
El terremoto de 1755 y la Lisboa que salió de las ruinas: un paseo por la ciudad reconstruida
La mañana del 1 de noviembre de 1755, con las iglesias llenas, un terremoto seguido de incendios y de un tsunami destruyó buena parte de Lisboa. Lo que hoy se camina en la Baixa es la respuesta a aquella catástrofe: una ciudad planificada desde cero, con calles rectas y muros antisísmicos. Este recorrido a pie enseña qué se perdió, qué sobrevivió y dónde se ve todavía la cicatriz.
La mañana que cambió la ciudad¶
El 1 de noviembre de 1755 era día de Todos los Santos y la mayoría de los lisboetas estaba en misa. A las nueve y cuarenta de la mañana el suelo empezó a moverse. El seísmo, cuya magnitud se ha estimado en torno a los nueve grados y cuyo epicentro estuvo en el Atlántico, a varios cientos de kilómetros de la costa, duró varios minutos en tres sacudidas sucesivas.
Lo que vino después fue peor. Los cirios de las iglesias y los braseros de las casas provocaron incendios que ardieron durante días en una ciudad de estructuras de madera. Y aproximadamente cuarenta minutos después de la primera sacudida, un tsunami entró por la desembocadura del Tajo y barrió la zona portuaria, donde miles de personas se habían refugiado huyendo del fuego. Entre el terremoto, el fuego y el agua desapareció entre un tercio y la mitad de la ciudad.
La catástrofe tuvo además una dimensión intelectual que rara vez se menciona. Que una ciudad católica fuera destruida en pleno día de Todos los Santos sacudió a la Europa ilustrada: Voltaire escribió sobre ello, Rousseau le contestó, y el debate sobre si aquello era castigo divino o fenómeno natural marcó el pensamiento del siglo XVIII. En cierto modo, la Lisboa que se levantó después es también un producto de esa discusión.
Pombal y la ciudad planificada¶
Sebastião José de Carvalho e Melo, futuro Marqués de Pombal y entonces secretario de Estado, asumió la reconstrucción con una eficacia que hoy sigue impresionando. La frase que se le atribuye ante las ruinas —enterrar a los muertos y cuidar de los vivos— resume bien el enfoque: nada de duelo prolongado, nada de reconstruir sobre lo anterior.
Lo que ordenó fue levantar un barrio entero desde cero aplicando criterios racionales. Calles rectas y paralelas de anchura uniforme, manzanas rectangulares de dimensiones repetidas, fachadas normalizadas y, sobre todo, una innovación estructural de primer orden: la gaiola pombalina, una jaula de madera embebida en el interior de los muros que permitía al edificio flexionar en lugar de romperse. Se ensayaron modelos a escala haciendo marchar tropas alrededor para simular vibraciones, algo que se considera uno de los primeros ejercicios de ingeniería antisísmica documentados.
El resultado, la Baixa pombalina, es hoy uno de los pocos conjuntos urbanos europeos planificados en el siglo XVIII que siguen en pie y en uso. Caminarlo sabiendo esto cambia bastante la experiencia: lo que parece un centro comercial de calles ordenadas es en realidad un ejercicio de urbanismo ilustrado levantado sobre un cementerio.
El paseo: la Praça do Comércio y la Baixa¶
El recorrido empieza donde estaba el palacio real. Antes del terremoto, en la actual Praça do Comércio se levantaba el Paço da Ribeira, la residencia de los reyes, junto con la Casa da Índia y sus archivos, que guardaban buena parte de la documentación de los descubrimientos portugueses. Todo eso desapareció: el palacio, la biblioteca real con decenas de miles de volúmenes, los mapas, los registros de las expediciones.
Pombal no lo reconstruyó. En su lugar levantó una plaza abierta al río, rodeada en tres lados por edificios de administración con arcadas idénticas, con la estatua ecuestre de José I en el centro. El mensaje era explícito: la ciudad dejaba de organizarse alrededor de la corte para hacerlo alrededor del comercio y del Estado. El Arco de la Rua Augusta, que remata el conjunto hacia el norte, no se terminó hasta 1873, más de un siglo después, y desde su terraza se ve el plano entero desplegado.
De ahí, subir por la Rua Augusta hasta el Rossio es recorrer la cuadrícula. Fíjate en la repetición: la misma altura, el mismo ritmo de ventanas, las mismas proporciones manzana tras manzana. En las plantas bajas y en las esquinas todavía se aprecian, en algunos edificios en obras, los entramados de madera de la gaiola.
El Convento do Carmo: la ruina que se dejó a la vista¶
Subiendo al Chiado, a pie o en el Elevador de Santa Justa, se llega al Largo do Carmo y a la imagen más elocuente de todo el recorrido. El Convento do Carmo era la iglesia gótica más importante de Lisboa, fundada a finales del siglo XIV. El terremoto derrumbó la bóveda de la nave, que se vino abajo sobre los fieles reunidos para la misa de Todos los Santos.
El techo no se reconstruyó nunca. Los arcos y las columnas siguen ahí, abiertos al cielo desde hace más de dos siglos y medio, y el espacio funciona hoy como museo arqueológico. Es un lugar extraño y hermoso, con la luz entrando donde debería haber piedra y con la hierba creciendo entre los sillares.
La decisión de dejarlo así, sin demoler ni rehacer, es uno de los gestos más inteligentes del paisaje urbano lisboeta. Toda ciudad reconstruida corre el riesgo de borrar su propia herida; Lisboa la dejó a la vista en pleno centro, a cien metros de la zona comercial más transitada.
Alfama: lo que sobrevivió¶
Bajando hacia el este, el itinerario cambia de época. Alfama es el único barrio del centro que el terremoto respetó casi íntegro, probablemente porque su subsuelo rocoso transmitió las ondas de manera muy distinta a los sedimentos blandos del llano donde estaba la ciudad baja.
Por eso Alfama conserva una trama que ya no existe en ningún otro sitio de Lisboa: callejuelas medievales que se estrechan sin aviso, escalinatas donde debería haber una calle, plazoletas mínimas, un trazado heredado del periodo islámico que ninguna planificación posterior tocó. Caminar de la Baixa a Alfama es pasar del siglo XVIII al XII en diez minutos, y esa transición es la mejor manera de entender lo que pasó aquí.
También sobrevivió, y esto se cuenta poco, el acueducto de las Águas Livres, construido pocas décadas antes para traer agua desde más de dieciocho kilómetros. Aguantó intacto, y ese hecho se usó en su momento como prueba de la calidad de su construcción. Su tramo final atraviesa el Jardim das Amoreiras con sus arcos de piedra, y es una parada tranquila y muy poco visitada.
La ciudad desaparecida: dos lugares donde verla¶
Lo más fascinante de este tema es que existe documentación visual de la Lisboa anterior a 1755, y se puede ver en dos sitios de la ciudad.
El primero es el Miradouro de Santa Luzia, en Alfama, cuyas paredes están revestidas con dos grandes paneles de azulejos. Uno representa la reconquista cristiana del castillo en el siglo XII; el otro, la Praça do Comércio tal como era antes del terremoto, con el palacio real todavía en pie. Estás mirando la ciudad actual con la ciudad desaparecida al lado, en cerámica, y prácticamente nadie que pasa por allí lo sabe.
El segundo es el Museo Nacional del Azulejo, en el antiguo Convento de la Madre de Deus, y ahí está la pieza definitiva: un panorama de veintitrés metros de longitud compuesto por unos mil trescientos azulejos, realizado hacia 1700, que retrata Lisboa desde el río. El detalle es minucioso. Se reconocen edificios que desaparecieron, el trazado de calles que el seísmo borró, los barcos fondeados en el Tajo. Es simultáneamente una obra de arte y el documento más completo que existe de cómo era la ciudad antes de la catástrofe. Solo por esa pieza el museo ya merece las dos horas que se lleva.
Y si te interesa el contexto histórico, el Lisbon Story Centre, en la propia Praça do Comércio, dedica al terremoto su mejor sala, con una simulación del seísmo mediante vibraciones y proyecciones. Es una visita de una hora que funciona bien como introducción antes de hacer este recorrido, aunque prescindible si ya conoces la historia.
Cómo hacer este recorrido¶
El paseo completo —Praça do Comércio, Arco da Rua Augusta, la cuadrícula de la Baixa hasta el Rossio, el Chiado, el Largo do Carmo y el Convento, y bajada hacia la Sé y Alfama— se hace en una mañana larga, unas cuatro horas con paradas. El Museo del Azulejo queda lejos, al este, y conviene dejarlo para otra jornada.
Es además un buen plan alternativo para un día de mucha gente en la ciudad, porque salvo el Convento do Carmo y el museo todo lo demás está en la calle, es gratis y no tiene aforo. Y funciona especialmente bien como primera actividad de un viaje: entender por qué la ciudad tiene la forma que tiene hace que todo lo que veas después encaje mejor.
Este recorrido está integrado en los itinerarios de un día y dos días, y el Museo del Azulejo aparece en los de tres días y una semana. Para lo demás, la guía completa de qué ver en Lisboa y los diarios de mis viajes de 2014 y 2023.