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Un canal de Ámsterdam con una embarcación turística navegando entre las casas, en el tramo del centro histórico que reúne buena parte de lo esencial de la ciudad.

Destinos · Países Bajos · Holanda del Norte

Qué ver en Ámsterdam en un día

Un día es poco para Ámsterdam, pero da para muchísimo más de lo que la gente imagina. Esta es la ruta que yo haría, con el orden que evita las colas, los tramos que se pueden andar y las decisiones que hay que tomar antes de salir de casa.

Lectura de 16 minutos

Un día en Ámsterdam da para más de lo que parece

Ámsterdam es una ciudad engañosamente pequeña. El casco histórico, ese semicírculo de canales concéntricos que se dibuja desde la Estación Central hacia el sur, se cruza andando de punta a punta en poco más de media hora. Eso significa que en un solo día se puede ver el centro entero sin correr, sin coger apenas transporte y sin acabar reventado. La trampa no está en las distancias, está en las colas y en la tentación de meter tres museos en una jornada que no da para tres museos.

La regla que a mí me funciona en las ciudades que se visitan a la carrera es sencilla: elegir una sola cosa que exija reserva, hora y silencio, y construir el resto del día alrededor de ella caminando. En Ámsterdam eso quiere decir un museo como máximo, y todo lo demás a pie, mirando fachadas, cruzando puentecitos y dejándose sorprender por la geometría del agua. Es una ciudad que se disfruta más desde la calle que desde el interior de los edificios, y eso no lo digo como consuelo para el que va con prisa: lo digo en serio.

También conviene asumir una cosa desde el principio. Con un día no vas a ver Ámsterdam, vas a conocerla. Son cosas distintas. Vas a entender por qué está construida como está, por qué las casas son estrechas y se inclinan hacia adelante, por qué el agua manda sobre todo lo demás. Y probablemente vas a salir con la sensación de que necesitas volver, que es exactamente lo que le pasa a casi todo el mundo.

Antes de salir de casa: las reservas que hay que tener hechas

Esta es la parte que la gente descubre demasiado tarde. En el Ámsterdam de hoy, los grandes reclamos no se visitan comprando la entrada en la puerta, y presentarse allí sin reserva es la forma más rápida de perder el día.

El caso extremo es la Casa de Ana Frank. Las entradas se venden única y exclusivamente en la web oficial del museo, cuestan alrededor de dieciséis euros, llevan tu nombre y una franja horaria concreta, y se liberan por lotes los martes a las diez de la mañana, hora holandesa, para fechas de unas seis semanas más tarde. Si esa visita es importante para ti, no la trates como algo que se decide sobre la marcha: es una cita en el calendario, y el resto del día se organiza a partir de ella. No compres en webs de reventa, porque no existe reventa legal de estas entradas.

El Rijksmuseum y el Museo Van Gogh funcionan con acceso por franjas horarias y entrada online obligatoria. Ambos rondan los veinte y pico euros para adultos, los menores de dieciocho entran gratis, y en primavera y verano las horas buenas se agotan con semanas de antelación. El Rijksmuseum abre todos los días del año de nueve a cinco, con última entrada a las cuatro. Reserva siempre la primera franja de la mañana o la de media tarde: entre las doce y las tres es cuando el museo se convierte en un pasillo de gente. Como los precios se mueven cada temporada, confirma la cifra exacta en las webs oficiales antes de comprar.

Y una tercera reserva opcional que yo sí recomiendo: el paseo en barco por los canales. No hace falta comprarlo con semanas de antelación, pero sí elegir el horario, porque el barco al atardecer y el barco de mediodía son dos experiencias completamente distintas.

Cómo moverte por la ciudad sin complicarte

Si llegas en avión, el tren es la respuesta y no hay debate. Schiphol tiene la estación justo debajo de la terminal, salen trenes hacia Amsterdam Centraal cada pocos minutos, el trayecto dura entre quince y veinte minutos y cuesta poco más de seis euros. Te deja en el corazón de la ciudad, que es donde empieza esta ruta. El taxi cuesta seis o siete veces más y tarda más. No tiene ningún sentido.

Dentro de la ciudad, olvídate de comprar billetes. Desde la implantación del sistema OVpay, en tranvías, metros, autobuses y trenes se paga acercando una tarjeta bancaria contactless o el móvil al lector amarillo. Hay que fichar al subir y también al bajar, siempre con la misma tarjeta: si se te olvida el check-out, te cobran de más. En la red urbana de Ámsterdam existe un tope diario de unos diez euros, así que aunque uses el tranvía seis veces no pagarás más que eso. Dos advertencias importantes: las tarjetas American Express no funcionan en el transporte holandés, y algunos bancos españoles bloquean por defecto el contactless en lectores de transporte extranjeros, así que conviene avisar al banco antes de viajar y llevar una segunda tarjeta Visa o Mastercard por si acaso.

Dicho esto, en un día de visita apenas vas a necesitar el tranvía. Todo lo que viene a continuación se hace andando, salvo el salto al Museumplein si decides meter uno de los museos grandes. Y sobre alquilar bicicleta: es la forma más auténtica de moverse por Ámsterdam y también la peor idea posible si no eres ciclista habitual. El tráfico ciclista holandés es rápido, denso, silencioso y tiene sus propias reglas no escritas. Un turista dubitativo en mitad de un carril bici es un estorbo y un peligro. Si no montas en bici a diario en tu ciudad, no empieces aquí.

La mañana: de la Estación Central a la plaza Dam

Empieza temprano y empieza en la Amsterdam Centraal, aunque no llegues en tren. Es uno de los edificios más bonitos de la ciudad y casi nadie se para a mirarlo: un palacio neogótico de ladrillo rojo y piedra blanca de finales del siglo XIX, obra de Pierre Cuypers, construido sobre tres islas artificiales en el antiguo puerto. Date la vuelta, mírala de frente desde la plaza y luego echa un vistazo hacia atrás, hacia el agua del IJ, donde salen los ferris gratuitos que cruzan a Ámsterdam Norte.

Desde ahí baja por el Damrak, que es la avenida más turística y menos interesante de la ciudad, pero que hay que cruzar sí o sí. Camina rápido, ignora las tiendas de souvenirs y los locales de gofres, y fíjate en cambio en la Bolsa de Berlage, ese edificio de ladrillo austero que fue uno de los puntos de partida de la arquitectura moderna holandesa. En cinco minutos desembocas en la plaza Dam.

Dam no es la plaza más bonita de Ámsterdam, es demasiado ancha y demasiado ruidosa, pero es el centro absoluto de la ciudad y todos los paseos acaban pasando por aquí. La preside el Palacio Real, que era el ayuntamiento del siglo XVII hasta que Luis Bonaparte lo convirtió en residencia cuando fue rey de Holanda, y la Nieuwe Kerk, la iglesia gótica donde se coronan los monarcas. En el centro, el obelisco blanco del monumento nacional a las víctimas de la ocupación nazi. Diez minutos aquí bastan.

Media mañana: el Begijnhof, el secreto mejor guardado del centro

A doscientos metros de Dam, bajando por el Kalverstraat hacia el Spui, hay un pasaje estrecho que casi nadie ve. Se cruza y del otro lado aparece el Begijnhof: un patio cerrado, con jardín central y casas bajas, donde no se oyen ni los coches ni las bicicletas. El contraste con el bullicio de la calle comercial que acabas de dejar es tan brutal que la primera vez uno se queda parado sin saber muy bien qué ha pasado.

Este patio se construyó en el siglo XIV para las beguinas, una comunidad laica de mujeres católicas que vivían juntas sin llegar a tomar los votos formales de las monjas. Cuando la Reforma prohibió el culto católico en Holanda, las beguinas siguieron viviendo aquí gracias a una tolerancia informal que las autoridades concedían a cambio de discreción, y siguieron celebrando misa en una capilla escondida, una de esas schuilkerken que abundan en el subsuelo simbólico de esta ciudad. Ese pacto silencioso entre la norma y la vida real explica bastante bien el carácter holandés.

En una esquina del patio está el Houten Huis, la casa más antigua de Ámsterdam, una construcción de madera del siglo XV que sobrevivió a los grandes incendios medievales tras los cuales se prohibió edificar en madera. Está pintada de negro, con las vigas a la vista, y es una reliquia urbana que impresiona más cuanto más rato la miras. Es un sitio de recogimiento, con vecinas que siguen viviendo allí, así que se entra en silencio y sin montar escándalo.

El anillo de canales: cómo entenderlo mientras lo paseas

Aquí es donde empieza lo bueno del día. Desde el Spui, tira hacia el oeste y déjate llevar por la geometría de los canales. Vas a cruzar cuatro en orden: primero el Singel, que era el foso defensivo medieval, y después el Herengracht, el Keizersgracht y el Prinsengracht, los tres grandes canales del Siglo de Oro, excavados en el XVII cuando la ciudad se expandió y se hizo rica.

Merece la pena saber un par de cosas mientras caminas, porque cambian por completo lo que ves. Las casas son altas y estrechísimas porque el impuesto municipal se calculaba según el ancho de la fachada, así que los comerciantes construían hacia arriba y hacia dentro. Se inclinan ligeramente hacia adelante para que el agua de lluvia no empape el ladrillo y, sobre todo, para que los muebles subidos con la polea que corona casi todas las fachadas no golpeen contra la pared: las escaleras interiores son tan estrechas que todo lo grande entra por la ventana. Y esos barcos amarrados que parecen decoración son viviendas de verdad, con dirección postal, contrato de amarre y lista de espera.

En este tramo cae también De Negen Straatjes, las nueve callecitas que conectan los canales entre sí y que concentran las tiendas pequeñas, las librerías de viejo y las cafeterías más agradables del centro. Es la zona ideal para el primer café de la mañana o para el descanso de media mañana, y está lo bastante cerca de todo como para que no te descoloque el itinerario.

Comer sin perder la tarde

Comer en Ámsterdam puede ser una trampa de tiempo si te sientas en un restaurante con carta larga a las dos de la tarde. Con un solo día por delante, lo razonable es hacerlo como los holandeses: rápido, de pie o en una mesa pequeña, y seguir andando.

Lo local y honesto es el broodje, el bocadillo de pan blando con queso, jamón o pescado; la croqueta holandesa, más cremosa y menos crujiente que la española; y el arenque curado, el famoso haring, que se come cogido por la cola y echando la cabeza hacia atrás, o en bocadillo con cebolla y pepinillo si el ritual te da apuro. Los zumos de naranja naturales de este país son de los mejores de Europa, y el stroopwafel recién hecho, apoyado un minuto sobre la taza de café caliente para que el sirope del interior se ablande, es una de esas cosas pequeñas que uno recuerda años después.

Lo único que yo evitaría es cualquier local con la carta en seis idiomas y fotos de los platos en la puerta, especialmente en el Damrak y alrededor de Dam. Dos calles hacia dentro, en el Jordaan o en las Nueve Callecitas, se come mejor y más barato.

La tarde: Jordaan, la Westerkerk y la casa de Ana Frank

El Jordaan es mi barrio favorito de Ámsterdam y es el sitio perfecto para pasar la tarde. Se construyó en el siglo XVII como barrio obrero y de inmigrantes, con una trama irregular que rompe la planificación concéntrica del resto del centro, y durante décadas fue una zona popular hasta que se puso de moda y se llenó de galerías, tiendas de diseño y cafés. Sus calles llevan nombres de plantas y flores, y pasear por el Bloemgracht o el Egelantiersgracht sin plan concreto, cruzando esos puentecitos pequeños y perfectamente simétricos, es probablemente el mejor rato que se puede pasar en esta ciudad.

En el borde del barrio, asomándose al Prinsengracht, está la Westerkerk, la iglesia protestante levantada entre 1620 y 1631, con la torre más alta de Ámsterdam y la corona imperial dorada en lo alto. Rembrandt está enterrado aquí, aunque en una fosa común que nunca se localizó, porque murió arruinado. Y justo al lado, en el número 263 del Prinsengracht, la Casa de Ana Frank: una casa de canal idéntica a sus vecinas por fuera, y dentro el anexo trasero donde ocho personas vivieron escondidas veinticinco meses antes de ser delatadas.

Si conseguiste entrada, esta es la parada que ordena tu tarde y hay que respetar la franja horaria a rajatabla, porque llegar tarde significa quedarse fuera. Si no la conseguiste, no pasa nada: párate delante, mírala un momento y sigue. Estar ahí, reconocer la fachada y entender lo que ocurrió detrás de esa ventana también significa algo.

Para el descanso de media tarde, busca un bruin café, uno de esos cafés marrones tradicionales de madera oscura, suelo de arena y luz escasa, que son la versión holandesa de la taberna de toda la vida. Una cerveza pequeña, quince minutos sentado, y las piernas lo agradecen.

Si solo puedes entrar a un museo, cuál elegir

Esta es la decisión que más condiciona el día, porque un museo grande se lleva entre dos y tres horas contando cola de acceso y guardarropa. Con un solo día, uno es el límite. La comparativa completa de todos los museos de la ciudad y de las tarjetas que prometen ahorrar dinero está en los museos de Ámsterdam.

El Rijksmuseum es la opción si te interesa entender el país. Es el museo nacional, concentrado en el Siglo de Oro, con la Ronda de Noche de Rembrandt presidiendo la Galería de Honor y cuatro Vermeer, entre ellos La lechera. El edificio, del mismo Cuypers de la Estación Central, es una catedral de ladrillo que ya justifica la entrada. Es más coherente y mucho menos abrumador que otros grandes museos europeos, y en dos horas se ve lo esencial sin agobio.

El Museo Van Gogh es la opción si te interesa una historia personal. Su virtud no está en tener cuadros famosos, sino en recorrer en orden cronológico la evolución de un pintor completo: de los oscuros Comedores de patatas al estallido de color de Arlés y a los últimos lienzos de Auvers. Y hay algo que ninguna reproducción transmite, que es la textura física de la pintura, los pegotes de óleo aplicados con tanta fuerza que los cuadros son casi relieves.

Y la Casa de Ana Frank es la opción si lo que buscas es otra cosa. No es una visita agradable ni pretende serlo. Se sale en silencio, se tarda un rato en volver a hablar, y no es la mejor manera de terminar un día que quieres cerrar con una cena tranquila. Si la vas a hacer, ponla a media mañana, no al final.

De Wallen al atardecer y el paseo en barco

Antes de cenar, dos cosas que rematan bien la jornada. La primera es el paseo en barco por los canales, que dura alrededor de una hora, sale de varios embarcaderos cerca de la Estación Central y es la única forma de ver Ámsterdam desde el ángulo para el que fue diseñada. Los canales no son adorno: son la infraestructura que hizo posible el comercio, y desde el agua se entiende de golpe la verticalidad de las casas, los portales de mercancías a ras de canal y la escala real de esta ciudad hidráulica. Al atardecer, con las ventanas encendiéndose sobre el agua, es todavía mejor.

La segunda es De Wallen, el barrio rojo, que ocupa el corazón medieval de la ciudad justo al este del Damrak. Y aquí quiero ser claro, porque es la parte de Ámsterdam peor entendida. Urbanísticamente es de lo más bonito que tiene la ciudad: casas del XVII bellísimas, canales estrechos, árboles centenarios y, en el centro, la Oude Kerk, la iglesia más antigua de Ámsterdam, levantada hacia 1306. Ver una iglesia gótica medieval rodeada literalmente de escaparates de prostitución resume el pragmatismo de esta ciudad mejor que cualquier explicación.

Ahora bien, hay normas y se aplican con multas. Está terminantemente prohibido fotografiar o grabar a las trabajadoras, y fumar marihuana en la calle en esta zona está prohibido y sancionado con multas de unos cien euros. Los tours guiados están regulados, limitados en tamaño y no pueden detenerse frente a los escaparates. Estás paseando por el lugar de trabajo y el barrio de vecinos de otras personas. Con esa idea en la cabeza, todo va bien. El desarrollo completo del barrio, con lo que merece la pena mirar de día, está en De Wallen de día.

La cena y el itinerario resumido

Para cerrar, una recomendación que es puro Ámsterdam: cena indonesia. La herencia colonial dejó en los Países Bajos una tradición culinaria indonesia integrada con total naturalidad en la gastronomía local, y una rijsttafel, esa mesa de arroz con quince o veinte platitos, es una experiencia que en pocas ciudades europeas se puede tener con esta calidad. Esto y el resto de la comida callejera del país está en qué comer en los Países Bajos.

El itinerario completo, para que lo tengas de un vistazo mental, sería este: empezar a primera hora en la Estación Central, bajar por el Damrak hasta la plaza Dam, meterse en el Begijnhof antes de que se llene, cruzar el anillo de canales hacia las Nueve Callecitas, comer algo rápido, dedicar la tarde al Jordaan con la Westerkerk y la casa de Ana Frank, encajar ahí el único museo del día si lo has reservado, coger el barco al atardecer, cruzar De Wallen con la última luz y cenar sin prisa. Son unos ocho o nueve kilómetros andando repartidos en toda la jornada, perfectamente asumibles con calzado cómodo.

Lo que no cabe en un día, y conviene saberlo para no frustrarse, es el Museumplein completo, los molinos de Zaanse Schans, el mercado Albert Cuyp del barrio de De Pijp, el Ámsterdam Norte al otro lado del ferry o cualquier escapada a Haarlem, Utrecht o Delft. Todo eso es material para un segundo día —desarrollado en qué ver en Ámsterdam en 2 días— o para una de las excursiones de un día desde Ámsterdam, que es exactamente lo que vas a querer hacer en cuanto termines el primero.

Un último consejo antes de ir

Comprueba horarios y precios en las webs oficiales antes de viajar, porque en esta ciudad cambian con frecuencia y las políticas de acceso se han ido endureciendo año tras año. Y sobre todo, no intentes exprimir el día hasta la última gota. Ámsterdam se disfruta a ritmo lento, parándose en los puentes, mirando el reflejo de las fachadas en el agua y dejando que la luz gris plateada del norte haga su trabajo. Es una ciudad que recompensa mucho más al que pasea que al que persigue una lista.