
El cementerio de Laeken: el secreto mejor guardado de Bruselas
Guía para visitar el cementerio monumental de Laeken, el Père-Lachaise belga: mausoleos neogóticos, una galería funeraria subterránea única en el país, la cripta real bajo la iglesia y todo lo que hay alrededor. Cómo llegar, cuánto tiempo dedicarle y por qué casi ningún turista lo pisa.
Hay una jerarquía tácita en los viajes que casi nadie discute: primero lo obligatorio, después lo recomendable y al final, si queda tiempo, lo raro. Este artículo va de un sitio que en Bruselas ocupa el último escalón por pura inercia de las guías y que, sin embargo, es de largo el lugar más extraordinario que vi en cuatro días de ciudad. El cementerio de Laeken no aparece en la primera página de casi ningún listado de qué ver en Bruselas. Debería.
Está en el norte, más allá del Atomium, en un barrio residencial y tranquilo que el turismo no pisa. No se paga entrada, no hay colas, no hay tienda de recuerdos y probablemente compartas el recorrido con cuatro personas más. Y lo que hay dentro está en la misma categoría que el Père-Lachaise de París o el Staglieno de Génova: un museo al aire libre de escultura funeraria del siglo XIX, con una galería subterránea que no tiene equivalente en Bélgica.
Por qué existe un cementerio así en un barrio periférico¶
La historia empieza con una decisión sanitaria y termina con una competición de vanidades, que es como suelen empezar y terminar los grandes cementerios monumentales europeos.
El de Laeken se creó en 1796, durante la ocupación napoleónica de Bélgica, cuando el gobierno francés ordenó el cierre de los cementerios parroquiales situados dentro de las ciudades por razones de salubridad. Lo que era hasta entonces un camposanto de aldea junto a la iglesia parroquial quedó convertido en el cementerio de una localidad que todavía era independiente: Laeken no se anexionó a Bruselas hasta 1921, y el edificio del antiguo ayuntamiento, un pequeño inmueble neorrenacentista flamenco que sigue en pie junto a la iglesia, todavía conserva ese aire de consistorio de pueblo que tuvo durante décadas.
Lo que transformó ese cementerio en lo que es hoy fue la monarquía. Cuando Leopoldo I decidió que la familia real belga se enterraría en Laeken, el lugar adquirió de golpe un prestigio que la alta burguesía bruselense del siglo XIX no dejó pasar. Enterrarse cerca de los reyes era una declaración social, y a partir de ahí las grandes familias compitieron por levantar los mausoleos más impresionantes. El resultado, acumulado a lo largo de todo el siglo, es una densidad de escultura funeraria que muy pocos cementerios europeos igualan.
Lo que se ve: mausoleos, ángeles y una libertad estilística absoluta¶
Entrar en Laeken es entrar en un catálogo de todo lo que el siglo XIX consideró apropiado para la muerte, sin ninguna disciplina de conjunto y con un resultado que debería ser caótico y no lo es.
Hay tumbas que son catedrales góticas en miniatura, con arbotantes, pináculos y gárgolas a escala reducida. Hay capillas familiares con vidrieras emplomadas todavía intactas. Hay ángeles de mármol a tamaño natural inclinados sobre losas, medallones con retratos en relieve, alegorías de la Muerte y de la Eternidad con los ojos vendados, obeliscos de inspiración egipcia junto a columnatas griegas y templetes neoclásicos. La mezcla de estilos es libérrima, cada familia contrató a su escultor y encargó lo que le pareció, y esa ausencia total de criterio unificador acaba produciendo, paradójicamente, una coherencia atmosférica muy potente: la coherencia de una época entera que creía en la representación monumental de sí misma.
Entre las piezas destacadas hay una fundición en bronce de El pensador de Rodin presidiendo una de las sepulturas, que es exactamente el tipo de cosa que uno no espera encontrar en un cementerio de barrio a las afueras de Bruselas y que da la medida del nivel del conjunto. Merece la pena caminar sin rumbo por las calles del cementerio en lugar de buscar tumbas concretas: el placer está en doblar una esquina y encontrarte de frente con una escultura que en cualquier otra ciudad tendría cartel explicativo y visitantes haciendo cola.
La galería subterránea: la parte que nadie se espera¶
Y luego está lo de abajo, que es lo que convierte la visita en algo que cuesta olvidar.
Bajo una parte del cementerio se extiende una galería funeraria subterránea, un corredor abovedado con nichos y capillas excavado en el siglo XIX y sin equivalente en el resto de Bélgica. Bajar a ese espacio es entrar en una oscuridad labrada en piedra que se diseñó con toda la intención de impresionar a quien la recorriera, y sigue cumpliendo su función siglo y medio después. La luz entra a cuentagotas por los respiraderos, el sonido cambia, la temperatura baja, y uno tiene la sensación muy física de estar en un lugar concebido para producir exactamente esa sensación.
No es un sitio siniestro ni pretende serlo. Es solemne, que es distinto. El siglo XIX trataba la muerte con una teatralidad que hoy nos resulta ajena y que en Laeken se puede recorrer a pie sin intermediarios, sin audioguía y sin público. Si vas a visitar el cementerio, comprueba antes que la galería esté accesible: por conservación o por obras puede estar cerrada temporalmente, y sería una lástima hacer el viaje hasta el norte de Bruselas y perdérsela.
La iglesia y la cripta real¶
El cementerio rodea la Iglesia de Nuestra Señora de Laeken, que forma parte inseparable de la visita. La proyectó Joseph Poelaert, el mismo arquitecto del descomunal Palacio de Justicia del centro, aunque aquí el resultado es infinitamente más equilibrado: un templo neogótico construido entre 1854 y 1872 por encargo de Leopoldo I, con una aguja que alcanza los 90 metros y piedra calcárea blanca que los años y la humedad del norte han ido tiñendo de gris.
El encargo tenía un propósito muy concreto: Leopoldo I quería un lugar de enterramiento para la dinastía que acababa de fundar. Bajo la iglesia está la cripta real, donde descansan los monarcas belgas y buena parte de la familia: el propio Leopoldo I; Leopoldo II, el rey que convirtió el Congo en su feudo personal en una de las páginas más oscuras del colonialismo europeo; Alberto I, el rey soldado de la Primera Guerra Mundial; y varios más. La cripta se abre al público en días y horarios concretos, bastante restringidos, así que conviene consultarlo antes de organizar la visita: coincidir con ella añade mucho, pero el cementerio merece el viaje aunque la encuentres cerrada.
Un detalle que suele pasar desapercibido: junto a la iglesia se conservan los restos del coro gótico de la parroquia medieval anterior, dejados en pie deliberadamente como ruina ornamental cuando se levantó el templo nuevo. Es una decisión muy decimonónica y muy romántica, y funciona.
Cómo llegar y cuándo ir¶
Laeken está al norte de Bruselas, más allá del Atomium, y se llega en metro sin complicaciones: la línea 6 tiene parada en Bockstael, a unos diez minutos andando de la iglesia y el cementerio, y desde el centro el trayecto ronda el cuarto de hora. Como el Atomium está en la misma línea, dos paradas más allá, la combinación natural es hacer los dos en la misma mañana, que es exactamente lo que recomiendo si tu viaje a Bruselas tiene cuatro días.
El cementerio abre de la mañana a la caída de la tarde, con horario más corto en los meses de invierno porque cierra con la luz. La entrada es libre. Para recorrerlo con calma, incluyendo la galería subterránea, calcula entre una hora y hora y media; sumando la iglesia y el paseo por el barrio, una mañana completa.
Sobre la estación del año, tengo una preferencia clara y es el invierno. Con los árboles pelados, la escultura queda expuesta sin la pantalla del follaje, y esa luz baja y casi horizontal que tiene el norte de Europa en diciembre le da a la piedra un carácter que en agosto no tiene. Hace frío y anochece hacia las cuatro y media, así que hay que ir por la mañana, pero la atmósfera compensa de sobra.
Y una recomendación de sentido común: esto sigue siendo un cementerio en uso, con familias que vienen a visitar a sus muertos. Fotografía todo lo que quieras, pero con la discreción que el sitio merece.
Qué más hay alrededor¶
El barrio da para completar la mañana. Muy cerca está el dominio real de Laeken, la residencia oficial de la familia real belga, cuyo castillo no es visitable pero cuyo entorno tiene dos elementos llamativos: el Pabellón Chino y la Torre Japonesa, construidos a principios del siglo XX por encargo de Leopoldo II tras quedar impresionado por la Exposición Universal de París de 1900. Llevan años cerrados por restauración, así que compruébalo antes de acercarte si te interesan; desde fuera siguen siendo una rareza arquitectónica considerable en pleno norte de Bruselas.
Los invernaderos reales de Laeken, el impresionante conjunto de estructuras de hierro y cristal diseñado por Alphonse Balat —maestro de Victor Horta— para Leopoldo II, solo abren al público unas pocas semanas al año, habitualmente entre abril y mayo, cuando las plantas están en flor. Si tu viaje coincide con esa ventana, cambia el plan y ve: es una de las grandes visitas de Bélgica y una de las más difíciles de encajar en el calendario.
Bajando desde Laeken hacia el centro a pie, el trayecto pasa por la zona de Tour & Taxis, el antiguo recinto aduanero del siglo XIX reconvertido en espacio cultural y de eventos, con naves de ladrillo rojo y estructura metálica que tienen un atractivo industrial muy fotogénico. No es un destino en sí mismo, pero como paseo de vuelta funciona mejor que meterse otra vez en el metro.
Por qué merece la pena desviarse hasta aquí¶
Bruselas es una ciudad que se disfruta más cuanto menos se ciñe uno al guion, y Laeken es la prueba. Un viajero puede pasar tres días perfectos en el centro histórico sin acercarse jamás al norte, y no habrá hecho nada mal: la Grand Place, el Sablon y las Marolles y la colina real justifican de sobra el viaje. Pero se habrá perdido lo que a mí me parece el momento más memorable de la ciudad, que además es gratis, no requiere reserva y casi nunca tiene gente.
Es una sensación difícil de replicar: estar en un lugar de primer orden que la mayoría de los visitantes ni sabe que existe, con la escultura funeraria de todo un siglo alrededor y el silencio de un barrio residencial en el norte de una capital europea. Si tienes cuatro días en Bruselas, dedícale una mañana. Si tienes tres y ya conoces lo esencial, cambia el barrio europeo por esto y no te arrepentirás.