
Los miradores de Lisboa: cuáles merecen la subida y a qué hora ir a cada uno
Lisboa tiene una densidad de puntos panorámicos que no he encontrado en ninguna otra capital europea, consecuencia directa de estar construida sobre colinas que caen hacia el Tajo. Unos están siempre llenos y otros no aparecen en las guías. Esta es la selección de los que de verdad compensan, con el ángulo que ofrece cada uno, la hora a la que rinde y una ruta para encadenarlos sin repetir cuesta.
Una ciudad que se mira a sí misma¶
En Lisboa el mirador no es una atracción, es una categoría urbana. La ciudad tiene su propia palabra para ellos, miradouro, y hay decenas repartidos por las laderas, muchos con nombre oficial, banco, quiosco y panel cerámico identificando lo que se ve. No es casualidad: cuando una ciudad está construida sobre colinas que caen a plomo hacia un estuario de varios kilómetros de ancho, cada cambio de cota genera un balcón.
Lo interesante es que ninguno se parece a otro. Cambia la altura, cambia el ángulo, cambia lo que entra en el encuadre y cambia sobre todo la orientación, que es lo que determina a qué hora funciona cada uno. Un mirador que mira al este es un desastre al atardecer y una maravilla a primera hora.
Lo que sigue es mi selección después de tres visitas a la ciudad, ordenada por zonas, con lo que a mí me habría gustado saber antes: cuál es el ángulo de cada uno, cuánta gente vas a encontrar y si merece la cuesta.
La colina de Alfama: los cuatro imprescindibles¶
Aquí está el núcleo duro. El Miradouro das Portas do Sol es el clásico de Lisboa y el que aparece en la mitad de las fotografías de la ciudad: una terraza amplia con cafetería, la estatua de San Vicente con el barco y los cuervos, y una vista directa sobre los tejados de Alfama bajando hacia el río, con la cúpula blanca del Panteón Nacional recortada a la izquierda. Está siempre concurrido y aun así merece la pena. No es raro encontrarse músicos tocando fado en la terraza, sin escenario ni cartel, que es como el fado se escucha mejor.
A cien metros escasos, el Miradouro de Santa Luzia es completamente distinto pese a la proximidad. Es un patio con pérgola cubierta de buganvillas y las paredes revestidas con dos grandes paneles de azulejos: uno representa la Praça do Comércio antes del terremoto de 1755 y el otro la reconquista cristiana del castillo en el siglo XII. Es decir, que mientras miras la ciudad actual tienes al lado la ciudad que desapareció, contada en cerámica. Ese detalle lo convierte en mi favorito de los cuatro.
Más arriba, el Miradouro da Graça —oficialmente Sophia de Mello Breyner Andresen— está en una de las colinas más altas y tiene la ventaja de que el castillo entra en primer plano, con la Baixa y el río detrás. Hay una cafetería bajo los árboles y bastante ambiente local, sobre todo al final de la tarde.
Y a cinco minutos a pie de allí, el Miradouro da Senhora do Monte es el mejor de todos y el que menos gente pisa. Es el punto más elevado, ofrece un arco de ciento ochenta grados que va desde el Parque das Nações hasta el puente 25 de Abril, y tiene un panel cerámico en la terraza que identifica cada monumento visible. La primera vez que subí no había casi nadie, y eso en Lisboa es un lujo.
El lado oeste: São Pedro de Alcântara y Príncipe Real¶
Al otro lado del valle, en el Bairro Alto, está el Miradouro de São Pedro de Alcântara, el gran mirador occidental de la ciudad. Tiene dos niveles de jardines con bancos, un panel cerámico orientativo y una vista frontal del castillo de San Jorge al otro lado, con la Baixa entera en el medio.
Su gran ventaja es la orientación: mira al este, así que funciona espectacularmente a primera hora de la mañana, cuando el sol da de frente sobre el castillo, y queda a contraluz al atardecer. Es exactamente el complementario de los miradores de Alfama, que miran al oeste y rinden al final del día. Si combinas ambos en la misma jornada, tienes la ciudad iluminada de frente dos veces.
Se llega a pie desde el Chiado o subiendo en el Elevador da Glória, el funicular que conecta con la Baixa. Y muy cerca queda la Praça do Príncipe Real, que no es un mirador propiamente dicho pero que merece la parada por su cedro libanés enorme, con las ramas extendidas en horizontal sostenidas por estructuras metálicas, y por el ambiente de barrio acomodado que la rodea.
Los miradores de pago que compensan¶
Hay tres puntos con entrada que en mi opinión valen lo que cuestan. El primero es la terraza del Arco de la Rua Augusta, el arco triunfal que cierra la Praça do Comércio y que se terminó en 1873, más de un siglo después del terremoto. Desde arriba se ve la plaza entera, el Tajo abriéndose delante y la cuadrícula pombalina desplegándose hacia atrás. Es barato, la subida es rápida y llegar justo cuando el sol toca el horizonte regala diez minutos en los que los edificios de la Baixa se vuelven dorados.
El segundo es la terraza que rodea la base de la cúpula del Panteón Nacional, en Alfama. Desde ahí el barrio deja de ser un laberinto: se ve la estructura de la colina, la disposición de las calles y los tejados rojizos bajando hacia la ribera, con el puente 25 de Abril al fondo. Es una perspectiva cenital que ningún mirador de calle puede dar.
Y el tercero es el Pilar 7, la visita al interior de uno de los pilares del puente 25 de Abril, que termina en una terraza con suelo de cristal suspendida sobre el Tajo, con el tráfico pasando a pocos metros por encima. No es un mirador urbano sino una perspectiva del río y del puente que no se consigue en ningún otro sitio. Está poco concurrido, y el día que subí lo tuvimos entero para nosotros porque el ascensor estaba averiado y hubo que hacer veintiséis pisos por una escalera metálica que vibra con el puente.
La plataforma superior del Elevador de Santa Justa también tiene entrada aparte, y ahí soy más tibio: la vista de la Baixa es buena, pero la cola a media jornada es considerable y desde el Largo do Carmo, arriba y gratis, se ve prácticamente lo mismo. El Castelo de São Jorge, por su parte, ofrece la panorámica más alta del centro histórico, pero es de pago, cierra pronto y en un viaje corto es prescindible cuando tienes tantos miradores libres alrededor.
Los que casi nadie pisa¶
Además de la Senhora do Monte, hay dos rincones que dan vistas inesperadas y a los que no va prácticamente nadie. El primero es la terraza superior del Parque Eduardo VII, en el extremo norte de la Avenida da Liberdade. El parque sube desde la plaza del Marqués de Pombal en un despliegue de setos recortados y avenida central despejada, y desde arriba se ve la ciudad entera en un eje perfecto que baja hasta el Tajo. En temporada baja está prácticamente vacío.
El segundo es el Cemitério dos Prazeres, en Campo de Ourique, y sé que suena raro. Los cementerios portugueses del siglo XIX tienen una escala propia, con mausoleos familiares que son pequeñas capillas y avenidas arboladas, y este en concreto está en alto, de modo que entre los panteones van apareciendo vistas de Lisboa hacia el sur que uno no esperaba encontrar allí. Es una visita silenciosa y a contracorriente, y está justo en la parada inicial del tranvía 28, lo que la hace fácil de encadenar.
Una ruta para encadenarlos¶
Si te apetece dedicar una jornada a esto, el orden que mejor funciona aprovecha la orientación de cada uno. Empieza por la mañana en el oeste, en São Pedro de Alcântara, con el sol dando de frente sobre el castillo, y sigue por Príncipe Real. Baja después al centro y sube al Arco de la Rua Augusta a media mañana, cuando todavía no hay cola.
Después del almuerzo, cruza al este. Sube a la colina de Alfama usando los ascensores públicos y gratuitos del Elevador Castelo, que arrancan cerca de la Praça da Figueira y ahorran una de las cuestas más duras de la ciudad, y encadena Graça y Senhora do Monte, que están a cinco minutos el uno del otro.
El final es Portas do Sol y Santa Luzia, ya con la luz cayendo y el río tomando color. Si el Panteón todavía está abierto, la terraza de la cúpula queda de camino. Son unos siete kilómetros con desnivel considerable, así que calzado en condiciones y sin prisa.
Una nota sobre la luz y las estaciones¶
La regla básica es sencilla: los miradores de la colina de Alfama —Portas do Sol, Santa Luzia, Graça, Senhora do Monte— miran al oeste y al sur, así que rinden por la tarde y al atardecer. São Pedro de Alcântara y todo el lado del Bairro Alto miran al este y rinden por la mañana. El Parque Eduardo VII mira al sur y funciona a cualquier hora.
En invierno el sol se pone a media tarde, lo que comprime el día pero adelanta la hora dorada a un momento en el que todavía tienes energía. En verano hay luz hasta muy tarde y los miradores se llenan de gente joven con cervezas a partir de las siete, cosa que puede gustarte o no, pero que forma parte de la vida de la ciudad tanto como las vistas.
Y una última cosa: casi todos estos miradores tienen quiosco o cafetería. Sentarse con algo fresco y quedarse cuarenta minutos viendo cambiar la luz es probablemente el mejor plan gratuito que ofrece Lisboa.
Estos miradores aparecen repartidos por los itinerarios de un día, dos días, tres días y una semana, y contados sobre el terreno en los diarios de mis viajes de 2014 y 2023. Para lo demás, la guía completa de qué ver en Lisboa.