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La catedral de Berlín al atardecer vista desde el río Spree, con su gran cúpula de cobre verde y la linterna dorada, el agua oscura en primer plano y un barco turístico pasando bajo un puente al fondo.

Diarios de viaje · Alemania · Berlín

Berlín, diez años después

En septiembre de 2016 regresé a Berlín después de casi diez años. Este diario documenta esos cuatro días de reencuentro con una ciudad que no había dejado de susurrarme que debía volver.

5 días Lectura de 37 minutos

Regreso a Berlín

Cuando una ciudad te llama de vuelta

Hay ciudades que visitas una vez y se quedan en esa categoría para siempre — lugares que hiciste, que están en la lista, que recomendarías a otros. Berlín no funciona así. Desde que la pisé por primera vez en 2007, rondó durante años por la parte de atrás de la cabeza, con esa insistencia particular de las cosas inacabadas.

La primera vez, en 2007

Llegué aquella primera vez sin demasiadas expectativas. Venía de Frankfurt y de Múnich, que son ciudades eficientes y ordenadas pero que a las seis de la tarde parecen apagarse: calles vacías, terrazas cerradas, esa sensación germánica de que la jornada ha terminado y punto. Berlín me sorprendió desde el primer día. Los cafés llenos a medianoche, el mezcladero de gente en los barrios del este, la convivencia de edificios imperiales medio restaurados con solares vacíos donde aún se veía la tierra removida. Una ciudad que estaba rehaciendo algo, sin que quedara del todo claro qué.

El Pergamón me impactó, el Muro me impactó. Volví con la sensación de haber rozado algo más grande de lo que había podido procesar en una semana.

La idea de volver

Durante casi diez años, cuando alguien me preguntaba qué ciudad europea me gustaría revisitar, siempre decía Berlín. No por nostalgia — tengo poca paciencia con la nostalgia — sino porque me quedé con la sensación de haber visto demasiado deprisa. Hay ciudades que puedes agotar en cuatro días. Berlín no es una de ellas.

En septiembre de 2016 encontré vuelos de Lufthansa desde Bilbao a Tegel a un precio razonable. Salida el lunes 5 de septiembre a las 08:20, llegada a las 10:55. Regreso el viernes 9, vuelo a las 10:15. Cuatro días completos. Reservé sin pensarlo demasiado.

Dónde dormir y por qué

Para el alojamiento elegí una litera en el Generator Hostel Berlin Mitte. No es que no pueda permitirme otra cosa — es que los hostels bien ubicados en el centro de una ciudad grande tienen una lógica propia: sales y en cinco minutos estás en cualquier sitio. No pierdes media hora de transporte cada vez que quieres ir a algún lugar. Y el Generator Mitte tiene exactamente eso: Alexanderplatz a diez minutos a pie, la isla de los museos al lado, el resto de la ciudad en S-Bahn o a distancia caminable.

La habitación compartida me importa poco. Llevo el tiempo suficiente viajando como para saber que de noche no noto la diferencia.

Lo que quería ver esta vez

No iba a llegar como turista por primera vez con la lista de monumentos. Tenía algunos objetivos concretos que no había podido cumplir en 2007: la East Side Gallery, el campo de concentración de Sachsenhausen, el Bundestag por dentro. Y quería volver a algunos sitios con más calma — la isla de los museos sobre todo, aunque sabía que el Pergamón estaba en obras desde hacía un par de años.

También tenía curiosidad por ver cómo había cambiado la ciudad. En 2007 había zonas enteras en obras, proyectos de reconstrucción que parecían no tener fin. Casi diez años después, algo habría cambiado.

El vuelo salía al día siguiente por la mañana.

Puerta de Brandeburgo con visitantes en la plaza

Día 1. Reencuentro con una ciudad familiar

El lunes 5 de septiembre empezó temprano en Loiu. El vuelo de las 08:20 salió puntual — algo que siempre se agradece cuando tienes un día completo de exploración por delante — y a las 10:55 ya estaba pisando de nuevo suelo berlinés en Tegel.

Mochila guardada, ciudad abierta

Desde Tegel, el autobús TXL me dejó directamente en la Hauptbahnhof en veinte minutos. El Generator Hostel está en Mitte, cerca de Alexanderplatz, y como era demasiado temprano para hacer el check-in, en recepción me guardaron la mochila sin problema. Esa pequeña gestión es la diferencia entre empezar el día libre o empezar el día cargado.

En pocos minutos ya estaba en la calle con las manos vacías y toda la jornada por delante.

La Fernsehturm y la cruz que nadie pidió

Lo primero fue Alexanderplatz, casi por inercia. En 2007 había llegado aquí el primer día también. La plaza no ha cambiado mucho: el mismo movimiento constante de berlineses camino al trabajo mezclados con turistas consultando el móvil, músicos callejeros, vendedores de souvenirs. La Weltzeituhr — el reloj mundial — sigue siendo el punto de encuentro donde la gente queda y espera.

La Fernsehturm domina todo desde los 368 metros. La construyó la RDA entre 1965 y 1969, pensada como símbolo visible del poder del socialismo alemán: la torre más alta del país, visible desde cualquier punto de la ciudad. Lo que no calcularon bien fue la esfera de acero. Cuando le da el sol en el ángulo correcto, los reflejos en la superficie metálica forman una cruz perfectamente visible desde kilómetros a la redonda. En un estado oficialmente ateo, aquello era un escándalo. Intentaron solucionarlo con un revestimiento antirreflectante: no funcionó. La prensa de Berlín Oeste la llamó "Rache des Papstes" — la venganza del Papa.

La cruz sigue ahí.

Iglesia de Santa María y torre de televisión de BerlínFuente de Neptuno frente a la torre de televisión
Alexanderplatz con la Fernsehturm al fondo

La Museumsinsel sin el Pergamón

Desde Alexanderplatz me dirigí hacia la Museumsinsel. No tenía intención de entrar en ningún museo — ya lo había intentado todo demasiado rápido en 2007 — pero quería ver los edificios con calma.

El Pergamón está cerrado desde 2014 para una reforma que se llevará años. Cuando lo visité por primera vez, el altar de Pérgamo y la puerta de Ishtar en tamaño real me dejaron sin palabras — ver una estructura de dos mil quinientos años reconstruida en una sala te obliga a recalibrar lo que significa "antiguo". Esta vez tuve que conformarme con la fachada. Berlín hace las obras con la paciencia de quien sabe que las cosas buenas requieren tiempo.

El Neues Museum, en cambio, está abierto y restaurado. La reconstrucción de David Chipperfield conservó deliberadamente algunas zonas dañadas de la guerra — columnas con marcas de metralla, paredes descascarilladas — integradas con arquitectura nueva. Es una manera muy berlinesa de entender la restauración: no tapar las cicatrices, sino incorporarlas.

Catedral de Berlín junto al río SpreeAlte Nationalgalerie en la Isla de los MuseosRelieve escultórico clásico en un edificio monumentalEdificio histórico de Berlín en una plaza
Museumsinsel

Unter den Linden hacia el oeste

Desde la isla de los museos, Unter den Linden se extendía hacia el oeste como una invitación a caminar. Dos kilómetros de tilos, edificios neoclásicos y burocracia imperial que desembocan en la Puerta de Brandeburgo. La Neue Wache, la Universidad Humboldt, la Ópera Estatal — cada uno tiene su presencia y su historia, pero funcionan mejor como conjunto que por separado.

Hace diez años recorrí este tramo a paso rápido, acumulando fotos. Esta vez caminé sin prisa, me metí en algún portal, me senté en un banco. Hay algo diferente en conocer ya una ciudad: no tienes la presión del descubrimiento urgente.

Fachada de un edificio histórico en BerlínMonumento escultórico en una plaza de Berlín
Unter den Linden

La Puerta de Brandeburgo, de nuevo

Verla aparecer al final de la avenida sigue funcionando, por muchas veces que la hayas visto en fotos. La Cuadriga en lo alto, con la diosa Victoria mirando hacia el este. Durante los veintiocho años que duró el Muro, la Puerta estuvo en tierra de nadie: ni en Berlín Este ni en Berlín Oeste, inaccesible para todos. Las generaciones que crecieron con la ciudad dividida la conocían solo de lejos o de fotografías.

La zona alrededor está tomada por turistas — más que en 2007, si cabe — pero el monumento aguanta. Hay cosas que no se pueden turistificar del todo.

Alte Nationalgalerie vista desde la plaza
La Puerta de Brandeburgo

El Memorial: 2.711 bloques sin un solo nombre

A pocos metros de la Puerta está el Denkmal für die ermordeten Juden Europas — el Memorial a los Judíos Asesinados de Europa. 2.711 estelas de hormigón grises, de alturas distintas, sobre un terreno deliberadamente irregular. Inaugurado en 2005, diseñado por el arquitecto americano Peter Eisenman.

La decisión más radical fue no añadir texto. Ningún nombre, ninguna fecha, ninguna explicación en la superficie. Solo los bloques. La información está en el centro de documentación subterráneo, pero el memorial en sí no explica nada: te obliga a estar ahí, a caminar entre los corredores que se van estrechando y elevando a medida que entras, hasta que los bloques te superan por todos lados y el suelo empieza a inclinarse bajo los pies. La desorientación es deliberada.

En 2007 lo recorrí deprisa, sin bajar al centro de documentación. Esta vez me tomé el tiempo. El subterráneo tiene los nombres y las historias individuales de familias exterminadas. Salir de ahí y volver a la luz del sol en Berlín, con el sonido de los autobuses y la gente fotografiando la Puerta, tiene un efecto muy concreto.

Escultura monumental de figuras clásicas en una fachadaEdificio del antiguo Museo Bode junto al río
Memorial a los Judíos Asesinados de Europa

Potsdamer Platz: el vacío que se llenó

La siguiente parada fue Potsdamer Platz. En mis libros de historia esta plaza aparece como el cruce más transitado de Europa antes de la guerra — en la década de 1920, taxis, tranvías y peatones en un caos perpetuo. Después de la guerra quedó destrozada y luego, con el Muro, quedó cortada exactamente por la mitad durante décadas: tierra de nadie, zona de vigilancia, campo de minas.

En los años 90, una vez reunificada la ciudad, se convirtió en el mayor proyecto de construcción de Europa. Renzo Piano, Helmut Jahn, Hans Kollhoff — todos con parcelas propias. El resultado es un skyline que parece más Chicago que Berlín central: acero, cristal, alturas que sorprenden en una ciudad que mantiene límites de altura estrictos.

Los fragmentos del Muro que se conservan aquí, entre el Sony Center y los edificios de oficinas, son los que más me impactan de los que hay repartidos por la ciudad. No porque sean los más grandes, sino por el contraste: hormigón gris con grafitis de 1989, incrustado en medio de toda esa arquitectura del boom económico de los 90.

Edificio histórico de ladrillo rojo con ornamentaciónMonumento soviético o escultórico en una plazaMemorial del Holocausto con sus bloques de hormigónPasillo entre los bloques del Memorial del Holocausto
Potsdamer Platz

Una iglesia que ya no existe

Desde Potsdamer Platz seguí caminando hacia el sur hasta Bethlehemkirchplatz. Aquí hay una instalación que se puede pasar fácilmente por alto: una estructura de vigas de hierro que reproduce la forma de una iglesia que fue destruida durante la guerra y nunca reconstruida. No hay paredes, no hay techo, solo el esqueleto metálico que define el volumen del edificio que hubo.

Berlín tiene varios de estos gestos — señalar la ausencia en lugar de taparla. El hueco de la Gedächtniskirche, los adoquines de los Stolpersteine en las aceras marcando dónde vivían personas deportadas. Esta ciudad ha decidido que sus cicatrices son parte de su identidad, y esa decisión se nota en cada barrio.

Edificios modernos de Potsdamer PlatzMuro de Berlín con paneles y obras artísticas
Bethlehemkirchplatz — la huella de una iglesia

Checkpoint Charlie: Alpha, Bravo, Charlie

El nombre no fue poético: los aliados denominaron los puntos de control por orden alfabético. Alpha estaba en la frontera internacional entre Alemania del Este y del Oeste. Bravo en el anillo exterior de Berlín. Charlie, aquí en Friedrichstrasse, era el tercero — el acceso al centro de la ciudad para personal no alemán.

Durante la crisis de octubre de 1961, apenas dos meses después de que se levantara el Muro, tanques soviéticos y americanos se situaron a menos de cien metros unos de otros en este punto durante dieciséis horas. Una disputa sobre si los civiles americanos tenían derecho a cruzar sin ser controlados por guardias de la RDA. Nadie disparó. Los tanques se retiraron gradualmente, primero los americanos, luego los soviéticos.

Lo que hay ahora en el sitio es una caseta reconstituida con actores vestidos de soldados americanos que cobran por hacerse fotos con los turistas. El toldo de souvenirs, las fotos plastificadas a la venta. En 2007 ya me pareció un poco triste; nueve años después, más. La caseta original fue trasladada a un museo. Aun así hay algo en estar exactamente aquí, en este cruce, que vale la pena el incómodo minuto de turismo kitsch alrededor.

Interior de un edificio moderno con una gran estructura acristalada
Checkpoint Charlie

San Nicolás y el ayuntamiento rojo al atardecer

Para cerrar el día me dirigí hacia la Nikolaikirche, la iglesia más antigua de Berlín, y desde allí al Rotes Rathaus — el ayuntamiento rojo, que debe el nombre al color de sus ladrillos y no a ninguna inclinación política, aunque durante cuarenta años fuera la sede del gobierno de Berlín Este.

La torre de 74 metros domina esta parte del casco histórico. El Spree corre cerca, y un paseo junto al río con la luz del atardecer golpeando en el agua fue una buena manera de cerrar un día que había empezado en el aeropuerto de Loiu a las siete de la mañana.

Escultura monumental en una plaza de BerlínEdificio histórico de ladrillo rojo con una entrada monumentalCanal de Berlín rodeado de árboles y edificiosCanal de Berlín iluminado por la noche con terrazas junto al agua
Atardecer junto al Spree

De vuelta al Generator

Al llegar al hostel ya pude hacer el check-in e instalarme. Había caminado probablemente quince kilómetros. El primer día había cumplido el objetivo principal: reconectar con una ciudad que recordaba bien y comprobar que el reencuentro no defrauda. Berlín seguía siendo la ciudad que recordaba, con las capas añadidas de casi diez años. Los días siguientes tendrían objetivos más específicos.

Patio con murales y arte urbano en Berlín

Día 2. Arte urbano y memoria histórica

El martes amaneció despejado. Después del desayuno en el hostel decidí empezar el día yendo hacia el este — a la East Side Gallery, que en 2007 había dejado fuera de mi recorrido porque me había centrado demasiado en la zona de Mitte y el centro histórico. Esta vez era una visita pendiente que no podía saltarme.

East Side Gallery: el muro pintado en 1990

El S-Bahn me dejó en Ostbahnhof y desde allí son apenas unos minutos a pie hasta Mühlenstraße. La primera impresión, nada más doblar la esquina, es la longitud: 1,3 kilómetros de pared continua, pintada de lado a lado con murales en colores que contrastan con el gris del hormigón original.

Lo que hace especial a la East Side Gallery no es solo lo que hay pintado, sino cuándo se pintó. En febrero de 1990, apenas tres meses después de la caída del Muro, 118 artistas de 21 países se organizaron para pintar este tramo que quedaba en pie. Era el Muro todavía de pie, todavía con sus torres de vigilancia en las cercanías, todavía con el olor a hormigón y a guerra fría. Pintarlo fue un gesto político tan claro como el de haberlo derribado.

Los murales más famosos son conocidos incluso fuera de Alemania. El beso fraternal entre Erich Honecker y Leonid Brézhnev, pintado por Dmitri Vrubel, reproduce una fotografía real de 1979 — los líderes de la RDA y la URSS abrazándose en el aeropuerto. Vrubel añadió el texto "My God, Help Me to Survive This Deadly Love". Unas decenas de metros más adelante está "Test the Rest" de Birgit Kinder: un Trabant blanco atravesando el muro de hormigón como si fuera de cartón.

Lo que hay ahora son en realidad las versiones repintadas en 2009, cuando los originales de 1990 ya estaban muy deteriorados. Los artistas volvieron a pintar sobre sus propias obras. Algunos lo hicieron fielmente; otros aprovecharon para modificarlas.

Mural figurativo sobre el Muro de BerlínMural artístico con personajes y colores vivosMural colorido con figuras y personajesMuro cubierto de grafitis y diseños abstractos
East Side Gallery — el beso de Honecker y Brézhnev entre los murales más fotografiados

La valla que protege y distancia

Lo que no recordaba de las fotos que había visto antes de venir es que gran parte del tramo está ahora detrás de una valla metálica de protección. La colocaron para frenar el vandalismo y el deterioro acelerado que estaban sufriendo los murales. Es una medida comprensible — sin ella los murales habrían desaparecido — pero cambia radicalmente la experiencia: ya no puedes acercarte a ver la textura del hormigón, los detalles de la pintura, las capas que van quedando en los bordes.

Estás en la calle, a un metro de distancia, mirando a través de una reja. Es un poco como ver un cuadro en un museo que tiene demasiada iluminación de neón.

Aun así dediqué más de una hora a recorrer el tramo completo. Hay murales que funcionan bien incluso desde esa distancia, y la experiencia de caminar junto a 1,3 kilómetros de pared con ese peso histórico tiene su propia lógica.

Artista junto a un mural del Muro de BerlínMural con retratos y figuras humanasMural artístico con figuras y colores intensosMural con una figura y motivos abstractos
East Side Gallery

Bernauer Strasse: el muro sin adornos

Si la East Side Gallery es el muro convertido en lienzo, el Berlin Wall Memorial en Bernauer Strasse es el muro como documento. El tranvía me llevó hasta allí en veinte minutos desde Ostbahnhof.

En Bernauer Strasse el Muro cruzaba exactamente por el centro de la calle: los edificios de un lado estaban en el Este, la acera del otro lado en el Oeste. En las primeras semanas después del 13 de agosto de 1961 — la noche en que los equipos de construcción de la RDA empezaron a tender alambre de espino sin avisar a nadie, y los berlineses del Oeste se despertaron con la ciudad cortada — los habitantes del lado Este saltaban desde las ventanas de sus propios edificios para caer en la acera occidental. El régimen ordenó después tapiar las ventanas que daban al Oeste.

El memorial conserva un tramo auténtico con la franja de seguridad visible: la pared exterior, la tierra removida, las marcas de los postes de vigilancia. El centro de documentación tiene fotografías y testimonios de las décadas que duró la división. Hay una torre de observación desde la que se puede ver la anchura real de la franja — no era solo un muro, era un sistema: doble pared, alambradas, reflectores, minas antipersona, torres con tiradores. El "muro" que la mayoría de la gente conoce por imágenes era solo el lado que veía Berlín Oeste. El lado Este era diferente, y casi nadie lo fotografió.

Entre 140 y 200 personas murieron intentando cruzar durante los veintiocho años que duró. Algunas estimaciones son más altas.

Vista exterior de un tramo del Muro de BerlínPersona posando ante un paisaje urbano de Berlín
Berlin Wall Memorial en Bernauer Strasse — el sistema de vigilancia conservado

La Gedächtniskirche: la ruina que no se reconstruyó

Después de la mañana en la zona del Muro, tomé el S-Bahn hacia el oeste para ver la Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche, la iglesia Memorial Kaiser Wilhelm. No la había visitado en 2007.

La torre original, destruida en los bombardeos de 1943, se conserva exactamente como quedó: la parte superior arrancada, los muros ennegrecidos, la estructura irregular que ningún restaurador ha tocado. En los años 60 construyeron al lado una nueva iglesia moderna con una arquitectura completamente diferente — hormigón, hexagonos, vidrieras de un azul muy intenso que tiñe toda la luz interior.

El efecto conjunto es muy deliberado: la ruina como recordatorio permanente, el edificio nuevo como respuesta que no intenta sustituir lo que se perdió sino coexistir con ello. Las vidrieras azules del interior crean un ambiente de una concentración notable — no el tipo de iglesia que visitas como turista y sales en dos minutos.

Edificio neoclásico junto a una avenidaInterior de un edificio monumental con decoración en la cúpulaFachada de una iglesia histórica de BerlínInterior de una iglesia con iluminación azul
Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche — la torre destruida junto a la nueva iglesia

Pausa para comer

Encontré un pequeño restaurante cerca de la iglesia. Pedí algo caliente y me senté a procesar las horas anteriores. Hay un ritmo en cómo Berlín alterna la intensidad histórica con la normalidad cotidiana — en pocos minutos puedes pasar del memorial del muro a una terraza donde la gente come y habla de cosas ordinarias. Esa alternancia no es incómoda; después de un rato, resulta necesaria.

Plato de comida servido en un restaurante
Pausa para la comida

Haus Schwarzenberg: el patio que resiste

Por la tarde fui al Haus Schwarzenberg, en la Rosenthaler Strasse del barrio de Mitte. Es un patio interior que ha conseguido sobrevivir al proceso de gentrificación que ha transformado el resto de la manzana. Paredes cubiertas de grafiti en capas acumuladas durante años, pequeñas galerías alternativas en los bajos, un museo dedicado al nazismo en la trastienda.

No tiene nada de la institucionalización de la East Side Gallery. Las paredes cambian constantemente — lo que estaba ahí el mes pasado ya no está — y el conjunto tiene esa sensación de espacio vivo que los sitios museificados pierden. Es el tipo de lugar que no aparece en las guías pero que te da una imagen más honesta de lo que es Berlin Mitte en 2016 que muchas atracciones oficiales.

Callejuela de Berlín decorada con grafitis y banderinesCalle estrecha de Berlín con bicicletas y muralesMural de arte urbano en un patioTerraza exterior con mesas rodeadas de grafitis
Haus Schwarzenberg

La Neue Wache y la escultura de Kollwitz

Al salir del Haus Schwarzenberg aproveché para entrar en la Neue Wache, el edificio que el día anterior había pasado por delante sin detenerme. La fachada neoclásica con columnas dóricas la construyeron en 1818 como cuerpo de guardia real. La RDA la convirtió en memorial a las víctimas del fascismo y el militarismo. Después de la reunificación pasó a ser el memorial central de la República Federal para las víctimas de la guerra y la tiranía.

Dentro hay una sola pieza: la escultura "Madre con hijo muerto" de Käthe Kollwitz, una ampliación de un bronce pequeño que ella hizo pensando en su propio hijo, muerto en la Primera Guerra Mundial. Está sola en el centro del espacio, iluminada únicamente por la abertura circular del techo. Sin pedestal alto, casi a ras del suelo. La escala y la luz hacen el trabajo.

Templo neoclásico en Berlín rodeado de árbolesSala de museo con una abertura circular en el techo
Neue Wache — la Pietà de Kollwitz bajo la claraboya

Gendarmenmarkt al atardecer

Desde la Neue Wache caminé hacia el sur hasta llegar a Gendarmenmarkt. Es probablemente la plaza más armoniosa de Berlín: el Französischer Dom y el Deutscher Dom flanqueando la Konzerthaus de Schinkel, con una simetría que parece diseñada para ser fotografiada desde el centro exacto. El Französischer Dom lo construyeron los hugonotes que llegaron a Prusia después de la revocación del Edicto de Nantes en 1685 — la torre barroca es posterior, del siglo XVIII.

A la hora en que llegué, con la luz del atardecer, las fachadas tomaban un color que las hacía casi doradas. Me senté en uno de los cafés de la plaza y pedí una cerveza. A veces el turismo es simplemente eso.

Konzerthaus de Berlín en una plazaPlaza Gendarmenmarkt con edificios monumentalesPanorámica de Gendarmenmarkt al atardecer
Gendarmenmarkt — Französischer Dom y Deutscher Dom

Topografía del Terror: el lugar donde se planificó

Antes de volver al hostel me acerqué a la Topografía del Terror, en Niederkirchnerstrasse. El edificio lo construyeron sobre los sótanos donde estuvieron las sedes centrales de la Gestapo y las SS. Parte de los cimientos originales están excavados y visibles.

La exposición es densa y sin concesiones — no hay eufemismos en los textos, no hay distancia cómoda. Documentos, fotografías, órdenes firmadas, registros de deportaciones. La maquinaria burocrática del terror nazi funcionaba desde oficinas, con funcionarios que rellenaban formularios. Saber que estás de pie exactamente donde se firmaron esas órdenes tiene un efecto que los libros de historia no tienen.

No es un museo que se pueda visitar corriendo. Salí cuando ya cerraban.

Terraza elevada con vistas al centro de Berlín
Topografía del Terror

Potsdamer Platz y la Puerta de noche

Ya de noche, volvé a Potsdamer Platz y luego a la Puerta de Brandeburgo para verlos iluminados. Berlín de noche tiene un carácter diferente al del día. El Sony Center con la cubierta iluminada, los edificios de oficinas reflejándose en el cristal. Y la Puerta de Brandeburgo con esa luz dorada que le da un peso que de día, rodeada de turistas y puestos de souvenirs, no tiene de la misma manera.

Caminé por Unter den Linden hacia el este, con la Puerta al fondo haciéndose pequeña. Un buen final para un día que había empezado a 35 kilómetros de distancia, en Mühlenstraße.

Instalación artística iluminada en una zona urbanaEdificio moderno iluminado con luces de coloresEvento nocturno con una alfombra rojaPuerta de Brandeburgo iluminada por la noche
Berlín de noche — Potsdamer Platz y la Puerta de Brandeburgo
Cartel de entrada al campo de concentración de Sachsenhausen

Día 3. Entre la memoria más dolorosa y la belleza palatina

El miércoles fue el día más denso del viaje, y lo sabía desde antes de salir del hostel. Por la mañana: Sachsenhausen. Por la tarde: el Palacio de Charlottenburg y la cúpula del Bundestag. Los extremos del día estaban calculados como contrapeso deliberado.

Oranienburg en S-Bahn

Sachsenhausen está en Oranienburg, 35 kilómetros al norte de Berlín. El S-Bahn llega hasta allí en unos 45 minutos desde el centro. Es un trayecto que va dejando atrás la ciudad poco a poco — los bloques de apartamentos se espacian, aparece más verde, los andenes de las estaciones se vuelven más pequeños. Cuando llegas a Oranienburg, estás claramente fuera de Berlín.

Desde la estación se puede ir en autobús o caminar unos veinte minutos. Elegí caminar. El camino pasa por calles residenciales normales — casas con jardín, coches aparcados, una panadería. Esa normalidad del entorno tiene algo que descoloca, y quizás por eso decidí hacerlo andando en lugar de coger el autobús: llegar después de ese recorrido por calles tranquilas te deja en un estado de ánimo diferente al de bajar de un autobús en la puerta.

Sachsenhausen: el campo que fue el modelo

El campo de Sachsenhausen se abrió en 1936. No fue el primero — Dachau existía desde 1933, instalado en una fábrica de munición — pero Sachsenhausen fue el primero diseñado y construido desde cero como campo de concentración, con un plano triangular que después sirvió de modelo para los campos que vinieron después. Lo construyeron prisioneros. También lo dirigían los oficiales de las SS que después serían trasladados a dirigir otros campos: era una escuela de administración del terror.

La puerta de entrada tiene la inscripción "Arbeit macht frei". Las letras en hierro forjado. Sabes que es una mentira antes de entrar, pero verla en el sitio original tiene un efecto diferente al de verla en un libro.

Entre 1936 y 1945 pasaron por Sachsenhausen aproximadamente 200.000 personas. Los documentados muertos son entre 30.000 y 35.000. Cuando el Ejército Rojo liberó el campo en abril de 1945, los soviéticos mantuvieron abierto el sitio durante cinco años más — el "Campo Especial nº 7" del NKVD — con 60.000 prisioneros nuevos: nazis, sí, pero también socialdemócratas y opositores políticos percibidos. Unos 12.000 murieron en esos cinco años. Es una parte de la historia del lugar que la guía menciona sin rodeos y que no siempre aparece en los libros de texto.

Memorial de Sachsenhausen con el antiguo campo al fondoPanel informativo en el Memorial de SachsenhausenEdificio del antiguo campo de SachsenhausenEntrada del Memorial de Sachsenhausen
Sachsenhausen — la entrada y los barracones

Lo que queda en pie

Los barracones reconstruidos muestran las literas de madera apiladas en tres alturas, el espacio que había entre ellas — menos de un metro — y las condiciones higiénicas que consistían en un cubo compartido entre docenas de personas. Invierno en Brandeburgo con temperaturas bajo cero, sin calefacción suficiente. El frío físico que debía de hacer en esas estructuras es imaginable incluso en septiembre.

El bloque de castigo — el Zellengebäude — es el edificio que más me afectó. Las celdas de aislamiento son apenas metro y medio por metro y medio, algunas con espacio únicamente para estar de pie. Había celdas oscuras, sin ninguna apertura. En los paneles se documenta el "palo": una forma de tortura consistente en colgar al prisionero por las muñecas atadas a la espalda. Las instrucciones estaban redactadas como procedimiento administrativo.

En el extremo norte del campo, la "Estación Z" — el área de exterminio. El nombre era un eufemismo burocrático. Allí están los restos de los hornos crematorios y el foso de fusilamiento. La guía del memorial lo describe sin eufemismos: ejecuciones por disparo en la nuca, clasificadas por tipo en los registros.

Explanada del antiguo campo de concentración de SachsenhausenZona exterior del antiguo campo de concentración de SachsenhausenEdificio del antiguo campo de concentración de SachsenhausenPanel informativo sobre Sachsenhausen
Sachsenhausen — el bloque de celdas y la Estación Z

Los testimonios y lo personal

La exposición principal recoge cartas, diarios y relatos de supervivientes. Un maestro de Berlín arrestado por enseñar historia sin ajustarse a la versión oficial. Un comerciante de Hamburgo. Un militante comunista que organizó sabotajes en una fábrica de armamento. Cada uno con su fotografía de entrada al campo, su fecha de llegada, su destino.

Entre las exposiciones hay una dedicada específicamente a los prisioneros homosexuales — los que llevaban el triángulo rosa. Para alguien como yo, que pertenece a ese grupo, leer esos testimonios tiene una dimensión concreta y personal que la historia general no tiene del mismo modo. No es abstracto. Son hombres detenidos por lo que soy, sometidos a vejaciones específicas, muchos de ellos asesinados. El triángulo rosa que ahora aparece en marchas del orgullo empezó como una marca de infamia en ese campo.

Tuve que parar varias veces durante la lectura. Salir al exterior, respirar, volver.

Explanada del antiguo campo de concentración de Sachsenhausen
'Y sé una cosa más: que la Europa del futuro no puede existir sin conmemorar a todos aquellos, independientemente de su nacionalidad, que fueron asesinados en aquel tiempo con completo desprecio y odio, que fueron torturados hasta la muerte, hambreados, gaseados, incinerados y ahorcados...' Andrzej Szczypiorski. Prisionero del Campo de Concentración de Sachsenhausen, 1995

El viaje de vuelta

El camino de regreso a la estación de Oranienburg lo hice en silencio. No hay nada útil que procesar en el tren de vuelta a Berlín — el procesamiento lleva días, semanas. Miraba por la ventana y veía los mismos jardines con los que había llegado. El contraste entre el paisaje tranquilo y lo que acaba de ver es otra de las cosas que no te abandona fácilmente.

Una vez en Berlín, sabía que necesitaba algo completamente diferente. Había elegido el Palacio de Charlottenburg precisamente para esto.

Charlottenburg: jardines después del campo

El Palacio de Charlottenburg está en el extremo oeste de la ciudad, en un barrio residencial tranquilo. No entré al interior — no era el día para salones barrocos y colecciones de porcelana. Me quedé en los jardines.

Los jardines de Charlottenburg son de diseño francés: geometría estricta, setos recortados, perspectivas calculadas que llevan la vista hasta el final de cada eje. El orden impuesto sobre la naturaleza. Después de las horas en Sachsenhausen, ese orden artificial tenía algo de necesario — no porque fuera hermoso en sí mismo, sino porque era un orden completamente inofensivo, construido para el placer estético sin ninguna otra función.

Había familias con niños, parejas, ancianos en los bancos. Berlineses de un martes por la tarde disfrutando del último verano. Esa normalidad cotidiana, esa capacidad de disfrutar del sol en un parque, era exactamente lo que hacía falta después de la mañana.

Palacio de Charlottenburg y sus jardinesPalacio de Charlottenburg visto desde los jardinesEstatuas clásicas junto al estanque del parqueEstanque del parque de Charlottenburg con aves
Jardines del Palacio de Charlottenburg

El Bundestag: la cúpula de Foster

Había reservado la visita a la cúpula del Bundestag con antelación — es gratuita pero hay que pedir hora con días de margen. El sistema de reservas está en la web del Parlamento y funciona bien.

El edificio del Reichstag tiene su propio peso histórico que llega antes de entrar. En febrero de 1933, apenas un mes después de que Hitler fuera nombrado canciller, el edificio ardió — el incendio se atribuyó oficialmente a un comunista holandés, Marinus van der Lubbe, y fue el pretexto para la Ley Habilitante que le dio poderes dictatoriales a Hitler. El edificio quedó dañado, fue usado como almacén y escenario de propaganda, y al final de la guerra quedó destruido en los combates. La cúpula original, de acero y cristal, la demolieron en los años 50. En 1995, Christo lo envolvió durante dos semanas con tela de aluminio plateada — cien mil visitantes al día.

La cúpula que hay ahora la diseñó Norman Foster para la reconstrucción del edificio después de la reunificación. Es de cristal, accesible al público, con una rampa helicoidal que sube en espiral por el interior. La rampa está orientada deliberadamente sobre el hemiciclo — mientras subes, miras hacia abajo a la sala donde trabajan los diputados. Es una metáfora tan explícita que resulta casi didáctica: los ciudadanos por encima de sus representantes.

Edificio monumental del centro de Berlín al atardecerEdificio histórico con la bandera alemana al atardecerVista de Berlín desde la terraza del Reichstag
La cúpula del Bundestag — la rampa sobre el hemiciclo

Puesta de sol sobre Berlín

Llegué a la cúpula con tiempo suficiente para ver el atardecer. Las vistas de 360 grados permiten identificar casi todo lo que había recorrido en estos tres días: la Puerta de Brandeburgo a pocos metros al sur, Potsdamer Platz con sus rascacielos más al fondo, la Fernsehturm en el este marcando Alexanderplatz, el Spree serpenteando entre edificios.

Terminar ese día concreto — el día de Sachsenhausen — en lo alto del Parlamento alemán tiene una lógica que no necesita explicarse. No es una respuesta suficiente a nada. Pero hay algo en ver la sede de la democracia alemana funcionando, llena de visitantes de todo el mundo con acceso libre, después de haber pasado horas en el lugar donde esa democracia fue asesinada.

La luz se fue apagando sobre la ciudad mientras bajaba por la rampa.

Cúpula de cristal del ReichstagInterior de la cúpula del Reichstag visto desde abajoPasarela interior de la cúpula del ReichstagPersona en el interior de la cúpula del ReichstagVista de Berlín desde el interior de la cúpula del ReichstagPanorámica de Berlín desde el Reichstag
Atardecer desde la cúpula del Bundestag
Vista de la cúpula del Reichstag durante el atardecer

Día 4. Curiosidades urbanas y despedida pausada

El jueves era mi último día completo en Berlín. Después de la densidad emocional del miércoles, había decidido que esta jornada tuviera otro ritmo — más tranquilo, más contemplativo. Algunas visitas pendientes y tiempo para caminar sin objetivo concreto.

El Berliner Dom: la cúpula que domina la isla

Empecé en el Berliner Dom, la catedral que lleva tres días apareciendo en mi campo visual desde distintos ángulos sin que hubiera entrado. Se alza en el extremo sur de la Museumsinsel, con la cúpula central y cuatro torres menores que dominan esa parte de la ciudad.

El edificio actual es una reconstrucción bastante fiel del original, que sufrió daños graves en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. La decisión de reconstruirlo con el mismo diseño, en lugar de optar por algo más moderno, dice algo sobre la manera en que Berlín entiende su patrimonio: no siempre reconstruye igual — el Neues Museum con las cicatrices de guerra deliberadamente conservadas es el ejemplo contrario — pero cuando decide recuperar algo, lo hace con una precisión que otras ciudades no se permitirían.

La fachada exterior merece tiempo antes de entrar. Los detalles decorativos, las esculturas, los relieves en los tímpanos — es una concentración de trabajo artístico que en la mayoría de ciudades estaría en un museo, no en la fachada de un edificio expuesto a la lluvia y el smog.

Vista de Berlín desde la estructura de la cúpula del ReichstagVista del centro de Berlín desde una terraza elevadaInterior de la Catedral de Berlín con el altar al fondoCúpula de la Catedral de Berlín vista desde el interior
Berliner Dom — fachada y cúpula

Dentro: la nave, los mosaicos, el órgano

El interior no defrauda. La nave central con sus columnas de mármol y la decoración de la cúpula — visible desde cualquier punto de la iglesia — crea un espacio de una verticalidad que obliga a mirar hacia arriba. Los mosaicos en las paredes narran episodios del Nuevo Testamento con una densidad de detalle que invita a detenerse en cada panel.

El órgano tiene más de 7.000 tubos. Aunque no estaba en funcionamiento cuando visité, la presencia física del instrumento sobre el coro es uno de esos elementos que definen la escala del espacio — en una sala tan grande, el órgano es lo único que la llena visualmente de forma vertical.

En el nivel inferior está la cripta imperial con los sarcófagos de la familia Hohenzollern — más de noventa, de distintas épocas y estilos. Es un espacio más recogido, con esa atmósfera particular de los espacios funerarios en los que el tiempo parece moverse de forma diferente.

Escultura funeraria de mármol en una sala históricaFila de esculturas o vestimentas expuestas en una salaInterior de una sala histórica con piezas escultóricasEscultura funeraria de piedra en una sala
Interior del Berliner Dom — nave central y cripta Hohenzollern

270 escalones: Berlín desde la galería exterior

La visita incluye subir a la galería exterior de la cúpula. Son 270 escalones por una escalera de caracol bastante estrecha, con descansillos cada pocos tramos. Vale la pena el esfuerzo.

Desde la galería exterior, las vistas sobre la ciudad son probablemente las mejores que he tenido desde un edificio en estos cuatro días — mejores incluso que las de la noche anterior desde el Bundestag, porque el Berliner Dom está en el centro geográfico de la ciudad histórica y la luz diurna hace que todo sea reconocible. La Fernsehturm a un kilómetro al este. La cúpula de la Neue Synagoge más al norte. El Bundestag y la Puerta de Brandeburgo al oeste. El Spree pasando justo debajo.

Después de haber recorrido la ciudad a pie durante cuatro días, verla toda al mismo tiempo desde arriba tiene el efecto de ordenar mentalmente todo lo que has visto disperso. Las distancias se hacen reales, las conexiones entre barrios se entienden de otra manera.

Interior de una iglesia monumental con grandes ventanalesPersona fotografiándose en una escalera interiorVista de la torre de televisión desde una terrazaPanorámica de Berlín desde una terraza elevadaVista aérea del centro de Berlín con jardines y edificios
Desde la galería exterior del Berliner Dom

El Trabi-Museum: once años de lista de espera

Después de la catedral, algo completamente diferente: el Trabi-Museum, a pocos minutos a pie. Es un museo pequeño dedicado al Trabant, el automóvil de la RDA.

El Trabant no era un coche cualquiera en Alemania del Este — era uno de los pocos bienes de consumo que marcaban el estatus social en una economía planificada donde la mayoría de las cosas no se podían elegir. Esperabas entre nueve y once años desde el momento en que hacías el pedido hasta que te entregaban el coche. Hacías el pedido cuando nacía tu hijo y lo recibías cuando el niño estaba en secundaria. El coche, cuando llegaba, no cambiaba de modelo — el diseño se mantuvo prácticamente igual desde finales de los 50 hasta 1989.

El museo tiene diferentes modelos expuestos, desde los primeros prototipos hasta las últimas versiones. Pero lo más interesante son los objetos alrededor: los manuales de instrucciones, los carteles publicitarios, las piezas de recambio que los propietarios guardaban con una diligencia de coleccionistas porque conseguir repuestos en la RDA era otra aventura. Y las modificaciones artesanales que hacían los propietarios — pintura, tapizados, pequeñas mejoras mecánicas — porque era uno de los pocos espacios donde la creatividad individual tenía algo de margen.

Cuando cayó el Muro, los Trabants cruzaron hacia Berlín Oeste en columnas interminables. Los periódicos de la época tienen fotos de esas colas. Muchos fueron abandonados en el lado occidental cuando sus dueños pudieron comprarse un coche occidental — en pocas semanas había Trabants aparcados por toda Berlín Oeste sin dueño que los reclamara.

Coche decorado con grafitis en una calle de BerlínCoches clásicos expuestos en un museoVehículos clásicos expuestos en una salaCoche clásico con la palabra Test en el capóCoches antiguos expuestos en un museoCoche clásico amarillo en una sala de exposición
Trabi-Museum — los modelos y los objetos de la RDA

Unter den Linden sin prisa

Con la tarde libre, dediqué tiempo a un último paseo sin objetivos por Unter den Linden. Ya no se trataba de descubrir nada — era simplemente el placer de caminar por una calle que a estas alturas me resultaba familiar.

Los cafés con terrazas llenas de gente disfrutando del final del verano, los músicos callejeros, las tiendas. Me detuve en varios sitios no porque necesitara nada, sino para sentarme y observar. Hay algo en la manera en que los berlineses usan el espacio público que no encuentro en otras ciudades alemanas que conozco — Frankfurt o Múnich a esta hora de la tarde están tranquilas, la vida ha entrado en los edificios. Aquí la calle sigue siendo de la gente a las seis de la tarde.

En 2007 me llamó la atención lo mismo. Casi diez años después, no ha cambiado.

Carruaje tirado por caballos en una plaza de BerlínEdificio histórico de una calle céntrica de BerlínAvenida de Berlín al anochecerAvenida de Berlín iluminada por la noche
Unter den Linden — último paseo

Lo que ha cambiado en diez años

Durante el paseo fui registrando mentalmente las diferencias respecto a 2007. Los proyectos de reconstrucción que entonces estaban en sus fases iniciales — esqueletos de hormigón con andamios — ahora tienen fachadas terminadas. El Stadtschloss, el palacio real que la RDA demolió en los 60 y que en 2007 era todavía una controversia sobre si reconstruir o no, ya tiene estructura levantada. Nuevos restaurantes de cocinas de distintas procedencias donde antes había solares o tiendas de souvenirs. Galerías de arte en espacios que antes tenían otros usos.

Pero la estructura básica de la ciudad — las distancias, los ejes, la forma en que los barrios se relacionan entre sí — es la misma. Berlín se reconstruye lentamente y con cuidado. No tiene prisa destructiva. Hay algo en eso que otras ciudades podrían estudiar.

Puerta de Brandeburgo iluminada por la noche
La Puerta de Brandeburgo

La despedida en Pariser Platz

Para cerrar el día volví una última vez a la Puerta de Brandeburgo. Cuarta o quinta visita en cuatro días — la había visto de día, de noche, desde distintos ángulos y en distintos estados de ánimo. Esta vez me senté en uno de los bancos de la Pariser Platz y me quedé un rato simplemente mirando.

Pasaban turistas de todas las edades, grupos de estudiantes que la usaban como punto de encuentro, berlineses que cruzaban la plaza de camino a algún sitio sin prestarle más atención de la que le prestas a un edificio que ves todos los días. Ese doble funcionamiento — símbolo histórico cargado de significado y elemento de la vida cotidiana urbana al mismo tiempo — es una de las cosas que hace especial a Berlín.

Antes de que cayera la noche volví al hostel a preparar la mochila para el vuelo del día siguiente.

Tranvía amarillo junto a una calle de Berlín

Día 5. Berlín reconfirmado

El viernes llegó con esa mezcla de satisfacción y nostalgia anticipada que tienen los últimos días de los buenos viajes. El vuelo de regreso salía a las 10:15, así que la mañana fue solo traslado.

La salida

El S-Bahn desde Mitte hasta Tegel a primera hora. La ciudad despertándose desde la ventanilla — los parques todavía en sombra, los primeros cafés abriendo, algún ciclista madrugador en los carriles bici. Esa luz de principios de septiembre que ya tiene algo del otoño que llega, más horizontal que en agosto, con una calidad diferente.

Tegel no es el aeropuerto más moderno de Europa — llevaba décadas siendo provisional mientras esperaba la apertura del aeropuerto nuevo, que ya entonces llevaba años de retraso — pero funciona. Los procedimientos fueron rutinarios y eficientes. El vuelo salió puntual. A las 12:55 estaba de vuelta en Loiu.

Lo que Berlin sigue siendo

Cuatro días después, con algo de distancia, puedo decir sin reservas que la ciudad mantuvo lo que recordaba de 2007 y añadió capas que entonces no había tenido tiempo de ver.

El carácter cosmopolita que me sorprendió la primera vez no solo se ha conservado sino que se ha acentuado. Berlín se ha consolidado como imán para jóvenes profesionales y artistas de toda Europa — se nota en los barrios, en los cafés, en el mezcladero de idiomas que escuchas en cualquier terraza. Frankfurt y Múnich son ciudades eficientes y ordenadas, pero tienen algo de postal perfecta que las hace predecibles. Berlín conserva una capacidad de sorpresa que no he encontrado en ninguna otra ciudad alemana que conozca.

La vida nocturna sigue siendo una extensión natural del día, no algo excepcional. Eso también sigue igual.

Una ciudad que reconstruye con paciencia

Una de las cosas que más me impresionó en este segundo viaje fue comprobar el avance — lento pero real — de la reconstrucción. En 2007 había zonas enteras en obras que parecían no tener horizonte. Ahora muchas de esas zonas están terminadas. Y lo que se ha terminado se ha hecho bien: fachadas que respetan la arquitectura original, materiales cuidados, integración de lo nuevo con lo histórico sin destruir ninguno de los dos.

Habría sido más rápido y económico construir bloques de hormigón. La decisión consciente de tomarse el tiempo necesario para hacerlo bien dice algo sobre las prioridades de la ciudad.

La memoria que no es decorativa

La visita a Sachsenhausen fue sin duda el momento más duro del viaje. También el más necesario. Para alguien como yo, que pertenece a uno de los grupos que el régimen nazi persiguió sistemáticamente, esa visita no es historia abstracta. Los testimonios del bloque de celdas, los registros del triángulo rosa, las fotografías de entrada al campo: todo eso tiene una dimensión concreta y personal que los libros de texto no transmiten de la misma manera.

No es un ejercicio masoquista. Es entender de forma muy concreta lo frágil que puede ser la civilización y la suerte que tenemos de vivir en el tiempo que vivimos. Hace menos de un siglo, el simple hecho de ser quien soy me podría haber llevado a ese campo.

Esa perspectiva cambia la manera de ver el resto de Berlín — el Bundestag, el Memorial, incluso la Fernsehturm. No son monumentos aislados; son piezas de una historia que todavía está relativamente cerca.

El valor de revisitar

Este viaje me confirmó algo que intuía: algunas ciudades ganan en la segunda visita. No todas — hay lugares que quedan mejor en el recuerdo que en el reencuentro — pero Berlín no es una de ellas.

La primera vez vine como turista primerizo que intentaba acumular visitas. Esta vez vine con una lista más corta de objetivos y más tiempo para cada uno. La East Side Gallery sin prisa. El Memorial del Holocausto bajando al centro de documentación subterráneo. Sachsenhausen sin intentar salir en dos horas. El resultado es que me llevo un Berlín más complejo que el de 2007, con más matices y también con más preguntas sin responder.

Si hay otra vuelta — y supongo que la habrá — me queda el Pergamón cuando terminen las obras, los barrios del norte que no llegué a ver, algún concierto en la Filarmónica. Berlín tiene esa característica útil: nunca te da la sensación de haberla terminado.

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