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La Hallgrímskirkja de Reikiavik vista desde la calle, con su fachada de hormigón en columnas de basalto y la estatua de Leif Erikson delante.

Destinos · Islandia · Reikiavik

Qué ver en Reikiavik en un día: itinerario completo a pie

Reikiavik es una ciudad pequeña que casi todo el mundo visita con prisa: al principio o al final de la vuelta a la isla, o en una escala de camino a América. Con un día bien organizado da tiempo a mucho más de lo que parece, siempre que se sepa qué priorizar y qué dejar para otra vida.

Lectura de 16 minutos

Reikiavik tiene fama de ser una ciudad de paso. Se llega a Islandia por Keflavík, se recoge el coche de alquiler y en menos de veinticuatro horas ya se está mirando cascadas. La capital acaba reducida a una noche de hotel antes de salir hacia el Círculo Dorado o a las horas muertas del último día antes del vuelo. Es una lástima, porque la ciudad tiene bastante que ofrecer y, sobre todo, porque tiene un tamaño que juega a favor del viajero con poco tiempo.

Aquí no hay que elegir entre barrios lejanos ni calcular trayectos en metro. El centro histórico cabe en un rectángulo que se recorre a pie en veinte minutos de punta a punta, y casi todo lo que merece una parada está dentro de ese rectángulo o a un paseo corto. Un día completo, aprovechado desde la mañana, da para ver lo esencial sin correr y hasta para meterse en una piscina geotermal antes de cenar.

Este itinerario está pensado para hacerse caminando, sin coche y sin excursiones contratadas, y ordenado de manera que las distancias se encadenen con lógica. Al final encontrarás los datos prácticos actualizados y, algo que casi nunca se cuenta, qué conviene dejar fuera cuando solo se dispone de una jornada. Si tienes una segunda jornada libre, la guía de Reikiavik en dos días recoge todo lo que aquí queda fuera.

Cómo funciona Reikiavik antes de empezar

Lo primero que conviene entender es el código postal 101. Así es como los islandeses llaman al centro histórico, y es donde está prácticamente todo lo que vas a ver hoy. Es un barrio de casas bajas de chapa ondulada pintada de colores, con dos calles comerciales principales —Laugavegur y Skólavörðustígur— y un puerto viejo al norte. Si tu alojamiento está dentro del 101, no vas a necesitar transporte en todo el día.

La segunda cosa que conviene saber es que el aeropuerto internacional no está en Reikiavik. Keflavík queda a unos cincuenta kilómetros, en la península de Reykjanes, y el trayecto en autobús lanzadera ronda los cuarenta y cinco minutos hasta la terminal de BSÍ, junto al centro. Si llegas en vuelo de mañana y quieres exprimir el día, cuenta con perder al menos dos horas entre la recogida de equipaje y el traslado. Y si vas a moverte por la ciudad, deja el coche aparcado: el centro tiene zona azul de pago, las calles son estrechas y la mayoría de los puntos de interés están más cerca a pie que en coche.

La tercera es el viento. En Reikiavik la temperatura importa menos que la sensación térmica, y el viento sopla casi cualquier día del año. Una chaqueta cortavientos impermeable resuelve el problema mejor que un abrigo grueso, y las capas permiten adaptarse a la costumbre local de tener los interiores muy caldeados. En verano tendrás luz hasta pasadas las once de la noche, lo cual estira el día de manera generosa; en invierno el sol sale tarde y se pone pronto, así que el itinerario hay que comprimirlo y ajustar las expectativas fotográficas.

Empezar el día en la Hallgrímskirkja

No hay mejor sitio para arrancar. La Hallgrímskirkja no es solo el edificio más reconocible de Islandia, es también el punto desde el que se entiende la ciudad de un vistazo. Preside Reikiavik desde lo alto de una colina, se ve desde casi cualquier calle del centro y funciona como brújula durante todo el día: cuando te pierdas, levanta la vista y sabrás dónde estás.

La iglesia la diseñó Guðjón Samúelsson en 1937, aunque las obras no empezaron hasta 1945 y no terminaron hasta 1986, cuarenta y un años después; tiene su capítulo propio en mi recorrido por las iglesias de Islandia. El arquitecto murió sin verla acabada. Su fachada reproduce columnas de basalto apiladas, el mismo tipo de formación que se ve en las cascadas y los acantilados del sur del país, de modo que el edificio es una traducción arquitectónica del paisaje islandés. Frente a la entrada está la estatua de Leif Erikson, el explorador nórdico que llegó a América cinco siglos antes que Colón, un regalo de Estados Unidos en 1930 para conmemorar el milenario del Alþingi.

Entrar en la iglesia es gratuito. Subir a la torre cuesta alrededor de 1.400 a 1.500 coronas para adultos, unos diez euros, y unas 1.000 para estudiantes y mayores de 67. No se puede reservar por adelantado: las entradas se compran en la tienda de la propia iglesia el mismo día. En verano abre de nueve de la mañana a ocho de la tarde y en invierno, a partir del 1 de septiembre, de diez a cinco, con la última subida a la torre unos minutos antes del cierre. Los domingos el acceso está cerrado durante el oficio de las once. Un ascensor sube hasta la octava planta y desde ahí quedan unas pocas escaleras, así que la subida es apta para casi cualquiera.

Arriba está la mejor panorámica de la ciudad: los tejados de colores, la bahía de Faxaflói, el monte Esja al otro lado del agua. Reikiavik se ve entonces como lo que es, una ciudad pequeña que ocupa mucho espacio visual porque crece en horizontal, sin rascacielos, pegada al mar. Diez minutos ahí arriba antes de bajar te van a ahorrar mucha desorientación después.

Justo detrás de la iglesia, casi nadie lo sabe, está el jardín de esculturas del museo Einar Jónsson. Es un espacio pequeño, al aire libre y de acceso libre, con unas cuantas piezas del escultor más singular que ha dado el país. Cinco minutos bien invertidos.

Bajar por Skólavörðustígur hasta el corazón del 101

Desde la iglesia sale en cuesta abajo la calle Skólavörðustígur, pintada con los colores del arcoíris. Empezó como una acción temporal para el Orgullo y gustó tanto que se quedó de manera permanente. Es, con diferencia, la calle más fotografiada de Reikiavik, y la perspectiva con la Hallgrímskirkja al fondo es la postal que todo el mundo se lleva. Conviene bajarla despacio, porque concentra buena parte de las galerías, tiendas de diseño y joyerías de la ciudad, con menos ruido comercial que la calle principal.

A mitad de la bajada, en la calle Frakkastígur, hay un obrador que huele a canela desde la acera de enfrente. Los bollos de canela islandeses son una institución local y un desayuno perfectamente razonable a media mañana, aunque cuesten lo que cuestan las cosas en este país. No es un consejo gastronómico sofisticado, pero funciona.

Skólavörðustígur desemboca en Laugavegur, la arteria comercial de Reikiavik. Aquí ya hay más tiendas de recuerdos que de nada, pero el paseo merece la pena por el ambiente y, sobre todo, por lo que hay en las calles perpendiculares: casas de chapa ondulada pintadas de rojo, azul y verde, y muros medianeros cubiertos de arte urbano de muy buen nivel. El arte callejero de Reikiavik es una de esas cosas que uno no espera y que acaba siendo de lo más memorable del día. Merece la pena desviarse por callejuelas sin plan concreto durante media hora.

Austurvöllur, el Parlamento y el lago Tjörnin

Siguiendo hacia el oeste se llega a Austurvöllur, la plaza donde la ciudad se reúne. En verano el césped se llena de gente tumbada al primer rayo de sol y las terrazas de alrededor no dan abasto. En un lado de la plaza está el Alþingishúsi, la sede del Parlamento islandés: un edificio de piedra basáltica oscura de 1881, de dos plantas, sin verjas, sin garitas y sin ostentación. Cuesta asimilar que ahí dentro se gobierne un país.

El detalle que da sentido al conjunto es que el Alþingi se fundó en el año 930 en Þingvellir, a cuarenta y cinco kilómetros de aquí, y se considera el parlamento en funcionamiento más antiguo del mundo. Al lado está la Dómkirkjan, la catedral luterana de Reikiavik, tan modesta que la mayoría de los visitantes pasa de largo sin reconocerla. Es un templo pequeño, blanco, del siglo XVIII, con un interior de una sobriedad casi desnuda. Después de la Hallgrímskirkja resulta desconcertante, pero explica bastante bien la relación islandesa con lo religioso.

A un par de minutos está el Tjörnin, el lago del centro, poblado de cisnes, gansos y patos, con el Ayuntamiento asomado al agua. Entrar en el Ayuntamiento es gratis y hay dos motivos para hacerlo: el enorme mapa en relieve tridimensional de toda Islandia que ocupa una sala entera, muy útil para situar mentalmente el país si vas a recorrerlo después, y el hecho de que es un buen refugio caliente si en ese momento está diluviando, cosa nada improbable.

Muy cerca, en Aðalstræti, está la exposición Reikiavik 871±2, montada alrededor de los restos de una casa comunal vikinga descubierta durante unas obras y conservada in situ. Es un museo pequeño que se ve en una hora larga y que, si te interesa el asentamiento nórdico, resulta más impactante que muchas colecciones más grandes: estás mirando los cimientos reales de la primera Reikiavik.

Comer a mediodía sin arruinarse

Comer en Islandia es caro y en Reikiavik lo es todavía más. Un plato sencillo en un restaurante del centro se va con facilidad a las 3.000 o 4.000 coronas, y una cena en condiciones puede duplicar esa cifra. Como esto es un itinerario de un día y no un viaje gastronómico, hay tres soluciones que funcionan.

La primera es el puesto de perritos calientes junto al puerto viejo, una institución que lleva desde los años treinta despachando pylsur de cordero con cebolla frita, cebolla cruda, mostaza dulce y remoulade. Se pide «una con todo» y cuesta una fracción de lo que cuesta cualquier otra cosa comestible en esta ciudad. La segunda es entrar en un supermercado de la cadena barata y montarse una comida de picnic; es lo que hace medio país y no tiene nada de vergonzante. La tercera, si es fin de semana, es el mercadillo cubierto junto al puerto, que abre solo sábados y domingos y tiene puestos de comida, pescado seco y, para los valientes, tiburón fermentado.

Un apunte que ahorra dinero y plástico: el agua del grifo islandesa es de las mejores del mundo y sale helada y perfecta de cualquier fuente. Comprar agua embotellada aquí es tirar el dinero y a los locales les parece directamente absurdo.

La tarde junto al mar: el Sólfar y Harpa

Después de comer, el paseo marítimo de Sæbraut. La primera parada es el Sólfarið, el Viajero del Sol, la escultura de acero de Jón Gunnar Árnason instalada en 1990. Casi todo el mundo la interpreta como un barco vikingo y casi todo el mundo se equivoca: el autor la concebía como una nave onírica y una oda a la luz, orientada hacia el norte, con las montañas y el agua de fondo. Con buena luz es el mejor sitio de la ciudad para hacer fotos, y también uno de los más ventosos, así que abróchate la chaqueta.

Cinco minutos más allá está Harpa, el auditorio inaugurado en 2011 después de que la crisis financiera de 2008 estuviera a punto de dejarlo a medio construir. La fachada de vidrio, diseñada con Ólafur Elíasson, es un panal de módulos hexagonales inspirados otra vez en las columnas de basalto. Se puede entrar libremente y se puede subir por las plantas: desde dentro, la luz que atraviesa los cristales cambia de color según la hora y el tiempo, y es una experiencia distinta a la de mirarlo desde fuera. Diez o quince minutos bastan y no cuesta nada.

Desde ahí, el puerto viejo queda a un paso. Es la zona de donde salen los barcos de avistamiento de ballenas y de frailecillos, hay astilleros aún en funcionamiento y algunos de los mejores restaurantes de marisco de la ciudad. También está el Hafnarhús, la sede del Museo de Arte de Reikiavik instalada en un antiguo almacén portuario, con una buena colección del artista Erró.

Un solo museo, elegido con criterio

Con un día por delante, el error más común es intentar encajar tres museos y no disfrutar de ninguno. Mi recomendación es elegir uno, y hay dos candidatos claros.

El Museo Nacional de Islandia, en Suðurgata, recorre mil doscientos años de historia desde el asentamiento hasta hoy en una exposición permanente muy bien montada, con audioguía incluida. La entrada general cuesta 3.000 coronas, unos veinte euros, es gratuita para menores de dieciocho años y abre a diario de diez a cinco, aunque de septiembre a mayo cierra los lunes. Hay que reservarle entre dos y tres horas. Si te interesa entender el país que vas a recorrer o que acabas de recorrer, es la mejor inversión del día.

La alternativa es Perlan, el edificio de los depósitos de agua caliente coronado por una cúpula de cristal en la colina de Öskjuhlíð. Aquí conviene actualizar lo que muchas guías todavía cuentan mal: el mirador de 360 grados ya no es de acceso libre, y hoy Perlan funciona como un museo de pago sobre la naturaleza islandesa, con una cueva de hielo artificial de cien metros, un planetario dedicado a las auroras boreales y exposiciones sobre vulcanismo y glaciares. La entrada completa ronda las 5.990 coronas, cerca de cuarenta euros. Está a media hora larga andando desde el centro, o en autobús urbano.

Mi opinión, después de haber recorrido la isla entera: si vas a ver glaciares, cascadas y campos de lava de verdad durante el resto del viaje, Perlan es prescindible y el Museo Nacional te aporta lo que el paisaje no puede contarte. Si en cambio no vas a salir de la capital, si viajas con niños o si te ha tocado un día de lluvia horizontal, Perlan es un buen refugio y una introducción entretenida a la geología del país.

Una piscina geotermal, el plan más islandés del día

Si hay una costumbre local que merece la pena adoptar por un día, es la piscina municipal. En Reikiavik hay varias, todas alimentadas con agua geotermal, todas con piscina cubierta o descubierta y con hot pots, esas bañeras exteriores a temperaturas escalonadas entre 38 y 42 grados donde la gente se sienta a charlar durante horas. La Sundhöllin, en pleno centro y obra del mismo arquitecto de la Hallgrímskirkja, es la más cómoda para este itinerario; la Laugardalslaug es la más grande; la Vesturbæjarlaug, la más de barrio.

La diferencia con la Laguna Azul es abismal y va en las dos direcciones. Una piscina municipal cuesta unas pocas coronas, no requiere reserva, está llena de islandeses y no de turistas, y se llega andando. La Laguna Azul está a cuarenta y cinco minutos en coche, en la península de Reykjanes, exige reservar con antelación, cuesta un dineral y ocupa media jornada. Con un solo día en la ciudad, la elección está clara. Si aun así quieres la experiencia de balneario grande, hay opciones más cercanas en el área metropolitana, junto al mar, que se resuelven en una tarde.

Un aviso importante para quien no lo sepa: en Islandia es obligatorio ducharse desnudo y con jabón antes de entrar al agua, y hay personal que se asegura de que se cumple. No es negociable, no es una recomendación y no hay debate posible. Las piscinas islandesas usan muy poco cloro precisamente porque la higiene previa es estricta. Lo digo porque a más de un visitante le ha estropeado la tarde descubrirlo en el vestuario.

Cerrar el día en el 101

Con el pelo todavía húmedo, la última parte del día es la más fácil de improvisar. En verano la luz aguanta hasta las once de la noche y las terrazas de Austurvöllur y Laugavegur se llenan de una manera que sorprende a cualquiera que asocie Islandia con el frío. En invierno, en cambio, a las cinco de la tarde es noche cerrada y lo que apetece es entrar en algún sitio.

Reikiavik tiene una vida nocturna desproporcionada para su tamaño, con una particularidad: empieza tardísimo. Los bares del centro no se animan hasta pasada la medianoche, en parte porque salir a beber fuera es tan caro que casi todo el mundo bebe algo en casa antes. Si tu vuelo es al día siguiente, quizá no compense; si tienes la noche libre, la zona de Laugavegur y sus alrededores concentra prácticamente todo, incluido el bar de referencia del ambiente LGTBI de la ciudad, que lleva años siendo uno de los locales más animados del centro.

Y si el día ha salido despejado, hay un plan de cierre difícil de mejorar: volver a subir a la torre de la Hallgrímskirkja a última hora, con la luz baja de la tarde, y ver la ciudad teñida de naranja con el Esja al fondo. La entrada vale para una sola subida el día de la compra, así que hay que decidir si se usa por la mañana para orientarse o por la tarde para la fotografía. Si el pronóstico es bueno, yo la guardaría para el final.

Qué dejar fuera si solo tienes un día

Esta es la parte que casi ninguna guía se atreve a escribir. Con un día en Reikiavik hay cosas que sencillamente no caben, y forzarlas significa hacer el resto con prisa y mal.

El Círculo Dorado no es una excursión de media tarde: Þingvellir, Geysir y Gullfoss necesitan una jornada entera para verse con calma, y meterlos con calzador convierte el día en una carrera de autobús. La Laguna Azul ocupa media jornada larga contando desplazamientos y hay que reservarla con semanas de antelación. El avistamiento de ballenas desde el puerto viejo son tres horas de barco como mínimo. Y el faro de Grótta, en la punta de Seltjarnarnes, es un paseo precioso al atardecer pero exige dos horas de ida y vuelta que probablemente no tengas.

Con un día, lo que funciona es lo que acabas de leer: la torre, el 101 a pie, el mar, un museo y una piscina. Cinco cosas, hechas sin agobio. Reikiavik es una ciudad que no premia la ambición, sino el paseo. Y para quien viene con la idea de que la capital es solo un trámite antes del paisaje, tiene la costumbre de acabar sorprendiendo.

Datos prácticos resumidos

Se paga con tarjeta absolutamente en todo, hasta el café más pequeño y los baños públicos; no necesitas coronas en efectivo salvo para casos muy puntuales. Las distancias entre los puntos de este itinerario oscilan entre cinco y veinticinco minutos andando, y el único desplazamiento que puede requerir autobús es Perlan. Si vas a visitar varios museos y una piscina, la tarjeta turística municipal puede compensar; para un solo museo, no.

Los precios y horarios que aparecen aquí están comprobados en 2026, pero en Islandia cambian con frecuencia y las tarifas suben cada temporada, así que conviene confirmarlos en las webs oficiales antes de salir de casa. Y una última cosa: mira el parte meteorológico y el aviso de viento la noche antes. En Reikiavik el tiempo no cancela planes, pero sí decide en qué orden los haces.

Si vas a recorrer la isla entera después, este día tiene su sitio fijo al principio o al final de la carretera del anillo en 10 días.