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Périgueux bajo nubarrones
En abril de 2014, emprendí un viaje por el suroeste de Francia que, sobre el papel, prometía ser fascinante. Una ruta de tres días a través de la región de Aquitania, rica en historia, cultura y belleza natural.
El telón de fondo emocional¶
El contexto de esta ruta por el suroeste francés
Antes de entrar en los días de este viaje, hay algo que necesito dejar escrito.
Llevábamos 16 años juntos. Y la relación se acababa. No de golpe, no con una pelea ni con una revelación súbita, sino de esa manera lenta y sorda en que se acaban las cosas cuando ya no hay nada que pelear: con silencios que se van llenando de cosas no dichas, con noches en que cada uno se va a su lado de la cama sin más, con conversaciones pendientes que se aplazan porque aplazarlas es más fácil que tenerlas.
Viajamos a Aquitania en Semana Santa de 2014 con tres amigos, compañeros habituales de esas escapadas de abril. Viajamos en coche desde Bilbao. Y viajamos manteniendo las apariencias, porque delante de los demás todo seguía en su sitio: la pareja que siempre ha viajado junta, que comparte habitación, que pide para los dos en los restaurantes.
La tensión no era visible. Pero estaba ahí, flotando entre nosotros como una corriente de aire frío que nadie nombraba.
Lo que recuerdo y lo que no recuerdo
De este viaje no recuerdo casi nada de los sitios. Mi cabeza y mi alma estaban en otro lugar. Esto no es una figura literaria ni una forma de darle profundidad a algo corriente — es exactamente lo que pasó. Perigueux, Sarlat, Bergerac, Burdeos: los recorrí con los ojos, los fotografié, incluso comí bien. Pero los recuerdos llegaron filtrados, como vistos desde detrás de un cristal. Había belleza ahí fuera. Simplemente no terminaba de entrar.
Lo que sí recuerdo es la sensación de que algo estaba a punto de romperse, y que ambos lo sabíamos, y que ninguno de los dos daba el paso porque dar el paso significaba destruir dieciséis años de algo que, en su día, fue real y fue bueno.
El itinerario
El recorrido que habíamos trazado era, objetivamente, magnífico:
- Día 1: Bilbao — Périgueux, capital del departamento de la Dordoña, con su catedral románico-bizantina y sus vestigios romanos de Vesunna
- Día 2: Excursión a Sarlat-la-Canéda y Bergerac
- Día 3: Regreso a Bilbao con paradas en Burdeos y San Juan de Luz
Tres días por algunas de las ciudades más hermosas del suroeste francés. Un itinerario que en otras circunstancias habría sido un viaje redondo.
En estas circunstancias, fue el viaje en que tomé una de las decisiones más importantes de mi vida.

Día 1. De Bilbao a Périgueux¶
Salimos de Bilbao por la mañana, cinco personas en un coche, la maleta en el maletero y toda la tensión que cabe entre dos personas que saben lo que saben pero no lo han dicho todavía. Los amigos en los asientos de atrás. La conversación llenando el espacio como siempre, con esa naturalidad un poco esforzada de cuando hay algo que no se nombra.
La ruta hasta Périgueux son casi 500 kilómetros. Se toma la A63 rumbo a Bayona y luego la A89 hacia el interior. El paisaje va cambiando: la cornisa cantábrica, los Pirineos atlánticos, las Landas con sus bosques de pinos interminables que parecen no querer acabar nunca, y luego, ya en Dordoña, un territorio más suave y ondulado, con viñedos y pueblos de piedra dorada que van anunciando lo que queda por ver.
Me acuerdo del trayecto porque en el trayecto hay mucho silencio en el que pensar.
Périgueux a media tarde
Llegamos cuando el sol ya bajaba y la piedra caliza de la ciudad tomaba ese tono que tiene el sur de Francia al atardecer, entre dorado y ocre. Périgueux es una ciudad que no suele estar en los grandes itinerarios de turistas, lo cual es una injusticia: tiene dos capas de historia superpuestas que pocas ciudades europeas pueden igualar. Primero fue Vesunna, ciudad galo-romana de los siglos I y II, con sus termas, su anfiteatro y su templo dedicado a la diosa protectora de la ciudad. Luego llegó la Edad Media y construyó encima, y entre las dos dejaron un centro histórico que merece más tiempo del que normalmente se le da.



Saint-Front: las cúpulas que se ven desde lejos
Lo primero que hace Périgueux al recién llegado es mostrarle la catedral de Saint-Front desde lejos, con sus cinco cúpulas coronadas por pequeñas linternillas que se recortan contra el cielo. La silueta es inconfundible y un poco irreal, más cerca de lo que se esperaría encontrar en Bizancio o en Venecia que en el interior de la Aquitania francesa.
La historia detrás de esas cúpulas es larga. Hubo aquí un oratorio del siglo IV y luego una iglesia carolingia, y sobre sus cimientos se levantó en el siglo XII una basílica de planta de cruz griega que los peregrinos del Camino de Santiago conocían bien: Périgueux es una de las etapas históricas de la Vía Turonensis. Lo que se ve hoy es en su mayor parte resultado de una restauración del siglo XIX a cargo del arquitecto Paul Abadie, que rehízo Saint-Front con tal libertad interpretativa que los puristas aún le tienen tirria. El mismo Abadie utilizó esta experiencia como laboratorio de ideas para su siguiente encargo: la basílica del Sacré-Cœur de Montmartre, en París. La semejanza entre ambas es evidente y no casual.
Me detuve un rato largo mirando el interior. La nave es enorme, luminosa, con pilares macizos que sostienen las cúpulas y crean una amplitud espacial que desorienta un poco. Estaba mirando los capiteles románicos y pensando en otra cosa. En lo que me esperaba en casa cuando volviese. En la conversación que tarde o temprano tendría que ocurrir.
La belleza llegaba hasta cierto punto y luego se detenía, como si no pudiera cruzar hacia donde estaba yo.
El casco antiguo y los romanos bajo los pies
Paseamos por el casco antiguo durante un rato. La rue Limogeanne, las plazoletas, las mansiones renacentistas de los siglos XV y XVI, la Tour Mataguerre que sobrevive sola de las veintiocho torres que tuvo la muralla medieval. El grupo caminaba junto, comentaba, señalaba. Yo caminaba también, fotografiaba, respondía.



Lo que más me interesó fue la parte romana. Périgueux guarda los restos de Vesunna con una honestidad poco habitual: no los ha convertido en decorado turístico sino en una presencia real dentro de la ciudad contemporánea. La Torre de Vesone es un cilindro de 27 metros de altura que fue el sancta sanctorum del templo dedicado a la diosa de la ciudad, construido en el siglo I y abandonado cuando llegó el Bajo Imperio y el paganismo perdió su peso. Que siga en pie después de dos mil años, integrada en un barrio residencial, tiene algo de milagro silencioso.
El Museo Galo-Romano que construyó Jean Nouvel a su alrededor en los años 2000 es uno de esos edificios que hacen lo correcto: proteger sin ocultar. La estructura de cristal y metal deja visible la domus romana descubierta en los sesenta, con sus mosaicos in situ y sus paredes pintadas aún legibles. Recuerdo haber pensado que esas personas que vivieron aquí hace diecinueve siglos también tuvieron sus problemas. También tuvieron sus relaciones que terminaron.
La cena y la noche
Cenamos cocina perigordina, que es una de las cosas que este viaje tiene de inobjetable. El foie, el magret, la trufa, el confit de pato: la cocina del Périgord es de las que no dejan indiferente. La salsa périgueux, que lleva vino de Bergerac, demi-glace y trufa negra, es un invento del siglo XIX que todavía funciona.
La cena fue animada. El grupo estaba de buen humor. El vino de Bergerac ayudaba.
Aquella noche, desde la ventana del hotel, miré las luces de Périgueux durante un rato. Pensé en lo lejos que estaba siendo capaz de llegar la catedral de Saint-Front hasta mi cabeza durante el día. Llegaba, pero no del todo. Como casi todo ese viaje.

Día 2. Sarlat-la-Canéda y Bergerac¶
El segundo día salimos de Périgueux hacia el Périgord profundo. Sarlat por la mañana, Bergerac por la tarde. Un itinerario que sobre el papel era de los que se cuentan con satisfacción a la vuelta.
El trayecto hasta Sarlat, unos 60 kilómetros, atraviesa un paisaje que se va complicando gradualmente: las colinas se hacen más pronunciadas, los bosques de roble y castaño más espesos, el valle del Vézère aparece a un lado con el peso de todo lo que ocurrió aquí cuando los humanos modernos llegaron a Europa. Lascaux está a pocos kilómetros. No teníamos tiempo de parar, pero la conciencia de que bajo estas colinas hay pinturas de 17.000 años hacía el paisaje distinto.
Sarlat: la ciudad que el tiempo dejó en paz
Sarlat-la-Canéda aparece de golpe tras una curva. No hay preparación. De repente está ahí, dorada, intacta, con sus mansiones medievales apiladas unas contra otras y sus callejuelas que serpentean sin lógica aparente entre edificios que llevan siglos en el mismo sitio.


La preservación de Sarlat tiene una historia curiosa. Cuando en el siglo XIX comenzó la industrialización y el ferrocarril llegó a tantos rincones de Francia, Sarlat se quedó fuera del trazado. La línea pasó lejos y la ciudad quedó económicamente estancada, lo que en el momento fue una desgracia y a la larga resultó ser su mayor fortuna: sin dinero para demoler y construir de nuevo, el casco medieval quedó intacto. En los años sesenta, el ministro de cultura André Malraux impulsó una ley de protección de conjuntos históricos que convirtió a Sarlat en uno de sus proyectos piloto. Desde entonces es Patrimonio protegido, uno de los conjuntos medievales y renacentistas más completos de Europa.
La piedra caliza local tiene un color que cambia con la luz: a primera hora de la mañana es casi blanca, al mediodía se vuelve miel, a última hora de la tarde se llena de dorado oscuro. Ese día había sol y la ciudad estaba en su mejor versión.
Perderse sin mapa
Aparcamos en los estacionamientos exteriores, el centro está peatonalizado, y entramos. No había mucho plan. En Sarlat el mapa sobra: lo mejor es dejarse llevar por las callejuelas hasta que desembocan en alguna plazoleta inesperada o en un pasaje cubierto que conecta dos siglos distintos a través de diez metros de piedra.
La Place de la Liberté es el corazón de todo: una plaza irregular rodeada de mansiones del siglo XV al XVIII, con terrazas de café y el antiguo Palacio de Justicia presidiendo el conjunto. En un extremo, la iglesia de Sainte-Marie, construida en el siglo XIV y reconvertida hoy en mercado cubierto, tiene instalado en su campanario un ascensor panorámico desde el que se ve el techo de Sarlat, que es ya de por sí una vista que vale la parada.
La catedral de San Sacerdos tiene algo de resumen involuntario de toda la historia de la ciudad: empezó en románico en el siglo XII, se fue transformando con los siglos hasta mezclar estilos de manera que debería ser un desastre y en cambio funciona. La luz que entra por los vitrales cae sobre la piedra centenaria y crea un efecto que resulta difícil de describir.
Junto a la catedral, en el antiguo cementerio, está la Linterna de los Muertos. Es una estructura cilíndrica del siglo XII, de unos cuatro metros y medio de altura, uno de los poquísimos ejemplares que quedan de este tipo de monumentos funerarios medievales. En su cúspide se encendía una llama visible desde toda la ciudad, especialmente la noche de Todos los Santos, para guiar simbólicamente a las almas. No sé exactamente qué me pareció en ese momento. Algo oscuro y coherente con la jornada, supongo.
El mercado
Tuvimos suerte con el mercado. Se extiende varias veces por semana por calles y plazas del casco histórico, con puestos de foie, trufa, nueces, setas, confits, licores de nuez. Los vendedores gritan en un francés con acento del sur que suena casi a otro idioma. Es una de esas experiencias que de verdad llegan, que sortean la barrera del cristal. El olor a trufa, el peso de la bolsa con un bote de confit, el sol sobre los adoquines.
Hubo un momento en que me detuve y pensé: estoy en uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida. Y luego pensé en lo que me esperaba en casa y la idea se fue.
Para el almuerzo, cocina perigordina clásica: ensalada tibia de mollejas con vinagreta de nueces, confit de pato con patatas sarladaises —cocinadas en grasa de pato con ajo y perejil, que es la única manera correcta—, pastel de nueces con helado de vainilla. Un Bergerac tinto que estaba bien.
El grupo comió con apetito y habló de lo que había que hablar.
Bergerac: entre viñedos y la ironía de Cyrano
El trayecto hasta Bergerac desde Sarlat son unos 70 kilómetros hacia el suroeste, y el paisaje va cambiando de bosque a viñedo de manera gradual. Entramos en el Périgord Pourpre, que es la zona vinícola de la Dordoña, con un terroir diferente al del Périgord Noir: suelos más arcillosos, viñedos más abiertos, un horizonte más ancho.


Bergerac es una ciudad de 30.000 habitantes a orillas del río Dordoña, menos visitada que Sarlat pero con un encanto diferente: más viva, más mezclada, con su patrimonio histórico integrado en el presente en lugar de conservado en vitrina. Fuimos primero al puerto fluvial, desde donde durante siglos salieron los toneles de vino hacia Burdeos y de ahí al resto de Europa y al Nuevo Mundo. Hoy es un paseo ribereño agradable, con el puente de piedra reflejado en el río y los barcos de turistas amarrados a la espera de la temporada alta.
El casco antiguo tiene arquitectura de entramado de madera, el claustro de los Récollets, la iglesia de Saint-Jacques. Lo miramos, lo paseamos.
Cyrano, que nunca estuvo aquí
Lo curioso de Bergerac es Cyrano. El personaje que Edmond Rostand creó en 1897 lleva el nombre de la ciudad pero no tuvo ninguna relación real con ella: el Cyrano histórico, escritor y espadachín del siglo XVII, tomó el apellido de una pequeña propiedad familiar en los alrededores de París y jamás pisó estas tierras. Rostand usó el nombre porque le sonaba bien, o por algún capricho de poeta. La ciudad lleva décadas aprovechando la asociación: hay una estatua de Cyrano en la Place de la Myrpe, con la nariz desproporcionada que todo el mundo espera, y un museo que usa al personaje como hilo conductor para hablar de la historia local.
No sé si en ese momento la ironía me llegó de manera deliberada, pero algo en la historia de Cyrano —el hombre que amaba sin ser correspondido, que ocultaba sus sentimientos detrás de las palabras de otro— encajaba demasiado bien con lo que estaba viviendo. El romanticismo imposible representado en bronce en una plaza de provincias mientras yo paseaba al lado de quien ya no éramos lo que habíamos sido.
Château de Monbazillac
Subimos al Château de Monbazillac antes de volver, un castillo del siglo XVI en una colina rodeada de viñedos con vistas sobre el valle del Dordoña. La visita incluía las bodegas excavadas en la roca y una degustación. El Monbazillac es un vino dulce natural elaborado con uvas afectadas por la podredumbre noble, un proceso similar al del Sauternes que produce algo untuoso y complejo, con ese punto de concentración que tienen los vinos que se hacen de la descomposición controlada.
El vino estaba bueno. La tarde estaba cayendo sobre los viñedos. Todo era objetivamente hermoso.
El regreso a Périgueux
Volvimos de noche. En el coche la conversación fue apagándose hasta que quedó el silencio y la autovía y las luces de los otros coches. Sarlat y Bergerac habían sido lo que eran: dos lugares extraordinarios del Périgord, cada uno con su propia manera de ser bello, cada uno con historia suficiente para llenar días. Los había visto. No del todo, pero los había visto.
Al llegar al hotel me quedé un rato sin encender la luz.

Día 3. Regreso a Bilbao vía Burdeos y San Juan de Luz¶
El último día. Recogimos las habitaciones, metimos las maletas en el maletero y salimos de Périgueux por la A89 en dirección a Burdeos. El cielo estaba parcialmente nublado. El coche funcionaba.
El trayecto desde Périgueux hasta Burdeos son 120 kilómetros que transcurren entre viñedos. A medida que te acercas a la capital girondina el paisaje se va ordenando: los viñedos se hacen más meticulosos, más simétricos, con châteaux que aparecen cada cierto tiempo entre las vides con esa arquitectura de mansardas y torres que en el Médoc se repite como un motivo decorativo. Parámos brevemente en Saint-Émilion, que merece más tiempo del que le dimos: un pueblo medieval encaramado a una colina con una iglesia monolítica excavada en la roca caliza entre los siglos XII y XV, una denominación vinícola que figura en cualquier lista de las más prestigiosas del mundo. Lo vimos a vuelo de pájaro. Suficiente para saber que hay que volver.
Burdeos a media mañana
Llegamos a Burdeos con la mañana todavía fresca. La ciudad la conocíamos de veces anteriores, lo que en este caso fue una mezcla de alivio y de cierta indiferencia: no había la tensión del descubrimiento, solo el reconocimiento de algo que ya sabías que era bueno.


La Place de la Bourse es lo que es: una de las plazas más elegantes del urbanismo francés del siglo XVIII, diseñada por Jacques Ange Gabriel, abierta hacia el Garona con esa simetría que los arquitectos de Luis XV sabían ejecutar con precisión casi matemática. Delante de ella, el Miroir d'Eau —instalado en 2006, una superficie granítica con una lámina de agua de dos centímetros que refleja la fachada de la Bolsa—, que sigue haciendo lo mismo que hacía la primera vez que lo vi: obligarte a mirar dos veces para distinguir la arquitectura real de su reflejo.
Paseamos por el centro histórico. La catedral de San Andrés, con sus torres góticas que dominan el perfil de la ciudad y sus vidrieras que llenan el interior de luz fragmentada. La Tour Pey-Berland al lado, un campanario exento del siglo XV que en otro viaje subiría entero. El Grand Théâtre de Victor Louis, inaugurado en 1780, con su columnata neoclásica y la escalera interior que sirvió de modelo para la Ópera Garnier de París décadas más tarde. Burdeos tiene ese efecto de ciudad que ha sido grande durante mucho tiempo y sabe que lo ha sido.
Lo que más me llama la atención de Burdeos cada vez que vuelvo es la magnitud del cambio que ha vivido en los últimos veinte años. Fue durante mucho tiempo una ciudad apodada "la belle endormie", la bella durmiente: patrimonio dieciochesco extraordinario pero ennegrecido, descuidado, con los muelles del Garona degradados y el tráfico aplastando el centro. La transformación urbanística impulsada por Alain Juppé a partir de los años 90 —limpieza de fachadas, recuperación de los muelles, tranvía, peatonalización— devolvió a Burdeos algo que había olvidado: el gusto por estar en ella. Hoy es el conjunto dieciochesco más extenso de Europa y Patrimonio de la Humanidad desde 2007.
Almorzamos en un bistró cerca de la rue Sainte-Catherine. Entrecôte à la bordelaise con salsa de vino tinto y tuétano, frites, un Pessac-Léognan. De postre, canelé: ese pastelito caramelizado y especiado que inventaron las monjas del convento de la Anunciación en el siglo XVIII y que Burdeos defiende con una seriedad que roza la religión.
La comida estuvo bien. El grupo estaba bien. Todo estaba bien en la superficie, que es donde vivíamos ese viaje.
Las Landas y el regreso al País Vasco
Dejamos Burdeos a primera hora de la tarde y tomamos la A63 hacia el sur. Las Landas se extienden a ambos lados de la autopista durante decenas de kilómetros: el mayor bosque plantado de Europa occidental, un millón de hectáreas de pino marítimo que en el siglo XIX Napoleón III mandó repoblar para drenar una zona pantanosa que era foco de malaria. Hoy es una pared verde e infinita que da al viaje por aquí un carácter hipnótico y un poco opresivo.
A medida que te acercas a la frontera española el paisaje cambia. Aparecen las primeras estribaciones pirenaicas y con ellas las casas blancas de entramado rojo o verde que anuncian el País Vasco. El aire se hace más húmedo. Los verdes se intensifican. Estábamos volviendo a casa, aunque "casa" en ese momento era un concepto complicado.
San Juan de Luz
Paramos en San Juan de Luz antes de cruzar la frontera. Donibane Lohizune en euskera, Saint-Jean-de-Luz en francés: un pueblo pesquero que en el siglo XVII fue uno de los puertos balleneros más importantes del Atlántico norte y que hoy es un destino de veraneo con una bahía espectacular y un centro histórico bien conservado.

La bahía en forma de media luna, protegida por tres diques, tenía el mar tranquilo ese día. La playa de arena fina, el paseo marítimo bordeado de villas de principios del siglo XX, las montañas al fondo cerrando el horizonte. Todo aquello tenía una serenidad que llegó a entrar, al menos un rato.
El centro histórico se articula en torno a la Place Louis XIV. La iglesia de San Juan Bautista, de los siglos XV y XVII, tiene el interior con las galerías de madera superpuestas que son propias de la arquitectura religiosa vasca, y tiene también una historia específica: aquí se casaron en 1660 Luis XIV de Francia y la infanta española María Teresa, un matrimonio que puso fin a la Guerra de los Treinta Años entre Francia y España. La puerta por la que salió el cortejo nupcial fue tapiada inmediatamente después de la ceremonia, para que nadie más pudiera usarla. Lleva tres siglos y medio sellada.
Las casas blancas con entramado de madera pintado en rojo o verde, los balcones de hierro, los tejados de pendiente pronunciada para las lluvias. La Casa Infanta, donde se alojó María Teresa antes de la boda, con su fachada más elaborada que las demás.
En una pastelería compramos macarons de los de aquí, que no tienen nada que ver con los de colores que se han popularizado: son galletas crujientes con relleno de almendra, receta del siglo XVII. Y gâteau basque, la tarta que se hace con crema pastelera o con confitura de cerezas negras según la zona. Nos los comimos en un banco frente al puerto mirando los barcos.
Eso sí lo recuerdo con nitidez. El sabor de la almendra, el sol de tarde, el agua quieta del puerto. Un momento que llegó entero.
El final del viaje
Cruzamos la frontera en Biriatou y tomamos la AP-8 de vuelta a Bilbao. Guipúzcoa primero, intensamente verde, humanizada hasta las laderas de los montes. Bizkaia después, más abrupta, con los valles industriales asomando entre la vegetación. Las montañas cerrándose alrededor de Bilbao como siempre.
Casi habíamos llegado cuando el coche se paró. La bomba de gasolina. Nos quedamos en la cuneta esperando la grúa, en silencio, con Bilbao ya casi visible.
Mientras esperábamos pensé en lo apropiado del momento, que es algo que uno piensa cuando está en un estado en que todo parece cargado de significado. El coche había llegado al final de su recorrido y ya no daba más de sí. Había algo que también había llegado al final de su recorrido. La grúa tardó lo que tardó.
Cuando llegué a casa aquella noche supe que la conversación pendiente ya no podía aplazarse más. Ese viaje la hizo inevitable.

Epílogo: lo que queda cuando el dolor se diluye¶
Reflexiones sobre cómo un recorrido por Aquitania marcó el inicio de una nueva etapa
Han pasado años desde aquel viaje. Los suficientes para poder mirarlo sin que duela de la misma manera.
Lo que más me sorprende ahora es lo que queda. La separación ocurrió, como tenía que ocurrir, pocas semanas después de volver. Dieciséis años terminaron de la manera en que terminan estas cosas: con conversaciones difíciles y silencios peores y el esfuerzo enorme de desmontar una vida compartida pieza a pieza. No fue un final limpio, pero fue un final necesario.
Y sin embargo, cuando pienso en aquel viaje, lo que aflora no es solo el peso de lo que estaba terminándose. También emergen otras cosas, más pequeñas y más precisas: la luz de media tarde sobre la piedra dorada de Périgueux. El olor a trufa en el mercado de Sarlat. El sabor del macaron de almendra en un banco del puerto de San Juan de Luz. La bahía en forma de media luna con el mar quieto. Las cúpulas de Saint-Front recortadas contra el cielo.
Esas memorias sensoriales sobrevivieron al naufragio. No las registré conscientemente en su momento, pero estaban ahí, guardadas en algún lugar donde el dolor no llegó del todo.
Lo que el viaje hizo
Aquel recorrido no provocó la ruptura. La ruptura ya estaba decidida antes de salir de Bilbao, aunque ninguno de los dos lo hubiera verbalizado. Lo que hizo el viaje fue hacer imposible seguir aplazando lo inevitable: tres días de convivencia constante, sin las distracciones cotidianas que en casa sirven de parachoques, con la paradoja añadida de estar en lugares objetivamente hermosos mientras todo lo demás se deterioraba.
La belleza de Sarlat o de Burdeos no sirvió de bálsamo. En cierto modo hizo más evidente lo que habíamos perdido: la capacidad de disfrutar juntos, de compartir un descubrimiento, de construir un recuerdo positivo. Estábamos en uno de los rincones más extraordinarios de Francia y éramos dos extraños que mantenían las formas.
La avería del coche al llegar a Bilbao se quedó en la memoria como la imagen exacta de todo aquello. No porque creyera en señales ni en metáforas de la realidad, sino porque a veces las cosas coinciden de esa manera y resulta inútil pretender que no lo notas.
La geografía después
Durante un tiempo, el solo hecho de oír "Périgueux" o "Sarlat" activaba algo incómodo. Los nombres de esos lugares estaban ligados al recuerdo de lo que estaba terminándose, no al de los lugares en sí.
Eso cambia con el tiempo. No de golpe, sino por capas, sin que te des cuenta del todo. Un día mencionas Sarlat en una conversación y te das cuenta de que lo que acude primero no es la tensión sino las callejuelas de piedra dorada y la Linterna de los Muertos en el antiguo cementerio y el mercado con sus puestos de foie. El lugar va recuperando sus propias cualidades, separadas del estado en que lo viviste.
No es que olvides. Es que la memoria se reorganiza y el recuerdo del lugar deja de estar subordinado al recuerdo del momento personal.
Lo que vino después
En los años siguientes viajé mucho en solitario. Fue algo que necesitaba hacer: descubrir cómo viajaba yo sin la dinámica de una pareja, sin negociar destinos ni ritmos ni intereses. Fue una de las mejores cosas que hice.
Y también, con el tiempo, ese viaje por Aquitania dejó de ser el viaje en que todo se rompió y fue convirtiéndose en otra cosa: el punto en que algo terminó y otra cosa empezó. Un antes y un después claramente legible en el mapa de los propios años.
No necesito reescribir la historia ni darle un significado que en el momento no tenía. Lo que pasó, pasó. Lo que se rompió, estaba roto. Lo que viene después no borra lo anterior, simplemente es lo que viene después.
Hay ciudades del suroeste francés que merecen ser visitadas sin ese peso encima. Périgueux con sus dos mil años de historia y sus cúpulas románico-bizantinas. Sarlat con su piedra dorada y su mercado. Bergerac con sus viñedos y su Cyrano apócrifo. Burdeos con su elegancia recuperada. San Juan de Luz con la bahía y los macarons de almendra.
Algún día volveré a verlas con otros ojos.






