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El Patio de Banderas del Real Alcázar de Sevilla, con el suelo de albero, los naranjos cargados de fruta alineados a los lados, la muralla almenada al fondo y la Giralda asomando tras ella.

Diarios de viaje · España · Sevilla

Sevilla como plan B

Hay ciudades que te hablan, y luego está Sevilla, que te susurra secretos al oído como un viejo amante que conoce todos tus rincones.

5 días Lectura de 31 minutos

Sevilla como plan B

Cuando un plan B se convierte en un tesoro inesperado

La compañía aérea canceló nuestro vuelo a Milán con menos de una semana de antelación. Sin mucho tiempo para lamentarnos, nos pusimos a buscar alternativas con los mismos vuelos desde Bilbao, el mismo rango de fechas, y la condición de que hubiera apartamento céntrico disponible. Apareció Sevilla: vuelos directos, precio razonable, plazas libres en el casco histórico. En un par de horas teníamos el viaje reorganizado.

Mi pareja tardó un poco más en convencerse. Cambiar una ciudad italiana por un destino nacional le parecía ir a menos, y no era un razonamiento absurdo: habíamos planificado la Galería Vittorio Emanuele, habíamos marcado restaurantes, habíamos construido ese anticipo mental que cuesta dejar ir. Le dije que Sevilla aguantaba bien la comparación con cualquier ciudad europea, y que además yo la conocía de dos visitas anteriores y podía funcionar de guía. Eso ayudó.

Para mí era la tercera vez. La primera, en 1992 durante la Expo, en grupo y centrados sobre todo en los pabellones; la segunda, en 2018, en solitario, más lenta y más callejera. Esta sería diferente: con alguien que venía sin referencias previas, y con varios sitios que yo tampoco había pisado, entre ellos Itálica y el Palacio de San Telmo. Esa mezcla de lo conocido y lo pendiente daba al viaje una textura interesante.

El plan era ambicioso pero factible para cinco días: Itálica, la Catedral y la Giralda, el Alcázar, Triana con su mercado, la Isla de la Cartuja, el Palacio de San Telmo, Las Setas y algo de flamenco. Febrero tiene la ventaja del clima suave y la desventaja de que ciertos puntos pueden tener horarios reducidos, así que reservamos las entradas con antelación donde pudimos.

Salíamos el martes 1 de febrero desde Loiu. Esto es lo que pasó durante esos cinco días.

Plaza de España de Sevilla rodeada de jardines

Día 1. El reencuentro con Sevilla

El martes salimos de Bilbao a las 14:35 con Vueling. Hora y media de vuelo, sin incidencias. Al bajar en San Pablo, la diferencia de temperatura fue inmediata: habíamos dejado atrás el frío norteño húmedo y llegábamos a una tarde soleada de febrero que invitaba a quitarse el abrigo. Desde el aeropuerto tomamos el autobús al centro, la opción más cómoda y directa: en menos de 30 minutos nos dejaba a un par de manzanas del apartamento.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla
Rumbo a Sevilla

Calle San Eloy, el apartamento y el primer reconocimiento del barrio

El alojamiento era los Apartamentos Los Angeles, en la calle San Eloy 37, en pleno Casco Antiguo. La calle es peatonal y comercial, con tiendas de ropa, algún bar y bastante paso de gente, pero lo suficientemente alejada de los ejes más turísticos como para no resultar ruidosa por las noches. El check-in fue rápido. El apartamento: dimensiones justas para dos, cocina pequeña pero funcional, el encanto propio de un edificio antiguo rehabilitado. Dejamos las mochilas y salimos.

La primera parada fue la Librería Verbo, un sitio que había visto en mi visita anterior y quería enseñar. Está instalada en lo que fue un teatro, y la estructura original se mantiene: la plataforma del escenario, los palcos, la galería superior. Los libros ocupan todos esos espacios de una manera que tiene más de escenografía que de librería convencional. Mi pareja, que lee bastante, tardó un buen rato en salir. Pasamos por las estanterías sin prisa, sin comprar nada, que también es una forma válida de visitar una librería.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de SevillaCalle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla
La impresionante Librería Verbo

Sierpes, La Campana y los montaditos de la primera noche

Desde la Verbo bajamos hacia la Plaza Nueva, donde el Ayuntamiento —fachada plateresca por un lado, neoclásica por el otro— cierra el espacio con cierta contundencia. Luego nos metimos por Sierpes, la calle peatonal que serpentea hacia el norte entre comercios tradicionales y cadenas modernas, y por Tetuán, paralela y más ancha. Mi pareja miraba los edificios, los azulejos, los balcones con plantas. Yo iba reconociendo la ciudad de a poco, reajustando el mapa mental que tenía guardado de visitas anteriores.

El hambre nos orientó. Entramos en uno de los locales de montaditos que abundan por la zona: la fórmula de siempre, varios montaditos a precio fijo más una caña. Nada elaborado, pero suficiente para cenar sin gastar demasiado la primera noche, cuando todavía no se sabe bien qué se va a encontrar al día siguiente.

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Paseando por el centro de Sevilla

De camino al apartamento paramos en un supermercado para lo básico: fruta, agua, pan, algo para los desayunos. Con cocina propia, desayunar en casa ahorra tiempo y dinero durante toda la semana. Llegamos al apartamento con las bolsas, revisamos el plan del día siguiente y nos fuimos a dormir. Al día siguiente: Itálica.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla
Disfrutando la cena de la primera noche
Real Alcázar de Sevilla con sus patios y jardines

Día 2. Entre ruinas romanas, rascacielos y murallas prohibidas

El miércoles desayunamos en el apartamento y salimos temprano hacia Santiponce. En mis dos visitas anteriores a Sevilla había ignorado Itálica, esa tendencia de quedarse en el centro y no arriesgarse con las afueras. Esta vez era la excusa perfecta para corregirlo: mi pareja nunca había estado, y yo tampoco, así que íbamos los dos por primera vez.

El autobús desde Sevilla a Santiponce tarda unos veinte minutos y sale de la estación de Plaza de Armas. Al bajar, un paseo corto lleva hasta la entrada del yacimiento. La mañana estaba fría pero soleada, el tipo de frío seco de interior que resulta casi agradable si se camina.

El anfiteatro y las calles de la Nova Urbs

Itálica fue fundada en el 206 a.C. por Escipión el Africano para asentar a los soldados heridos tras la batalla de Ilipa, y es la primera ciudad romana construida fuera de Italia. De ahí el nombre: un gesto de nostalgia geográfica para los veteranos. La ciudad alcanzó su máximo desarrollo en época adrianea, cuando se amplió con el barrio nuevo que hoy es la parte más visible del yacimiento.

Lo primero que impacta es el anfiteatro. Con 160 metros en el eje mayor y capacidad para 25.000 espectadores en una ciudad de apenas 8.000 habitantes, la desproporción es evidente —servía también a la región—. Bajamos al foso central, la fossa bestiaria, donde mantenían a los animales antes de los espectáculos. Mi pareja preguntó por los sistemas de trampillas y montacargas que usaban para hacer aparecer las fieras en la arena: esa ingeniería escénica del entretenimiento romano tiene algo que sigue resultando fascinante dos mil años después.

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Anfiteatro de Itálica

Desde el anfiteatro entramos en la Nova Urbs, el barrio adrianeo. El trazado hipodámico —cuadrícula perfecta, calles amplias— se conserva con una claridad sorprendente. Las losas de piedra originales tienen los surcos de los carros marcados, y los sistemas de alcantarillado y distribución de agua siguen reconocibles. Las casas señoriales del barrio guardan los mosaicos más espectaculares del conjunto: la Casa del Planetario, con los dioses asociados a los días de la semana en una composición de colores que se mantiene viva; la Casa de los Pájaros, con aves de distintas especies dibujadas con un realismo que parece ilustración naturalista. El mosaico del Laberinto de la Casa de Neptuno llevó a mi pareja a un silencio largo antes de decir: "Es increíble pensar que alguien caminaba sobre esto hace dos mil años, bajo el mismo cielo". No había mucho que añadir.

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Anfiteatro de Itálica

Las termas mayores muestran los hipocaustos, el sistema de calefacción bajo el suelo que distribuía aire caliente por canalillos de terracota. El frigidarium, el tepidarium, el caldarium: una secuencia de temperaturas pensada tanto para la higiene como para la socialización. El Traianeum, el templo dedicado al culto imperial de Trajano —nacido aquí—, conserva los cimientos y alguna columna, pero los paneles de reconstrucción ayudan a imaginar la plaza porticada con sus estatuas colosales.

Un guía que pasaba con otro grupo mencionó algo que me quedó: muchas de las piezas más valiosas de Itálica se dispersaron hace siglos. El Monasterio de San Isidoro del Campo, a pocos kilómetros, incorporó columnas y capiteles del yacimiento en su propia fábrica. El expolio como continuidad histórica, podría decirse.

Nos sentamos un momento en un banco junto a los restos del teatro de la Vetus Urbs, la ciudad vieja, que está parcialmente bajo el casco urbano de Santiponce. Mi pareja, que había venido con expectativas moderadas, dijo que era mejor que varios yacimientos que había visto en Italia. Yo no lo discutí.

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Itálica

La Torre Sevilla vista desde abajo

De regreso a la ciudad, bajamos del autobús cerca de la Torre Pelli, ahora renombrada Torre Sevilla. Con 180 metros y 43 plantas, es el edificio más alto de Andalucía. César Pelli, su arquitecto, dijo que las curvas de la fachada evocan el giro de una bailarina de flamenco; desde abajo, recuerda más a una gota o a una vela. La controversia sobre si un rascacielos encaja en una ciudad cuyo horizonte había estado dominado durante siglos por la Giralda sigue abierta. Nosotros la miramos desde varios ángulos, almorzamos en el centro comercial de la base —sin más pretensiones que reponer fuerzas— y seguimos.

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Torre Sevilla

La Cartuja y los restos de la Expo

Por la tarde nos acercamos a la Isla de la Cartuja, que tenía interés en mostrar a mi pareja. En 1992, la Exposición Universal transformó este espacio: pabellones de decenas de países, infraestructuras nuevas, la primera línea de alta velocidad de España llegando a la ciudad. Treinta años después, el balance es heterogéneo. Algunos edificios tienen segunda vida: el Pabellón de Andalucía, el de España como sede de la RTVA, el Teatro Central, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo instalado en el antiguo monasterio de Santa María de las Cuevas, que fue depósito temporal de los restos de Colón antes de que fueran trasladados a la catedral. Otros pabellones permanecen cerrados, con esa decadencia característica de las infraestructuras que no encontraron uso tras el evento.

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Centro Andaluz de Arte Contemporáneo

El Parque del Alamillo, creado para la Expo, es hoy uno de los espacios verdes más frecuentados de Sevilla: ciclistas, corredores, familias. El puente del Alamillo, con su mástil inclinado y sus tirantes, sigue siendo una pieza de ingeniería notable. Isla Mágica, el parque temático que ocupó parte del recinto, ya no tiene el esplendor de sus primeros años, pero sigue en pie.

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Itálica

Encerrados en la muralla de la Macarena

Cruzamos el puente de la Barqueta —otra de las piezas de ingeniería surgidas para la Expo— y llegamos al barrio de la Macarena. Entramos en la basílica a ver la imagen de la Virgen de la Esperanza, esos ojos verdes y las lágrimas de cristal que generan una devoción que hay que ver de cerca para entender su dimensión. La iglesia es relativamente moderna —mediados del siglo XX—, pero la imagen tiene una carga emocional para los sevillanos que va mucho más allá de lo estrictamente religioso.

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Iglesia de la Macarena

Al salir, frente a nosotros estaba un tramo de las murallas almohades. La verja de acceso estaba abierta. Entramos asumiendo que era un espacio visitable, subimos al adarve, hicimos fotos, miramos el barrio desde arriba. Cuando quisimos volver a la salida, la verja estaba cerrada. Silencio total. No había nadie. Los primeros minutos fueron de desconcierto: ¿habíamos entrado en una zona no habilitada? ¿nos había pillado el cierre sin darnos cuenta?

Valoramos opciones. La única viable era saltar en un punto donde la altura fuera manejable. Localizamos el tramo adecuado, comprobamos que no hubiera cámaras ni personal, y ejecutamos el plan. Nada de lesiones, nada de policía, algo de adrenalina. Todavía no tengo claro si fue un descuido en el cierre o si nunca debimos entrar, pero el "escape de la muralla de la Macarena" quedó como la anécdota más contada del viaje.

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Antiguas murallas almohades de Sevilla

Las Setas de noche

Para terminar el día bajamos por la calle Feria hasta la plaza de la Encarnación, donde está el Metropol Parasol —Las Setas—. La estructura de madera de Jürgen Mayer, inaugurada en 2011, mide 150 metros de largo por 70 de ancho y 26 de altura: la mayor construcción de madera del mundo, según dicen. Llegamos ya de noche, y la iluminación artificial resalta las curvas de la estructura de una manera que de día no se aprecia igual. Decidimos reservar la subida al mirador para otro día con mejor luz, pero la visión nocturna desde la plaza ya justificaba el paseo.

Volvimos al apartamento con el día encima: Itálica, la Cartuja, la Macarena, las murallas, las Setas. Pocas ciudades dan para tanto en una sola jornada.

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Paseo nocturno por Sevilla
Catedral de Sevilla y torre de la Giralda

Día 3. Entre la historia naval y los tesoros ocultos de Sevilla

El jueves arrancó con buen cielo. Desayunamos en el apartamento y salimos hacia el Guadalquivir para recorrer el paseo ribereño antes de que se llenara de gente. A esa hora de la mañana hay ciclistas, algún corredor, jubilados con el periódico bajo el brazo. El río tiene una anchura imponente en este tramo, y desde la orilla se ven los puentes alineados: el de Triana con su hierro decimonónico, el del Alamillo con su mástil en diagonal, el de la Barqueta un poco más lejos.

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Guadalquivir

La Nao Victoria: 26 metros para dar la vuelta al mundo

Durante el paseo nos encontramos con la réplica de la Nao Victoria atracada en el muelle. Es una reproducción del navío que Juan Sebastián Elcano llevó de regreso a Sanlúcar de Barrameda en 1522, completando la primera circunnavegación de la Tierra tras la muerte de Magallanes. El barco funciona como museo flotante y la entrada es barata.

Al subir a cubierta, lo primero que sorprende son las dimensiones: 26 metros de eslora. En un barco de este tamaño viajaron más de cuarenta tripulantes durante tres años. Los camarotes, si se les puede llamar así, son espacios donde caben dos personas de pie con los codos pegados al cuerpo. La bodega, los instrumentos de navegación, las raciones de comida detalladas en los paneles informativos: todo contribuye a hacer muy concreto lo que de otra manera sería solo una hazaña abstracta en los libros de historia.

Mi pareja tiene interés por la historia naval, y aquí estuvo especialmente atento. Yo había visto el Museo Naval de Madrid, donde las piezas son más valiosas y la colección más extensa, pero la Nao Victoria ofrece algo distinto: la experiencia física del espacio, la posibilidad de comprender con el cuerpo lo que significa cruzar el Atlántico en condiciones así.

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La Nao Victoria

De la Torre del Oro al barrio de Santa Cruz

Seguimos el paseo hasta la Torre del Oro. La construcción almohade del siglo XIII debe su nombre al reflejo que sus azulejos proyectaban sobre el agua. En mi visita anterior había subido al mirador, y la valoración fue honesta: el interior no ofrece gran cosa salvo una pequeña exposición de historia naval, y las vistas desde arriba tampoco justifican especialmente la entrada. Esta vez la miramos desde fuera y seguimos caminando.

En la Puerta de Jerez, la fuente de Hispalis marca el arranque de la zona sur del centro histórico. Desde allí entramos en los Jardines de Murillo y enseguida en la Calle del Agua, uno de esos rincones que las guías mencionan poco y que merece la pena buscar. Corre paralela a la muralla de los Reales Alcázares, es estrecha y con una canalización de agua histórica que le da nombre. Con el sol de la mañana, los naranjos y el silencio, tiene una calidad que contrasta con la densidad turística de la catedral a pocos metros.

Desde ahí nos metimos en el barrio de Santa Cruz, el antiguo barrio judío. Las plazas pequeñas —Doña Elvira, los Venerables— con sus fuentes y sus naranjos, las callejuelas blancas con macetas en los balcones: el barrio cumple con lo que promete. También es cierto que a media mañana ya empieza a llenarse de grupos con auriculares y guía al frente, así que conviene madrugarlo.

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De la Torre del Oro al barrio de Santa Cruz

La Catedral y la subida a la Giralda

Habíamos reservado entrada para las 14:45. Eso elimina la cola y permite entrar con calma: uno de los pocos casos en que la reserva previa cambia de verdad la experiencia, porque en temporada media la Catedral tiene filas que dan la vuelta al edificio.

La Catedral de Sevilla es el templo gótico más grande del mundo y el tercero entre todas las iglesias cristianas por tamaño: 126 metros de largo, 83 de ancho, casi 42 de altura en la nave central. Los números no preparan para la escala real. Al entrar, el techo se aleja de una manera que no parece arquitectónicamente posible, y el ojo tarda un momento en acomodarse.

La visita recorre las capillas laterales, cada una con su propio programa artístico. La Capilla Real tiene los restos de Alfonso X el Sabio y de Fernando III el Santo; la Capilla Mayor guarda el retablo gótico más grande de la cristiandad. El sepulcro de Cristóbal Colón, con las cuatro figuras que representan Castilla, León, Aragón y Navarra portando el féretro, está en un crucero. La discusión sobre si los restos que contiene son realmente de Colón o no sigue sin cerrarse del todo, pero eso forma parte del carácter de Sevilla: ciudad que acumula historia con capas que se contradicen.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla
Llegando a la Giralda

La Giralda es otra cosa. La torre del almuédano almohade del siglo XII fue transformada en campanario cristiano tras la Reconquista, conservando el cuerpo original de ladrillo y añadiendo el remate renacentista. Sube hasta los 104 metros, pero el ascenso se hace por 35 rampas, no por escaleras: el diseño original permitía al muecín subir a caballo cinco veces al día para la llamada a la oración. Eso convierte la subida en algo accesible para casi cualquiera, aunque sea larga. Las pequeñas ventanas en los tramos intermedios van mostrando vistas parciales de la ciudad conforme se asciende.

Arriba, Sevilla se despliega en todas las direcciones. El entramado de callejuelas del centro, el río, los puentes, el Palacio de San Telmo, la Torre Sevilla al fondo rompiendo la línea del horizonte histórico. Mi pareja, que había mostrado cierta indiferencia previa ante la perspectiva de visitar una catedral, se quedó un buen rato en la terraza sin decir nada. Luego dijo: "Ahora entiendo por qué insistías tanto". No lo discutí.

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El interior abrumador de la Catedral y las vistas de Sevilla desde la Giralda

La Plaza del Cabildo: el rincón que nadie busca

Al salir de la catedral, antes de seguir con el programa del día, nos desviamos hacia la Plaza del Cabildo. Está literalmente a cincuenta metros de la entrada principal de la catedral, pero la mayoría de los visitantes la pasan por alto porque el acceso es una pequeña entrada en arco desde la Avenida de la Constitución que no invita a entrar. Al cruzarla, una plaza semicircular neoclásica de 1832 con una fuente central y pequeños comercios en los soportales. Los domingos por la mañana es punto de encuentro de coleccionistas de monedas y sellos; un jueves por la tarde está casi vacía. Ese contraste de escala con la catedral a la vuelta de la esquina tiene su encanto.

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La Plaza del Cabildo

El Palacio de San Telmo

A las 18:00 teníamos entrada para el Palacio de San Telmo, reservada con antelación porque las visitas guiadas gratuitas se agotan. El palacio es sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía, y para acceder hay que coordinarse con los días y horarios de visita disponibles.

El edificio empezó en el siglo XVII como sede de la Universidad de Mareantes, una escuela para pilotos y cartógrafos de la carrera de Indias. La portada barroca, atribuida a Leonardo de Figueroa, está cubierta de figuras escultóricas relacionadas con la navegación: astrolabios, cartas náuticas, personajes alegóricos. En el siglo XIX pasó a manos de los Duques de Montpensier, que lo reformaron y lo convirtieron en residencia palaciega; después fue cedido a la archidiócesis y finalmente al gobierno autonómico.

La visita guiada recorre los salones principales: artesonados, suelos de mármol, pinturas murales, mobiliario de época. La Capilla tiene frescos de Joaquín Domínguez Bécquer; el Salón de los Espejos remite a los grandes salones palaciegos franceses; el despacho del Duque conserva unas librerías de caoba considerables. El guía manejaba bien la historia del edificio —las vicisitudes de sus distintos propietarios, las reformas acumuladas, los personajes que lo habitaron— sin convertirlo en una recitación de fechas.

Salimos cuando ya había oscurecido. La fachada iluminada tiene más impacto de noche que de día, con los volúmenes barrocos recortándose con más definición. Cenamos en un local cercano al apartamento, con el Palacio de San Telmo como conversación principal: ese es el tipo de sitio que se descubre cuando uno decide ir más allá del circuito habitual.

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El Palacio de San Telmo
Puente de Triana sobre el río Guadalquivir en Sevilla

Día 4. Mercados, plazas y miradores: la Sevilla más diversa

El viernes salimos del apartamento con la mañana por delante y Triana como primer destino. Para llegar cruzamos el puente de Isabel II, el puente de Triana, una estructura de hierro de mediados del siglo XIX que sustituyó al antiguo puente de barcas. Es un cruce breve sobre el Guadalquivir, pero tiene cierto peso simbólico: Triana siempre ha funcionado como ciudad aparte, con una identidad tan marcada que sus vecinos suelen decir, solo medio en broma, que "Triana no es Sevilla". El barrio se forjó durante siglos como zona de alfareros, marineros y artistas flamencos, y esa memoria todavía se percibe en la calle.

El Mercado de Triana y los restos de la Inquisición

La primera parada fue el Mercado de Triana, en la calle San Jorge. El edificio data de 1823, pero el mercado como actividad existe aquí desde mucho antes. Lo singular es que está construido sobre los restos del Castillo de San Jorge, antigua sede del Tribunal de la Inquisición española: en la planta baja hay un espacio arqueológico visitable donde se conservan los cimientos y parte de las estructuras del castillo. Es una yuxtaposición bastante rotunda: encima, los puestos de fruta, pescado y aceitunas; debajo, las celdas donde se interrogaba a los procesados.

El mercado en sí vale el paseo: pescado fresco de la costa andaluza, frutas y verduras de las huertas del Aljarafe, aceitunas en diez variedades distintas, quesos artesanales. También hay pequeños bares integrados donde se puede tomar algo de pie. Lo visitamos sin prisa, sin comprar nada especialmente, pero con ganas de ver cómo funciona un mercado de barrio en Sevilla.

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El Mercado de Triana

Calles de Triana: cerámica, Santa Ana y la calle Betis

Saliendo del mercado, recorrimos la calle San Jacinto, la arteria principal del barrio, y nos desviamos hacia la calle Alfarería. El nombre lo dice todo: aquí es donde pervive la tradición ceramista de Triana, con talleres y tiendas donde se venden piezas hechas con técnicas que llevan siglos sin cambiar. Los azulejos sevillanos que se ven en toda la ciudad tienen aquí su origen.

En mi última visita a Sevilla me había alojado en Triana, así que el barrio tenía cierto sabor conocido. Se lo comenté a mi pareja mientras caminábamos: hay lugares que guardan el recuerdo de una versión anterior de uno mismo, y recorrerlos con otra persona añade una capa extraña, como ver una fotografía antigua desde el presente.

Entramos en la iglesia de Santa Ana, el templo más antiguo de Sevilla tras la catedral. Alfonso X el Sabio la fundó en el siglo XIII tras recuperar la vista, según la leyenda, gracias a la intercesión de la santa. La arquitectura gótico-mudéjar y las obras de arte en su interior la convierten en una parada que muchos turistas se saltan, quizás porque el nombre "catedral de Triana" con el que la conocen los vecinos no aparece en las guías.

La calle Betis, paralela al río, es la cara más fotogénica del barrio: fachadas coloridas, terrazas de bares con vistas al centro histórico al otro lado del Guadalquivir, el ir y venir de gente. Desde allí la catedral y la Giralda se ven de frente, en perspectiva, con el río en medio. La temperatura de febrero en Sevilla es la que hace posible sentarse en una terraza exterior a las once de la mañana sin pasar frío.

En cuanto al flamenco: Triana tiene placas en las paredes recordando a cantaores del barrio, academias de baile por las calles, tiendas de artesanía. No asistimos a ningún espectáculo ese día —lo dejamos para el día siguiente—, pero la presencia del flamenco en el barrio no es decorativa, forma parte del tejido cotidiano.

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Barrio de Triana

El Parque de María Luisa y la Plaza de España en obras

Cruzamos el río de vuelta y bajamos hacia la zona sur, al Parque de María Luisa. El paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier lo diseñó a principios del siglo XX para la Exposición Iberoamericana de 1929: glorietas sombreadas, estanques, fuentes, árboles centenarios de especies mezcladas. En febrero los árboles caducos están pelados, pero la estructura del parque funciona igual, y los patos en los estanques de la Plaza de América le dan una calma doméstica.

La Plaza de España, al borde del parque, es la gran obra de Aníbal González para la Exposición del 29: un semicírculo de 200 metros de diámetro con canal, puentes y una galería continua de bancos de azulejos con escenas de cada provincia española. Estaba en obras de mantenimiento: los canales con el agua a medio vaciar, algunas zonas acotadas. Aun así, la escala del conjunto impacta. Mi pareja la conocía por fotografías y por su aparición en varias películas —Star Wars la usó como escenario de Naboo— y se sorprendió de que la realidad superara la representación: "Si así de impactante es ahora, no puedo imaginar cómo será cuando esté completa". Las obras de mantenimiento de una plaza del 29 son el precio de tener algo así.

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El Parque de María Luisa y la Plaza de España, en obras de mantenimiento

El Archivo de Indias

De vuelta al centro histórico, aprovechamos la cercanía para entrar en el Archivo General de Indias, en la antigua Lonja de Mercaderes. El edificio es de Juan de Herrera, el mismo arquitecto del Escorial: sobriedad renacentista, patio central cuadrado, galerías porticadas. El interior funciona como archivo activo: más de 43.000 legajos con unos 80 millones de páginas de documentación sobre la colonización americana y filipina. La mayoría no está expuesta, lógicamente, pero las salas de exposición permanente muestran piezas como mapas históricos originales, cartas autógrafas de Colón y de Hernán Cortés, y documentos sobre la trata de esclavos o los tratados entre la Corona y los territorios americanos.

La visita es gratuita y no muy larga, pero el edificio en sí justifica la parada aunque no se entre en las salas.

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El Archivo de Indias

El Hospital de los Venerables

A las 14:00 teníamos entrada al Hospital de los Venerables mediante el Horario BIC Gratuito, el programa que permite visitar ciertos Bienes de Interés Cultural sin coste en días y horarios específicos. Vale la pena consultarlo antes de cualquier visita a Sevilla: algunos edificios que cobran entrada tienen horas de acceso libre que no siempre se publicitan bien.

El Hospital de los Venerables Sacerdotes fue fundado en el siglo XVII como asilo para sacerdotes ancianos. Está en el barrio de Santa Cruz, a dos minutos de la catedral, y muchos turistas que llenan las callejuelas de alrededor no entran. El patio central es un ejemplo clásico del patio sevillano: columnas de mármol, arcos de medio punto, azulejos, fuente. El recorrido por las distintas estancias —el refectorio, las salas comunes, las habitaciones restauradas— muestra la vida cotidiana de la institución con más detalle del que se espera.

La pieza más notable es la iglesia. Una sola nave con bóveda de cañón, frescos de Juan de Valdés Leal en la cúpula y el presbiterio representando la Glorificación de la Eucaristía, y un retablo mayor de Bernardo Simón de Pineda con esculturas de Pedro Roldán. El edificio alberga también el Centro Velázquez de la Fundación Focus, con obras del pintor y de sus contemporáneos.

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Hospital de los Venerables

La Alameda y Las Setas al atardecer

Subimos hacia la Alameda de Hércules para comer. El paseo arbolado, creado en 1574 como uno de los primeros bulevares urbanos de Europa, tuvo décadas de deterioro y en los últimos años se ha consolidado como zona de vida social con bares y restaurantes con terraza. Comimos en uno de los locales con sillas en el paseo, con ambiente mezclado de familias, estudiantes y turistas.

A las 16:30 teníamos entrada al Metropol Parasol —Las Setas— para subir al mirador. El complejo tiene varios niveles: el Antiquarium en el subsuelo, con restos romanos y árabes descubiertos durante las obras de construcción; un mercado y locales comerciales en la planta baja; y arriba, el restaurante y las pasarelas del mirador. La estructura de madera de Jürgen Mayer, con 150 metros de largo y 26 de altura, es la mayor del mundo en ese material.

Las pasarelas están a cielo abierto. Mientras esperábamos el atardecer se levantó viento frío y cayeron algunas gotas que amenazaron con arruinar la experiencia. El chaparrón fue breve: en diez minutos escampó y el cielo se fue limpiando hacia el oeste, con tonos rojizos y violáceos sobre los tejados del centro. Cuando anocheció del todo, la iluminación de la estructura creó esa atmósfera casi futurista que contrasta con el entorno histórico a sus pies. Desde arriba, las luces de la ciudad formaban el mapa del trazado urbano.

Bajamos satisfechos y volvimos caminando al apartamento por calles todavía animadas, con alguna parada en escaparates y una copa de camino.

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La Alameda de Hércules y el Metropol Parasol al atardecer
Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla

Día 5. Despedida de la ciudad que enamora

El sábado era el último día. El vuelo de vuelta salía a las 14:10, así que teníamos la mañana libre antes de dirigirnos al aeropuerto. La mochila estaba casi hecha desde la noche anterior. Desayunamos en el apartamento y salimos a dar un último paseo sin ningún objetivo concreto: solo recorrer el barrio, mirar los edificios que habíamos pasado cada día sin detenernos, sentarse en una terraza a tomar un café.

El barrio visto sin prisa

Cinco días en la misma zona acaban por hacerte cómplice de una calle. Conoces qué bar abre primero, en qué esquina siempre huele a bollería, dónde está el supermercado bueno. La calle San Eloy, donde estaban los apartamentos, es peatonal y comercial, pero a las nueve de la mañana los comercios están cerrados y hay silencio. Ese silencio de ciudad que todavía no ha arrancado es uno de los regalos de la primera hora.

Recorrimos las calles adyacentes hacia la catedral: la Avenida de la Constitución, el Archivo de Indias con su fachada de ladrillo herreriano, la Plaza Virgen de los Reyes con la fuente y los carruajes esperando turistas. Lo mismo que habíamos visto varios días, pero esta vez sin el modo visita encima. El apartamento había cumplido bien: la ubicación en el casco histórico lo puso todo a diez minutos andando, y eso en Sevilla marca la diferencia.

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Último paseo por Sevilla

Check-out y autobús al aeropuerto

A las 11:00 volvimos al apartamento para recoger el equipaje. El check-out fue tan eficiente como el check-in: dejamos las llaves y en cinco minutos estábamos en la calle con las mochilas. Desde la parada más cercana tomamos el autobús al aeropuerto. El trayecto repite en sentido inverso lo que habíamos hecho cinco días antes: los barrios residenciales del norte, las avenidas más anchas, la ciudad que se va vaciando de historia conforme se aleja del centro.

Llegamos al aeropuerto con margen, facturamos sin incidencias y embarcamos a tiempo. El vuelo despegó a las 14:10 y una hora y media después aterrizaba en Bilbao. Cinco días, cerrados.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla
Regreso a Bilbao

Mi pareja, que había llegado a Sevilla reticente ante el cambio de destino, ya no tenía ninguna reserva: la riqueza monumental, el mercado de Triana, el anfiteatro de Itálica, la Giralda, el incidente en la muralla de la Macarena. Tenía argumento de sobra para defender Sevilla frente a cualquier alternativa internacional.

Para mí, la tercera visita sumó lo que no había visto: Itálica por fin, el Palacio de San Telmo, el Hospital de los Venerables. Sevilla tiene esa capacidad de dar material nuevo en cada vuelta, lo cual no es frecuente. Las ciudades que visitas dos veces raramente justifican la tercera. Esta justificó la cuarta.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Sevilla

Sevilla, una ciudad para volver siempre

Mi tercera vez y me sigue conquistando

Esta ha sido mi tercera visita a Sevilla. La primera fue hace años, en grupo, centrada en la Expo y en la vida nocturna. La segunda, en solitario, más lenta y enfocada en callejear. Esta tercera, en pareja, con alguien que llegaba sin referencias previas y con varios sitios pendientes que yo tampoco había pisado: Itálica, el Palacio de San Telmo, el Hospital de los Venerables. Esa combinación de lo ya conocido y lo pendiente le dio al viaje una textura diferente a las anteriores.

Lo que Sevilla acumula en sus capas

Sevilla no es una ciudad de una sola época. La huella romana está en Itálica, a veinte minutos en autobús. El legado islámico aparece en las murallas almohades, en la base de la Giralda, en la planta de la mezquita que subyace a la catedral. La Reconquista dejó el gótico más grande del mundo. El Barroco sevillano tiene su mejor muestra en el Hospital de los Venerables o en la portada del Palacio de San Telmo. El siglo XIX llegó con los Duques de Montpensier y sus reformas palaciegas, con el Parque de María Luisa, con el puente de Triana. La Exposición del 29 construyó la Plaza de España. La Expo del 92 dejó la Torre del Alamillo, el puente de la Barqueta y una isla entera reconvertida. Y Las Setas de Jürgen Mayer, inauguradas en 2011, son la propuesta más reciente de esa secuencia de intervenciones audaces.

Cada capa está encima de la anterior, y a veces literalmente: el Mercado de Triana tiene los cimientos de la Inquisición en el subsuelo. La catedral se asienta sobre la mezquita. El Antiquarium de Las Setas conserva los restos romanos que aparecieron durante las obras. Esa superposición es lo que hace que Sevilla resulte inagotable como destino: no hay una versión definitiva de la ciudad, hay un palimpsesto que se sigue escribiendo.

Lo que más nos quedó de este viaje

Si tuviera que elegir los momentos de mayor impacto de estos cinco días, Itálica estaría entre los primeros. Llevo dos visitas anteriores a Sevilla sin haberla incluido, y fue un error que no pienso repetir. El anfiteatro, con esa desproporción entre las 25.000 plazas y los 8.000 habitantes de la ciudad, y los mosaicos de la Nova Urbs —el del Planetario, el de los Pájaros— tienen una presencia que los yacimientos romanos de Italia a menudo no alcanzan, quizás precisamente porque aquí no hay saturación turística.

La Giralda vale exactamente lo que promete: la subida por las rampas, el panorama desde arriba, la comprensión física de la escala de la ciudad. Y el episodio de las murallas de la Macarena, que no estaba en ningún itinerario, resultó ser lo más recordado de toda la semana.

Para mi pareja, el impacto mayor llegó en la catedral y en la Plaza de España, esta última incluso en obras de mantenimiento. Ver algo que solo se conoce por fotografías y descubrir que la escala real supera lo imaginado es una de esas correcciones que solo se producen estando allí.

Algunas notas prácticas para quien planifique el viaje

La ubicación del alojamiento en Sevilla es decisiva. El casco histórico es compacto y muy caminable, y vivir dentro de él —no en los alrededores— cambia la experiencia. Los Apartamentos Los Angeles en la calle San Eloy 37 cumplieron bien: ubicación central, edificio con carácter, cocina funcional que facilitó los desayunos y ahorra dinero en una ciudad donde los bares son tentadores pero acumulan gasto.

Reservar entrada con antelación en la Catedral es casi obligatorio en cualquier época que no sea diciembre o enero en día laborable. Lo mismo aplica al Palacio de San Telmo, donde las visitas guiadas gratuitas tienen aforo limitado y se agotan.

El programa BIC Gratuito de la Junta de Andalucía permite acceder sin coste a varios monumentos importantes en días y horarios concretos. Merece la pena consultarlo antes de planificar el itinerario: el Hospital de los Venerables, por ejemplo, tiene horas de entrada libre que no siempre se publicitan.

Febrero funciona bien para Sevilla: temperaturas agradables durante el día, sin el calor extremo del verano, y sin la saturación turística de Semana Santa o los meses de mayor afluencia. La ciudad vive su ritmo normal, los monumentos tienen acceso sin esperas exageradas, y sentarse en una terraza a mediodía es perfectamente viable.

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