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París, segunda oportunidad
Segunda oportunidad para París. La primera vez había disfrutado la ciudad, pero sin que saltara la chispa. Una semana entera de Semana Santa para recorrerla con calma y ver si en esta ocasión llegaba el flechazo.
París, segunda oportunidad: una semana para intentar enamorarme¶
Introducción al viaje
La primera vez que visité París me gustó. Disfruté de sus calles y sus monumentos, pero no sentí ese flechazo del que hablan otros viajeros con tanta intensidad. La ciudad me pareció interesante, monumental, con una oferta cultural apabullante, pero nada más. Decirlo de París casi suena a herejía, pero así fue.
Cuando surgió la posibilidad de volver, la recibí con una mezcla de curiosidad y escepticismo. ¿Cambiaría algo en un segundo intento?
Un compañero de viaje condicionó el destino
Esta vez no iba solo. Mi amigo nunca había pisado París, y acompañar a alguien en su primer contacto con una ciudad que yo ya conocía tenía su propio aliciente: verla de nuevo, pero con otra mirada al lado. La Semana Santa de 2017 nos regalaba una semana completa, del martes 11 al martes 18 de abril. Siete días sin la urgencia de meter veinte monumentos en un fin de semana.
El hotel: Ibis Styles Paris Massena Olympiades
La elección del alojamiento fue pragmática, como suele serlo en mis viajes. El Ibis Styles Paris Massena Olympiades está en el distrito 13, en la zona de Olympiades, uno de los barrios asiáticos más grandes de Europa. El 13 no es el París de postal: en vez de bulevares haussmannianos hay torres residenciales de los años setenta, construidas como vivienda asequible, que acabaron siendo el corazón de la comunidad china y del sudeste asiático en la ciudad. La Bibliothèque François-Mitterrand, con sus cuatro torres que imitan libros abiertos, está también en este arrondissement. Un barrio funcional, con buena conexión de transporte y restaurantes asiáticos a precios razonables. Exactamente lo que necesitábamos.
El hotel cumplía con lo esperado de la cadena: limpio, funcional, desayuno incluido, decoración colorista y algo infantiloide. Lo justo para dormir, desayunar y salir a patear la ciudad.
La Paris Découverte: el mejor consejo que puedo dar
Si hay algo que recomiendo a cualquier viajero que pase más de tres días en París, es la tarjeta Paris Découverte con abono semanal. Es la tarjeta de transporte recargable de Île-de-France: sobre ella cargas el abono semanal Navigo Semaine, que en 2017 costaba 22,15 euros para todas las zonas.
Lo que incluye es todo: metro, autobús, RER, tranvía, funicular de Montmartre. Transporte ilimitado durante toda la semana por las cinco zonas de París y su región. Eso significa que los trayectos a Versalles, a los aeropuertos y a Disneyland París ya están cubiertos sin coste adicional — algo que conviene calcular antes de comprar billetes sueltos.
Hay un detalle que conviene saber: la semana del Navigo va siempre de lunes a domingo, independientemente del día en que lo compres. Si llegas un miércoles, pagas la semana completa pero solo disfrutas cinco días. En nuestro caso, llegando el martes, perdíamos un día, lo que seguía siendo un trato excelente: un billete sencillo de metro costaba casi dos euros.
La tarjeta en sí tiene un coste de unos 5 euros y es reutilizable. Necesitas una foto de carnet para registrarla: conviene llevarla preparada de casa, aunque en las estaciones principales hay fotomatones donde hacértela por unos pocos euros.
Lo que no pretende ser este diario
Esto no es una guía de viaje. No voy a enumerar los mejores restaurantes de cada arrondissement ni a elaborar listas de imprescindibles. Para eso ya hay cientos de recursos que lo hacen mucho mejor de lo que yo podría.
Lo que encontrarás aquí es mi experiencia personal, con sus aciertos y sus meteduras de pata, sus descubrimientos inesperados y sus pequeñas decepciones. Un relato honesto de cómo un diseñador web de Bilbao intentó, durante siete días, darle una segunda oportunidad a una ciudad que todavía no le había terminado de convencer.
El plan, a grandes rasgos
La semana estaba planificada con suficiente flexibilidad para improvisar. Disneyland, Versalles, los clásicos como la Torre Eiffel y el Louvre, barrios con personalidad propia como Montmartre y Le Marais. Un equilibrio entre lo que no te puedes perder y lo que aparece solo cuando te pierdes.
Lo que tenía claro es que no quería repetir el error de correr de monumento en monumento acumulando fotos sin disfrutar de nada. Esta vez quería sentarme en un banco, perderme por callejuelas y dejar que la ciudad respirara a su propio ritmo.
París me debía una segunda oportunidad, y yo estaba dispuesto a dársela.

Día 1. Llegada a París vía Madrid¶
El martes 11 de abril empezó con la rutina de cualquier viaje en avión desde Bilbao: meter lo último en la maleta, revisar el pasaporte dos veces, salir hacia Loiu con margen suficiente para no correr.
Bilbao - Madrid: el primer salto
Nuestro vuelo salía de Loiu a las 17:35, un Iberia IB0449 con destino Madrid Barajas. Una hora y cinco minutos de vuelo que, por lo general, transcurre sin sobresaltos. El País Vasco se fue quedando pequeño bajo las nubes mientras el avión enfilaba hacia el sur.
Aterrizamos en Barajas a las 18:40, puntuales. Madrid nos recibió con esa luz de atardecer de la meseta castellana, limpia y dorada, muy diferente de los cielos grises que habíamos dejado en Bilbao. Poco más de una hora hasta el siguiente vuelo: tiempo justo para el trasbordo sin agobios pero sin margen para entretenerse.
Madrid - París Orly: rumbo al norte
El segundo vuelo, el IB3400, despegó de Barajas a las 19:45 con destino al aeropuerto de París Orly. Dos horas de vuelo que aprovechamos para repasar el plan de los próximos días y para ese pequeño ritual de todo viajero: mirar por la ventanilla intentando adivinar qué ciudades se van iluminando allá abajo a medida que cae la noche.
Aterrizamos en Orly a las 21:45, hora local. Prácticamente las diez de la noche con los pies en suelo francés.
Orly de noche: el tranvía al centro
El aeropuerto de París Orly es el segundo aeropuerto de la ciudad, más pequeño y manejable que el colosal Charles de Gaulle, y con la ventaja de estar más cerca del centro. Aun así, llegar al hotel desde allí a las diez de la noche implicaba moverse con eficiencia.
Tomamos el tranvía T7, que conecta el aeropuerto de Orly con la zona sur de París. Pagamos el billete suelto porque la Paris Découverte no se vende en el aeropuerto — tendríamos que esperar a una estación de metro para comprarla. El trayecto a esas horas tenía algo de cinematográfico: las calles semivacías, las luces de los suburbios desfilando al otro lado del cristal, el silencio particular de los vagones casi vacíos a última hora de la noche.
La Paris Découverte
Al llegar a la zona del hotel, lo primero que hicimos fue buscar una estación de metro para comprar la tarjeta. La Paris Découverte con el abono semanal Navigo iba a ser nuestra llave maestra para movernos por toda la región sin preocuparnos de billetes individuales. La compramos, la cargamos y nos sentimos inmediatamente más preparados. Ese pequeño rectángulo de plástico — 22,15 euros, transporte ilimitado durante toda la semana, Versalles y Disneyland incluidos — justifica su precio desde el primer día.
Necesitábamos una foto de carnet para registrar la tarjeta. Nosotros llevábamos fotos de repuesto de casa; si no las tienes, en las estaciones principales hay fotomatones por unos pocos euros.
El barrio de Olympiades a medianoche
El hotel estaba en el distrito 13, en la zona de Olympiades. A esas horas, el barrio estaba ya tranquilo, con los restaurantes asiáticos cerrando sus persianas y apenas unos cuantos viandantes apurando el final del día. Las torres residenciales de Olympiades — esos bloques de los años setenta que dominan el skyline del barrio — se recortaban contra el cielo nocturno. Son los mismos edificios que en su momento representaban la modernidad asequible y que acabaron siendo el eje del barrio chino parisino. A medianoche tienen una presencia silenciosa, casi monumental.
Llegamos al Ibis Styles Paris Massena Olympiades pasadas las once. El check-in fue rápido, como suele ser en esta cadena. La habitación, correcta sin más: camas limpias, baño funcional. Después de un día de tránsito, es todo lo que necesitas.
Esa primera noche
Nos dimos una ducha rápida, repasamos el plan del día siguiente y caímos rendidos. La emoción del viaje competía con el cansancio acumulado, y ganó el cansancio por goleada.
Lo que nos esperaba al día siguiente era Disneyland París. Mi amigo no lo sabía aún, pero habíamos elegido una fecha que resultaría ser algo más que una elección práctica: el 12 de abril de 2017 se cumplían exactamente veinticinco años de la apertura del parque. A veces, las casualidades del calendario convierten un buen plan en uno extraordinario.

Día 2. Disneyland París: magia y 25 aniversario¶
El 12 de abril de 2017 fue el primer día completo del viaje, y lo dedicamos a Disneyland. Lo habíamos decidido desde la planificación: empezar con algo diferente, algo que activara la ilusión viajera antes de entrar en el París de museos y monumentos. Lo que no calculamos es que ese mismo día, exactamente veinticinco años antes, el parque había abierto sus puertas por primera vez. Íbamos a estar en Disneyland París el día de su 25 aniversario sin haberlo buscado.
El viaje en RER: la antesala del parque
Desde nuestro hotel en el distrito 13, llegar a Disneyland implicaba un buen rato de transporte público, pero con la Navigo en el bolsillo el coste era cero. Tomamos el metro hasta Châtelet-Les Halles, una de las estaciones más grandes y laberínticas de París, donde conectamos con el RER A en dirección Marne-la-Vallée — Chessy.
El trayecto dura unos 40-45 minutos desde el centro y es curiosa la transformación del paisaje al otro lado de la ventanilla: del París urbano y denso se pasa a los suburbios residenciales, luego a zonas más abiertas con campos y polígonos industriales, hasta que aparece la estación de Marne-la-Vallée con su arquitectura inconfundiblemente Disney.
En el vagón ya se notaba el ambiente. Familias con niños disfrazados de princesas, grupos de jóvenes con orejas de Mickey, parejas con mochilas repletas de provisiones. El RER A en dirección Disneyland tiene su propia fauna social, una mezcla de nacionalidades y edades unidas por la misma promesa de evasión.
Un poco de historia: de Euro Disney al gigante actual
La estación de llegada está integrada en el resort de tal manera que la transición es inmediata, pero antes de entrar al parque vale la pena recordar lo que ocurrió aquí veinticinco años atrás.
Cuando abrió el 12 de abril de 1992, lo hizo bajo el nombre de Euro Disney Resort, y la recepción fue entre la indiferencia y el desdén abierto. Los intelectuales franceses organizaron una resistencia cultural activa: la directora teatral Ariane Mnouchkine lo llamó un "Chernóbil cultural", y la prensa tampoco fue mucho más amable con la idea de implantar el entretenimiento americano en la campiña del Île-de-France. Los primeros años fueron financieramente desastrosos: las proyecciones de visitantes no se cumplieron, la empresa acumuló deudas millonarias y hubo que reestructurar varias veces para evitar la quiebra.
Parte del problema fue un error de cálculo cultural. Los gestores americanos supusieron que los europeos planificarían viajes al parque con meses de antelación, como los americanos al de Orlando; los europeos no funcionan así. La prohibición inicial de alcohol también fue recibida con estupefacción en un país donde el vino acompaña cualquier comida. Esa norma se rectificó rápidamente.
En 1994 el parque fue rebautizado como Disneyland París. En 2002 se añadió el segundo parque temático, Walt Disney Studios Park. Y hoy, el mismo resort que casi quebró en sus primeros años es el destino turístico más visitado de Europa: más de quince millones de visitantes anuales, más que la Torre Eiffel y el Louvre combinados. La distancia entre ese primer 12 de abril y el que vivimos nosotros era, entre otras cosas, la distancia entre el fracaso y el gigante.
Entrando en el parque: primer impacto
Cruzar las puertas de Disneyland y dejar atrás el mundo real funciona con independencia de la edad y del cinismo. Como diseñador web soy perfectamente consciente de que cada detalle está calculado para generar una respuesta emocional concreta. Aun así: funciona.
La Main Street USA te recibe con su versión idealizada de un pueblo americano de principios del siglo XX, con fachadas victorianas, farolas de época y música de ragtime por los altavoces. Es deliberadamente nostálgico, artificial, kitsch — e irresistible. El nivel de detalle va desde las molduras de los edificios hasta los olores a palomitas y gofres que impregnan el aire. Todo está diseñado para sumergirte en un mundo paralelo, y el trabajo de diseño de ambientación es genuinamente admirable.
Al fondo, el Castillo de la Bella Durmiente. Más pequeño de lo que recordaba, pero con esa presencia que tienen los objetos que has visto cientos de veces en fotografías y que de repente tienes delante. Para el 25 aniversario, el castillo lucía una decoración especial con motivos florales y una estrella dorada en la torre principal.
El 25 aniversario: celebración por todo lo alto
Disney no deja pasar una fecha señalada sin montar un espectáculo. Todo el parque estaba engalanado: estandartes conmemorativos, guirnaldas de estrellas, los números "25" integrados en la escenografía con esa naturalidad que solo Disney sabe conseguir.
La atracción estrella del aniversario era el nuevo espectáculo nocturno, "Disney Illuminations", que sustituía al ya clásico "Disney Dreams!" con una integración más ambiciosa de fuegos artificiales, proyecciones sobre el castillo, efectos de agua y pirotecnia. Por supuesto nos quedamos hasta el cierre para verlo. El castillo se convirtió en una pantalla gigante donde se proyectaban escenas de las películas clásicas mientras los fuegos artificiales estallaban sincronizados con la música. Es de esas experiencias que no puedes imaginar del todo hasta que las tienes delante.
La cabalgata especial del aniversario, con las carrozas decoradas y los personajes con trajes diseñados exclusivamente para la celebración, fue igualmente memorable. Mi amigo, que nunca había estado, estaba genuinamente emocionado. Yo también, aunque eso no lo admito fácilmente.
Disneyland Park: el parque clásico
El Disneyland Park es el parque original, el que abrió en 1992, y sigue siendo el alma del resort. Está dividido en cinco tierras temáticas.
Adventureland nos atrapó con su estética colonial y sus referencias a Piratas del Caribe e Indiana Jones. La atracción de Piratas del Caribe sigue siendo, después de tantos años, una de las más inmersivas del parque: ese viaje en barca por escenas construidas con una fidelidad impresionante. Fantasyland era el territorio natural de las familias con niños pequeños, aunque Peter Pan's Flight conserva intacta esa capacidad de hacerte sentir que realmente estás volando sobre el Londres nocturno.
Discoveryland albergaba Space Mountain, la montaña rusa cubierta que te lanza al espacio exterior con una aceleración que te pega al asiento. Y Frontierland, con su ambientación del Salvaje Oeste, ofrecía Big Thunder Mountain, que compensaba su intensidad moderada con una tematización espectacular.
Lo que más me impresionó como profesional del diseño fue la coherencia visual de cada zona. Las transiciones entre tierras temáticas están resueltas con una maestría que cualquier diseñador debería estudiar: pasas del Salvaje Oeste a una selva tropical sin que tu cerebro registre una ruptura, porque los detalles intermedios están tan cuidados que la transición se siente natural.
Walt Disney Studios Park: el parque complementario
El segundo parque del resort, abierto en 2002, es sensiblemente más pequeño y, hay que decirlo, menos impresionante que el original. Su temática gira en torno al cine y la producción audiovisual, con atracciones basadas en Pixar, Marvel y Star Wars.
Aun así, encontramos atracciones que merecían la visita. The Twilight Zone Tower of Terror, con su caída libre en un ascensor embrujado, sigue siendo una de las experiencias más intensas del resort. Y Crush's Coaster, basada en Buscando a Nemo, sorprendía por su recorrido imprevisible en la oscuridad. El parque es más pequeño y se recorre en menos tiempo, pero complementa bien la jornada.
El factor humano: Disneyland entre adultos
Hay un prejuicio extendido de que Disneyland es solo para niños. Lo que Disney hace mejor que nadie es crear experiencias que funcionan a diferentes niveles según la edad del espectador. Un niño disfruta de los personajes y los colores; un adulto aprecia la ingeniería, el diseño, la narrativa visual. No tienes por qué creer en la magia para reconocer que está extraordinariamente bien ejecutada.
Mi amigo y yo, dos treintañeros sin niños a cargo, disfrutamos sin reservas. No por nostalgia infantil, sino porque hay algo liberador en un lugar diseñado para que te olvides del mundo exterior durante unas horas. Sin correos, sin plazos, sin facturas. Solo atracciones, espectáculos y comida basura glorificada.
¿Es caro? Sí. ¿Es artificial? Absolutamente. ¿Merece la pena al menos una vez? Sin ninguna duda.
La vuelta: cansancio y satisfacción
Salimos del parque tras el espectáculo nocturno con los pies destrozados y ese cansancio particular que produce un día entero caminando, haciendo colas y procesando estímulos visuales a un ritmo que tu cerebro no está acostumbrado a manejar.
El viaje de vuelta en RER fue el reverso exacto del de ida. Donde por la mañana había excitación y energía, ahora había silencio y cabezas apoyadas en ventanillas. El vagón iba lleno de familias agotadas, niños dormidos en brazos de sus padres y adultos con esa expresión de felicidad cansada que solo da un buen día de parque temático.
Llegamos al hotel, nos dejamos caer en las camas y repasamos brevemente el plan del día siguiente: Versalles por la mañana, Campos Elíseos por la tarde. Otro día ambicioso. Pero eso ya sería mañana.

Día 3. Versalles y los Campos Elíseos¶
El tercer día arrancó temprano. Versalles por la mañana, Campos Elíseos por la tarde: un programa ambicioso para las piernas, pero la Navigo hacía que la parte logística fuera simple.
El viaje: RER C hasta la puerta
Llegar a Versalles desde París es sencillo gracias al RER C, que te deja en la estación Versailles Château — Rive Gauche, a apenas diez minutos andando del palacio. Con la Navigo en el bolsillo, el trayecto no costó un céntimo adicional — algo que conviene recordar, porque Versalles está en la zona 4 y los billetes sencillos de metro no cubren esa distancia. Sin el abono semanal, habríamos tenido que comprar un billete específico.
El trayecto dura unos 35-40 minutos desde el centro de París. La estación de llegada te deposita en una avenida amplia que desemboca directamente en la reja dorada del palacio, y desde el primer momento la escala del lugar golpea: la plaza de armas, la fachada interminable, las dimensiones de todo. Versalles está construido para hacer sentir pequeño al visitante, y lo consigue antes incluso de entrar.
La decisión de no entrar al palacio
Sé que lo que voy a decir puede sonar a herejía viajera, pero tomamos una decisión consciente: no íbamos a entrar al Palacio de Versalles.
Yo ya conocía el interior de mi visita anterior. Además, las colas en Semana Santa son legendarias — esperas que superan las dos horas, y una vez dentro, la experiencia consiste en recorrer las estancias a paso de tortuga entre una masa humana que hace difícil disfrutar de nada. La Galería de los Espejos tiene 357 espejos distribuidos en 17 arcos que se enfrentan a 17 ventanas sobre los jardines, diseñada para deslumbrar con el reflejo multiplicado del Sol. Rodeada de doscientas personas haciéndose selfies, es probable que pierda algo de esa arquitectura de la adulación.
Luis XIV trasladó aquí la corte desde París en 1682, en parte para tener bajo control a la nobleza que durante la Fronda casi le había costado el trono. Reunir a los aristócratas en Versalles los mantenía vigilados y ocupados en los rituales de la corte. El palacio fue efectivamente el gobierno de Francia hasta la Revolución de 1789. En 1871, después de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana, los alemanes proclamaron aquí el Imperio alemán — en la Galería de los Espejos, por la carga simbólica del lugar. Es un edificio donde la historia dejó capas muy densas, y la cola para verlas no siempre vale la pena.
Optamos por dedicar la mañana a lo que considerábamos la joya real: los jardines. De acceso libre la mayor parte del año — salvo los días de Grandes Aguas Musicales, cuando se cobra entrada aparte. El día que fuimos, entramos gratis.
Los jardines de Le Nôtre: geometría convertida en arte
André Le Nôtre fue el genio detrás de los jardines de Versalles, y llamarlo jardinero sería como llamar albañil a Miguel Ángel. Lo que creó entre 1661 y 1700 es una obra maestra del paisajismo que cambió para siempre la manera de concebir los jardines en Europa. El jardín a la francesa, con su obsesión por la simetría, la geometría y el control absoluto de la naturaleza, nació aquí y se extendió después por todas las cortes del continente.
Las cifras son apabullantes: más de 800 hectáreas, 300.000 árboles, 210.000 flores plantadas cada año, 50 fuentes y 620 surtidores de agua. Todo ello organizado en un eje central que se extiende desde la fachada del palacio hasta donde alcanza la vista, creando una perspectiva que parece no tener fin. Es una declaración de intenciones: el hombre dominando la naturaleza, sometiéndola a su voluntad. Exactamente como Luis XIV pretendía dominar a sus súbditos.
Caminamos durante horas por los senderos de grava blanca, perdiéndonos entre setos recortados con precisión milimétrica, descubriendo esculturas mitológicas en cada esquina, deteniéndonos ante fuentes que aunque no estaban en funcionamiento conservaban toda su majestuosidad arquitectónica. El Parterre d'Eau, frente a la fachada del palacio, con sus dos grandes estanques que reflejan el cielo como espejos, fue una de esas imágenes que se quedan grabadas.
El Gran Canal y la perspectiva infinita
El Gran Canal es, posiblemente, el elemento más espectacular de todo el conjunto. Un canal cruciforme de casi 1.700 metros de largo por 62 de ancho que se extiende hacia el horizonte como una autopista de agua. Luis XIV lo mandó construir para poder navegar en las góndolas que le había regalado la República de Venecia. El Rey Sol tenía góndolas venecianas en su jardín. La modestia no era lo suyo.
Caminar a lo largo del Gran Canal es una experiencia meditativa. La escala es tan grande que los grupos de turistas se diluyen en el paisaje y encuentras bolsas de soledad inesperada. Nos sentamos en el borde del canal a descansar, mirando hacia el palacio que se recortaba diminuto en la distancia, y fue uno de esos momentos en los que el viaje se detiene y simplemente estás. Sin fotos, sin consultar el mapa, sin planificar el siguiente paso. Dos amigos sentados junto a un canal que un rey megalómano mandó construir hace tres siglos.
El Petit Trianon y el Grand Trianon
En la zona norte del parque están los dos Trianones, dos palacios más pequeños que servían como refugio de la vida cortesana del palacio principal.
El Grand Trianon, construido por Luis XIV, es un elegante edificio de mármol rosa que el rey utilizaba como retiro cuando la pompa de Versalles le resultaba excesiva. Ironía suprema: el hombre que construyó el palacio más ostentoso de Europa necesitaba un segundo palacio para descansar de tanta ostentación.
El Petit Trianon está indisolublemente asociado a María Antonieta, que lo convirtió en su refugio personal. Aquí escapaba de la asfixiante etiqueta de la corte y jugaba a ser campesina en su Aldea de la Reina, un conjunto de casitas rústicas con granja, molino y lechería. Es fácil juzgar esa excentricidad, pero también hay algo profundamente humano en la necesidad de escapar de un rol que nunca elegiste.
No entramos en los edificios — las mismas razones que con el palacio principal. Pero pasear por esas zonas, imaginando las intrigas cortesanas entre esas paredes, ya justificaba la visita.
De vuelta a París: Place de la Concorde
Después de Versalles, volvimos a París con la intención de aprovechar la tarde para recorrer el eje que va desde la Place de la Concorde hasta el Arco del Triunfo.
La Place de la Concorde es uno de esos lugares donde la historia pesa tanto que casi se puede respirar. Diseñada en 1755 como Place Louis XV, durante la Revolución Francesa se convirtió en el escenario de uno de los episodios más sangrientos del país: aquí se instaló la guillotina que decapitó a Luis XVI, a María Antonieta y a más de mil personas durante el Terror. La plaza se llamó entonces Place de la Révolution, y la sangre corría literalmente por los adoquines.
En el centro se alza el Obelisco de Luxor, un monolito de granito rosa de 23 metros y 230 toneladas con más de 3.300 años de antigüedad. Fue un regalo del virrey de Egipto a Francia en 1829, y lo instalaron aquí en 1836, según se dice, porque era el único monumento que no ofendía a nadie: ni monárquico ni revolucionario, simplemente egipcio. Una solución diplomática bastante ingeniosa.
Estar en la Place de la Concorde es estar en un cruce de caminos: a un lado, el Jardín de las Tullerías y el Louvre; al otro, los Campos Elíseos; al norte, la Iglesia de la Madeleine; al sur, cruzando el Sena, la Asamblea Nacional. Uno de esos puntos donde la ciudad despliega todo de golpe.
Subiendo por los Campos Elíseos
Desde la Concorde enfilamos los Champs-Élysées, casi dos kilómetros de bulevar arbolado que conecta la plaza con el Arco del Triunfo subiendo una ligera pendiente. Los franceses los llaman sin ruborizarse "la plus belle avenue du monde". André Le Nôtre — sí, el mismo de los jardines de Versalles — fue quien extendió en 1667 la perspectiva del jardín de las Tullerías creando el paseo original. Con el tiempo fue creciendo hasta el bulevar que conocemos hoy.
Siendo honesto, los Campos Elíseos me parecieron más impresionantes como concepto que como experiencia real. La avenida es magnífica, pero caminar por ella se parece bastante a caminar por cualquier gran bulevar comercial: escaparates de Zara, McDonald's, tiendas de souvenirs. El glamour está más en la historia y en la perspectiva arquitectónica que en los establecimientos que la flanquean. Aun así, ese paseo subiendo hacia el Arco del Triunfo, con los castaños formando una bóveda verde sobre las aceras, tiene algo que merece ser experimentado al menos una vez.
El Arco del Triunfo: la cima del eje
Al final de la subida, presidiendo la Place Charles de Gaulle, el Arco del Triunfo. Napoleón lo encargó en 1806 para celebrar su victoria en la batalla de Austerlitz, aunque no vivió para verlo terminado: las obras se completaron en 1836, quince años después de su muerte.
Con sus 50 metros de altura y 45 de ancho, es el arco del triunfo más grande del mundo. Sus cuatro pilares están decorados con relieves escultóricos que narran escenas de las guerras revolucionarias y napoleónicas, siendo el más famoso "La Marsellesa" de François Rude, que representa la partida de los voluntarios en 1792. Bajo el arco arde desde 1923 la llama eterna de la tumba del soldado desconocido, que se reaviva cada tarde a las seis y media en una ceremonia breve pero solemne.
Hay algo hipnótico en la plaza que rodea el arco. Doce avenidas convergen en una rotonda donde los coches giran alrededor del monumento en un ballet caótico que desafía todas las normas de tráfico conocidas. Los turistas observan desde la acera con una mezcla de admiración y terror.
No subimos a la terraza esa tarde. El cansancio de Versalles empezaba a pasar factura, y preferimos disfrutar del monumento desde abajo, caminando alrededor de la base y leyendo los nombres de las batallas napoleónicas grabadas en la piedra. Hay más de cien batallas inscritas en el arco, junto con los nombres de 558 generales franceses. Los que están subrayados murieron en combate.
Veinte kilómetros entre Versalles y París
El contraste entre Versalles por la mañana y los Campos Elíseos por la tarde fue revelador. Versalles es la monarquía mirándose al espejo: grandeza absoluta, poder como decorado, y al fondo la sombra de cómo acabó todo. Los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo son la república mirándose al suyo: el orgullo militar, las batallas inscritas en piedra, la llama que no se apaga. Dos maneras distintas de administrar el mismo impulso hacia la monumentalidad.
¿Empezaba París a conquistarme? Quizá no de la manera fulminante que algunos describen. Más bien algo parecido al respeto: un respeto creciente por una ciudad que lleva siglos acumulando capas de historia y que las muestra sin pudor.
Volvimos al hotel con más de veinte kilómetros caminados y los pies reventados. Mañana tocaba explorar el corazón del París más clásico. Pero eso ya sería otro día.

Día 4. La Île de la Cité, el Barrio Latino y Luxemburgo¶
Cuarto día, y por primera vez íbamos al corazón literal de París. La Île de la Cité es la isla en medio del Sena donde empezó todo: donde los parisii se asentaron hace más de dos mil años y donde la ciudad fue creciendo capa sobre capa. El sistema de arrondissements de París se numera en espiral desde aquí, como una concha de caracol que se abre hacia los suburbios. Este es el uno. El origen.
La Conciergerie
Llegamos temprano y lo primero que vimos fue la Conciergerie, con esas torres medievales reflejándose en el agua del Sena. No entramos, pero nos quedamos un buen rato contemplando la fachada desde el otro lado del río. El edificio tiene una presencia imponente, casi intimidante, y no es para menos: fue palacio real durante la Edad Media, residencia de los reyes de Francia hasta el siglo XIV, cuando Carlos V decidió mudarse al Louvre. A partir de ahí se convirtió en prisión. Durante la Revolución Francesa pasaron por sus celdas miles de prisioneros, incluida María Antonieta, que estuvo encerrada aquí los dos meses y medio previos a su ejecución en 1793. Los mismos muros que albergaron banquetes reales acabaron siendo testigos de los juicios del Terror.
La Sainte-Chapelle
A pocos pasos de la Conciergerie, escondida dentro del recinto del Palacio de Justicia, está la Sainte-Chapelle. Y aquí es donde el día pasó de interesante a absolutamente memorable.
Había leído sobre ella, había visto fotos, pero nada te prepara para lo que sientes cuando entras en la capilla superior. Nada. Es como meterte dentro de un caleidoscopio. Las paredes no existen: son vidrieras. 1.113 paneles de cristal emplomado que cubren 600 metros cuadrados y que narran escenas bíblicas desde el Génesis hasta la Resurrección. Cuando la luz del sol las atraviesa, el interior se llena de rojos, azules y dorados. Una experiencia casi mística, y lo digo siendo poco dado a las experiencias místicas.
La mandó construir Luis IX — San Luis — en 1248, no como capilla cualquiera sino específicamente para albergar las reliquias de la Pasión de Cristo que había comprado al emperador de Constantinopla: la Corona de Espinas, fragmentos de la Vera Cruz, la Santa Lanza. Se dice que pagó más por las reliquias que por la construcción de la capilla. El resultado es un joyero gótico, una estructura donde la arquitectura se pone al servicio de la luz y la luz al servicio de la fe.
Nos quedamos allí dentro más de media hora, simplemente mirando hacia arriba, intentando descifrar las escenas en los cristales. Como diseñador, no puedo evitar pensar en el nivel de artesanía que requirió cada uno de esos paneles. Setecientos años después siguen funcionando, siguen impactando, siguen cumpliendo su propósito comunicativo. Hay lecciones ahí para cualquiera que trabaje con imágenes y narrativa visual.
Notre-Dame de París
Salimos de la Sainte-Chapelle todavía con la boca abierta y caminamos hasta la explanada de Notre-Dame. La catedral estaba ahí, enorme, imperturbable, con sus dos torres cuadradas recortándose contra el cielo de abril. Había cola considerable para entrar, pero merecía la pena.
Por fuera, lo que más me impresionó fueron los tres portales de la fachada occidental: el Juicio Final en el centro, la Virgen a la izquierda, Santa Ana a la derecha. Cientos de figuras talladas en piedra que han sobrevivido revoluciones, guerras y restauraciones. Los arbotantes del lateral y la parte trasera son una maravilla de ingeniería medieval, esos arcos que parecen las costillas de un animal gigante sosteniendo el peso de los muros para que estos puedan abrirse en ventanales.
Dentro, la nave central es sobrecogedora. La altura, la penumbra, los rosetones. El rosetón norte, con sus trece metros de diámetro y sus tonos azules y violetas, es probablemente uno de los objetos más bellos que he visto nunca. La luz que entraba por él creaba una atmósfera que oscilaba entre lo solemne y lo etéreo.
Recorrimos las naves laterales, nos paramos ante el tesoro, observamos a los fieles rezando en las capillas mientras los turistas fotografiábamos todo lo fotografiable. Hay algo curioso en las grandes catedrales: lo sagrado y lo turístico conviven sin demasiada fricción, el recogimiento y el clic de las cámaras.
Notre-Dame lleva ahí desde 1163, cuando se puso la primera piedra bajo el obispo Maurice de Sully. Tardaron casi doscientos años en terminarla. Sobrevivió a las guerras de religión, a la Revolución — que la saqueó y estuvo a punto de demolerla —, al abandono del siglo XIX hasta que Víctor Hugo, con su novela, despertó la conciencia de los parisinos y Viollet-le-Duc emprendió la gran restauración. Verla ahí, intacta en aquel abril de 2017, con su aguja elevándose sobre el crucero y sus gárgolas asomándose desde las alturas, era contemplar casi nueve siglos de resistencia. Dos años después ardería.
El Barrio Latino y los Jardines de Luxemburgo
Cruzamos el Sena por el Petit Pont y entramos en el Barrio Latino, ese laberinto de calles estrechas al sur de la isla que debe su nombre a que aquí, alrededor de la Sorbona, los estudiantes hablaban latín hasta la Revolución. Hoy es una zona llena de librerías, restaurantes griegos y libaneses, y cafés con terraza donde los universitarios fuman y debaten.
Compramos unos sándwiches de jamón y queso en una boulangerie de la Rue Mouffetard — esa calle que parece sacada de una película, con sus puestos de fruta, sus quesos y sus escaparates de colores — y seguimos caminando hacia el sur hasta los Jardines de Luxemburgo.
Los jardines son un mundo aparte. Nada más cruzar la verja de hierro, el ruido de la ciudad desaparece. Hay un estanque octogonal frente al Palacio de Luxemburgo — que hoy es la sede del Senado francés — donde los niños empujan barquitos de vela con un palo. Hay sillas metálicas verdes desperdigadas bajo los castaños, y la gente las arrastra y las coloca donde le apetece: al sol, a la sombra, en grupo, en solitario. Es una idea muy sencilla y muy brillante: en vez de bancos fijos, sillas que cada uno mueve a su gusto.
Nos sentamos a comer nuestros sándwiches cerca de la Fuente Medici, en una zona más recogida y sombreada, con una lámina de agua flanqueada por plátanos. El palacio lo mandó construir María de Médici en 1615, nostálgica del Palazzo Pitti de Florencia donde había crecido, y los jardines combinan el estilo formal francés con toques italianos. Hay estatuas por todas partes: reinas y mujeres célebres de Francia rodean el estanque central, y entre los árboles aparecen esculturas de todo tipo.
Después de comer nos quedamos un buen rato simplemente sentados, disfrutando del sol tibio de abril y del sonido de los niños jugando. Fue la primera vez en el viaje que no teníamos ningún sitio al que ir a continuación.
El Panteón
Salimos del jardín por el lado este y subimos la Rue Soufflot, esa avenida recta que enmarca perfectamente la cúpula del Panteón al fondo. El edificio es enorme, neoclásico, con su pórtico de columnas corintias que recuerda inevitablemente al Panteón de Roma. En el frontón se lee la inscripción: Aux grands hommes, la Patrie reconnaissante — A los grandes hombres, la Patria agradecida.
No entramos, pero la historia del edificio es fascinante. Luis XV lo encargó como iglesia dedicada a Santa Genoveva, patrona de París, después de recuperarse de una enfermedad grave. El arquitecto Jacques-Germain Soufflot lo diseñó como una síntesis de la ligereza gótica y la grandeza clásica. Llegó la Revolución y la Asamblea Nacional decidió convertirlo en mausoleo laico para los héroes de la nación. Desde entonces, sus criptas guardan los restos de Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Émile Zola, Marie Curie — la primera mujer enterrada aquí por méritos propios —, Alexandre Dumas y, más recientemente, Simone Veil. El templo del mérito republicano.
También es donde Foucault colgó su famoso péndulo en 1851 para demostrar la rotación de la Tierra. Todavía hay una réplica en el interior.
Saint-Étienne-du-Mont
Justo al lado del Panteón, casi eclipsada por su vecino monumental, encontramos la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont. Una de esas sorpresas que justifican viajar sin expectativas fijas.
Desde fuera ya llama la atención su fachada, que mezcla sin complejos el gótico tardío con el Renacimiento: una composición asimétrica, casi caprichosa, con rosetón, frontones triangulares y curvas que no deberían funcionar juntas pero funcionan.
Lo realmente extraordinario está dentro: el jubé, la tribuna que separa la nave del coro. Es el último jubé que queda en París, una estructura de piedra calada con dos escaleras en espiral que suben a ambos lados. Una obra maestra del gótico flamígero que parece encaje más que piedra. En la mayoría de las iglesias francesas los jubés fueron demolidos después del Concilio de Trento, pero este sobrevivió. También aquí está enterrada Santa Genoveva, la patrona de París, aquella pastora del siglo V que según la tradición desvió a los hunos de Atila con sus oraciones. Su relicario está en una capilla lateral.
Salimos de Saint-Étienne-du-Mont con la sensación de haber descubierto uno de esos secretos que París guarda justo al lado de lo obvio, esperando a que alguien se fije.
Volvimos al hotel caminando por la orilla del Sena, con las piernas cansadas y la cabeza llena de vidrieras, cúpulas y piedra calada. Cuatro días en París y cada jornada conseguía superar a la anterior.

Día 5. El mercado de las pulgas, la Bastilla y Le Marais¶
Sábado en París. El plan era romper con los monumentos clásicos y meternos en el París más callejero. Empezamos por uno de los lugares más caóticos del viaje.
El Marché aux Puces de Saint-Ouen: siete hectáreas de cachivaches
Para llegar al mercado de las pulgas de Saint-Ouen hay que coger el metro hasta Porte de Clignancourt y caminar hacia el norte, pasando bajo la circunvalación y dejando atrás una hilera de puestos que venden ropa y zapatillas de imitación. La transición es curiosa: del París monumental pasas en diez minutos a un barrio de extrarradio con otro ritmo, otra gente, otro ruido.
El Marché aux Puces nació en 1885, cuando los traperos y chatarreros expulsados del centro por las reformas de Haussmann empezaron a instalar sus puestos aquí, en los márgenes de la ciudad, los fines de semana. Lo que empezó como un mercadillo de supervivencia acumula hoy más de 2.500 vendedores repartidos en quince mercados cubiertos.
Pasamos toda la mañana perdiéndonos entre los pasillos. Cada sección tiene su carácter: el Marché Vernaison es el más antiguo y laberíntico, lleno de puestos diminutos donde se acumulan postales viejas, vajillas desparejadas, botones, cerraduras, mapas, soldaditos de plomo. El Marché Biron es el más elegante, con galerías de muebles del XVIII y lámparas art déco a precios que mejor no preguntar. El Marché Dauphine tiene varios pisos de libros antiguos, vinilos y carteles de cine.
Como diseñador, este tipo de lugares me tiran fuerte. La cantidad de tipografía antigua que hay en los carteles esmaltados, en las portadas de los libros, en los rótulos de las tiendas es brutal. Fotografié letras y composiciones que luego me servirán de referencia. También me llamaron la atención los muebles industriales: mesas de taller, estanterías de fábrica, lámparas articuladas. Todo ese mobiliario funcional que ahora llamamos "estilo industrial" y que aquí, en su contexto original, tiene una honestidad que desaparece cuando lo reproduces en serie para una cadena de decoración.
No compramos nada. Bueno, mi compañero se llevó un par de postales antiguas de París de los años veinte por dos euros. Pero la experiencia del mercado no va tanto de comprar como de mirar, tocar, curiosear, imaginar las vidas detrás de cada objeto. Comimos en uno de los restaurantes del mercado, nada especial pero suficiente para recargar antes de la tarde.
La Place de la Bastille: el gran vacío
Después de comer volvimos al centro y bajamos en Bastille. La plaza es grande, ruidosa, cortada en pedazos por el tráfico. En el centro se levanta la Columna de Julio, una columna de bronce coronada por el Genio de la Libertad dorado que brilla cuando le da el sol.
Pero lo primero que hay que decir sobre la Place de la Bastille es lo que ya no está. La fortaleza que se convirtió en prisión real, el símbolo del absolutismo, el edificio cuya toma el 14 de julio de 1789 marcó el inicio simbólico de la Revolución Francesa fue demolida en los meses siguientes al asalto. Aquel día, una multitud buscaba armas y pólvora; los siete presos que quedaban dentro salieron libres y la muchedumbre empezó a desmontar el edificio piedra a piedra. Hoy el perímetro de la antigua fortaleza está marcado en el suelo con una línea de adoquines. Si no sabes que está ahí, no la ves.
La Columna de Julio, curiosamente, no conmemora la Revolución de 1789 sino la de 1830, las Tres Jornadas Gloriosas que derrocaron a Carlos X. En su base están enterrados los cuerpos de los caídos en aquella revuelta y en la de 1848. Es un monumento que todo el mundo confunde con un homenaje a la Bastilla y que en realidad celebra revoluciones posteriores. París, ciudad de revoluciones recurrentes.
La Place des Vosges: el cuadrado perfecto
Desde Bastille caminamos unos minutos hacia el noroeste y llegamos a la Place des Vosges. Es un cuadrado perfecto de 140 metros de lado, rodeado de edificios de ladrillo rojo y piedra blanca con tejados de pizarra gris azulada, todos de la misma altura, todos con soportales en la planta baja. En el centro, jardín con fuentes y bancos, gente sentada en el césped.
Enrique IV la mandó construir en 1605 y se terminó en 1612. Fue la primera plaza planificada de París —antes de ella, las plazas surgían de forma orgánica— y se convirtió en la dirección de más prestigio de la ciudad: la Place des Vosges fue durante el siglo XVII lo que los Campos Elíseos son hoy, el corazón de la vida aristocrática parisina. El rey quiso que fuera un espacio donde la aristocracia y la burguesía vivieran puerta con puerta, aunque como experimento social duró lo que duró la Revolución.
En el número 6 está la Maison de Victor Hugo, el apartamento donde el escritor vivió desde 1832 hasta 1848 y donde escribió buena parte de Los Miserables. Es un museo gratuito que merece la visita, aunque nosotros llegamos tarde y estaba cerrado. Nos conformamos con sentarnos en un banco del jardín con la luz dorada de la tarde entrando entre los edificios.
Le Marais: del pantano a la moda
La Place des Vosges es el corazón del Marais, y desde allí nos dedicamos a callejear sin rumbo. El nombre lo dice todo: le marais significa "el pantano", y eso era esta zona hasta el siglo XIII, cuando los Templarios la drenaron y la convirtieron en tierra habitable. Fue el barrio de la nobleza en los siglos XVI y XVII —de ahí la cantidad de hôtels particuliers, esas mansiones urbanas con patio interior que hoy albergan museos y galerías—, luego cayó en decadencia y se convirtió en barrio popular.
La comunidad judía tiene aquí presencia consolidada desde finales del siglo XIX. La Rue des Rosiers, eje del barrio que los inmigrantes llegados del este de Europa llamaban el Pletzl —el "lugarcito" en yidis—, se convirtió en una de las comunidades judías más vivas de Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. Hoy se alternan los restaurantes de falafel y las panaderías kosher con las galerías de arte y los concept stores. Desde los años ochenta, el Marais es también el barrio LGBTQ de referencia en París.
Lo que más me gustó del Marais es esa mezcla que no se negocia. En una misma calle conviven una sinagoga, un bar gay, una tienda de ropa japonesa, un taller de restauración de muebles y un falafel con cola de media hora. No se parece al París monumental de los días anteriores. Es más desordenado, más vivo, más real.
El Centre Pompidou: las tripas al aire
Caminando hacia el oeste llegamos al Centre Pompidou, que aparece de repente al fondo de una plaza con mimos, músicos callejeros y turistas sentados en el suelo. Es imposible de ignorar: una estructura de acero y vidrio con todos los sistemas por fuera, color-codificados por función. Azul para el aire acondicionado, verde para las tuberías de agua, amarillo para la electricidad, rojo para las escaleras mecánicas y los ascensores. El edificio como esquema de instalaciones ampliado a escala urbana.
Lo diseñaron Renzo Piano y Richard Rogers y cuando se inauguró en 1977 fue un escándalo. Los parisinos lo odiaron. Lo llamaron "refinería de petróleo", "fábrica de gas". El barrio vecino presentó peticiones contra él. Con el tiempo, como suele pasar con la arquitectura que desafía las convenciones, la ciudad lo fue asimilando, y hoy es uno de los edificios más visitados de Francia. El mismo ciclo exacto que vivió la Torre Eiffel noventa años antes.
No entramos —el museo de arte moderno que alberga merece un día entero—, pero nos quedamos un buen rato en la explanada viendo la fachada cambiar con la luz de la tarde.
El Hôtel de Ville
Desde el Pompidou bajamos hasta el Hôtel de Ville, el ayuntamiento de París. El edificio actual es una reconstrucción de 1882 en estilo neorrenacentista, porque el original fue incendiado durante la Comuna de París en 1871. Enorme, ornamentado hasta el exceso, con estatuas de personalidades parisinas en cada esquina. La plaza frente a él estaba medio vacía a esa hora, pero se notaba que es un espacio que se activa con cualquier evento: en invierno montan una pista de hielo, y a lo largo del año acoge todo tipo de concentraciones y manifestaciones.
Cena en el Barrio Latino
Terminamos el día cenando en el Barrio Latino, en uno de esos restaurantes de la Rue de la Huchette con las cartas en ocho idiomas y los camareros en la puerta intentando convencerte de que entres. No es la cena más auténtica del mundo, pero después de caminar todo el día, sentarse en una terraza a comer un confit de canard con una copa de tinto mientras ves pasar a la gente tiene su momento.
Ha sido un día de contrastes: del caos alegre del mercado de las pulgas a la perfección geométrica de la Place des Vosges, del Marais medieval a la provocación contemporánea del Pompidou. Del pantano medieval al concept store. Esa capacidad para acumular capas sin perder ninguna es lo que hace que esta ciudad no se acabe.

Día 6. De las Galerías Lafayette a los Inválidos¶
Domingo de Ramos en París. Último día completo del viaje y lo hemos diseñado como una travesía de norte a sur, desde los grandes bulevares hasta la orilla izquierda del Sena. Un recorrido que, sin quererlo, acabó siendo un paseo por la París de la ostentación: imperios, exposiciones universales y el eterno deseo francés de impresionar al mundo.
La cúpula de las Galerías Lafayette
Empezamos en las Galeries Lafayette Haussmann, los grandes almacenes más famosos de París. Habíamos venido no tanto a comprar —los precios se salen bastante de nuestro presupuesto— como a ver el edificio por dentro. Y mereció la pena.
Nada más entrar y levantar la vista te encuentras con la cúpula: una estructura art nouveau de cristal y acero de más de cuarenta metros de altura, decorada con motivos florales y geométricos en tonos dorados, verdes y azules. Los balcones de hierro forjado de las diez plantas se abren en semicírculo hacia el atrio central, creando una perspectiva vertiginosa que recuerda más a una ópera que a unos grandes almacenes. Se construyó en 1912 y durante la Primera Guerra Mundial el edificio sirvió brevemente como hospital militar.
Como diseñador, me fascina cómo el espacio comercial se concibió desde el principio como experiencia. No vienes solo a comprar, vienes a sentirte parte de algo grandioso. Retail como espectáculo, y llevan más de un siglo haciéndolo aquí.
Subimos a la terraza de la azotea, que es gratuita y ofrece una panorámica de 360 grados. Desde ahí arriba se ve la Ópera Garnier justo enfrente, el Sacré-Cœur al norte, la Torre Eiffel al suroeste, los tejados de zinc extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Es una de las mejores vistas de París y poca gente sabe que existe. Nos quedamos un buen rato orientándonos, identificando los edificios de los días anteriores.
La Ópera Garnier: el Segundo Imperio condensado en piedra
Bajamos y cruzamos el Boulevard Haussmann hasta la Place de l'Opéra, donde se levanta el Palais Garnier. Es uno de esos edificios que te dejan sin palabras por la cantidad de detalle acumulado en cada centímetro de fachada. Columnas, cariátides, bustos de compositores, frisos, frontones, esculturas doradas, águilas, liras. El Segundo Imperio francés hecho piedra y bronce: opulento, ambicioso, un poco excesivo.
Lo diseñó Charles Garnier por encargo de Napoleón III, que quería una ópera a la altura de su nuevo París, el París de los grandes bulevares que Haussmann estaba trazando. Se tardó quince años en construirlo, de 1860 a 1875, y para cuando se inauguró Napoleón III ya había caído del poder. El edificio sobrevivió a su mecenas. Es también el que inspiró El Fantasma de la Ópera de Gaston Leroux, ambientada en los sótanos del Palais Garnier, donde según dicen hay efectivamente un lago subterráneo que funciona como cisterna.
No entramos —la cola era considerable— pero nos prometimos volver algún día para ver el interior, con el techo de la sala pintado por Chagall en 1964. La promesa que hacemos en cada ciudad cuando nos quedamos sin tiempo.
La Madeleine: una iglesia que no parece una iglesia
Seguimos hacia el suroeste por el Boulevard de la Madeleine hasta la Église de la Madeleine, y al verla lo primero que piensas es que esto no es una iglesia sino un templo griego. 52 columnas corintias de veinte metros de altura, sin cruz, sin campanario, nada que sugiera una función religiosa desde el exterior. Parece un templo dedicado a Atenea transplantado al centro de París.
Su historia es un reflejo de la indecisión francesa. Luis XV puso la primera piedra en 1763 para una iglesia. Llegó la Revolución y las obras se pararon. Napoleón decidió convertirlo en un Templo de la Gloria del Gran Ejército. Cayeron los napoleónicos y los Borbones restaurados decidieron que volviera a ser una iglesia. Se terminó en 1842. Por fuera sigue pareciendo cualquier cosa menos una parroquia católica.
Desde la escalinata hay una vista notable mirando hacia el sur: la Rue Royale baja en línea recta hasta la Place de la Concorde, y al fondo se ve la fachada del Palais Bourbon. Uno de esos ejes visuales que París despliega de vez en cuando y que te recuerdan que la ciudad fue diseñada para ser experimentada como una sucesión de perspectivas.
La Place de la Concorde y el obelisco egipcio
Bajamos por la Rue Royale hasta la Place de la Concorde, la plaza más grande de París. En el centro, el obelisco de Luxor: un monolito egipcio de 3.300 años de antigüedad que el virrey de Egipto regaló a Francia en 1829, flanqueado por dos fuentes monumentales que imitan las de la Plaza de San Pedro en Roma.
La plaza tiene un pasado que no está escrito en ninguna placa. Durante la Revolución se llamó Place de la Révolution y aquí estuvo la guillotina. Por esta plaza pasaron Luis XVI, María Antonieta, Danton, Robespierre y más de mil personas ejecutadas públicamente entre 1793 y 1795. Después le cambiaron el nombre a Concorde, como un intento de pasar página. Cuesta pensar en eso mientras la cruzas rodeado de tráfico y autobuses turísticos.
El Grand Palais y el Petit Palais
Desde la Concorde caminamos unos metros por los Campos Elíseos y giramos hacia el Grand Palais y el Petit Palais, que se miran el uno al otro a ambos lados de la Avenue Winston Churchill.
Los dos se construyeron para la Exposición Universal de 1900, esa feria que reunió a cincuenta millones de visitantes. El Grand Palais impresiona por su cubierta de cristal y acero: una nave acristalada de 240 metros de largo que recuerda a las grandes estaciones de tren del siglo XIX elevadas a categoría de monumento. El Petit Palais, enfrente, es más recogido y sirve como museo de Bellas Artes de la ciudad, con entrada gratuita a la colección permanente.
No entramos en ninguno de los dos, pero nos detuvimos a ver las fachadas: por fuera columnas y frontones, por dentro hierro y cristal. Esa mezcla de clasicismo y modernidad que caracterizó la arquitectura de 1900, como si la ciudad no acabara de decidir si quería ser antigua o nueva.
El Pont Alexandre III: Belle Époque en hierro dorado
Y entonces cruzamos el Pont Alexandre III.
Es el puente más ornamentado de París, construido también para la Exposición de 1900, para conectar los nuevos palacios de la orilla derecha con los Inválidos. La primera piedra la pusieron el zar Nicolás II y el presidente francés Félix Faure en 1896, como símbolo de la alianza franco-rusa, y el puente lleva el nombre del padre del zar.
Es un puente de un solo arco de acero, muy bajo para no interrumpir las vistas entre los Campos Elíseos y los Inválidos. Lo que lo hace único es la decoración: ninfas, querubines, guirnaldas, farolas con globos de cristal, pegasos dorados en los cuatro pilones. Pura Belle Époque, ese período de optimismo desenfrenado que precedió al desastre de la Gran Guerra. Al cruzarlo con la luz de la tarde rebotando en los dorados y el Sena fluyendo debajo, entiendes por qué siguen usando este puente en cada anuncio de perfume francés que se precie.
Les Invalides: cuatro mil soldados rotos
Al otro lado del puente, al fondo de una explanada verde, se levanta el Hôtel des Invalides con su cúpula dorada.
Luis XIV lo mandó construir en 1670 como hospital y residencia para los soldados heridos y mutilados de sus guerras. En su momento llegó a albergar a casi cuatro mil veteranos. Es un complejo enorme: patios, galerías, la Église Saint-Louis-des-Invalides conocida como la iglesia de los soldados, y bajo la gran cúpula, la Église du Dôme donde está la tumba de Napoleón.
No entramos, pero desde la explanada se aprecia la magnitud del conjunto. La cúpula, recubierta con doce kilos de pan de oro, se ve desde media ciudad. Hay algo solemne en los Inválidos que no tienen otros monumentos de París: aquí no se celebra la gloria abstracta sino el coste humano de la guerra, los cuerpos que ya no podían valerse por sí mismos. Es el único monumento del día que no tiene nada de espectáculo.
La Torre Eiffel a las diez de la noche
Después de cenar volvimos al Trocadéro. Queríamos despedirnos de la Torre Eiffel de noche, y habíamos leído que cada hora, tras el anochecer, la torre se ilumina con un espectáculo de luces centelleantes.
Llegamos sobre las diez de la noche y la explanada estaba llena de gente mirando en la misma dirección. La torre iluminada con su luz dorada habitual, enorme contra el cielo oscuro. Y entonces, en punto, empezaron a parpadear las luces.
Durante cinco minutos, veinte mil bombillas centellearon sobre la estructura de hierro. Es un efecto sencillo —luces que se encienden y apagan de forma aleatoria—, pero el resultado sorprende. La torre pasa de ser un monumento estático a algo que parece respirar. A nuestro alrededor la gente sacaba los móviles, sonreía. Había algo de ritual colectivo en aquella contemplación. El sistema se instaló para celebrar el año 2000 y gustó tanto que lo hicieron permanente.
Nos quedamos hasta que las luces se apagaron. Después bajamos caminando por los jardines del Trocadéro hacia el metro, en silencio. Cansados. Al día siguiente tocaba volver a Bilbao. Pero aquella noche, todavía, seguíamos en París.

Día 7. La Torre Eiffel, el Louvre y el Puente de las Artes¶
Lunes de Pascua y penúltimo día en París. Tocaba visitar lo que quizá sea el monumento más fotografiado del planeta, pero antes teníamos una parada curiosa que había descubierto investigando el viaje.
La Estatua de la Libertad del Sena
Empezamos la mañana caminando hasta la Île aux Cygnes, una isla artificial alargada y estrecha en medio del Sena, en el distrito XV. No es un sitio que aparezca en las guías convencionales, y eso es precisamente lo que la hace interesante. Un paseo peatonal flanqueado de árboles, con el río a ambos lados y el ruido de la ciudad amortiguado por el agua.
En su extremo occidental hay una réplica de la Estatua de la Libertad a escala 1:4. Fue un regalo de la comunidad de estadounidenses residentes en París a la ciudad, inaugurada en 1889, y mira hacia el oeste, en dirección a su hermana mayor de Nueva York. La estatua original fue diseñada por Bartholdi con estructura interna del propio Gustave Eiffel, así que en cierto modo la torre que visitaríamos por la tarde y esta figura tienen el mismo padre.
El paseo por la isla es tranquilo y ofrece vistas del Sena desde una perspectiva poco habitual. Un sitio perfecto para empezar la mañana sin agobios antes del circo de la Torre.
Subir hasta los 276 metros
Y por fin, la Torre Eiffel. En el viaje anterior la habíamos visto desde abajo y desde lejos, pero esta vez tocaba subir. No solo al segundo piso, sino hasta la tercera planta: los 276 metros del mirador superior.
Gustave Eiffel la construyó para la Exposición Universal de 1889, la misma que conmemoraba el centenario de la Revolución Francesa. El proyecto fue enormemente polémico. Un grupo de intelectuales y artistas firmó una carta abierta contra ella, llamándola "faro de hojalata" y "esqueleto de hierro". La idea original era desmontarla tras la exposición —el permiso era de solo veinte años—, pero resultó tan útil como antena de comunicaciones que se salvó de la demolición. Hoy mide 324 metros contando la antena.
Subimos en ascensor hasta la segunda planta y luego cambiamos a otro más pequeño hasta la cima. Arriba hace frío, incluso en abril, y el viento sopla con fuerza. Las vistas son buenas: el Sena serpenteando, los Campos Elíseos hasta el Arco de Triunfo, la Défense al fondo, Montmartre con el Sacré-Cœur en lo alto, los Inválidos justo debajo. La ciudad desde arriba tiene un orden que no se percibe desde las calles. Todo más simétrico, más planificado, más Haussmann.
En la segunda planta hay un suelo de cristal que permite mirar hacia abajo. No soy especialmente miedoso con las alturas, pero pisar cristal a 115 metros impone lo suyo. También se puede ver el antiguo despacho de Eiffel, recreado con figuras de cera, donde el ingeniero recibía a visitantes como Thomas Edison.
Bajamos con la sensación de haber cumplido un trámite obligatorio que, siendo honesto, mereció la pena. La Torre Eiffel es de esas cosas tan vistas en fotos que piensas que no te va a sorprender, y luego te sorprende igualmente. Su escala en persona es otra cosa.
El Arco del Carrusel y el gran eje visual
Caminamos desde la torre por los jardines del Trocadero, cruzamos el Sena y seguimos hasta la zona del Louvre. Antes del museo nos detuvimos en el Arc de Triomphe du Carrousel, que mucha gente confunde con el Arco de Triunfo grande o directamente desconoce.
Está situado entre el Jardín de las Tullerías y la plaza del Louvre. Napoleón lo mandó construir entre 1806 y 1808 para conmemorar sus victorias, inspirándose en el Arco de Constantino de Roma. Mide 19 metros, bastante menos que su hermano mayor de la Place de l'Étoile. Las columnas corintias de mármol rosa y las esculturas de soldados le dan un aire más íntimo. Durante un tiempo estuvo coronado por los Caballos de San Marcos, que Napoleón había tomado de Venecia y que, tras su derrota, tuvieron que ser devueltos.
Lo interesante es la perspectiva: si te colocas debajo y miras hacia el noroeste, ves perfectamente alineados la Pirámide del Louvre, el Obelisco de la Concordia, los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo al fondo. Un eje de casi ocho kilómetros de largo. Ese gusto francés por la simetría y las grandes avenidas, llevado hasta sus consecuencias más literales.
El Louvre por fuera: doce siglos en un patio
No entramos en el Louvre. Era una decisión tomada antes del viaje. El museo es tan inmenso —el más grande del mundo, con más de 380.000 obras— que hacerlo en una tarde de paso no tiene sentido. Merece un día entero. Queda pendiente.
Pero el edificio por fuera ya es un espectáculo. El Louvre empezó siendo una fortaleza medieval en el siglo XII bajo Felipe Augusto —todavía se pueden ver las fundaciones en el sótano— y se convirtió en palacio real a partir de Francisco I, residencia de los Valois y los Borbones hasta que Luis XIV se mudó a Versalles. Abrió sus puertas al público en agosto de 1793, en plena Revolución, cuando los bienes reales pasaron a ser patrimonio de todos.
Y luego está la pirámide. La Pyramide du Louvre, diseñada por el arquitecto chino-estadounidense I.M. Pei e inaugurada en 1989, provocó una polémica comparable a la de la Torre Eiffel un siglo antes. Una estructura de cristal y metal en medio de un palacio clásico. Los parisinos pusieron el grito en el cielo. Treinta años después es uno de los iconos de la ciudad. El mismo ciclo, exactamente. A mí me parece un acierto: el contraste entre lo clásico y lo contemporáneo funciona, y el patio de noche, con el cristal iluminado desde dentro, tiene una elegancia que el palacio solo nunca hubiera tenido.
Nos quedamos un rato haciendo fotos, viendo a la gente hacer la típica pose de "agarrar" la pirámide con los dedos. Con el atardecer, el cristal tomaba un tono cobre.
El Puente de los Candados (ya sin candados)
Desde el Louvre cruzamos el Sena por el Pont des Arts, el famoso puente de los candados del amor. O mejor dicho, el antiguo puente de los candados, porque ya no quedan.
La tradición empezó a popularizarse hacia 2008, probablemente inspirada por una novela italiana. En pocos años, el puente acumuló cientos de miles de candados que llegaron a pesar más de 45 toneladas. En 2014, una sección de la barandilla se derrumbó por el peso. Al año siguiente el ayuntamiento de París retiró todo y sustituyó las barandillas metálicas por paneles de cristal.
Ahora el puente tiene un aspecto limpio que, personalmente, me gusta más. Se ven mejor las vistas del Sena, del Louvre, del Institut de France en la otra orilla. Sé que es una opinión impopular, pero creo que los candados eran más kitsch que románticos. El amor no necesita un Master Lock de tres euros para ser real.
Cena en el Barrio Latino
Terminamos el día como ya era costumbre: cenando en el Barrio Latino. A estas alturas del viaje ya teníamos nuestros sitios en la Rue de la Huchette. Hay algo reconfortante en volver a un barrio que ya conoces, en tener tus rutinas en una ciudad ajena.
Fue un día largo, de más de veinte mil pasos. La Torre Eiffel, el Louvre, el Sena al atardecer. París desplegando su artillería pesada. Y sin embargo, incluso en un día así, seguía sin sentir esa conexión visceral que he tenido con otros sitios. Bonito, impresionante, sí. Pero siempre con esa distancia que no sé dónde está.

Día 8. Sacré-Cœur, Montmartre y el vuelo de vuelta¶
Último día. Se nos había pasado la semana volando, como siempre que viajas. Teníamos el vuelo por la tarde desde Orly, así que disponíamos de toda la mañana para rematar el viaje con un barrio que nos faltaba: Montmartre.
La basílica que se blanquea con la lluvia
Subimos hasta el Sacré-Cœur temprano, antes de que llegaran las hordas de turistas. Montmartre es una colina —la butte, como la llaman los parisinos— y la basílica se encuentra en su punto más alto, a unos 130 metros sobre el nivel del Sena. Se puede subir en funicular o a pie por las escaleras; elegimos las escaleras.
El nombre de Montmartre es más oscuro de lo que parece: casi con certeza deriva de Mons Martyrum, la Colina de los Mártires. Hacia el año 250, según la tradición, los romanos decapitaron aquí a Denis, el primer obispo de París. La leyenda dice que el santo recogió su propia cabeza y caminó seis kilómetros hacia el norte antes de caer muerto, en el lugar donde hoy está la Basílica de Saint-Denis. Los nombres de lugares rara vez son inocentes.
La historia del Sacré-Cœur también tiene su carga. Se construyó como acto de expiación tras la derrota francesa en la Guerra Franco-Prusiana de 1870-71 y, sobre todo, tras la violenta represión de la Comuna de París: ese gobierno revolucionario que controló la ciudad durante 72 días en 1871 antes de ser aplastado por el ejército francés, con entre diez mil y treinta mil parisinos muertos en el proceso. La idea era que Francia se purificaba espiritualmente levantando este templo. Se empezó a construir en 1875 y no se consagró hasta 1919. Cuarenta y cuatro años de obras.
El material es piedra travertina de Château-Landon, y tiene una propiedad curiosa: en contacto con el agua de lluvia exuda calcita, una sustancia blanca que hace que la basílica se blanquee con cada chaparrón en lugar de oscurecerse como otros edificios. Cuanto más llueve en París, más blanca se pone el Sacré-Cœur. Explica ese aspecto reluciente que tiene siempre, como si acabaran de limpiarla.
El estilo es romano-bizantino, inusual en París donde domina el gótico y el neoclásico. Las cúpulas recuerdan más a Estambul o a Venecia que al resto de la ciudad. Por dentro es más sobria de lo que esperaba. Destaca el enorme mosaico del ábside, uno de los más grandes del mundo, representando a Cristo con los brazos abiertos. Hay un silencio respetuoso que se agradece después del bullicio de las escaleras exteriores.
Lo mejor del Sacré-Cœur son las vistas. Desde la explanada se ve prácticamente todo París extendido: los tejados grises de zinc, las chimeneas, la Torre Eiffel, el Panteón a lo lejos. En un día claro como el que tuvimos, se llega a ver cincuenta kilómetros en todas direcciones. Nos sentamos un rato en las escaleras simplemente mirando. Había músicos callejeros, gente tomando café en vasos de plástico, parejas haciéndose fotos. Uno de esos momentos en los que no necesitas hacer nada más que estar.
La Place du Tertre: lo que fue y lo que queda
Detrás de la basílica, a apenas dos minutos andando, está la Place du Tertre. Una plaza pequeña, empedrada, rodeada de restaurantes y completamente ocupada por pintores que ofrecen retratos y caricaturas a los turistas. Tiene un aire de pueblo dentro de la gran ciudad que resulta encantador, aunque también inevitable-mente escenificado.
La historia del lugar sí es real. Montmartre fue el epicentro de la bohemia artística parisina durante décadas porque, a finales del siglo XIX, los alquileres en esta colina que entonces estaba casi fuera de París eran baratísimos. Eso es lo que atrajo a los artistas: no el romanticismo del lugar sino el precio del alquiler. Renoir pintó el Moulin de la Galette, que está a pocos metros de la plaza. Van Gogh vivió aquí una temporada. Picasso tuvo su primer estudio en París en el Bateau-Lavoir, un edificio destartalado en la ladera donde también trabajaron Modigliani y Juan Gris. La lista de quien bebió y creó en Montmartre es larga.
Hoy la plaza es más turística que artística, eso es innegable. Los pintores hacen mayoritariamente retratos rápidos y cuadros de la Torre Eiffel para los visitantes. Nos tomamos un café en una de las terrazas, carísimo como todo en zonas turísticas, y disfrutamos del espectáculo. Hay que saber separar lo que fue de lo que es y quedarse con lo mejor de ambos.
El Moulin Rouge en el bulevar de Clichy
Bajamos de Montmartre por sus calles empinadas, pasando por viñedos urbanos y casas con fachadas de colores, hasta llegar al barrio de Pigalle. Y allí, en el bulevar de Clichy, el Moulin Rouge.
El cabaret más famoso del mundo abrió sus puertas en 1889, el mismo año que la Torre Eiffel. No es coincidencia: París se estaba reinventando como capital del entretenimiento moderno. El Moulin Rouge fue donde nació el cancán, ese baile de faldas altas y piernas al aire que escandalizaba a la sociedad de la época. Joseph Oller y Charles Zidler, sus fundadores, querían crear un espacio donde se mezclaran todas las clases sociales, desde aristócratas hasta obreros.
Quien realmente inmortalizó el lugar fue Henri de Toulouse-Lautrec. Sus carteles, con esos colores planos y esas figuras estilizadas de bailarinas como La Goulue y Jane Avril, son iconos del art nouveau. Toulouse-Lautrec era un habitual, dibujaba noche tras noche desde su mesa. Sus litografías convirtieron el Moulin Rouge en un mito que ya no necesita del propio cabaret para existir.
Hoy el edificio sigue ahí, con su molino rojo en la fachada, rodeado de sex shops y tiendas de souvenirs. El contraste entre la leyenda y la realidad del bulevar de Clichy es bastante notable. Hicimos la foto de rigor con el molino de fondo y seguimos nuestro camino.
El vuelo de vuelta
Nos quedaba un rato antes de tener que ir al aeropuerto, así que dimos un último paseo sin rumbo fijo. Metiendo la cabeza en alguna librería, sentándonos en un banco junto al Sena. Esos últimos momentos en una ciudad antes de irte siempre tienen un punto melancólico, incluso cuando la ciudad no te ha terminado de enganchar.
Recogimos las mochilas del alojamiento y nos dirigimos a Orly. El vuelo de vuelta incluía escala en Madrid: el IB3445 de Iberia salía a las 18:40 y aterrizaba en Barajas a las 20:45. El enlace a Bilbao, el IB0442, salía a las 22:10 y llegaba a Loiu a las 23:10.
Llegamos a Bilbao cerca de medianoche. Ocho días, siete noches, miles de pasos, docenas de fotos. París quedaba atrás otra vez.
En el coche de vuelta a casa, con las luces de Bilbao al fondo, pensé que volver siempre sienta bien. Que hay algo en ver tu ciudad, tu ría, tus puentes, que ninguna Torre Eiffel puede sustituir. Quizá soy demasiado bilbaíno para enamorarme de otras ciudades. O quizá simplemente París y yo no estamos hechos el uno para el otro.

París: bonita pero fría¶
Reflexiones finales del viaje
Llevo un par de días en casa y ya he tenido tiempo de decantar las impresiones del viaje. He revisado fotos, repasado mentalmente los sitios, intentado poner en orden lo que siento sobre París después de esta segunda visita. Y la conclusión, siendo brutalmente honesto, es la misma que la primera vez: París me gusta, pero no me enamora.
Objetivamente extraordinaria, subjetivamente distante
La ciudad tiene todo. Arquitectura espectacular en cada esquina. Una historia que arranca con los Parisii, aquella tribu celta que se asentó en la Île de la Cité hacia el 250 antes de nuestra era, y llega sin interrupción hasta el presente. Gastronomía de primer nivel. Museos que necesitarías meses para recorrer. Jardines, puentes, plazas, bulevares. El Sena, que es probablemente el río urbano más bien integrado que he visto. La luz de París en abril, esa calidad dorada que los pintores impresionistas perseguían desde sus estudios de Montmartre.
Y está la Sainte-Chapelle, que es otra historia. La capilla que Luis IX mandó construir en 1248 para guardar las reliquias de la Pasión —pagó más por las reliquias que por el edificio— tiene 1.113 vidrieras que cubren prácticamente todos los muros. Nos quedamos dentro más de media hora sin movernos, mirando hacia arriba. Eso no me lo da cualquier ciudad.
Todo eso está ahí y es innegable. Pero hay algo que no funciona entre París y yo, y después de la segunda visita ya no puedo achacarla a la inexperiencia de la primera.
Lo que no acaba de encajar
He pensado bastante en qué es exactamente lo que me frena.
Está la actitud parisina, que existe y no es un mito. No es que los parisinos sean mala gente, pero hay una frialdad en el trato, una cierta superioridad velada, que se nota especialmente cuando eres turista. He viajado bastante y sé distinguir entre reserva cultural y desdén. En París hay de los dos. Te atienden correctamente pero sin calidez. Te dan la información que pides pero sin mirada. No es algo que arruine un viaje, pero sí que marca el tono general de la experiencia.
Está también la escala. París es enorme, y aunque el metro funciona bien, hay algo agotador en las distancias, en el ruido constante, en la cantidad de gente. Viniendo de Bilbao, una ciudad donde puedes ir andando a casi cualquier sitio en menos de media hora, el gigantismo parisino resulta acumulativo. Cada día terminas cansado de una manera específica que va más allá del número de pasos.
Y está la cuestión de las expectativas. París es probablemente la ciudad más mitificada del mundo. Películas, canciones, libros, Instagram. Todo conspira para que llegues esperando un flechazo instantáneo. Existe incluso un síndrome documentado —el Síndrome de París— que afecta sobre todo a turistas japoneses que sufren una especie de shock al descubrir que la ciudad real no coincide con la idealizada. Yo no llego a tanto, pero entiendo el mecanismo perfectamente.
Puede que sea yo, no París
Soy consciente de que el problema puede ser mío. Hay ciudades con las que simplemente tienes química y otras con las que no, igual que con las personas. Estambul me atrapó desde el primer momento, con su caos y su mezcla de culturas. Lisboa me quedó con esa melancolía suave y esas cuestas y ese fado sonando al fondo. Nueva York me voló la cabeza con su energía y su capacidad de hacerte sentir que todo está por hacer. Berlín me fascinó con sus cicatrices y su reinvención constante. Incluso ciudades más pequeñas como Oporto o Brujas me han dejado un recuerdo más cálido que París.
¿Qué tienen esas ciudades que París no tiene? No es una cuestión objetiva. París supera a muchas en casi cualquier parámetro medible. Creo que es algo más concreto: la sensación de que la ciudad te acoge, de que puedes imaginarte viviendo ahí, de que encajas de alguna manera. En París nunca he tenido esa sensación. Siempre me he sentido visitante, nunca invitado.
Mi compañero, que visitaba París por primera vez, disfrutó muchísimo. Le encantó todo: la torre, los museos, los barrios, los quesos. Me alegro por él, sinceramente. Quizá la primera vez es diferente, quizá el factor novedad marca la diferencia. O quizá simplemente su química con la ciudad funciona mejor que la mía. No hay reglas universales para estas cosas.
Lo que queda pendiente
A pesar de todo, reconozco que volveré. Hay demasiadas cosas que no hemos hecho: el Louvre por dentro, el Museo de Orsay, las catacumbas, el Marais con más calma, Père-Lachaise, el Centre Pompidou por dentro, Saint-Germain-des-Prés en profundidad. París tiene tanta densidad que incluso alguien que no se enamora de ella puede pasarse años descubriéndola.
Y ahí está la paradoja: no me enamora pero me atrae lo suficiente como para querer volver. Que te exija volver aunque no la quieras, eso también dice algo de París.
Conclusión sin eufemismos
La conclusión más honesta que puedo ofrecer es esta: París es una ciudad extraordinaria que a mí no me produce lo que se supone que tiene que producir. Que yo no me haya enamorado no significa que no sea extraordinaria. Significa que el amor, ya sea hacia personas o hacia ciudades, no se puede decretar.
Volveré a París, seguro. Y probablemente seguiré sin enamorarme. Y probablemente seguiré disfrutándola igualmente. Porque hay relaciones que funcionan sin fuegos artificiales. A veces basta con el respeto y la admiración.
Mientras tanto, aquí estoy, de vuelta en Bilbao, con la ría al lado y el Guggenheim a cinco minutos andando. En mi ciudad pequeña, húmeda, imperfecta y absolutamente mía. Que no será París, pero es casa. Y eso, al final, es lo que más cuenta.







