
Los palacios de Viena: Schönbrunn, Hofburg y Belvedere
Viena tiene tres grandes conjuntos palaciegos y muy poca gente tiene tiempo para los tres. Qué es cada uno, en cuál merece la pena entrar, cuál se disfruta mejor desde fuera y cómo no gastar de más en entradas.
Tres palacios que no compiten entre sí¶
La primera confusión que conviene deshacer es que Schönbrunn, el Hofburg y el Belvedere no son tres versiones de lo mismo. Son tres cosas distintas con funciones distintas, y entender esa diferencia es lo que permite elegir bien cuando el tiempo aprieta.
El Hofburg era la residencia de invierno y la sede del poder: donde los Habsburgo vivían, gobernaban y despachaban durante seis siglos. Schönbrunn era la residencia de verano, el sitio donde la familia imperial se retiraba a descansar y a montar su vida cortesana lejos del centro. Y el Belvedere no era una residencia imperial en absoluto: lo construyó el príncipe Eugenio de Saboya, el general que salvó a Viena de los otomanos, como palacio de recreo y demostración de poder personal, y hoy es sobre todo un museo de pintura.
Si solo puedes entrar en uno, la respuesta corta es esta: el Hofburg si te interesa la historia de la dinastía, Schönbrunn si te interesa el escenario imperial y los jardines, y el Belvedere si lo que quieres es ver a Klimt.
Schönbrunn: mil cuatrocientas habitaciones y unos jardines gratis¶
Es el sitio más visitado de Austria y el que aparece en todas las portadas. Se construyó a lo largo de los siglos XVII y XVIII y adquirió su forma actual bajo María Teresa, que lo convirtió en el hogar familiar y el centro de su corte. Tiene mil cuatrocientas cuarenta y una habitaciones. Aquí tocó Mozart con seis años para la emperatriz, aquí bailó el Congreso de Viena, aquí nació Francisco José en 1830 y aquí murió en 1916 tras sesenta y ocho años de reinado, con sus aposentos y los de Sisi conservados prácticamente como los dejaron. Napoleón lo usó como cuartel general en sus dos ocupaciones de la ciudad.
Las entradas funcionan con franja horaria reservada y hay dos recorridos principales. El Imperial Tour cubre veintidós estancias y el Grand Tour cuarenta, incluyendo los salones de estado como la Gran Galería y el Salón de los Millones y las cámaras privadas de María Teresa. La diferencia de precio es de unos pocos euros y la de tiempo, de media hora larga. Si vas a entrar, entra al Grand Tour: la mitad de lo mejor está en las salas que el Imperial se salta.
Y aquí el consejo que más se agradece: los jardines son gratuitos. Ocupan más de ciento sesenta hectáreas, con parterres geométricos, fuentes, avenidas de tilos podados y, coronando la colina, la Gloriette de 1775, construida como mirador y sala de banquetes. Subir hasta ella lleva veinte minutos de cuesta suave y desde allí se entiende de golpe por qué los emperadores eligieron este lugar. Si tu viaje va justo de tiempo o de presupuesto, quedarte solo con los jardines es una decisión perfectamente razonable y no te vas a ir con la sensación de haberte perdido Viena.
Dentro del recinto hay dos añadidos de pago: el laberinto y el jardín privado, que son prescindibles, y el zoo de Schönbrunn, fundado en 1752, que es el más antiguo del mundo en funcionamiento continuo y que sí merece la pena si viajas con niños. También está el Museo de Carruajes, con los coches de gala de la corte.
Cuándo ir: a primera hora o a última. Entre las once y las dos es cuando llegan los autocares. Y calcula media jornada como mínimo si vas a entrar al palacio y recorrer los jardines con calma.
El Hofburg: una ciudad dentro de la ciudad¶
El Hofburg no es un palacio, es un complejo que ha ido creciendo por acumulación desde el siglo XIII, con alas añadidas por sucesivas generaciones sin un plan común. Dentro caben hoy varios museos, la biblioteca nacional, la Escuela Española de Equitación, una iglesia, un parque y la presidencia de la República de Austria, que sigue teniendo aquí su despacho.
Lo primero que hay que saber es que los patios y la Heldenplatz son espacio público y gratuito. Se puede atravesar todo el conjunto, cruzar la Michaelerplatz con su cúpula verde y sus restos romanos excavados en mitad de la plaza, pasar bajo las portadas y salir a la explanada con las estatuas ecuestres sin pagar un céntimo. Y eso ya es una experiencia.
Después están las visitas de pago, y aquí conviene elegir con criterio.
Los Aposentos Imperiales con el Museo de Sisi rondan los veinte euros e incluyen la colección de plata de la corte. Son un par de docenas de habitaciones auténticas donde se ve la cama de hierro espartana de Francisco José junto a las anillas de gimnasia de Isabel, su máscara mortuoria y los vestidos de luto reconstruidos. El museo tiene además el mérito de desmontar el mito romántico de Sisi en lugar de alimentarlo, que es de agradecer.
La Schatzkammer, la Cámara del Tesoro, es para mí la joya escondida del conjunto y la que menos gente visita. Cuesta alrededor de catorce o dieciséis euros y guarda mil años de regalía: la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, fabricada hacia el año 962 para la coronación de Otón I y probablemente la corona medieval más importante de Europa; la corona imperial austriaca de 1602; la Santa Lanza; y un cuerno de unicornio que en realidad es un colmillo de narval y que durante siglos se exhibió como prueba de que los unicornios existían. Si te gusta la historia, esta visita vale más que cualquier salón dorado.
La Biblioteca Nacional tiene una Sala de Gala barroca que es una de las bibliotecas históricas más bonitas del mundo, con doce millones de objetos en sus fondos y una bóveda pintada que quita el hipo. Se ve en cuarenta minutos y es de las visitas con mejor relación entre impresión y tiempo invertido.
Y la Escuela Española de Equitación es capítulo aparte: las galas cuestan bastante y se reservan con meses de antelación, pero los entrenamientos matinales son mucho más baratos y permiten ver a los caballos lipizzanos trabajar en el picadero barroco.
Existen entradas combinadas que agrupan aposentos y tesoro con un descuento respecto a comprarlas por separado, y un pase que suma Hofburg, Schönbrunn y el museo del mobiliario imperial con validez de un año.
El Belvedere: el palacio que en realidad es un museo¶
El Belvedere son dos palacios barrocos, el Alto y el Bajo, unidos por un jardín en terrazas escalonadas con fuentes y esculturas. Los construyó a principios del siglo XVIII el príncipe Eugenio de Saboya, y su ubicación en alto le da una de las mejores vistas de la ciudad.
La razón principal para venir cuelga en el Alto Belvedere: el Beso de Klimt, junto a la mayor colección del mundo de este pintor. Y con él, Schiele, Kokoschka, Waldmüller, Monet y Van Gogh. Aunque no te interese especialmente la pintura, ver ese cuadro en persona, con el pan de oro atrapando la luz real y no la de una reproducción, cambia la percepción que uno tiene de él.
El Bajo Belvedere se dedica a exposiciones temporales y suele venderse aparte, así que comprueba qué modalidad estás comprando.
Los jardines son gratuitos, se recorren en media hora y la vista desde la terraza superior con la ciudad al fondo es una de las estampas clásicas de Viena. Si vas justo de tiempo y ya has visto pintura suficiente, puedes limitarte a ellos.
Cómo elegir según los días que tengas¶
Con un día, jardines de Schönbrunn y el Hofburg por fuera, sin entrar en nada, o como mucho una visita corta. El tiempo se aprovecha mejor caminando, como explico en el itinerario de Viena en un día.
Con dos días, jardines de Schönbrunn el primer día y Belvedere el segundo, entrando a ver a Klimt. Es la combinación que mejor equilibra imperio y arte, y es la que sigue el itinerario de Viena en dos días.
Con tres días, ya caben Schönbrunn por dentro con calma, el Belvedere completo y una visita del Hofburg, y yo elegiría la Schatzkammer antes que los aposentos si tengo que quedarme con una sola.
Las tarjetas: cuándo salen a cuenta y cuándo no¶
La Vienna City Card incluye transporte urbano y descuentos en museos, no entradas gratuitas, así que su valor está en la movilidad. El Vienna Pass sí incluye acceso a más de setenta atracciones, entre ellas los tres palacios, más transporte y bus turístico, pero cuesta desde unos ochenta y cuatro euros por un día hasta más de ciento sesenta por seis, y para amortizarlo hay que visitar tres o cuatro sitios grandes al día. Es decir: solo compensa a quien viaja a ritmo de maratón, que es justo lo contrario de lo que yo recomiendo en Viena.
Para un viaje normal de dos o tres días con dos o tres visitas de pago, salen mejor las entradas sueltas compradas online con franja horaria, sumadas a un abono de transporte de cuarenta y ocho o setenta y dos horas.
Un apunte final¶
Viena acumula tanta grandiosidad que el riesgo real no es perderse algo, es la indigestión. Después de tres palacios seguidos, las salas doradas empiezan a parecerse todas y uno sale con la sensación de haber visto mucho y recordado poco.
Mi consejo, después de haberlo hecho mal, es alternar. Un palacio por la mañana, algo completamente distinto por la tarde: un paseo por el canal, un café de mármol con un periódico, un barrio exterior. La ciudad se disfruta mucho más así, y los palacios también.