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Qué ver en Innsbruck en un día
Innsbruck tiene algo que ninguna otra capital alpina consigue: un casco antiguo medieval con montañas de dos mil metros asomando literalmente al final de la calle, y un teleférico que en veinte minutos te lleva del centro histórico a la alta montaña.
La ciudad que cabe entre dos cordilleras¶
Hay una imagen que resume Innsbruck mejor que cualquier descripción: estás en la Maria-Theresien-Straße, la avenida principal, rodeado de fachadas barrocas y terrazas, levantas la vista al final de la calle y tienes una pared de montaña de dos mil quinientos metros cerrando la perspectiva. No al fondo, no en el horizonte: ahí mismo, encima.
Esa es la particularidad de esta ciudad. Innsbruck es la capital del Tirol, tiene un casco antiguo medieval de primera categoría y un pasado imperial de peso, pero está encajada en el valle del Inn entre dos cordilleras, y la montaña forma parte del paisaje urbano cotidiano. Es una ciudad donde la gente sale del trabajo y se va a esquiar o a hacer una ruta sin salir del término municipal.
Y tiene otra virtud que se agradece mucho: no abruma. Después de Viena, con su escala imperial y su acumulación de grandiosidad, Innsbruck resulta manejable, amable y a escala humana. Se ve entera en un día sin correr.
Cómo llegar y cómo moverte¶
Innsbruck está a unas dos horas de Múnich por autopista, a hora y media larga de Salzburgo y a cuatro horas de Viena en tren directo. Tiene aeropuerto propio, pequeño, a quince minutos del centro en autobús.
Si llegas en coche, la recomendación de siempre: déjalo en un aparcamiento del perímetro o del hotel y muévete a pie. El casco antiguo es peatonal y muy compacto.
Dentro de la ciudad, la red de autobuses y tranvías del IVB cubre todo lo que necesitas, y aquí conviene valorar la Innsbruck Card, que existe en versiones de veinticuatro, cuarenta y ocho y setenta y dos horas. Incluye el transporte urbano, el autobús turístico, más de veinte atracciones y, lo más importante, el trayecto completo de ida y vuelta de los teleféricos de la Nordkette, que por sí solo ronda los cuarenta y cuatro euros. Si tu plan del día incluye subir a la montaña y visitar dos o tres sitios, la tarjeta se amortiza sola. Si vas a limitarte a pasear por el casco antiguo, no la compres.
La mañana: el casco antiguo y el Tejadillo de Oro¶
La Altstadt de Innsbruck es pequeña, medieval y está perfectamente conservada, con soportales, fachadas de colores pastel y balcones. Se recorre en una hora larga sin prisa.
El punto obligatorio es el Goldenes Dachl, el Tejadillo de Oro, que es el símbolo de la ciudad: un balcón cubierto por un tejadillo de más de dos mil seiscientas tejas de cobre doradas, mandado construir por el emperador Maximiliano I hacia 1500 como palco desde el que asistir a los espectáculos de la plaza. Es más pequeño de lo que uno espera por las fotos, y a la vez más impresionante cuando le da el sol.
A pocos metros está la Stadtturm, la torre de la ciudad, que fue prisión y hoy es mirador: unos ciento cincuenta escalones para tener el casco antiguo a tus pies y la Nordkette de frente.
Y por el barrio hay que dejarse llevar sin plan: la Herzog-Friedrich-Straße con sus soportales, la catedral de San Jaime con su interior barroco, y las callejuelas laterales donde todavía hay comercio de toda la vida.
El Hofburg y la Hofkirche¶
Los Habsburgo dejaron aquí un palacio imperial, el Hofburg, remodelado en el siglo XVIII por María Teresa y decorado con la exuberancia barroca que cabía esperar. Se visitan los aposentos imperiales y las salas de ceremonias, entre ellas el que presume de ser el salón de fiestas más espléndido de los Alpes.
Pero si solo puedes entrar en uno de los dos edificios, entra en la Hofkirche. Es la iglesia de la corte y guarda el monumento funerario de Maximiliano I, rodeado por veintiocho estatuas de bronce a tamaño mayor que el natural que representan a sus antepasados reales y míticos. Se las conoce popularmente como los hombres negros, y verlas alineadas en la penumbra de la nave es una experiencia que impresiona de verdad. La ironía es que el emperador no está enterrado ahí: el mausoleo se construyó durante décadas y él acabó sepultado en otro sitio.
Saliendo, la Maria-Theresien-Straße es la avenida burguesa de la ciudad, con la columna de Santa Ana en el centro y esa vista de las montañas cerrando el fondo que es la postal más repetida de Innsbruck. Es también la mejor zona para comer algo rápido en una terraza.
Mediodía: subir a la montaña en veinte minutos¶
Este es el momento del día que hace especial a Innsbruck y el que yo no me saltaría por nada.
Desde el centro sale la Hungerburgbahn, un funicular diseñado por Zaha Hadid e inaugurado en 2007, con estaciones de formas ondulantes que parecen bloques de hielo y que ya justifican el trayecto por sí solas. Sube desde el corazón de la ciudad cruzando el río Inn hasta el barrio alto de Hungerburg en unos minutos.
Desde allí enlazan dos teleféricos más, el de la Seegrube y el del Hafelekar, que te dejan a más de dos mil trescientos metros, en pleno parque natural. En total, del casco medieval a la alta montaña en unos veinte minutos. Arriba hay praderas alpinas, senderos señalizados, una terraza con vistas y esa sensación irreal de mirar hacia abajo y ver la ciudad entera como una maqueta.
Dos consejos prácticos. Sube pronto, porque a media mañana ya hay cola y por la tarde suelen entrar nubes. Y lleva algo de abrigo aunque abajo estés en manga corta, que la diferencia de temperatura es considerable.
Si el día amanece cubierto, plantéate no subir. Lo digo por experiencia propia con otros teleféricos alpinos: pagar por subir a una nube y no ver nada es de las frustraciones más tontas que hay en un viaje. Cambia el plan y dedica ese tiempo a Ambras.
La tarde: Bergisel y Schloss Ambras¶
Dos opciones para la tarde, según lo que te tire.
El trampolín de Bergisel, en el borde sur de la ciudad, es la otra obra de Zaha Hadid en Innsbruck, de 2002. Una torre de cincuenta metros que combina el salto de esquí con una plataforma panorámica y un restaurante arriba. Es arquitectura contemporánea de primer nivel, tiene una vista magnífica sobre la ciudad y el valle, y a los pies está el estadio donde se celebra cada enero uno de los concursos de saltos más famosos del mundo. Se llega en tranvía en quince minutos.
El Schloss Ambras, a un par de kilómetros al sureste, es la alternativa cultural y a mí me pareció una joya. Es un castillo renacentista que el archiduque Fernando II convirtió en el siglo XVI en algo insólito para su época: una cámara de las maravillas, un gabinete de curiosidades donde acumuló armaduras, objetos exóticos, autómatas, rarezas naturales y retratos de personajes extraordinarios. Es, en la práctica, uno de los primeros museos de Europa, y conserva la disposición original. Además tiene una armería espectacular y un salón español de proporciones magníficas.
Si tienes que elegir, Bergisel si te tiran la arquitectura y las vistas, Ambras si te tira la historia.
El final del día¶
Innsbruck cae pronto en sombra por las montañas, así que el atardecer llega antes de lo que marca el reloj. La mejor manera de cerrar el día es volver al casco antiguo y sentarse en una terraza de la Maria-Theresien-Straße o junto al río Inn, con las fachadas de colores de la orilla, que son otra de las postales de la ciudad.
Para comer, la cocina tirolesa es contundente y honesta: Käsespätzle, esa pasta con queso fundido y cebolla frita; Tiroler Gröstl, una sartén de patata, carne y huevo; o Knödel, las albóndigas de pan que aquí se sirven de mil maneras. Y de postre, Kaiserschmarrn, esa especie de tortita desgarrada con azúcar glas y compota de ciruela, que da para dos personas por mucho que te digan que es una ración individual. La guía de qué comer en Austria tiene el resto del recetario, región por región.
Cuánto tiempo necesitas¶
Un día completo cubre bien el casco antiguo, la Hofkirche, la subida a la Nordkette y una visita de tarde. Es una jornada intensa pero perfectamente asumible, porque las distancias son cortas y el transporte funciona.
Con dos días puedes añadir el otro de los dos grandes de la tarde, el Alpenzoo, que es el zoo alpino más alto de Europa y está en el trayecto del funicular, o una excursión a Hall in Tirol, a quince minutos, que fue durante siglos más importante que la propia Innsbruck gracias a sus minas de sal. Allí se acuñó el táler de plata, la moneda que acabaría dando nombre al dólar, y su casco antiguo está sorprendentemente bien conservado y casi vacío de turistas.
Y si vienes con coche y tiempo, Innsbruck es la base perfecta para los valles laterales del Tirol, como el Stubaital, donde en media hora estás caminando entre prados alpinos y arroyos con las montañas de fondo. Es también el punto de partida natural de la ruta en coche por el Tirol y Salzburgerland, si Innsbruck es solo el primer capítulo de tu viaje.