, el ayuntamiento socialista de Viena llevó a cabo un programa de vivienda pública sin precedentes en Europa: construyó cientos de complejos residenciales para trabajadores, financiados con un impuesto progresivo sobre las viviendas de lujo, con patios ajardinados, lavanderías comunes, guarderías, bibliotecas y consultorios médicos incorporados. Es lo que se conoce como la Viena Roja, y su influencia en el urbanismo social del siglo XX es enorme.
El símbolo es el Karl-Marx-Hof, en el norte de la ciudad, un edificio de más de un kilómetro de longitud con más de mil cuatrocientas viviendas, fachada de un rojo intenso y arcos monumentales. Se llega en metro en veinte minutos desde el centro, sigue habitado, y hay un pequeño museo dedicado a aquella época. Verlo en persona, entender que eso se construyó hace cien años para alojar obreros y compararlo con lo que se construye hoy es una experiencia que da bastante que pensar.
Y tiene además un peso histórico dramático: en la guerra civil de 1934, el Karl-Marx-Hof fue bombardeado por la artillería del gobierno austrofascista, con los milicianos socialistas resistiendo dentro. Los impactos siguen documentados.
Otto Wagner y la Viena moderna¶
Si la arquitectura te interesa, hay un itinerario alternativo excelente que casi nadie hace.
Otto Wagner fue el arquitecto que sacó a Viena del historicismo y la metió en el siglo XX. Su obra está repartida por la ciudad y buena parte se ve gratis desde la calle: los pabellones de la antigua línea de ferrocarril urbano, con esos verdes y dorados inconfundibles, sobre todo el de Karlsplatz; la Majolikahaus, un edificio de viviendas con la fachada entera cubierta de azulejos florales; y la Postsparkasse, la caja postal de ahorros, con su fachada de placas sujetas por remaches de aluminio a la vista y una sala de operaciones de una modernidad asombrosa para 1906.
Su obra maestra está lejos del centro y merece el viaje: la Kirche am Steinhof, una iglesia con cúpula dorada construida dentro del recinto de un hospital psiquiátrico, diseñada hasta el último detalle pensando en los pacientes que iban a usarla, con suelo inclinado para facilitar la limpieza y agua bendita corriente por higiene. Es una obra maestra del Modernismo vienés y va poquísima gente.
Y en la misma línea está la Loos Haus de la Michaelerplatz, aquel edificio sin ornamento que escandalizó tanto al emperador que, según la leyenda, dejó de usar esa puerta del Hofburg para no verlo.
Los barrios donde vive la gente¶
De Pijp tiene su equivalente vienés en varios sitios a la vez, y todos merecen una tarde.
El Freihausviertel y Neubau, alrededor de la Mariahilfer Straße, concentran tiendas pequeñas, librerías, cafés de barrio y una escena de diseño local. Spittelberg es un enclave de callejuelas empedradas y casas Biedermeier de dos plantas, milagrosamente conservado en pleno centro, con terrazas y ambiente muy agradable.
Ottakring, en el distrito XVI, es la Viena multicultural: el Brunnenmarkt es el mercado callejero permanente más largo de Europa, con puestos turcos, balcánicos y de Oriente Medio, y precios de barrio. Aquí no se habla inglés, no hay menús turísticos y se come muchísimo mejor y más barato que en el centro.
Y el Karmeliterviertel, en Leopoldstadt, al otro lado del canal, fue el barrio judío histórico de Viena y hoy combina memoria, mercados y una escena gastronómica joven.
El verde: la isla, el Prater y los viñedos¶
Viena tiene una cantidad de espacio verde que sorprende para una capital.
La Donauinsel es una isla artificial de veintiún kilómetros de largo creada como obra hidráulica contra las inundaciones y convertida por los vieneses en su zona de ocio: bicicleta, baño, barbacoas, terrazas y ni un turista. En verano es donde está media ciudad.
El Prater no es solo el parque de atracciones con la noria: detrás hay un bosque enorme de castaños con avenidas rectas de varios kilómetros, antiguo coto de caza imperial abierto al público desde el siglo XVIII, y es un sitio estupendo para pasear o correr.
Y en el norte están los viñedos, dentro del propio término municipal. Grinzing, Nussdorf y Neustift tienen Heurigen, esas tabernas donde el viticultor sirve su propio vino joven con bufé frío, se cena en patios al aire libre y a veces hay música. Es la costumbre vienesa más auténtica que existe y no tiene absolutamente nada que ver con el centro. Desde allí se sube al Kahlenberg, con la ciudad entera y el Danubio a los pies.
Dos sitios con peso histórico incómodo¶
El monumento al Ejército Rojo de la Schwarzenbergplatz recuerda que Viena estuvo ocupada y dividida en cuatro sectores durante una década después de la guerra. Austria está obligada a conservarlo por el Tratado de Estado de 1955, lo que produce una situación peculiar: un monumento soviético en pie en el centro de una capital occidental, que la ciudad no puede demoler y con el que ha aprendido a convivir.
Y el Zentralfriedhof, el Cementerio Central, es uno de los más grandes de Europa, con las tumbas de Beethoven, Schubert, Brahms y los Strauss, un cenotafio de Mozart cuya tumba real nunca se localizó, una iglesia art nouveau extraordinaria y una sección judía enorme, en parte abandonada, que cuenta por sí sola buena parte de la historia del siglo XX vienés.
Un día completo con todo esto¶
Una propuesta que funciona muy bien como tercer día en Viena: mañana en el Karl-Marx-Hof y la Kirche am Steinhof, comida en el Brunnenmarkt de Ottakring, tarde en Spittelberg y Neubau, y cena en un Heuriger de Grinzing con subida al Kahlenberg antes del atardecer.
No hay ni un palacio en ese plan y es, probablemente, el día en que más vas a entender Viena.
Porque el problema de esta ciudad no es que le falte nada. Es que tiene tanto y tan bien puesto que resulta fácil pasar tres días viendo lo excepcional sin llegar a rozar lo cotidiano. Y lo cotidiano, aquí, está francamente bien.