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Qué ver en Ohrid en un día: ruta a pie por la joya de Macedonia del Norte
Ohrid es la única ciudad macedonia que aparece por derecho propio en las guías de Europa, y basta una jornada para entender por qué. Iglesias bizantinas sobre acantilados, un teatro helenístico, una fortaleza del siglo X y el lago más antiguo del continente, todo a pie y en un circuito cerrado.
Después de varios días en Skopje, llegar a Ohrid produce un pequeño desconcierto: aquí hay turistas. Pocos comparados con cualquier destino equivalente del Mediterráneo, pero los suficientes para notar la diferencia con una capital donde se cuentan con los dedos de una mano. Hay tiendas de recuerdos abiertas, cartas en varios idiomas y gente haciéndose fotos en los miradores. Ohrid es la excepción turística de Macedonia del Norte, y la excepción está justificada.
La ciudad es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en su doble condición, cultural y natural, una combinación que muy pocos lugares del mundo tienen. A un lado, un casco histórico con iglesias medievales, restos romanos y helenísticos y una fortaleza que fue capital de un imperio. Al otro, un lago de tres millones de años con más de doscientas especies que no existen en ningún otro sitio. Y todo ello dispuesto de tal manera que se recorre a pie en una jornada sin necesidad de correr.
Por qué Ohrid funciona tan bien en un solo día¶
La geografía juega a favor. El casco antiguo ocupa una colina que baja hasta el agua, con la fortaleza coronándola y las iglesias repartidas por la ladera. Eso significa que el itinerario natural es un circuito cerrado: se bordea el lago por abajo, se sube por el extremo oeste, se recorre la parte alta y se baja de nuevo al centro por el otro lado. Cinco o seis horas de paseo con paradas, sin repetir camino y sin necesidad de transporte.
Lo que exige una jornada completa es la suma de las visitas interiores. Las iglesias principales cobran entrada, entre cien y doscientos denares cada una —dos o tres euros—, y entrar en todas se lleva un buen pellizco de tiempo. Con el día justo, y especialmente si se llega desde Skopje en excursión, hay que elegir: o dos o tres interiores bien escogidos, o el circuito completo por fuera aprovechando que buena parte del valor de Ohrid está precisamente en los exteriores, los miradores y el lago. Ambas opciones son legítimas.
Si el planteamiento es venir desde Skopje y volver el mismo día, hay que contar tres horas de autobús en cada dirección, lo que deja unas siete u ocho horas efectivas en la ciudad. Es suficiente para el itinerario que viene a continuación, pero obliga a no perder tiempo. La logística del trayecto, con horarios, precios y el asunto de la tasa de estación, da para artículo propio.
Del centro al lago: los primeros pasos¶
La estación de autobuses queda a unos veinte minutos caminando del casco antiguo, por una calle principal sin mucho interés y aceras estrechas, pero con un recorrido directo que no tiene pérdida. En el camino se atraviesa la zona de mercado, con puestos de ropa y artículos varios llenos de gente de la ciudad. Merece la pena rodearlo aunque no se compre nada: es el último tramo de Ohrid cotidiano antes de entrar en el Ohrid monumental.
La zona peatonal del centro marca el cambio de registro. Aquí aparecen las tiendas de souvenirs, los restaurantes con terraza y ese ambiente de destino asentado que en el resto del país no existe. La calle desemboca en el lago casi sin avisar: se camina entre edificios y de pronto el callejón se abre y aparece el agua.
El lago Ohrid merece que uno se pare un momento a asimilar lo que está viendo. Tiene alrededor de tres millones de años, lo que lo convierte en uno de los lagos más antiguos del planeta, y alcanza doscientos ochenta y ocho metros de profundidad, el más hondo de los Balcanes. Sus aguas se reparten entre Macedonia del Norte y Albania, cuya orilla se distingue perfectamente al fondo. Esa antigüedad explica su biodiversidad: más de doscientas especies endémicas, entre ellas la célebre trucha de Ohrid y una esponja de agua dulce que no existe en ningún otro lugar. En invierno el agua adopta un tono entre azul y gris pizarra que ninguna fotografía captura del todo.
El puerto y la pasarela de madera sobre el lago¶
La zona del puerto tiene un ritmo que recuerda más a un pueblo costero mediterráneo que a los Balcanes interiores: terrazas mirando al agua, barcas de madera pintadas de colores vivos y olor a pescado a la brasa saliendo de los restaurantes. Fuera de temporada las terrazas reducen mesas pero siguen abiertas, con braseros y mantas, y el ambiente no decae tanto como cabría esperar.
Desde el puerto arranca el tramo que probablemente sea el más memorable del día: la pasarela de madera construida sobre pilotes que se adentra en el lago y serpentea al pie de los acantilados de roca caliza. En algunos tramos el tablero queda varios metros por encima del agua, con la roca a un lado y el lago al otro, y con el crujido de la madera y el golpeteo del agua contra los pilotes como única banda sonora. Es uno de esos caminos en los que uno va más despacio de lo necesario porque no tiene ninguna gana de que se acabe.
La recompensa aparece de frente y va creciendo con cada paso: la silueta de San Juan Kaneo recortada sobre el acantilado.
San Juan Kaneo y el mirador que sale en todas las guías¶
La iglesia de San Juan Kaneo es del siglo XIII, pequeña, de piedra oscura, con la solidez compacta de la arquitectura bizantina macedonia y un emplazamiento que roza lo inverosímil: justo en el borde del acantilado, con el lago abriéndose por detrás. Se puede entrar pagando, y el interior conserva frescos, pero lo que de verdad justifica la parada está fuera.
Unos metros por encima de la iglesia hay un sendero corto que sube hasta un mirador. Desde allí se compone la imagen que aparece en todas las guías de los Balcanes: la iglesia en primer plano encajada en la roca, el lago extendiéndose hasta la orilla albanesa y las montañas nevadas cerrando el horizonte. Es una de esas vistas que uno ha visto mil veces en fotografía y que, sin embargo, funciona igual de bien en directo. Merece la pena quedarse un rato, sentarse y no hacer nada.
Desde el mirador conviene seguir subiendo en lugar de dar media vuelta, porque el camino enlaza directamente con la parte alta del casco histórico.
Plaoshnik: donde nació el alfabeto que usan cientos de millones de personas¶
Subiendo desde Kaneo se llega al complejo arqueológico de Plaoshnik, y aquí está la historia grande de Ohrid, aunque no lo parezca a primera vista. En este lugar, San Clemente de Ohrid fundó en el siglo IX lo que se considera la primera universidad de Europa. Clemente era discípulo de Cirilo y Metodio, los dos monjes que en la década de 860 crearon el alfabeto glagolítico para poner por escrito el eslavo antiguo. Fueron Clemente y Naúm quienes, desde aquí, lo desarrollaron hasta convertirlo en el alfabeto cirílico que hoy usan cientos de millones de personas desde Macedonia hasta el Pacífico.
Cuesta hacerse a la idea de que eso ocurriera en este rincón concreto de los Balcanes, en una colina sobre un lago, pero ocurrió, y el monasterio de San Pantaleón que hoy ocupa el sitio conmemora precisamente esa fundación. Junto a él están los restos de una basílica paleocristiana del siglo V con planta en forma de trébol y cuatro ábsides, visualmente muy llamativa incluso en ruinas y con restos de mosaico que se conservan protegidos.
El conjunto se recorre en media hora larga y es, junto con el mirador, la parada que menos conviene saltarse.
La fortaleza del zar Samuel y el teatro helenístico¶
Continuando la subida se corona la colina en la fortaleza del zar Samuel, con murallas que en algunos puntos alcanzan los tres metros de grosor. El origen es del primer imperio búlgaro, pero su momento de gloria fue el siglo X bajo Samuel, que convirtió Ohrid en la capital de su imperio antes de que los bizantinos acabaran con él en 1018. Se puede recorrer el adarve pagando entrada, y las vistas desde arriba abarcan la ciudad entera y el lago; conviene comprobar horarios, porque cierra en función de la temporada y no siempre coinciden con lo publicado.
Bajando por la otra vertiente aparece el teatro antiguo, del siglo II antes de Cristo, el único teatro helenístico que se conserva en el país. Tenía capacidad para cuatro o cinco mil espectadores y sigue usándose hoy para el festival de verano, que es probablemente el mejor argumento posible a favor de un edificio de veintidós siglos: que continúe haciendo aquello para lo que se construyó.
Un poco más abajo, ya en plena zona peatonal, está la iglesia de Santa Sofía, del siglo X. Fue convertida en mezquita durante el período otomano y sus frescos quedaron cubiertos de yeso, lo que paradójicamente ayudó a conservarlos hasta que se restauraron en el siglo XX. Es la visita interior que más recomendaría si solo se va a pagar una entrada en todo el día.
Comer en Ohrid y la tarde en la ciudad vieja¶
Los restaurantes de la zona antigua ofrecen la cocina macedonia habitual, con la particularidad local del pescado de lago. La trucha de Ohrid tiene sus temporadas y sus restricciones de pesca por motivos de conservación, así que conviene preguntar por el origen antes de pedirla. Como alternativa siempre está el repertorio balcánico: alubias en cazuela de barro, carne a la brasa, ajvar y ensalada con queso blanco rallado por encima. Los precios son algo más altos que en Skopje por el efecto turístico, pero siguen siendo bajos para los estándares europeos.
Después de comer, el tramo que casi nadie hace es el paseo marítimo hacia el este. El ambiente cambia por completo: edificios normales, gente local paseando, muchos menos turistas, restos de una antigua zona de baños junto al agua y un parque con bancos mirando al lago. Es una hora de calma que equilibra bien la intensidad monumental de la mañana.
Al caer la tarde conviene volver a la ciudad vieja, que suele estar bastante más animada que a primera hora. Las callejuelas con las luces encendidas, los bares con gente y una temperatura sensiblemente más suave que en el interior del país —el lago regula el clima y en invierno se nota de verdad— hacen que las últimas horas sean, para mi gusto, las mejores del día.
Ohrid en invierno y en verano: dos ciudades distintas¶
Merece la pena saber a qué versión se viene. En verano, Ohrid es un destino de playa lacustre para macedonios y albaneses, con los alojamientos llenos, los precios al alza y las callejuelas del casco antiguo funcionando a plena capacidad. Tiene su encanto y es cuando la ciudad ofrece toda su oferta: barcos por el lago, el festival en el teatro antiguo, la vida nocturna.
Fuera de temporada la ecuación cambia. Hay menos turistas, más ambiente local del que uno esperaría, la luz de invierno sobre el lago es extraordinaria y los miradores se disfrutan prácticamente en soledad. A cambio, algunos horarios se reducen, ciertos monumentos pueden estar cerrados sin previo aviso y los días son cortos, lo que aprieta bastante el itinerario si se llega desde Skopje. Con esas condiciones, la clave es no perder tiempo en la primera hora y dejar las visitas de interior para el final, cuando ya se sabe cuánto margen queda.
En cualquiera de los dos casos, la conclusión es la misma. Ohrid es la ciudad más bonita de Macedonia del Norte y no admite mucha discusión: quien solo pueda hacer una escapada fuera de Skopje, que la haga aquí.