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Qué ver en Ámsterdam en 2 días
Dos días es el formato ideal para Ámsterdam: el primero para entender la ciudad y el segundo para disfrutarla. Aquí va el reparto que evita las colas, los museos que caben de verdad y la decisión que hay que tomar antes de reservar nada.
Lo que cambia cuando tienes un día más¶
Con un solo día en Ámsterdam se conoce el centro histórico y poco más —el reparto completo está en qué ver en Ámsterdam en un día—: se camina el anillo de canales, se cruza el Jordaan, se mira la ciudad desde el agua y se sale con la sensación agradable de haber entendido cómo funciona. Con dos días, la ciudad se abre de otra manera.
El segundo día no sirve para meter más monumentos en la mochila, sirve para tres cosas concretas que el primero no permite. La primera es hacer museos de verdad, sin la angustia de estar robándole horas al paseo. La segunda es salir del anillo de canales y ver barrios donde vive gente y no solo donde se hacen fotos: De Pijp al sur, Ámsterdam Norte al otro lado del agua. Y la tercera, quizá la más valiosa, es bajar el ritmo. Ámsterdam es una ciudad que castiga las prisas y premia al que se para en los puentes.
Por eso el reparto que propongo no es "todo lo importante el primer día y lo que sobre el segundo". Es un reparto por lógica geográfica y por energía: el primer día se camina mucho y se entra poco, el segundo se entra más y se camina menos. Si vienes a Ámsterdam por primera vez y tienes dos días completos, este itinerario te deja con la ciudad bastante bien cerrada.
Antes de reservar nada: lo que hay que tener comprado¶
Ámsterdam ya no es una ciudad donde se improvise con las entradas, y esto pilla desprevenido a mucha gente que la visitó hace años.
La Casa de Ana Frank se vende exclusivamente en la web oficial del museo, con entrada nominativa y hora asignada, y los lotes se liberan los martes a las diez de la mañana hora holandesa para fechas de unas seis semanas después. Si esa visita te importa, es lo primero que hay que cerrar y todo lo demás se coloca alrededor. No existe reventa legal ni venta en taquilla, así que cualquier web que te ofrezca entradas de última hora a precio inflado es un timo.
El Rijksmuseum y el Museo Van Gogh funcionan con franja horaria y compra anticipada obligatoria. El Rijksmuseum abre todos los días de nueve a cinco, con última entrada a las cuatro, y ronda los veintitrés euros. El Van Gogh anda por cifras parecidas, cierra la venta en taquilla desde hace años y en primavera y verano se agota con semanas de antelación. En ambos, los menores de dieciocho entran gratis. Como los precios se revisan cada temporada, conviene confirmarlos en las webs oficiales.
Y sobre la I amsterdam City Card, que es la duda clásica de quien viene dos días: incluye el Rijksmuseum, el transporte urbano y un paseo en barco, pero no incluye ni el Museo Van Gogh ni la Casa de Ana Frank, que son precisamente los dos que más gente quiere ver. La cuenta solo sale si vas a encadenar cuatro o cinco museos en cuarenta y ocho horas, cosa que en dos días es agotadora y poco recomendable. Para el itinerario que propongo aquí, comprar las entradas sueltas sale más barato y más flexible.
Cómo repartir los dos días¶
La idea es sencilla. El primer día se dedica al Ámsterdam histórico, ese semicírculo de canales concéntricos entre la Estación Central y el Prinsengracht, y se hace andando de principio a fin. El segundo día se dedica al sur y al norte: Museumplein por la mañana, De Pijp al mediodía y el otro lado del agua al atardecer, con el tranvía y el ferry como apoyo.
Ese reparto tiene una ventaja práctica que se nota mucho en las piernas. El primer día caminarás entre ocho y diez kilómetros repartidos en toda la jornada, casi todos en llano y por calles preciosas. El segundo, con dos museos de por medio, caminarás bastante menos pero estarás mucho rato de pie, que cansa de otra forma. Alternarlos así funciona mejor que hacer dos días idénticos.
Y una advertencia sobre el transporte, que aquí se resuelve rápido: se paga acercando la tarjeta bancaria contactless o el móvil al lector, fichando al subir y al bajar siempre con la misma tarjeta. En la red urbana hay un tope de unos diez euros diarios, así que da igual cuántos tranvías cojas. Las tarjetas American Express no funcionan en el transporte holandés.
Día 1 por la mañana: el corazón medieval y el Begijnhof¶
Empieza en la Amsterdam Centraal aunque no llegues en tren, porque es uno de los edificios más bonitos de la ciudad y casi nadie se para a mirarlo: un palacio neogótico de ladrillo rojo y piedra blanca de Pierre Cuypers, levantado sobre tres islas artificiales en el antiguo puerto.
Desde allí baja por el Damrak, que es la avenida más turística y menos interesante del centro pero hay que cruzarla, y fíjate al menos en la Bolsa de Berlage, ese bloque de ladrillo austero que fue uno de los puntos de partida de la arquitectura moderna holandesa. Cinco minutos después estás en la plaza Dam, con el Palacio Real (que era el ayuntamiento del XVII hasta que Luis Bonaparte lo convirtió en residencia) y la Nieuwe Kerk, donde se coronan los monarcas. Diez minutos aquí bastan: es centralidad pura, pero no es lo más bonito de la ciudad.
Lo bueno viene doscientos metros más allá. Bajando por el Kalverstraat hacia el Spui hay un pasaje estrecho que casi nadie ve, y al cruzarlo aparece el Begijnhof: un patio cerrado del siglo XIV con jardín central, casas bajas y un silencio absoluto a dos manzanas de la calle comercial más ruidosa. Se construyó para las beguinas, una comunidad laica de mujeres católicas que siguieron viviendo aquí y celebrando misa en una capilla escondida incluso cuando la Reforma prohibió el culto católico, gracias a una tolerancia informal a cambio de discreción. En una esquina está el Houten Huis, la casa más antigua de Ámsterdam, de madera y del siglo XV, superviviente de los grandes incendios medievales tras los cuales se prohibió construir en madera. Es un sitio con vecinas que siguen viviendo allí, así que se entra en silencio.
Día 1 al mediodía: el anillo de canales y las Nueve Callecitas¶
Desde el Spui tira hacia el oeste y cruza los cuatro canales en orden: el Singel, que era el foso defensivo medieval, y después el Herengracht, el Keizersgracht y el Prinsengracht, excavados en el siglo XVII cuando la ciudad se hizo rica.
Merece la pena saber un par de cosas mientras caminas, porque cambian lo que ves. Las casas son altas y estrechísimas porque el impuesto municipal se calculaba según el ancho de la fachada. Se inclinan ligeramente hacia adelante para que la lluvia no empape el ladrillo y para que los muebles subidos con la polea que corona casi todas las fachadas no golpeen contra la pared, porque las escaleras interiores son tan estrechas que todo lo grande entra por la ventana. Y las casas flotantes amarradas al canal no son decoración: son viviendas registradas, con dirección postal y lista de espera.
En este tramo está De Negen Straatjes, las nueve callecitas que conectan los canales entre sí y concentran tiendas pequeñas, librerías de viejo y las mejores cafeterías del centro. Es el sitio ideal para comer algo rápido: un broodje, una croqueta holandesa o, si te atreves, un arenque curado con cebolla y pepinillo. Y un stroopwafel recién hecho apoyado un minuto sobre la taza de café para que el sirope se ablande, que es de esas cosas pequeñas que se recuerdan años después.
Día 1 por la tarde: Jordaan, la Westerkerk y Ana Frank¶
El Jordaan es mi barrio favorito de Ámsterdam y merece toda la tarde. Nació en el siglo XVII como barrio obrero y de inmigrantes, con una trama irregular que rompe la planificación concéntrica del resto del centro, y hoy es una de las zonas más agradables de la ciudad. Sus calles llevan nombres de plantas y flores, y pasear sin plan por el Bloemgracht o el Egelantiersgracht, cruzando esos puentecitos pequeños y perfectamente simétricos, es probablemente el mejor rato que se puede pasar aquí.
En el borde del barrio, asomada al Prinsengracht, está la Westerkerk, levantada entre 1620 y 1631, con la torre más alta de la ciudad y la corona imperial dorada en lo alto. Rembrandt está enterrado en ella, aunque en una fosa común que nunca se localizó, porque murió arruinado. Y al lado, en el número 263, la Casa de Ana Frank: una casa de canal idéntica a sus vecinas por fuera y, dentro, el anexo trasero donde ocho personas vivieron escondidas veinticinco meses.
Si tienes entrada, respeta la franja a rajatabla, porque llegar tarde significa quedarse fuera. Y una recomendación de orden emocional: no la pongas al final del día. Se sale en silencio, cuesta un rato volver a hablar, y no es la mejor manera de encarar una cena. Si te toca por horario, dedica después media hora a sentarte en un bruin café, uno de esos cafés marrones tradicionales de madera oscura y luz escasa, antes de seguir.
Día 1 al atardecer: De Wallen con la última luz¶
Antes de cenar, cruza De Wallen, el barrio rojo, que ocupa el corazón medieval de la ciudad justo al este del Damrak. Y aquí quiero ser claro, porque es la parte de Ámsterdam peor entendida: urbanísticamente es de lo más bonito que tiene la ciudad, con casas del XVII espléndidas, canales estrechos, árboles centenarios y, en el centro, la Oude Kerk, la iglesia más antigua de Ámsterdam, levantada hacia 1306. Ver un templo gótico medieval rodeado literalmente de escaparates resume el pragmatismo de esta ciudad mejor que cualquier explicación.
Hay normas y se aplican con multas. Está terminantemente prohibido fotografiar o grabar a las trabajadoras, fumar marihuana en la calle en esta zona está sancionado con unos cien euros, y los tours guiados están regulados y no pueden detenerse frente a los escaparates. Estás paseando por el lugar de trabajo y el barrio de vecinos de otras personas, y con esa idea en la cabeza todo va bien. El desarrollo completo del barrio está en De Wallen de día.
Para cerrar el día, cena indonesia. La herencia colonial dejó en los Países Bajos una tradición culinaria indonesia perfectamente integrada, y una rijsttafel, esa mesa de arroz con quince o veinte platitos, es una experiencia que en pocas ciudades europeas se tiene con esta calidad.
Día 2 por la mañana: el Museumplein sin morir en el intento¶
El segundo día empieza en el Museumplein, la explanada del sur donde confluyen el Rijksmuseum, el Van Gogh y el Stedelijk. Se llega en tranvía desde el centro en diez minutos. La comparativa completa de todos los museos de la ciudad, con las tarjetas turísticas y cómo repartirlos en varios días, está en los museos de Ámsterdam.
La clave está en el orden y en el ritmo. Entra al Rijksmuseum en la primera franja de la mañana, a las nueve, cuando el museo está prácticamente vacío, y ve directo a la Galería de Honor antes de que se llene. Allí está la Ronda de Noche de Rembrandt, ese óleo enorme de cuatro metros con la compañía de arcabuceros en movimiento teatral, y los cuatro Vermeer del museo, entre ellos La lechera, que es un cuadro pequeño y que en persona, a pocos centímetros, resulta hipnótico por la forma en que la luz cae sobre el pan y sobre el cántaro. Dos horas bastan para ver lo esencial sin agobio.
Después, no encadenes el segundo museo de golpe. Sal, cruza al Vondelpark, que está a cinco minutos, y date media hora de aire libre y un café. La saturación museística es real y arruina la segunda visita si no la cortas.
El Van Gogh, ya con la cabeza descansada, se disfruta muchísimo más. Su virtud no está en tener cuadros famosos sino en poder recorrer en orden cronológico la evolución completa de un pintor: de los oscuros Comedores de patatas al estallido de color de Arlés y a los últimos lienzos de Auvers. Y hay algo que ninguna reproducción transmite, que es la textura física de la pintura, los pegotes de óleo aplicados con tanta fuerza que los cuadros son casi relieve.
Si prefieres solo un museo grande, el Stedelijk de arte moderno o el Moco quedan justo al lado y piden mucho menos tiempo.
Día 2 al mediodía: De Pijp y el mercado Albert Cuyp¶
A quince minutos andando del Museumplein hacia el este empieza De Pijp, el barrio que a mí me parece el más vivo de Ámsterdam y el que menos aparece en las guías. Fue barrio obrero, luego barrio de inmigrantes y hoy es la zona de bares, terrazas y cocina internacional donde come la gente de la ciudad.
Su columna vertebral es el mercado Albert Cuyp, el mercado callejero más grande de los Países Bajos, con más de un kilómetro de puestos de todo: quesos, pescado, flores, ropa, especias, fruta. Es el sitio perfecto para comer de pie y barato, y donde probar un stroopwafel hecho al momento en la plancha, que no tiene nada que ver con el envasado. Conviene comprobar los días de apertura antes de ir, porque no abre a diario. Este barrio y otros igual de poco turísticos están desarrollados en el Ámsterdam menos obvio.
Aquí está también la Heineken Experience, que es la única cosa de esta guía que te recomiendo saltarte sin remordimiento. Es una visita de marca, cara y sin apenas contenido, y a dos calles hay cervecerías de verdad donde beber mejor por mucho menos.
Día 2 por la tarde: el barco y el otro lado del agua¶
Reserva el paseo en barco por los canales para la tarde del segundo día, cuando ya conoces la ciudad por tierra. Dura alrededor de una hora, sale de varios embarcaderos cerca de la Estación Central y es la única forma de ver Ámsterdam desde el ángulo para el que fue diseñada. Los canales no son adorno: son la infraestructura que hizo posible el comercio del Siglo de Oro, y desde el agua se entiende de golpe la verticalidad de las casas y la escala real de esta ciudad hidráulica. Al atardecer, con las ventanas encendiéndose sobre el agua, es todavía mejor.
Y para terminar, cruza al norte. Detrás de la Estación Central salen ferris gratuitos hacia Ámsterdam Norte, sin billete ni fichaje, y el trayecto de cinco minutos por el IJ da algunas de las mejores vistas de la ciudad. Al otro lado hay dos opciones distintas: el muelle de Buiksloterweg, con la torre A'DAM Lookout y su mirador, o el NDSM, un antiguo astillero reconvertido en zona cultural llena de arte urbano, naves industriales y bares de aire alternativo. Es el Ámsterdam contemporáneo, el que no sale en las postales, y es un cierre estupendo para dos días.
La alternativa: cambiar el segundo día por una escapada¶
Si ya conoces el centro o los museos no te tiran, hay una variante que funciona muy bien: dedicar el segundo día a salir de la ciudad. El país es tan pequeño y los trenes tan frecuentes que cualquier escapada es cuestión de minutos, y todas las opciones están comparadas en excursiones de un día desde Ámsterdam.
Los molinos de Zaanse Schans están a dieciocho minutos en tren directo desde la Estación Central, bajando en la parada Zaandijk Zaanse Schans y caminando un cuarto de hora. Es el sitio más fotografiado de Holanda y también el más concurrido, así que hay que ir a primerísima hora o al final de la tarde si no quieres compartirlo con media Europa. Haarlem queda a un cuarto de hora escaso de tren y es una ciudad histórica preciosa, mucho más tranquila, con su gran plaza y su iglesia de San Bavón. Y si prefieres otra ciudad de verdad, Utrecht está a media hora y Delft o La Haya a menos de una.
Mi consejo, si es tu primera vez y solo tienes dos días, es no salir. Ámsterdam da de sobra para dos jornadas y las escapadas encajan mucho mejor en un viaje de tres o cuatro días. Pero si repites, el segundo día fuera cambia por completo la percepción del país.
Los errores que veo repetirse¶
El más común es intentar meter tres museos grandes en dos días. No se puede, o mejor dicho, se puede a costa de no disfrutar ninguno. Dos es el máximo razonable, y con calma.
El segundo es organizar el viaje alrededor de los tópicos. Un día entero de coffeeshops y barrio rojo por la noche es la manera más eficaz de irse de Ámsterdam sin haberla visto, y además la ciudad lleva años endureciendo la normativa precisamente contra ese tipo de turismo.
El tercero es alquilar bicicleta sin ser ciclista habitual. La bici es la forma más auténtica de moverse por aquí, pero el tráfico ciclista holandés es rápido, denso y silencioso, con sus propias reglas, y un turista dubitativo en mitad del carril bici es un estorbo y un peligro. Si no montas a diario en tu ciudad, no empieces aquí.
Y el cuarto, más pequeño pero universal, es comer en el Damrak o alrededor de Dam, en locales con la carta en seis idiomas y fotos de los platos en la puerta. Dos calles hacia dentro se come mejor y por la mitad de precio.
Lo que te vas a llevar¶
Dos días bien repartidos dan para conocer Ámsterdam de verdad: su geometría de agua, su historia comercial, su forma peculiar de haber convivido siempre con lo que otras ciudades escondían, y esa luz gris plateada del norte que lo baña todo de una melancolía suave y que explica por qué aquí nacieron los mejores pintores de la luz.
Comprueba horarios y precios en las webs oficiales antes de viajar, porque en esta ciudad cambian a menudo. Y no intentes exprimir los dos días hasta la última gota. Ámsterdam recompensa mucho más al que se para en un puente a mirar el reflejo de las fachadas que al que persigue una lista.