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Atardecer sobre los tejados de colores de Reikiavik, visto desde el mirador de la torre de la Hallgrímskirkja.

Destinos · Islandia · Reikiavik

Qué ver en Reikiavik en 2 días: itinerario detallado y consejos

Con dos días en Reikiavik ya no hace falta elegir. El primero resuelve lo imprescindible del centro; el segundo es el que convierte la visita en algo más que un trámite entre el aeropuerto y la carretera, con una isla, un valle termal y un faro al final de la península.

Lectura de 15 minutos

Un día en Reikiavik da para ver lo esencial. Dos días dan para entender la ciudad, que es otra cosa. La diferencia no está en añadir más monumentos a la lista —la capital islandesa no tiene tantos— sino en poder salir del centro histórico y descubrir que la vida de la ciudad ocurre en sitios que no aparecen en las guías rápidas: un valle con piscinas y jardines al este, una isla a quince minutos en barco, una península que termina en un faro al que solo se llega con la marea baja.

Este itinerario está pensado para quien tiene dos jornadas completas, ya sea al principio o al final de la vuelta a la isla, ya sea en una escala larga camino de Norteamérica. Todo se hace a pie salvo dos desplazamientos que se resuelven con autobús urbano o un taxi corto, así que no necesitas coche de alquiler y, de hecho, te sobra.

El primer día repite el circuito clásico del centro y lo resumo aquí para que el artículo se sostenga solo; si quieres el detalle completo, con horarios, precios y paradas intermedias, lo tengo desarrollado en el itinerario de un día. El segundo es donde está el verdadero valor de quedarse una noche más.

Cómo repartir dos días en Reikiavik

El reparto que mejor funciona es sencillo: el primer día se dedica al código postal 101, el núcleo histórico donde está la iglesia grande, el Parlamento, el puerto viejo y las calles comerciales; el segundo se sale de ahí. La razón es práctica. El centro se recorre a pie sin depender de horarios, mientras que las visitas del segundo día —la isla, el valle, la península— sí dependen de ferris, de mareas y de la luz, y conviene planificarlas con el parte meteorológico ya en la mano, cosa que la primera mañana todavía no puedes hacer con fiabilidad.

Hay una segunda razón, menos evidente. El primer día en Reikiavik uno llega con la mirada del turista recién aterrizado y va marcando casillas. El segundo ya se ha calibrado: sabes cuánto se tarda en cruzar el centro, sabes que el viento decide más que la temperatura y sabes qué te interesa de verdad de este país. Las visitas del segundo día se disfrutan bastante más precisamente por eso.

Si tu segundo día cae en fin de semana, hay dos cosas que solo existen entonces y que conviene encajar: el mercadillo cubierto del puerto viejo, que abre sábados y domingos de once a cinco, y el ferri a la isla de Viðey, que fuera de la temporada alta solo navega esos dos días. Si tu segundo día es entre semana en invierno, la isla queda descartada y el itinerario se reorganiza hacia los museos y el valle.

Primer día: el centro histórico de un vistazo

La mañana empieza en la Hallgrímskirkja, con capítulo propio en mi recorrido por las iglesias de Islandia. Entrar en la iglesia es gratis y subir a la torre cuesta unas 1.500 coronas, en torno a diez euros, con entradas que solo se venden en la tienda del propio templo el mismo día, sin reserva previa. Desde arriba se entiende la escala de la ciudad en dos minutos: tejados de colores, la bahía, el monte Esja al fondo. Es la mejor forma de orientarse antes de empezar a caminar, y justo detrás está el jardín de esculturas del museo Einar Jónsson, al aire libre y de acceso libre.

Desde la iglesia se baja por Skólavörðustígur, la calle pintada con los colores del arcoíris, hasta desembocar en Laugavegur, la arteria comercial. Merece la pena desviarse por las calles perpendiculares para ver las casas de chapa ondulada y el arte urbano de los muros medianeros, que en esta ciudad tiene un nivel sorprendente. Ese paseo desemboca de forma natural en Austurvöllur, la plaza donde está el Parlamento —un edificio de basalto oscuro de 1881, sin verjas ni escoltas visibles— y la catedral luterana, tan pequeña y tan sobria que la mayoría pasa de largo sin identificarla.

Después de comer, el itinerario baja al mar. El Sólfarið, la escultura de acero que casi todo el mundo confunde con un barco vikingo y que en realidad es una nave onírica dedicada a la luz, está en el paseo marítimo de Sæbraut. A cinco minutos, el auditorio Harpa, con su fachada de módulos hexagonales de vidrio, se puede recorrer por dentro libremente y sin pagar. Y desde ahí se llega al puerto viejo, donde salen los barcos de avistamiento de ballenas y está la sede del Museo de Arte de Reikiavik en un antiguo almacén portuario.

La tarde se cierra con un museo elegido con criterio —el Museo Nacional cuesta 3.000 coronas y pide entre dos y tres horas— y, si aún quedan fuerzas, con la primera piscina geotermal del viaje. Ese es, en resumen, el primer día. Todo lo demás empieza mañana.

Segundo día por la mañana: la isla de Viðey

Quince minutos de travesía separan Reikiavik de una isla de kilómetro y medio cuadrado en la que no vive nadie. Viðey es el mejor plan de mañana que ofrece la ciudad, y lo es porque combina tres cosas que no suelen ir juntas: historia, arte contemporáneo y silencio absoluto a la vista de la capital.

El ferri sale del muelle de Skarfabakki, a unos cinco o diez minutos en coche del centro, con los autobuses urbanos 12 y 16 llegando directamente desde la plaza de Hlemmur. Entre el 15 de mayo y el 31 de agosto navega a diario, con salidas cada hora desde las 10:15 hasta las 17:15 y regresos desde las 12:30; en verano hay además salidas desde el puerto viejo. Del 1 de septiembre al 14 de mayo solo funciona sábados y domingos, con tres salidas por la tarde. El billete de ida y vuelta cuesta 2.500 coronas para adultos, unos diecisiete euros, con descuento para estudiantes y mayores.

En la isla hay una casa de piedra de 1755, Viðeyjarstofa, que es una de las construcciones más antiguas del país y hoy funciona como café, y una iglesia de la misma época. Hubo aquí un monasterio agustino entre 1225 y 1539 y un pueblo pesquero que se despobló en el siglo XX. La instalación de Richard Serra reparte pares de columnas de basalto por el terreno de manera que se enmarcan unas a otras según por dónde camines. Y en el extremo sur está la Imagine Peace Tower de Yoko Ono, una columna de luz dedicada a John Lennon que se enciende solo en fechas señaladas, sobre todo entre el cumpleaños de él en octubre y el aniversario de su muerte en diciembre.

Lo mejor de Viðey, sin embargo, no es ninguna de esas cosas por separado. Es caminar por senderos abiertos entre aves marinas, con la ciudad entera a la vista al otro lado del agua y sin ningún ruido que no sea el viento. Hora y media basta para el circuito corto; dos horas y media permiten rodear la isla entera. Lleva algo de comer, porque el café de la isla es caro y tiene horarios limitados, y lleva cortavientos, porque ahí fuera no hay dónde resguardarse.

Segundo día a mediodía: el valle de Laugardalur

De vuelta en tierra firme, el plan es dirigirse al este, al valle de Laugardalur. El nombre significa literalmente «el valle de las fuentes termales», y no es decorativo: aquí estaban las pozas de agua caliente a las que las mujeres de Reikiavik subían a lavar la ropa hasta bien entrado el siglo XX, cargando los fardos por un camino que todavía se puede recorrer. Aquellas lavanderas son el origen directo de la relación islandesa con el agua caliente, que después se convirtió en calefacción urbana y en la red de piscinas públicas que hoy tiene hasta el pueblo más pequeño del país.

El valle concentra hoy el jardín botánico de la ciudad, de entrada libre, con una colección notable de plantas árticas y un invernadero con cafetería; el museo Ásmundarsafn, dedicado al escultor Ásmundur Sveinsson, instalado en la casa abovedada que él mismo se construyó y rodeado de un jardín de esculturas que se puede ver desde fuera sin pagar; y la Laugardalslaug, la piscina municipal más grande de Reikiavik, con piscina olímpica descubierta, varias bañeras exteriores a temperaturas escalonadas, sauna y tobogán. Si viajas con niños, en el mismo valle está el pequeño zoo de animales domésticos islandeses.

Aquí es donde recomiendo meterse en el agua. Una entrada a la piscina municipal cuesta una fracción de lo que cuesta cualquier balneario turístico, no hay que reservar, y el ambiente es de vecindario: gente mayor charlando en los hot pots, críos gritando en el tobogán, nadie mirando el móvil. Es la costumbre local más agradable que se puede adoptar en un viaje corto. Eso sí, recuerda que la ducha desnudo y con jabón antes de entrar al agua es obligatoria, está señalizada y hay personal encargado de que se cumpla. No es negociable ni es una excentricidad: las piscinas islandesas usan muy poco cloro precisamente porque la higiene previa es estricta.

Segundo día por la tarde: Grótta y la península de Seltjarnarnes

La mejor puesta de sol de la capital no está en el centro. Está en el extremo oeste, en la punta de la península de Seltjarnarnes, donde un faro blanco se levanta sobre un islote llamado Grótta. Se llega en autobús o con un paseo largo desde el centro bordeando la costa, con la bahía siempre a la derecha y el Esja enfrente.

Aquí hay un detalle que conviene tomarse en serio, porque cada temporada hay quien lo aprende por las malas: al faro solo se puede cruzar con la marea baja, por una lengua de arena que desaparece por completo cuando sube el agua. Si cruzas sin mirar la tabla de mareas, te quedas atrapado varias horas en un islote sin refugio y con viento. La tabla se consulta en un minuto en internet y está señalizada en el propio acceso. También hay que saber que el islote está cerrado al paso durante la época de cría de aves, entre mayo y julio.

Junto al aparcamiento hay una pequeña poza de piedra alimentada con agua geotermal, obra de la artista Ólöf Nordal, pensada para meter los pies mientras se mira el mar. Es un gesto minúsculo y muy islandés. Y en invierno esta punta es, además, el mejor mirador de auroras boreales al que se puede llegar sin salir de la ciudad, porque es el único sitio del área metropolitana donde la contaminación lumínica cae lo suficiente y la vista al norte está despejada.

Los planes de repuesto para un día de lluvia

En Reikiavik llueve mucho y el viento puede convertir un paseo costero en un ejercicio de resistencia. Conviene tener un plan B ya decidido, porque improvisarlo empapado no sale bien.

La opción más completa es Perlan, el edificio de los depósitos de agua caliente coronado por una cúpula de vidrio, en la colina de Öskjuhlíð. Aquí hay que actualizar lo que muchas guías siguen contando mal: el mirador de 360 grados ya no es de acceso libre y hoy Perlan funciona como museo de pago sobre la naturaleza islandesa, con una cueva de hielo artificial de cien metros hecha con nieve real, un planetario dedicado a las auroras y exposiciones sobre glaciares y vulcanismo. La entrada completa ronda las 5.990 coronas, cerca de cuarenta euros, y se tarda entre dos y tres horas. Es cara, pero un día de temporal se paga sola.

La alternativa cultural es el Museo de Arte de Reikiavik, que tiene tres sedes en la ciudad —el almacén portuario de Hafnarhús, el pabellón de Kjarvalsstaðir dedicado al pintor Jóhannes Kjarval y la casa-estudio de Ásmundarsafn en Laugardalur— con una sola entrada que da acceso a las tres. Y para quien tenga curiosidad por la arquitectura tradicional está Árbæjarsafn, el museo al aire libre de las afueras, donde se han reconstruido casas de turba y edificios históricos trasladados desde el centro; en verano abre a diario y en invierno funciona con horario reducido y visita guiada, así que conviene mirarlo antes de ir.

Comer y cenar sin arruinar el presupuesto

Dos días de comidas en Reikiavik hacen daño en la cartera si se afrontan sin estrategia. Un plato sencillo en un restaurante del centro ronda las 3.000 o 4.000 coronas y una cena en condiciones puede duplicarlo largamente.

Lo que funciona es alternar. Una comida en el puesto de perritos calientes junto al puerto viejo, esa institución que lleva desde los años treinta despachando salchichas de cordero con cebolla frita y remoulade, cuesta una fracción de lo demás y forma parte del paisaje local. Otra comida resuelta en un supermercado de cadena barata, que es lo que hace medio país sin ningún complejo. Y a cambio, una cena buena de verdad, que aquí significa pescado y marisco: el puerto viejo concentra las mejores opciones y el langostino islandés y el bacalao fresco justifican el gasto de una noche.

Si tu segundo día cae en sábado o domingo, el mercadillo cubierto de Tryggvagata, junto al puerto, tiene una zona de puestos de comida donde probar pescado seco, pan de centeno, kleinur y, para los valientes, tiburón fermentado. Abre de once a cinco, muchos puestos siguen prefiriendo efectivo y hay cajero en la entrada. Y una recomendación que ahorra dinero todos los días: el agua del grifo islandesa es excelente y gratuita, y comprar agua embotellada aquí les parece a los locales directamente absurdo.

¿Y si dedico el segundo día a una excursión?

Es la duda que aparece siempre, y la respuesta honesta depende enteramente de una cosa: de si vas a recorrer Islandia después o no.

Si estos dos días son todo lo que vas a ver del país, por ejemplo en una escala larga, entonces sí. Dedica el segundo día al Círculo Dorado, que en una jornada completa reúne Þingvellir, Geysir y Gullfoss, y que se puede hacer en excursión organizada o con un coche alquilado solo para ese día. Sería absurdo tener Islandia entera al alcance y quedarse mirando escaparates en Laugavegur. La otra opción, más corta, es la península de Reykjanes, con sus campos de lava y sus zonas geotermales, aunque conviene consultar antes el estado de la actividad volcánica de la zona, que lleva años dando sobresaltos y ha obligado a cerrar accesos en varias ocasiones.

Si en cambio vas a hacer la vuelta a la isla por la carretera del anillo en 10 días, no gastes el segundo día en una excursión. Todo lo que verías en el Círculo Dorado lo vas a ver igual, con más calma y sin autobús, y en cambio la isla de Viðey, el valle de Laugardalur o el faro de Grótta no aparecen en ningún itinerario de carretera. La ciudad es la parte del viaje que solo puedes hacer aquí y ahora.

Queda una tercera vía, la de cerrar el segundo día con un balneario. La Laguna Azul está a cuarenta y cinco minutos, en Reykjanes, exige reservar con antelación y ocupa media jornada larga. Dentro del área metropolitana, en cambio, hay una laguna geotermal frente al Atlántico con borde infinito y un ritual de siete pasos, a un cuarto de hora del centro, cuyo paquete estándar ronda las 8.500 coronas y el privado las 12.000. Es cara comparada con una piscina municipal y barata comparada con la alternativa famosa, y tiene la ventaja enorme de no comerte medio día de desplazamiento.

Consejos prácticos para estos dos días

Se paga con tarjeta en absolutamente todo, incluidos los baños públicos y el autobús; el único sitio donde el efectivo sigue siendo útil es el mercadillo del fin de semana. El transporte urbano funciona bien pero pasa con frecuencias amplias, así que para dos desplazamientos sueltos a veces compensa un taxi corto. Si vas a entrar en varios museos y en la piscina, la tarjeta turística municipal puede salir a cuenta; para un museo suelto, no.

La ropa importa más que en cualquier otra capital europea. Cortavientos impermeable siempre, capas debajo y calzado que aguante el agua: en Reikiavik la lluvia rara vez cae en vertical. Mira el parte y el aviso de viento cada mañana, porque decide el orden del día: si sopla fuerte del norte, cambia Grótta y Viðey por los museos y déjalos para la jornada siguiente.

Y una última consideración de calendario. En verano tendrás luz hasta pasadas las once de la noche, lo que estira los dos días de manera generosa y permite hacer el faro a las diez de la noche. En invierno el sol sale tarde y se pone a media tarde, el ferri a la isla solo navega los fines de semana y el itinerario hay que comprimirlo bastante; a cambio, tienes opciones de aurora boreal desde la misma ciudad y una atmósfera que en agosto, con los autobuses turísticos aparcados en doble fila, es imposible de encontrar.

Los precios y horarios de este artículo están comprobados en 2026, pero en Islandia suben cada temporada y los horarios cambian con el calendario, así que confírmalos en las webs oficiales antes de salir de casa.