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La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia reflejada en el estanque turquesa, con el esqueleto blanco del Museo de las Ciencias en el centro, el Hemisfèric a la izquierda y el Ágora azul al fondo.

Diarios de viaje · España · Valencia

Valencia entre naranjos y arquitectura

A veces, las ciudades nos esperan. Pacientes, dejan que las soñemos durante años hasta que, un día cualquiera, decidimos que ha llegado el momento de descubrirlas. Valencia me esperaba así, entre naranjos y reflejos de agua, entre piedras antiguas y arquitecturas imposibles que desafían al futuro.

5 días Lectura de 19 minutos

Preparando la escapada a Valencia

Una ciudad pendiente en mi lista de deseos

Valencia llevaba años en la lista. En una ocasión anterior habíamos llegado a reservar vuelos, pero un imprevisto familiar lo truncó todo. Cuando volvió a surgir la posibilidad de una escapada de cuatro días, no hubo duda: esta vez íbamos a Valencia.

Los criterios eran claros: destino accesible desde Bilbao, bien conectado y viable con un presupuesto ajustado. Valencia cumplía los tres. Además, ninguno de los dos la conocíamos, lo que hacía el viaje más atractivo: lo descubriríamos a la vez.

Lo que más anticipaba era la contradicción entre el casco histórico medieval y el conjunto de Calatrava en el antiguo cauce del Turia. Esa tensión entre lo viejo y lo imposiblemente nuevo me parecía la promesa más interesante de la ciudad.

Los vuelos salieron baratos: 54 euros ida y vuelta para los dos, volando con Volotea a la ida y Vueling a la vuelta, con horarios cómodos en ambas direcciones. Para el alojamiento elegimos una habitación privada en un Airbnb que sumó menos de 94 euros por las cuatro noches. El anfitrión confirmó desde el principio que podíamos dejar las mochilas a primera hora del lunes aunque la habitación todavía no estuviera lista, lo cual facilitaba aprovechar el día de llegada desde el minuto cero.

La València Tourist Card mereció un cálculo aparte. Por 45 euros obtuvimos dos tarjetas con validez de 72 horas: transporte público ilimitado y entrada a varios museos y atracciones. Haciendo números con todo lo que teníamos previsto visitar, la cuenta cuadraba sin forzarla.

Con los billetes comprados, el alojamiento confirmado y las tarjetas pedidas, solo quedaba hacer las mochilas. Al día siguiente, muy temprano, salíamos hacia el Mediterráneo.

Embarcadero sobre el lago de la Albufera de Valencia

Día 1. Del casco antiguo a la Albufera

El despertador sonó antes de las cinco. El vuelo de Volotea salía de Bilbao a las 6:45 y una hora después aterrizábamos en Valencia con el día entero por delante. Dejamos las mochilas en casa del anfitrión, tal como habíamos acordado, y antes de las diez ya estábamos en pleno centro histórico.

El casco antiguo de Valencia se recorre bien a pie. Las calles se estrechan, los edificios tiran hacia los ocres y amarillos, y de vez en cuando una plaza se abre sin aviso. La Plaza de la Virgen a esa hora de la mañana estaba casi vacía: la fuente del Turia en el centro, la Basílica por un lado, la Catedral cerrando el espacio. Un poco más allá, la Plaza de la Reina y la base del Miguelete invitaban a mirar hacia arriba.

Torres de Serranos en ValenciaTorres de Serranos en ValenciaTorres de Serranos en ValenciaTorres de Serranos en ValenciaTorres de Serranos en ValenciaTorres de Serranos en Valencia
Descubriendo el centro histórico de Valencia

Subimos los 207 escalones en espiral del Miguelete sin pensarlo demasiado. La torre gótica lleva marcando el tiempo de la ciudad desde el siglo XIV y su campana más grande, la que le da el nombre, sigue sonando sobre los tejados. Desde arriba: el laberinto del casco histórico a los pies, la cúpula de la Basílica dorada a contra luz, y al fondo, una franja verde que atraviesa la ciudad de lado a lado, el antiguo cauce del Turia convertido en parque después de la riada de 1957.

Vista panorámica del casco histórico de ValenciaVista panorámica del casco histórico de ValenciaVista panorámica del casco histórico de ValenciaVista panorámica del casco histórico de ValenciaVista panorámica del casco histórico de ValenciaVista panorámica del casco histórico de Valencia
El Miguelete

De vuelta abajo continuamos hacia el Mercado Central, cuya fachada modernista vimos solo por fuera ese día, y la Plaza Redonda, un rincón circular de pequeños comercios que parece diseñado para sorprender a quien dobla la esquina sin saberlo. Desde ahí, la Plaza del Ayuntamiento: amplia, abierta, dominada por el edificio de Correos con su pesadez academicista.

El madrugón empezaba a notarse. Comimos algo razonable y reanudamos con destino a la Albufera.

Plaza interior del Mercado de Colón de ValenciaPlaza interior del Mercado de Colón de Valencia
La plaza redonda de Valencia

El autobús número 25, cubierto por la Tourist Card, nos dejó en el Embarcador de l'Albufera cuando la tarde todavía tenía luz. La laguna de agua dulce separada del Mediterráneo por una franja de dunas es uno de los humedales más valiosos del levante: 21.000 hectáreas de agua, vegetación y arrozales que alimentan la gastronomía de la zona y el imaginario de la paella valenciana. Los embarcaderos de madera se alargaban sobre el agua quieta y el reflejo del cielo azul en la superficie hacía difícil saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Embarcaderos y paisaje de la Albufera de ValenciaEmbarcaderos y paisaje de la Albufera de ValenciaEmbarcaderos y paisaje de la Albufera de ValenciaEmbarcaderos y paisaje de la Albufera de Valencia
Primera toma de contacto con la Albufera de Valencia

Caminamos por la Gola del Pujol Nou, el canal que une la laguna con el mar, hasta llegar a la playa de la Devesa del Saler. Una hora de paseo entre juncos y pinos, sin turistas, con el agua cambiando de color según el ángulo. La playa era larga, deshabitada y sin infraestructura, exactamente lo que no son las playas urbanas de Valencia a veinte kilómetros de allí.

Paisaje de la Albufera con agua y vegetaciónPaisaje de la Albufera con agua y vegetaciónPaisaje de la Albufera con agua y vegetaciónPaisaje de la Albufera con agua y vegetaciónEmbarcaderos y paisaje de la Albufera de ValenciaEmbarcaderos y paisaje de la Albufera de Valencia
Ruta hasta la Devesa del Saler

El Palmar, el pueblo de pescadores reconvertido en epicentro gastronómico de la zona, lo visitamos sobre las 17:30. En temporada baja y fuera de las horas punta la mayoría de restaurantes estaban cerrados y las calles vacías. Nos costó encontrar hasta algo para beber. El lugar tiene su encanto en silencio, aunque la paella en origen quedó pendiente para una próxima vez.

Volvimos al embarcador para el atardecer. Fue una decisión buena. El sol descendió despacio y fue tiñendo el lago de dorado, naranja y púrpura antes de hundirse en el horizonte. No éramos los únicos con esa idea: para cuando el disco solar empezó a tocarlo, una cola considerable esperaba el autobús de vuelta. Nos apresuramos a ponernos en ella con el espectáculo todavía parpadeando en los ojos.

Atardecer sobre la Albufera de Valencia con un embarcaderoAtardecer sobre la Albufera de Valencia con un embarcaderoAtardecer sobre la Albufera de Valencia con un embarcaderoAtardecer sobre la Albufera de Valencia con un embarcaderoAtardecer sobre la Albufera de Valencia con un embarcadero
Atardecer en la Albufera de Valencia

De regreso en Valencia, cenamos ligero cerca del alojamiento. Quince horas de viaje, andando y asombrándonos pesaban lo suyo. Mañana tocaba la arquitectura imposible de Calatrava.

Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia

Día 2. De la Malvarrosa a la Ciudad de las Artes y las Ciencias

Desayunamos en el Mercadona del barrio, que tenía zona de comedor en la entrada con microondas. Poco glamour, ningún arrepentimiento: rápido, barato y funcional. El plan del día era ambicioso: la Malvarrosa por la mañana, la Ciudad de las Artes y las Ciencias el resto del día, y volver de noche para verla iluminada.

La Malvarrosa en temporada baja es otra playa. Kilómetros de arena fina con el Mediterráneo en calma y el paseo marítimo prácticamente para nosotros. Los restaurantes de paella estaban cerrados o con las sillas subidas, los chiringuitos dormidos. Caminamos despacio a lo largo del paseo, nos quitamos los zapatos en la orilla y metimos los pies en un agua todavía fría para el baño pero perfecta para despertar del todo. Los edificios modernistas que salpican el paseo añadían textura a un entorno que en verano debe ser imposible de disfrutar así.

Ciudad de las Artes y las Ciencias de ValenciaCiudad de las Artes y las Ciencias de ValenciaCiudad de las Artes y las Ciencias de ValenciaCiudad de las Artes y las Ciencias de ValenciaCiudad de las Artes y las Ciencias de ValenciaCiudad de las Artes y las Ciencias de Valencia
La playa de la Malvarrosa

Hacia el mediodía cogimos un autobús hacia el sur. La Ciudad de las Artes y las Ciencias apareció antes de llegar: las estructuras blancas recortadas contra el cielo azul, los estanques reflejándolo todo, las curvas que no terminan de ser curvas. Santiago Calatrava es valenciano, y este complejo, construido en el antiguo cauce del río Turia, es su declaración más visible. Que las obras se dispararon muy por encima del presupuesto inicial y que desde la inauguración se han documentado grietas y filtraciones en varios edificios es parte del debate permanente que rodea al lugar; que el resultado visual es extraordinario, también.

El Hemisfèric tiene forma de ojo. Su reflejo en el agua cierra la ilusión: un ojo que se duplica y parpadea según pasa una nube. El Museo de las Ciencias Príncipe Felipe sugiere el esqueleto de un animal prehistórico varado en el cauce. El Palau de les Arts parece un casco de guerrero que alguien dejó a la orilla del agua. El puente de l'Assut de l'Or cruza el cauce con un mástil inclinado que no parece obedecer a ninguna ley conocida. No entramos en ninguno de los recintos de pago, el presupuesto no daba para el Oceanogràfic, pero los exteriores son en sí mismos el espectáculo.

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La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia

Pasamos horas dando vueltas. Cada ángulo daba una imagen distinta. Los reflejos en los estanques multiplicaban los edificios y los mezclaban con el cielo hasta que costaba orientarse. La luz de mediodía aplastaba las sombras y hacía brillar el blanco de manera casi agresiva; al caer la tarde todo se suavizó y las formas se volvieron más legibles.

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La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia

Cenamos en el centro comercial cercano para no alejarnos demasiado y volvimos cuando ya era noche cerrada. El complejo iluminado es un lugar diferente. La luz artificial recorta las curvas con más precisión que el sol, los reflejos en el agua ganan en intensidad, y el Hemisfèric con su ojo encendido tiene algo de inquietante que de día no tiene. Algunos fotógrafos montaban trípodes para exposiciones largas. Parejas paseaban sin prisa. Nosotros nos quedamos más de una hora mirando cómo cada edificio cambiaba de carácter según desde dónde lo mirásemos.

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La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia por la noche

Cogimos el autobús de vuelta con la cabeza llena de formas imposibles. Habíamos pasado prácticamente todo el día en el antiguo cauce del Turia, el mismo espacio que en 1957 arrasó la ciudad y que los valencianos, en lugar de convertir en autopista como se propuso, transformaron en el parque más largo de la ciudad. Mañana, más historia.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interiores

Día 3. Sumergidos en la historia y la cultura

El tercer día lo reservamos para el patrimonio histórico en serio: monumentos, museos, mercados. Después de la naturaleza de la Albufera y la arquitectura futurista del cauce, tocaba el otro Valencia, el que acumula capas desde los romanos hasta los falleros.

Empezamos en la Estación del Norte. Construida entre 1906 y 1917 por Demetrio Ribes, sigue funcionando como estación de trenes mientras carga con el peso de ser uno de los mejores ejemplos del modernismo valenciano. El exterior ya avisa de algo, pero el interior es donde el edificio se explica del todo: azulejos, mosaicos, elementos decorativos con motivos de la huerta, farolas de forja, bancos de madera tallada. Cada detalle está pensado para que quien entra entienda dónde está. Pasamos allí más tiempo del previsto, fotografiando rincones mientras los viajeros con maletas cruzaban sin mirar hacia arriba.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
La Estación del Norte

Del modernismo al academicismo: el Ayuntamiento está a un par de calles. La visita permite acceder al balcón principal, desde donde la plaza se ve en toda su amplitud, con la fuente central y la geometría del espacio que desde abajo no se aprecia igual. El Salón de Cristal, con su cúpula acristalada, y el Salón de Plenos tienen esa escenografía del poder institucional que funciona bien cuando se entiende el contexto político de la ciudad.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
El Ayuntamiento de Valencia

El Mercat Central llevaba en la lista desde el primer día, cuando lo habíamos bordeado sin entrar. Inaugurado en 1928, es uno de los mercados cubiertos más grandes de Europa: hierro, vidrio y cerámica en una estructura modernista que filtra la luz de manera que los colores de los puestos ganan otra dimensión. Más de 300 paradas con producto fresco: verdura de la huerta, pescado del Mediterráneo, carnes, embutidos, quesos. Nos quedamos paseando sin comprar gran cosa, mirando cómo los locales negociaban con vendedores a los que conocían por el nombre. Esa dinámica cotidiana, que no está pensada para turistas, es lo más interesante del mercado.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
Mercat Central

A pocos metros, la Lonja de la Seda. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996, fue construida entre 1482 y 1548 como sede del gremio de mercaderes de la seda, cuando Valencia era una potencia comercial mediterránea. El Salón de Contratación detiene a cualquiera: columnas helicoidales que se elevan hacia una bóveda de crucería estrellada, luz que entra en ángulo por los ventanales góticos y cae sobre el suelo de piedra. El edificio mezcla la funcionalidad comercial más prosaica con una arquitectura que habría servido para una catedral, y esa contradicción es lo que lo hace tan singular. El Patio de los Naranjos añade calma, y el Salón del Consulado del Mar cierra el recorrido.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
La Lonja de la Seda

El Centro Arqueológico de la Almoina apareció durante unas obras en el centro de la ciudad y se musealizó in situ: se camina por pasarelas sobre los restos de la Valencia romana, visigoda y musulmana tal como fueron encontrados. Calzadas, termas, un baptisterio visigodo. La ciudad tiene más de dos mil años y cada una de esas culturas dejó su capa encima de la anterior. Ayuda a entender que Valencia no empezó con la Reconquista.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
La Lonja de la Seda

La tarde terminó en el Museo Fallero, que ocupa una antigua estación de bomberos. El museo guarda todos los ninots indultats desde 1934: las figuras que cada año se salvan de la cremà, la quema con la que terminan las Fallas, por decisión popular. Recorrer las salas es seguir la historia reciente de España a través del arte fallero, siempre con sátira, siempre con ironía, siempre con oficio creciente. La evolución técnica desde los primeros ninots de materiales sencillos hasta las creaciones recientes hechas con técnicas industriales muestra la profesionalización de algo que sigue siendo, en esencia, una crítica popular. Preguntamos al personal sobre cómo habían gestionado la elección del ninot indultat durante el año de la pandemia, y la conversación se alargó: hablaron del proceso con detalle y luego de los planes de ampliación del museo. La pasión era evidente y contagiosa. Nuestra visita no coincidió con las Fallas, pero el museo deja claro que la fiesta es mucho más que una semana de petardos.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
Museo Fallero de Valencia

Terminamos el día en el Mercado de Colón, una joya modernista de 1916 diseñada por Francisco Mora Berenguer que fue reconvertida en espacio gastronómico sin sacrificar la estructura original. La diferencia con el Mercat Central es total: aquí no hay puestos de producto fresco sino cafeterías y tiendas gourmet en un edificio ladrillo vista, hierro forjado y azulejos que con la iluminación nocturna gana mucho. Tomamos algo en una de las terrazas interiores y pusimos el día en orden mientras la luz artificial hacía lo suyo con los arcos y las vidrieras.

Edificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interioresEdificio histórico del centro de Valencia y sus interiores
El Mercado de Colón
Torres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudad

Día 4. Torres, museos y jardines

El último día completo en Valencia amaneció con nubes y pronóstico de lluvia. Eso obliga a reordenar prioridades sobre la marcha, que es una forma de viajar que no nos desagrada.

Empezamos en las Torres de Serranos, que el primer día habíamos encontrado cerradas. Construidas entre 1392 y 1398 por Pere Balaguer como entrada principal a la ciudad amurallada, cumplieron después funciones de prisión para nobles, y durante la Guerra Civil sirvieron como depósito para obras del Museo del Prado evacuadas de Madrid. Cuando llegamos estaba lloviendo y, segunda vez, las encontramos cerradas. Decisión rápida: museos con techo.

Torres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudad
Las Torres de Serranos

El edificio de La Beneficencia, una construcción del siglo XIX que en su momento fue casa de la caridad, alberga ahora el Museo Valenciano de Etnología y el Museo de Prehistoria. Pasamos la mañana entre los dos.

El ETNO organiza su exposición permanente por ecosistemas: huerta, secano, marjal, montaña. Esa estructura hace visible algo que no siempre se entiende desde fuera: que la cultura valenciana, sus oficios, sus costumbres, su gastronomía y hasta sus fiestas nacen en gran medida del territorio. El sistema de regadío de origen árabe que alimenta la huerta, por ejemplo, explica la acequia, el Tribunal de las Aguas, la paella y la relación que la ciudad mantiene con los pueblos que la rodean. La sección sobre las Fallas complementaba bien lo del Museo Fallero del día anterior.

El Museo de Prehistoria lleva la mirada mucho más atrás: Paleolítico hasta época visigoda, con énfasis en los yacimientos de la región. La cultura ibérica está especialmente bien representada. La Dama de Guardamar, una escultura ibérica menos famosa que la de Elche pero igualmente cuidada, resultó ser uno de los hallazgos inesperados del viaje.

Torres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudad
El Museo Valenciano de Etnología (El ETNO)

Cuando escampó salimos al barrio del Carmen. Es el barrio más antiguo de Valencia y el que acumula más capas visibles: casas señoriales con balcones descascarillados junto a edificios populares rehabilitados, galerías de arte en locales que fueron talleres, murales de gran formato negociando con la arquitectura de los siglos XVI y XVII. El Carmen lleva décadas en ese punto de equilibrio inestable entre lo bohemio y lo gentrificado, y todavía conserva suficiente rugosidad para que el paseo tenga interés.

Torres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudad
El barrio del Carmen

A la tercera, las torres estaban abiertas. Subimos. El esfuerzo es real, los escalones no son pocos, pero desde arriba Valencia se ordena de otra manera: el trazado del casco histórico, el verde continuo del antiguo cauce del Turia extendiéndose hacia el este, y a lo lejos, si el día acompañara más, el Mediterráneo. La perspectiva es completamente distinta a la del Miguelete: allí estás en el corazón del casco, aquí lo ves desde su límite norte, donde terminaba la muralla.

Torres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudad
Las Torres de Serranos

La tarde la pasamos en los Jardines del Turia. El cauce del río fue desviado fuera de la ciudad después de la riada de 1957, una inundación que mató a más de ochenta personas y anegó dos tercios de Valencia. La propuesta inicial del gobierno franquista era convertir el espacio vacío en una autopista. Los vecinos se opusieron durante años con una campaña que se resumía en una frase: "el llit del Turia és nostre i el volem verd" —el cauce del Turia es nuestro y lo queremos verde. Ganaron. El parque lineal que resultó tiene nueve kilómetros de longitud y atraviesa la ciudad de oeste a este, enlazando el antiguo cauce con la Ciudad de las Artes y las Ciencias al otro extremo. Zonas de paseo, campos de fútbol, zonas infantiles, jardines con diseños distintos en cada tramo, corredores, familias, perros. No es un parque diseñado para turistas, y eso lo hace más interesante que muchos que sí lo están.

Torres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudadTorres y murallas históricas de Valencia con vistas de la ciudad
Los Jardines del Turia

Nos sentamos en un banco cuando la tarde empezaba a cerrarse. Cuatro días dan para mucho si se saben gestionar, y los habíamos gestionado bien.

Interior de una estación o recinto cubierto de Valencia

Día 5. Regreso a casa

El vuelo de Vueling salía a las 12:40, lo que dejaba una mañana tranquila. Nos levantamos sin alarma, desayunamos despacio y comentamos el viaje mientras recogíamos: el atardecer sobre la Albufera, la Ciudad de las Artes iluminada de noche, los ninots del Museo Fallero, la horchata que tomamos el día dos en un bar del centro sin haberlo planeado.

Dejamos la habitación como la encontramos y nos despedimos del anfitrión. Alojamiento sencillo, propietario amable, los dos factores que en un Airbnb son lo único que realmente importa.

El transporte público funcionó igual de bien que todos los días anteriores. Llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra, tomamos un café y esperamos el embarque sin prisa.

Vista aérea de Valencia y su litoral desde un avión
Sobrevolando Valencia

El avión despegó puntual. Desde la ventanilla: la huerta valenciana en cuadrícula verde, la franja larga de la Malvarrosa, y antes de que las nubes lo tapasen, el perfil reconocible de la Ciudad de las Artes y las Ciencias sobre el cauce. Una hora larga después, Bilbao: nublado, llovizna fina, el verde intenso de siempre. El contraste mediterráneo-atlántico de golpe, como volver a poner el abrigo.

Jardines de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia

Reflexiones finales

Lo mejor y lo mejorable de Valencia

Han pasado algunas semanas desde el regreso y la ciudad ya no está presente con la inmediatez del recién vuelto, sino con esa sedimentación que separa lo que fue realmente importante de lo que en el momento pareció serlo.

Dos lugares se quedan por encima del resto sin discusión. La Ciudad de las Artes y las Ciencias fue lo que más nos costó abandonar: volvimos de noche expresamente para verla iluminada, y la segunda visita fue mejor que la primera. El complejo de Calatrava genera controversia justa desde que se inauguró, con sobrecostes que triplicaron el presupuesto y grietas documentadas en varios edificios, pero ninguna de esas objeciones lo hace menos extraordinario como experiencia visual. La Albufera fue la otra sorpresa mayor. No esperábamos que un humedal a diez kilómetros de la ciudad fuera a dar uno de los momentos más memorables del viaje, pero el atardecer sobre el lago los superó a casi todos.

El casco histórico nos dejó más tibios de lo esperado. Tiene rincones muy buenos —la Lonja, la Plaza de la Virgen a primera hora, el Mercado Central en plena actividad— pero como conjunto es más fragmentado y menos cohesionado que otros centros históricos españoles de ciudades similares. Quizás las expectativas eran demasiado altas.

El Museo Fallero nos ganó. Es uno de esos museos que solo pueden existir en el lugar donde existen: los ninots indultados llevan décadas acumulando la memoria crítica de una sociedad, con más honestidad que muchos museos de historia. Y el ETNO y el Museo de Prehistoria, que visitamos por lluvia y sin haberlos planeado, resultaron ser dos de los mejores hallazgos del viaje. El azar funciona cuando se va con disposición a dejarse sorprender.

Valencia nos dejó con la sensación de ser una ciudad pensada para vivir en ella más que para visitarla en cuatro días. El sistema de transporte público, los Jardines del Turia como parque cotidiano, la huerta que la rodea, la playa a media hora a pie, el clima: todo eso es una ventaja acumulada que se nota mejor si uno se imagina un martes cualquiera de noviembre que si lo está viendo un fin de semana de abril con la tourist card en el bolsillo.

Quedó pendiente El Cabanyal, que no tuvimos tiempo. Y la paella en El Palmar, que encontramos hibernando en temporada baja. Y las Fallas, que deben transformar la ciudad en algo completamente distinto a lo que vimos. Motivos suficientes para volver, aunque el mundo siga siendo demasiado grande para repetir antes de descubrir lo que todavía no conocemos.

Lo que costó el viaje

Guías y artículos

Información práctica