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De ciudades hanseáticas a canales holandeses
Once días recorriendo en coche el norte de Europa, desde las ciudades hanseáticas alemanas hasta los canales holandeses. Un viaje de contrastes entre la sobriedad germánica y la libertad amsterdamera, con paradas inesperadas que resultaron ser lo mejor del itinerario.
Once días entre Alemania y Holanda: un viaje en triángulo hecho a medida¶
Introducción al viaje
Los mejores viajes, muchas veces, no nacen de un deseo claro de destino sino de una combinación de oportunidades. Este de octubre de 2007 es un buen ejemplo. Todo empezó con unos vuelos muy baratos desde Bilbao al aeropuerto de Colonia-Bonn, entonces en plena campaña de promoción bajo el lema Cologne-Bonn Connect con la que trataban de potenciar el aeropuerto como alternativa al gigante de Fráncfort. Cuando los precios bajan lo suficiente, el mapa empieza a abrirse en direcciones que normalmente no contemplas.
A partir de ahí monté un itinerario a medida. Desde Colonia-Bonn sacamos otro vuelo, esta vez de solo ida a Berlín. La idea era pasar tres días completos en la capital alemana, coger otro vuelo a Ámsterdam, dedicar dos días y pico a la capital holandesa, alquilar un coche para bajar recorriendo los Países Bajos por el sur (Delft, Rotterdam, La Haya) y finalmente cruzar a Alemania en coche para terminar el viaje en Bonn y Colonia, desde donde volvería el avión a Bilbao. Un triángulo Berlín–Holanda–Renania que, sobre el papel, pintaba muy bien: tres escenarios muy distintos, dos países, una mezcla de gran ciudad, arquitectura contemporánea, paisaje holandés y centro medieval alemán. Once días para verlo todo con calma.
Por qué octubre, por qué este formato
Octubre se ha convertido, viaje tras viaje, en uno de mis meses favoritos para moverse por Europa. Las temperaturas son agradables (frescas por la mañana y por la noche, templadas a mediodía), los árboles se tiñen de cobres y naranjas, los turistas del verano ya han vuelto a casa y los precios de hoteles bajan. El único riesgo es la lluvia, especialmente en Holanda, pero con un buen chubasquero plegable se lleva bien.
El formato combinado aéreo más coche de alquiler también funcionó bien en este viaje. Los aviones low-cost hacían viables conexiones que una década antes habrían sido muy caras. El coche de alquiler aportaba flexibilidad para los tramos en los que el tren no era tan cómodo o no llegaba bien a ciertos destinos pequeños. Alquilarlo en un país y entregarlo en otro (Ámsterdam a Colonia, en mi caso) tenía su recargo, pero no inabordable.
Lo que me llevo antes de arrancar
Un aviso antes de entrar en cada día. De los tres países y siete ciudades que íbamos a visitar, Holanda era para mí terreno parcialmente conocido: había vivido una temporada en Eindhoven en 1999, y en aquel tiempo tuve ocasión de visitar Ámsterdam, Delft, Rotterdam, La Haya y varios otros destinos que volverían a aparecer en este itinerario. La mirada sobre esas ciudades, por tanto, no era la del descubrimiento puro sino la del reencuentro, con algunas expectativas ya calibradas. En cambio, Berlín era una ciudad en la que llevaba tiempo queriendo poner los pies, y Bonn y Colonia eran estreno absoluto.
El viaje funcionó mucho mejor de lo que esperaba. Berlín me enamoró, Holanda funcionó como un reencuentro cariñoso con mis propios recuerdos, y Colonia con su catedral descomunal cerró la ruta con una nota alta. Además, dos musicales (Tanz der Vampire en Berlín y Tarzan en Scheveningen) entraron en el programa como guinda. A cada uno le dedico su propio artículo.
Once días cargados pero bien dosificados, con dos países, siete ciudades principales y dos musicales. Un formato que intentaría repetir con otras combinaciones en los viajes siguientes.

Día 1 en Berlín: de Bilbao a Kurfürstendamm con dos vuelos por medio¶
Lunes 8 de octubre de 2007
El primer día de un viaje con escala aérea es, casi por definición, un día prestado al transporte. Uno sabe que no va a haber mucho turismo, que las horas útiles son las que se ganan al final, y que la satisfacción está en llegar al hotel sin incidencias. Este 8 de octubre cumplió ese patrón limpio: salimos de Bilbao por la mañana rumbo al aeropuerto de Colonia-Bonn, hicimos escala de un par de horas allí y aterrizamos en Berlín sobre las siete de la tarde.
La clave del día fue precisamente esa ruta poco habitual. Volar a Berlín desde Bilbao en plan directo solía salir caro, pero aprovechando la campaña Cologne-Bonn Connect con la que están promocionando este aeropuerto como alternativa a Fráncfort, las tarifas combinando ambos vuelos salían ridículamente por debajo de lo que hubiera costado un billete directo. La contrapartida, claro, es pasar más horas en aeropuertos. Pero con un libro, un café y algo de música, las dos horas de escala en Colonia-Bonn se hicieron cortas. El aeropuerto, por cierto, me llamó la atención: es moderno, limpio, bien señalizado, con unas tasas aeroportuarias claramente competitivas y ese aire de infraestructura en expansión que se nota desde que uno pisa la terminal.
Llegada a Berlín: impresión preliminar
El aterrizaje en Tegel fue puntual. Berlín Tegel es el aeropuerto histórico al noroeste de la ciudad, con esa arquitectura hexagonal tan característica de los años setenta, funcional sin pretensiones. Recogimos las mochilas en la cinta y salimos a buscar el transporte hacia el centro. A Berlín llegaba ya con expectativas grandes: la conocía solo de referencias (noticias, reportajes, lecturas) y me apetecía contrastar lo que llevaba años imaginando con lo que me iba a encontrar en la calle.
Nuestro hotel estaba cerca de Kurfürstendamm, en la zona del oeste berlinés, lo que permitía llegar cómodamente en autobús desde Tegel. El barrio entero alrededor de Ku'damm (como lo llaman los locales) es uno de los ejes comerciales y de ocio más consolidados de Berlín Occidental, y hasta la caída del muro en 1989 fue literalmente el escaparate del capitalismo frente al Berlín oriental socialista. Hoy, con la ciudad reunificada desde hace casi dos décadas, Ku'damm sigue siendo una zona comercial importante pero ha perdido peso relativo frente a los nuevos centros del este (Mitte, Friedrichshain, Prenzlauer Berg), que han absorbido buena parte de la vida cultural y alternativa de la ciudad nueva.
Dejar la mochila y salir a respirar
Dejamos la mochila en el hotel, nos refrescamos deprisa y, pese al cansancio del día, decidimos salir a pisar la ciudad aunque fuera una hora o dos. Hay algo en la primera noche en una ciudad nueva que me cuesta resistir: esa sensación de que antes de dormir conviene anclar al menos una imagen propia, aunque sea breve. Kurfürstendamm, con sus tiendas iluminadas y el tráfico de viernes por la noche, era exactamente el sitio para ese primer contacto.
Lo primero que uno ve bajando por la avenida desde la zona del zoológico es la silueta inconfundible de la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, la iglesia conmemorativa Kaiser Guillermo. Es uno de los monumentos más icónicos de Berlín occidental, y tiene una historia tremenda. Originalmente se construyó a finales del siglo XIX como iglesia neorrománica para honrar al emperador Guillermo I, pero fue gravemente dañada durante los bombardeos aliados de 1943. En la reconstrucción de posguerra, en lugar de restaurarla por completo o demolerla, se tomó una decisión sorprendente: conservar la torre principal tal como quedó después del bombardeo, como monumento contra la guerra, y levantar junto a ella un nuevo edificio moderno para el culto actual. El resultado es ese contraste tan fotogénico: la ruina antigua, mellada, partida, con el remate irregular, junto a un cuerpo octogonal de hormigón y vidrio azul diseñado por Egon Eiermann en los años sesenta. De noche, con las luces encendidas, el contraste es aún más impactante que de día.
Los berlineses, con ese humor negro tan suyo, han bautizado al conjunto con apodos cariñosamente irreverentes: Hohler Zahn (diente hueco) para la torre vieja, Lippenstift und Puderdose (pintalabios y polvera) para el nuevo campanario y el edificio principal. Una forma muy berlinesa de relacionarse con su propia memoria: sin solemnidad, sin evasión, con una aceptación irónica que me está gustando mucho como primera pincelada de la ciudad.
Un paseo breve pero revelador
Rodeamos la iglesia, miramos los escaparates de la avenida, nos fijamos en el flujo de gente (muy internacional, con grupos hablando en todos los idiomas imaginables), y nos metimos por alguna calle lateral para bajar el ritmo. A diferencia de lo que me pasó en París hace un año, Berlín a estas horas de la noche parece mucho más viva: cafés abiertos con gente cenando, tiendas de discos todavía con clientes, bares con música que sale a la calle. Una primera impresión muy favorable.
Cenamos sencillo en un bar cercano al hotel, hicimos balance muy breve del plan para el día siguiente y nos acostamos pronto. Al día siguiente tocaba el gran recorrido berlinés, con casi todos los hitos clásicos en una sola jornada maratoniana, y ya de noche, rematar con el musical Tanz der Vampire. Había que estar frescos.

Día 2 en Berlín: un recorrido maratoniano de la Memorial al Checkpoint Charlie¶
Martes 9 de octubre de 2007
Hay ciudades que se dejan visitar con planes cortos y modulares, y hay ciudades que piden jornadas largas donde los hitos se encadenan casi a la fuerza porque están uno detrás de otro en una misma diagonal. Berlín, en su centro histórico, pertenece al segundo grupo. El eje que va desde Kurfürstendamm hasta Alexanderplatz pasando por el Tiergarten, el Reichstag, la Puerta de Brandeburgo y Unter den Linden concentra tantos edificios emblemáticos que intentar repartirlos en varios días significa andar volviendo sobre los pasos una y otra vez. Mucho mejor hacer una jornada larga, aunque cansada, y cubrir el eje de oeste a este.
Eso decidimos hacer este 9 de octubre. Salimos del hotel temprano, bien abrigados (octubre berlinés tira con más fuerza que el bilbaíno, hay que estar preparado), y empezamos la jornada en la propia Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche que ya habíamos visto de noche.
De la Memorial al Tiergarten
De día, la iglesia conmemorativa impresiona igual o más que de noche. La torre dañada, con la mella del bombardeo perfectamente conservada, se ve con todo detalle bajo la luz del otoño. Entramos en el interior del edificio nuevo: una caja octogonal de hormigón perforado por miles de pequeñas vidrieras azules que crean un ambiente interior casi subacuático, con la luz matizada en azul intenso por todas partes. Es un espacio de recogimiento muy potente, muy distinto de cualquier otra iglesia que haya visitado. Y en la sala anexa a la torre vieja, una pequeña exposición permanente muestra fotografías del bombardeo y de la reconstrucción, con carteles que explican el sentido del monumento. Todo muy bien pensado.
De ahí bajamos hacia el Zoo (el Zoologischer Garten, uno de los zoológicos más antiguos del mundo, fundado en 1844), y rodeamos la zona sin entrar. Lo interesante del barrio es el contraste entre una vegetación muy densa y la presencia de grandes edificios modernos, con el paisaje urbano cambiando de tono en cada cruce. Entramos en el Tiergarten, el gran pulmón verde de Berlín (210 hectáreas, tanto o más que Central Park salvando las diferencias), y nos fuimos caminando hacia el este siguiendo la gran avenida central.
Siegessäule, la columna con ángel dorado
El primer hito en ese trayecto es la Siegessäule, la Columna de la Victoria. Se construyó a mediados del siglo XIX para conmemorar las victorias prusianas sobre Dinamarca, Austria y Francia, y está coronada por una estatua dorada de la Victoria (a la que los berlineses llaman cariñosamente Goldelse, que se traduce algo así como «Elsa la Dorada»). La columna mide más de 67 metros, y se puede subir por una escalera de caracol interior hasta una pequeña plataforma a los pies de la estatua dorada. La decidimos no subir (teníamos pensada la subida al Reichstag más tarde), pero rodearla por la glorieta ya merece la pena: desde abajo, con la dorada brillando al sol de octubre, la composición es impresionante. La columna aparece, además, en una de las secuencias más famosas de El cielo sobre Berlín de Wim Wenders, y reconocerla en directo tras haberla visto tantas veces en cine tiene su punto.
Schloss Bellevue y la Casa de las Culturas del Mundo
Continuamos caminando por la avenida hasta el Schloss Bellevue, el palacio que es residencia oficial del presidente federal alemán. Es un edificio neoclásico de finales del siglo XVIII, de tono blanco con cubierta de pizarra, ampliado varias veces y totalmente restaurado tras la guerra. No se puede visitar (salvo en jornadas puertas abiertas muy puntuales), pero la fachada desde los jardines circundantes es elegante y suficientemente fotogénica.
Un poco más adelante llegamos a la Haus der Kulturen der Welt, la Casa de las Culturas del Mundo, un edificio de 1957 diseñado por el arquitecto norteamericano Hugh Stubbins, con ese tejado curvo tan característico que los propios berlineses han bautizado como die schwangere Auster, la ostra embarazada. El apodo, como tantos otros en esta ciudad, es cariñoso y descriptivo al mismo tiempo. Originalmente se construyó como regalo de Estados Unidos a Berlín Occidental dentro del contexto de la Guerra Fría (había que demostrar que en la mitad «libre» de Berlín también se hacía arquitectura avanzada). Hoy es un centro de arte contemporáneo dedicado a las culturas no europeas.
A pocos metros, el carillón del Tiergarten, una torre de 42 metros con 68 campanas que suena varias veces al día. Tuvimos suerte: pasábamos cuando estaba a punto de dar su concierto de mediodía. Nos detuvimos unos minutos a escuchar mientras las campanas tocaban una melodía compleja que retumbaba por todo el parque. Esos pequeños regalos imprevistos son los que redondean un día.
Reichstag: subir a la cúpula de Norman Foster
Y llegamos al Reichstagsgebäude, el edificio del Parlamento alemán. Construido originalmente entre 1884 y 1894 por Paul Wallot, incendiado en 1933 en el famoso incendio que Hitler utilizó como excusa para cancelar las libertades de la República de Weimar, bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial y abandonado durante décadas, el Reichstag volvió a funcionar como sede parlamentaria tras la reunificación. La reforma integral, con la emblemática cúpula de vidrio de Norman Foster como elemento más visible, se completó en 1999.
Y esta cúpula, señores, es lo mejor que uno puede ver en Berlín un día claro. La entrada es gratuita (solo hay que hacer cola o reservar hueco), y desde dentro del edificio se sube en ascensor hasta la base de la cúpula y desde ahí, por una rampa espiral que asciende en doble hélice, se llega hasta la cima. Todo en vidrio. En el centro de la cúpula, un enorme embudo invertido revestido de paneles de espejo refleja la luz natural hacia la cámara del pleno del Bundestag, en la planta inferior, de forma que los parlamentarios trabajan literalmente bajo el reflejo de la gente que los mira desde arriba. Un gesto simbólico brillante: el parlamento, transparente; los ciudadanos, por encima de sus representantes.
Desde la cima de la cúpula, las vistas de Berlín se abren en 360 grados. Al oeste, el Tiergarten que acabábamos de cruzar. Al este, la Puerta de Brandeburgo a tiro de piedra, la avenida Unter den Linden estirándose hacia Alexanderplatz con la Torre de Televisión al fondo. Al norte, la estación central. Al sur, la Potsdamer Platz con sus rascacielos nuevos. El centro político y simbólico de Berlín a tus pies, y uno camina en espiral sobre él respirando una arquitectura que mezcla memoria histórica con modernidad contemporánea. Una de las mejores subidas a mirador público que he hecho en cualquier ciudad.
La Puerta de Brandeburgo: icono por derecho propio
Bajamos del Reichstag y caminamos los doscientos metros escasos hasta la Puerta de Brandeburgo, ese monumento absoluto de la historia europea del siglo XX. Se construyó a finales del siglo XVIII como una puerta neoclásica al estilo de los propileos atenienses, pero su potencia simbólica viene de otro sitio: durante la división de Berlín, la puerta quedó justo en la frontera entre los sectores oriental y occidental, dentro de la zona de exclusión del muro, inaccesible tanto para uno como para el otro. Cuando cayó el muro en 1989, la apertura de la puerta se convirtió en la imagen por excelencia de la reunificación.
Atravesamos la puerta desde el lado occidental hacia la Pariser Platz, uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad, con la embajada de Estados Unidos, la embajada de Francia y el Hotel Adlon rodeándola. Es curioso: la plaza entera, incluidas las embajadas, se reconstruyó entera tras la reunificación, porque durante décadas este espacio había sido parte de la tierra de nadie entre los dos Berlines. Lo que hoy ves es pura arquitectura de los años noventa y dos mil imitando estilos anteriores. El único edificio original superviviente es la propia puerta.
Unter den Linden y la Isla de los Museos
Tomamos Unter den Linden, la gran avenida que va de la puerta hacia el este, flanqueada por tilos (aunque los tilos originales se perdieron con los bombardeos y los actuales son replantaciones recientes). Pasamos por la Neue Wache (la casa de guardia neoclásica convertida hoy en monumento a las víctimas de la guerra y la tiranía, con la impresionante escultura de la Madre con hijo muerto de Käthe Kollwitz bajo el óculo central de la sala principal), por el Zeughaus (el antiguo arsenal, hoy Museo Histórico Alemán), y llegamos a la Isla de los Museos.
La Museumsinsel, patrimonio de la Humanidad desde 1999, reúne cinco grandes museos en una sola isla del Spree: el Altes Museum (Schinkel, 1830), el Neues Museum, el Alte Nationalgalerie, el Bode-Museum y el célebre Pergamonmuseum. Todos están en distintas fases de restauración, porque buena parte de ellos quedaron seriamente dañados durante la guerra y la zona entera forma parte de un plan maestro de recuperación. Hoy nos limitamos a pasear entre los edificios por fuera, admirando las fachadas neoclásicas y cruzando los puentes. El Pérgamo lo teníamos reservado para el día siguiente, con tiempo por delante para hacerlo con calma.
Enfrente, sobre la otra orilla del Spree, la inmensa Berliner Dom (la catedral protestante) con su cúpula verde y sus cuatro torres barrocas, recuerda que Berlín también tuvo ambiciones catedralicias. Es un edificio recargado, algo kitsch en su exageración neorrenacentista, pero impresionante por tamaño.
Alexanderplatz y la torre de televisión
Seguimos hasta Alexanderplatz, el gran espacio público del Berlín oriental, durante décadas corazón del Berlín socialista. Aquí está la Fernsehturm, la Torre de Televisión, construida entre 1965 y 1969 por la RDA como símbolo de modernidad socialista. Con 368 metros de altura, es el edificio más alto de Alemania y domina el horizonte berlinés desde casi cualquier punto. Su bola giratoria, pintada con paneles metálicos, proyecta una cruz luminosa cuando le da el sol, una imagen que los berlineses occidentales llamaban irónicamente la venganza del Papa (porque el régimen ateo de la RDA había construido sin querer un símbolo cristiano gigante).
Alexanderplatz es una plaza austera, con ese urbanismo socialista de grandes bloques y explanadas pensados para concentraciones masivas. No es bonita en el sentido convencional, pero tiene una personalidad muy marcada. El reloj mundial en el centro de la plaza, diseñado en 1969, es uno de esos objetos de diseño industrial que se reconocen de inmediato. Nos sentamos un rato en un banco cercano, comimos una currywurst de un puesto callejero (perritos calientes bañados en salsa curry, el plato nacional berlinés) y descansamos piernas.
Checkpoint Charlie: el paso fronterizo que desapareció
Desde Alexanderplatz tomamos el metro U-Bahn hacia el sur para visitar el Checkpoint Charlie, el famoso paso fronterizo entre Berlín oriental y occidental durante la Guerra Fría. La caseta original del puesto de control desapareció, y la que se ve hoy es una réplica colocada ahí por razones turísticas. El efecto, hay que decirlo, es algo anticlimático: una cabina blanca, unos sacos terreros simulados, un cartel con el célebre «You are leaving the American Sector» en inglés, ruso, francés y alemán. La gente se hace fotos, algunos incluso con actores disfrazados de soldados norteamericanos (a pago, claro). Es turismo puro y duro, más performativo que histórico.
Lo interesante no es tanto la caseta sino el museo adyacente, el Haus am Checkpoint Charlie, que recoge historias de fugas de Berlín oriental hacia el occidental durante los 28 años del muro: fugas en túneles, en coches trucados, en globos aerostáticos caseros, con documentación falsa, con disfraces, incluso dentro de una tabla de surf vaciada. Historias concretas, muchas veces con fotografías y con los propios objetos de fuga. Lo que de otra manera sería solo historia fría se convierte aquí en historia humana, con rostros y biografías. Un lugar que merece muchísimo más tiempo del que le pudimos dedicar.
Topografía del Terror: la memoria sin monumentos
A pocos metros, la Topografía del Terror. Este sitio ocupa el solar donde durante el nazismo estuvieron la sede central de la Gestapo, el cuartel general de las SS y la Oficina Principal de Seguridad del Reich. Tras la guerra, todos esos edificios fueron demolidos y el solar quedó abandonado durante décadas. En 1987, para el 750 aniversario de Berlín, se inauguró una exposición al aire libre en las ruinas de los sótanos, y desde entonces se ha ido ampliando. Aún no hay un centro de documentación definitivo (están construyéndolo ahora, y por lo que hemos leído se inaugurará en los próximos años), pero la exposición temporal bajo carpa que hay montada mientras cuenta la historia del aparato represivo nazi con detalle escalofriante. Documentos, fotografías de víctimas, listas de oficinas, organigramas de la maquinaria del terror.
Justo al lado de la exposición queda un tramo de muro de Berlín original, uno de los pocos que se conservan in situ. Verlo en pie, con sus muescas, sus grietas, con los trozos arrancados por los buscadores de recuerdos en los primeros años tras la caída, produce un escalofrío que ninguna réplica podría generar. Aquí sí está la historia en carne viva.
Potsdamer Platz: la nueva Berlín en cristal
Cerramos el día en Potsdamer Platz, el espacio que durante la división fue tierra de nadie y que desde los años noventa se ha convertido en uno de los grandes proyectos urbanísticos de la Europa reciente. Los arquitectos estrella internacionales (Renzo Piano, Helmut Jahn, Hans Kollhoff, Arata Isozaki) levantaron aquí una pequeña ciudad nueva de rascacielos medianos, centros comerciales, cines, teatros y oficinas. El Sony Center, con su enorme cubierta textil en forma de carpa que se ilumina de colores por la noche, es la pieza más fotogénica del conjunto. El resto tiene menos carácter pero forma un conjunto muy coherente.
Es fascinante pensar que hace menos de veinte años este sitio estaba literalmente partido por el muro y era un erial. Hoy uno camina por plazas peatonales, se sienta en terrazas de cafés bajo estructuras de acero y cristal, y ve pasar a berlineses de todas las edades disfrutando del espacio. Berlín, lo he ido notando a lo largo de todo el día, es una ciudad que ha hecho un esfuerzo enorme por reconstruirse sin pretender borrar sus cicatrices. Se nota en cada esquina.
Y a la noche, musical
Volvimos al hotel a descansar un rato antes del plato fuerte de la noche: el musical Tanz der Vampire en el Theater des Westens, que queda muy cerca de nuestro alojamiento en la zona de Kurfürstendamm. El musical merece un artículo específico y allí lo cuento. Cerré el día con la cabeza reventada de imágenes, las piernas cansadas pero el ánimo por las nubes. Berlín está cumpliendo con creces.

Día 3 en Berlín: el Museo de Pérgamo y una tarde en el Neues Palais de Potsdam¶
Miércoles 10 de octubre de 2007
Después del día maratoniano anterior, el 10 de octubre decidimos repartir mejor el esfuerzo. Por la mañana, Museo de Pérgamo, uno de los grandes imprescindibles de la Isla de los Museos. Por la tarde, excursión a Potsdam en tren para ver el Neues Palais, el gran palacio rococó que Federico II mandó construir como demostración de que Prusia, pese a siete años de guerra ruinosa, seguía teniendo recursos para lujos desmesurados. Dos paradas muy distintas entre sí, pero ambas pertenecientes a esa estratificación cultural que Berlín y su entorno ofrecen a espuertas.
Salimos del hotel a primera hora, desayunamos rápido y tomamos el S-Bahn hasta Hackescher Markt, la parada más cercana a la Isla de los Museos por el norte.
Entrar al Pérgamo: escala monumental desde el primer paso
El Pergamonmuseum es, sin discusión, uno de los museos arqueológicos más impresionantes del mundo. Se construyó entre 1910 y 1930 específicamente para albergar piezas que, por su tamaño, no cabían en los otros museos de la isla. Y cuando decimos tamaño no nos referimos a esculturas un poco grandes, sino a edificios enteros reconstruidos dentro de salas gigantescas. Eso es lo que hace al Pérgamo único: aquí no ves fragmentos, ves estructuras arqueológicas completas remontadas piedra por piedra en interiores climatizados.
Llegamos cuando acababa de abrir, con la cola manejable, y en cuanto entramos en la primera gran sala el efecto fue de sorpresa mayúscula.
El Altar de Pérgamo: monumento griego absoluto
La sala central del museo está ocupada por el Altar de Pérgamo, una estructura del siglo II antes de Cristo que se erigía originalmente en la acrópolis de la ciudad helenística de Pérgamo, en la actual Turquía. Excavado por arqueólogos alemanes a finales del siglo XIX, se trasladó pieza a pieza a Berlín bajo un acuerdo con el Imperio Otomano de la época, y aquí se remontó respetando la escala original. El altar es una plataforma elevada coronada por una gran escalinata y rodeada por un enorme friso esculpido en mármol que representa la gigantomaquia, la batalla mítica de los dioses olímpicos contra los gigantes.
Entrar en esta sala es, literalmente, subir los escalones del altar. Uno camina por donde habría caminado un sacerdote griego del siglo II antes de Cristo. El friso se despliega a los lados con una intensidad dramática extraordinaria: figuras musculadas en movimiento, serpientes, animales, gestos desesperados y triunfantes, una de las cumbres del arte helenístico tardío. Me quedé un buen rato recorriendo el friso entero, intentando identificar a cada dios (Zeus con sus rayos, Atenea arrastrando a un gigante por los pelos, Apolo disparando su arco) y cada gigante caído. Una de las experiencias museísticas más potentes de mi vida.
La puerta del mercado de Mileto y la puerta de Ishtar
Justo al lado está la Puerta del Mercado de Mileto, una fachada romana monumental del siglo II después de Cristo, con dos niveles de columnas corintias y un frontón central. Trasladada también desde la actual Turquía, remontada aquí en los años veinte. La escala es imponente: llena una pared entera de la sala, con la puerta funcionando casi como un portal ficticio entre el museo y un pasado ya inaccesible.
Pero si hay una pieza que me dejó literalmente sin palabras fue la Puerta de Ishtar, la octava puerta de la muralla interior de Babilonia, erigida hacia el 575 antes de Cristo por orden de Nabucodonosor II. La puerta es una mole de ladrillos vidriados en azul cobalto, decorada con relieves de toros (para el dios Adad) y dragones-serpiente mushhushshu (para el dios Marduk) distribuidos en filas regulares. La franja de azul profundo con las figuras en amarillo y blanco es una de las imágenes más reconocibles de la arqueología mesopotámica. Y tenerla enfrente, a escala real, con la Vía Procesional que la precedía también remontada con sus muros cubiertos de leones, te corta la respiración. Babilonia en Berlín. El siglo VI antes de Cristo en la Spree.
Otras salas y final de la mañana
El resto del museo incluye secciones de arte islámico, con una fachada decorada del palacio omeya de Mshatta (Jordania, siglo VIII), alfombras, azulejos, manuscritos iluminados, piezas de cerámica. Una riqueza que da para varias visitas más. Pero después de la Puerta de Ishtar casi todo lo demás cuesta asimilarlo: los ojos y la cabeza saturan. Salimos del museo hacia el mediodía con la sensación de haber visto una de las cosas más extraordinarias del viaje.
Comimos rápido en un café cercano y nos fuimos hacia la estación central para coger el tren a Potsdam.
A Potsdam en tren: media hora hasta la capital de Prusia
Potsdam es la capital de Brandeburgo, el estado federado que rodea a Berlín (Berlín es ciudad-estado independiente). Se llega en S-Bahn desde la estación central en unos 35-40 minutos, con trenes frecuentes. Potsdam fue durante siglos residencia de los reyes prusianos (Federico II, Federico Guillermo II, Guillermo I, Guillermo II) y acumuló en un radio pequeño un conjunto de palacios y jardines que hoy están declarados patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El más famoso es Sanssouci, el pequeño palacio rococó que Federico II construyó como refugio personal. Pero nosotros elegimos ir a ver el Neues Palais, el «nuevo palacio», que está en el extremo opuesto del mismo parque.
El Neues Palais: megalomanía rococó con fines propagandísticos
El Neues Palais se construyó entre 1763 y 1769 por orden de Federico II el Grande, justo después de la Guerra de los Siete Años. Fue precisamente ese el motivo de su construcción. La Guerra de los Siete Años había devastado Prusia económicamente y militarmente, y muchas potencias europeas asumían que el reino quedaría muy debilitado. Federico quiso demostrar lo contrario con un gesto publicitario muy al estilo del absolutismo ilustrado: construir el palacio más ostentoso posible, en un tiempo récord, para dejar claro que Prusia seguía siendo una potencia. Se refería al Neues Palais con cierta autoironía como su fanfaronnade, que en francés viene a ser una fanfarronería, un gesto exhibicionista.
Y fanfarronada es el adjetivo exacto. El palacio es gigantesco: más de 200 habitaciones, fachada monumental de casi 240 metros de largo, cúpula central coronada por las Tres Gracias de escayola dorada, interior decorado con mármoles, cristal, oro, escayola en cantidades astronómicas. Todo destinado a impresionar visualmente, aunque Federico apenas lo usó como residencia principal (prefería Sanssouci para vivir). El Neues Palais servía sobre todo para alojar a los huéspedes reales y para las grandes fiestas cortesanas.
Visitar el interior
La visita se hace con audioguía por las salas principales. Se pasa por la Sala de las Conchas (un espacio totalmente revestido de conchas, minerales y fósiles, una especie de gruta barroca interior), el Salón de los Mármoles con columnas monumentales, los dormitorios reales con muebles rococó, el pequeño teatro palaciego con su escenario dieciochesco conservado, las galerías de pintura. Todo en esa línea rococó tardía donde la decoración tiende al exceso, casi al empacho, y donde la sensación general es de estar dentro de un enorme objeto decorativo.
A mí, siendo sincero, el rococó me interesa menos que otras épocas arquitectónicas. Hay algo en esta acumulación incesante de motivos dorados, de querubines, de guirnaldas, que me satura visualmente. Admiro la técnica, admiro la ambición, pero entro y salgo con una mezcla de respeto y ligera fatiga. Aún así, la visita merece la pena precisamente para entender el tipo de mensaje político que se enviaba a través de la arquitectura en el siglo XVIII. El Neues Palais es, en el fondo, un enorme panfleto monárquico hecho piedra.
Paseo por el parque
Mucho más reconfortante para mí fue el paseo posterior por el parque de Sanssouci, que se extiende a lo largo de dos kilómetros entre el Neues Palais y el propio Sanssouci. Senderos de grava entre plátanos ya amarillos por el otoño, estatuas clásicas colocadas estratégicamente en cruces, estanques con fuentes, pequeños templetes. Es un jardín a la francesa con concesiones al paisajismo inglés, bellísimo en esta estación del año. Hay momentos en los que uno se olvida de que está a media hora de Berlín.
Llegamos hasta la colina donde Federico II mandó construir Sanssouci, ese pequeño palacio rococó de una sola planta con grandes ventanales, con las famosas terrazas escalonadas cubiertas de viñas en el frente. Aquí es donde Federico vivía realmente cuando quería escapar de la corte. Hoy, con el atardecer ya cerca, las terrazas tenían un tono dorado precioso. No entramos (ya íbamos con poco tiempo), pero admiramos el conjunto desde abajo.
Regreso y cierre del día
Tomamos el S-Bahn de vuelta a Berlín con el sol poniéndose sobre los campos de Brandeburgo. Llegamos al hotel razonablemente pronto y tuvimos tiempo para cenar con calma. Berlín, con sus tres días cumplidos, nos había dado todo lo que habíamos pedido y más. Al día siguiente tocaba vuelo a Ámsterdam y cambiar de país.
Hago balance rápido antes de dormir. Berlín me ha impactado por varias razones. Primera, por la relación honesta y directa que la ciudad mantiene con su propia historia difícil (nazismo, guerra, división, muro): ni la esconde ni la teatraliza, la integra en el tejido urbano con exposiciones, monumentos y señalización muy bien pensados. Segunda, por la coexistencia de arquitectura moderna ambiciosa con monumentos históricos reconstruidos: la Potsdamer Platz conviviendo con la Puerta de Brandeburgo, el Reichstag con cúpula de Foster junto a los jardines del Tiergarten. Tercera, por el ambiente general de la calle: viva, internacional, con nervio nocturno (a diferencia de París), con una cultura del espacio público que se nota. Berlín está en plena reinvención, y se nota. Me ha gustado muchísimo.

Día 4 del viaje: de Berlín a Ámsterdam, un cambio radical de atmósfera¶
Jueves 11 de octubre de 2007
Los días de cambio de país, en un viaje con múltiples destinos, tienen un carácter propio. No son días puros de viaje ni días puros de ciudad: son híbridos, con la mañana dedicada a salir y la tarde a empezar. Este 11 de octubre fue exactamente eso. Mañana en Berlín cerrando impresiones, vuelo de mediodía, tarde en Ámsterdam con el primer paseo de tanteo. Un día bisagra entre dos capitales europeas muy distintas entre sí.
Salimos del hotel a primera hora de la mañana, sin prisas exageradas pero sin perder tiempo. El aeropuerto berlinés, con su planta hexagonal de los años setenta, sigue funcionando con una eficiencia muy alemana a pesar de su edad evidente. Facturación rápida, controles fluidos, y en menos de una hora ya estábamos en la puerta de embarque con tiempo para un café final en suelo alemán.
Vuelo corto a Schiphol
El vuelo Berlín-Ámsterdam dura poco más de hora y media, de aeropuerto a aeropuerto. Llegamos al Schiphol, ese aeropuerto que de por sí merece mención: siempre me ha parecido uno de los mejores aeropuertos europeos, con diseño limpio, señalización clarísima y esa biblioteca pública gratuita que instalaron hace años en la zona de tránsito (una idea preciosa, por cierto, poder leer un libro en holandés o inglés mientras esperas a conexión).
Schiphol está muy bien conectado con el centro de Ámsterdam por tren: en la propia terminal, bajando una planta, tienes los andenes de la estación ferroviaria, con trenes directos hasta Amsterdam Centraal cada pocos minutos. El trayecto dura quince o veinte minutos y deja en el mismo corazón de la ciudad. Una solución urbana tan cómoda que da rabia pensar lo mal que están resueltas estas conexiones en muchos otros aeropuertos.
Llegar a Ámsterdam, reencuentro con una ciudad conocida
Ámsterdam no es una ciudad nueva para mí. Hace unos años viví una temporada en Eindhoven, y en esos meses visité Ámsterdam en varias ocasiones, además de otras ciudades del país que volverán a aparecer en este viaje. La mirada sobre Ámsterdam es por tanto una mirada de reencuentro, no de descubrimiento. Tengo mis barrios preferidos, mis rutas probadas, mis cafés recordados, algún museo que sé que merece la pena repetir y algún otro que ya aprendí que se puede saltar.
Para mi acompañante, en cambio, es primera vez en la ciudad. Eso siempre cambia la experiencia: tocará enseñar lo esencial con calma, mezclándolo con algún rincón menos obvio de los que yo conozco. Un formato que me gusta porque combina la eficiencia del conocimiento previo con la curiosidad fresca del que llega nuevo.
Hotel y primer paseo
El alojamiento estaba en una de esas callejuelas estrechas típicas de Ámsterdam, en un edificio histórico de fachada inclinada, con esas escaleras interiores de traviesas altísimas y anchos mínimos que obligan a subir las maletas de lado. Subir la mochila fue una odisea en miniatura, pero el hotel compensaba por sitio y carácter. Desde la ventana se veía un canal estrecho con barcos amarrados, bicicletas apoyadas contra los pretiles, árboles empezando a soltar las primeras hojas amarillas al agua. Ámsterdam en estado puro.
Dejamos las cosas, nos refrescamos y salimos a pisar calle. Era media tarde, con la luz del otoño empezando a bajar, el tipo de momento ideal para un primer paseo de tanteo.
Hitos del primer paseo: de la estación a Dam
Caminamos primero hacia la estación central, la Amsterdam Centraal, uno de los edificios más icónicos de la ciudad: un palacio neogótico rojo y blanco de finales del siglo XIX, obra del arquitecto Pierre Cuypers (el mismo del Rijksmuseum, por cierto, lo que explica el aire de familia entre ambos edificios). La estación se construyó sobre tres islas artificiales en el IJ, el antiguo puerto de la ciudad, lo que ya de por sí es un tour de force ingenieril. La fachada, con sus torretas, relojes y ornamentación, te recibe como si estuvieras llegando no a una estación sino a un palacio. Me sigue pareciendo una de las entradas urbanas más bonitas de Europa.
Desde la estación bajamos por Damrak, la avenida principal que conecta la estación con la plaza Dam. Damrak es probablemente la calle más turística de Ámsterdam (con todo lo que eso implica: coffee shops, tiendas de souvenirs baratos, cadenas de comida rápida), pero también mantiene algunos edificios históricos interesantes, como la Bolsa de Berlage, un edificio seminal del modernismo holandés de principios del siglo XX.
Desembocamos en la plaza Dam, el gran espacio central de la ciudad, presidido por el Paleis op de Dam (Palacio Real, antiguo ayuntamiento del siglo XVII reconvertido por Luis Bonaparte cuando fue rey de Holanda entre 1806 y 1810) y por la Nieuwe Kerk, la iglesia gótica donde se celebran las coronaciones de los monarcas holandeses. En el centro, el monumento nacional, un obelisco de piedra blanca erigido tras la Segunda Guerra Mundial como memorial a las víctimas de la ocupación nazi.
La plaza estaba llena de gente, como siempre: turistas haciendo fotos, palomas, algún músico callejero, adolescentes sentados en las escaleras del monumento. No es el espacio más bonito de Ámsterdam (demasiado ancho, con demasiado tráfico alrededor), pero es centralidad pura, y todos los paseos en Ámsterdam pasan por Dam tarde o temprano.
Primeros canales y primer zumo de naranja
Desde Dam nos metimos por callejuelas estrechas hacia el oeste, dejándonos llevar por la geometría concéntrica de los canales. Singel, Herengracht, Keizersgracht, Prinsengracht. Los cuatro grandes canales que definen el casco histórico de Ámsterdam, cada uno más ancho y más antiguo que el anterior (empezando por el Singel, que era el foso defensivo medieval, hasta el Prinsengracht, que fue el último en excavarse en el siglo XVII durante la gran expansión de la ciudad).
Paseamos sin rumbo definido, cruzando puentecitos de piedra, asomándonos a los canales para ver los reflejos de las casas en el agua, mirando las casas flotantes (Ámsterdam tiene más de dos mil casas-barco permanentes amarradas en sus canales, legalmente registradas como viviendas). La luz del atardecer iba dándole tonos dorados a las fachadas de ladrillo rojizo, y el ambiente era el clásico de la ciudad: tranquilo, discreto, sin estridencias pero profundamente fotogénico.
Paramos en una cafetería de barrio a tomar un zumo de naranja natural (los holandeses tienen fama de servir los mejores zumos del norte de Europa, y la fama se la han ganado) y un stroopwafel, la galleta típica de dos capas finas unidas con caramelo de sirope que, colocada sobre una taza de café caliente, se ablanda ligeramente y produce un efecto delicioso.
Cena temprana y descanso
Con la primera impresión ya asentada, volvimos hacia el hotel cruzando alguna otra zona. Cenamos en un bar pequeño de comida holandesa sencilla, con la bandera naranja y el mobiliario de madera oscura tan típicos. Tranquilo, sabroso, sin pretensiones.
Al día siguiente empezaban los días completos en Ámsterdam. Había que repartir bien entre museos, paseos, barrios y algún sitio menos obvio. Dormimos pronto, con el canal susurrando bajo la ventana.

Día 5 en Ámsterdam: museos del Museumplein y paseo por Jordaan¶
Viernes 12 de octubre de 2007
Ámsterdam no es París ni Berlín en cuanto a volumen museístico, pero tiene dos o tres museos de primera línea mundial concentrados en el Museumplein, esa gran plaza al sur del centro histórico donde confluyen el Rijksmuseum, el Van Gogh Museum y el Stedelijk Museum. Concentrar la mañana en esta zona y dejar la tarde para callejeo por Jordaan y alrededores me pareció el reparto más eficiente para el primer día completo en la ciudad.
Arrancamos temprano, tomamos uno de esos estupendos tranvías amarillos de Ámsterdam (la red de tranvías, que es de las más densas y funcionales de Europa, cubre prácticamente toda la ciudad con paradas cada pocos cientos de metros) desde el centro hasta el Museumplein, y nos plantamos allí cuando apenas se empezaba a formar cola.
Rijksmuseum: la colección holandesa por excelencia
El Rijksmuseum es el gran museo nacional de Holanda, con una colección centrada especialmente en la Edad de Oro holandesa del siglo XVII (ese extraordinario momento en que una pequeña república protestante dominó el comercio mundial y se convirtió en potencia cultural de primer orden). El edificio principal, obra del mismo Pierre Cuypers que firmó la estación central, es una catedral neogótica de ladrillo rojo y piedra blanca, con torres, vidrieras y un gran pasaje central abovedado. Una joya en sí mismo, aunque ahora mismo está pasando por una remodelación integral: algunas alas están cerradas al público y hay andamios por todas partes. La obra completa durará todavía varios años (leo que se prevé su finalización para 2013), pero mientras tanto una parte importante del museo permanece abierta con los grandes maestros colgados en una exposición temporal concentrada, bajo el título The Masterpieces, que recoge lo imprescindible.
Y lo imprescindible es mucho. La Ronda de Noche de Rembrandt, el cuadro más famoso del museo, sigue ahí presidiendo su sala. Es un óleo enorme (cuatro metros de ancho) que representa a una compañía de arcabuceros bajo el mando del capitán Frans Banninck Cocq, en un movimiento teatral espectacular, con el uso magistral del claroscuro que caracteriza al maestro. El título oficial original se ha perdido; Ronda de Noche es un nombre popular que surgió porque durante siglos el cuadro estuvo cubierto por capas de barniz oscurecido que hacían parecer que la escena era nocturna. Tras una limpieza en el siglo XX se descubrió que, en realidad, es una escena diurna. Pero el nombre ya se había pegado.
También están aquí los Vermeer, los pocos que se conservan en el mundo (apenas 35 obras atribuidas con seguridad). El Rijksmuseum tiene cuatro, entre ellas La lechera, ese cuadrito pequeño con la criada vertiendo leche que es uno de los mejores ejemplos de luz holandesa: la forma en que Vermeer captura la luz entrando por la ventana y cayendo sobre el pan, sobre el cántaro, sobre el pañuelo blanco de la mujer, es de una sutileza que las reproducciones nunca alcanzan. Vista en persona, a pocos centímetros, es hipnótica.
Y junto a ellos, Frans Hals, Jan Steen, Pieter de Hooch, Judith Leyster y toda la constelación de pintores menores que llenaron las casas burguesas holandesas del siglo XVII con retratos, escenas domésticas, bodegones y paisajes. Una cultura visual entera concentrada en un piso del museo. Me gusta más el Rijksmuseum que el Louvre, lo digo sin dudarlo: es más coherente, más manejable, menos abrumador.
Van Gogh Museum: concentración absoluta
A pocos metros está el Van Gogh Museum, inaugurado en 1973 y dedicado íntegramente a la obra de Vincent van Gogh y su círculo. Es el mayor centro del mundo dedicado a este pintor, con más de doscientas pinturas, medio millar de dibujos y la práctica totalidad de las cartas personales que escribió a su hermano Theo, auténtico fondo documental de su vida artística.
Lo que más impresiona no es ver un cuadro famoso (Los girasoles, la Habitación en Arlés, los Autorretratos) sino poder recorrer la evolución del pintor en orden cronológico. Empezando por los oscuros y empastados Comedores de patatas de sus primeros años, cuando todavía buscaba un estilo propio en Holanda; pasando por el descubrimiento de los impresionistas en París; el estallido cromático de su periodo provenzal en Arlés; los paisajes vibrantes de Saint-Rémy cuando estaba internado; hasta los últimos cuadros de Auvers-sur-Oise, pintados en las semanas previas a su suicidio. Recorrer esta evolución en cuarenta metros de pasillo es como asistir a una transformación personal hecha visible.
Los cuadros de Van Gogh tienen algo que no se puede apreciar en reproducción: la textura de la pintura, los pegotes de óleo aplicados con tanta fuerza que parecen relieves, las pinceladas visibles de un centímetro o más. El Dormitorio en Arlés, de cerca, es casi escultura. Ese aspecto táctil, tridimensional, solo se captura en persona.
El edificio del museo, por cierto, también tiene interés: el ala principal es obra de Gerrit Rietveld, uno de los grandes del movimiento De Stijl, diseñada a principios de los años sesenta con ese racionalismo sobrio tan holandés. Y anexa hay una ala contemporánea ovalada de Kisho Kurokawa, inaugurada en 1999, que acoge las exposiciones temporales. Dos gestos arquitectónicos distintos que funcionan bien juntos.
Comer en Museumplein
Salimos del Van Gogh después de dos horas y pico, con la cabeza saturada pero feliz. El Museumplein es una gran explanada al sur de los museos, con zonas de césped, el logotipo gigante I AMsterdam con sus letras rojas y blancas gigantes donde todo el mundo se fotografía (colocaron esa escultura tipográfica hace poco, como parte de una campaña de promoción turística, y se ha convertido en uno de los selfie spots obligatorios), y varios puestos de comida rápida. Compramos un par de sándwiches y un café para comer sentados en el césped, aprovechando que la mañana de octubre todavía daba para estar al aire libre sin congelarse.
Tarde en Jordaan
Con los museos amortizados, la tarde la dedicamos a Jordaan, mi barrio favorito de Ámsterdam. Jordaan se construyó en el siglo XVII como barrio obrero y de inmigrantes, al oeste del cinturón de canales principal, con una trama irregular distinta a la planificación concéntrica del resto del centro. Durante muchos años fue un barrio popular, hasta que a partir de los años setenta se fue gentrificando y hoy es una de las zonas más de moda de la ciudad: galerías de arte, cafés con diseño, pequeñas tiendas de artesanía, mercadillos de sábado, casas hermosas restauradas con cuidado.
Paseamos sin plan concreto por sus callejuelas: Bloemgracht, Egelantiersgracht, Anjeliersstraat. Los nombres de las calles se dedicaron a plantas y flores cuando se urbanizó el barrio, y el resultado es una nomenclatura poética de geraniums, tulipanes y lirios. Cruzamos algunos de esos puentecitos pequeñísimos y perfectamente simétricos, nos asomamos a alguna galería con precios astronómicos (un cuadro pequeño de un artista local, 3.500 euros; me reí por dentro), nos sentamos en un café que tenía estanterías con libros de segunda mano (el concepto de bruin café o café marrón, esas tabernas tradicionales con madera oscura y aire antiguo).
La Westerkerk y la casa de Ana Frank
En el borde sureste de Jordaan, asomándose al Prinsengracht, se encuentran dos edificios que es imposible no mencionar. La Westerkerk, la iglesia protestante construida entre 1620 y 1631, es uno de los templos más emblemáticos de la ciudad. Su torre, con la corona imperial de color dorado en lo alto (un regalo de Maximiliano I a la ciudad de Ámsterdam), mide 85 metros y es la más alta de Ámsterdam. Rembrandt está enterrado en esta iglesia, aunque en una fosa común no localizada, porque murió en la pobreza.
Y junto a la iglesia, la Anne Frank Huis, la casa donde la familia Frank y otras cuatro personas se escondieron durante dos años y un mes entre 1942 y 1944 antes de ser delatadas y deportadas. La fachada da al Prinsengracht 263 y no llama la atención: es una casa normal de canal, ni más ni menos interesante que sus vecinas. Pero dentro, tras una librería giratoria que ocultaba la entrada, se conserva el achterhuis, el anexo trasero donde los Frank pasaron ocultos esos 25 meses. La cola a la entrada era de más de una hora, como suele ser siempre. No entramos porque ya la había visitado en un viaje anterior y mi acompañante prefería no hacer cola tan larga. Pero tenerla delante, reconocerla, era un momento de respeto silencioso.
Cerrar el día: luz de canal y cena tranquila
Con el sol ya bajando, cogimos un tranvía de vuelta al centro. El momento más bonito de Ámsterdam en otoño es, sin duda, el atardecer: las casas estrechas con sus fachadas inclinadas, los canales reflejando las luces de las ventanas que empiezan a encenderse, las barcazas turísticas surcando el agua con turistas mirando desde los bancos acristalados. Una ciudad hecha para la fotografía.
Cenamos tranquilo en un restaurante indonesio, que Ámsterdam tiene una tradición muy fuerte de cocina indonesia, herencia colonial que se ha integrado en la gastronomía local con mucha naturalidad. Experiencia gastronómica particular y muy del lugar. Salimos llenos, felices y dispuestos a dormir pronto.
Al día siguiente tocaba segundo día completo en Ámsterdam, ya con los grandes museos amortizados, así que tendría otro carácter.

Día 6 en Ámsterdam: barrio rojo de día, canales en barco y flores del Bloemenmarkt¶
Sábado 13 de octubre de 2007
El segundo día completo en Ámsterdam lo planteamos con un enfoque distinto al primero. Si el día anterior había sido de museos grandes y paseo por Jordaan, este 13 de octubre tocaba una mezcla más variada: un paseo por la zona del barrio rojo (De Wallen) en horas tempranas, cuando la atmósfera es muy distinta a la nocturna; una hora en barco por los canales, para ver la ciudad desde el ángulo que le es propio; el Begijnhof, ese patio interior escondido que es una de las joyas menos obvias de Ámsterdam; el Bloemenmarkt, el mercado de flores flotante; y alguna parada más mientras el día diera.
Salimos a media mañana, sin madrugar exageradamente, porque los lugares que queríamos visitar no piden apertura temprana.
De Wallen: la cara diurna del barrio más polémico
Ámsterdam tiene una relación peculiar con su barrio rojo, De Wallen, situado justo al este del Damrak, en torno al canal Oudezijds Voorburgwal. Durante la noche, el barrio es uno de los espectáculos turísticos más visitados de la ciudad: escaparates rojos iluminados con mujeres esperando clientes, masas de turistas jóvenes haciendo tours con guías que explican la historia del oficio más antiguo del mundo, coffee shops llenos de humo, bares a tope. Un circo, en el sentido más literal.
Durante el día, en cambio, el barrio cambia por completo. Las cortinas de los escaparates están bajadas, los letreros de neón apagados, las calles se ven con su arquitectura real: casas de canal del siglo XVII bellísimas, puentes de piedra, árboles centenarios. Es, paradójicamente, uno de los conjuntos urbanos más bonitos de Ámsterdam, quizá el más antiguo (este es el corazón medieval de la ciudad, anterior incluso al cinturón de canales del Siglo de Oro), pero tapado durante décadas por la reputación que le ha tocado.
Caminamos por Oudezijds Voorburgwal y Oudezijds Achterburgwal, los dos canales principales del barrio, mirando con interés las fachadas estrechas, con sus poleas en lo alto para subir muebles (porque las escaleras interiores son tan estrechas que los muebles grandes hay que meterlos por la ventana, y todas las casas históricas tienen esa pieza arquitectónica característica), con sus gárgolas de piedra, con sus fachadas inclinadas ligeramente hacia adelante (para que la lluvia no empape la fachada directamente).
En el centro del barrio está la Oude Kerk, la iglesia más antigua de Ámsterdam, construida hacia 1306 como templo católico y convertida en protestante en 1578 cuando la ciudad se sumó a la Reforma. Desde fuera es un edificio gótico severo, con su enorme torre y su tejado de pizarra. Dentro se conservan restos de los murales medievales originales, bancos del siglo XVII, el órgano barroco y algunas tumbas nobles. La mujer de Rembrandt, Saskia van Uylenburgh, está enterrada aquí. Ver una iglesia gótica medieval rodeada literalmente de escaparates de prostitución tiene un contraste muy ilustrativo del carácter histórico y pragmático de esta ciudad.
El paseo en barco por los canales
A media mañana fuimos a tomar uno de los barcos turísticos que hacen el recorrido por los canales, con embarque cerca de la estación central. Son barcos largos y bajos, con techos acristalados, diseñados específicamente para pasar bajo los puentes (algunos de los cuales tienen altura mínima). La visita dura una hora aproximadamente y cubre el anillo principal de canales del siglo XVII (Herengracht, Keizersgracht, Prinsengracht), además del Singel y un tramo del IJ.
Ver Ámsterdam desde el agua es entender por qué esta ciudad es lo que es. Fue diseñada desde el principio como ciudad hidráulica: los canales no son ornamento ni accidente, son la infraestructura básica que hizo posible el comercio, el transporte y la riqueza durante el Siglo de Oro. Las casas de canal se construyeron pensando en el agua como calle principal, con los portales de mercancías a nivel del agua, los portales nobles a nivel de la calle. Desde el barco se aprecia la verticalidad extrema de estas casas, que son estrechas en fachada (el impuesto sobre edificios se calculaba por el ancho de fachada, así que los burgueses holandeses construían casas altas y estrechas para pagar menos) pero profundas, con patios interiores invisibles desde la calle.
El audioguía del barco iba soltando datos curiosos en media docena de idiomas: el número exacto de puentes de Ámsterdam (más de 1.500), el número de kilómetros de canales (más de 100), la casa más estrecha de la ciudad (apenas un metro de ancho), anécdotas sobre las casas flotantes (hay más de 2.500 con permiso permanente de atraque). Casi una hora placentera y bien aprovechada.
El Begijnhof: un patio escondido de otra época
De vuelta en tierra firme, nos fuimos al Begijnhof, uno de los lugares más mágicos del centro de Ámsterdam. Este patio se construyó en el siglo XIV como residencia de las beguinas, una orden laica de mujeres católicas que vivían en comunidad dedicadas a la oración y a la caridad sin los votos formales de las monjas. Durante la Reforma, cuando el catolicismo fue prohibido oficialmente en Holanda, las beguinas siguieron viviendo aquí en una especie de tolerancia informal que las autoridades municipales concedían a cambio de discreción.
Hoy el Begijnhof es un patio cerrado rodeado de casas históricas, con un jardín central, una iglesia protestante en una esquina y, en otra, una capilla católica oculta (una schuilkerk, una iglesia escondida, donde las beguinas seguían celebrando misa en secreto durante los siglos de prohibición). Para entrar hay que cruzar un pasaje estrecho desde el Spui, y una vez dentro el silencio es total: no se oyen ni los coches ni las bicicletas, las casas son bajas, los árboles amortiguan los sonidos, y uno tiene la sensación de haber retrocedido cuatro siglos.
Aquí está también la casa más antigua de Ámsterdam, el Houten Huis, una casa de madera del siglo XV que sobrevivió milagrosamente a los grandes incendios que arrasaron la ciudad medieval (después de los cuales se prohibió la construcción en madera por razones obvias). La casa está pintada de negro, con vigas expuestas, y es una auténtica reliquia urbana. Me quedé un buen rato mirándola, pensando en todo lo que ha visto pasar.
Comer y pasear por el centro
Salimos del Begijnhof al Spui, pasamos por delante del American Hotel (con su fachada art nouveau de principios del siglo XX, uno de los cafés más elegantes de la ciudad), y comimos en un pequeño bar de barrio, nada de pretensiones, con esa comida holandesa sencilla que cuenta mucho con poco.
Después del almuerzo paseamos por el Kalverstraat, la calle comercial peatonal más antigua de Ámsterdam, llena de tiendas internacionales. No es la más bonita ni la más auténtica (demasiada cadena global, demasiado H&M y Zara), pero forma parte del circuito urbano y siempre la acabamos cruzando.
Bloemenmarkt: flores sobre el agua
A media tarde nos acercamos al Bloemenmarkt, el famoso mercado de flores flotante del Singel. No es exactamente flotante (los puestos están sobre barcazas permanentemente amarradas al canal, pero las barcazas sí descansan sobre el agua), y es el único mercado de flores en el mundo montado así. Por supuesto, vende mucho a turistas (bulbos de tulipán en bolsas decorativas, semillas empaquetadas, pequeñas plantas en tarros), pero también hay puestos con flores frescas de verdad para los vecinos del barrio. En octubre, con la temporada de tulipanes ya pasada, el mercado se centra en crisantemos, rosas, y las últimas dalias y hortensias del año.
Las bolsas de bulbos de tulipán son uno de los recuerdos clásicos que los turistas compran para llevar. Cada bolsa trae entre diez y veinte bulbos con instrucciones para plantarlos en otoño y disfrutar de la floración en primavera. Compramos un par de paquetes, pensando en probar si en Bilbao florecen (la humedad atlántica no es ideal para los tulipanes, que prefieren suelos más arenosos y drenados, pero merece la pena intentarlo).
Cena y última noche en Ámsterdam
Cenamos en un restaurante cercano al hotel, de cocina holandesa contemporánea. Todo sencillo, sabroso, y con ese aire de bienestar que da saber que has aprovechado bien el día.
Al día siguiente empezaba la parte en coche del viaje: recoger el coche de alquiler, bajar a Delft, dormir en Rotterdam. Un cambio de ritmo interesante tras tres días de moverse solo en transporte público.

Día 7 del viaje: coche en Ámsterdam, Delft al completo y llegada a Rotterdam¶
Domingo 14 de octubre de 2007
Después de tres días completos en Ámsterdam usando tranvía y pie, este 14 de octubre cambiamos de formato: recogíamos el coche de alquiler y empezábamos la parte rodante del viaje, con Delft como primera escala y Rotterdam como parada final de la jornada. Holanda es un país pequeño, bien conectado por autopistas, donde con un coche uno puede cubrir casi cualquier distancia en menos de dos horas. La combinación de transporte público para las grandes ciudades y coche propio para desplazamientos entre ciudades medianas es, probablemente, la mejor fórmula.
Recogimos el coche en la oficina de alquiler a media mañana, tras salir del hotel con toda la mochila a cuestas. El coche era un compacto normalito, suficiente para nosotros dos con el equipaje sin agobios. Tras los primeros minutos de adaptación al volante en carretera holandesa (atención a las ubicuas bicicletas, a los cruces con carriles específicos para bici que se meten a veces entre carril de coches y acera, a la frecuencia de los límites de velocidad bajos en zonas urbanas), tomamos la A4 rumbo al sur.
A Delft, pequeña joya entre dos grandes ciudades
Delft está entre La Haya y Rotterdam, a unos 60 kilómetros al sur de Ámsterdam. El trayecto en coche por autopista se hace en menos de una hora con fluidez normal. Aparcamos en uno de los aparcamientos disuasorios a las afueras del centro histórico (Delft es una ciudad de casco antiguo pequeño y compacto, con zonas peatonales y accesos restringidos, y lo razonable es dejar el coche fuera y entrar andando).
Delft es una de las ciudades más bonitas de Holanda. Tiene tamaño humano (apenas cien mil habitantes), un casco histórico casi intacto del siglo XVII, dos grandes iglesias góticas, una plaza mayor de postal, canales, callejuelas, y esa atmósfera de ciudad académica (está aquí una de las mejores universidades técnicas de Holanda, la TU Delft) mezclada con carácter histórico que la hace especialmente disfrutable. Y está también, por supuesto, la tradición de la cerámica azul, que ha dado la vuelta al mundo: el Delft Blue.
Markt, la plaza mayor holandesa por antonomasia
El centro de Delft se organiza en torno a la Markt, una plaza rectangular grande con la Nieuwe Kerk (la Iglesia Nueva) en un extremo y el Stadhuis (el ayuntamiento) en el opuesto. Alrededor, fachadas de casas del siglo XVII, muchas de ellas con los gables escalonados característicos del estilo renacentista holandés. Los martes hay mercado en la plaza, y tuvimos la suerte de caer precisamente un martes. Tenderetes con quesos gigantes, puestos de pescado fresco (los neerlandeses son tremendamente serios con el pescado, especialmente el haring, el arenque curado en salmuera que se come levantado por la cola), flores, ropa, frutas. El ambiente era animado, con vecinos haciendo la compra y algún turista entremedias.
La Nieuwe Kerk, construida entre 1381 y 1496, tiene una torre de 109 metros, la segunda más alta de Holanda tras la Domtoren de Utrecht. En esta iglesia están enterrados los miembros de la Casa de Orange-Nassau, la familia real holandesa: aquí descansa Guillermo el Taciturno, fundador de la independencia holandesa, asesinado en Delft en 1584, y muchos de sus sucesores. La cripta real está bajo el templo. Subimos a la torre (370 escalones, la respiración cortada, pero la subida valía cada escalón): desde arriba, Delft entera y, al horizonte, las grúas del puerto de Rotterdam y las torres de La Haya.
La Oude Kerk y la inclinación famosa
Al otro lado del casco histórico, la Oude Kerk (Iglesia Vieja), construida a partir del siglo XIII. Tiene una torre que se inclina notoriamente hacia un lado: casi dos metros de desviación sobre la vertical. La inclinación no es intencional, sino consecuencia del terreno pantanoso y de un canal excavado demasiado cerca de los cimientos. Los vecinos, con mucho humor pragmático, la han convivido durante siglos sin derribarla. La torre inclinada es uno de los símbolos de Delft.
Dentro de la Oude Kerk está enterrado Johannes Vermeer, el gran pintor del siglo XVII que nació y murió en Delft sin salir casi nunca de la ciudad. La lápida es sencilla, con una pequeña placa. Vermeer pasó toda su vida en Delft, pintó las vistas más famosas de la ciudad (Vista de Delft, La callejuela), y fue tremendamente poco conocido en vida. Solo redescubierto en el siglo XIX, se convirtió en uno de los grandes de la pintura europea. Hoy sus 35 cuadros son objeto de peregrinación museística internacional.
Paseo por los canales y la fábrica de Delft Blue
Paseamos por los canales pequeños que atraviesan la ciudad: Oude Delft, Koornmarkt, Hippolytusbuurt. Casas con fachadas estrechas asomando a las aguas, puentecitos en arco, alguna bicicleta olvidada junto a una baranda. Delft tiene ese aire de ciudad de maqueta que se puede recorrer entera en un par de horas sin perderse nada importante.
Antes de irnos, hicimos la parada casi obligatoria en Royal Delft (De Koninklijke Porceleyne Fles), la única fábrica original superviviente de las que en el siglo XVII producían la famosa cerámica azul de Delft. Es una visita muy pedagógica: te enseñan el proceso, puedes ver a los pintores aplicando a mano los motivos tradicionales (molinos, paisajes rurales, flores), pasear por el museo que recoge las piezas más históricas, y salir por la tienda con ganas de comprar algo (a precios notables). No compramos nada (el equipaje en viaje largo pedía prudencia), pero el plan de una tarde tranquila en Delft se cerró muy bien.
Hacia Rotterdam al atardecer
Con el sol ya bajando tomamos el coche y nos fuimos hacia Rotterdam, a unos 15 kilómetros al sur. El trayecto por la A13 es cortísimo, no da ni para escuchar dos canciones completas. Entrar en Rotterdam conduciendo desde el norte es una experiencia visual chocante: el cambio de escala con Delft es brutal. Si Delft es ciudad pequeña, con tejados bajos e iglesias medievales, Rotterdam es una ciudad vertical, de rascacielos de cristal, puertos gigantescos, puentes atirantados y arquitectura audaz. No podrían ser más distintas, y están a quince minutos de coche.
Esto tiene una explicación histórica brutal: Rotterdam fue prácticamente arrasada por el bombardeo alemán del 14 de mayo de 1940 que inició la ocupación nazi de los Países Bajos. El centro histórico medieval se perdió casi por completo, con miles de edificios destruidos en pocas horas. La reconstrucción posterior se hizo, deliberadamente, sin imitar lo perdido: Rotterdam se reconstruyó en clave moderna y audaz, aprovechando la destrucción como oportunidad para convertirse en la ciudad holandesa más experimental en arquitectura contemporánea. Hoy, más de sesenta años después, el resultado es una ciudad absolutamente única, con un perfil urbano inconfundible.
Hotel en Rotterdam y primer paseo nocturno
Llegamos al hotel que había reservado cerca del Blaak, una de las estaciones centrales, bien situada para moverse a pie al día siguiente. Aparcamos el coche en el parking del hotel y salimos a dar un paseo antes de cenar. Con las luces encendidas, Rotterdam es especialmente fotogénica: los rascacielos reflejados en el agua del Nieuwe Maas, el gran río que atraviesa la ciudad; el puente Erasmusbrug (el Erasmo, ese puente atirantado blanco con su pilón asimétrico tan elegante) iluminado como una escultura monumental; las fachadas de cristal de los edificios de la Kop van Zuid (el barrio moderno de la orilla sur) brillando con luz propia.
Cenamos en un bar del barrio, una terraza cubierta con vistas al Oude Haven, el viejo puerto reconvertido en zona de ocio con restaurantes y algún barco histórico amarrado en el agua. El cansancio del día se empezaba a notar, así que no alargamos la cena.
Al día siguiente, día entero en Rotterdam. Era una de las ciudades del viaje que más ganas tenía de enseñar: la primera vez que la visité en mi época de Eindhoven me había dejado muy impresionado, y volver a ella años después con alguien que no la conocía prometía ser divertido.

Día 8 en Rotterdam: casas cúbicas, Erasmusbrug y arquitectura sin complejos¶
Lunes 15 de octubre de 2007
Si alguien me pregunta por mi ciudad holandesa favorita, suelo dudar entre Ámsterdam y Rotterdam, pero las razones son completamente distintas. Ámsterdam te enamora por su concentración histórica, sus canales, su escala humana. Rotterdam, en cambio, te conquista por todo lo contrario: por su osadía arquitectónica, por su escala vertical, por esa apuesta sin complejos por la contemporaneidad que casi ninguna otra ciudad europea ha asumido con tanta convicción. Este 15 de octubre, con un día completo por delante, tocaba profundizar en la Rotterdam experimental.
Salimos del hotel con desayuno completo (los desayunos holandeses de hotel son opulentos: quesos, fiambres, pan fresco, huevos, cereales, zumos, café decente), preparados para patear durante horas. Una buena parte del plan era a pie, con el metro solo para algún salto más largo.
Las casas cúbicas: la excentricidad habitable
Empezamos por el icono más reconocible de Rotterdam, las Kubuswoningen o casas cúbicas. Son obra del arquitecto Piet Blom, construidas entre 1982 y 1984 como parte de un proyecto de vivienda social experimental. Consisten en 38 cubos amarillos inclinados 45 grados sobre pilares hexagonales de hormigón, conectados entre sí de forma que forman una especie de pequeño pueblo elevado sobre la calle, con una pasarela peatonal que atraviesa el conjunto.
La idea de Blom era experimentar con una nueva forma de vivienda urbana, aplicando la metáfora del árbol: los pilares como tronco, los cubos como copa. El resultado, visualmente, es alucinante. Las casas parecen desafiar la gravedad, inclinadas en ángulos imposibles, pintadas de amarillo brillante, con ventanas que se abren en ángulos raros y triángulos que parecen sacados de un cuadro cubista. Caminar entre ellas por las pasarelas públicas es una experiencia desorientadora y fascinante. Una de las cubos está abierta al público como casa-museo, y la visitamos: el interior es todavía más sorprendente que el exterior, con habitaciones en formas de pirámides truncadas, suelos que no son rectangulares, ventanas que miran al cielo y al suelo simultáneamente. Los vecinos reales que viven ahí (porque la mayoría son viviendas habitadas) deben haberse adaptado a un espacio vital único en el mundo.
Al lado, el Blaaktoren (conocido como Het Potlood, el lápiz, por su forma de lápiz coloreado) completa el conjunto arquitectónico, también obra de Blom. Y más allá, la estación de Blaak con su disco-nave espacial, obra del mismo estudio HH De Jonge, conforma un conjunto de arquitectura pop absolutamente coherente.
Markthal: el mercado-escultura (en construcción)
Muy cerca están las obras del Markthal, un proyecto megalómano que están construyendo los arquitectos MVRDV: un gran mercado cubierto con forma de herradura habitada, con 228 apartamentos alojados en la propia estructura del edificio que arquea sobre el mercado, y con el interior decorado con un enorme mural de frutas y flores que cubrirá todo el techo cuando se inaugure. Por lo que he leído, lo prevén para 2014. De momento solo vemos el foso excavado y los primeros cimientos, pero las maquetas expuestas en los paneles informativos del perímetro de la obra prometen algo espectacular. Rotterdam sigue apostando fuerte por su arquitectura.
La Laurenskerk: lo poco que sobrevivió
Después de tanta modernidad, un contraste necesario con la Laurenskerk, la única iglesia medieval que sobrevivió al bombardeo de mayo de 1940. Es una iglesia gótica grande, construida entre 1449 y 1525, que quedó bastante dañada en el bombardeo pero no completamente destruida, y se restauró durante las décadas posteriores. Hoy es una especie de símbolo de resistencia arquitectónica: una joya medieval rodeada por todas partes de edificios contemporáneos. La luz dentro, con los vitrales modernos que se añadieron durante la restauración, es muy bonita. Una parada de veinte minutos, respirando diferente.
Hacia el río: Erasmusbrug y Kop van Zuid
Caminamos hasta el Leuvehaven, uno de los viejos puertos, hoy convertido en zona museística (está aquí el Maritiem Museum, dedicado a la historia marítima de Rotterdam, uno de los puertos más grandes del mundo). Desde aquí, bajando hasta el muelle, se aprecia en todo su esplendor el Erasmusbrug, el puente Erasmo, una de las obras civiles más elegantes que se han construido en Europa en los últimos años.
El Erasmusbrug es un puente atirantado inaugurado en 1996, obra del arquitecto Ben van Berkel. Los neerlandeses lo llaman cariñosamente De Zwaan, el Cisne, por la silueta elegante y curvada de su pilón de 139 metros, inclinado hacia un lado en un gesto asimétrico espectacular. De él salen treinta y dos tirantes de acero que sujetan el tablero del puente. La combinación de inclinación del pilón, blancura del acero pintado y los tirantes en líneas diagonales produce un efecto escultural que funciona a cualquier hora del día. Y de noche, iluminado, es de libro.
Cruzamos el puente a pie (hay una acera ancha para peatones y carril para bicis) y llegamos a la Kop van Zuid, el barrio nuevo de la orilla sur. Este era antiguamente el distrito portuario deprimido, con muelles en desuso tras el traslado del puerto principal a la desembocadura del Rin. A partir de los años noventa, Rotterdam decidió convertirlo en la nueva frontera de expansión urbana y lo reinventó a base de rascacielos, hoteles, oficinas y viviendas de lujo. Hoy es uno de los barrios más fotogénicos del skyline de la ciudad, con los grandes rascacielos de Renzo Piano (el KPN Tower), Norman Foster (World Port Center), Álvaro Siza y otros.
La Torre Montevideo (nombre dedicado a la amistad con Uruguay), de 43 plantas, es la más alta de la zona. También está el Hotel New York, instalado en el antiguo edificio sede de la Holland-America Line (la naviera que llevaba inmigrantes a Nueva York a principios del siglo XX), con su distintiva arquitectura de principios del siglo XX con dos torres gemelas. Hoy funciona como hotel y restaurante, y su terraza con vistas al puerto es uno de los lugares clásicos para tomar algo en Rotterdam.
Comer en la Hotel New York
Y ahí nos sentamos a comer, en la terraza acristalada del Hotel New York, aprovechando que el sol de mediodía calentaba algo y las vistas al río eran el mejor aperitivo posible. Las grúas del puerto recortándose al fondo y los barcos-taxi (los water taxis, unos botes amarillos rápidos que conectan distintas partes del puerto) cruzando el agua, con el ambiente como mejor plato del menú.
Museo Boijmans Van Beuningen
Por la tarde, un poco de museo. El Museo Boijmans Van Beuningen es el principal museo de arte de Rotterdam, con una colección que abarca desde los primitivos flamencos (Bosch, Van Eyck) hasta el arte contemporáneo. Visitamos solo las alas principales, ya que queríamos dejar tiempo para más paseo. Destaca especialmente la sección del Bosco, con La Torre de Babel entre las piezas fundamentales, y una sala dedicada a Pieter Bruegel el Viejo.
El edificio actual del museo es de 1935, con una ampliación moderna de los años noventa, pero están ya planeando una nueva intervención para los próximos años.
Paseo por el Witte de Withstraat
Saliendo del museo, callejeamos por Witte de Withstraat, la calle de ocio cultural de Rotterdam, con bares de diseño, galerías alternativas, librerías, cafés llenos de universitarios. Es una de las pocas zonas de Rotterdam donde el tejido urbano se siente más parecido al de Ámsterdam o Utrecht, con tiendas pequeñas y atmósfera local.
Tomamos un café en una terraza y nos quedamos un rato mirando pasar gente. Rotterdam, a diferencia de Ámsterdam, tiene una población mucho más joven y más diversa étnicamente. Es una ciudad portuaria, con grandes comunidades de origen turco, marroquí, cabo-verdiano, antillano, surinamés. Eso se nota en la calle, en las caras, en los comercios, en la gastronomía. Es, probablemente, la ciudad más cosmopolita de Holanda en el sentido real del término.
Cena en una zona portuaria renovada
Cenamos en la zona de Oude Haven, el viejo puerto del siglo XVI, hoy reconvertido en distrito de ocio con restaurantes a pie de agua. Algunos de los barcos históricos del museo marítimo están amarrados aquí como piezas vivas de la exposición, dándole al conjunto un aire de zona portuaria activa aunque sea pura puesta en escena. Conversación tranquila en una terraza, buena manera de cerrar el día.
Rotterdam sigue cumpliendo todo lo que recordaba de mis visitas de la época de Eindhoven, y mi acompañante, que no la conocía de antes, salió fascinado también. Es una ciudad que no gusta a todo el mundo (quien busque lo pintoresco se encontrará frustrado), pero a quien le interese la arquitectura contemporánea, Rotterdam es probablemente la mejor escuela práctica de Europa.
Al día siguiente tocaba La Haya y Scheveningen. Y por la noche, musical. Otra jornada cargada.

Día 9 del viaje: La Haya de mañana, Madurodam al mediodía, playa de Scheveningen y musical Tarzan¶
Martes 16 de octubre de 2007
El 16 de octubre planteaba un reto interesante: tres escenarios en un solo día. La Haya por la mañana para los hitos urbanos y gubernamentales, Madurodam al mediodía para esa curiosísima miniatura de Holanda, y Scheveningen por la tarde para la playa y por la noche para el musical Tarzan en el Fortis Circustheater. Los tres sitios están a pocos kilómetros entre sí, todos dentro del área metropolitana de La Haya, y con el coche se enlazan sin problema.
Salimos de Rotterdam temprano, con la mochila recogida y el coche cargado, tomamos la A13 en sentido norte y en menos de media hora estábamos entrando en La Haya.
La Haya: la ciudad política holandesa
La Haya (Den Haag en neerlandés) es una ciudad peculiar. No es la capital oficial del país (esa es Ámsterdam), pero sí es la sede del gobierno, del parlamento, de la corte real y de las principales instituciones judiciales internacionales (Tribunal Internacional de Justicia, Corte Penal Internacional). Es, por tanto, la ciudad política neerlandesa, con un carácter mucho más institucional que Ámsterdam o Rotterdam, y con un tejido urbano marcado por edificios gubernamentales, embajadas, ministerios y despachos.
Aparcamos en una de las zonas de parking disuasorio del perímetro y nos metimos en el centro histórico a pie. El Binnenhof es el punto de partida obligatorio.
El Binnenhof: mil años de gobierno
El Binnenhof (patio interior) es el complejo de edificios donde se sientan las dos cámaras del parlamento holandés (Tweede Kamer y Eerste Kamer) y el despacho del primer ministro. Es uno de los conjuntos parlamentarios más antiguos del mundo en uso continuo: los edificios más viejos datan del siglo XIII, cuando los condes de Holanda usaban este lugar como residencia y centro de gobierno. La Ridderzaal (Sala de los Caballeros), con su fachada gótica y sus dos torres puntiagudas, preside el patio central y sigue utilizándose para eventos ceremoniales, como el Prinsjesdag, el discurso anual del monarca al parlamento cada tercer martes de septiembre.
Junto al Binnenhof, el Hofvijver, un estanque rectangular que da a las fachadas del complejo su reflejo más fotogénico. Caminamos por el perímetro del estanque sacando fotos con calma. El Binnenhof es un conjunto arquitectónico menor comparado con Versalles o el Palacio de Westminster, pero tiene esa sencilla dignidad holandesa que a mí me gusta más que cualquier pomposidad.
Al sur del Binnenhof está el Mauritshuis, un elegante palacete urbano del siglo XVII que alberga una de las colecciones de pintura más refinadas del mundo. La sede del museo estaba siendo reformada, sin embargo: un cartel anunciaba que la colección principal estaba temporalmente trasladada a otra ubicación durante las obras. Así que nos quedamos sin entrar a ver La joven de la perla de Vermeer ni La lección de anatomía del Dr. Tulp de Rembrandt, dos de las joyas de la casa. Una pena, pero para otra vez será.
Paseo por el centro y compras rápidas
Paseamos por las calles del centro histórico: Plaats, Noordeinde (donde está el Paleis Noordeinde, el palacio donde trabaja la reina Beatriz), Lange Voorhout (uno de los bulevares más elegantes, con árboles centenarios y embajadas a ambos lados), Grote Markt. Hicimos una parada en De Passage, una galería comercial cubierta de finales del siglo XIX, con cristales y estructura de hierro, muy al estilo de las galerías parisinas o milanesas de su época. Es una de las pocas galerías decimonónicas bien conservadas de Holanda.
Comida rápida en un bar de barrio, un sándwich con croqueta tradicional, y al coche otra vez. Tocaba Madurodam, y era imprescindible.
Madurodam: Holanda en miniatura
Madurodam es uno de esos sitios imprescindibles para conocer Holanda, y está en Scheveningen, a las afueras de La Haya, muy cerca de la playa. Se inauguró en 1952 como parque miniatura benéfico (los beneficios iban a una fundación para niños y jóvenes en memoria del oficial holandés George Maduro, que murió en el campo de concentración de Dachau durante la Segunda Guerra Mundial). Es un parque al aire libre donde están reproducidos a escala 1:25 los edificios más emblemáticos de Holanda, distribuidos sobre unas dos hectáreas y conectados por pasillos peatonales para que el visitante pueda recorrerlos todos.
Te encuentras con el Binnenhof en miniatura, el Rijksmuseum de Ámsterdam en miniatura, el Aeropuerto de Schiphol con avioncitos que se mueven por las pistas, el puerto de Rotterdam con barquitos navegando, molinos de viento girando de verdad, trenes eléctricos recorriendo las vías, tranvías circulando por las calles mínimas. Todo a escala, todo funcional, todo con nivel de detalle obsesivo.
A cualquier adulto le saca la sonrisa tonta del entusiasmo. Es una experiencia deliciosamente infantil en el buen sentido: te invita a mirar con curiosidad, a agacharse para descubrir detalles, a fotografiar los edificios desde ángulos imposibles. El nivel de mimo en la ejecución es extraordinario, y detrás hay todo un equipo técnico que mantiene las miniaturas, las actualiza (cuando se inaugura un edificio importante en Holanda, suelen añadirlo a escala a Madurodam en los meses siguientes), y repara desperfectos.
Pasamos un par de horas larguísimas recorriendo el parque, tomando fotos de todo tipo, riendo como niños cada vez que descubríamos un detalle nuevo. Uno de los momentos más divertidos del viaje, sin duda.
Scheveningen: el Atlántico Norte a un paso de La Haya
De Madurodam a Scheveningen hay apenas un par de kilómetros. Scheveningen es el gran balneario de la costa neerlandesa, en realidad un barrio costero incorporado al municipio de La Haya, con una larga playa de arena dorada que se extiende durante kilómetros a lo largo del Mar del Norte.
Scheveningen es uno de mis lugares favoritos de Holanda. Tiene ese aire de balneario decimonónico venido a menos y reinventado, con el Kurhaus (el gran hotel de 1885, con su cúpula central art déco tan elegante) presidiendo el paseo marítimo, el casino, el muelle largo que se mete en el mar con restaurantes y atracciones, la playa de arena dura ideal para andar al borde del agua. Octubre es una época estupenda para visitar: no hay la multitud estival, el mar está en esa tonalidad gris-azul melancólica que me recuerda a veces al Cantábrico pero con otro ritmo de olas. El viento en la playa golpea con fuerza, hay que abrigarse.
Paseamos por el Pier, el largo muelle acristalado que se extiende varios cientos de metros hacia el mar. Desde el extremo del muelle, mirando atrás, la perspectiva del Kurhaus y la larga fila de hoteles y restaurantes del paseo marítimo es preciosa. La luz de la tarde, gris y dorada a ratos, hacía honor al paisaje. Bajamos a la playa, caminamos un buen rato junto al agua, recogimos alguna concha, sentimos el salitre en la cara.
Scheveningen me enamora por una mezcla de cosas: el mar del Norte con su bravura templada, el contraste entre el paseo decimonónico y los edificios contemporáneos que se han ido intercalando, la sensación de estar en una pequeña ciudad con identidad propia dentro de un área metropolitana más grande. Cada vez que vengo, me siento como en casa.
Cena ligera antes del musical
A media tarde, con el frío empezando a apretar, volvimos al paseo marítimo y nos metimos en un restaurante acristalado con vistas al mar. Cenamos pronto, sabiendo que el musical empezaba a las 20:00. El restaurante estaba medio vacío a esa hora intermedia, con los pocos clientes que había mirando al horizonte mientras la luz del día se iba agotando.
El Fortis Circustheater (como se llama ahora mismo tras un cambio de patrocinador; hasta hace poco era simplemente Circustheater) está en el mismo Scheveningen, en Circusstraat, a pocos minutos andando del paseo marítimo. El edificio, inaugurado en 1904, fue originalmente un circo permanente (de ahí el nombre) y en los últimos años se ha reconvertido en uno de los grandes teatros musicales de Holanda. Lleva ya varios grandes musicales de Disney (en los últimos años han pasado por aquí Aida, The Lion King, Beauty and the Beast), y ahora acoge Tarzan, que se estrenó en abril de este año.
Musical Tarzan: la inauguración de una producción que llena
Dejo el análisis completo del musical para un artículo específico. Baste decir aquí, a modo de adelanto, que fue una experiencia muy entretenida, con una producción visualmente espectacular que hace un uso arriesgado del espacio aéreo del teatro (los actores vuelan literalmente por los aires con cables y arneses), con música de Phil Collins fácil de disfrutar y con un protagonista, Ron Link, del que resultó imposible no enamorarse. El teatro estaba lleno hasta la bandera, el público entregadísimo, los aplausos calurosos, y al salir a la noche fría de Scheveningen el cerebro venía lleno de lianas, tambores africanos y coreografías acrobáticas.
Volvimos al coche y desde Scheveningen nos fuimos al hotel que teníamos reservado esa noche, de vuelta en Rotterdam. Un día largo, muy completo, de los que dejan el recuerdo claro de aprovechamiento máximo. Al día siguiente tocaba el gran salto en coche hasta Bonn, cruzar frontera, cambiar de país.

Día 10 del viaje: en coche de Rotterdam a Bonn, la ciudad de Beethoven y la capital olvidada¶
Miércoles 17 de octubre de 2007
El 17 de octubre empezaba la última parte del viaje: el regreso a Alemania por carretera, cruzando Países Bajos hacia el sur, entrando en Renania del Norte-Westfalia y parando en Bonn para dedicar el resto del día a la pequeña ciudad renana. Mañana en coche, tarde en Bonn, noche en Bonn. Una transición suave hacia el cierre del viaje.
Salimos del hotel de Rotterdam con calma, desayunamos bien y tomamos la A15 en dirección este. La ruta que elegimos nos llevó por Nijmegen y cruzamos la frontera holando-alemana cerca de Emmerich. El paso de frontera es casi inexistente desde la plena incorporación de ambos países al espacio Schengen: un cartel azul con las estrellas de la Unión Europea saluda al visitante y no hay controles. Solo un cambio sutil: el paisaje se ondula un poco más, los carteles cambian de neerlandés a alemán, el límite de velocidad se vuelve libre en muchos tramos (sí, esa es la famosa peculiaridad alemana: en ciertos tramos de autobahn no hay límite máximo, aunque sí recomendación de no pasar de 130 km/h). Pasamos la zona del Ruhr por el este, evitando la congestión de Colonia, y llegamos a Bonn poco después del mediodía.
El trayecto completo nos llevó unas cuatro horas con parada para comer en una Raststätte de autopista alemana (las áreas de servicio alemanas son, por lo general, mucho mejores que las españolas: comida sencilla pero de calidad decente, sitios limpios, señalización clara). Un bocadillo de salchicha, un café y de vuelta al volante.
Bonn: la ciudad con complejo de capital
Bonn tiene una historia política fascinante. Hasta 1949 era una ciudad universitaria de tamaño medio, conocida sobre todo por ser el lugar de nacimiento de Ludwig van Beethoven y por su vieja universidad. Pero ese año, tras la división de Alemania, Bonn fue elegida como capital provisional de la nueva República Federal Alemana, precisamente porque se consideraba un sitio modesto y sin ambiciones imperiales, adecuado para una Alemania que quería demostrar al mundo su rechazo a los grandes gestos políticos del pasado (Berlín estaba dividida, Múnich tenía asociaciones con Hitler, y el resto de ciudades grandes estaban demasiado dañadas por la guerra).
Durante cuarenta años, de 1949 a 1990, Bonn fue la capital de Alemania Occidental. La ciudad creció, se llenó de embajadas, ministerios, edificios oficiales, residencias de diplomáticos, y adquirió un carácter político muy particular. Pero cuando cayó el muro y Alemania se reunificó, surgió el gran debate: ¿se mantenía la capital en Bonn, o se trasladaba a Berlín? Tras una votación ajustada en el Bundestag en 1991, se decidió trasladar la capital a Berlín, lo que se hizo efectivo en 1999. Bonn, desde entonces, ha vivido una especie de post-capitalidad: mantiene algunas funciones (la ONU tiene aquí varias sedes, Deutsche Welle radia desde aquí, algunas ministerios conservan oficinas secundarias), pero ya no es políticamente central.
Llegué con curiosidad por ver cómo se siente Bonn en esa especie de fase post-capital. Y el resultado fue interesante.
Aparcar y pasear por la parte antigua
Aparcamos en un parking cerca del centro antiguo (Bonn es ciudad manejable, no tiene los problemas de tráfico de Colonia o Düsseldorf) y empezamos a pasear por el Markt, la plaza central. El ayuntamiento histórico (Altes Rathaus), pintado de rosa y oro, es una joyita rococó del siglo XVIII, con su escalinata central donde suelen aparecer los personajes políticos en eventos oficiales (aquí saludaron a sus visitantes grandes dignatarios durante décadas, desde De Gaulle hasta Kennedy, desde Gorbachov hasta Reagan). Hoy sigue funcionando como ayuntamiento, aunque en un perfil mucho más modesto que cuando Bonn era capital.
La catedral (Bonner Münster) es un edificio románico-gótico de los siglos XI al XIII, con cinco torres de distintas alturas dando un perfil característico. Dentro, arquitectura románica en estado puro, con bóvedas austeras, columnas gruesas, luz matizada. Muy distinta al gótico francés: más compacta, más defensiva, más alemana. En la plaza delante de la catedral está la estatua de Beethoven, la famosa escultura en bronce del compositor erigida en 1845 en su ciudad natal. Beethoven es el gran embajador cultural de Bonn, y hay detalles relativos a él por toda la ciudad.
La casa de Beethoven
Muy cerca del Markt está la Beethoven-Haus, la casa donde nació Ludwig van Beethoven el 17 de diciembre de 1770. Es un edificio del siglo XVIII conservado como casa-museo desde finales del siglo XIX, con una colección importante de manuscritos musicales originales, instrumentos (incluido el piano que usó durante parte de su vida), retratos, objetos personales y documentación sobre la vida del compositor.
La visita es cronológica: empieza por la habitación donde nació, sube por las distintas plantas mostrando distintos periodos de su vida (infancia en Bonn, traslado a Viena, el éxito inicial, la sordera progresiva, la consolidación como compositor reconocido, los últimos años). Algunos de los manuscritos originales que se conservan son escalofriantes: se ve la letra enérgica de Beethoven con correcciones hechas a mano, partituras rasgadas de frustración, anotaciones a los márgenes. Tener delante la partitura original de la Novena Sinfonía (aunque sea por unos minutos en una vitrina) es una de esas experiencias que solo se pueden vivir en la casa del compositor.
El audioguía incluye fragmentos musicales de las obras relevantes a cada momento de la vida de Beethoven, así que la visita combina información biográfica con música concreta. Hora y pico muy bien invertida.
Paseo por los jardines del Rin
Después de la casa de Beethoven, paseo por la orilla del Rin. Bonn está a la vera del gran río europeo, y el paseo junto al agua, con los barcos de carga pasando lentamente, es uno de los momentos más tranquilos del día. Al otro lado del Rin, al este, se ven las primeras estribaciones de las Siebengebirge (las Siete Montañas), ese pequeño sistema montañoso con ruinas medievales en las cumbres (el Drachenfels, donde según la leyenda Sigfrido mató al dragón de la saga de los Nibelungos) y viñedos en las laderas. Una estampa muy característica del paisaje renano.
Hicimos un par de fotos, nos sentamos en un banco mirando el río, vimos pasar algún remolcador. Bonn en octubre, con los árboles del paseo ya amarillos, tiene una calma muy agradable.
Hofgarten y Universidad
De vuelta hacia el centro, cruzamos por el Hofgarten, el gran parque junto al edificio de la Universidad de Bonn. La universidad, fundada en 1818, ocupa el antiguo palacio de los príncipes-electores de Colonia (un edificio barroco enorme que se salvó milagrosamente de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial). La fachada amarilla larga, con sus dos alas simétricas, es uno de los hitos visuales de Bonn.
El Hofgarten es un espacio muy asociado a la historia de la República Federal: aquí se celebraban manifestaciones políticas importantes durante los años de la capitalidad. La explanada ha visto concentraciones de cientos de miles de personas en momentos clave de la historia alemana. Hoy, con el trasiego político trasladado a Berlín, el parque es mucho más tranquilo: estudiantes tumbados en el césped, niños jugando al fútbol, parejas paseando. Una reconversión suave.
Cena renana y descanso
Para cenar nos metimos en uno de esos restaurantes renanos tradicionales del centro, con maderas oscuras, banderines de gremios colgando del techo y una carta corta pero bien trabajada. En esta zona del Rin lo que se bebe es Kölsch, una cerveza ligera, dorada, fermentada en alta y servida en vasos estrechos de 200 ml; con ella se acompaña la comida renana clásica.
El hotel estaba cerca del centro, así que la cena fue andando. Recogida rápida, decisión de hora para el día siguiente (quería llegar a Colonia pronto, porque la catedral es de las que requieren tiempo), y a dormir.
Un día tranquilo, sin sobresaltos, con un cambio de ritmo cómodo tras los días intensos de Holanda. Bonn me había sorprendido positivamente: esperaba una ciudad grisácea, un poco deprimida por la pérdida de capitalidad, y me encontré una ciudad tranquila, bien cuidada, con una densidad cultural alta (la casa de Beethoven, la universidad, el Rin) y una escala perfectamente humana. No es una gran capital turística, pero como escala de un día funciona estupendamente.

Día 11 del viaje: Colonia, la catedral que sobrevivió al mapa y el regreso a Bilbao¶
Jueves 18 de octubre de 2007
El 18 de octubre era el día del cierre. Bonn por detrás, Colonia por delante, entrega del coche a media tarde, vuelo a Bilbao por la noche. Una jornada con mucha densidad pero concentrada en una sola ciudad, lo que permitía moverse sin agobios. Colonia está a apenas 30 kilómetros al norte de Bonn, conectadas por una autovía excelente, así que el trayecto matinal se hizo en menos de media hora.
Entramos en Colonia por la A59 y aparcamos el coche en uno de los parkings disuasorios cerca del Rin, al sur del casco histórico. Desde ahí, todo el recorrido del día se podía hacer andando sin problema. Colonia es una ciudad caminable en su núcleo central, aunque tiene bastante más tamaño que Bonn (es la cuarta ciudad de Alemania por población, después de Berlín, Hamburgo y Múnich).
La catedral: lo primero que se ve, lo último que se olvida
Colonia tiene una particularidad visual imposible de ignorar: la catedral (el Kölner Dom) domina literalmente el perfil de la ciudad. Con sus 157 metros de altura, es la catedral con las dos torres más altas del mundo (solo superada por la catedral de Ulm como iglesia más alta, pero Ulm tiene una sola torre). Desde casi cualquier punto del centro, las dos agujas góticas gemelas aparecen en el horizonte, imponentes, negras por la contaminación de siglos.
Caminamos desde el aparcamiento hacia la catedral y fue el típico acercamiento que te deja sin palabras. Primero la ves entre las calles, asomando por detrás de los edificios. Luego desemboca uno en la gran plaza que la rodea por el oeste, y de pronto la catedral está delante tuyo, imponente, casi agresiva de tan alta que es. No hay forma de capturarla entera en una sola foto: hay que alejarse muchísimo o usar objetivos gran angulares extremos. Es un edificio descomunal.
La historia de una construcción que duró seis siglos
La catedral de Colonia tiene una historia constructiva fascinante, que merece un párrafo. Se empezó a construir en 1248 en estilo gótico francés, para albergar las reliquias de los Reyes Magos que el emperador Federico Barbarroja había traído desde Milán en 1164. Se trabajó intensamente durante los siglos XIII y XIV, construyendo el coro y parte del transepto y fachada, pero en 1473 las obras se paralizaron por razones económicas y políticas. La catedral quedó durante casi cuatro siglos inacabada, con la fachada oeste a medio construir y con la famosa grúa medieval encima del muro sur convirtiéndose en símbolo involuntario de la ciudad.
En el siglo XIX, con el auge del romanticismo alemán y la redescubierta del gótico, se retomaron las obras. Entre 1842 y 1880 se completó la catedral siguiendo fielmente los planos medievales originales (que milagrosamente se habían conservado). La inauguración oficial fue en 1880, con el emperador Guillermo I presidiendo la ceremonia. Durante unos pocos años, la catedral de Colonia fue el edificio más alto del mundo, hasta que fue superada por el monumento de Washington en 1884.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Colonia fue arrasada: los bombardeos aliados destruyeron el 95% del centro histórico. La catedral, sorprendentemente, sobrevivió con daños relativamente menores. La masa del edificio era tan grande y reconocible que los pilotos aliados la utilizaban como punto de referencia visual para orientarse, así que se convirtió en un landmark involuntario y los bombardeos se dirigieron alrededor más que sobre ella. Las fotografías de aquella época, con la catedral en pie rodeada de ruinas humeantes, son escalofriantes. Ha sido una suerte enorme para la historia del arte.
Entrar en la catedral
La entrada a la catedral es gratuita. Dentro, el espacio es vertiginoso. La altura de la nave central alcanza los 43 metros, una de las más altas del gótico europeo, con las columnas estrechas y altísimas tendiendo hacia arriba y con la luz entrando por las vidrieras a niveles muy superiores.
Las vidrieras son una mezcla interesante de distintas épocas. Algunas son medievales originales (sobre todo las del coro y algunas del lateral sur, del siglo XIV), otras son del siglo XIX (hechas durante la gran finalización), y unas pocas son contemporáneas, resultado de una restauración reciente. La vidriera más famosa es la Richter-Fenster, una obra del pintor Gerhard Richter inaugurada en 2007 (este mismo año), con un diseño abstracto de píxeles multicolor que genera un efecto visual espectacular cuando le da el sol. Es una intervención contemporánea en una catedral medieval que ha generado cierta polémica (algunos sectores conservadores la consideran inapropiada), pero a mí me pareció preciosa: una forma válida de mantener la catedral como organismo vivo que sigue recibiendo aportaciones contemporáneas.
El gran tesoro de la catedral es el Relicario de los Reyes Magos, situado detrás del altar mayor. Es una urna dorada descomunal, hecha en oro, plata, esmaltes y piedras preciosas, del siglo XII-XIII, considerada la obra más importante de la orfebrería gótica medieval europea. Contiene, supuestamente, las reliquias de los tres Reyes Magos que Federico Barbarroja trajo desde Milán. La urna es una pieza de arte sublime, con relieves en relieve, figuras esculpidas, inscripciones. Merece dedicar tiempo a rodearla por los tres lados accesibles y a intentar descifrar los detalles.
Subir a la torre: 533 escalones
Después del interior, decidimos subir a la torre sur. La subida a la torre sur de la catedral son 533 escalones por una escalera de caracol estrechísima. No hay ascensor. No hay paradas intermedias (bueno, hay una pequeña en una sala del campanario a medio camino, donde se pueden ver la gran campana St. Petersglocke, una campana gigantesca fundida en 1923 que es la campana oscilante más grande del mundo). Pero el grueso del ascenso es subida continua por escaleras en espiral, con poca luz y poco aire. Los pulmones sufren. Las piernas sufren. El orgullo sufre.
Pero la recompensa arriba vale todo el esfuerzo. Desde la plataforma superior, a 97 metros de altura, Colonia se extiende en todas direcciones. El Rin cruza la ciudad con su curva amplia, con el puente Hohenzollern (el puente ferroviario del centro, conocido también como el puente de los candados de amor, con miles de candados colgando de sus rejillas) cruzándolo en primer plano. Al oeste, el casco antiguo reconstruido tras la guerra, con las iglesias románicas y algunas fachadas recuperadas. Al otro lado del río, el distrito de Deutz con los rascacielos más modernos. Y al horizonte, en un día claro como el nuestro, se adivinan las colinas del Bergisches Land.
Bajar y pasear por el centro
Bajada lenta, con las piernas temblorosas, y al salir a la plaza otra vez respiramos con calma. Comimos un bocadillo en una de las cadenas que hay junto a la catedral (Colonia tiene una densidad brutal de Brauhäuser, las cervecerías tradicionales, pero queríamos algo rápido y ligero para poder seguir paseando).
El casco histórico de Colonia es mucho más pequeño de lo que uno podría imaginar. La mayoría de los edificios son reconstrucciones posteriores a la guerra, algunos bastante logrados, otros menos. Pero hay doce iglesias románicas repartidas por el centro que son el alma arquitectónica profunda de la ciudad. Estas iglesias románicas (Groß St. Martin, St. Gereon, St. Kunibert, St. Aposteln, entre otras) datan de los siglos IX al XIII y fueron muy dañadas durante la guerra, pero se han reconstruido con fidelidad. Son una peculiaridad de Colonia que no tiene equivalente en otras ciudades alemanas: una densidad increíble de iglesias del periodo románico en un área muy pequeña.
Visitamos Groß St. Martin, la que está junto al Rin, con su torre central inconfundible. Dentro, arquitectura románica pura, con arcos de medio punto, columnas gruesas y ese aire austero muy distinto del gótico vecino. Una contracorriente estética muy bienvenida después de la catedral.
Al Rin y al puente de los candados
Paseamos por la orilla del Rin, con los barcos de crucero fluvial pasando lentamente hacia Düsseldorf o corriente abajo hacia Rotterdam. El Hohenzollernbrücke, el gran puente ferroviario central, es uno de los símbolos modernos de la ciudad. Sus rejillas están cubiertas literalmente por miles de candados de todos los tamaños, colgados por parejas como promesa de amor eterno, con nombres grabados o escritos con rotulador. La práctica se popularizó hace pocos años en puentes de medio mundo, pero Hohenzollernbrücke es probablemente el ejemplo más denso de Europa. Caminamos por la acera peatonal del puente sacando fotos y leyendo nombres: parejas de alemanes, turistas internacionales, viajeros varios. Al otro lado, la vista de la catedral desde el puente es uno de los planos más clásicos de Colonia, con el Dom dominando el horizonte y el Rin en primer plano.
Entrega del coche y último tramo
A media tarde tocaba entregar el coche de alquiler en una oficina cercana al centro. Trámite rápido, inspección visual sin incidencias, firmas de rigor. El coche nos había servido bien durante cuatro días, recorriendo casi mil kilómetros entre Ámsterdam y Colonia sin problemas. Recoger las llaves en Ámsterdam y dejarlas en Colonia es un gesto logístico que sigue pareciéndome mágico: te olvidas de un vehículo en un país y resurge en la matriz de otro, porque alguien lo trasladará por la red de oficinas de la empresa. La globalización de ciertos servicios es, a veces, un pequeño milagro cotidiano.
Con el coche entregado, paseamos una última hora por el centro antes de coger el transporte al aeropuerto. Cenamos en un Brauhaus tradicional, con Kölsch en vasos pequeños (el ritual de Colonia: el camarero va reponiendo los vasos sin que tú lo pidas, hasta que pones un posavasos encima del vaso para indicar que ya has terminado). Cierre colonés perfecto.
De Colonia a Bilbao
Cogimos un taxi al aeropuerto de Colonia-Bonn, facturamos las mochilas (esta vez con algún recuerdo comprado: un par de salchichas envasadas, un cuaderno de la Bauhaus comprado en Berlín, algunas postales), pasamos los controles y esperamos el vuelo de regreso. Despegamos a última hora de la noche, con la ciudad en luces bajo el avión, y aterrizamos en Bilbao cerca de la medianoche.
Balance final: un viaje que se recordará
Once días, tres países, siete ciudades principales (Berlín, Potsdam, Ámsterdam, Delft, Rotterdam, La Haya/Scheveningen, Bonn, Colonia), dos musicales (Tanz der Vampire y Tarzan), arquitectura de todas las épocas (desde el románico renano hasta los cubos amarillos de Rotterdam), paisajes variados (ciudades densas, campos holandeses, el Rin, el Mar del Norte), y una combinación de aviones, trenes y coche de alquiler que permitió cubrir todo sin estrés. Uno de esos viajes que funcionan en cada tramo.
Me vuelvo con varias impresiones claras. Berlín ha sido el gran descubrimiento: una ciudad en plena transformación, con una relación honesta con su memoria difícil, con vitalidad callejera y cosmopolitismo. Holanda ha sido el reencuentro cariñoso: Rotterdam con su arquitectura audaz, Delft con su pequeña perfección, La Haya con su carácter institucional, Scheveningen con su mar del Norte. Y Colonia ha cerrado el viaje con un golpe arquitectónico mayúsculo gracias a su catedral descomunal.
Los dos musicales, cada uno en su registro, han sido guindas perfectas: Tanz der Vampire con su mezcla de horror gótico y rock steinmaniano, Tarzan con sus coreografías aéreas y la entrañable presencia de Ron Link. Formato que quiero repetir en viajes futuros: combinar itinerario urbano con una o dos noches de musical local es una manera de entrar en la cultura del país vía sus escenarios.
De los tres países visitados, Alemania es el que más voy a recordar, y Berlín particularmente. Queda en mi lista de ciudades a las que quiero volver pronto, con más tiempo y en otra estación. Pero eso ya será otro viaje.

Once días entre Alemania y Holanda: conclusiones de un viaje redondo¶
Conclusiones del viaje
Cuando uno llega a casa después de once días de viaje, las impresiones todavía están frescas y es buen momento para hacer balance sin que el tiempo desdibuje los detalles. Este viaje de octubre de 2007 entre Berlín, Holanda y Renania se cuenta, sin duda, entre los más satisfactorios que recuerdo. No por ningún momento revelador único, sino por la suma de aciertos de principio a fin: el itinerario funcionó como un reloj, las conexiones aéreas y terrestres encajaron sin contratiempos, el coche de alquiler cumplió su función, las ciudades estuvieron cada una a la altura, los dos musicales resultaron experiencias redondas. Cuando sale así, uno solo puede agradecer al calendario y seguir planeando el siguiente.
Y hay un factor que merece mención aparte: el tiempo meteorológico. Tuvimos una suerte enorme. Once días consecutivos con cielos despejados o ligeramente cubiertos, temperaturas otoñales agradables (entre los 10 y los 18 grados), sin apenas lluvia, con esa luz dorada tan bonita del otoño europeo cayendo sobre los edificios. En Holanda, que es país de lluvias frecuentes, este tipo de rachas secas son casi un milagro. En Alemania, en octubre, tampoco se dan siempre. Nos acompañó la fortuna, y se agradeció en cada paseo.
Berlín: el gran descubrimiento
Si tengo que quedarme con una ciudad del viaje, esa es Berlín sin discusión. Me enamoró desde la primera noche, con el paseo por Kurfürstendamm y la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche iluminada, y no dejó de sorprenderme hasta el último día. Berlín es una ciudad llena de vida donde siempre pasan cosas. Cosmopolita en el sentido más completo de la palabra: diversidad real de nacionalidades en la calle, escena cultural efervescente, arquitectura que convive en todas sus épocas sin complejos, vida nocturna vibrante, actitud berlinesa desenfadada y con ese humor negro tan característico.
Lo que más me marcó es la forma en que Berlín gestiona su memoria difícil. En lugar de ocultarla o teatralizarla, la integra en el tejido urbano con un respeto mezclado de pragmatismo: la iglesia memorial conservada como ruina, la Topografía del Terror con su muro de Berlín original, el Checkpoint Charlie con toda su carga, los monumentos conmemorativos distribuidos por todo el centro. Esta relación honesta con el pasado no impide que la ciudad mire hacia el futuro: la Potsdamer Platz, el Reichstag con cúpula de Foster, el Sony Center, la reconstrucción de la Pariser Platz demuestran una Berlín que se está reinventando a toda velocidad. Esa tensión entre memoria y modernidad me ha parecido fascinante.
Berlín es una ciudad a la que quiero volver pronto. Tres días se han quedado cortos. Quedan pendientes el Hamburger Bahnhof con la colección de arte contemporáneo, el barrio de Kreuzberg en profundidad, el de Prenzlauer Berg, algún concierto o alguna exposición temporal, varias comidas largas en cualquier Biergarten. Apunto mental. Volveré.
Holanda: el reencuentro cariñoso
Holanda es para mí territorio conocido. Viví una temporada en Eindhoven hace unos años, y en ese tiempo conocí a fondo Ámsterdam, Rotterdam, Delft, La Haya y varias ciudades más que han vuelto a aparecer en este viaje. Volver a ellas con alguien que no las conocía me ha permitido revivir mis propios descubrimientos vicariamente, y confirmar que siguen funcionando igual de bien.
Soy un enamorado de Holanda. Me gusta el carácter práctico y discreto de los holandeses, la manera en que las ciudades están pensadas a escala humana, la omnipresencia de la bicicleta, la calidad de las infraestructuras públicas, la arquitectura de ladrillo rojizo y fachadas escalonadas, los canales, la luz particular que tiene el Mar del Norte sobre las llanuras del oeste del país. Ámsterdam sigue siendo una ciudad de las que no cansan: puedo pasearla una y otra vez sin aburrirme. Rotterdam sigue siendo mi favorita por su arrojo arquitectónico y por esa decisión post-bombardeo de no mirar atrás. Delft sigue siendo esa pequeña joya del siglo XVII que funciona como pausa perfecta entre ciudades grandes. Y La Haya, con Scheveningen como su orilla marina, me vuelve a gustar cada vez que vengo.
El único sitio genuinamente nuevo de la parte holandesa fue Madurodam. Y aquí va mi único matiz crítico del viaje: Madurodam es entretenido, sí, simpático, agradable para pasar un par de horas, pero tampoco es para lanzar cohetes. Lo disfruté en el momento, me reí de los detalles, saqué fotos, pero no se me quedó grabado como un imprescindible. Es de esos sitios que están bien visitar una vez y de los que probablemente no sentiré la necesidad de volver. Un pequeño mosaico de Holanda a escala 1:25 para turistas, bien ejecutado, pero sin emoción profunda. Dicho queda.
Colonia: la catedral que compensa todo lo demás
Colonia, que no conocía, me sorprendió muy gratamente. Esperaba una gran ciudad industrial de Renania, más bien funcional, y me encontré con una ciudad con un casco antiguo reconstruido tras la guerra con mucho más mimo del que esperaba. Los edificios reconstruidos, las doce iglesias románicas repartidas por el centro, las zonas peatonales, la presencia del Rin cruzando la ciudad, todo está bien resuelto para el paseo turístico.
Pero la gran razón por la que Colonia justifica un viaje es la catedral. El Kölner Dom es, probablemente, el edificio gótico más imponente que he visto en persona. La escala es difícil de transmitir en palabras o en fotos: está la altura (157 metros las torres), está la densidad decorativa (cientos de figuras esculpidas, cientos de vidrieras), está la presencia en el tejido urbano (aparece desde cualquier rincón del casco histórico, domina el skyline). La historia de su construcción es novelesca: seis siglos entre el inicio y la finalización, parada de cuatro siglos durante la Edad Moderna con la fachada a medio hacer, reactivación en el XIX al calor del romanticismo alemán, supervivencia milagrosa al bombardeo de la Segunda Guerra Mundial. La vidriera contemporánea de Gerhard Richter, añadida este mismo año, demuestra además que la catedral sigue siendo un organismo vivo al que se le hacen nuevas aportaciones. Impresionante.
Bonn: la sorpresa del viaje
De todas las paradas, la que más me desconcertó por llegar sin expectativas concretas fue Bonn. Al haber sido capital de Alemania Federal durante cuarenta años, esperaba una ciudad más bien institucional, llena de edificios gubernamentales modernos de los años cincuenta y sesenta, ministerios grises, barrios diplomáticos con ese aire frío de las capitales administrativas. Y me encontré con una cosa muy distinta: una ciudad renana clásica, bellísima, con su casco histórico bien conservado (apenas tocado por la guerra, afortunadamente), con el Altes Rathaus rosado en el Markt, la catedral románica-gótica con sus cinco torres, la casa de Beethoven, el paseo junto al Rin, los jardines de la Universidad, las fachadas antiguas de las calles centrales.
Bonn resulta ser, bajo esa capa de capitalidad que duró cuatro décadas, una ciudad profundamente renana, con siglos de historia anterior a su papel político breve, y con una escala humana muy acogedora. Visitar la Beethoven-Haus me conmovió especialmente: ver los manuscritos originales del compositor en las vitrinas, con sus correcciones y anotaciones a mano, es una experiencia cercana a la peregrinación laica. Bonn no es una ciudad con la que se pase una semana entera, pero como parada de un día en un viaje como este funciona excepcionalmente.
Los dos musicales: guinda y componente cultural local
Los dos musicales del viaje (Tanz der Vampire en Berlín y Tarzan en Scheveningen) han sido exactamente el tipo de actividad que me gusta incorporar a un viaje largo: cultura local viva, teatros llenos de público autóctono, producciones de buen nivel, noches con un punto especial distinto del clásico paseo nocturno o cena. Cada uno en su registro: Tanz der Vampire como musical gótico-cómico con música rock de Jim Steinman y un reparto impecable encabezado por Thomas Borchert; Tarzan como musical Disney acrobático con las coreografías aéreas como protagonistas y un Ron Link arrollador.
Los dos merecen sus propios artículos, y ahí los he desarrollado con detalle. Pero quiero dejar constancia aquí de que, si repito la fórmula de viaje en el futuro, intentaré siempre incluir al menos una noche de musical local. Es una forma de entrar en la cultura de un país por otra puerta, distinta a la del monumento o la del museo.
Qué me llevo como aprendizaje
Haciendo recuento, algunos aprendizajes prácticos de este viaje para futuros itinerarios similares:
Primero, que la combinación de vuelos baratos con conexiones y coche de alquiler entre distintas ciudades abre posibilidades interesantes de itinerario que antes no eran viables económicamente. El mérito de haber estado en siete ciudades de tres países en once días se debe en buena parte a esta fórmula.
Segundo, que recoger coche en un país y entregarlo en otro (Ámsterdam a Colonia, en este caso) funciona perfectamente con las grandes empresas de alquiler, sin más recargo del que cabría esperar. Esto permite planificar itinerarios lineales sin tener que hacer vuelta al punto de origen.
Tercero, que octubre sigue siendo uno de los mejores meses del año para viajar por Europa. Con la suerte del tiempo, se disfruta al máximo. Con mala suerte, se sobrelleva bien con paraguas y chaqueta. En ningún caso decepciona como los meses pico de verano.
Cerrar con agradecimiento
Once días dan para mucho: se empiezan con ilusión, se viven intensamente, se acumulan recuerdos sólidos, se regresa con ganas de volver al trabajo. Escribir estas crónicas a las pocas semanas del regreso ha sido también una forma de revivir cada día, con las fotos delante y las notas del cuaderno. Espero que las crónicas sirvan a alguien que esté pensando un itinerario parecido, o que simplemente tenga curiosidad por cómo se conectan entre sí estas ciudades tan distintas.
A Berlín, Ámsterdam, Rotterdam, Delft, La Haya, Bonn y Colonia, gracias. Y al tiempo meteorológico también, que nos acompañó como pocas veces. Ahora toca empezar a planear el siguiente viaje. Ya veremos dónde nos lleva.


















