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La Fuente del parque Vigeland, con figuras de bronce entrelazadas entre árboles estilizados bajo un cielo cubierto

Destinos · Noruega · Oslo

El parque Vigeland: 212 esculturas sobre el ciclo de la vida

Un solo artista, treinta y dos hectáreas y doscientas doce esculturas que narran el paso de la vida humana desde el nacimiento hasta la muerte. El parque Frogner de Oslo es el mayor conjunto escultórico del mundo creado por una única persona, es gratuito, está siempre abierto y los vecinos lo usan para salir a correr.

Lectura de 7 minutos

Hay una escena que resume Oslo mejor que ninguna descripción: alguien haciendo estiramientos junto al Monolito, una columna de granito de catorce metros con ciento veintiuna figuras humanas entrelazadas retorciéndose hacia la cima. Galería al aire libre y parque de barrio a la vez, sin que ninguna de las dos cosas le reste a la otra.

El parque Frogner —que casi todo el mundo llama parque Vigeland, por el artista— es la atracción más visitada de Noruega y una de las pocas de esta categoría en Europa que no cobra entrada. Se llega en tranvía desde el centro en un cuarto de hora, está abierto las veinticuatro horas y no hay taquilla, ni horario, ni cola.

El trato que hizo posible todo esto

Gustav Vigeland trabajó en este conjunto durante las décadas de 1930 y 1940 bajo un acuerdo poco habitual: el ayuntamiento de Oslo le proporcionó estudio, materiales y medios a cambio de que la totalidad de su obra pasara a ser propiedad pública.

Ese pacto explica dos cosas. La primera, que exista un parque con doscientas doce esculturas en bronce, granito y hierro forjado de un único autor, algo que ningún sistema de encargos convencional habría producido. La segunda, que sea gratuito: las obras son de la ciudad, y la ciudad no cobra por verlas.

También explica cierta unidad de tono que sorprende. No hay obras sueltas colocadas en un jardín: hay un programa completo, pensado como recorrido, donde cada conjunto ocupa el lugar que le corresponde dentro de una idea general.

El recorrido: de los bebés a los ancianos

El eje principal está diseñado para caminarse en orden, y hacerlo cambia bastante la experiencia.

Comienza en el puente principal, con cincuenta y ocho figuras de bronce que representan las distintas etapas de la vida: bebés, niños, parejas jóvenes, adultos, ancianos. Aquí está también la escultura más fotografiada del parque, el Sinnataggen o Niño Enfurecido, un crío en plena rabieta con los puños apretados y un pie levantado del suelo. Resulta absolutamente contemporáneo pese a llevar ochenta años fundido en bronce, y todo el mundo lo reconoce aunque no sepa de dónde. Un detalle que se nota: la mano izquierda está más pulida que el resto por el roce de millones de visitantes.

Después viene la fuente, sostenida por seis figuras masculinas que aguantan un enorme recipiente del que cae el agua, rodeada de veinte grupos de árboles con figuras humanas en distintas edades. Es la parte más narrativa del conjunto y también la que más gente pasa de largo con prisa.

Y al final, sobre una plataforma elevada rodeada de treinta y seis grupos en granito, está el Monolito: catorce metros tallados en un único bloque de piedra con ciento veintiuna figuras humanas entrelazadas ascendiendo hacia arriba. Tres canteros tardaron catorce años en tallarlo.

Es la imagen icónica del parque y también la más incómoda. Esa masa de cuerpos retorciéndose hacia la cima admite lecturas muy distintas —el ansia de trascendencia, la lucha por sobrevivir, la humanidad apiñada— y cada visitante hace la suya. Vigeland nunca dejó una interpretación cerrada, lo cual, viniendo de alguien que planificó todo lo demás al detalle, parece deliberado.

El recorrido termina en la rueda de la vida, un anillo de figuras entrelazadas que cierra el círculo: el ciclo vuelve a empezar.

Cuándo ir y cuánto tiempo hace falta

Con una hora se recorre el eje completo sin agobios. Con hora y media se puede parar en la fuente, dar la vuelta al Monolito y sentarse un rato, que es la manera correcta de hacerlo.

Sobre el momento, la ventaja de que no haya horario es que se puede elegir. A primera hora de la mañana el parque está prácticamente vacío y las esculturas se ven sin gente delante, algo que agradecerá quien vaya a fotografiar. A media mañana llegan los grupos organizados y el puente se llena. Al atardecer se vacía otra vez y, en verano, con la luz nórdica prolongándose hasta muy tarde, hay un rato largo de luz dorada sobre el bronce que es difícil de mejorar.

Y hay una circunstancia meteorológica que merece mencionarse: con lluvia, el parque mejora. El agua resbalando por las figuras de granito les da un aspecto distinto, los rostros esculpidos cambian de expresión con los reflejos, y el conjunto adquiere un dramatismo que con sol no tiene. Si el día amanece gris, no es motivo para posponer la visita.

El museo, la otra mitad de la historia

Justo al lado, en Nobels gate, está el Museo Vigeland, instalado en el que fue estudio y vivienda del artista. Explica el proceso de trabajo: los modelos en yeso, los bocetos, las herramientas, el taller donde se preparó todo lo que luego se talló en granito.

A diferencia del parque, sí tiene entrada, en torno a las ochenta coronas, con tarifa reducida y acceso gratuito con el Oslo Pass. Abre de martes a domingo con horarios distintos según la temporada, más amplios en verano.

No es imprescindible, pero para quien salga del parque con la curiosidad picada sobre cómo se hace algo así, la respuesta está aquí. Y en un día de lluvia resuelve una hora bajo techo sin moverse de la zona.

Cómo llegar y qué hay cerca

El tranvía número 12 deja en Frogner plass, junto a la entrada principal, y el trayecto desde el centro es de unos quince minutos. También llega el autobús 20. Con el Oslo Pass el transporte está incluido, y en cualquier caso entra en el billete normal de Ruter.

El parque forma parte de una zona residencial acomodada, Frogner, agradable de pasear, y dentro del mismo recinto está el Museo de la Ciudad de Oslo. Si el plan del día incluye el frente marítimo, lo lógico es encadenar Vigeland con Aker Brygge, que queda razonablemente cerca hacia el sur.

Existen visitas guiadas a pie de hora y media, en varios idiomas, para quien prefiera que le cuenten el programa iconográfico en lugar de descifrarlo por su cuenta. Merecen la pena si el arte del siglo XX interesa de verdad; para una visita normal, el paseo por libre funciona perfectamente.

Por qué merece la pena aunque no te interese la escultura

Este es el punto que conviene subrayar, porque mucha gente descarta el parque pensando que es una cosa de museos.

Vigeland no esculpió reyes, ni santos, ni batallas. Esculpió gente: parejas discutiendo, padres cargando niños, ancianos abrazándose, cuerpos en todas las edades y en todos los estados. No hay ropa, ni contexto histórico, ni referencias que fechen las escenas. Eso hace que el conjunto funcione igual de bien ochenta años después y que cualquiera reconozca algo propio en alguna de las figuras.

Y luego está lo que rodea todo eso: familias con carritos, gente corriendo, adolescentes tumbados en el césped, alguien leyendo en un banco. En Oslo, el mayor parque escultórico del mundo hecho por un solo artista es también donde la gente va a pasar la tarde. Esa dualidad entre lo extraordinario y lo cotidiano define la ciudad mejor que cualquier otra cosa, y aquí se ve en estado puro.

Es la parada que aparece en todos los itinerarios de la ciudad —está en las guías de uno, dos y tres días en Oslo— y probablemente la única de la que nadie sale decepcionado.