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Tres capitales centroeuropeas en una semana
Budapest, Viena y Praga en siete días, con vuelos chárter, autobús turístico entre ciudades y tres monedas distintas en el bolsillo. El primer viaje organizado con agencia y, como cuento al final, también el último. Tres amigos de Bilbao descubriendo Centroeuropa en el verano de 2001, cuando las fronteras aún tenían sellos y el euro era solo una promesa.
Budapest, Viena y Praga: crónica de un viaje por tres capitales centroeuropeas en julio de 2001¶
Introducción al viaje
Más de dos décadas después, revisando las fotografías que quedaron de aquellos siete días muy apretados, me pongo por fin a escribir lo que supuso mi primer viaje en condiciones por varios países europeos a la vez: Budapest, Viena y Praga en el verano de 2001.
La idea: tres capitales en siete días
Éramos tres amigos de Bilbao con poco tiempo disponible y muchas ganas de ver mundo centroeuropeo. Alguien propuso, en algún momento de la primavera, que echáramos un ojo a los catálogos de agencia. Había ofertas que, por un precio muy razonable, te metían Budapest, Viena y Praga en el mismo paquete, con todos los traslados incluidos y con visitas guiadas en cada ciudad. Sobre el papel, la oferta era seductora: mucho por ver, poco dinero que poner y ninguna pelea con horarios, estaciones y cambios de moneda.
Lo firmamos sin darle demasiadas vueltas. Ninguno de los tres habíamos hecho antes un viaje de este estilo, de esos que hilan varios países en pocos días con un autobús turístico y un guía de por medio. La idea de que alguien se ocupara de la logística y de que nosotros solo tuviéramos que dejarnos llevar y mirar nos pareció un pequeño regalo. Ya veremos, al final de esta serie, si era exactamente eso lo que nos estábamos comprando.
Vuelo chárter de ida, autobús entre ciudades, vuelo chárter de vuelta
La estructura del viaje era muy sencilla. Vuelo chárter directo de Bilbao a Budapest para empezar. Dos noches en la capital húngara. Autobús turístico hasta Viena, cruzando Hungría y entrando en Austria. Dos noches en Viena. Otro autobús hasta Praga, pasando la frontera checa. Tres noches en Praga. Y vuelo chárter de Praga a Bilbao para cerrar el círculo.
Aprendí en este viaje que los vuelos chárter tienen su propia coreografía, bastante distinta de la de las líneas regulares. Los horarios publicados son, más que otra cosa, una sugerencia amable. Que la salida se retrase cinco o seis horas está dentro de lo asumible. Que te cambien el vuelo de vuelta del mediodía a primera hora de la mañana también. Los dos extremos aéreos de nuestro viaje fueron prueba suficiente de ello, y ambos acabaron comiéndose parte del tiempo útil en destino. Era la primera vez que volaba con una compañía chárter y, visto lo visto, no sería la última.
Un verano con fronteras de verdad
Hay un detalle del contexto que conviene explicar, porque hoy ya es solo memoria. En julio de 2001, ni Hungría ni la República Checa formaban parte del espacio Schengen. Eran candidatos a entrar en la Unión Europea (lo harían en 2004) y el proceso estaba en marcha, pero cada frontera seguía siendo una frontera de verdad, con sellos en el pasaporte, aduaneros subiéndose al autobús y esperas largas con el motor parado. Para alguien que hasta entonces solo había cruzado la raya de Irún con un encogimiento de hombros, el ritual tenía algo de película.
Cada país, además, mantenía su propia moneda. Hungría pagaba en forintos, Austria todavía en chelines aunque el euro estaba a la vuelta de la esquina (entraría en enero de 2002), la República Checa en korunas. Tres cambios de divisa en una semana, tres carteras distintas, tres escalas de precios muy diferentes entre sí. Fue, en sí mismo, un pequeño curso acelerado de geografía económica europea.

Budapest en julio de 2001: del Bastión de los Pescadores al puente de las Cadenas¶
Jueves 5 y viernes 6 de julio de 2001
Budapest fue la puerta de entrada al viaje y, en cierto modo, la ciudad que más sufrió la desorganización general. Llegamos tarde, sin ganas de nada, con el estómago vacío y un hotel a las afueras. Al día siguiente apuramos hasta el último minuto. Lo que debería haber sido una escala de dos días se nos quedó en uno largo. Aun así, o precisamente por eso, guardo de Budapest la intensidad de lo que se vive a toda prisa y a toda luz.
Llegada nocturna a Óbuda
El vuelo de la mañana se convirtió en vuelo de la tarde. Los chárter tienen estas cosas. Aterrizamos en Budapest con la noche ya caída, el calor todavía pegando desde el asfalto y la sensación de que el primer día del viaje se había evaporado antes de empezar. El autobús de traslado nos llevó a un hotel en Óbuda, en la orilla de Buda pero bastante lejos del centro histórico, una ubicación que el papel no dejaba entrever pero que la realidad convirtió en estorbo diario.
Cenamos lo que había. A esa hora y en aquel barrio, lo único abierto eran restaurantes de comida rápida, y eso comimos. Tiene su gracia, ya con perspectiva, imaginarnos a los tres chavales bilbaínos cenando hamburguesas en un polígono húngaro con el pasaporte recién sellado y el itinerario intacto. Antes de dormir pensé que lo que me quedaba por ver al día siguiente compensaría de sobra. No sabía aún que el itinerario se había comprimido a una sola jornada.
Buda vista desde el Bastión de los Pescadores
Por la mañana nos recogió el autobús y nos llevó al barrio del castillo. El Bastión de los Pescadores fue el primer sitio del viaje que me paró en seco. Aquellas torrecillas blancas de aire de cuento, la terraza sobre el Danubio, Pest desplegada al fondo como un plano gigante en el que se distinguían el parlamento y los puentes: fue amor a primera vista, literal. Hay lugares que uno sabe, en el momento, que se le van a quedar para siempre, y este fue el primero del viaje que me hizo esa promesa.
Lo viví, eso sí, con el cronómetro apretado. El guía nos marcó un tiempo corto y nos empujó hacia la siguiente parada, que resultó ser una tienda de souvenirs en la que nos tuvieron un rato considerable. El recuerdo todavía me produce un pequeño ardor: si aquel tiempo de tienda me lo hubieran dado arriba, en el bastión, me habría ido de Budapest con otro cuerpo. Fue la primera grieta clara en la fachada del viaje organizado.
La plaza de los Héroes, Vajdahunyad y el pulmón verde de la ciudad
De allí saltamos a la plaza de los Héroes, ese semicírculo de estatuas que recuerda a los caudillos magiares y que en julio, con el sol cayendo a plomo, era pura piedra caliente. Al fondo, dentro del parque, nos asomamos al castillo de Vajdahunyad, esa maravilla ecléctica que mezcla románico, gótico y renacimiento como si alguien hubiera querido fabricar un manual de historia de la arquitectura en un único edificio. Paseamos poco, miramos mucho y volvimos al autobús con la lengua fuera.
El calor era protagonista. Julio centroeuropeo no es broma, y menos para quienes veníamos del fresco atlántico bilbaíno. Íbamos con botellas de agua por toda medicina y gorras de las que uno se pone cuando no tiene otra cosa. Aun así, la ilusión del descubrimiento compensaba cualquier incomodidad física. Todo era nuevo, todo era fotografiable y, como yo era de los que sacaba pocas fotos porque entonces aún había que revelarlas, elegía cada disparo como si fuera el último.
La Ópera, el parlamento y un paseo por la ribera del Danubio
Por la tarde bajamos por la avenida Andrássy con parada en la Ópera, uno de esos edificios del XIX que en Budapest salen casi por inercia, y seguimos hasta el parlamento, esa catedral laica neogótica a la orilla del Danubio que es probablemente el edificio civil más fotogénico de Europa central. Lo rodeamos, lo miramos desde todos los ángulos posibles y caímos rendidos ante la escala del conjunto.
Nos quedaba un rato de paseo libre y decidimos aprovecharlo caminando por la ribera hasta el puente de las Cadenas. Fue, de lejos, el mejor momento del día: sin guía, sin reloj apretado, sin tienda esperando al final. Cruzamos el puente a pie, vimos subir el funicular a Buda, volvimos a mirar el bastión desde abajo y desanduvimos el camino con la sensación agridulce de haber entendido, por fin, cómo se disfruta Budapest: con tiempo propio y sin guía empujándote al autobús.
Un día y medio que debió ser dos
El retraso del chárter se tradujo al final en una tarde entera perdida en una ciudad que pedía a gritos dos días enteros y nos regaló uno y un paseo nocturno. Me quedé con Buda casi solo vista desde arriba, con Pest apenas rozada, sin la Casa del Terror, sin la isla Margarita, sin baños termales, sin el mercado central. La lista de pendientes salió ya enorme de aquel primer destino. Una lista que, efectivamente, iría creciendo con los viajes siguientes.
En el autobús hacia Viena al día siguiente iba tomando nota mental: si alguna vez volvía a Budapest, lo haría solo o con gente elegida, sin autobuses, con una habitación en Pest, con tiempo para los baños Széchenyi al atardecer y para esa isla en medio del Danubio que desde el puente de las Cadenas se veía tan verde. Esa libreta mental empezaba ya a ocupar páginas.

Viena en julio de 2001: Schönbrunn, Belvedere y una catedral que me dejó mudo¶
Sábado 7 y domingo 8 de julio de 2001
Si Budapest me entró por el corazón, Viena me entró por los ojos. Si Budapest fue descubrimiento apresurado, Viena fue paseo monumental. Me esperaba una ciudad de capital imperial y no me decepcionó, ni siquiera con el formato de visita que, para entonces, empezaba ya a pesarme con franqueza. Fueron dos días largos, calurosos, llenos y muy memorables.
De Budapest a Viena: un autobús y una frontera
El trayecto entre Budapest y Viena se hizo en autobús y se hizo con frontera de verdad. Aquello fue una novedad casi más llamativa que cualquier monumento: el autobús parando, los agentes subiendo, los pasaportes pasando de mano en mano, los sellos firmes en cada página. El ritual tenía algo de película para quien nunca había pasado por él.
Llegamos a Viena a media mañana y el mismo autobús se convirtió en herramienta de tour. No había tiempo ni pausa: directos al primer palacio. A esas alturas ya había entendido que el viaje funcionaba así, que parar, deshacer maletas y pasear tranquilamente no estaba en el plan, y que si no te subías al ritmo marcado te dejaba el grupo. Así que me subí.
Schönbrunn y Belvedere: dos palacios y una mañana
Schönbrunn es una de esas piezas maestras del barroco tardío que solo se entienden desde el paseo. La fachada amarilla, los jardines en terraza, la Gloriette al fondo en lo alto de la colina, la perspectiva medida al milímetro para que todo converja en un punto. Me pasé la visita con la boca abierta y con la cámara racionada. La gran pena fue no poder perderme a solas por el parque: lo tuvimos tasado en minutos.
El Belvedere llegó después y fue otro tipo de deslumbramiento. Los dos palacios, el alto y el bajo, conectados por un jardín con espejos de agua que duplicaban la arquitectura en cada charco. Desde el Belvedere superior se ve la silueta de Viena entera, con la catedral destacando por encima del resto. No tuvimos tiempo de entrar a ver lo que guarda el palacio por dentro, y eso quedó pendiente: me gustaría volver, con más calma, a ver a Klimt en su casa.
La Ringstrasse a pie: ópera, museos y ayuntamiento
Por la tarde el autobús se quedó aparcado y el resto lo hicimos a pie, que es, de lejos, como Viena se deja querer. La Ringstrasse es un concentrado de edificios monumentales del siglo XIX encadenados uno tras otro: la Ópera por un lado, el museo de Historia Natural y el Kunsthistorisches Museum enfrentados como gemelos perfectos con la plaza de María Teresa de por medio, el parlamento griego neoclásico, el ayuntamiento neogótico, la iglesia Votiva en el extremo. Andar el Ring es entender cómo se pensaba una capital cuando el siglo XIX decidió retratarse a sí mismo en piedra.
La plaza de María Teresa, con la emperatriz presidiendo el centro y los dos museos espejo a los lados, me pareció una de las mejores plazas imperiales que he visto nunca. Con aquella luz alta de julio, el amarillo Habsburgo de los edificios era casi agresivo. Me senté un momento en un banco, me bebí media botella de agua y pensé que había sitios a los que uno volvería, tarde o temprano, con más tiempo y con mejor compañía turística.
La catedral de San Esteban y el silencio
El Stephansdom merece párrafo aparte porque fue, quizá, el momento en que sentí que Viena se me iba de las manos en el buen sentido. La fachada gótica llena de detalles, el tejado policromado con el águila bicéfala imperial dibujada en tejas de colores, y sobre todo el interior, ese gótico alto lleno de sombras y velas que huele a siglos apilados. Entré, callé, miré arriba, miré a los lados, miré al altar, y no me salió palabra durante un buen rato.
Viena, que es una ciudad con tendencia al exceso decorativo, consigue en San Esteban una contención que sobrecoge. Uno se da cuenta, de repente, de que aquello es el corazón gótico de la capital, el edificio a partir del cual todo lo demás se construyó. Fue la primera catedral europea que me produjo esa sensación, y se me quedó marcada para siempre. Cuando pienso en Viena, pienso en ese minuto de silencio mirando hacia arriba.
La Viena del siglo XX: Andromeda, la ONU y el Prater
El segundo día en Viena nos llevó al otro lado del Danubio, a esa Viena nueva que contrasta con el centro imperial como si fueran dos ciudades distintas. La sede de la ONU, la Donau City con sus rascacielos recién estrenados entre los que destacaba la torre Andromeda, el Nuevo Danubio canalizado con su ribera para paseo y baño. Era otra cara de Viena, menos postalera pero útil para entender que la ciudad no se ha quedado fosilizada en el XIX.
Terminamos la jornada en el Prater, pero sin montar en la noria. Fuimos solo a pasear, a ver el famoso gigante rojo girar desde abajo y a recorrer parte de la avenida central del parque. Aun así, fue un rato agradable, un respiro sin horario apretado, uno de esos huecos en el itinerario en los que el viaje organizado, casi por distracción, te regala un rato libre. Viena quedó así, despedida por un paseo sin guía y con la sensación muy clara de que algún día querría volver a dedicarle a solas los días que merece.

Praga en julio de 2001: el Puente de Carlos, el castillo y una ciudad increíblemente barata¶
Lunes 9 y martes 10 de julio de 2001
Praga fue el cierre del viaje y, contra cualquier pronóstico, la ciudad que más se me ha grabado en la memoria. La guardo con una precisión que no tengo ni para Budapest ni para Viena. Cada vez que alguien la menciona me vuelven a la cabeza los arcos del puente, las estatuas negras sobre el río, la plaza de la Ciudad Vieja al caer la tarde y, muy especialmente, la sensación de que aquello estaba tirado de precio.
De Viena a Praga: otra frontera, otro sello
El autobús salió temprano de Viena y nos plantó en otra frontera de verdad. La República Checa, fuera de Schengen y fuera del euro, con su koruna y sus controles pausados. Entramos en Bohemia con el pasaporte sellado de nuevo y con la sensación, esta vez más clara, de estar cruzando a un territorio distinto, menos germánico y más eslavo, más boscoso, con pueblos pequeños asomando al otro lado de la ventanilla.
La primera impresión de Praga fue fortísima. El autobús nos fue acercando por una ciudad que, de golpe, se abrió al paisaje del castillo sobre el Moldava. Con el sol de tarde dando en la colina de Hradčany, con la catedral de San Vito asomando por encima de las murallas, con el Moldava abajo atravesado por puentes, uno entiende rápido por qué esta ciudad ha seducido a tanta gente durante tantos siglos.
Puente de Carlos, Malá Strana y la silueta del castillo
La primera tarde la dedicamos a la parte baja: Malá Strana, con sus palacios barrocos apelotonados al pie del castillo, la iglesia de San Salvador junto al Clementinum y, sobre todo, el Puente de Carlos. Lo cruzamos a pie, sin prisa, fijándonos en cada una de las estatuas ennegrecidas por los siglos, con músicos tocando en cada tramo y vendedores de marionetas a los lados. Era una postal viva, imposible de no fotografiar.
Al otro lado, la torre de la Ciudad Antigua marcaba la entrada a Staré Město, con sus callejuelas estrechas que se retorcían sin lógica aparente hasta desembocar, de pronto, en una plaza que me dejó noqueado. Pero a la plaza le dedicaré sección aparte, porque merece párrafos propios.
Hradčany: el castillo, San Vito y los patios
Al día siguiente tocó ruta guiada por el barrio del castillo. Subimos a Hradčany y entramos en el recinto, que no es un castillo único sino un complejo enorme con varios patios, palacios, iglesias y dependencias oficiales. La catedral de San Vito es la joya central, un gótico enorme y afilado, con vidrieras de diferentes épocas entre las que destaca una de Alfons Mucha que yo no sabía entonces mirar como se merece, pero que ya me pareció distinta del resto.
El conjunto de patios, capillas y escaleras del castillo se recorre en un par de horas si te dejan, y en bastante menos si te llevan. A nosotros nos llevaron. Aun así, el ritmo allí fue más amable que en Viena, quizá porque el recinto absorbe grupos grandes sin asfixiarlos. Bajé de Hradčany con la sensación de haber visto lo fundamental y con la convicción, otra vez, de que aquello pedía una segunda visita tranquila, un día entero sin prisas, quizá con cafés intermedios.
La plaza de la Ciudad Vieja: una estampa que no me ha abandonado
Y llegamos al lugar que más se me ha grabado de todo el viaje. La plaza de la Ciudad Vieja de Praga es un espacio que concentra siglos en cada una de sus fachadas: el gótico negro de la iglesia de Týn con sus torres de aguja, el reloj astronómico del ayuntamiento con su procesión de figuritas al dar la hora, el monumento a Jan Hus en el centro como punto de reunión natural, las casas de colores alrededor que parecen pintadas para una estampa. No había visto antes una plaza así, y sigo teniendo la sospecha de que no voy a ver muchas iguales.
Paseamos también por la plaza Pequeña, escondida junto a la grande, vimos desde fuera el Teatro Nacional a orillas del Moldava y pasamos por delante del Museo Nacional checo en lo alto de la plaza de Wenceslao, aunque sin entrar. He vuelto muchas veces mentalmente a la plaza de la Ciudad Vieja en los años posteriores, y sigo volviendo. Hay ciudades que te eligen a ti, no al revés, y Praga me eligió en esa plaza.
Una Praga asombrosamente barata
Un detalle que no puedo saltarme: Praga, en julio de 2001, estaba increíblemente barata. Budapest también, pero Praga más. Las cenas costaban una fracción de lo que habrían costado en casa, las cervezas checas fluían a precios que resultaban casi de broma para un bolsillo español, los recuerdos y la artesanía se compraban con soltura. Para tres chavales bilbaínos con presupuesto ajustado, aquella semana incluyó la paradoja de estar en una de las ciudades más bellas de Europa sintiéndonos ricos por primera vez.
Se intuía ya entonces que aquello no iba a durar. Con la entrada prevista de la República Checa en la Unión Europea (llegaría en 2004) y la fuerza que ya cogía el turismo en la ciudad, los precios iban a converger con los del resto de Europa más temprano que tarde. Pero en aquel verano de 2001, con la koruna todavía cómodamente distante del euro y con una Praga que no estaba aún saturada de visitantes, pasear por el Puente de Carlos al atardecer con una cerveza en la mano era un lujo perfectamente asumible. Ese dato, simple y muy de la época, explica buena parte del cariño con el que he vuelto mentalmente a aquel viaje.
A las cinco de la mañana, de vuelta a Bilbao
El viaje se cerró con un último regalo del formato chárter. El vuelo de vuelta, que iba a salir a mediodía, fue reprogramado a primera hora de la mañana. Nos pasaron a recoger por el hotel a las cinco. Toda Praga dormía, las calles todavía mojadas por las mangueras de limpieza, y nosotros yendo al aeropuerto con la sensación de estarnos arrancando de allí a empujones. Fue una despedida fea para una ciudad que merecía mejor final.
Aterrizamos en Bilbao con el cansancio acumulado de siete días y con las pilas rebosando de imágenes. Revelé las fotos a lo largo de las semanas siguientes, y cada sobre que abría era una pequeña dosis de vuelta a Budapest, Viena o Praga.

Lo que me llevo de Budapest, Viena y Praga: por qué este ha sido mi primer y último viaje organizado¶
Conclusiones del viaje
Las tres entradas anteriores están dedicadas a cada una de las ciudades, y el entusiasmo se nota en cada párrafo. Porque fue entusiasmo real: Budapest, Viena y Praga me deslumbraron como no me había deslumbrado antes ningún sitio. Pero mirando el viaje como un todo, con la distancia de los años, no todo lo que recuerdo es positivo. Hay una parte que conviene también poner por escrito, y en este último texto toca.
Vuelvo a casa con dos certezas
La primera certeza era fácil de contar y alegre: quería seguir haciendo esto. Este tipo de viajes, quiero decir: cruzar fronteras, ver ciudades nuevas, escuchar lenguas que no entiendo, comer platos que no conozco, mirar edificios que solo he visto en fotos. Los siete días de Centroeuropa me convencieron de que había una manera de vivir el tiempo libre, no solo de viajar, que pasaba por salir con frecuencia de lo conocido, y quise empezar a incorporarla a mi calendario con naturalidad.
La segunda certeza era más incómoda, pero igual de clara. El formato del viaje organizado, con sus autobuses, sus guías, sus tiempos tasados, sus paradas en tiendas de souvenirs y sus hoteles en las afueras, no estaba hecho para mí. Me había sentido encorsetado muchas horas, ninguneado en bastantes momentos y, en algún que otro tramo, había sentido que mis vacaciones eran de otro, no mías. No era cuestión de una agencia concreta ni de un guía concreto: era el modelo en sí. No hizo falta probarlo muchas veces para reconocer que no me encajaba.
No estuvimos solos en la incomodidad
Algo interesante que confirmó la sensación fue la coincidencia, en Budapest, con una amiga de la universidad. Hacía exactamente el mismo itinerario con otra agencia distinta, dormía en otros hoteles y viajaba con familia, no con amigos. Nos cruzamos de casualidad y pudimos hablar un rato. Ella tampoco estaba disfrutando. Con circunstancias distintas, el problema era el mismo: tiempo cronometrado, paradas impuestas, alojamientos poco prácticos, sensación de no ser dueño de las propias horas.
Tampoco mis dos compañeros bilbaínos acabaron contentos con el formato, aunque por motivos distintos a los míos. A ellos les pesaron sobre todo las categorías de hotel, bastante flojas, y los cambios de horario del vuelo de vuelta, que trastocaron la planificación de los últimos días. A mí lo que me pesó fue más bien el corsé, pero el diagnóstico general fue compartido: los tres volvimos con la idea de que, al menos con agencia tradicional, no íbamos a repetir.
Tres ciudades que merecen cada una su propio viaje
La primera conclusión práctica que saqué fue que meter Budapest, Viena y Praga en una sola semana había sido un error estratégico, por muy atractivo que sonara el paquete. Cada una de las tres ciudades merece un viaje propio, con varios días por delante, sin autobús esperándote y sin la presión de tener que cumplir un programa de visitas. No es que las capitales sean excepcionales en términos comparativos: es que tienen tal densidad de arte, de historia y de ambiente que pedirles que se dejen conocer en dos días es, directamente, no conocerlas.
En Budapest me quedé sin baños termales, sin Casa del Terror, sin isla Margarita, sin mercado central, sin una sola cena con calma en el centro. En Viena me quedé sin entrar a ver a Klimt en el Belvedere, sin un café vienés propiamente dicho, sin el Prater al atardecer, sin los museos que vi solo por fuera. En Praga me quedé sin subir a la colina de Petřín, sin cruzar tranquilo el barrio judío, sin una cerveza larga en una taberna sin reloj, sin una noche en la plaza de la Ciudad Vieja con la catedral iluminada. Todas aquellas ausencias se convirtieron, de golpe, en lista de pendientes para futuras visitas. Una por ciudad, si la vida lo permitía.
El precio oculto de la eficiencia
Lo que el catálogo vendía como eficiencia resultó ser, vista la película entera, una forma bastante sutil de ineficiencia. Sí, en siete días había visto tres capitales, por precio había sido un viaje barato para todo lo que abarcaba y la logística nunca fue un problema a resolver por nosotros. Pero el tiempo que ahorré en organización lo perdí, multiplicado, en libertad. Las paradas obligatorias en tiendas de souvenirs, los horarios férreos, las visitas aceleradas en sitios que pedían pausa, los hoteles lejos del centro que obligaban a depender del autobús, el poder caminar con mis dos compañeros pero sin poder desviarnos del programa: todo eso se cobró peajes que no estaban listados en el presupuesto.
También aprendí algo sobre los vuelos chárter que convenía recordar para futuras decisiones: cambiar de horario a su conveniencia era parte del modelo de negocio, y lo pagabas en forma de tarde perdida al llegar y madrugón a las cinco al volver. Si la cosa iba bien, te ahorrabas dinero; si iba mal, te comían un día completo del viaje. En siete días, un día es mucho. Tomé nota para las siguientes veces.
Lo que me propongo de aquí en adelante
Volví a Bilbao con dos decisiones bastante firmes. La primera: volvería a Budapest, a Viena y a Praga, una por una, cuando pudiera, cada una con los días que mereciera, cada una a mi ritmo. No sabía entonces cuándo ni en qué orden, pero tenía claro que mi relación con aquellas tres ciudades no había hecho más que empezar.
La segunda decisión era de más calado: aprender a organizarme yo los viajes internacionales, con la misma soltura con la que llevaba años moviéndome por España, Portugal y el sur de Francia. Imaginaba que me costaría al principio, que me equivocaría en la elección de algún hotel, que pagaría algún billete más caro de la cuenta y que me perdería alguna vez en alguna estación extranjera. Me parecían peajes aceptables a cambio de no volver a sentirme, como me había sentido aquella semana, un pasajero en mis propias vacaciones.
Con estas conclusiones cierro el diario de Budapest, Viena y Praga de julio de 2001. Quedó como lo que fue: mi primer —y último— viaje organizado con agencia. La ilusión que dejó aquella semana, esa sí que ha seguido intacta todos estos años.





























