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El Círculo Dorado en un día por libre: itinerario, horarios y precios
Þingvellir, Geysir y Gullfoss caben en menos de doscientos kilómetros y son la excursión más repetida de Islandia. Hacerla por libre no tiene ninguna dificultad; lo único que separa un buen día de una jornada de aparcamientos llenos es la hora a la que se sale de casa.
El Círculo Dorado es la ruta más transitada de Islandia y hay una razón sencilla para ello: concentra en un radio muy pequeño tres de los lugares más representativos del país. Un parque nacional que es a la vez la grieta entre dos placas tectónicas y el escenario del parlamento más antiguo del mundo; una cascada que estuvo a punto de desaparecer bajo una central hidroeléctrica; y el géiser que le dio nombre al fenómeno en todos los idiomas del planeta.
Se puede hacer en excursión organizada desde Reikiavik, y mucha gente lo hace. Pero se hace mucho mejor por libre, porque el recorrido es corto, la señalización es impecable, las carreteras están asfaltadas y no requieren ningún vehículo especial en verano, y porque la diferencia entre disfrutarlo y sufrirlo depende de una variable que en un autobús no controlas: a qué hora llegas a cada sitio.
Este artículo es el itinerario completo con los tiempos reales, los precios actualizados de aparcamiento, las paradas opcionales que casi nadie hace y el consejo que más rentabilidad da de todo el viaje, que se resume en madrugar una hora.
Qué es el Círculo Dorado y cuánto ocupa realmente¶
El nombre no corresponde a ninguna carretera concreta. Es un circuito informal que sale de Reikiavik hacia el nordeste por la Ruta 36, visita el parque nacional de Þingvellir, sigue por el valle de Haukadalur hasta el área geotérmica de Geysir y la cascada de Gullfoss, y regresa hacia el sur por la Ruta 35 pasando por Selfoss. Son en torno a doscientos cincuenta kilómetros de bucle completo, dependiendo de las paradas que se añadan.
En tiempo puro de conducción, eso son unas tres horas y media. Lo que convierte la ruta en una jornada entera son las paradas: Þingvellir pide entre hora y media y tres horas según lo que se camine, Gullfoss no baja de cuarenta y cinco minutos si se hacen los dos miradores, Geysir se lleva otros cuarenta, y a eso hay que sumar comida, desvíos y el tiempo que uno pierde mirando cosas sin haberlo previsto, que en Islandia siempre es más del calculado.
Con salida a las ocho de la mañana y vuelta a Reikiavik a última hora de la tarde, el día cunde muy bien. Con salida a las diez, se convierte en una carrera contra los autobuses y contra la luz en invierno.
Por libre o en excursión organizada¶
La excursión organizada tiene tres ventajas concretas: no conduces, los aparcamientos van incluidos en el precio y no dependes de haber alquilado coche. Si viajas solo, si no te apetece conducir o si estás de escala corta sin vehículo, es una opción perfectamente razonable y hay salidas diarias durante todo el año.
Por libre ganas lo demás. Ganas decidir a qué hora llegas a cada sitio, que es exactamente lo que marca la diferencia entre ver Þingvellir con calma o verlo con doscientas personas en la misma pasarela. Ganas poder quedarte una hora más en Gullfoss si la luz acompaña, o saltarte Geysir en veinte minutos si no te dice nada. Y ganas todas las paradas menores que ningún autobús hace, que en esta ruta son varias y buenas.
En cuanto a coste, con dos personas o más el alquiler de un utilitario por un día más el combustible suele salir por debajo de dos billetes de excursión, aunque hay que sumar los aparcamientos de pago y, desde 2026, el impuesto por kilómetro que las compañías repercuten como tarifa diaria. Con una sola persona las cuentas se igualan bastante.
La clave de todo el día: la hora de salida¶
Este es el consejo que más agradecerás. En agosto, a las nueve de la mañana el aparcamiento principal de Þingvellir todavía tiene sitio de sobra y los senderos están tranquilos. A partir de las diez y media empiezan a llegar los autobuses que salen de Reikiavik a primera hora, y a mediodía encontrar hueco es difícil y las pasarelas van llenas. Yo llegué a las nueve y me fui pasadas las doce: cuando entré el parking estaba casi vacío, cuando salí no cabía un coche más.
Existe una alternativa que funciona igual de bien y que casi nadie usa: recorrer el circuito al revés. Salir de Reikiavik por el sur, empezar por Kerið, subir a Gullfoss y Geysir a media mañana y terminar en Þingvellir a última hora de la tarde, cuando los autobuses ya han vuelto a la capital. En verano, con luz hasta las once de la noche, Þingvellir al atardecer y prácticamente vacío es una experiencia bastante mejor que Þingvellir a mediodía.
Sea cual sea el sentido que elijas, la norma es la misma: los tres puntos grandes se disfrutan a primera o a última hora, y las horas centrales del día conviene dedicarlas a comer o a las paradas secundarias.
Þingvellir: caminar entre dos continentes¶
La entrada al parque es gratuita y está abierto las veinticuatro horas. Lo que se paga es el aparcamiento: mil coronas por coche de hasta cinco plazas, unas siete euros, y mil doscientas para vehículos de seis a nueve plazas. Un solo pago vale para todos los aparcamientos del parque durante el día entero, así que puedes moverte entre el P1 de Hakið, junto al centro de visitantes, y el P5 de la zona de la iglesia y el lago sin volver a pagar. Se abona en las máquinas repartidas por el parque o por internet en checkit.is. El centro de visitantes de Hakið abre de nueve a seis entre abril y octubre, y de nueve a cinco el resto del año.
Lo que se ve aquí cuesta un momento procesarlo. El valle es la grieta entre la placa norteamericana y la euroasiática, que se separan entre dos y tres centímetros cada año, y el resultado acumulado durante millones de años es este fondo hundido flanqueado por paredes de roca de diez metros. Caminar por la falla de Almannagjá es caminar literalmente entre dos continentes, y es de esos datos que en casa suenan abstractos y aquí se vuelven físicos.
La otra capa del lugar es histórica. Aquí se reunió el Alþingi desde el año 930: durante dos semanas cada verano, los jefes de cada región venían a establecer leyes y resolver disputas. El cargo más singular de aquella estructura era el del lawspeaker, único funcionario remunerado de la república, cuya función consistía en recitar de memoria un tercio de las leyes cada año desde la roca del Lögberg. No había código escrito: las leyes vivían en la cabeza de una persona. Y en el año 1000 fue aquí donde se decidió, tras un día y una noche de silencio bajo una capa, que Islandia adoptaría el cristianismo permitiendo a la vez los cultos paganos en privado.
Calcula noventa minutos para una visita corta por las pasarelas principales y tres horas si quieres recorrer los senderos con calma. Merece la pena alejarse un poco del circuito central, porque basta muy poco para encontrar rincones tranquilos incluso en temporada alta. A pocos metros del sendero principal está la fisura de Silfra, donde el agua filtrada durante décadas a través de la roca volcánica desde el glaciar Langjökull ofrece más de cien metros de visibilidad bajo el agua a dos grados constantes todo el año. Hay excursiones de buceo y snorkel con traje seco durante todo el año, pero hay que reservarlas por separado y ocupan buena parte de la jornada.
Gullfoss: la cascada que alguien quiso destruir¶
De Þingvellir a Gullfoss hay unos cincuenta kilómetros y algo más de una hora de conducción, con el paisaje volviéndose progresivamente más abierto y más ventoso. La cascada se anuncia antes de verse: primero como un sonido que se confunde con el viento, después como una bruma fina que impregna el aire mucho antes del aparcamiento.
El río Hvítá baja del glaciar Langjökull cargado de deshielo y cae aquí en dos saltos consecutivos, once metros el primero y veintiuno el segundo, antes de precipitarse en una garganta de setenta metros y desaparecer de la vista. Lo llamativo es que hasta el último momento el terreno la esconde: la ves de golpe y entera cuando ya estás casi encima.
Gullfoss estuvo a punto de no existir tal como la conocemos. A principios del siglo XX un empresario extranjero negoció arrendar la cascada para construir una central hidroeléctrica que habría desviado el río. La hija del propietario, Sigríður Tómasdóttir, se opuso: recorrió a pie más de setenta kilómetros hasta Reikiavik en repetidas ocasiones para defender su caso y llegó a amenazar con arrojarse a las cataratas. El proyecto no salió adelante, más por falta de financiación que por victoria judicial, pero ella quedó como símbolo de la conservación del paisaje islandés y tiene una placa dedicada en el aparcamiento. Vale la pena buscarla antes de bajar.
Hay dos miradores y los dos son necesarios. Desde el superior se entiende la escala del conjunto y cómo el agua desaparece en la garganta; desde el inferior, a nivel del río, te empapas en treinta segundos y el rugido obliga a levantar la voz. Impermeable imprescindible y algo para proteger la cámara. Un detalle que se agradece: Gullfoss es el único de los tres puntos grandes donde el aparcamiento sigue siendo gratuito, y tampoco hay entrada.
Geysir: el origen de una palabra¶
El área geotérmica de Geysir está a diez minutos en coche de Gullfoss, en el valle de Haukadalur. La entrada al campo geotérmico es libre, pero el aparcamiento cuesta ahora mil coronas por vehículo y se paga con la aplicación Parka. Hay un complejo con restaurante, cafetería y tiendas que en verano funciona a pleno rendimiento, y es probablemente el punto más turístico de toda la ruta.
El Gran Géiser, el que dio nombre al fenómeno en todos los idiomas —del nórdico antiguo gjósa, manar con fuerza—, está prácticamente inactivo. Fue documentado por primera vez en 1294, tras un terremoto que abrió nuevas vías al calor subterráneo, y durante siglos lanzó columnas de sesenta o setenta metros. Lo mataron una combinación de terremotos posteriores y, sobre todo, los visitantes del siglo XIX, que le echaban jabón para provocar erupciones a voluntad. Hoy es un charco tranquilo con un cartel explicativo, y conviene saberlo antes de llegar para no buscar lo que ya no existe.
La estrella es su vecino Strokkur, que erupciona cada cinco u ocho minutos con alturas de entre quince y cuarenta metros. El mecanismo es sencillo: el agua del conducto está por encima de los cien grados pero la presión de la columna superior le impide hervir, y cuando esa presión baja mínimamente la vaporización es instantánea y explosiva. El truco para la foto es mirar la superficie del agua: dos o tres segundos antes de cada erupción asoma una cúpula azulada que es la burbuja de vapor empujando desde abajo. Cuando la veas, dispara. Cuarenta minutos bastan para ver varias erupciones seguidas y recorrer los senderos del campo geotérmico.
Kerið: el cráter de vuelta a casa¶
Bajando por la Ruta 35 hacia el sur, y prácticamente al borde de la carretera, está el cráter Kerið. Es de propiedad privada, así que se paga una entrada por persona en torno a las seiscientas o setecientas coronas, unos cuatro o cinco euros, que se abona en un quiosco con tarjeta y que incluye el aparcamiento y los aseos. Los niños pequeños no pagan.
La descripción habitual lo llama cráter volcánico colapsado, aunque es más exacto decir que fue un cono de escoria que se vació de magma y se hundió sobre sí mismo hace unos tres mil años. El resultado es un óvalo de doscientos setenta metros de largo, con paredes de escoria roja y naranja y un lago de un turquesa que parece pintado. Lo curioso del lago es que su nivel no depende de la lluvia sino del nivel freático de la zona: sube y baja con las estaciones al margen del tiempo que haga.
Un sendero recorre todo el borde superior y otro baja hasta la orilla del agua. Con los dos, una hora es suficiente. Como dato para curiosos, Björk dio aquí un concierto a principios de los dos mil, ella en una barcaza sobre el lago y el público en el borde del cráter; con el anfiteatro natural que forma el lugar, no cuesta nada imaginarlo.
Las paradas que casi nadie hace¶
Si vas por libre y el día cunde, hay varios sitios en la ruta que los autobuses se saltan sistemáticamente. Faxi, o Faxafoss, es una cascada ancha y tranquila sobre el río Tungufljót, a unos treinta y siete kilómetros de Þingvellir, con un aparcamiento de unas setecientas coronas que en algunos casos se descuenta si consumes en el restaurante contiguo. No es espectacular, pero está vacía y es una pausa agradable.
Brúarfoss es la más fotogénica de todas las secundarias, con ese azul turquesa que parece retocado, aunque exige un paseo de un par de kilómetros desde el aparcamiento y hay que pagar unas setecientas cincuenta coronas por dejar el coche. Cerca está el cañón de Brúarhlöð, donde el río se estrecha entre formaciones rocosas y que también cobra aparcamiento.
Y luego están las paradas que no son paisaje. El invernadero de tomates de Friðheimar, donde se come en medio del cultivo con sopa de tomate y pan recién hecho, se ha convertido en una institución de la ruta y conviene reservar. Para un baño termal sin salir del circuito, la Secret Lagoon de Flúðir y el spa de Fontana en Laugarvatn son alternativas a la Laguna Azul mucho más cercanas y bastante más baratas.
Aparcamientos, apps y otros detalles prácticos¶
Esto ha cambiado mucho en los últimos años y es la parte que más disgustos da a quien llega con información antigua. Cada vez más lugares naturales de Islandia cobran aparcamiento, y no todos usan el mismo sistema. En el Círculo Dorado necesitarás la aplicación Parka para Geysir, Faxi y Brúarfoss, y el sistema checkit.is o las máquinas del propio parque para Þingvellir. Kerið se paga en el quiosco de la entrada y Gullfoss sigue siendo gratuito.
El consejo práctico es descargar y configurar las dos aplicaciones la noche anterior, con wifi, porque la cobertura móvil es buena en las carreteras principales pero cae en los valles, y descubrir que no puedes pagar mientras estás aparcado no es un buen comienzo. Las máquinas de los aparcamientos aceptan tarjeta como alternativa. Y ten presente que los impagos generan recargos automáticos que las compañías de alquiler te repercutirán después con su propio suplemento de gestión.
En cuanto al coche, para esta ruta cualquier utilitario sirve en verano. Todas las carreteras del circuito principal están asfaltadas y ninguna es F-road. En invierno la cosa cambia: hay hielo, hay viento y los días son cortos, así que conviene un vehículo con neumáticos adecuados y una consulta obligatoria del estado de las carreteras en road.is y del parte en vedur.is antes de salir.
Cuándo hacerlo y qué llevar¶
En verano el Círculo Dorado se puede hacer prácticamente a cualquier hora gracias a la luz, y eso permite las estrategias de esquivar multitudes que comentaba antes. En invierno el margen es mucho más estrecho: entre noviembre y febrero hay unas pocas horas de luz útil, así que el circuito se comprime y hay que salir con el amanecer y aceptar que quizá no dé tiempo a todo. A cambio, Gullfoss parcialmente helada es un espectáculo distinto y hay bastante menos gente.
La ropa es la de siempre en este país: capas, cortavientos impermeable y calzado que aguante el agua y el barro. En Gullfoss y en Seljalandsfoss uno se moja aunque no llueva, por la propia bruma de la cascada, y el viento en la zona de Geysir puede ser desagradable incluso en agosto. Lleva algo de comer, porque las opciones de restauración en ruta son limitadas y caras, y una botella para rellenar con agua del grifo, que aquí es excelente y gratuita.
Lo que conviene no esperar¶
Dos advertencias honestas para terminar. La primera es que el Gran Géiser no erupciona; el espectáculo lo da Strokkur, y quien llega esperando la columna de setenta metros de las fotos antiguas se va decepcionado. La segunda es que el Círculo Dorado es, con diferencia, la zona más masificada de Islandia. Si tu viaje incluye después la costa sur o la vuelta al anillo, vas a ver cascadas más impresionantes que Gullfoss y campos geotérmicos más espectaculares que Haukadalur, y con mucha menos gente alrededor.
Eso no le quita valor. Þingvellir es único por lo que es geológica e históricamente, no por lo bonito que resulta; Gullfoss tiene una potencia que se sostiene sola —está en el puesto de honor de mi clasificación de las cascadas de Islandia—; y Strokkur, por muy turístico que sea el entorno, sigue haciendo gritar a todo el mundo cada vez que revienta, aunque todos sepan perfectamente lo que va a pasar. Hecho a la hora adecuada y sin prisa, es un día excelente.
Si el Círculo Dorado es solo el primer día de una estancia más larga en la capital, la guía de Reikiavik en dos días explica cómo encaja esta excursión con el resto de la ciudad. Y si vas a recorrer la isla entera, tiene su lugar fijo en la carretera del anillo en 10 días.
Los precios y horarios de este artículo están comprobados en 2026, pero las tarifas de aparcamiento en Islandia se están revisando con frecuencia y conviene confirmarlas antes de salir.