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Poitiers - Futuroscope
Semana Santa ha dado para una escapada corta pero satisfactoria: tres días cruzando la frontera francesa para llegar hasta Poitiers y visitar el parque de Futuroscope. Cinco amigos, mi Ford Fiesta al completo, mochilas pequeñas y la carretera por delante. El plan clásico de estos años, que funciona cada vez que lo ponemos en práctica.
Cinco en un Fiesta: la logística de siempre¶
La fórmula la tenemos ya comprobada de otras escapadas. Mi Ford Fiesta, los cinco dentro, el maletero aprovechando cada centímetro, y a tirar kilómetros. Es apretado, sí, pero también es la forma más barata de movernos y la que nos deja con más libertad: nos paramos cuando queremos, cambiamos el plan si nos apetece, no dependemos de horarios de trenes ni de vuelos. Y los gastos de gasolina y peajes se dividen entre cinco, así que el viaje sale a un precio razonable para nuestros bolsillos.
Salimos el viernes temprano. El trayecto desde Bilbao hasta Poitiers son unos 650 kilómetros, una paliza si lo miras de golpe pero perfectamente hacedero si te lo tomas con calma. Y esa es siempre la filosofía del grupo: no considerar el trayecto como un trámite del que librarse cuanto antes, sino como parte del viaje. Paramos en áreas de servicio a picar algo, a estirar las piernas, a repostar sin prisas. Algunas de las mejores conversaciones del fin de semana las tenemos en esas paradas en pleno campo francés, con cafés de máquina y baguettes industriales que sin embargo están mejor que muchas cosas que comemos en España.
Cruzamos la frontera por Irún, enfilamos la autopista francesa, y dejamos que los kilómetros vayan pasando con la radio sintonizada en lo que sea que encontramos, las conversaciones que surgen solas y los silencios cómodos que marcan los tramos más largos.
Poitiers: la sorpresa de lo que no esperaba
A Poitiers llegamos sin expectativas. Era básicamente la base para visitar Futuroscope, que está unos pocos kilómetros al norte. Poitiers era el sitio donde dormir, nada más. Y precisamente por eso me sorprende.
La ciudad es pequeña, unos noventa mil habitantes, pero tiene un centro histórico con más peso del que uno esperaría. Capital de la región de Poitou-Charentes, Poitiers fue escenario en el año 732 de la famosa batalla que frenó la expansión árabe hacia el norte de Europa, la que libró Carlos Martel contra las tropas del califato omeya. Ese episodio, que los libros de historia europeos han magnificado convirtiéndolo en momento fundacional de la cristiandad occidental, se enseña en Francia con particular orgullo. Pasear por Poitiers es pasear por una ciudad que sabe de su propia importancia histórica.
La iglesia de Notre-Dame-la-Grande es lo más impresionante del centro. Una fachada románica del siglo XII cubierta de esculturas, con esa factura tosca y expresiva que tiene el románico cuando está en buen estado y no ha sido sobre-restaurado. La plaza que la precede, pequeña y con terrazas, es el tipo de sitio donde uno podría sentarse horas a ver pasar la vida francesa sin otro plan. Nos tomamos un café allí, aprovechando que hace un día agradable, y me quedo un rato mirando la fachada intentando descifrar las escenas talladas.
El resto del centro es un tejido de calles estrechas, casas de entramado de madera, tiendas de barrio, y esa cadencia tranquila de las ciudades francesas medianas que no viven del turismo masivo. No es una ciudad que te deslumbre. Es una ciudad que te reconcilia con la idea de que Europa tiene muchos sitios que no aparecen en las guías pero que funcionan, que se viven, que tienen carácter propio. Cenamos en un bistró pequeño cerca de la plaza del ayuntamiento, y nos acostamos pronto porque al día siguiente tocaba Futuroscope.
Futuroscope: el parque de los años 90 en 2012
Futuroscope abrió sus puertas en 1987, impulsado por el Consejo General del departamento de Vienne con la idea de crear un parque temático centrado en la imagen y el cine del futuro, en una zona rural sin tradición turística. El concepto era absolutamente pionero: un parque que no se basaba en atracciones mecánicas al estilo Disney ni en montañas rusas, sino en experiencias audiovisuales inmersivas. Pantallas IMAX gigantes, cine en 3D, proyecciones sobre cúpulas hemisféricas, butacas dinámicas que se movían sincronizadas con la imagen.
En aquel momento, todo eso era magia pura. El cine 3D era una rareza reservada a los grandes parques temáticos, y las proyecciones sobre pantallas curvas de cientos de metros cuadrados, que te envolvían literalmente, producían un efecto difícil de igualar. Futuroscope se posicionó como uno de los parques más innovadores de Europa durante los noventa y atrajo millones de visitantes con esa propuesta diferente.
El parque que nos encontramos hoy es otra cosa. Sigue siendo entretenido, con atracciones bien mantenidas y novedades cada temporada, pero el factor sorpresa ha desaparecido en buena medida. El cine 3D se ha democratizado: ahora lo tienes en cualquier multicine, y se pueden comprar televisores 3D para casa. Las proyecciones inmersivas han perdido su monopolio. Los parques de la competencia han evolucionado hacia experiencias híbridas que combinan lo audiovisual con montañas rusas y atracciones físicas. Futuroscope se ha quedado en una especie de tierra de nadie: ya no deslumbra tecnológicamente, pero tampoco ha querido pivotar hacia un modelo más físico.
Lo mejor del parque hoy, para mí, es su arquitectura. Los edificios emblemáticos diseñados por Denis Laming en los años ochenta y noventa (el Kinemax con su forma de cristal tallado, la Gyrotour, el Pabellón del Futuroscope con sus volúmenes geométricos) mantienen una estética futurista que tiene un punto deliciosamente retro. Son edificios que fueron concebidos como arquitectura-icono, cada uno con una forma distintiva, pensados para ser fotografiados. En una época en la que los parques temáticos tendían al neomedieval o al decorado americano, Futuroscope apostó por una estética de ciencia ficción europea que ahora, mirada con los ojos de 2012, tiene su encanto.
Las atracciones que más disfrutamos son las clásicas: la gran pantalla IMAX con documentales espectaculares sobre naturaleza, una butaca dinámica de simulación de vuelo que nos hace reír a todos como niños, un par de proyecciones 3D correctas. Al anochecer hay un espectáculo de efectos acuáticos y pirotecnia sobre el lago central que cierra bien el día. Salimos cansados pero satisfechos. No ha sido una experiencia inolvidable, pero ha sido un buen día.
La vuelta: parada en la costa vasco-francesa
El domingo por la mañana desayunamos con calma en Poitiers, echamos un último vistazo al centro y enfilamos la autopista de vuelta. En estos viajes nuestros por carretera es costumbre parar al regreso en Bayona o en San Juan de Luz, o incluso en ambas, porque están prácticamente de paso y no añaden tiempo significativo al trayecto. Son dos ciudades pequeñas de la costa vasco-francesa que siempre tienen su encanto.
Paramos primero en Bayona, comemos algo ligero dando un paseo por el casco viejo con sus casas de entramado rojo y verde, cruzamos el puente sobre el Nive para mirar la catedral gótica de lejos. Es una de esas ciudades que parecen pensadas para pasear sin destino, con las fachadas encaladas y los colores de la madera marcando el ritmo visual de cada calle. Luego hacemos una segunda parada breve en San Juan de Luz, básicamente para estirar las piernas, ver la bahía en forma de concha y pasar por la plaza Louis XIV. El sol de tarde, la brisa del Atlántico, los pescadores del puerto arreglando redes: una estampa que hace que dejar atrás Francia no duela tanto.
Cruzamos la frontera a última hora y llegamos a Bilbao con el cansancio justo, la sensación de haber aprovechado los tres días y ya pensando en volver al trabajo mañana. Ha sido una escapada corta, sin grandes momentos épicos, sin ciudades deslumbrantes, pero con esa satisfacción de los planes que cumplen exactamente lo que prometen. Cinco amigos, un coche, una carretera y un destino. Para eso también están los viajes.






