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Los Upper Barrakka Gardens de La Valeta, con las Tres Ciudades y el Gran Puerto al fondo.

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Qué ver en La Valeta: guía completa de la capital de Malta

Todo lo que hay que ver en La Valeta en una jornada: la Concatedral de San Juan y su Caravaggio, los Upper Barrakka Gardens sobre el Gran Puerto, el Fuerte San Telmo, las calles laterales donde de verdad está la ciudad y la travesía en barca a las Tres Ciudades. Con precios, horarios, recorrido a pie y los momentos del día que más compensan.

Lectura de 15 minutos

Qué ver en La Valeta

La Valeta es la capital más pequeña de la Unión Europea y probablemente la más densa en monumentos por metro cuadrado de todo el Mediterráneo. Cabe en poco menos de un kilómetro cuadrado, se recorre entera a pie en un día largo y está declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1980. Esta guía recorre lo imprescindible, con precios y horarios actualizados, un itinerario a pie que funciona y unos cuantos avisos que ahorran tiempo y disgustos.

Una capital construida de una sola vez

Para entender La Valeta hay que saber cómo nació, porque explica todo lo que se ve al pasear. No creció poco a poco como casi todas las capitales europeas: se levantó de golpe, con un plan cerrado y por una razón militar muy concreta. En 1565, los Caballeros de San Juan y la población maltesa resistieron durante casi cuatro meses el ataque de una flota otomana muy superior en lo que se conoce como el Gran Asedio. Cuando terminó, el Gran Maestre Jean Parisot de la Valette decidió fortificar de una vez la península de Monte Sciberras, que era precisamente el punto desde el que el enemigo había bombardeado sus posiciones.

La primera piedra se puso el 28 de marzo de 1566. El trazado lo diseñó Francesco Laparelli, ingeniero militar que había trabajado con Miguel Ángel en San Pedro, y a su muerte continuó la obra el maltés Girolamo Cassar, autor de buena parte de los edificios que hoy se visitan. De ahí sale esa retícula perfecta de calles rectas que caen hacia el mar en cuestas y escalinatas, encerrada por unas murallas descomunales que todavía separan la ciudad del resto de la isla.

El resultado es una ciudad que se lee como una obra de arte urbanística completa y coherente, algo bastante raro en Europa. En ese kilómetro escaso se concentran los auberges donde se alojaba cada "lengua" o nación de la Orden, hoy convertidos en sedes de gobierno; el palacio del Gran Maestre; los jardines colgados sobre los dos puertos; y una cantidad de iglesias, palacios y museos que no le corresponde ni por tamaño ni por población.

Cómo llegar y cómo moverse por la ciudad

Llegar es fácil porque toda la red de autobuses del país converge aquí: la estación central está justo fuera de la puerta de la ciudad, junto a la fuente del Tritón, y prácticamente cualquier línea de la isla pasa por ella. Desde el aeropuerto hay conexión directa y desde la mayoría de zonas turísticas también, aunque a menudo con transbordo en esta misma estación.

Hay dos alternativas al autobús que merecen la pena por sí solas. Desde Sliema, un ferry cruza el puerto de Marsamxett en cinco minutos y deja en el muelle de Lascaris, al pie de la ciudad. Desde las Tres Ciudades, otro ferry cruza el Gran Puerto en unos diez minutos y llega al mismo muelle. Ambos rondan un par de euros por trayecto y ofrecen las mejores vistas de los bastiones que se pueden tener sin pagar un tour. Desde ese muelle, el ascensor de la Barrakka sube los cincuenta y ocho metros de desnivel hasta los jardines en veinticinco segundos por alrededor de un euro; la bajada suele ser gratuita.

Dentro de la ciudad, todo se hace andando. Es compacta, pero está construida sobre una loma y las calles transversales bajan hacia el mar en escalones anchos y bajos, diseñados así para que los caballeros pudieran subirlos con armadura puesta. Con calzado cómodo no hay problema; con sandalias de suela lisa y treinta y cinco grados, la cosa cambia. Quien tenga movilidad reducida hará bien en planificar el recorrido por la calle República y las paralelas altas, que son llanas, y usar el ascensor para salvar el desnivel del puerto. La guía de transporte público en Malta explica con detalle las tarjetas, los ferris y las líneas de autobús que llegan hasta aquí.

La entrada a la ciudad y las cicatrices de la guerra

Se entra por la puerta monumental de la ciudad, y lo primero que uno se encuentra es una discusión arquitectónica en toda regla. El conjunto de la entrada, el Parlamento y el teatro al aire libre es obra de Renzo Piano, inaugurado en 2015, y todavía divide a los malteses. El edificio del Parlamento es una mole de piedra tallada como si estuviera erosionada, apoyada sobre pilares, que a unos les parece una lección de cómo construir contemporáneo dentro de un casco histórico y a otros una intrusión imperdonable.

Justo al lado está el hueco de la antigua Ópera Real, uno de los lugares más elocuentes de la ciudad. Era un teatro victoriano de Edward Middleton Barry, el arquitecto del Covent Garden, y un bombardeo alemán lo destruyó en 1942. Estuvo décadas en ruinas mientras el país discutía qué hacer con él, y la solución final fue no reconstruirlo: hoy es un teatro al aire libre montado entre sus propias columnas rotas, la Pjazza Teatru Rjal. Ver un concierto ahí en verano es de las mejores cosas que se pueden hacer en la ciudad de noche.

Conviene tener presente ese contexto durante toda la visita, porque explica muchos huecos en el caserío. Malta fue el lugar más bombardeado de la Segunda Guerra Mundial por su posición estratégica entre Sicilia y el norte de África, y La Valeta y las Tres Ciudades se llevaron lo peor. La isla entera recibió en 1942 la Cruz de Jorge, la máxima condecoración civil británica, y la cruz sigue en la esquina de la bandera nacional.

La Concatedral de San Juan y el Caravaggio

Si solo hay tiempo para una visita de pago en La Valeta, es esta. La Concatedral de San Juan es la iglesia conventual de la Orden, levantada por Girolamo Cassar entre 1573 y 1578, y funciona como una broma arquitectónica: la fachada es austera hasta la sequedad, casi un edificio militar, y el interior es uno de los espacios barrocos más exagerados que existen. Bóveda pintada al fresco por Mattia Preti, paredes talladas y doradas hasta el último centímetro, y ocho capillas laterales, una por cada lengua de la Orden, compitiendo entre sí en ostentación.

El suelo es la otra sorpresa. Está cubierto por unas cuatrocientas lápidas de mármol policromado que cubren las tumbas de los caballeros, con calaveras, esqueletos, blasones y alegorías de la muerte compuestas en piedras de colores. Se camina sobre ellas, y ese detalle explica una de las normas de la casa: están prohibidos los tacones de aguja, sin excepciones, y en la entrada venden o prestan calzado alternativo a quien llegue con ellos. También se exige hombros y rodillas cubiertos.

En el oratorio está la pieza mayor: la Decapitación de San Juan Bautista de Caravaggio, el lienzo más grande que pintó y el único que firmó, con la firma trazada en la sangre que brota del cuello del santo. La pintó aquí, en Malta, durante su breve etapa como caballero de la Orden, antes de que lo expulsaran y tuviera que huir de la isla. En la misma sala cuelga su San Jerónimo escribiendo. La entrada general ronda los quince euros e incluye audioguía; abre de lunes a sábado, aproximadamente de nueve de la mañana a cinco menos cuarto de la tarde, y cierra los domingos y festivos religiosos. Primera hora es el mejor momento, sobre todo si hay cruceros atracados.

La calle República y las calles laterales

La calle República atraviesa la ciudad en línea recta desde la puerta hasta el Fuerte San Telmo, y es el eje sobre el que se organiza cualquier visita. Por ella se pasa junto a la Biblioteca Nacional, la plaza de la Reina, la iglesia de San Pablo Náufrago y la plaza de San Jorge, donde está el Palacio del Gran Maestre. Ese palacio fue la residencia de los grandes maestres, luego sede del gobernador británico y hoy alberga la Presidencia de la República; se visitan las salas de estado y la armería, con una de las colecciones de armaduras más importantes de Europa, por un precio en el entorno de los quince euros.

Pero la ciudad de verdad está en las transversales. Merece la pena desviarse constantemente a las calles laterales, que caen hacia los dos puertos y regalan perspectivas en pendiente con el mar al fondo. Ahí es donde se ven los gallariji, los balcones cerrados de madera pintada que son la marca de la casa de la arquitectura maltesa, con sus verdes, sus rojos y sus azules alineados en fachadas de piedra color miel. Se supone que llegaron con influencia árabe u otomana, pensados para mirar la calle sin ser visto, y hoy son el souvenir fotográfico más repetido del país.

Dos calles concretas conviene apuntar. Strait Street, un callejón estrechísimo que fue durante décadas la zona de bares, cabarets y peleas de los marineros de la flota británica, con una historia canalla que se cuenta hoy en placas y fotografías, y que tras años de abandono se ha reconvertido en el eje de la vida nocturna con terrazas entre las fachadas. Y Old Bakery Street, larga, en cuesta y con menos turistas, buena para ver cómo se vive en el casco histórico. Para quien quiera entender cómo era una casa noble por dentro, la Casa Rocca Piccola sigue siendo la residencia de una familia aristocrática maltesa y se visita con guía por unos doce euros, refugios antiaéreos incluidos.

Los Upper Barrakka Gardens y el Gran Puerto

Son el mejor mirador de Malta y, además, la entrada es libre. Los Upper Barrakka Gardens fueron desde 1661 el jardín privado de los caballeros italianos de la Orden y hoy son el balcón de la ciudad sobre el Gran Puerto. Desde su arcada se ve de una sola pasada la bahía, los diques, los astilleros, los cruceros atracados y las Tres Ciudades enfrente, con el Fuerte San Ángel cerrando la perspectiva. Es el sitio donde uno entiende de golpe por qué esta roca ha sido tan disputada durante tres mil años: es uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo, profundo, ramificado y fácil de defender.

Justo debajo está la Batería de Salvas, que dispara sus cañonazos a mediodía y a las cuatro de la tarde con una puntualidad muy británica. Se oye perfectamente desde el jardín, gratis, pero se puede bajar a la batería pagando entrada y verlo de cerca, con la ceremonia y los artilleros uniformados. Muy cerca, bajo los propios jardines, están las Lascaris War Rooms, el centro de mando subterráneo desde el que se dirigió la defensa de Malta y se planificó el desembarco en Sicilia, y que después usó la OTAN hasta 1977 para seguir a los submarinos soviéticos; se visita con tour guiado por unos diecisiete euros y es imprescindible para quien tenga interés en la Segunda Guerra Mundial.

En el otro extremo de la muralla, los Lower Barrakka Gardens ofrecen una vista distinta, más tranquila y con muchísima menos gente, junto al monumento de la Campana del Asedio, que suena cada día a mediodía en recuerdo de los caídos entre 1940 y 1943. Si el jardín de arriba está lleno de excursiones, este es el plan B, y en mi opinión no desmerece.

El Fuerte San Telmo, en la punta de la península

En el extremo de la ciudad, donde la lengua de tierra se acaba y se juntan los dos puertos, está el Fuerte San Telmo. Es el edificio con más carga histórica de Malta: en 1565 resistió durante un mes entero el asalto otomano y cayó con casi toda su guarnición muerta, pero ese mes de retraso fue lo que permitió que llegaran los refuerzos y que el asedio fracasara. Lo que se visita hoy es una reconstrucción muy posterior, porque de aquel fuerte quedó poco.

Dentro está el Museo Nacional de la Guerra, que recorre la historia militar de la isla desde la prehistoria hasta la independencia, con dos piezas estrella: la Cruz de Jorge concedida a Malta en 1942 y el biplano Gloster Sea Gladiator apodado Faith, superviviente del trío de cazas obsoletos que defendió la isla en los primeros meses de la guerra. La entrada ronda los doce euros y está incluida en el pase múltiple de Heritage Malta, que compensa si se van a visitar varios sitios gestionados por el organismo en el mismo viaje.

Aunque no se entre, el paseo hasta la punta merece la pena por sí mismo. Se bordea la muralla, se ve el faro, y desde ahí se abarcan a la vez la entrada del Gran Puerto y la del puerto de Marsamxett, con Sliema al otro lado. Es también uno de los pocos sitios donde la ciudad se queda en silencio a media tarde.

Cruzar a las Tres Ciudades

La ampliación natural de una jornada en La Valeta está enfrente, al otro lado del agua. Las Tres Ciudades —Birgu, Senglea y Cospicua, que los malteses llaman también Vittoriosa, L-Isla y Bormla— son el reverso tranquilo de la capital, con menos comercio turístico y una vida de barrio que en La Valeta ya casi no se encuentra. Allí estuvo la primera sede de los Caballeros antes de que la capital existiera.

La forma de llegar es media atracción en sí misma: se baja en el ascensor de la Barrakka hasta el muelle y se toma una de las barcas que cruzan el Gran Puerto. Son diez minutos, cuesta un par de euros y da la mejor vista posible de las murallas de La Valeta desde el agua, con los bastiones cayendo a plomo. Las embarcaciones tradicionales que cubren el trayecto, las dgħajjes, son parientas directas de los luzzus de colores de Marsaxlokk, con el mismo ojo pintado en la proa.

Si el plan es dedicarles solo media tarde, lo razonable es quedarse en Birgu, que es la más monumental, y terminar en los Gardjola Gardens, en la punta de Senglea, donde está la garita de vigía más fotografiada del país. Desde ahí se ve La Valeta entera y de frente, y al atardecer se pone dorada.

La Valeta al atardecer y de noche

Hay una idea muy extendida de que La Valeta se vacía al caer la tarde. Fue cierta durante décadas, cuando era una ciudad de oficinas que se apagaba a las siete, pero ha cambiado bastante en los últimos años y hoy hay bares y restaurantes con vida en la zona de Strait Street y alrededores.

Mi recomendación es organizar el día para acabar arriba. Los Upper Barrakka Gardens de noche son otra visita distinta: el puerto iluminado, las grúas de los astilleros recortadas contra el cielo, los reflejos en el agua y una fracción de la gente que hay a mediodía. Volver al mismo sitio con doce horas de diferencia es de las cosas que más rentabilizan una jornada en esta ciudad.

Cenar en el casco histórico es fácil y no tiene por qué ser caro si uno se aleja un par de calles de las terrazas más expuestas. Y para quien haga escala corta o vaya con presupuesto ajustado, conviene recordar que buena parte de lo mejor de La Valeta no cuesta nada: los dos jardines, las murallas, las calles, las vistas y la mayoría de las iglesias.

Cuánto tiempo necesitas y cómo organizar el día

Con una mañana se ve lo esencial: entrar por la puerta, recorrer la calle República hasta el fuerte, meterse en la Concatedral y terminar en los Upper Barrakka. Es el plan típico de quien llega en crucero o hace escala, y funciona. Con un día completo se puede añadir el Palacio del Gran Maestre o las Lascaris War Rooms, comer con calma, cruzar a las Tres Ciudades por la tarde y volver a la capital al anochecer, que es el esquema que yo recomendaría a cualquiera.

Sobre el momento del día y del año, un par de avisos. Los cruceros descargan a media mañana y la calle República se satura entre las diez y las dos; a primera hora y a partir de las cinco la ciudad es otra. Los domingos, la Concatedral cierra a visitantes y muchos comercios también, así que si solo tienes un día libre y cae en domingo, conviene reorganizar. Y en julio y agosto el calor sobre la piedra caliza es serio: sombra, agua y las horas centrales dedicadas a interiores.

Queda una cosa por decir, y es la más importante. La Valeta no es una ciudad de tachar monumentos de una lista, sino de perderse por transversales sin plan concreto, asomarse a un balcón de madera pintada y encontrarse el Gran Puerto al final de una cuesta cuando uno no lo esperaba. Todo lo anterior es la estructura; el viaje está en los desvíos.

Los precios y horarios que aparecen en este artículo corresponden a 2026 y pueden variar. Conviene confirmarlos en las webs oficiales de cada monumento antes de la visita.