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Vídimýrarkirkja, una pequeña iglesia de turba del siglo XIX con los muros y el tejado cubiertos de hierba.

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Las iglesias de Islandia: turba, basalto y hormigón

En un país sin madera, sin piedra labrada y sin apenas mano de obra, construir un templo obligaba a inventar soluciones. El resultado son mil años de arquitectura religiosa que va de las iglesias enterradas en turba a fachadas de hormigón que imitan columnas de basalto, y que cuenta la historia de Islandia mejor que casi cualquier museo.

Lectura de 12 minutos

Uno no viaja a Islandia por las iglesias. Se viaja por los glaciares, las cascadas y los campos de lava, y los templos aparecen como puntos secundarios en el mapa, casi siempre cerrados, casi siempre pequeños, a menudo en mitad de la nada al final de una carretera que no lleva a ningún otro sitio.

A mí me pasó sin buscarlo. Un día del viaje, entre Akureyri y la península de Vatnsnes, la jornada se convirtió sola en una ruta de iglesias: no íbamos a por ellas, pero iban apareciendo en el camino y cada una tenía algo que justificaba la parada. Una de turba con la hierba creciendo en el tejado. Una de hormigón con forma de cráter. Una de piedra negra al final de un camino sin salida, levantada sobre el monasterio donde se copiaron las sagas.

Ese día entendí que la arquitectura religiosa islandesa es un hilo estupendo para recorrer el país. Cuenta la historia de la conversión, la de la pobreza material, la de la relación con el paisaje y la de una identidad nacional que se construyó bastante tarde. Este artículo es esa ruta, ordenada por tipos, y se puede seguir a lo largo de la carretera del anillo en 10 días.

Un país que se hizo cristiano por consenso

Conviene empezar por el año 1000, porque explica el tono de todo lo que viene después. Ese verano, la asamblea general reunida en Þingvellir llegó dividida entre el paganismo tradicional y el cristianismo que el rey de Noruega presionaba para adoptar. La tensión era tal que una guerra civil parecía posible.

El encargado de mediar y dictar el veredicto fue el lawspeaker de aquel año, Þorgeirr Ljósvetningagoði, que era pagano. Se retiró bajo su capa durante un día y una noche enteros sin hablar con nadie y, al levantarse, anunció su decisión: Islandia adoptaría el cristianismo como religión oficial, pero los cultos paganos privados quedarían permitidos. Un compromiso tan pragmático que mil años después sigue resultando casi moderno. De vuelta a casa, según la tradición, Þorgeirr se detuvo en una cascada del norte y arrojó al agua sus ídolos paganos; desde entonces se llama Goðafoss, la cascada de los dioses.

Esa conversión negociada, sin mártires ni cruzadas, marca el carácter de la arquitectura religiosa que vino después. En Islandia no hay catedrales góticas ni barroco desbordante porque no hubo ni recursos ni voluntad de exhibirlos. Hay templos funcionales levantados con lo que había.

Las iglesias de turba: seis supervivientes

Este es el capítulo más singular y el que más merece la pena buscar. En un país sin bosques, con inviernos duros y viento constante, el único material disponible en cantidad era la turba: tierra y musgo compactados, aislante excelente y presente en cualquier parte de la isla. Con ella se construyeron las casas y también las iglesias, con muros y tejados cubiertos de hierba viva que en verano se confunden con el terreno circundante.

Hoy solo quedan seis en pie. La más antigua es Grafarkirkja, en Höfðaströnd, cerca de Hofsós, en el norte: partes de la estructura actual son del siglo XVII y hay menciones a una iglesia en ese emplazamiento en la Sturlunga Saga hacia 1240. Es la única de Islandia rodeada por un muro de turba circular, una forma antigua que ya no se repite en ningún otro sitio, y conserva tallas de madera de estilo barroco poco habituales en un país tan austero. Fue desconsagrada en 1765 por orden de la corona danesa y acabó usándose como almacén; el Museo Nacional la reconstruyó en su forma original y volvió a consagrarse en 1953. Hoy está cerrada al público para preservarla, pero se puede llegar caminando cinco minutos desde el aparcamiento y verla por fuera.

La que yo visité es Víðimýrarkirkja, en Skagafjörður, construida en 1834 aunque el emplazamiento lleva más de setecientos años siendo lugar de culto. Desde fuera parece que la tierra se hubiera tragado parte del edificio. Por dentro es tan pequeña y tan sencilla —un altar, unos bancos, madera pintada en tonos vivos— que el contraste con cualquier iglesia urbana resulta casi cómico. Y esa sencillez pesa más que la ornamentación de muchos templos que uno ha visitado en otros viajes. Es de las pocas que se pueden visitar por dentro: abre a diario de nueve a seis entre el 1 de junio y el 31 de agosto, y fuera de esas fechas se puede concertar con los cuidadores.

En el sureste, a unos veinte kilómetros de Skaftafell, está Hofskirkja, construida entre 1883 y 1885 y considerada la última iglesia levantada con la técnica tradicional de turba. Fue desconsagrada en 1954 y restaurada por el Museo Nacional. No se visita por dentro, pero el cementerio que la rodea sí es accesible, y los túmulos cubiertos de hierba asomando bajo la superficie forman una de las imágenes más memorables del sur del país. Hasta 1974, cuando se puentearon los ríos de Skeiðarársandur y se cerró la Ruta 1, la granja de Hof estaba completamente aislada.

Completan la lista Saurbæjarkirkja, en el valle de Eyjafjörður al sur de Akureyri, y la capilla del conjunto de Núpsstaður, un grupo de casas de turba apoyadas contra una pared de roca casi vertical junto a la carretera del sur, en la ruta que desarrollo en la costa sur en dos días. Hay además una iglesia de madera negra, austera y elegante, reconstruida en el museo al aire libre de Skógar, que da una idea muy precisa de cómo eran estos templos por dentro.

La sobriedad luterana: la catedral que nadie reconoce

La Reforma llegó a Islandia en el siglo XVI por decisión de la corona danesa y con bastante resistencia local, y su huella arquitectónica es la austeridad. El mejor ejemplo está en pleno centro de Reikiavik: la Dómkirkjan, la catedral luterana, es un templo pequeño y blanco de finales del siglo XVIII, junto a la plaza de Austurvöllur y al lado del Parlamento, y la mayoría de los visitantes pasa de largo sin identificarla.

El interior es de una desnudez casi total. Después de haber subido a la torre de la Hallgrímskirkja unas horas antes, entrar aquí resulta desconcertante, y sin embargo explica bastante bien la relación islandesa con lo religioso: funcional, discreta, sin necesidad de impresionar a nadie. En esta catedral, y no en la iglesia grande de la colina, es donde se celebran los actos oficiales del Estado.

Guðjón Samúelsson y el basalto hecho arquitectura

El capítulo más reconocible de la arquitectura islandesa tiene un solo nombre. Guðjón Samúelsson fue el primer arquitecto estatal del país y se propuso crear un lenguaje nacional propio a partir del paisaje. Su idea era literal: si Islandia está hecha de columnas de basalto, los edificios islandeses deben parecer columnas de basalto.

Su obra más conocida es la Hallgrímskirkja de Reikiavik —parada obligada en los itinerarios de uno y dos días por la capital—, diseñada en 1937, empezada en 1945 y terminada en 1986, cuarenta y un años después; el arquitecto murió en 1950 sin verla acabada. La fachada reproduce columnas de basalto apiladas que ascienden hacia una torre de setenta y cuatro metros, y la referencia no es abstracta: son las mismas formaciones que enmarcan la cascada de Svartifoss, en Skaftafell. Quien haya estado en las dos lo reconoce de inmediato. Entrar es gratis y subir a la torre cuesta unas mil quinientas coronas.

La otra pieza mayor del mismo autor está en el norte. La Akureyrarkirkja preside la ciudad desde lo alto de una escalinata y tiene ese aspecto imponente y limpio que comparte con su hermana de la capital: la mano se reconoce en las líneas verticales y en cómo el edificio ocupa el espacio. Por dentro, la nave es sobria como manda la tradición luterana, pero hay algo que no se espera: las vidrieras no son islandesas. Proceden de la catedral de Coventry, en Inglaterra, destruida durante los bombardeos alemanes de 1940. Antes de que el edificio desapareciera del todo, alguien rescató las vidrieras y acabaron aquí. Están en perfecto estado, con esos colores que solo el vidrio antiguo sabe guardar, y saberlo cambia por completo la atención que se les presta: estás mirando algo que sobrevivió a una guerra.

Las iglesias de madera de los pueblos

Entre la turba y el hormigón hay una categoría intermedia que da algunas de las mejores fotografías del país: las iglesias de madera de los siglos XIX y XX, pequeñas, de planta sencilla y pintadas de colores planos.

La más famosa hoy es la iglesia azul de Seyðisfjörður, al final de la calle principal del pueblo, en los fiordos del este. En los últimos años se ha añadido a la escena la calle pintada con los colores del arcoíris que conduce hasta ella, y el conjunto se ha convertido en la imagen más reconocible de toda la región oriental.

En el norte, la iglesia de madera de Húsavík, de principios del siglo XX, es una de las más bonitas del país y no se parece a las iglesias islandesas de hormigón que uno ve por todas partes. Y en la península de Snæfellsnes, la pequeña Búðakirkja, completamente pintada de negro y aislada en un campo de lava frente al mar, es probablemente la iglesia más fotografiada de Islandia después de la Hallgrímskirkja.

Estas iglesias comparten un detalle que conviene entender: casi todas están rodeadas de un cementerio activo y muchas siguen en uso para su comunidad. Se fotografían desde fuera con respeto y no se entra sin comprobar que está permitido.

El hormigón contemporáneo

Y luego está la Islandia del siglo XX tardío, que resolvió el problema de la arquitectura religiosa de una manera bastante más radical de lo que uno esperaría de un país tan pequeño.

El ejemplo que más me impresionó está en Blönduós, en el norte. La iglesia la diseñó Maggi Jónsson en 1993 con una forma que imita un volcán o un cráter: paredes que suben en talud, sin líneas rectas visibles, toda la masa de hormigón inclinada hacia un punto. Fue muy criticada cuando se construyó y se entiende que levantara ampollas, porque no es bonita en el sentido convencional. Pero es coherente con su idea, y en Islandia esa idea tiene una lógica difícil de rebatir: un país construido por volcanes que construye iglesias con forma de volcán.

No es un caso aislado. Por todo el país aparecen templos de hormigón de las décadas de los setenta, ochenta y noventa con soluciones formales igual de arriesgadas, y forman en conjunto un catálogo de arquitectura brutalista y expresionista bastante infravalorado. Merece la pena mirarlos con curiosidad en lugar de despacharlos como feos.

Þingeyrar: piedra, sagas y silencio

Termino con la que más me sorprendió de todas. Para llegar a Þingeyrar, en el noroeste, hay que tomar una carretera que termina justo ahí, lo cual ya dice algo del lugar.

Es una iglesia de piedra negra de estilo románico, construida en 1877, y fue la primera iglesia de piedra levantada en el país. Ocupa el emplazamiento de un monasterio medieval del siglo XII que fue el principal centro intelectual de la Islandia medieval: allí se redactaron y copiaron muchas de las sagas que conservamos. Es decir, buena parte de lo que hoy sabemos sobre la mitología nórdica y sobre la Islandia de los primeros siglos pasó por este promontorio.

Las vistas sobre el lago y los campos son amplias y tranquilas, no hay ningún aparato turístico alrededor y el silencio del lugar, después de un día moviéndose de sitio en sitio, es exactamente lo que uno necesita. Si tuviera que elegir una sola parada de toda esta ruta, probablemente sería esta.

Cómo visitarlas sin frustrarse

Lo primero que hay que asumir es que la mayoría están cerradas. No es hostilidad hacia el visitante: las iglesias de turba son frágiles y el tránsito continuo las destruye, así que varias están bajo custodia del Museo Nacional y no se abren al público. Otras dependen de un cuidador local que vive en la granja de al lado y que abre a quien llama por teléfono, con el número indicado en un cartel junto a la puerta.

Lo segundo es que los horarios de las que sí abren son estacionales y cortos, típicamente de junio a agosto. Si tu viaje es fuera de esos meses, cuenta con verlas por fuera.

Lo tercero es una cuestión de respeto que en Islandia se da por supuesta: casi todos estos templos tienen cementerio, muchos siguen en uso y algunos conservan tumbas familiares recientes. Se camina por los senderos, no entre las lápidas, y no se usan drones sobre estos recintos.

Y lo cuarto, práctico: casi ninguna tiene aparcamiento propio ni servicios. Son paradas de veinte o treinta minutos que encajan bien entre destinos mayores, y precisamente por eso funcionan tan bien como hilo conductor de una jornada de carretera.

Una ruta posible

Si quisiera hacer esto como recorrido temático, encadenaría el norte y el noroeste en un día largo: la Akureyrarkirkja por la mañana, Grafarkirkja y Víðimýrarkirkja en Skagafjörður, la iglesia-cráter de Blönduós a media tarde y Þingeyrar al final, cuando la luz baja y no hay nadie. Es exactamente el día que hice sin planificarlo, con la península de Vatnsnes de por medio, y sigue siendo uno de los que mejor recuerdo del viaje.

Con el sur se puede montar otro: Núpsstaður y Hofskirkja de camino a la laguna glaciar, la iglesia negra de Skógar dentro del museo folclórico, y el cierre en Reikiavik con la Dómkirkjan y la Hallgrímskirkja, que resumen en dos edificios separados por diez minutos a pie los dos extremos de la arquitectura religiosa islandesa.

Los horarios y accesos de este artículo están comprobados en 2026, pero las iglesias de turba dependen de cuidadores locales y sus horarios cambian de temporada en temporada. Confirma antes de contar con entrar.