
Qué ver en Bruselas en 2 días
Itinerario para un fin de semana en Bruselas: el centro histórico y la Grand Place el primer día, la colina real, el Sablon y las Marolles el segundo. Con alternativas para el segundo día, consejos de alojamiento y qué hacer si viajas en diciembre.
Dos días es el formato en el que la mayoría de la gente conoce Bruselas, y no es casualidad: es exactamente lo que dura un fin de semana europeo con vuelo el viernes por la tarde y regreso el domingo por la noche. También es, en mi opinión, el mínimo razonable para llevarse una idea justa de la ciudad. Con un solo día uno ve la Grand Place, se hace la foto del Manneken Pis y se marcha con la impresión de haber visitado una capital agradable pero menor. Con dos, empieza a entender por qué Bruselas es bastante más interesante de lo que su reputación sugiere.
La clave está en cómo se reparte el tiempo. El primer día se va inevitablemente en lo obligatorio, que además está todo concentrado en un radio de quinientos metros. El segundo es el que decide qué tipo de viaje has hecho, y ahí es donde conviene tomar una decisión consciente en lugar de improvisar.
Cómo organizar el fin de semana¶
Bruselas está partida en dos alturas y esa topografía es la que debe ordenar el itinerario. Abajo, en la ville basse, están la Grand Place, las galerías comerciales, las calles de restaurantes y el antiguo barrio portuario. Arriba, en la ville haute, se agrupan los palacios, los grandes museos y las instituciones. Entre ambas hay una cuesta que se salva por escalinatas y por el Mont des Arts, y el error más común del visitante de fin de semana es subirla y bajarla cuatro veces por no haber agrupado las visitas por nivel.
El reparto que mejor funciona es dedicar el primer día íntegro a la ciudad baja y el segundo a la alta, bajando por el sur hacia el Sablon y las Marolles al final de la jornada. Todo el itinerario es caminable: desde la Grand Place hasta el Sablon hay diez minutos, y hasta Sainte-Catherine otros diez en dirección contraria. En dos días no necesitarás el metro salvo para llegar desde el aeropuerto y para volver.
Sobre el alojamiento, la zona de Sainte-Catherine es la mejor combinación posible de ubicación y ambiente: céntrica, con vida de barrio, buenos restaurantes de pescado y sin la saturación de las calles inmediatas a la plaza mayor. El entorno de la Gare du Midi sale bastante más barato y está a un paseo o a pocos minutos en tranvía, con la ventaja añadida de la conexión directa al aeropuerto y a los trenes internacionales.
Día 1 por la mañana: la Grand Place y el centro histórico¶
Empieza en la Grand Place y hazlo temprano, porque a media mañana estará llena de grupos y a mediodía será una escena de móviles en alto. Es un rectángulo irregular de unos 110 por 68 metros rodeado por las fachadas de los gremios medievales, Patrimonio de la Humanidad desde 1998, y su historia explica el efecto que produce: en 1695 el ejército de Luis XIV bombardeó la ciudad durante treinta y seis horas y dejó dos tercios de Bruselas en ruinas. Solo sobrevivió la torre gótica del Ayuntamiento, de 96 metros y del siglo XV. Todo lo demás se reconstruyó entre 1696 y 1700, en apenas cuatro años y de forma coordinada, y de ahí esa homogeneidad estética tan poco frecuente en plazas formadas por edificios de propietarios distintos.
A dos minutos, bajando por la Rue de l'Étuve, está el Manneken Pis. Dedícale cinco minutos y no te enfades: son sesenta y un centímetros de bronce de 1619 con una cola permanente de gente esperando para fotografiarlo. Lo divertido no es la figura sino su guardarropa, con más de mil trajes en miniatura donados por reyes, presidentes e instituciones de medio mundo, conservados en el Musée de la Ville de Bruxelles y cambiados en fechas señaladas. La ciudad completó la broma con el Jeanneke Pis, la versión femenina de 1987, y el Zinneke Pis, un perro orinando sobre un poste desde 1998.
Subiendo hacia el norte están las Galerías Saint-Hubert, de 1847, consideradas la galería comercial cubierta más antigua de Europa que conserva su función original. Bóveda de cristal y hierro, dos niveles de tiendas, tres tramos con nombres de la realeza y un cine que sigue proyectando en versión original. Es el salto de la Bruselas gremial a la Bruselas burguesa del XIX, y atravesarlas de punta a punta cuesta diez minutos muy agradables.
Para comer, el Îlot Sacré, el laberinto de callejuelas al nordeste de la plaza donde se concentran los restaurantes de mejillones. Elige con criterio, desconfía del camarero que sale a la acera con demasiado entusiasmo y pide moules-frites: mejillón de las costas de Zelanda al vapor con apio, cebolla, perejil y mantequilla, con patatas fritas de doble fritura que es lo que les da esa textura que casi nadie fuera de Bélgica consigue imitar. Acompáñalo con una cerveza local y déjate aconsejar, que el país tiene más de mil quinientas variedades.
Día 1 por la tarde: Sainte-Catherine y el regreso nocturno a la plaza¶
La tarde del primer día es para el oeste del centro, que es la parte que la mayoría de visitantes de fin de semana se salta y que tiene más vida real. El camino pasa por la Bolsa de Bruselas, edificio eclecticista de 1873 cargado de columnas y relieves alegóricos en los que participó el taller de Rodin cuando el escultor aún se ganaba la vida decorando fachadas ajenas.
Poco después se llega a la Place Sainte-Catherine, el antiguo barrio portuario. Cuesta imaginarlo hoy, pero Bruselas tuvo puerto fluvial durante siglos: el río Senne y una red de canales la conectaban con el mar a través de Amberes, y en los muelles de esta zona se descargaba pescado, grano y mercancías de toda Europa. El canal se enterró en el siglo XIX para trazar los bulevares y quedó la plaza actual, con los restos de la Tour Noire —un fragmento de la primera muralla del siglo XIII— asomando entre los edificios como un anacronismo de piedra. La herencia pesquera sobrevive en los restaurantes: esta es la mejor zona de la ciudad para comer pescado y marisco, y una opción de cena muy superior a repetir en el Îlot Sacré.
El primer día tiene que cerrarse volviendo a la Grand Place de noche. La iluminación cambia por completo la percepción de las fachadas, la piedra dorada gana profundidad y el efecto de doblar la última esquina y ver la plaza aparecer entera vuelve a funcionar aunque ya la hayas pisado por la mañana. Es el momento que más gente recuerda de un viaje a Bruselas y no admite sustitutos.
Día 2 por la mañana: la colina real y el palacio enterrado¶
El segundo día es el que separa un fin de semana correcto de uno bueno, y empieza subiendo. De camino, casi obligatoriamente, se pasa junto a la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, principal iglesia católica de Bélgica y sede de coronaciones y funerales reales, con fachada gótica de dos torres gemelas sin rematar de los siglos XIII al XV y cripta románica del XI bajo el altar. Dentro, las vidrieras renacentistas donadas por Carlos V y los púlpitos barrocos tallados compensan de sobra la piedra gris y tiznada del exterior.
Arriba está el Mont des Arts, el espacio escalonado con jardines que une los dos niveles de la ciudad y desde cuya terraza superior se obtiene la mejor panorámica del centro histórico, con la torre del Ayuntamiento recortada sobre los tejados. A pocos pasos, la Place Royale es un octógono neoclásico de proporciones exactas, con fachadas uniformes de piedra blanca, la iglesia de Saint-Jacques-sur-Coudenberg cerrando el fondo y la estatua ecuestre de Godofredo de Bouillón en el centro desde 1848.
Lo verdaderamente fascinante de esta plaza, sin embargo, está debajo. Bajo los adoquines y los sótanos del entorno se conservan los restos del Palacio de Coudenberg, residencia de los duques de Borgoña y después de los Habsburgo, que dominó esta colina durante más de cuatro siglos. Aquí Carlos V recibió a Erasmo de Rotterdam, aquí vino Tiziano a retratarle y desde aquí anunció el emperador su abdicación en 1555 ante los Estados Generales. El palacio ardió en 1731 en un incendio que tardó días en extinguirse y sobre sus ruinas se construyó la plaza que hoy se pisa. Los restos arqueológicos son visitables bajo tierra y son, con diferencia, la visita más infravalorada del centro de Bruselas.
Al lado están los Musées Royaux des Beaux-Arts, con el mayor conjunto de Bruegel el Viejo fuera de Viena más Van der Weyden, Memling y Rubens, y el Museo Magritte, con más de doscientas obras que permiten seguir al surrealista belga desde sus primeros trabajos académicos hasta los bombines y las pipas que reconoce todo el mundo. En un viaje de dos días, este conjunto es el único museo que yo metería en el programa, y aun así hay que decidirlo con conocimiento de causa: son dos o tres horas que salen de otra parte del día. Si eres de museos, entra y recorta el Sablon. Si prefieres calle, sáltatelo y quédate con la mejor razón para volver.
Si en lugar de museo eliges paseo, a pocos metros se abre el Parc de Bruxelles, jardín formal de 1776 con avenidas diagonales que se cruzan en ángulos exactos, arriates simétricos y estatuas mitológicas repartidas con criterio; hay una teoría bien documentada, aunque no unánime, de que su trazado incorpora simbología masónica de las logias aristocráticas de la época. Lo que sí es seguro es que en septiembre de 1830 hubo combates en sus inmediaciones entre revolucionarios belgas y tropas holandesas, y que aquel enfrentamiento decidió en la práctica la independencia del país. Al fondo cierra la perspectiva el Palais de la Nation, sede del Parlamento Federal de un país con once millones de habitantes, seis parlamentos y seis gobiernos, que además ostenta el récord mundial de haber pasado 541 días consecutivos sin gobierno federal sin que se derrumbara nada.
Día 2 por la tarde: el Sablon y las Marolles, las dos Bruselas¶
La tarde del segundo día es la mejor de todo el fin de semana, porque en apenas cien metros se pasa de una Bruselas a su contraria.
El Grand Sablon es un square alargado y arbolado rodeado de anticuarios y galerías de arte. El nombre viene de sable, arena: era terreno arenoso extramuros de la ciudad medieval que fue ganando categoría social hasta convertirse en el barrio de los marchantes. Hoy los escaparates —muebles flamencos del XVIII, porcelana de Meissen, relojes de péndulo, primeras ediciones encuadernadas en piel— son tan interesantes como el género que guardan dentro. Si tu fin de semana incluye el domingo por la mañana, la plaza acoge un mercado de antigüedades que frecuentan los coleccionistas locales y que a media tarde ya ha recogido.
Aquí es donde el chocolate belga se toma en serio. Wittamer, fundada en 1910 y con local en la plaza desde hace décadas, dispone los pasteles con precisión de joyería; Pierre Marcolini, un poco más al norte, trabaja cacao de origen único y ha conseguido que el chocolate se discuta con el vocabulario del vino. El país produce unas 220.000 toneladas anuales, tiene más de dos mil chocolaterías artesanales y fue aquí donde en 1912 Jean Neuhaus inventó la praline rellena. Cerrando la plaza por el norte, la Iglesia de Notre-Dame du Sablon es uno de los mejores ejemplos del gótico brabantino tardío, levantada entre los siglos XV y XVI con esa piedra caliza blanca que gana textura con los siglos.
Subiendo hacia el sur aparece el Palais de Justice y aparece de una forma que cuesta describir: 26.000 metros cuadrados, cúpula de 104 metros, el edificio más grande del mundo cuando se inauguró en 1883. Su arquitecto, Joseph Poelaert, demolió buena parte del barrio de las Marolles para levantarlo y los vecinos no se lo perdonaron nunca; todavía hoy, en el dialecto bruselense, la palabra architect conserva connotaciones insultantes que derivan directamente de él. Desde su explanada hay una panorámica excelente del bajo Bruselas, con el Atomium recortado al fondo.
Bajando por la Rue Haute se cruza la Église Notre-Dame de la Chapelle, la iglesia más antigua de Bruselas en pie, consagrada en 1134, donde está enterrado Pieter Bruegel el Viejo, que vivió y murió a pocos metros. Y después llegan las Marolles, el barrio popular que quedó literalmente bajo la sombra del Palacio de Justicia y que conserva un carácter resistente: tiendas de segunda mano, cafés de barrio, talleres, edificios sin renovar para consumo turístico. Su corazón es la Place du Jeu de Balle, donde cada mañana de seis a dos se monta el mercadillo de objetos usados más antiguo de la ciudad; si llegas por la tarde lo encontrarás desmontado, que es otra versión igual de honesta del barrio. Muy cerca, la Cité Hellemans es un conjunto de viviendas sociales de principios del siglo XX en ladrillo visto con toques Art Nouveau, uno de los primeros intentos serios de dar vivienda digna a la clase obrera del barrio y todavía habitado con esa misma función.
Este contraste entre el Sablon burgués y las Marolles populares, separados por una cuesta de cinco minutos, es probablemente lo que mejor explica Bruselas como ciudad. Y es justo lo que se pierde quien solo viene un día.
Cómo cambiar el segundo día si prefieres otra cosa¶
El itinerario anterior es el que mejor funciona para la mayoría, pero no es el único posible y hay al menos dos alternativas que merecen consideración.
La primera es cambiar la tarde del Sablon por el Parcours BD, el recorrido de los murales de cómic. Bélgica es la capital mundial de la historieta europea —Tintín, los Pitufos, Lucky Luke, Spirou, el Marsupilami son todos belgas— y desde 1991 la ciudad viene pintando murales de gran formato en las medianeras del centro, que hoy superan los cincuenta. No hay ruta oficial única y esa es la gracia: caminar buscando fachadas obliga a levantar la vista y a meterse por calles que de otro modo no pisarías. Se puede rematar en el Centre Belge de la Bande Dessinée, instalado en un almacén de tejidos que Victor Horta diseñó en 1906 y reconvertido en museo del cómic en 1989.
La segunda alternativa, más radical, es dedicar la mañana del segundo día al norte de la ciudad: el Atomium, con sus nueve esferas de acero de dieciocho metros construidas para la Exposición Universal de 1958, y sobre todo el barrio de Laeken y su cementerio monumental, uno de los grandes camposantos decimonónicos de Europa, en la misma categoría que el Père-Lachaise parisino, con mausoleos que parecen catedrales en miniatura y galerías subterráneas bajo los más grandes. Casi ningún turista lo pisa y es uno de los lugares más extraordinarios de toda Bélgica. Exige medio día completo y metro, así que solo lo recomiendo a quien ya conozca los básicos o a quien viaje buscando precisamente lo que nadie visita.
Lo que yo no haría en dos días es meter el barrio europeo. El Berlaymont y la Rond-Point Schuman son un complemento interesante cuando sobra tiempo, pero no compiten con nada de lo anterior en un fin de semana ajustado.
Si tu fin de semana cae en diciembre¶
Un fin de semana de diciembre en Bruselas es otro viaje. El Plaisirs d'Hiver despliega mercados de Navidad por la Grand Place, Sainte-Catherine, el bulevar Anspach y el Sablon, con pista de hielo, atracciones en los antiguos muelles y un espectáculo de luz y sonido proyectado varias veces cada noche sobre las fachadas gremiales.
La consecuencia práctica es de horario: anochece hacia las cuatro y media de la tarde, así que las horas de luz son pocas y hay que gastarlas bien. Reserva la franja central del día para los interiores y las visitas que requieren luz, y deja la caída de la tarde íntegramente para los mercados. Y si tu fin de semana cae en sábado noche, cuenta con que la Grand Place alcanzará niveles de densidad humana que estropean bastante la experiencia: la noche del domingo es muchísimo mejor, con los visitantes de fin de semana ya de vuelta a casa y el mercado devuelto a los vecinos.
Dos días bastan para desmontar el prejuicio¶
Bruselas arrastra la etiqueta de capital burocrática y aburrida, y dos días son suficientes para desmontarla del todo. Lo que se descubre es una ciudad densa, con más capas por metro cuadrado de las que casi nadie espera: gótico brabantino, barroco gremial, neoclásico ilustrado, Art Nouveau, eclecticismo desmesurado del XIX y cómic en las paredes.
Lo que no bastan es para agotarla. Fuera de este itinerario quedan el Atomium si no cambiaste el plan, el barrio europeo con las fachadas Art Nouveau del Square Ambiorix, la basílica de Koekelberg, los mercadillos, la cultura cervecera en serio y el cementerio de Laeken. Con un tercer y un cuarto día todo eso entra sin agobios, y es exactamente lo que convierte una escapada correcta en un viaje que se recuerda.