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El frente del glaciar Svínafellsjökull, con sus formaciones de hielo escarpadas y tonos azules.

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La carretera del anillo de Islandia: itinerario completo en 10 días

La Ruta 1 rodea Islandia en algo más de mil trescientos kilómetros de asfalto, pero nadie la recorre así. Con los desvíos imprescindibles, la vuelta real se acerca a los dos mil trescientos, y el reparto de esos kilómetros entre los días disponibles es lo que decide si el viaje sale bien o se convierte en una sucesión de aparcamientos.

Lectura de 27 minutos

Hay dos formas de plantearse la vuelta a Islandia. Una es mirar el mapa, ver un país del tamaño de Hungría con una única carretera que lo rodea, calcular que son unos mil trescientos kilómetros de asfalto y concluir que en una semana sobra tiempo. La otra es entender que en Islandia el kilometraje es la parte fácil y que lo que realmente consume el día son las paradas, los desvíos, las caminatas cortas hasta los miradores y el tiempo que uno se queda quieto delante de las cosas sin haberlo previsto.

Yo hice la vuelta completa en once días, con casi dos mil trescientos kilómetros al volante y un utilitario pequeño de alquiler. Ese kilometraje, muy por encima de la cifra oficial de la Ruta 1, es la primera lección de este viaje: los desvíos son el viaje. Las cascadas, los glaciares, los campos geotérmicos y los cañones casi nunca están en el asfalto principal, sino a diez, veinte o cuarenta kilómetros de él.

Esta guía es el itinerario que haría hoy, etapa por etapa, con los tiempos de conducción reales, lo que merece cada parada, lo que se puede saltar sin remordimientos y los errores que cometí para que no haya que repetirlos. Antes del itinerario van las decisiones que hay que tomar en casa, porque en Islandia casi todo lo importante se decide meses antes de aterrizar.

Qué es la Ring Road y qué no cubre

La Ruta 1 es una carretera nacional de dos carriles que traza un círculo alrededor de la isla y conecta prácticamente todos los núcleos habitados del país. Está asfaltada en casi toda su longitud y no requiere ningún vehículo especial en verano. Su recorrido oficial ronda los mil trescientos kilómetros, lo que en abstracto suena a tres o cuatro días de conducción tranquila.

Lo que no cuenta esa cifra es que el anillo bordea el país y deja fuera todo lo que hay hacia dentro. Las tierras altas del interior son terreno de F-roads, pistas de montaña reservadas por ley a vehículos con tracción total, abiertas solo unos meses al año y con vados sin puente que ningún seguro cubre. Tampoco cubre el anillo los Fiordos del Oeste, que exigen sus propios cuatro o cinco días, ni la península de Snæfellsnes, que se puede añadir como desvío pero suma una jornada larga.

Con eso claro, el anillo sigue siendo el mejor viaje posible para una primera vez en Islandia, porque encadena en un solo recorrido cascadas, glaciares, lagunas de icebergs, fiordos, campos geotérmicos activos, playas negras y desiertos de lava, y porque tiene la enorme ventaja logística de no obligar a volver nunca sobre los propios pasos.

Cuántos días hacen falta de verdad

Con siete días se puede completar el círculo, pero es un viaje de conducir y ver, sin apenas caminatas y sin margen para el mal tiempo. Con diez días de ruta el equilibrio es correcto: da tiempo a las rutas cortas de senderismo, a los desvíos que valen la pena y a perder media jornada por un temporal sin que se hunda el itinerario. Con catorce se puede añadir Snæfellsnes o pasar dos noches en algún sitio en lugar de cambiar de alojamiento cada día, que es probablemente el mayor lujo posible en este viaje.

Lo que no recomiendo es intentarlo en cinco o seis. Islandia tiene una trampa concreta: las distancias en el mapa engañan porque las carreteras serpentean entre terreno volcánico, fiordos y puertos de montaña, y porque la velocidad máxima en asfalto es de noventa kilómetros por hora y en grava de ochenta, con radares en sitios poco obvios. Un tramo que parece de dos horas se convierte en tres en cuanto hay viento lateral, ovejas en la carretera o una parada no planificada, que siempre la hay.

Mi reparto, y el que estructura este artículo, es de diez jornadas de ruta más una noche de llegada. Empieza y termina en la zona de Reikiavik, en sentido antihorario, es decir, atacando primero la costa sur. Antes de fijar fechas conviene leer la guía de cuándo viajar a Islandia, porque el mes elegido condiciona buena parte de este itinerario.

En qué sentido recorrer el anillo

La mayoría de la gente lo hace en sentido antihorario, hacia el sur y el este, y hay una razón sólida: la costa sur concentra la mayor densidad de atractivos de todo el país y conviene recorrerla con las piernas y la paciencia intactas. Si dejas el sur para el final, llegas allí después de ocho días de paisaje extremo y las cascadas ya no te impresionan igual.

El argumento contrario también existe. Yendo en sentido horario, hacia el norte, esquivas el flujo principal de autobuses y coches de alquiler que sale de Reikiavik cada mañana hacia el sur, y llegas a los grandes puntos del sur al final, cuando ya sabes cuáles quieres priorizar. Es una estrategia razonable si viajas en pleno agosto y te importa mucho la masificación.

Yo lo haría antihorario, como lo hice, con una matización importante: los primeros días son los que más disciplina requieren, porque es donde uno tiende a demorarse. Si te retrasas en la costa sur, lo pagas en el este, que es la región más larga y con menos infraestructura de todo el recorrido.

El coche, los seguros y las carreteras

Para la Ruta 1 en verano no hace falta un todoterreno. Un utilitario pequeño de tracción delantera recorre el anillo entero sin problema, y yo lo hice con uno de los más modestos del catálogo. La única condición es no meterlo donde no debe ir, y ahí es donde conviene ser muy claro: conducir un vehículo sin tracción total por una F-road es ilegal en Islandia y anula cualquier cobertura del seguro. No es una recomendación, es la norma.

Distinto es el caso de las carreteras de grava que no son F-roads. Hay muchas, algunas dan acceso a puntos importantes, y un coche normal puede circular por ellas con cuidado. Yo cometí el error de tomar una de esas pistas para acortar entre Dettifoss y Vesturdalur: poco más de veinte kilómetros que tardé casi una hora, con el fondo del coche tocando tierra en varios puntos y un nivel de tensión que me arruinó la visita siguiente. La alternativa era rodear ochenta kilómetros por asfalto. Hoy rodearía sin dudarlo.

En cuanto a seguros, hay dos coberturas específicamente islandesas que no son un extra prescindible. La protección contra grava cubre los impactos de piedras en parabrisas, faros y pintura, que son el daño más frecuente en los coches de alquiler del país; un parabrisas nuevo aquí puede superar las doscientas mil coronas. La protección contra arena y ceniza cubre el sandblasting que producen las tormentas de arena volcánica, especialmente en la costa sur y en la zona de Mýrdalssandur, un daño que a menudo obliga a repintar el coche entero y que puede costar entre medio millón y un millón y medio de coronas. Ninguna póliza cubre, en cambio, los daños por vadear ríos ni los golpes en los bajos, así que no hay seguro que compre el derecho a hacer tonterías.

El impuesto por kilómetro que cambió las cuentas en 2026

Este es el cambio más relevante de los últimos años para quien planifica un viaje por carretera en Islandia, y todavía no aparece en muchas guías. Desde el 1 de enero de 2026 el país aplica un impuesto de circulación por kilómetro recorrido, el kílómetragjald, que sustituye a los antiguos impuestos incluidos en el precio del combustible. La tarifa base para turismos y todoterrenos de hasta 3.500 kilos es de 6,95 coronas por kilómetro y afecta a todos los vehículos, incluidos los eléctricos.

Para el viajero, el efecto tiene dos caras. Por un lado, el combustible bajó de golpe entre ochenta y noventa y cinco coronas por litro cuando se eliminaron los impuestos del surtidor. Por otro, ese ahorro se traslada a una línea nueva en la factura del alquiler: la mayoría de las compañías cobran el impuesto como una tarifa fija diaria, en torno a las 1.550 coronas por día de alquiler, mientras que otras lo liquidan por kilometraje real al devolver el coche, a veces con un recargo de gestión.

Traducido a una vuelta al anillo de dos mil trescientos kilómetros, el impuesto ronda las dieciséis mil coronas si se paga por kilómetro. No es una cifra que cambie la decisión de viajar, pero conviene incorporarla al presupuesto y, sobre todo, revisar en qué modalidad la cobra la compañía con la que reservas, porque entre la tarifa plana diaria y el cobro por kilómetro puede haber diferencias notables según cuánto conduzcas.

Alojamiento: la parte que hay que resolver antes

En Islandia el alojamiento no se improvisa. Fuera de Reikiavik y Akureyri, la oferta se reparte en guesthouses y granjas dispersas por la carretera, con pocas habitaciones cada una, y en verano lo que no está reservado sencillamente no existe. Mi viaje llevaba más de seis meses planificado y cada noche estaba cerrada con antelación.

Eso obliga a una forma de viajar poco flexible: el itinerario queda fijado por la cadena de alojamientos y el margen de improvisación se reduce a qué haces durante el día, no a dónde duermes. Es incómodo para quien viaja a impulsos, pero es la única manera realista de hacer el anillo en temporada alta. La alternativa es viajar en campervan, que da libertad a cambio de otros problemas, sabiendo que en Islandia está prohibido pernoctar fuera de los campings habilitados.

Un consejo de reparto: elige los alojamientos pensando en la etapa del día siguiente, no en la del día que llegas. Dormir cuarenta kilómetros más adelante de lo que apetece por la noche ahorra una hora de conducción por la mañana, que es exactamente la hora que después se echa de menos en el último punto de la jornada.

Etapa 1: llegada a Keflavík

El aeropuerto internacional no está en Reikiavik sino en Keflavík, a unos cincuenta kilómetros de la capital, en la península de Reykjanes. Los vuelos desde el sur de Europa suelen aterrizar de noche, y esa primera madrugada no da para nada más que recoger el coche y dormir.

Mi consejo, contra lo que hace mucha gente, es no ir a dormir a Reikiavik esa primera noche. Alojarse en Keflavík, a diez minutos del aeropuerto, ahorra un trayecto absurdo de ida y vuelta y permite salir al día siguiente directamente hacia el este. La capital se visita al final del viaje, cuando el coche ya está devuelto o a punto de estarlo y la ciudad se disfruta a pie.

Si llegas de día y te sobran horas, la propia península de Reykjanes tiene campos de lava, zonas geotérmicas y acantilados que justifican una tarde. Eso sí, es la zona volcánicamente más activa del país en este momento: desde 2021 ha habido una docena de erupciones en la península, la última en julio de 2025, y aunque no hay ninguna erupción en curso, la acumulación de magma hace probable que vuelva a haberla. Grindavík y la Laguna Azul están abiertas, pero los accesos cambian con poco margen, así que conviene consultar el estado antes de acercarse.

Etapa 2: el Círculo Dorado

Unos 250 kilómetros contando la salida desde Keflavík y el final en Selfoss. Es la ruta más transitada de Islandia y concentra tres lugares mayores en menos de doscientos kilómetros, así que el reto no es llegar sino esquivar a los autobuses. El itinerario detallado del Círculo Dorado en un día tiene los horarios, los precios de aparcamiento y las paradas que casi nadie hace.

Þingvellir es la primera parada y la que exige madrugar. A las nueve de la mañana en agosto todavía se aparca sin problema; a las diez y media empiezan a llegar los grupos organizados y a las doce el aparcamiento está al límite. El parque es el escenario del Alþingi, la asamblea que los jefes islandeses celebraron aquí desde el año 930, y a la vez una grieta geológica: caminar por el fondo de la falla de Almannagjá es caminar entre la placa norteamericana y la euroasiática, que se separan dos o tres centímetros al año. Tres horas se van sin sentirlo, y basta alejarse un poco de las pasarelas principales para encontrar calma incluso en temporada alta.

De ahí a Gullfoss hay unos cincuenta kilómetros y una hora larga. La cascada cae en dos saltos consecutivos hacia una garganta de setenta metros y tiene dos miradores que son los dos necesarios: el superior para entender la escala, el inferior para empaparse en treinta segundos y comprobar que el rugido obliga a levantar la voz. A diez minutos está el área geotérmica de Geysir, donde el géiser original lleva prácticamente inactivo desde que los visitantes del siglo XIX lo arruinaron echándole jabón, pero su vecino Strokkur erupciona cada cinco u ocho minutos con una fiabilidad de reloj. El truco para la foto: dos o tres segundos antes de la erupción asoma en la superficie una cúpula azulada de vapor.

Si sobra tiempo, el cráter Kerið queda de camino hacia el sur por la 35 y cobra una entrada modesta. Es un cono de escoria colapsado hace unos tres mil años, con paredes rojas y un lago turquesa cuyo nivel depende del freático y no de la lluvia. Una hora basta para el sendero del borde y la bajada al agua. Fin de etapa en Selfoss, que no tiene atractivo propio pero funciona como base.

Etapa 3: la costa sur, cascadas y playas negras

Unos 140 kilómetros hasta Vík, que suenan a nada y ocupan el día entero. Esta etapa y la siguiente están desarrolladas con mucho más detalle en la guía de la costa sur en dos días, que es como yo la haría si volviera. La razón geológica de que aquí haya tantas cascadas es que el borde sur de la meseta volcánica interior es un acantilado abrupto: el agua que baja de los glaciares no tiene una pendiente gradual, cae de golpe.

Seljalandsfoss es la primera y la más famosa porque un sendero permite rodearla y pasar por detrás de la cortina de agua. Se sale calado, sin excepciones, así que chubasquero y protección para la cámara. Diez minutos a pie hacia el norte, siguiendo el pie del acantilado, está Gljúfurárfoss, que casi nadie visita porque no tiene aparcamiento ni señalización: hay que meterse en una garganta estrecha, mojarse los pies y, al fondo, encontrarse una cascada encajonada entre paredes con una ranura de luz arriba y absolutamente nadie alrededor. Es de los mejores momentos de toda la costa sur.

Cuarenta minutos más al este está Skógafoss, sesenta metros de caída y una escalera de más de quinientos peldaños por el lateral que lleva a lo alto. Merece subirla aunque llueva, con una advertencia que aprendí por las malas: la combinación de lluvia y bruma de la cascada mató mi cámara durante unas horas. Justo al lado, el museo folclórico de Skógar es el mejor refugio posible para un día de temporal, con sus casas de turba reconstruidas y una colección enorme de objetos cotidianos.

La tarde se cierra en el promontorio de Dyrhólaey, con vistas al arco de roca, al glaciar Mýrdalsjökull y a los acantilados donde crían los frailecillos entre mayo y agosto, y en la playa negra de Reynisfjara. Aquí va el aviso más serio de todo el itinerario: las llamadas sneaker waves llegan sin previo aviso desde el Atlántico abierto y han causado muertes en esta playa. No se da la espalda al mar y se permanece mucho más atrás de donde parece razonable.

Etapa 4: cañones, glaciares y la laguna de icebergs

Unos 270 kilómetros hasta Höfn, y probablemente la jornada más intensa del viaje. Conviene salir pronto de verdad.

Fjaðrárgljúfur, poco antes de Kirkjubæjarklaustur, es un cañón de más de cien metros de profundidad enteramente tapizado de un verde brillante que no se parece a nada más de este país. Ha sufrido cierres temporales por erosión debido al exceso de visitantes, así que conviene comprobar antes que los senderos están abiertos. Después, Systrafoss pide subir por el sendero lateral, porque desde arriba la vista del valle vale más que la propia cascada, y Dverghamrar es una parada de cinco minutos junto a la carretera para ver columnas de basalto hexagonales al nivel del suelo.

La parte grande del día empieza en Skaftafell. Desde el aparcamiento salen dos rutas que no compiten entre sí: una lleva al frente del glaciar Skaftafellsjökull en un paseo corto por arena negra y roca pulida, y otra sube hasta Svartifoss, la cascada enmarcada por columnas basálticas negras que Guðjón Samúelsson usó como referencia literal para diseñar la Hallgrímskirkja de Reikiavik. A pocos minutos en coche está Svínafellsjökull, otro frente glaciar, más escarpado y con el hielo de un azul más saturado. Si solo hay tiempo para un glaciar, este.

El final de etapa es Jökulsárlón, la laguna glaciar donde flotan icebergs desprendidos del Breiðamerkurjökull. El azul del hielo no es un efecto de la luz: siglos de compresión expulsan el aire y sin burbujas la refracción cambia. Al otro lado de la carretera, en Diamond Beach, las olas devuelven a la arena negra los bloques que no consiguen salir al mar. Hay focas nadando entre el hielo de forma permanente. Y después, cincuenta kilómetros hasta Höfn, un pueblo pesquero cuya especialidad es el langostino de aguas frías, que es exactamente lo que apetece después de un día así.

Etapa 5: los fiordos del este

Unos 270 kilómetros hasta Seyðisfjörður, con un cambio de registro completo. Es la región que desarrollo con más detalle en la guía de los fiordos del este, incluido lo que hoy añadiría y que en su momento me perdí. El este es la región menos visitada de Islandia y se nota en todo: menos coches, menos señalización, menos infraestructura turística y, a cambio, una sensación de estar en un país real y no en un circuito.

Djúpivogur es un pueblo costero que apenas aparece en los itinerarios y donde nadie intenta venderte nada, lo cual en agosto en Islandia es casi un lujo. Veinte minutos de paseo por el puerto bastan. Girando después hacia el interior, la carretera bordea el lago Lagarfljót durante veinticinco kilómetros, con su leyenda de monstruo lacustre incluida.

La parada que de verdad justifica el día es Hengifoss, ciento veintiocho metros de caída y una de las cascadas más altas del país. El sendero sube unos cuarenta minutos y a mitad de camino aparece Litlanesfoss, enmarcada por un semicírculo casi perfecto de columnas hexagonales. Arriba, lo que impresiona de Hengifoss no es la altura sino las franjas rojas horizontales de la pared: son paleosuelos, suelos antiguos formados en periodos cálidos entre erupciones y sepultados por las coladas siguientes. Un archivo climático al que se llega andando. En cambio, el museo de Skriduklaustur, junto al lago, se puede saltar sin ningún remordimiento salvo que te interese específicamente la historia medieval islandesa.

El día se cierra cruzando el puerto de montaña hasta Seyðisfjörður, veintisiete kilómetros que son un viaje en sí mismo, con cascadas bajando por las laderas y una bajada final hacia el fiordo que obliga a parar el coche. El pueblo tiene una vida artística inesperada para su tamaño, alimentada por el festival LungA y por el ferri que lo conecta con Dinamarca y las Feroe.

Etapa 6: Dettifoss, Ásbyrgi y Húsavík

Unos 300 kilómetros, la etapa más larga y la que peor gestioné yo. Para llegar a Dettifoss hay que salir de la Ruta 1 y elegir lado del cañón: la 862, por el oeste, está asfaltada, tiene aparcamiento amplio y es apta para cualquier coche, aunque no tiene servicio de invierno entre enero y principios de abril. La 864, por el este, es pista de grava, ofrece una perspectiva más cercana y suele estar cerrada desde octubre hasta junio. Con un coche normal, la 862 sin discusión.

Dettifoss es la cascada más caudalosa de Europa: cuarenta y cuatro metros de altura, casi cien de ancho y un caudal que en condiciones extremas supera los mil quinientos metros cúbicos por segundo. El agua llega gris y turbia porque arrastra el sedimento del Vatnajökull. Caminando unos minutos aguas arriba está Selfoss, más baja y mucho más ancha, que casi nadie visita y que merece los quince minutos extra. El paisaje de alrededor es tan árido que la NASA entrenó aquí a los astronautas del Apolo.

Aquí viene mi error, y lo cuento entero porque es el consejo más útil de este artículo: desde Dettifoss hay una pista de grava que acorta hasta Vesturdalur, en lugar de rodear ochenta kilómetros por asfalto. La tomé con un utilitario. Veinte kilómetros, casi una hora, los bajos tocando tierra y una tensión acumulada que hizo que la siguiente parada, el campo de formaciones basálticas de Hljóðaklettar, me la perdiera estando físicamente allí. Rodea. Después, Ásbyrgi es un cañón en forma de herradura de tres kilómetros de largo y paredes de cien metros, excavado por inundaciones glaciares catastróficas hace tres mil años, con uno de los pocos bosques naturales del país en su interior. La guía de Dettifoss y el cañón de Ásbyrgi cuenta este tramo con calma. Fin de etapa en Húsavík, capital del avistamiento de ballenas: mira los horarios de la última salida antes de organizar el día, porque yo llegué tarde y me quedé sin barco, y en la guía de Húsavík cuento cómo no repetir el error.

Etapa 7: Mývatn y Goðafoss hasta Akureyri

Unos 180 kilómetros con mucha densidad de paradas. El área de Mývatn es probablemente la zona geotérmica más completa del país y da para un día entero sin conducir apenas; el itinerario de Mývatn en un día desglosa cada parada con tiempos y aparcamientos.

Se empieza en Hverir, al pie de la montaña Námafjall, donde el olor a azufre llega antes que la imagen: pozas de barro ocre burbujeando, columnas de vapor saliendo del suelo y el terreno teñido de rojo y amarillo. El sendero que sube por Námafjall no es exigente pero la tierra suelta lo hace más lento de lo que parece, y arriba se ve todo el campo geotérmico y el lago al otro lado. Cerca están el cráter inundado de Stóra-Víti, con su lago azul improbable y la central geotérmica soltando vapor al lado, y Leirhnjúkur, el campo de lava de los Fuegos de Krafla, donde el suelo todavía está caliente en algunos puntos cuarenta años después de la última erupción. Los carteles que piden no salirse del sendero no son decorativos: la diferencia entre roca estable y suelo que cede no se ve desde fuera.

Por la tarde, Dimmuborgir es un laberinto de columnas y arcos de lava formado cuando una colada fluyó sobre un lago poco profundo, y Höfði un pequeño cabo boscoso que sirve de pausa después de tantas horas de terreno mineral. Un apunte práctico: Mývatn significa literalmente «lago de los mosquitos» y el nombre no es metafórico; en verano forman nubes densas alrededor de cualquier cosa que se mueva, y aunque no pican con agresividad, una redecilla para la cabeza cuesta poco y se agradece.

Camino de Akureyri está Goðafoss, la cascada de los dioses, donde el lawspeaker Þorgeirr arrojó sus ídolos paganos al agua en el año 1000 después de decidir que Islandia se convertía al cristianismo. Doce metros de caída en un arco de treinta metros de ancho, con senderos por ambas orillas que conviene recorrer. Akureyri, con dieciocho mil habitantes, es la segunda ciudad del país y tiene un microclima benigno pese a estar a menos de cien kilómetros del Círculo Polar. Su iglesia es obra del mismo arquitecto que la de Reikiavik y guarda dentro vidrieras rescatadas de la catedral de Coventry antes de que los bombardeos de 1940 acabaran con el edificio.

Etapa 8: del norte a la península de Vatnsnes

Unos 250 kilómetros con un carácter completamente distinto: aquí el paisaje se calma y lo que aparece es la Islandia histórica y rural. La ruta pasa por el valle de Öxnadalur, que obliga a parar aunque no esté planeado, y llega a Glaumbær, una granja de turba de trece edificaciones encadenadas bajo un mismo sistema de cubierta, habitada de forma continua hasta 1947. El pasillo interior donde la familia entera dormía y trabajaba explica mejor que cualquier museo cómo el frío dicta la forma de habitar.

El día se convierte casi solo en una ruta de iglesias. Víðimýrarkirkja es una iglesia de turba del siglo XIX, con muros y tejado cubiertos de hierba, tan pequeña por dentro que el contraste con cualquier templo urbano resulta cómico. La de Blönduós es el extremo opuesto: hormigón de 1993 con forma de cráter, muy criticada en su día y perfectamente coherente en un país construido por volcanes. Y Þingeyrar, al final de una carretera que no lleva a ningún otro sitio, es la primera iglesia de piedra del país, levantada sobre el emplazamiento del monasterio medieval donde se copiaron muchas de las sagas.

La península de Vatnsnes cierra la etapa y conviene saber que su carretera circular no está asfaltada: polvo, traqueteo y el coche gris al final. Se hace por dos motivos. Uno es la mayor colonia de focas del norte del país, visible desde los puntos de avistamiento con marea baja, con una advertencia honesta: las focas en tierra están absolutamente inmóviles y la experiencia consiste en mirar animales quietos durante un rato. El otro es Hvítserkur, una roca de quince metros que emerge del mar y que con voluntad recuerda a un rinoceronte bebiendo. Es fotogénica y tiene su historia geológica, pero ajusta expectativas: es una roca en el agua. La guía de la península de Vatnsnes entra en el detalle de este tramo.

Etapa 9: el oeste y la vuelta a Reikiavik

Unos 250 kilómetros de regreso, con tres paradas de calidad muy desigual. El cráter Grábrók tiene aparcamiento grande, señalización cuidada y una subida de veinte minutos, y después de ocho días recorriendo Islandia resulta difícil emocionarse con él; su popularidad tiene más que ver con la cercanía a Reikiavik que con su espectacularidad. Deildartunguhver, la fuente termal de mayor caudal de Europa con ciento ochenta litros por segundo a cien grados, se ve en diez minutos desde una pasarela, pero el dato que la hace interesante es que esa agua se canaliza para calentar casas en pueblos situados a sesenta kilómetros.

La parada que de verdad merece el desvío es Hraunfossar, y llega sin avisar. Le dedico un artículo aparte, la guía del oeste de Islandia, porque es de las cosas que más se pierde la gente por llegar directa a la capital. No es una cascada convencional porque el agua no cae desde arriba: brota lateralmente del campo de lava a lo largo de cientos de metros, como si la roca rezumara, y cae directamente al río. El origen está en el deshielo del glaciar Langjökull, que viaja bajo tierra filtrándose por la roca porosa hasta reaparecer aquí. Al lado está Barnafoss, la cascada de los niños, con su leyenda de un arco de piedra derribado por una madre después de una tragedia. Hay pasarelas de madera, hay gente pero no masificación, y es de esos sitios que uno se pregunta por qué no está en todas las listas.

Desde ahí, dos horas de bajada hasta Reikiavik, con el paisaje volviéndose gradualmente más doméstico y más transitado. Reserva alojamiento en el centro, en el código postal 101, y dedica lo que quede de tarde a subir a la torre de la Hallgrímskirkja para ver desde arriba la ciudad y entender su escala. Después de nueve días de horizonte vacío, ver una ciudad desde una torre produce una reconexión extraña con el mundo cotidiano.

Etapa 10: Reikiavik y la despedida por Reykjanes

El último día es el único que no requiere conducir. Reikiavik se recorre a pie: el centro histórico, la calle Skólavörðustígur pintada de arcoíris, la plaza de Austurvöllur con el Parlamento y la catedral, el Sólfar frente al mar, el auditorio Harpa y el puerto viejo. Un museo elegido con criterio y, si quedan ganas, una piscina municipal geotermal, que es la costumbre local más agradable que se puede adoptar. El itinerario de Reikiavik en un día desarrolla esta jornada hora a hora.

Si el vuelo sale por la tarde o por la noche, el trayecto de vuelta al aeropuerto permite intercalar la península de Reykjanes: las zonas geotérmicas de Seltún y Krýsuvík, con sus fumarolas y su barro burbujeante, están de camino y se ven en poco tiempo. La Laguna Azul es la despedida clásica y funciona bien como último acto antes de un vuelo, con la salvedad de que hay que reservarla con antelación y de que la actividad volcánica de la zona ha obligado a cerrarla y reabrirla en varias ocasiones en los últimos años. Comprueba el estado el mismo día.

Los errores que conviene no repetir

El primero y el más caro en tiempo es subestimar cuánto se tarda en cada parada. En Islandia el tiempo de conducción entre puntos es predecible; lo que se dispara es lo que uno tarda en cada sitio, porque siempre hay un sendero corto, un mirador más arriba o una luz que cambia. Yo calcularía las paradas por lo alto y los trayectos por lo bajo, y no al revés.

El segundo es meterse en pistas de grava para ahorrar kilómetros. Ochenta kilómetros de asfalto se hacen en una hora larga y sin desgaste; veinte de grava mala pueden costar lo mismo y dejarte inservible para la siguiente visita. El coste real de esas pistas no es mecánico, es de atención.

El tercero es no comprobar los horarios de las actividades con salida fija. Los barcos de ballenas, los ferris y las excursiones sobre glaciar tienen última salida y no esperan. Yo perdí Húsavík por llegar tarde a una hora que podría haber consultado por la mañana.

El cuarto es viajar con expectativas meteorológicas del sur de Europa. En agosto llueve, hace viento y el sol de medianoche ya se ha acabado: a mediados de mes anochece del todo. Consultar cada mañana el parte en vedur.is y el estado de las carreteras en road.is no es una manía de viajero obsesivo, es lo que hace la gente aquí.

Y el quinto es cargar el itinerario hasta el último hueco. Islandia obliga a cambiar de plan por el tiempo con más frecuencia de lo que uno cree, y las jornadas que salieron mejor de mi viaje fueron las que tenían aire de sobra.

Lo que el anillo deja fuera

Conviene terminar con lo que este itinerario no incluye, porque saberlo evita frustraciones. Las tierras altas del interior, con Landmannalaugar y sus montañas de riolita de colores, quedan fuera por completo: exigen todoterreno, F-roads y una ventana de apertura de apenas unos meses al año. Los Fiordos del Oeste, que son probablemente la región más salvaje y menos visitada del país, necesitan sus propios días y no se pegan al anillo sin más. Y la península de Snæfellsnes, que sí es un añadido factible, suma al menos una jornada larga si se quiere hacer con dignidad.

Nada de eso resta valor a la vuelta al anillo. Al contrario: es la mejor manera posible de entender la escala y la variedad de este país en un solo viaje, y deja motivos evidentes para volver. Yo salí de allí con la certeza de haber visto algunos de los paisajes más impresionantes del planeta y con una lista de pendientes que no ha dejado de crecer desde entonces.

Los precios, horarios y estados de carretera de este artículo están comprobados en 2026, pero en Islandia cambian con la temporada y, en el caso de Reykjanes, pueden cambiar en cuestión de horas. Confirma siempre en las fuentes oficiales antes de salir.