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El palacio de Belvedere de Viena, con sus jardines barrocos escalonados y las fuentes ornamentales en primer plano.

Destinos · Austria · Viena

Qué ver en Viena en 3 días

Tres días es el formato ideal para Viena: dan para el centro imperial, para los museos y para el tercer día, que es donde la ciudad deja de ser un escaparate y empieza a parecerse a sí misma.

Lectura de 9 minutos

Por qué el tercer día es el que importa

Con uno o dos días en Viena se ve lo obvio, que es mucho y es magnífico: la catedral, el Hofburg, la Ringstrasse, Schönbrunn, un gran museo, Klimt. Es un programa impecable y a la vez tiene un problema que cuesta admitir.

Viena es una ciudad que se admira más de lo que se ama. Todo funciona con una eficiencia centroeuropea que convierte cualquier trámite en algo fluido, todo está impecablemente conservado y cada rincón parece diseñado para ser fotografiado. Y de tanta perfección acumulada surge la pregunta: cuando todo es excepcional, ¿algo llega a ser realmente especial? Después de dos días recorriendo grandiosidad imperial, la sensación puede ser la de haber visto una ciudad extraordinaria sin haberla llegado a tocar.

El tercer día sirve exactamente para eso. Para salir del anillo, para ver dónde vive la gente, para subir a los viñedos o para cruzar a otro país. Es el día que convierte la visita en un viaje.

Cómo repartir los tres días

El esquema que funciona es este: el primer día para el centro histórico y la Viena imperial, el segundo para los museos y el arte, y el tercero para elegir entre tres opciones muy distintas según lo que te apetezca. Los dos primeros están desarrollados con más detalle en el itinerario de Viena en dos días; este artículo se centra en cómo aprovechar el tercero.

Para moverte, el abono de setenta y dos horas de Wiener Linien ronda los diecisiete euros y cubre metro, tranvía, autobús y cercanías dentro de la ciudad. Se amortiza el primer día. Recuerda que el aeropuerto queda fuera de la zona central y necesita billete aparte, y que desde el aeropuerto el tren de cercanías cuesta alrededor de un tercio de lo que cuesta el expreso CAT por diez minutos más de trayecto.

Día 1: la Viena imperial

La catedral de San Esteban a primera hora, con sus torres desiguales y su tejado de mosaicos de colores. Después el casco antiguo sin plan fijo, bajando por el Graben y el Kohlmarkt, con desvío a la Peterskirche y la Michaelerkirche.

A media mañana, el Hofburg, que no es un palacio sino un complejo del tamaño de un barrio, con seis siglos de residencia imperial acumulados. Atraviesa los patios, sal a la Heldenplatz y decide si entras a los aposentos imperiales y al museo de Sissi.

Parada obligatoria en un Kaffeehaus tradicional, que en Viena no es un capricho sino una institución reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Media hora con un Melange y un trozo de tarta explican más de esta ciudad que dos monumentos.

Por la tarde, la Ringstrasse: un tramo a pie desde la Ópera hasta el Parlamento y el Ayuntamiento, y el resto en las líneas de tranvía 1 y 2, que recorren buena parte del anillo con un billete normal. En el camino queda la Votivkirche, levantada en el punto donde el emperador sobrevivió a un atentado, que es un ejemplo muy vienés de convertir una cicatriz en monumento.

Y al atardecer, el DonauKanal, con sus terrazas flotantes, sus murales y su ambiente informal junto al agua. Es el mejor contraste posible después de un día de mármol imperial.

Día 2: museos, Klimt y color

La mañana para el Kunsthistorisches Museum, el escaparate del coleccionismo de los Habsburgo: la mayor colección de Bruegel del mundo, además de Rafael, Tiziano, Vermeer, Rubens, Caravaggio y Velázquez, y la Kunstkammer con la Saliera de Cellini. Ronda los veintidós euros online, los menores de diecinueve entran gratis y cierra los lunes salvo en verano. Enfrente, el MuseumsQuartier, los antiguos establos imperiales convertidos hoy en complejo cultural.

Al mediodía, la Karlskirche, ese experimento barroco que junta un pórtico griego, una cúpula romana y dos columnas de inspiración trajana y consigue que funcione. Y si te apetece ver el Naschmarkt, cruzalo sabiendo lo que hay: mercado histórico convertido en pasillo turístico con precios inflados.

Por la tarde, el Belvedere, con El Beso de Klimt y la mayor colección del mundo de este pintor, más Schiele y Kokoschka. Los jardines en terrazas son gratuitos y tienen una de las mejores vistas de la ciudad.

Y para cerrar, la Hundertwasserhaus, ese bloque de vivienda social de los ochenta con fachadas de colores, suelos ondulados y árboles saliendo por las ventanas, y el Prater, con la noria de 1897 que sobrevivió a dos guerras mundiales.

Día 3, opción A: Schönbrunn con calma y los viñedos

Si prefieres quedarte en Viena, esta es la mejor combinación.

Dedica la mañana a Schönbrunn sin prisa. Entra al palacio, que con dos días largos por delante ya no obliga a elegir, recorre los jardines completos, que ocupan más de ciento sesenta hectáreas y son gratuitos, sube a la Gloriette de 1775 para tener la ciudad de frente y, si viajas con niños o simplemente te apetece, visita el zoo, que es el más antiguo del mundo en funcionamiento continuo desde 1752.

Y reserva la tarde para el norte de la ciudad, que es donde poca gente llega. En los barrios de Grinzing, Nussdorf y Neustift, todavía dentro del término municipal, hay viñedos y Heurigen: tabernas donde se sirve el vino joven de la propia casa, se come de bufé y se cena en patios al aire libre con música. Es la costumbre vienesa más auténtica que existe y no tiene absolutamente nada que ver con el centro turístico. Desde allí se puede subir al Kahlenberg, la colina desde la que se ve Viena entera y el Danubio, y desde la que las tropas cristianas bajaron a romper el asedio otomano de 1683.

Día 3, opción B: la Viena que no sale en las guías

Si lo que buscas es entender la ciudad más que visitarla, hay un itinerario alternativo muy recomendable, que desarrollo entero en la guía de la Viena que no es imperial.

El Zentralfriedhof, el Cementerio Central, es uno de los más grandes de Europa y contiene las tumbas de Beethoven, Schubert, Brahms, Johann Strauss y un cenotafio de Mozart, además de una iglesia art nouveau extraordinaria. Es enorme, tranquilo y sorprendentemente hermoso.

De vuelta hacia el centro, merece la pena parar en el monumento al Ejército Rojo de la Schwarzenbergplatz, ese conjunto soviético que Viena está obligada a conservar por el Tratado de Estado de 1955 y que hoy sigue ahí, incómodo y contradictorio, como recordatorio de que esta ciudad estuvo ocupada y dividida en cuatro sectores durante una década.

Y la tarde, en la Donauinsel, la isla artificial de veintiún kilómetros creada como obra hidráulica contra las inundaciones y convertida en la zona de ocio al aire libre de los vieneses: bicicleta, baño, terrazas y ni un turista a la vista. O en el Karl-Marx-Hof, el kilómetro largo de vivienda social de los años veinte que es el símbolo de la Viena Roja y una de las obras de urbanismo social más influyentes del siglo XX.

Día 3, opción C: salir de la ciudad

Y la tercera opción es no quedarse. Viena está muy bien conectada y tiene excursiones de un día muy distintas entre sí.

Bratislava está a poco más de una hora en autobús o en tren, y es otro país. La mayoría la visita en unas horas y se lleva una idea incompleta, pero incluso así merece muchísimo la pena: un casco medieval compacto, un castillo sobre la colina, las estatuas de bronce repartidas por las calles y una escala mucho más humana e íntima que la de Viena. Yo le dediqué cuatro días y fue una de las mejores decisiones de aquel viaje, así que como excursión de un día se queda corta pero funciona.

El valle del Wachau, siguiendo el Danubio río arriba, es un paisaje de viñedos en terrazas declarado Patrimonio de la Humanidad, con la abadía barroca de Melk dominando el río y pueblos como Dürnstein y Krems. Se puede hacer en tren, en barco o combinando ambos, y es probablemente la excursión más bonita desde Viena. Estas y otras opciones están desarrolladas en la guía de excursiones desde Viena.

Y Baden bei Wien, a media hora en tranvía interurbano, es la vieja ciudad balneario donde veraneaba la corte, con parque termal, casino y un aire de decadencia elegante muy agradable.

Dónde comer los tres días

Al margen del café vienés, que es capítulo aparte, la cocina local es contundente y sin adornos. El Wiener Schnitzel auténtico es de ternera y ocupa el plato entero. El Tafelspitz, la carne cocida con sus guarniciones, era el plato favorito de Francisco José. El Gulasch vienés es más suave que el húngaro. Y en los postres es donde esta ciudad brilla: Sachertorte, Apfelstrudel y Kaiserschmarrn.

La regla es la misma que en cualquier capital: sal del Ring. Un Gasthaus de barrio da mejor comida y mejor precio que cualquier local con la carta en seis idiomas.

El balance de tres días

Tres días bastan para conocer Viena razonablemente bien y para hacerse una idea propia de ella, que es lo importante.

Probablemente saldrás con la sensación de haber visto una ciudad objetivamente magnífica, ordenada, culta y perfecta, y quizá también con la sospecha de que no te ha enamorado del todo. A mí me pasó, y no lo digo como reproche: hay ciudades que se respetan, se admiran y se aprecian sin que lleguen a generar pasión, y Viena es la campeona de esa categoría.

Lo que sí te aseguro es que el momento que recordarás no será ninguno de los grandes monumentos. Será algo mucho más pequeño: un paseo junto al canal al atardecer, una tarde en un patio de Grinzing, o media hora sentado en un café de mármol con un periódico que no puedes leer. Ahí es donde está Viena de verdad.