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El puente Vasco da Gama sobre el Tajo visto desde la ribera del Parque das Nações, con su pilono atirantado y la sucesión de vanos perdiéndose en la bruma.

Destinos · Portugal · Lisboa

El Parque das Nações de Lisboa: qué queda de la Expo del 98 y qué ver hoy

Donde hoy hay un barrio de oficinas, paseos junto al Tajo y familias lisboetas pasando el domingo, en 1998 se celebró una Exposición Universal dedicada a los océanos. Estuve en aquella Expo y he vuelto dos veces desde entonces, y el contraste es la mejor manera de entender este sitio: lo que sobrevive, lo que se transformó y por qué esta es la operación urbanística más exitosa de la Lisboa contemporánea.

Lectura de 7 minutos

Un barrio que antes fue una Exposición Universal

En 1998 Lisboa celebró la última gran Exposición Universal del siglo XX, bajo el lema de los océanos como patrimonio para el futuro y coincidiendo con el quinto centenario del viaje de Vasco da Gama a la India. El recinto se levantó en la zona oriental de la ciudad, sobre un área industrial degradada junto al Tajo donde antes había refinerías y almacenes abandonados.

Yo estuve allí aquel verano. Recuerdo la escala de los pabellones, los espectáculos de agua y luz por la noche, el teleférico recorriendo la ribera y la sensación de estar en un sitio recién inventado. Y he vuelto dos veces desde entonces, en 2014 y en 2023, lo que convierte cada visita en un ejercicio de comparación involuntaria.

La conclusión, después de veinticinco años, es que esta fue una operación urbanística notablemente exitosa, y precisamente por eso decepciona a quien viene buscando la Expo. A diferencia de tantos recintos feriales que quedan como escenografías vacías cuando se apagan los focos, aquí los pabellones temporales se sustituyeron o se reconvirtieron en edificios de oficinas y viviendas que no guardan ninguna relación visual con lo que había. La integración fue tan completa que casi ninguna referencia sobrevive.

Qué queda de 1998

Cuatro cosas resistieron y siguen siendo el motivo para visitar la zona.

La Estación de Oriente, que Santiago Calatrava diseñó como puerta de entrada a la Expo, es la primera y la más reconocible. Su cubierta de acero y vidrio imita la forma de un bosque, con columnas que se ramifican hacia arriba, y sigue funcionando como nudo de transportes que combina metro, cercanías, larga distancia y autobuses. Es de esos edificios que te hacen levantar la vista nada más entrar.

El Oceanário es la joya y sigue siendo uno de los mejores acuarios del mundo. Lo diseñó Peter Chermayeff alrededor de un tanque central de cinco millones de litros que recrea los ecosistemas de los cuatro océanos, con tiburones, rayas, atunes y bancos de peces compartiendo ese espacio inmenso mientras el visitante los observa desde varios niveles. La sensación de estar sumergido funcionaba en 1998 y sigue funcionando ahora. Es la visita imprescindible del barrio y conviene sacar entrada con antelación.

El Pabellón de Portugal, obra de Álvaro Siza, es la pieza arquitectónica mayor: una lámina de hormigón de setenta metros suspendida entre dos pórticos, tan fina y curvada que parece una vela de barco petrificada en el aire. Es una de esas estructuras que obligan a pararse y mirar hacia arriba preguntándose cómo se sostiene.

Y el Pavilhão do Conhecimento, el antiguo pabellón del conocimiento de los mares, se mantiene como museo de ciencia interactiva y es la mejor opción de la ciudad si viajas con niños.

Qué ver hoy: el paseo del río y el puente

Más allá de los supervivientes de la Expo, lo mejor de este barrio es su relación con el agua. El Tajo aquí es ancho y tranquilo, la ribera está pensada para caminar sin coches y el conjunto tiene una escala que el centro histórico no puede dar.

El elemento dominante es el puente Vasco da Gama, inaugurado también en 1998 y que con sus diecisiete kilómetros fue durante años el más largo de Europa. Desde la ribera del parque se ve la estructura desaparecer literalmente en la bruma del estuario, y con el cielo naranja del atardecer detrás la escena tiene una escala que cuesta procesar desde tierra. Es, para mí, la mejor razón para venir al final del día.

También sigue funcionando el teleférico que recorre la ribera de punta a punta, con vistas panorámicas del río y del puente. Y hay una torre mirador, la Torre Vasco da Gama, junto al hotel que la acompaña, que remata el extremo norte del paseo.

El resto del barrio es lo que promete: jardines temáticos, fuentes, plazas amplias, edificios de oficinas y viviendas de esa modernidad de los noventa que empieza a tener su propia pátina —formas orgánicas, acero inoxidable, cristal azulado— y el centro comercial Vasco da Gama, que en un día de invierno o de lluvia es un refugio perfectamente razonable.

La Lisboa que vive aquí

Lo que más me interesa de este sitio, y lo que menos se cuenta, es que el Parque das Nações no es un barrio turístico. Es una zona funcional donde la gente trabaja, vive y pasa el domingo con los niños, y eso se nota en el ambiente: familias paseando por la ribera, gente corriendo, terrazas con clientela local, ningún puesto de imanes.

Después de varios días en el centro histórico, donde la turistificación es un hecho constatable y el Chiado ha perdido casi todo lo local, venir aquí resulta un contraste saludable. No es bonito en el sentido en que lo es Alfama, pero es real, y ofrece una imagen de la Lisboa contemporánea que ningún visitante de fin de semana llega a ver.

También conviene decir lo contrario para no vender humo: si tu viaje es de dos días, esto no entra. Está a las afueras, es moderno y no tiene el peso patrimonial de Belém ni el encanto del casco antiguo. Es una visita para viajes de tres días o más.

Cómo llegar y cuánto tiempo dedicarle

Se llega en metro directamente hasta la estación de Oriente, con un trayecto de unos veinte minutos desde el centro, y también en tren de cercanías. Está además en el camino del aeropuerto, cosa que abre una opción muy práctica: si llegas a mediodía o si tu vuelo de vuelta sale por la tarde, el Parque das Nações encaja perfectamente como primera o última parada del viaje, con las maletas en consigna o el equipaje resuelto. Yo lo he usado así en dos ocasiones.

En cuanto al tiempo, media jornada es la medida razonable: el Oceanário se lleva dos horas largas por sí solo, y el paseo de la ribera hasta el puente, otra hora. Si añades el Pavilhão do Conhecimento o el teleférico, se te va la tarde entera.

Lo ideal es llegar después de comer y quedarse hasta el atardecer, para que el final coincida con la luz baja sobre el puente. Y si el día es de lluvia, este es uno de los mejores sitios de Lisboa para refugiarse sin perder la jornada, porque el acuario, el museo de ciencia y el centro comercial resuelven varias horas bajo techo.

Volver veinticinco años después

Termino con lo que este sitio tiene de personal, porque creo que ilustra algo que le pasa a mucha gente. Volver a un lugar que conociste como acontecimiento y encontrarlo convertido en barrio corriente es un ejercicio extraño. Intentas recordar dónde estaba tal pabellón, buscas una referencia que te sitúe, y no la encuentras porque ya no existe.

No es una pérdida, y conviene decirlo claro: el objetivo de una Exposición Universal bien planteada es exactamente ese, dejar ciudad donde había suelo degradado. Comparado con lo que ocurrió en otros recintos, esta transformación fue un éxito y hoy vive aquí gente que no tiene ninguna relación con aquel verano.

Pero la memoria personal choca con la realidad y no siempre encajan. Lo que queda de la Expo está diluido en un barrio funcional, y quien venga buscando 1998 encontrará un acuario, una estación bonita, una lámina de hormigón imposible y un puente. Que no es poco.

Cómo encaja esta media jornada en un viaje completo está en los itinerarios de tres días y una semana, y el resto en la guía completa de qué ver en Lisboa. Y si te interesa cómo era esto cuando todavía era una Exposición Universal, ahí está el diario de mi viaje de julio de 1998, con las visitas posteriores contadas en los de 2014 y 2023.