
Qué ver en Viena en 2 días
Con dos días Viena deja de ser un desfile de fachadas y empieza a poder entrarse: un gran museo, un palacio de verdad y tiempo para descubrir que detrás de tanta grandiosidad imperial hay una ciudad bastante más informal de lo que aparenta.
Lo que permite el segundo día¶
Con un solo día en Viena hay que renunciar casi por completo a los interiores y conformarse con caminar la ciudad —así lo cuento en el itinerario de un día—. No es un mal plan, porque Viena está diseñada como escenografía urbana y funciona muy bien desde fuera, pero deja fuera buena parte de lo que la hizo famosa.
El segundo día cambia eso. Permite entrar en un museo de primera línea sin sensación de estar robándole tiempo al paseo, permite visitar un palacio por dentro en lugar de rodearlo, y sobre todo permite salir del anillo histórico y ver los barrios donde Viena se comporta como una ciudad normal.
Aquí va el reparto que a mí me parece más eficaz: el primer día para el centro imperial y el segundo para los museos, el arte y las afueras. Y una advertencia que ya adelanto porque conviene llegar sabiéndola: Viena es una ciudad que se admira mucho más de lo que se ama. Todo funciona con una eficiencia impecable y todo está impecablemente conservado, hasta el punto de que uno acaba preguntándose si una ciudad puede ser demasiado perfecta. Los mejores momentos suelen aparecer justo donde esa perfección se relaja.
Lo práctico, resuelto en un párrafo¶
Si llegas en avión, el tren de cercanías desde el aeropuerto cuesta alrededor de un tercio de lo que cuesta el CAT, el expreso directo, y tarda apenas diez minutos más. Salvo urgencia, la elección está clara.
Para dos días, el abono de cuarenta y ocho horas de Wiener Linien ronda los catorce euros y cubre metro, tranvía, autobús y cercanías dentro de la ciudad, con lo que se amortiza en tres o cuatro viajes. Ojo con un detalle que genera multas: el aeropuerto queda fuera de la zona central y no está incluido en esos abonos, así que ese trayecto se paga aparte.
Día 1 por la mañana: la catedral y el casco antiguo¶
Empieza en la Stephansdom, que es el centro geográfico y sentimental de la ciudad. Gótica, imponente, con el tejado de tejas de colores formando mosaicos y una historia muy vienesa detrás: la torre sur tardó setenta y tres años en levantarse y la norte no se terminó nunca. Se puede subir a las dos y bajar a las catacumbas.
Desde ahí, el casco antiguo se recorre sin plan. Baja por el Graben, con su columna de la peste, sigue por el Kohlmarkt y desvíate dos minutos a la Peterskirche, de interior barroco desbordante, y a la Michaelerkirche, donde se interpretó por primera vez parte del Réquiem de Mozart pocos días después de su muerte.
Todo esto desemboca en la Michaelerplatz, con sus restos romanos excavados en mitad de la plaza, y en el Hofburg, que no es un palacio sino un complejo del tamaño de un barrio: seis siglos de residencia imperial que hoy albergan museos, la biblioteca nacional, una escuela de equitación y la presidencia de la República. Atraviesa los patios y sal a la Heldenplatz, con las estatuas ecuestres y los dos museos gemelos enfrente.
Día 1 al mediodía: un café y la Ringstrasse¶
La parada en un Kaffeehaus tradicional no es opcional. La cultura del café vienés es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco y consiste en algo muy concreto: salones de mármol y madera, periódicos en varillas, camareros de chaqueta y el derecho tácito a quedarte tres horas con una sola consumición. Pide un Melange y una Sachertorte o un Apfelstrudel, y dedica media hora a no hacer nada.
Después, la Ringstrasse. Cuando Francisco José decidió en 1857 derribar las murallas, no amplió la ciudad: la reformateó. En el espacio liberado levantó un anillo de bulevares con los grandes edificios públicos del imperio, cada uno en el estilo histórico que le correspondía por función: el Parlamento en neogriego porque la democracia venía de Grecia, el Ayuntamiento en neogótico porque las libertades municipales eran medievales, la Ópera en renacentista.
Son cinco kilómetros de anillo. Haz a pie el tramo de la Ópera al Parlamento y el Ayuntamiento, y el resto en tranvía: las líneas 1 y 2 cubren buena parte del recorrido con un billete normal, sin necesidad de pagar los tranvías turísticos.
Día 1 por la tarde: Schönbrunn¶
Dedica la tarde a Schönbrunn, la residencia de verano imperial, a la que se llega en tranvía o metro en unos veinte minutos. Tiene mil cuatrocientas cuarenta y una habitaciones, se construyó entre los siglos XVII y XVIII, Francisco José nació allí en 1830 y murió allí en 1916 tras sesenta y ocho años de reinado, y Napoleón la usó como cuartel general en sus dos ocupaciones de Viena.
Con dos días puedes permitirte entrar, y las entradas rondan los dieciséis euros en la modalidad básica. Pero el consejo que más se agradece es este: los jardines son gratuitos y ocupan más de ciento sesenta hectáreas. Parterres geométricos, fuentes, pabellones y, coronando la colina, la Gloriette de 1775, construida como mirador y sala de banquetes, desde la que se entiende de golpe por qué los emperadores eligieron este sitio. Si el día va justo o hay cola, quédate solo con los jardines sin ningún complejo.
En el recinto está también el zoo de Schönbrunn, fundado en 1752, que es el más antiguo del mundo en funcionamiento continuo.
Día 1 al atardecer: el DonauKanal¶
Y aquí viene la parte menos convencional del plan, y probablemente la mejor.
El DonauKanal, el brazo del Danubio que cruza el centro, es donde Viena se quita el uniforme. Es la puerta de entrada a la Viena que no es imperial. En la zona de Schwedenplatz hay terrazas flotantes, bares informales, murales y arte urbano de verdad, y gente sentada directamente en el borde del agua. El ambiente es cosmopolita y relajado, y no se parece en nada a la frialdad que a veces se atribuye al carácter austriaco.
Si además caminas hacia el oeste por los senderos que bordean el canal, alejándote del tramo central, aparece una Viena casi agreste, con vegetación natural y solo corredores y gente paseando al perro. Es la ciudad cotidiana, y es exactamente el sitio donde uno tiene la sensación de haber encontrado el alma del lugar detrás de tanta fachada imperial.
Día 2 por la mañana: el gran museo¶
El segundo día empieza con la decisión importante, porque un museo grande se lleva media mañana larga.
El Kunsthistorisches Museum es el que yo elegiría. Es el escaparate del coleccionismo de los Habsburgo durante siglos, inaugurado en 1891 en un edificio construido expresamente como museo, con salas decoradas en función de lo que iban a contener. Dentro hay Bruegel, y no un Bruegel: la mayor colección del mundo de este pintor. Y con él Rafael, Tiziano, Vermeer, Rubens, Caravaggio, Durero y Velázquez, además de la Kunstkammer con la Saliera de Cellini y una colección egipcia de primer orden. Cuesta unos veintidós euros online, los menores de diecinueve entran gratis, abre de martes a domingo de diez a seis con los jueves hasta las nueve, y cierra los lunes salvo en junio, julio y agosto.
Enfrente está el MuseumsQuartier, los antiguos establos imperiales reconvertidos en uno de los complejos culturales más grandes de Europa, con el Leopold, el mumok de arte contemporáneo y una explanada llena de gente sentada en unos bancos de formas raras que son el punto de encuentro informal de la ciudad. Aunque no entres en nada, merece la pena cruzarlo.
Y si prefieres algo más corto y muy vienés, la Biblioteca Nacional tiene una Sala de Gala barroca que es una de las bibliotecas históricas más bonitas del mundo, y se ve en cuarenta minutos.
Día 2 al mediodía: Karlskirche y el sur del centro¶
Saliendo hacia el sur queda la Karlskirche, la iglesia de San Carlos Borromeo, levantada tras una epidemia de peste y probablemente el edificio barroco más singular de Viena: una fachada que mezcla un pórtico de templo griego, una cúpula romana y dos columnas conmemorativas inspiradas en las de Trajano. Parece que alguien juntó tres edificios distintos y, contra todo pronóstico, funciona.
Muy cerca está el Naschmarkt, que sale en todas las listas y sobre el que voy a ser honesto: a mí me pareció una decepción. Es un mercado histórico convertido en pasillo de puestos con precios inflados y reclamos para turistas. Cruzarlo está bien para ver el ambiente, pero si buscas comer bien, cualquier Gasthaus de barrio te dará mejor experiencia por menos dinero.
Día 2 por la tarde: el Belvedere y Klimt¶
La tarde es para el Belvedere, dos palacios barrocos unidos por un jardín en terrazas, construidos para el príncipe Eugenio de Saboya y hoy convertidos en museo.
El motivo principal para venir cuelga en el Alto Belvedere: El Beso de Gustav Klimt, junto a la mayor colección del mundo de este pintor. Y con él, obras de Schiele, Kokoschka, Monet y Van Gogh. Aunque no te interese especialmente la pintura, ver ese cuadro en persona, con el pan de oro atrapando la luz de verdad y no la de una reproducción, justifica la entrada.
Los jardines en terrazas, con su vista de la ciudad al fondo, son gratuitos y una de las estampas clásicas de Viena.
Día 2 al atardecer: Hundertwasser y el Prater¶
Para cerrar, dos paradas que se salen del guion imperial.
La Hundertwasserhaus es un bloque de viviendas sociales de los años ochenta diseñado por Friedensreich Hundertwasser: fachadas de colores, suelos ondulados, columnas irregulares, árboles creciendo desde las ventanas. La idea era demostrar que la vivienda pública no tiene por qué ser gris, y el ayuntamiento pagó por la rareza. Es un edificio habitado, así que se ve desde fuera, y hay un centro de exposiciones cercano del mismo autor.
Y termina en el Prater, el gran parque de atracciones, donde está la noria gigante inaugurada en 1897, que sobrevivió a dos guerras mundiales y es uno de los símbolos de la ciudad. Subir cuesta unos catorce euros y media hora, y al atardecer, con Viena entera abajo, es un cierre estupendo. Alrededor está el Prater verde, un parque enorme y perfecto para pasear si prefieres saltarte la parte de feria.
Comer y cenar¶
La cocina vienesa es contundente y honesta. El Wiener Schnitzel auténtico es de ternera y ocupa el plato entero; el Tafelspitz, carne cocida con guarniciones, era el plato favorito de Francisco José; y de postre, además de la Sacher, están el Apfelstrudel y el Kaiserschmarrn.
Para cenar bien y barato, busca un Gasthaus de barrio fuera del Ring. Y si te sobra una tarde en un segundo viaje, el plan realmente local es un Heuriger en los barrios de viñedos del norte, esas tabernas de vino joven donde los vieneses van a cenar al aire libre.
Lo que sigue quedando fuera¶
Con dos días no entran el Schönbrunn completo con carruajes y zoo, el barrio de los museos a fondo, el Cementerio Central donde están Beethoven, Schubert y los Strauss, los viñedos del norte, ni ninguna excursión fuera de la ciudad.
Todo eso es material para un tercer día, que en Viena se aprovecha muy bien porque la ciudad tiene fondo de sobra. Y porque, seguramente, para entonces ya habrás encontrado tu propio rincón junto al canal.