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Un camino de losas de piedra baja hacia una playa de arena clara, con el Atlántico rompiendo en olas blancas sobre el turquesa y un acantilado bajo cerrando la costa a la derecha.

Diarios de viaje · España · Canarias

Primera experiencia canaria en Fuerteventura

Siete días en Fuerteventura con base en Puerto del Rosario, coche de alquiler y el esquema que repetiríamos en futuras islas: excursiones por la mañana y piscina por la tarde. De las dunas de Corralejo a la remota Cofete, pasando por la Betancuria colonial y los acantilados de Ajuy. La primera experiencia canaria y el descubrimiento de una fórmula de viaje insular que funcionaría durante años.

7 días Lectura de 17 minutos

Siete días en Fuerteventura: la primera isla canaria

Junio de 2003, primera vez en Canarias. Siete días en Fuerteventura, la segunda isla del archipiélago por tamaño, con apartahotel en Puerto del Rosario, coche de alquiler durante toda la semana y un esquema diario que se estableció solo desde el primer día: excursión por la mañana, vuelta a la capital a media tarde, piscina o playa hasta la cena. Sin saberlo entonces, estábamos estrenando una fórmula que acabaríamos repitiendo en todas las islas que vinieron después.

La primera impresión de la isla llega desde el propio avión, durante el descenso: tonos ocres, amarillentos y pardos, apariencia semidesértica, poquísimas manchas verdes y una luminosidad muy particular. Fuerteventura está a apenas cien kilómetros de la costa marroquí y se nota en todo: en el clima, en el color de la tierra, en la vegetación mínima adaptada a unos ciento cincuenta milímetros de lluvia al año, cifra propia de zonas semidesérticas. Quien busque montañas verdes y bosques densos no los va a encontrar aquí. Quien acepte el trato descubre una isla con una identidad paisajística rotunda, mucho más cercana a la imagen sahariana atlántica que a las postales canarias más divulgadas.

Puerto del Rosario como base, en vez de Corralejo o Morro Jable

Alojarse en la capital administrativa en lugar de en los núcleos turísticos desarrollados fue la decisión más acertada del viaje, y se tomó por tres razones que se confirmaron durante la semana. La primera es geográfica: Puerto del Rosario ocupa una posición central en el flanco este, con Corralejo a unos cuarenta kilómetros al norte, Betancuria a veinticinco al oeste y Morro Jable a un centenar al sur. Ningún punto de la isla queda a más de dos horas, y casi todos a bastante menos, lo que permite salir por la mañana y volver a dormir a la misma cama cada noche sin cambiar de alojamiento.

La segunda es de ambiente. La capital tiene unos treinta mil habitantes y una vida urbana claramente local, con calles comerciales de uso cotidiano, bares de barrio y un paseo marítimo por donde la gente sale a caminar al caer la tarde. Eso permite algo que Corralejo o Morro Jable no facilitan igual: aparcar el coche al terminar la jornada y pasear por una ciudad de verdad, sin el filtro del ambiente turístico internacional. La tercera razón es más prosaica, la económica: los paquetes con base en la capital salían sensiblemente más baratos que los equivalentes en las zonas turísticas.

El apartahotel era un tres estrellas funcional, con apartamentos básicos de una habitación, cocina americana equipada, piscina exterior con zona de tumbonas entre palmeras y media pensión en el buffet del propio edificio. Nada memorable, exactamente lo necesario. La media pensión resuelve el desayuno y la cena, que son las comidas incómodas de planificar, y deja el mediodía libre para comer donde caiga la excursión del día.

La fórmula: paquete, coche de alquiler y un día de parada

El coche es prácticamente imprescindible en Fuerteventura. Hay autobús regular entre la capital y Corralejo, y hacia el sur hasta Morro Jable, pero con frecuencias limitadas y flexibilidad nula para combinar varias paradas en una misma jornada. Con un utilitario compacto recogido en el aeropuerto de El Matorral, en cambio, la isla se abre entera: carreteras en buen estado en los ejes principales, tráfico muy moderado, señalización clara y la posibilidad de improvisar paradas en miradores, pueblos pequeños o playas que aparecen por el camino. Seiscientos kilómetros escasos en toda la semana, sin una sola incidencia.

Y una decisión que resultó más importante de lo que parecía: intercalar un día de descanso completo a mitad de semana. Las jornadas de excursión se acumulan físicamente más rápido de lo que uno anticipa, sobre todo con este clima y esta luz, y al cuarto o quinto día la capacidad de disfrute empieza a resentirse. Parar voluntariamente en el punto medio —piscina por la mañana, paseo largo por la capital por la tarde, cero kilómetros de coche— permitió afrontar la segunda mitad del viaje con las pilas cargadas. De todo lo que aprendimos en esta primera isla, esto es lo que más veces hemos aplicado después.

El norte: Corralejo y las dunas de El Jable

El hito paisajístico del norte, y probablemente la imagen más reproducida de Fuerteventura, son las dunas de El Jable. Unos veinte kilómetros antes de llegar a Corralejo, la FV-1 atraviesa longitudinalmente el campo de dunas y el cambio respecto al resto del trayecto es abrupto: las llanuras pedregosas dejan paso a un desierto de arena blanca que se extiende varios kilómetros hacia el interior y llega hasta la costa en un frente casi continuo de playas vírgenes.

El conjunto, declarado Parque Natural de Corralejo en 1982, cubre más de dos mil seiscientas hectáreas a lo largo de casi diez kilómetros de litoral noreste. Es un sistema dunar activo, con arenas de origen orgánico marino —restos erosionados de caparazones y esqueletos— transportadas por los alisios durante milenios. La combinación cromática entre el blanco casi puro de la arena, el azul profundo del océano y un cielo sin apenas nubes es una de las cosas más fotogénicas que se pueden ver en el archipiélago. Conviene ir temprano: no hay una sola sombra en todo el parque y el calor del mediodía hace incómoda la caminata.

Caminar por el interior del campo dunar, con la arena fina cediendo bajo los pies y el horizonte del océano apareciendo de golpe al coronar cada cresta, es de esas experiencias que justifican por sí solas una mañana entera. Bajamos después a la playa —la de Corralejo es una de las más largas de la isla— para baños cortos y vigorizantes, porque la corriente fría de Canarias mantiene el agua sensiblemente fresca incluso en junio, y porque las corrientes en las zonas abiertas son más fuertes de lo que parecen a primera vista. Más al sur del parque, la Playa del Moro está mejor protegida del alisio por la configuración de las dunas y permite tardes más tranquilas.

Corralejo, al final de la carretera, es el principal núcleo turístico del norte: unos quince mil habitantes fijos, una población estacional que multiplica esa cifra, un pequeño casco de origen pesquero en torno al puerto y un desarrollo hotelero considerable añadido en las últimas décadas, con predominio de visitantes británicos, alemanes e irlandeses. Mantiene todavía una escala razonable, lejos de los excesos de otras localidades canarias. Lo mejor es el puerto: las terrazas miran directamente a la Isla de Lobos, muy cerca, y al perfil sur de Lanzarote recortado a una docena de kilómetros al norte, con el trasiego constante de barquitos de excursión y del ferry.

El interior histórico: Betancuria y Pájara

Fuerteventura no es una isla de gran patrimonio monumental, pero lo poco que tiene está concentrado en dos pueblos del interior y merece una mañana cada uno.

Betancuria fue fundada en 1404 por el normando Jean de Béthencourt como capital del señorío tras la conquista europea, y conservó la capitalidad durante más de cuatrocientos años, hasta que en 1834 se trasladó a Puerto del Rosario. Está a unos veinticinco kilómetros de la capital, en un pequeño valle protegido por los macizos del centro insular, y aparece al final del trayecto como un oasis histórico en medio del paisaje árido. Hoy tiene apenas setecientos habitantes en todo el municipio, pero conserva un casco urbano magníficamente cuidado: casas de piedra encalada con cubierta plana, calles empedradas siguiendo el relieve, palmeras canarias puntuales y una atmósfera de pueblo-museo sin exceso de escenificación.

El hito es la iglesia de Santa María, catedral insular durante siglos y una de las iglesias coloniales mejor conservadas del archipiélago. Se levantó en el siglo XV y se reconstruyó tras el saqueo berberisco de 1593, que arrasó buena parte del pueblo. Dentro, tres naves con arcos de medio punto sobre columnas de piedra, elementos góticos tardíos en la estructura original e intervenciones barrocas y neoclásicas posteriores, con un retablo mayor de madera policromada del XVIII que es obra notable. La entrada incluye el pequeño museo de arte sacro adyacente. Completa la visita el Museo Arqueológico y Etnográfico, breve pero valioso, que documenta la cultura majorera prehispánica —población emparentada con los bereberes del norte de África, llegada en distintas oleadas durante el primer milenio antes de Cristo— y su desaparición tras la conquista castellana, con aculturación forzada, esclavización y sustitución gradual por colonos peninsulares y portugueses. Es el mejor contexto posible para entender el resto del viaje.

Pájara, en el suroeste interior, tiene una de las rarezas artísticas más comentadas de Canarias. Su iglesia de Nuestra Señora de la Regla, construida entre los siglos XVII y XVIII, presenta una planta inusual de dos naves paralelas separadas por arcos y, sobre todo, una fachada de piedra labrada con relieves de serpientes, rostros humanos estilizados, soles, leones y motivos geométricos que parecen de inspiración precolombina. Las hipótesis más aceptadas apuntan a influencias llegadas de México a través de los contactos comerciales coloniales, posiblemente por medio de artesanos canarios formados al otro lado del Atlántico. Sea cual sea el origen, es una obra popular singular que pide tiempo y atención a los detalles. El resto del casco antiguo, modesto, se recorre en media hora larga.

Cerca de Betancuria, la Vega de Río Palmas merece el pequeño desvío: un valle agrícola con uno de los palmerales más extensos de la isla, verdadero oasis en medio de la aridez general, con el santuario de la Virgen de la Peña, patrona insular, en el fondo del valle. El contraste entre las laderas secas y la vegetación densa es de las imágenes más características del interior.

El oeste: Ajuy, las cuevas marinas y la playa negra

El oeste es un registro completamente distinto. Mientras el este y el norte ofrecen costas largas y uniformes con arena blanca, aquí hay acantilados abruptos, calas encajadas y formaciones erosionadas por el Atlántico abierto sin ninguna protección.

Ajuy es una pedanía de Pájara con apenas doscientos habitantes, al final de una carretera secundaria sinuosa que desciende desde el interior. La llegada es contundente: una pequeña bahía encajada entre acantilados de piedra caliza clara, con una playa corta de arena negra volcánica que contrasta con el blanco habitual del resto de la isla, y el océano rompiendo con fuerza contra las paredes que cierran la cala por el sur. Bañarse aquí exige prudencia —corrientes fuertes, oleaje considerable, fondos rocosos en algunas zonas—, pero entrar al agua en una playa negra con los acantilados dorados enmarcando el paisaje tiene un punto dramático que no se olvida.

La atracción principal son las cuevas marinas, a unos quince minutos de sendero costero desde el extremo norte de la playa. El camino está señalizado, con algún tramo expuesto sobre el acantilado, y ofrece vistas progresivamente mejores: paredes estratificadas con colores distintos según la composición mineral, calas inaccesibles desde tierra, arcos y pilares esculpidos por el mar durante milenios. Las cuevas son cavidades excavadas por la erosión en la caliza del litoral, con escaleras de madera instaladas para acceder a las cámaras principales. Dentro, el juego entre la luz exterior y las paredes oscuras, el agua entrando desde el nivel inferior, el sonido y el frescor constante. Conviene ir con marea baja y con calzado que no resbale.

Al volver, los pequeños restaurantes del pueblo tienen las mesas prácticamente sobre la arena negra, con vistas directas al oleaje. Arena volcánica, acantilados dorados y cuevas al fondo: pocos rincones del archipiélago ofrecen esa combinación.

El sur: Jandía, Morro Jable y la remota playa de Cofete

La excursión al extremo sur fue la más larga y la más memorable de la semana, y exige salir temprano. Son unos cien kilómetros por la FV-2, que recorre longitudinalmente todo el flanco este pasando por Caleta de Fuste, las llanuras centrales casi desérticas y la franja de Costa Calma antes de alcanzar el istmo de Jandía.

Morro Jable, con unos quince mil habitantes y un desarrollo hotelero orientado sobre todo al turismo alemán y británico, es el gran núcleo turístico del sur y el contrapunto exacto de Puerto del Rosario: cartas en varios idiomas, escala de resort, predominio abrumador del visitante internacional. Conserva un pequeño casco pesquero en la zona central y un puerto con actividad local, y su playa amplia funciona bien como estampa familiar clásica. Vale para un café en el paseo marítimo y poco más; lo importante está al otro lado de la montaña.

El acceso a Cofete se hace por la pista que cruza el macizo de Jandía desde la vertiente sur hasta la norte, unos veinte kilómetros y unos cuarenta y cinco minutos de conducción atenta. Los primeros kilómetros están asfaltados; después el firme pasa a tierra y grava compactadas, con tramos pedregosos que obligan a velocidades muy moderadas. Se hace perfectamente con un utilitario convencional, pero hay que ir con tiempo y sin prisa. La compensación empieza en el propio trayecto: la pista sube con vistas cada vez más amplias sobre Morro Jable y el Atlántico sur, alcanza el puerto de montaña desde donde se divisan simultáneamente las dos costas de la península, y desciende luego hacia un valle que se va abriendo poco a poco.

La Playa de Cofete es, sin discusión, una de las playas más impresionantes de España. Catorce kilómetros de arena blanca prácticamente ininterrumpidos, el oleaje del Atlántico abierto rompiendo con fuerza en toda su longitud, el macizo de Jandía cayendo directamente sobre la costa por el sur y creando un anfiteatro natural de escala dramática, y una sensación de remotidad absoluta que la protección del parque natural ha conseguido mantener intacta. No hay urbanización de ningún tipo: apenas una docena de casas dispersas formando el pueblito de Cofete, con unos quince habitantes fijos, un cementerio histórico al pie de las montañas y dos o tres restaurantes rurales que son casas familiares reconvertidas con mesas bajo toldos de lona.

El baño aquí requiere la máxima prudencia. Las corrientes son notablemente fuertes, el oleaje considerable casi todo el año, los fondos cambian de manera abrupta y no hay servicio de socorro ni señalización de zonas seguras. Nosotros nos limitamos a mojarnos los pies y caminar largo rato por la orilla, que es exactamente lo que hay que hacer. Sobre el valle planea además la historia de Villa Winter, la casa que el empresario alemán Gustav Winter construyó en un promontorio cercano y que ha alimentado décadas de especulaciones sobre refugios nazis, bases submarinas y rutas de huida a Sudamérica. Las versiones sobrias hablan de un simple proyecto residencial colonial, pero la mitología forma ya parte del imaginario del lugar.

Puerto del Rosario, la ciudad donde dormíamos

La capital no es un destino turístico y conviene decirlo sin rodeos: no tiene grandes hitos monumentales ni un casco histórico deslumbrante. Lo que tiene es coherencia y vida propia, y eso acaba valiendo mucho cuando uno pasa siete noches en el mismo sitio.

La ciudad se extiende en una franja estrecha entre el mar y las llanuras pedregosas del interior. El paseo marítimo, de configuración reciente, recorre varios kilómetros del frente costero con zonas peatonales amplias, esculturas contemporáneas repartidas y una sucesión discreta de terrazas; al final de la tarde el ambiente es predominantemente local, con vecinos paseando o haciendo ejercicio. El casco antiguo es modesto, con la iglesia de Nuestra Señora del Rosario —siglo XIX, sobre una ermita anterior, fachada sobria de piedra blanca— como principal hito, rodeada de plazas pequeñas con arbolado y cafeterías tradicionales. El puerto, comercial y con un componente pesquero que sigue vivo, añade al conjunto un aire trabajador que contrasta con los puertos canarios volcados al ocio náutico.

Los rasgos identitarios canarios aparecen en los detalles: las ventanas de guillotina pintadas de colores, los patios interiores con vegetación tropical que se adivinan desde las rejas, los balcones de madera tallada de los edificios antiguos, los jubilados jugando al dominó bajo los toldos de las plazas. Y para un último baño sin coger el coche está la Playa Chica, la playa urbana del frente marítimo: modesta, con aguas tranquilas protegidas por espigones y más presencia local que turística. Los atardeceres, eso sí, quedan en el otro lado de la isla: el este de Fuerteventura tiene amaneceres espectaculares y ocasos discretos, iluminados de reflejo.

La cocina majorera y lo que cabe en la maleta

La gastronomía canaria fue uno de los descubrimientos de la semana. Las papas arrugadas con mojo rojo y verde son el emblema, una preparación sencillísima y memorable que probamos en todas sus versiones posibles. El queso majorero, con denominación de origen propia, elaborado con leche de cabra y disponible desde tierno hasta curado viejo, demuestra que la isla tiene producción quesera artesanal de nivel considerable. El sancocho, con pescado salado y gofio, es cocina tradicional con raíces históricas auténticas. Y el bienmesabe, con almendra y miel, marca una repostería claramente distinta de la peninsular; en el buffet del hotel aparecía tanto en el desayuno como de postre, junto a las magdalenas caseras y al plátano canario, cuyo sabor intenso no tiene nada que ver con el de las variedades importadas.

La última mañana la dedicamos a las compras de despedida en una tienda de productos canarios del centro de la capital, con personal que se tomó el tiempo de explicar diferencias entre variedades y procesos. Queso curado y semicurado envasados al vacío, varios botes de mojo —rojo, verde y una variedad de hierbas menos común—, una botella pequeña de miel de palma y un paquete de gofio. Una bolsa entera de sabores que prolongó el viaje en casa durante semanas.

Balance: la isla y la fórmula

Fuerteventura resultó un destino especialmente adecuado para una primera aproximación a Canarias. Tiene la escala justa para conocerse en una semana, infraestructura suficiente sin los excesos que saturan, paisajes espectaculares bien repartidos por todo el territorio y un patrimonio histórico modesto pero con sustancia. Las dunas de El Jable, los acantilados y cuevas de Ajuy y, por encima de todo, Cofete, componen un álbum mental que se ha sostenido intacto durante años.

Hay matices que conviene anticipar. El alisio sopla de forma permanente y en las zonas costeras expuestas puede molestar durante los baños largos; es también, paradójicamente, lo que mantiene las temperaturas agradables todo el año, así que es más peaje que defecto. La aridez casi total del territorio resulta monótona en algunos tramos si uno espera variedad vegetal. La oferta gastronómica, cultural y nocturna es más limitada que en destinos mediterráneos maduros, lo que será virtud o limitación según el perfil del viajero. Y los enclaves más espectaculares, especialmente Cofete, exigen tiempo, planificación y prudencia al volante.

Lo que quedó validado, más allá de la isla concreta, fue el modelo: paquete con media pensión, coche de alquiler toda la semana, base en la capital administrativa en lugar del núcleo turístico, mañanas de excursión y tardes de descanso, y un día de parada deliberada a mitad de semana. La combinación de autonomía suficiente para explorar con libertad y de infraestructura suficiente para no tener que resolver lo básico cada día es difícil de igualar. Ese esquema, estrenado aquí, es el que aplicamos después en Gran Canaria en 2005, en Lanzarote en 2007 y en Tenerife en 2008. Todo empezó en esta isla ocre y ventosa a cien kilómetros de África.

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