
Diarios de viaje · Alemania · Frankfurt
Frankfurt entre rascacielos y mercadillos
Frankfurt en diciembre, entre rascacielos y mercadillos navideños. Una ciudad que sorprende por el contraste entre su perfil financiero y sus rincones con encanto a orillas del Meno, regados con sidra de manzana y el aroma de las salchichas a la parrilla.
Cuatro días en Frankfurt: la ciudad que casi nadie se queda a mirar¶
Introducción al viaje
Reconozcámoslo de entrada: Frankfurt no estaba en mi radar. No era una de esas ciudades que llevaba años apuntando en la lista de pendientes, ni había caído rendido ante fotos de folletos ni ante relatos de amigos recién regresados. Cuando la gente menciona Alemania piensa en Berlín, en Múnich, en Hamburgo; si acaso Colonia por la catedral o Dresde por su resurrección de las cenizas. Frankfurt, en cambio, suena a conexión de vuelo, a tarjeta de embarque doblada en el bolsillo mientras se corre hacia otra terminal.
Y, sin embargo, aquí estoy escribiendo sobre Frankfurt. Dos factores se juntaron para empujarme hasta allí. El primero, prosaico y poderoso: los vuelos desde Bilbao eran ridículamente baratos, de esos precios que te hacen mirar el calendario con otros ojos. El segundo, sentimental: una antigua compañera de trabajo, Patricia, vivía desde hacía un tiempo en la ciudad con su pareja alemana, y me apetecía mucho reencontrarme con ella y ver cómo le iba en su nueva vida.
Diciembre, el mejor mes para una ciudad discreta
Que el viaje cayera en diciembre terminó siendo un acierto sin querer. Frankfurt es una ciudad que, como descubriría pronto, no deslumbra de primeras, y que necesita que le saques partido sin ansiedad turística. En pleno invierno, con las horas de sol contadas y el centro volcado en su mercado de Navidad, la ciudad te obliga a moverte despacio, a entrar en cafés, a dejarte llevar por las luces cuando aún son las cuatro y media de la tarde y ya está oscureciendo. No es mal plan.
Cuatro días completos (del 5 al 9 de diciembre de 2011) me parecieron la medida exacta. Suficientes para ver lo imprescindible sin agobios, para tener tardes tranquilas entre salchichas y vino caliente, para quedar con Patricia con calma y para ir a un musical una noche sin que el resto del programa se desmoronara.

Día 1 en Frankfurt: vuelo, primer paseo y flechazo con el mercado de Navidad¶
Lunes 5 de diciembre de 2011
El vuelo de Bilbao a Frankfurt duró lo justo para leer un rato, tomar un café malo y volver a mirar por la ventanilla antes de notar el descenso. Dos horas y cuarto de puerta a puerta, sin incidencias, sin turbulencias dignas de mención y sin esa sensación de gran travesía que a veces precede a los viajes importantes. Despegue a las 13:30, aterrizaje a las 15:45: una tarde de diciembre recién estrenada y un cielo alemán grisáceo recibiéndome al otro lado del cristal.
Lo que sí me sorprendió fue la llegada. Yo tenía grabada en la cabeza la idea de Frankfurt como uno de los grandes nodos aeroportuarios de Europa: decenas de puertas, pasarelas infinitas, colas de conexión. Y algo de eso hay, no me lo estoy inventando. Pero la zona a la que te escupe el avión cuando tu destino final es la ciudad es llamativamente modesta. Pocas cintas de equipaje, poca gente, un trámite rápido. Me llevó un rato entender por qué, hasta que la lógica encajó sola: casi nadie aterriza en Frankfurt para quedarse. Frankfurt es el aeropuerto desde el que la gente vuela a otros sitios. Los que nos apeamos aquí somos minoría.
El tren al centro y un hotel funcional
Del aeropuerto al centro hay un trayecto cortísimo en tren, rápido, barato y sin pérdida, de esos que reconcilian con la logística europea. En poco más de quince minutos me vi bajando en la estación central con la mochila a cuestas y el frío de diciembre mordiéndome las orejas.
Mi hotel, el Continental, estaba muy cerca de la estación de autobuses, en pleno barrio de la Hauptbahnhof. No es un alojamiento de postal, pero cumplía con todo lo que uno le pide a un hotel en un viaje de este tipo: limpio, cálido, con una ducha decente y una ubicación que me permitía hacer todo a pie. Dejé la mochila, me cambié de calcetines y me lancé a la calle sin plan, con esa mezcla de curiosidad y un puntito de decepción anticipada por si Frankfurt resultaba ser tan gris como algunos apuntaban.
El primer tropiezo con el Frankfurter Weihnachtsmarkt
No tardó ni una hora en aparecer la primera sorpresa. Caminando hacia el este, atravesando calles bastante convencionales, desemboqué casi sin querer en un mar de casetas de madera, luces cálidas, olor a canela, salchichas asándose y Glühwein humeante en tazas de cerámica. El mercado de Navidad de Frankfurt, el Frankfurter Weihnachtsmarkt, no es exactamente una sola plaza: es un hilo que serpentea por el centro, desde la zona de Hauptwache (justo enfrente de MyZeil, la calle comercial Zeil) hasta el Römerberg, la plaza del ayuntamiento, pasando por Paulsplatz.
Cada tramo tiene su propio carácter. La zona cercana a MyZeil era la más bulliciosa, pensada para gente que sale del trabajo o de las tiendas y se detiene a tomar algo. A medida que uno avanza hacia el sur, entre los puestos se van colando fachadas con más carácter, coros de villancicos, un tiovivo, y el golpe final del gigantesco árbol de Navidad del Römerberg rodeado de casas con entramados de madera que parecen el decorado de un cuento. Siempre desconfío un poco de los mercados de Navidad demasiado comerciales, pero este, a pesar de su tamaño, conserva algo genuino que me conquistó al minuto.
Un refugio con wifi dentro de MyZeil
Antes de volver al hotel me metí un rato en el centro comercial MyZeil, que desde fuera ya llamaba la atención con su fachada de cristal extrañamente retorcida. Dentro descubrí una zona de descanso con asientos cómodos y wifi gratuito. En 2011, con los datos móviles todavía caros y lentos, encontrar un rincón así en el centro de una ciudad extranjera era oro puro. Aproveché para mirar el correo, consultar un par de cosas y, sobre todo, para entrar un poco en calor antes de la última ronda por el mercado.
Volví al hotel sin cenar cena propiamente dicha: un par de salchichas, un Glühwein más de la cuenta y una bolsita de almendras garrapiñadas fueron suficientes. No lo sabía entonces, pero ese paseo nocturno por el mercado iba a repetirse todas las noches del viaje. En una ciudad en la que anochece a las cuatro y media, el lugar donde se concentran calor, luz y vida se convierte, sí o sí, en tu segundo hogar.

Día 2 en Frankfurt: el Frankfurt medieval, de Römerberg al puente de hierro¶
Martes 6 de diciembre de 2011
Los días cortos de diciembre imponen su propio ritmo. Con apenas ocho horas de luz y una humedad que se te mete en los huesos, madrugar demasiado no tiene mucho sentido. Desayuné tranquilamente en el hotel, me abrigué bien y salí hacia el casco antiguo con la idea de dedicar toda la jornada al Frankfurt histórico, ese que mucha gente no sabe ni que existe.
Merece la pena un paréntesis. Frankfurt fue arrasado en la Segunda Guerra Mundial y lo que hoy se llama casco antiguo es en buena parte una reconstrucción. En el momento de mi visita, además, todavía no existía el ambicioso proyecto Dom-Römer, que entre 2012 y 2018 iba a recuperar un pequeño barrio con fachadas históricas. Lo que yo vi, por tanto, era el Frankfurt medieval reconstruido en las décadas de posguerra: menos postal, más honesto.
Römerberg, corazón simbólico de la ciudad
La Römerberg es la plaza central, presidida por el edificio del Römer, la antigua casa consistorial con su fachada triangular de tres aguas que se ha convertido en el icono más fotografiado de Frankfurt. Enfrente, la pequeña Alte Nikolaikirche, una iglesia gótica que sobrevive medio escondida entre sus vecinas. A un lado, la Schirn Kunsthalle; al otro, las casas con entramado de madera reconstruidas con paciencia alemana tras la guerra.
En diciembre la plaza es puro escenario navideño: el árbol gigante, el tiovivo vintage, las casetas apretadas contra las fachadas, los coros ensayando para el concierto del fin de semana. De día tiene un aire de maqueta amplificada, como si alguien hubiese sacado el belén a tamaño natural. De noche cambia por completo, con las luces haciendo lo suyo. Pasé allí un buen rato antes de seguir camino.
Paulskirche: democracia antes de la unidad
A apenas dos minutos está la Paulskirche, sobre la plaza de Paulsplatz. Es una iglesia circular de ladrillo rojo que, a primera vista, parece más un auditorio que un templo. Tiene todo el sentido, porque aunque nació como iglesia luterana, su fama se la debe a otra cosa: fue la sede de la primera asamblea nacional elegida democráticamente en territorio alemán, en 1848, muchas décadas antes de que Alemania existiera como Estado unificado. La entrada es gratuita y el interior acoge una pequeña exposición permanente sobre aquel episodio fundacional.
No soy especialmente de iglesias, pero lugares así, en los que el valor está en lo que pasó dentro más que en lo que se ve, me parecen siempre una parada interesante. Media hora allí y salí con la sensación de haber entendido un poquito más de dónde viene Alemania.
Kaiserdom, la catedral imperial
A unos trescientos metros al este del Römerberg se alza el Kaiserdom, la catedral de San Bartolomé. La llaman imperial porque fue aquí donde se coronaron durante más de dos siglos los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. Es gótica, oscura, con una torre de unos noventa y cinco metros a la que se puede subir por una escalera estrecha que pone a prueba las rodillas. El día estaba demasiado gris para animarme a subir (ya tenía planeado el Main Tower para otra jornada), así que me conformé con recorrer el interior, sorprenderme por la sobriedad del espacio después de tanta historia y salir por la puerta que da a la plazuela trasera.
Un paseo junto al Main y el Eiserner Steg
Desde la catedral bajé hacia el río por callejuelas tranquilas, cruzando el Mainkai, donde el mercado de Navidad estira uno de sus brazos hasta la orilla. Aquí, junto al agua, el ritmo cambia: menos casetas, más tiempo para respirar, y de pronto aparece él, el Eiserner Steg, el puente peatonal de hierro que cruza el Main. Construido a finales del siglo XIX, destruido en la guerra y reconstruido fiel a sí mismo, está totalmente forrado de candados de amor.
Los candados me producen sentimientos encontrados (entiendo el gesto, pero también entiendo al pobre ingeniero que tiene que calcular el peso extra), pero el paseo por el puente es uno de los momentos más fotogénicos de la ciudad. Desde el centro del vano se ve, a un lado, la silueta improbable de los rascacielos del distrito financiero, el llamado Mainhattan; al otro, las casas más discretas del barrio de Sachsenhausen y la hilera de museos del Museumsufer. Es un contraste muy Frankfurt: el pasado comercial y el presente bancario dándose la mano sobre las aguas tranquilas del Main.
Cierre del día con Glühwein
Volví por la orilla del río hasta el centro cuando ya oscurecía. Sin planearlo, terminé otra vez en el mercado, ahora con la luz artificial sacando todo el jugo a las decoraciones. Una salchicha grande, un vino caliente especiado en una taza con forma de bota (que me llevé de recuerdo) y un rato sin hacer nada, mirando pasar gente abrigada con gorros absurdos. No sé si hay mejor manera de cerrar un día de turismo medieval.

Día 3 en Frankfurt: Mainhattan desde el Main Tower y un reencuentro con Patricia¶
Miércoles 7 de diciembre de 2011
Siempre que viajo a una ciudad con skyline busco un mirador. No por afán coleccionista sino porque, para alguien a quien le interesa la arquitectura y la urbanística más que la pintura clásica, no hay mejor forma de entender cómo está hecha una ciudad que viéndola desde un punto alto. En Frankfurt la respuesta es clara: el Main Tower. Es, de hecho, el único rascacielos con mirador público de toda la ciudad, lo que no deja de ser una rareza en una urbe tan vertical.
El Main Tower mide doscientos metros y está rematado por un mástil de antena que lo estira hasta los doscientos cuarenta. El mirador está en la planta cincuenta y seis, y se llega en un ascensor que, según los carteles, es uno de los más rápidos de Alemania. La subida en sí misma ya merece el billete.
Las vistas: un mapa vivo de la ciudad
Arriba, al aire libre, uno rodea el edificio con una terraza acristalada por fuera pero abierta por arriba. El viento de diciembre cortaba la cara, pero la luz invernal, limpia y un poco dorada, era perfecta para fotografiar. Desde allí, Frankfurt se despliega como un mapa en relieve: a los pies, los demás rascacielos de vidrio, cada uno con su nombre de banco; un poco más allá, el Main cortando la ciudad en dos; al otro lado del río, el barrio de Sachsenhausen con su hilera de museos; hacia el este, el casco antiguo apretado en torno al Kaiserdom, cuya torre parece diminuta desde arriba. Al fondo, cuando el día está claro, se adivinan colinas boscosas como el Taunus.
Pasé cerca de una hora mirando y haciendo fotos. Hay un par de paneles que identifican los edificios principales, lo que ayuda a entender qué es cada cosa. Me gusta esto de los miradores bien señalizados: no te dejan solo frente a la vista, te la explican.
Bajar a Zeil, la gran arteria comercial
Después del mirador, bajé a pie hasta la Zeil, la calle comercial por excelencia de Frankfurt. No soy un gran aficionado a las compras, pero la Zeil tiene cierto interés urbanístico: amplia, peatonal, con mercado de Navidad intercalado entre tiendas y con dos centros comerciales que compiten por la atención, el Galeria Kaufhof y, sobre todo, MyZeil, cuya fachada de cristal retorcido merece su propio día. Comí algo sencillo en una de las salchicherías callejeras, porque en Alemania eso siempre es una opción digna, y seguí callejeando.
Tarde con Patricia en el mercado
A media tarde había quedado con Patricia. Nos habíamos conocido años atrás, cuando ella empezaba como becaria en mi oficina, y yo la había visto pasar de novata insegura a profesional con criterio propio. Ahora vivía en Frankfurt con su pareja alemán y me apetecía mucho escuchar cómo le iba.
Fuimos, como no podía ser de otra manera, al mercado de Navidad. Buscamos un puesto con bancos y empezamos la ronda: una Bratwurst en pan, un Glühwein, más tarde un chocolate caliente, al final unas Bethmännchen, esos dulces de mazapán típicos de Frankfurt. Hablamos durante horas.
Me contó cómo era aprender alemán a los treinta y tantos, cómo se sentía en una ciudad que, en sus palabras, «no es la más divertida de Alemania pero tiene lo que yo necesito ahora», cómo iba su relación, cómo llevaba el tema de la familia a distancia.
Hay algo muy emocionante en ver a una persona que conociste de principiante convertida en otra versión de sí misma, segura, ya asentada en una vida que no parecía previsible. Me fui del mercado con frío en los pies pero con la sensación cálida y un poco orgullosa de haber sido, aunque fuera de lejos, parte del principio de ese camino. Estos reencuentros, en mitad de un viaje que de otro modo sería solo turismo, son los que dan a un viaje otra dimensión.

De vuelta al hotel por el centro iluminado
Caminé despacio hasta el hotel, cruzando otra vez por Römerberg, deteniéndome a escuchar un rato a un coro aficionado que cantaba villancicos junto al árbol. Cuando la ciudad se va vaciando y el mercado baja la intensidad, Frankfurt muestra su lado más amable. Esa noche dormí bien, satisfecho.

Día 4 en Frankfurt: arquitectura en MyZeil, Museumsufer y noche de musical¶
Jueves 8 de diciembre de 2011
Si algo he aprendido viajando es que no hace falta entrar en diez museos para nutrir el viaje: a veces un solo edificio bien mirado vale por una semana de pinacoteca. Ese día le tocaba a MyZeil, el centro comercial que había descubierto casi por accidente nada más llegar y que pedía a gritos una visita con más calma.
MyZeil se inauguró en 2009 y es obra del italiano Massimiliano Fuksas (con su estudio, codirigido con Doriana Fuksas). Forma parte de un conjunto mayor llamado PalaisQuartier, que incluye también una torre de oficinas, el hotel Jumeirah y el restaurado Palais Thurn und Taxis. Pero lo que llama la atención, lo que te deja parado en plena calle Zeil, es su fachada: una superficie de vidrio y acero en la que se abre un gigantesco embudo, como si una mano invisible hubiera hundido el dedo en la piel del edificio. Ese agujero te invita literalmente a mirar al cielo desde la acera y a entrar por debajo.
Un cañón interior lleno de luz
Dentro el efecto es todavía mejor. La cubierta ondulada de más de doce mil metros cuadrados, formada por miles de paneles triangulares de cristal, deja entrar la luz natural hasta las plantas más bajas. Fuksas habla de su diseño como un cañón, un río que baja desde arriba excavando huecos y pasarelas. A mí me parecía más bien una ballena translúcida, pero la imagen del río funciona igual de bien. En la planta baja hay una escalera mecánica descomunal (entonces se decía que era una de las más largas de Europa, con más de cuarenta metros de recorrido) que te mete directo en las tripas del edificio.
Subí, bajé, volví a subir. Me senté un rato en la planta de los restaurantes, comí un pretzel con crema de queso y anoté en el cuaderno la sensación de estar en un edificio comercial que intenta ser algo más que una máquina de vender. No siempre lo consigue (al final, las tiendas son las de siempre), pero el esfuerzo arquitectónico se agradece.
Un paseo por el Museumsufer
Para compensar tanto cristal curvo, por la tarde me fui hacia el río, al lado sur, a la célebre orilla de los museos o Museumsufer. Hay quince museos en apenas dos kilómetros: desde el de arquitectura al Städel, pasando por el de cine y el etnográfico. Yo iba a pocos, francamente, aquel día. Me interesaban más los edificios vistos desde fuera, algunos muy bonitos, con ese aire de villa decimonónica reconvertida.
Caminé desde el Eiserner Steg hacia el oeste, deteniéndome donde me apetecía, mirando las placas, viendo el reflejo de los rascacielos del Mainhattan temblando en el agua. Era una de esas tardes en las que uno entiende que viajar también es no entrar a ningún sitio, simplemente dejar que la ciudad pase por delante.
Camino a la Jahrhunderthalle
El día tenía un cierre marcado en la agenda: esa noche, musical Elisabeth en la Jahrhunderthalle. Había sacado la entrada desde casa porque la gira coincidía con mi viaje y me apetecía mucho (en otro artículo cuento con detalle el espectáculo y su historia). Lo que no había calculado bien era el tiempo de desplazamiento.
La Jahrhunderthalle no está en el centro. Se levanta en el barrio de Höchst, a unos diez kilómetros al oeste, y hay que tomar la S-Bahn (línea S1 o S2) hasta la estación de Höchst y desde ahí continuar en autobús o caminar un buen rato. Con diciembre, con frío y con la duda razonable de si estaba tomando el bus correcto, se me hizo un trayecto largo. Apunto esto para quien piense en repetir mi plan: si vas a un concierto o un musical a la Jahrhunderthalle, sal con tiempo de sobra.
Una experiencia que justifica el viaje en tren
El musical fue, como era esperable, un espectáculo mayúsculo. Vestuario, escenografía, música, todo a un nivel que justifica la palabra gira internacional. Volví al hotel casi a medianoche, con el estómago lleno del pretzel de la merienda y los oídos todavía con algunas melodías en bucle. No entendí cada línea del libreto, pero hay espectáculos que se disfrutan igual sin traducción simultánea.

Día 5 en Frankfurt: último paseo, compras típicas y vuelta a Bilbao¶
Viernes 9 de diciembre de 2011
El último día de un viaje corto tiene siempre un sabor raro. Ni tiempo para un plan grande ni ganas de encerrarte en el hotel. Mi vuelo de regreso no salía hasta las 20:45, así que en teoría tenía todo el día. En la práctica, con el hotel exigiendo el check-out a mediodía y la mochila por hacer, el tiempo se comprime.
Salí temprano, tomé un café largo en una panadería junto a la Hauptbahnhof y me fui caminando, sin objetivo concreto, hacia el Römerberg una última vez. El mercado de Navidad en horario de mañana es otro mercado: muchas casetas aún no han abierto, los empleados colocan cajas, barren, encienden las luces. Queda todavía ese olor de la noche anterior (canela, especias, vino dulce) flotando en el aire frío. A mí, que no soy un adicto a las multitudes, estas versiones tempranas de los lugares turísticos me encantan.
Un poco de compra comestible para llevar a casa
Bilbao no iba a quedarse sin unos pequeños trofeos gastronómicos. Me acerqué a una de las tiendas de alimentación mejor surtidas que había visto y compré unas cuantas salchichas envasadas al vacío y, sobre todo, una buena porción de Leberkäse, ese fiambre prensado que técnicamente es más bávaro que de Hesse pero que se vende en toda Alemania y que, en mi casa, hace muy buenas migas con una cerveza y un pan tostado. También metí en la mochila unas Bethmännchen para la familia, un par de tazas de Glühwein como recuerdo y unas especias navideñas a granel. Con el paquete hecho para aprovechar cada centímetro de la mochila de cabina, volví al hotel a cerrar el macuto.
De vuelta al aeropuerto sin dramas
El camino al aeropuerto fue la versión en espejo del de llegada: tren desde la Hauptbahnhof, quince minutos, sin incidencias. Frankfurt, en esto, es de manual. Pasé el control con la rapidez habitual de los aeropuertos muy aceitados y me acomodé en la zona de espera a leer.
El vuelo de vuelta también fue puntual: salida a las 20:45, aterrizaje en Bilbao a las 23:00 con un tiempo casi veraniego recibiéndonos en Loiu. Dos horas y cuarto para pasar del bullicio luminoso del Weihnachtsmarkt a la familiaridad del pasillo del aeropuerto de Bilbao. Cuatro días, ni un kilo más de equipaje, ni una sola incidencia. A veces los viajes más redondos son, precisamente, los que no dan motivos para escribir anécdotas dramáticas.
Una sensación suave al llegar a casa
Cuando abrí la puerta de casa, dejé el Leberkäse en la nevera y colgué el abrigo, noté esa sensación difícil de describir que dejan los viajes cortos bien calibrados: ni agotamiento ni euforia, solo la satisfacción discreta de haber usado bien cuatro días. Frankfurt no me había cambiado, pero tampoco me había aburrido. De momento, eso era suficiente. Las conclusiones, más reposadas, las dejo para otro artículo.

Frankfurt, bastante más que un aeropuerto: conclusiones de cuatro días en diciembre¶
Conclusiones del viaje
Antes del viaje, si alguien me hubiera pedido definir Frankfurt, habría dicho: ciudad de bancos, aeropuerto enorme, escala para ir a otros sitios. Después de cuatro días allí, el mapa mental ha cambiado. Frankfurt sigue siendo una ciudad centrada en el dinero, con un skyline que grita «esto es un centro financiero» nada más cruzar el río, y sigue siendo cierto que mucha gente aterriza en su aeropuerto solo para cambiar de avión. Pero también es una ciudad con un casco antiguo reconstruido con dignidad, con arquitectura contemporánea interesante, con una orilla de museos envidiable y con un mercado de Navidad que da para escribir más de un artículo.
No es la ciudad alemana más seductora, eso lo sigo pensando. Para un primer viaje a Alemania, seguiría recomendando Berlín o Múnich antes que Frankfurt. Pero como destino de cuatro o cinco días en invierno, con vuelos baratos y ganas de mercados de Navidad, funciona muy bien.
Diciembre, un acierto estratégico
Si tengo que quedarme con un solo consejo, es el del mes. Frankfurt en diciembre es otra ciudad. El Weihnachtsmarkt anima el centro, la luz artificial compensa las pocas horas de sol, y el frío seco (a diferencia de la humedad de Bilbao) se lleva sorprendentemente bien con el abrigo adecuado. Si el mismo viaje lo hubiera hecho en septiembre o junio, sin ese paraguas navideño, probablemente habría salido con una impresión más tibia.
Lo mejor y lo prescindible
Entre lo que me llevo en la memoria: el mirador del Main Tower al atardecer, la fachada hueca y el interior fluido de MyZeil, el paseo por el Eiserner Steg, el reencuentro con Patricia en un banco del mercado, y sobre todo el Elisabeth en la Jahrhunderthalle. Si alguien me preguntara qué no repetiría, le diría que algunos tramos del mercado más saturados, esos muy cercanos a MyZeil en la punta de las tardes de sábado, donde el agobio puede con la magia. Y quizá forzaría menos el esquema de volver cada noche al mismo sitio: haberme reservado una cena tranquila en un local de Sachsenhausen (donde se concentran las sidrerías de Apfelwein) probablemente hubiera sido un acierto.
Frankfurt para quién
¿A quién recomiendo Frankfurt? A viajeros como yo, con cierta afición a la arquitectura y con ganas de un viaje corto, tranquilo, urbano, sin la presión de «ver todo lo imprescindible». A quien guste del contraste entre lo medieval y lo contemporáneo sin intermedios. A quien le ilusione un buen mercado de Navidad (pocas ciudades tienen uno tan bien distribuido por su centro). A quien viaje con cabina y quiera un destino europeo barato en diciembre. A quien, como yo en este caso, tenga un amigo en la ciudad y un musical en cartel.
¿A quién no? Al que busque efecto wow inmediato, al que espere una capital cultural al nivel de Berlín o una belleza natural e histórica al nivel de Praga, al que odie los rascacielos y quiera solo casitas de cuento. Frankfurt es un gusto adquirido, no un flechazo. Y quizá por eso, a quienes le dedicamos la atención que pide, nos termina cayendo mejor que muchas ciudades más vistosas.
Volver, quizá, en otra estación
No descarto volver algún día, aunque sea solo de paso por el aeropuerto con un par de horas para ver el mercado. Pero si vuelvo a pasar allí varios días, lo haré en otra época: primavera, quizás, para ver los museos por dentro y caminar por el Palmengarten, que esta vez me he dejado fuera. Frankfurt tiene más facetas de las que caben en cuatro días de diciembre. Lo sé ahora. Cuando bajé del avión en Loiu, sin embargo, la sensación era otra: la de haber cerrado bien un pequeño capítulo alemán. Y esa, para un viaje hecho casi por casualidad, es una forma perfectamente digna de terminar.
