
Diarios de viaje · República Dominicana
Una semana todo incluido en República Dominicana
En junio de 2002 probé por primera vez un modelo de vacaciones que hasta entonces no había experimentado: una semana en un resort todo incluido. El destino fue el Bahía Príncipe de La Romana, en República Dominicana, célebre por aquel entonces por haber sido el escenario de la serie _Paraíso_ de TVE.
Esta fotografía está regenerada con inteligencia artificial: el carrete de aquel viaje se veló y no conservo ninguna foto real de esas vacaciones.
Una semana en el Bahía Príncipe: bienvenido al paraíso de plástico¶
Primeras impresiones de un resort todo incluido en La Romana
Llevaba meses dando vueltas a la idea. Una semana entera en un resort todo incluido en el Caribe, sin tener que pensar en nada: ni en dónde comer, ni en cómo llegar, ni en cuánto gastar. Solo playa, sol y desconexión total. El hotel elegido tenía además un aliciente extra: el Bahía Príncipe de La Romana, en República Dominicana, era por aquel entonces el escenario real de la serie Paraíso, que TVE emitía cada verano con un éxito de audiencia notable. Llegar allí tenía algo de peregrinación televisiva, de confirmar con los propios ojos que ese paraíso de la pequeña pantalla existía de verdad.
Existía, sí. Aunque resultó ser bastante más complicado que todo eso.
La llegada y la primera impresión
El resort era, objetivamente, impresionante. Nada más pasar la entrada, uno entiende por qué este tipo de complejos generan tanto impacto visual: caminos serpenteantes entre jardines tropicales exuberantes, pequeñas construcciones de estilo caribeño desperdigadas entre la vegetación, piscinas de dimensiones generosas y, al fondo, una playa kilométrica de arena blanca bordeada de palmeras. El check-in fue rápido y eficiente, y el cóctel de bienvenida apareció en la mano casi antes de que tuviéramos tiempo de mirar alrededor.
Sin embargo, hubo algo que me llamó la atención desde el primer paseo por los alrededores: nada más traspasar los límites del complejo, el paisaje cambiaba radicalmente. Donde dentro había vegetación ordenada, cuidada y frondosa, fuera solo había maleza y bosque sin intervención. La conclusión era inevitable: toda aquella naturaleza tropical aparentemente espontánea era, en realidad, el resultado de un trabajo monumental de deforestación y recomposición artificial del entorno. El resort era un ecosistema inventado de la nada, un pequeño poblado idealizado construido sobre lo que antes era otra cosa. No es un juicio moral, es simplemente un hecho que, una vez visto, resulta difícil de ignorar.
El buffet libre y los restaurantes temáticos
La oferta gastronómica era, en teoría, uno de los grandes atractivos del todo incluido. Y hay que reconocer que, en términos de cantidad y variedad, el buffet del hotel cumplía con creces. La comida era genuinamente buena: abundante, variada, con presencia de productos locales y una calidad por encima de lo que cabría esperar en un servicio de estas dimensiones. El problema no era la comida, sino yo mismo: comer de forma contenida en un buffet libre requiere una disciplina que el entorno no invita precisamente a ejercer.
Además de los buffets, el hotel ofrecía restaurantes temáticos a los que se podía acceder de forma limitada, creo recordar que una sola vez por estancia en cada uno. La idea era generar momentos especiales dentro de la rutina del resort, pequeñas escapadas gastronómicas a la cocina italiana, a la asiática, al asador. En la práctica, esa limitación también contribuía a la sensación de que todo, incluso el disfrute, estaba regulado y dosificado desde arriba.
La animación, el personal y el "ahorita mismo"
El equipo de animación del hotel trabajaba sin descanso. Clases de salsa por la mañana, actividades deportivas en la piscina a mediodía, espectáculos nocturnos con actuaciones de baile y música caribeña que llenaban el teatro al aire libre. Todo muy bien montado, todo muy vistoso. Pero hubo algo que me incomodó desde el principio y que no logré quitarme de la cabeza durante toda la semana: muchas de las personas que amenizaban las tardes en la piscina eran las mismas que servían las mesas por la noche, o las que atendían la recepción por la mañana. Un mismo trabajador pasaba de camarero a animador a relaciones públicas sin apenas transición, de mañana a noche, día tras día. Quizás era una percepción exagerada, quizás no. Pero la imagen de esa polivalencia forzada, en un entorno donde los clientes teníamos todo el tiempo del mundo para holgazanear al sol, generaba una contradicción difícil de ignorar.
En cuanto a la comunicación con el personal, aprendimos muy pronto el significado real de "ahorita mismo". En República Dominicana, esa expresión no equivale a nuestro "ahora mismo": es más bien un "cuando se pueda", un "en algún momento razonable", una promesa amable sin compromiso de plazo. No es mala voluntad ni dejadez, es simplemente otra relación con el tiempo. Acostumbrado a la inmediatez del servicio hotelero europeo, tardé un par de días en calibrarlo y dejar de interpretarlo como indiferencia.
La tormenta tropical y el agua bajo la puerta
Uno de los episodios más memorables de la semana no fue ninguna excursión ni ningún atardecer espectacular, sino una tormenta tropical que cayó una tarde con una violencia inesperada. En cuestión de minutos, el agua empezó a entrar en la habitación por debajo de la puerta, desde el exterior, formando un charco que avanzaba rápidamente hacia el interior. La solución improvisada fue poner toallas en el umbral a modo de barrera, un recurso tan elemental como efectivo que nos mantuvo ocupados durante un buen rato mientras la lluvia aporreaba los cristales.
La anécdota tiene su gracia vista desde aquí, pero en el momento resultó bastante reveladora: incluso dentro de ese entorno aparentemente controlado y perfecto, la naturaleza tenía sus propias reglas. El Caribe es el Caribe, y una tormenta tropical no avisa ni negocia con nadie.
El modelo todo incluido: comodidad con fecha de caducidad
Al cabo de unos días, la rutina del resort empezó a mostrar sus costuras. Despertar, desayunar en el buffet, playa, almuerzo, piscina, cena, espectáculo. Repetir. La comodidad de no tener que tomar ninguna decisión, que en teoría era la gran promesa de este tipo de vacaciones, se fue convirtiendo poco a poco en una especie de aturdimiento placentero pero algo vacío.
Echaba de menos la ciudad. El ruido de la calle, el olor de la comida cocinada en algún lugar que no conocía, la posibilidad de perderme y encontrar algo que no esperaba. Todo eso estaba ahí fuera, al otro lado de ese perímetro de vegetación perfectamente cuidada. Pero dentro, el mundo tenía cuarenta restaurantes, tres piscinas y un animador con micrófono.
El Bahía Príncipe es un hotel magnífico. Lo que me pregunté toda aquella semana es si un hotel magnífico es suficiente razón para cruzar el Atlántico.
El día que me escapé del todo incluido¶
A mitad de semana tomé una decisión que a mis compañeros de viaje les pareció, cuanto menos, curiosa: salir del hotel. No a una excursión organizada por el resort, con autobús climatizado y guía con banderita, sino salir de verdad, coger un taxi y aparecer en algún lugar donde no hubiera pulsera de plástico en la muñeca ni animador con micrófono a la vista.
El motivo tenía nombre y apellidos: Idoia llevaba más de dos años viviendo en Santo Domingo, trabajando como cooperante, y había venido a verme junto a su novio dominicano. Hacía tiempo que no nos veíamos, y la idea de pasar otro día tumbado en la hamaca mientras ella estaba a menos de una hora era algo que no me cabía en la cabeza. Mis dos compañeros de viaje, en cambio, optaron por quedarse. El todo incluido les parecía razón suficiente para no moverse. Cada uno sabe lo que necesita de unas vacaciones.
El taxista y su oferta de servicios
El taxi lo conseguí a través del propio hotel. El conductor, un hombre de mediana edad con una sonrisa amplia y un castellano perfectamente comprensible, me explicó el trayecto mientras salíamos del complejo: unos veinte o treinta minutos por carretera hasta San Pedro de Macorís, la ciudad más cercana. Antes de que llegáramos a la primera curva, ya me había dejado claro que, si necesitaba cualquier cosa durante mi estancia en la ciudad, cualquier cosa, él podía conseguirla. Drogas, chicas, lo que fuera. Lo dijo con una naturalidad absoluta, sin presión, como quien ofrece llevarte al supermercado. Le agradecí la oferta y decliné educadamente.
Lo que sí le pedí fue que me esperara. O más exactamente, que quedáramos a una hora concreta en el mismo punto donde me dejaba. No me pareció prudente improvisar el regreso, y él estuvo de acuerdo enseguida, casi con alivio. A última hora de la tarde, en ese mismo sitio. Trato hecho.
San Pedro de Macorís: fuera de la burbuja
La ciudad apareció sin grandes preámbulos al final de la carretera. San Pedro de Macorís no es un destino turístico, o al menos no lo era en 2002, cuando los europeos que salían de los resorts de la zona eran todavía una rareza. Eso quedó claro desde el primer momento en que bajé del taxi y empecé a caminar.
Era un hombre blanco, evidentemente extranjero, en una ciudad donde ese perfil no abundaba por las calles. No me sentí amenazado, pero sería deshonesto decir que las miradas eran solo de curiosidad. Soy una persona bastante consciente del entorno, no especialmente confiada, y lo que percibí en muchos de esos ojos era algo más concreto que el simple interés por ver a un forastero: era la evaluación rápida y fría de alguien que detecta una oportunidad económica. Un europeo en San Pedro de Macorís en 2002 era, ante todo, un fajo de billetes andante. Si se podía conseguir una parte de alguna manera, mejor que mejor. En el bar donde quedé con Idoia y su novio, un grupo de mujeres en una mesa cercana no tardaron en reparar en mi presencia. La conversación entre ellas, los gestos, las miradas que se cruzaban de vez en cuando hacia mi dirección: no hacía falta entender cada palabra para comprender de qué iba aquello. En la calle y en la estación de autobuses donde había quedado con el taxista, la dinámica era parecida. Nada explícito, nada agresivo, pero una atención sostenida que obligaba a estar alerta en todo momento.
El propio taxista, antes de dejarme, me había advertido: mucho cuidado fuera del hotel, sobre todo con el dinero y las pertenencias. Lo dijo sin dramatismo, como un dato objetivo más que como una amenaza, que era exactamente como yo lo interpreté. Y así estuve toda la tarde: disfrutando del día, pero con un ojo siempre puesto en el bolsillo y en el entorno.
Idoia, que llevaba dos años viviendo allí, se movía de otra manera. La ropa, el acento que había ido modulando sin darse cuenta, la forma de saludar, de ocupar el espacio. Dos años en un lugar te cambian de maneras que tú mismo no siempre percibes, pero que los demás leen de inmediato. Yo, en cambio, llegaba con toda mi condición de turista recién salido del resort encima, sin contexto ni camuflaje posible.
El reencuentro
Lo importante de aquel día no fue la ciudad, sino el reencuentro. Más de dos años sin vernos, y de repente ahí estábamos los tres sentados en algún bar del centro, con algo frío en la mesa y toda la conversación acumulada por delante. Idoia me presentó a su novio, un hombre tranquilo y atento que conocía su ciudad con la naturalidad de quien ha crecido en ella y que, imagino, observaba con cierta gracia esa situación: su novia bilbaína reencontrándose con un amigo bilbaíno en medio de su ciudad dominicana.
Hablamos mucho y de todo. De cómo había cambiado ella en esos dos años. De lo que significaba vivir en un país que no es el tuyo cuando no eres turista sino residente, cuando tienes responsabilidades y rutinas y una vida construida ladrillo a ladrillo. De lo diferente que resulta ver el Caribe desde dentro, desde la cotidianidad y las contradicciones, frente a la versión edulcorada que yo estaba experimentando a veinte kilómetros de allí con pulsera de plástico y buffet libre.
Fue, sin ninguna duda, el momento más real de toda la semana.
La gorra y otras pérdidas menores
En algún momento de la tarde, entre bar y bar, perdí la gorra. No sé si la olvidé encima de alguna silla o si alguien aprovechó un descuido para llevársela. Me di cuenta bastante después, cuando ya no tenía sentido volver a buscarla. No era nada importante —una gorra es una gorra— pero el episodio tenía algo de metáfora involuntaria: llegas a un sitio con tus cosas y tus certezas, y cuando te vas, algo se ha quedado por el camino sin que sepas muy bien cuándo ni cómo.
El taxista estaba esperando a la hora acordada, exactamente donde habíamos quedado. Le agradecí la puntualidad, él sonrió, y emprendimos el regreso al resort por la misma carretera por la que habíamos venido. El hotel apareció de nuevo con toda su iluminación nocturna, sus jardines perfectamente recortados y el sonido de la música del espectáculo llegando desde el teatro al aire libre.
Mis compañeros estaban en la piscina con un cóctel en la mano. Me preguntaron qué tal había estado. Les dije que muy bien. Y era verdad, aunque no estaba del todo seguro de poder explicarles por qué.
Un viaje fallido: lo que el Caribe me enseñó sobre cómo no quiero viajar¶
Balance honesto de una semana que me cambió la forma de entender las vacaciones
Fallido es una palabra dura. Quizás injusta. Hubo sol, hubo buena comida, hubo un reencuentro con una amiga que valió por sí solo el precio del billete. No fue una catástrofe. Pero si soy honesto conmigo mismo, esa semana en República Dominicana fue una de las experiencias de viaje más decepcionantes que recuerdo. No por lo que salió mal, sino por lo que nunca llegó a estar sobre la mesa.
Y no era la primera vez que tenía esa sensación: el verano anterior ya había vuelto del primer viaje organizado con agencia por Budapest, Viena y Praga con la convicción de que aquel formato no estaba hecho para mí. Entonces pensaba que el problema eran los autobuses, las guías con banderita y los horarios tasados. República Dominicana me enseñó que el problema iba más allá: cualquier modelo que resolviera el viaje por mí —con agencia o con pulsera de plástico— me dejaba fuera del país que había venido a conocer.
Tres personas, tres viajes distintos
Éramos tres: un chico, una chica y yo. Amigos, o al menos eso creíamos antes de pasar una semana encerrados juntos en un perímetro de lujo artificial. Porque una de las cosas que un resort todo incluido hace con una eficiencia brutal es amplificar las diferencias entre las personas que lo habitan. Fuera, viajando de verdad, esas diferencias se suavizan: el imprevisto, el cansancio compartido, la necesidad de tomar decisiones conjuntas crean una especie de pegamento que mantiene unido al grupo. Aquí, donde no hay nada que decidir ni ningún imprevisto que gestionar salvo la tormenta tropical que nos inundó la habitación, cada uno se enfrenta a sí mismo y a los demás sin filtro.
Uno de mis compañeros quería playa y hamaca, sin más. El otro quería participar en cada actividad del programa de animación, desde la clase de salsa de las diez de la mañana hasta el espectáculo nocturno. Yo quería salir. Los tres teníamos razón, en el sentido de que los tres buscábamos cosas perfectamente legítimas. El problema es que esas cosas eran incompatibles, y en un resort todo incluido no hay forma de negociarlas: o estás dentro o estás fuera, y estar fuera implica renunciar a lo que ya has pagado.
No hubo grandes peleas. Sí hubo roces, silencios algo más largos de lo normal, esa tensión sorda que aparece cuando las personas que viajan juntas descubren que, en realidad, no viajan hacia el mismo sitio. Aprendí que elegir bien a los compañeros de viaje es tan importante como elegir bien el destino, y que en un entorno tan cerrado como un resort esa elección tiene consecuencias mucho más visibles que en cualquier otro tipo de viaje.
El modelo todo incluido no es para mí, y ya lo sé
Dicho esto con toda la claridad posible: el problema no era el hotel. El Bahía Príncipe es un resort extraordinario en su categoría. Las instalaciones son impecables, la oferta gastronómica es generosa, el servicio funciona con una precisión llamativa. Para lo que promete ser, cumple sobradamente.
El problema era yo, o más exactamente, la distancia entre lo que ese modelo ofrece y lo que yo necesito de un viaje. Yo viajo para perderme. Para doblar una esquina sin saber qué hay al otro lado. Para comer en algún sitio que no estaba en ningún plan y que resultó ser lo mejor del día. Para hablar con personas que no son turistas, que viven ahí y que tienen una relación completamente distinta con ese lugar que yo estoy visitando. Para cometer errores, para improvisar, para que algo salga mal de una forma que luego resulte memorable.
Nada de eso es posible dentro de un todo incluido. No porque el resort lo impida activamente, sino porque su propia lógica lo hace innecesario. Cuando todo está resuelto de antemano, la aventura no tiene dónde instalarse.
Cruzar el Atlántico para no llegar a ningún sitio
Hay algo que no me ha dejado de rondar la cabeza durante toda la semana y que ahora, de vuelta, puedo formular con más claridad. He viajado miles de kilómetros para estar en un lugar que podría haber sido construido en cualquier otro punto del planeta con el mismo resultado. El Bahía Príncipe podría estar en Cancún, en Tenerife, en Bali o en las Maldivas, y la experiencia dentro de sus muros sería prácticamente idéntica. La cultura dominicana, la historia de esta isla, la realidad del país que me rodeaba a veinte minutos en taxi, todo eso ha permanecido al otro lado de una valla invisible durante siete días.
El único momento en que esa valla desapareció fue el día que salí a San Pedro de Macorís a ver a Idoia. Un solo día de siete. Y fue, sin ninguna duda, el más interesante de todos.
Un modelo válido, pero no el mío
No quiero terminar esto como un manifiesto contra el turismo de resort. Sería fácil y también bastante injusto. Hay personas para quienes una semana exactamente como la que yo acabo de vivir es la vacación perfecta: sin decisiones, sin estrés logístico, sin el desgaste de tener que orientarse en un lugar desconocido. Familias con niños pequeños, parejas que necesitan desconectar sin más, personas que trabajan doce meses al año con una intensidad que no les deja energía para otro tipo de viaje. Para todos ellos, el todo incluido tiene una lógica impecable.
Yo no soy ninguna de esas personas, o al menos no lo soy todavía. Quizás algún día llegue a un punto de agotamiento tal que la idea de una hamaca con servicio de cócteles me parezca el paraíso. Por ahora, cuando pienso en vacaciones, pienso en movimiento, en descubrimiento, en la incomodidad productiva de estar en un lugar que no entiendo del todo y que me obliga a prestar atención.
Esta semana en el Bahía Príncipe me ha enseñado eso con una precisión que difícilmente habría alcanzado de otra manera. A veces hay que probar lo que no es para saber con más claridad lo que sí es. En ese sentido, el viaje no fue un fracaso en absoluto.
Fue, a su manera retorcida, exactamente lo que necesitaba.





