Saltar al contenido
Vista panorámica de Salzburgo junto al río Salzach, con la ciudad rodeada de montañas.

Destinos · Austria · Austria occidental

Qué ver en Salzburgo en un día (y por qué merece dos)

Un casco antiguo Patrimonio de la Humanidad encajado entre dos montañas urbanas, la fortaleza mejor conservada de Europa Central y la casa donde nació Mozart. Salzburgo se ve en un día, pero es de las ciudades que más castigan las prisas.

Lectura de 10 minutos

Una advertencia personal antes de empezar

Voy a empezar reconociendo algo, porque creo que hace este artículo más útil y no menos.

Yo visité Salzburgo mal. Llegué con fiebre después de varios días intensos de carretera alpina, la recorrí entera con esa sensación de estar viéndolo todo detrás de un cristal, y salí con la impresión de haber pasado por una ciudad importante sin haberla llegado a habitar. La tengo apuntada como deuda pendiente.

Y precisamente por eso puedo decir con conocimiento de causa lo que aquí va a ser la tesis: Salzburgo es una ciudad que se puede recorrer en un día y que se disfruta de verdad en dos. No porque falten cosas que ver en la primera jornada, sino porque su encanto está en el ritmo: en sentarse en una plaza, en subir sin prisa al monte urbano, en cruzar el río a la hora en que la luz da de lleno en la fortaleza. Si la haces a la carrera, la ves. Si le das dos días, la entiendes.

Cómo llegar y cómo moverse

Salzburgo está a dos horas y media de tren desde Viena, a hora y media desde Múnich y a hora y media larga en coche desde Innsbruck. Su aeropuerto está a diez minutos del centro en autobús, lo que la convierte en una de las ciudades austriacas más cómodas para aterrizar.

El casco antiguo es pequeño, peatonal y completamente caminable: se cruza de punta a punta en veinte minutos. Si llegas en coche, déjalo en uno de los aparcamientos del perímetro, empezando por el que está excavado dentro del Mönchsberg, porque circular por el centro es imposible y aparcar, carísimo.

Sobre la Salzburg Card, la cuenta es sencilla y merece hacerla. Existe en versiones de veinticuatro, cuarenta y ocho y setenta y dos horas, incluye el transporte público urbano y la entrada única a una veintena larga de atracciones: la fortaleza con su funicular, la casa natal de Mozart, su casa de residencia, el DomQuartier, Hellbrunn, el ascensor del Mönchsberg, el teleférico del Untersberg y el paseo en barco por el Salzach. La de veinticuatro horas arranca alrededor de los treinta y cinco euros, y solo la fortaleza, la casa de Mozart y un tercer museo ya se acercan a esa cifra. Si vas a entrar a tres o cuatro sitios, compensa; si tu plan es pasear, no.

Un aviso estacional: en invierno cierran varias de las atracciones incluidas, entre ellas Hellbrunn y los paseos en barco.

La mañana: Mirabell y la orilla derecha

Empieza por el lado norte del río, que es donde está el palacio de Mirabell. El palacio en sí alberga oficinas municipales y solo se visita su escalera y la sala de mármol, pero lo que importa aquí son los jardines, que son gratuitos: parterres geométricos, estatuas mitológicas, el teatro de setos y, sobre todo, una vista alineada del centro histórico con la fortaleza en lo alto que es la mejor foto de la ciudad.

Es también, para quien le interese, uno de los escenarios más reconocibles de Sonrisas y lágrimas, con la escalinata donde se rodó la escena del do-re-mi. Verás grupos enteros repitiendo la coreografía, y forma parte del espectáculo.

Desde allí, baja hacia el río y cruza por uno de los puentes peatonales. El Salzach parte la ciudad en dos y desde sus orillas se tiene la mejor perspectiva del conjunto: la muralla de casas del casco antiguo, las cúpulas verdes y la fortaleza encima.

El casco antiguo: la Getreidegasse y Mozart

La Getreidegasse es la calle principal del centro histórico y una de las más fotografiadas de Austria, con sus carteles de hierro forjado colgando sobre la calzada. Esos rótulos no son decoración retro: se usaban para identificar los comercios en una época en que buena parte de la población no sabía leer, y hoy hasta las cadenas internacionales están obligadas a tener el suyo en el mismo estilo. El resultado es que un McDonald's tiene ahí un cartel barroco de hierro forjado, que es de las cosas más vienesamente austriacas que existen.

En el número 9 está la casa natal de Mozart, donde nació el 27 de enero de 1756 y donde vivió hasta los diecisiete años. La fachada amarilla es inconfundible y dentro se conservan instrumentos, cartas, retratos y objetos familiares. Es una visita corta y bastante concurrida. Al otro lado del río está la Mozart Wohnhaus, la casa donde la familia vivió después, menos visitada y para mi gusto mejor montada.

Y aquí un apunte honesto: Salzburgo explota la figura de Mozart hasta un punto que roza la caricatura, con bombones, licores y camisetas por todas partes. La ciudad, además, lo trató bastante mal en vida y él se marchó a Viena en cuanto pudo. Conviene saberlo para tomarse el envoltorio con cierta distancia.

Las plazas, la catedral y la abadía de San Pedro

El corazón del casco antiguo es un encadenado de plazas conectadas entre sí, y esa es una de las cosas que hacen especial a Salzburgo: no hay una plaza mayor, hay una secuencia.

La Residenzplatz, con su fuente barroca monumental, y la Domplatz dan acceso a la catedral, un edificio barroco enorme, blanco y luminoso, donde fue bautizado Mozart y donde él mismo trabajó como organista. Se entra gratis, aunque el conjunto museístico del DomQuartier, que enlaza la Residencia, la galería, el museo de la catedral y el de San Pedro por un recorrido en alto, se paga aparte y merece la pena si te interesa el barroco.

Muy cerca está la abadía de San Pedro, fundada en el año 696 y una de las más antiguas del mundo germánico en funcionamiento continuo. Su cementerio es de esos sitios que se recuerdan: nichos con verjas de hierro forjado y flores, arcadas encajadas contra la pared de roca del Mönchsberg y, al fondo, las catacumbas excavadas en la propia montaña, a las que se sube por unas escaleras estrechas. Y en la misma abadía está St. Peter Stiftskulinarium, que reclama ser el restaurante más antiguo de Europa en funcionamiento, documentado desde el año 803.

La fortaleza de Hohensalzburg

Domina la ciudad desde lo alto del Festungsberg y es el símbolo de Salzburgo. Se empezó a construir en 1077 y creció durante siglos hasta convertirse en la fortaleza medieval más grande completamente conservada de Europa Central, algo que consiguió por una razón muy poco heroica: nunca llegó a ser tomada por asalto.

Se sube en el Festungsbahn, el funicular más antiguo de Austria, en servicio desde 1892, o andando por un camino en cuesta de unos veinte minutos. Arriba hay salas medievales, un órgano monumental apodado el toro de Salzburgo, un museo de marionetas y, sobre todo, la vista: la ciudad entera abajo, el Salzach cruzándola y los Alpes cerrando el horizonte.

Calcula al menos dos horas contando subida, visita y bajada. Y ve pronto, porque a media mañana la cola del funicular se hace larga.

El Mönchsberg: la otra montaña, la que casi nadie sube

Aquí va el consejo que a mí me parece más valioso de este artículo, porque es la parte que la mayoría se salta.

El Mönchsberg es la otra montaña urbana, paralela a la de la fortaleza, y se sube en un ascensor excavado en la roca que tarda treinta segundos. Arriba hay tres cosas: el Museo de Arte Moderno, en un edificio contemporáneo de piedra clara; una terraza con una de las mejores vistas de la ciudad, mejor incluso que la de la fortaleza porque desde aquí se ve la fortaleza; y un camino de cresta que recorre la montaña entera entre bosque, con miradores sucesivos y prácticamente nadie.

Ese paseo por lo alto del Mönchsberg, con la ciudad apareciendo y desapareciendo entre los árboles, es la mejor media hora que se puede pasar en Salzburgo. Y es gratis si subes andando.

Hellbrunn y las fuentes trucadas

A unos veinte minutos en autobús del centro está el palacio de Hellbrunn, un palacio de recreo construido hace más de cuatrocientos años por un príncipe arzobispo con un sentido del humor bastante particular.

Sus jardines albergan los Wasserspiele, unas fuentes trucadas diseñadas para empapar a los invitados: mesas de piedra con chorros escondidos en los asientos, grutas con sorpresas y estatuas que disparan agua cuando menos te lo esperas. La visita es guiada, dura unos cincuenta minutos y te vas a mojar, que es exactamente el punto. Es un plan divertidísimo y funciona especialmente bien con niños, aunque los adultos suelen acabar riéndose más.

Solo funciona en temporada, aproximadamente de finales de marzo a principios de noviembre.

El festival, y cuándo evitarlo

El Festival de Salzburgo, entre finales de julio y finales de agosto, es uno de los grandes acontecimientos de música clásica y ópera del mundo, y llena la ciudad de un ambiente extraordinario.

También la llena de gente y dispara los precios del alojamiento. Si vienes por el festival, perfecto. Si no, y puedes elegir fechas, evita esas semanas.

Comer y beber

De la repostería local, los Salzburger Nockerl son el emblema: tres montículos de suflé dulce que representan las tres colinas de la ciudad, servidos calientes y hechos al momento, así que hay que pedirlos con antelación y compartirlos porque la ración es enorme.

Y hay un sitio que yo pondría en cualquier lista de imprescindibles: el Augustiner Bräustübl, la cervecería del monasterio agustino, en el barrio de Mülln. Es una cervecería-jardín enorme donde la cerveza se sirve tirada directamente de barriles de madera en jarras de cerámica que uno mismo enjuaga en una fuente antes de que se la llenen, y donde la comida se compra en un pasillo de puestos independientes. Mesas corridas, castaños, ambiente local y precios sensatos. No hay nada más salzburgués que eso.

Cuánto tiempo dedicarle

Con un día cabe lo esencial: jardines de Mirabell, la Getreidegasse con la casa de Mozart, las plazas y la abadía de San Pedro, la fortaleza y, si el cuerpo aguanta, el Mönchsberg al atardecer.

Con dos días puedes añadir Hellbrunn con las fuentes trucadas, el DomQuartier, la Wohnhaus de Mozart y, sobre todo, tiempo muerto: sentarse en una plaza, cruzar el río sin motivo, subir al Mönchsberg y no bajar en un buen rato. Es la diferencia entre ver la ciudad y disfrutarla.

Con tres, ya entran una excursión al Salzkammergut, a Eisriesenwelt o al teleférico del Untersberg, que sube a mil ochocientos cincuenta metros a un cuarto de hora del centro.

Yo la vi mal, con fiebre y con prisa, y aun así me quedó claro que es una ciudad de primerísimo nivel. Cuando vuelva, le voy a dar los dos días que se merece. Y probablemente el segundo lo dedique casi entero al Mönchsberg y a la cervecería del monasterio, que es donde intuí que estaba lo bueno y no tuve fuerzas para quedarme.

Salzburgo cierra la ruta en coche por el Tirol y Salzburgerland, y también es una de las excursiones posibles desde Viena, aunque con matices que cuento en la guía de excursiones desde Viena.