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Icebergs azules flotando en la laguna glaciar de Jökulsárlón, desprendidos del glaciar Breiðamerkurjökull.

Destinos · Islandia · Sudurland

La costa sur de Islandia en 2 días: de Seljalandsfoss a Jökulsárlón

Entre Seljalandsfoss y Jökulsárlón hay unos trescientos ochenta kilómetros de carretera y la mayor concentración de paisaje espectacular de toda Islandia. Se puede hacer en un día si el objetivo es fotografiar aparcamientos; en dos, se puede hacer bien.

Lectura de 17 minutos

Hay una razón geológica concreta por la que la costa sur de Islandia tiene tantas cascadas. El interior de la isla es una meseta volcánica elevada y su borde meridional es un acantilado abrupto donde la tierra se corta casi en vertical hacia el mar. El agua que baja de los glaciares y las tierras altas no tiene una pendiente gradual por la que descender: cae de golpe. El resultado son decenas de saltos de agua, algunos famosos en el mundo entero y otros que ni siquiera figuran en los mapas turísticos.

A eso hay que sumarle las playas de arena negra, los cañones tapizados de musgo, las lenguas glaciares que bajan del Vatnajökull hasta casi tocar la carretera y una laguna llena de icebergs azules. Todo ello a lo largo de la Ruta 1, sin desvíos complicados, con asfalto todo el camino y sin necesitar ningún vehículo especial en verano.

Ese es el problema de la costa sur: cabe en un día sobre el papel y no cabe en absoluto en la práctica. Es también el tramo con más candidatas a mi clasificación de las cascadas de Islandia, así que conviene ir sabiendo cuáles priorizar. Las excursiones de una jornada desde Reikiavik llegan hasta Vík y vuelven, o hacen la carrera hasta la laguna glaciar y regresan de noche con doce horas de autobús a la espalda. Con dos días el reparto es cómodo, da tiempo a caminar y todavía queda margen para el mal tiempo, que aquí es más probable que en cualquier otra parte del país.

Cómo repartir los dos días

La división que mejor funciona es geográfica y bastante evidente. El primer día cubre el tramo de Reikiavik o Selfoss hasta Vík, unos ciento noventa kilómetros que son solo dos horas y media de conducción pura pero que ocupan la jornada entera porque concentran cinco o seis paradas mayores. El segundo va de Vík hasta la laguna glaciar de Jökulsárlón, otros ciento noventa kilómetros con los cañones, Skaftafell y los glaciares por medio.

La pregunta importante es dónde se duerme al final del segundo día. Si vas a continuar hacia el este por la carretera del anillo, la respuesta es Höfn, a unos ochenta kilómetros de la laguna, un pueblo pesquero cuya especialidad es el langostino de aguas frías, y desde ahí el itinerario natural sigue en la guía de los fiordos del este. Si en cambio vas a volver a Reikiavik, tienes por delante unas cinco horas de carretera desde Jökulsárlón, así que conviene o bien salir de la laguna a media tarde, o bien dormir una segunda noche en la zona de Kirkjubæjarklaustur y regresar al día siguiente.

Yo hice este tramo dentro de la vuelta completa a la isla, durmiendo cerca de Vík la primera noche y en Höfn la segunda. Es el reparto que estructura este artículo y el que recomiendo si tienes libertad de itinerario, y es también el que sigue la carretera del anillo en 10 días en sus etapas 3 y 4.

Primer día por la mañana: Seljalandsfoss y la cascada que casi nadie ve

Seljalandsfoss está a unos ciento veinte kilómetros de Reikiavik y es la primera parada obligada. Su fama viene de un detalle poco común: un sendero rodea completamente la cascada y permite pasar por detrás de la cortina de agua, con la caída de sesenta metros a menos de un metro de la cara y el paisaje islandés enmarcado al otro lado del velo. No hay muchos sitios en el mundo donde se pueda hacer eso.

Conviene asumir desde que se baja del coche que uno va a salir empapado. La bruma alcanza mucho antes de llegar a la base y en el tramo trasero no tiene ningún sentido intentar mantenerse seco. Chubasquero, calzado que agarre en piedra mojada y algo para proteger la cámara, porque el agua llega a todas partes. El aparcamiento cuesta unas mil coronas y se paga a través de checkit.is.

Y aquí va el consejo que convierte esta parada en algo mejor. A unos diez minutos a pie hacia el norte, siguiendo el pie del acantilado desde el mismo aparcamiento, hay otra cascada que la mayoría de los visitantes no llega a ver porque no tiene aparcamiento propio ni señalización llamativa. Para entrar hay que meterse en una garganta estrecha entre paredes que se van cerrando, avanzando por un saliente sobre el agua y aceptando que las botas se van a mojar. Lo que hay al fondo, en un espacio casi cerrado con una ranura de luz en lo alto, es una cascada con una intimidad completamente distinta a todo lo demás: sin plataformas, sin grupos y a menudo sin nadie más. El billete del aparcamiento de Seljalandsfoss ya cubre el acceso, así que no hay excusa para saltársela.

Primer día a mediodía: Skógafoss y el museo de Skógar

Cuarenta minutos más al este está Skógafoss, sesenta metros de altura y veinticinco de anchura, alimentada por el río que baja del Eyjafjallajökull. Se puede llegar caminando hasta la base, donde el estruendo y la bruma son considerables, y se puede subir por una escalera de más de quinientos peldaños que asciende por el lateral derecho hasta lo alto de la caída. Merece la pena subirla aunque llueva, porque la perspectiva desde arriba, con el río llegando y la franja de mar al fondo, es distinta y buena.

Una advertencia por experiencia propia: la combinación de lluvia y bruma de la cascada durante todo el ascenso mató mi cámara, que estuvo varias horas sin dar señales de vida hasta que se secó sobre la calefacción del alojamiento. Guarda el equipo dentro de algo estanco durante la subida, no solo bajo la chaqueta. El aparcamiento son otras mil coronas, aquí a través de la aplicación Parka.

Junto a la cascada hay una leyenda con placa incluida: el primer colono vikingo de la zona habría escondido un cofre detrás de la caída de agua, y siglos después alguien que intentó recuperarlo solo consiguió arrancar el aro metálico antes de que el tesoro se perdiera en el fondo. Si existe, sigue ahí.

A pocos metros está el museo folclórico de Skógar, que es la mejor carta que se puede jugar si el día se ha estropeado. Tiene una colección enorme de objetos cotidianos, desde aparejos de pesca hasta los primeros automóviles de la isla, y sobre todo un museo al aire libre con casas de turba reconstruidas. La turba —tierra y musgo compactados— era la única solución constructiva razonable en un país sin madera, con inviernos extremos y viento constante: aislaba bien y estaba disponible en cualquier sitio. Por dentro los techos son tan bajos que hay que agacharse, y las camas parecen sillas muy reclinadas porque los islandeses dormían casi sentados, según la creencia popular para no invitar a los espíritus a llevarse el alma. Dos horas se van sin darse cuenta. Justo al lado, Kvernufoss es otra cascada escondida en un pequeño cañón que casi nadie visita, con aparcamiento propio de unas setecientas cincuenta coronas.

Primer día por la tarde: Dyrhólaey y los frailecillos

El promontorio de Dyrhólaey se adentra en el mar formando un enorme arco de roca, y la carretera que sube hasta el faro es estrecha y con curvas cerradas pero corta. Desde arriba se ve la playa negra de Reynisfjara hacia el este, el glaciar Mýrdalsjökull cerrando el horizonte al norte y el Atlántico abriéndose al sur sin nada en medio hasta la Antártida.

Aquí hay buenas noticias en un país donde todo se ha ido llenando de parquímetros: los dos aparcamientos de Dyrhólaey son gratuitos y no hay entrada. Sí hay, en cambio, restricciones estacionales. Desde mediados de mayo hasta finales de junio, la Agencia de Medio Ambiente limita el acceso a la zona alta para proteger a las aves en periodo de cría: solo se puede subir entre las nueve de la mañana y las siete de la tarde, y fuera de ese horario la carretera superior se cierra. La zona baja permanece abierta.

El motivo de esas restricciones es lo que mucha gente viene a ver. Los frailecillos crían en estos acantilados entre mayo y agosto, excavando madrigueras en la tierra blanda del borde, y el resto del año viven en mar abierto sin acercarse a tierra. A finales de agosto muchos ya han iniciado la migración, así que si vienes a por ellos, cuanto antes en la temporada, mejor. Yo llegué muy al final de agosto y todavía quedaban varios ejemplares en los acantilados. Son sorprendentemente tolerantes con los observadores y se dejan acercar bastante más de lo que uno esperaría, pero son aves salvajes en nidos activos: acercarse despacio, quedarse junto a las cuerdas y esperar es lo que funciona.

Reynisfjara: lo que hay que saber antes de bajar del coche

Esta sección es la más importante del artículo y conviene leerla entera aunque conozcas la playa de fotos.

Reynisfjara es la playa de arena negra más famosa de Islandia. Su arena es basalto erosionado, molido por las olas durante siglos; sus columnas hexagonales son el resultado de una colada que se enfrió lentamente y se fracturó siguiendo la geometría que minimiza la tensión interna, que resulta ser el hexágono; y mar adentro los Reynisdrangar, tres agujas de roca, son según la leyenda unos trols que quedaron petrificados al sorprenderlos el amanecer mientras intentaban arrastrar un barco hacia la costa.

También es peligrosa de verdad. Las llamadas sneaker waves son olas solitarias que llegan sin aviso desde el Atlántico abierto y que suben mucho más arriba de lo que la línea de agua sugiere; el fondo marino cae en picado muy cerca de la orilla, así que las olas conservan toda su energía hasta que rompen. Ha habido víctimas mortales aquí. No es una advertencia de folleto.

Lo que ha cambiado, y que ninguna guía antigua recoge, es cómo se gestiona ahora el acceso. Hay un sistema de semáforo instalado en la entrada, alimentado por un modelo de previsión del oleaje: en amarillo hay que mantenerse a treinta metros del agua, y en rojo la playa está cerrada. Además, en las dos primeras semanas de febrero de 2026 un desprendimiento en la ladera del Reynisfjall y una erosión costera severa transformaron la playa: parte del talud se vino abajo hasta la arena, la plataforma de observación quedó descalzada y hubo que retirar una de las señales luminosas porque sus cimientos dejaron de ser seguros. La playa sigue abierta, pero el acceso se gestiona por zonas de seguridad que cambian de un día para otro, la cueva de Hálsanefshellir tiene el acceso restringido según las condiciones y hay bastante menos arena caminable que en las fotos que circulan.

La conclusión práctica es sencilla: consulta safetravel.is antes de ir, obedece el semáforo y las indicaciones del personal, y asume que las mejores fotos no requieren acercarse al agua. Un encuadre amplio con la línea de rompientes, las agujas y el basalto cuenta mucho mejor el sitio que un primer plano tomado desde donde no deberías estar. Si el semáforo está en rojo, Dyrhólaey ofrece vistas de la misma costa sin ningún riesgo.

Vík y el final del primer día

Vík es el pueblo más al sur de Islandia y la base natural para dormir en este tramo. Es pequeño, tiene supermercado, gasolinera y unas cuantas opciones de alojamiento que en verano se llenan con meses de antelación, así que reserva pronto. Desde muchos alojamientos de la zona se ven las siluetas de los Reynisdrangar recortadas contra el horizonte, que no es mal último plano del día.

Si el día se ha ido en agua y queda energía, en el pueblo hay un espectáculo de lava fundida en directo que funciona bien como plan de interior. Y si el segundo día amenaza tormenta, esta es la noche para replantear el itinerario.

Segundo día por la mañana: cañones y casas de turba

Conviene salir pronto de verdad, porque la jornada es larga y termina lejos. La primera parada, unos noventa kilómetros al este de Vík, es el cañón de Fjaðrárgljúfur. Se accede por la carretera 206, que es de grava pero corta, y lo que se encuentra allí no se parece a nada más del país: cien metros de profundidad y dos kilómetros de longitud, con las paredes de palagonita completamente tapizadas de un verde brillante que no es el musgo apagado de los campos de lava.

Aquí hay que ser disciplinado con los senderos. El cañón se hizo mundialmente famoso tras aparecer en un videoclip en 2015, las visitas se dispararon, la gente se salió de los caminos y el musgo —que crece un centímetro al año— quedó tan dañado que el lugar tuvo que cerrarse por completo durante meses en 2019. Hoy está abierto, con senderos delimitados y miradores acondicionados, y el aparcamiento cuesta mil coronas a través de Parka, con cámaras controlando las matrículas. La visita completa es de media hora a una hora larga.

Siguiendo hasta Kirkjubæjarklaustur, Systrafoss son dos caídas paralelas que desde abajo parecen discretas y que esconden lo mejor arriba: la señal del sendero apunta hacia lo alto y desde allí el valle entero se abre con los campos verdes en primer plano y las montañas oscuras cerrando el horizonte. Si te quedas abajo estás viendo la mitad del sitio. A pocos kilómetros, Dverghamrar es una parada de cinco minutos junto a la carretera para ver columnas basálticas hexagonales al nivel del suelo, sin cascada y sin gente. Y algo más adelante, Núpsstaður es un conjunto de casas de turba apoyadas contra una pared de roca casi vertical, con los tejados verdes mimetizados con el terreno, que da contexto histórico a todo lo demás.

Segundo día a mediodía: Skaftafell y los glaciares

El área de Skaftafell, dentro del parque nacional del Vatnajökull, es el punto donde este itinerario cambia de registro. Ya desde el aparcamiento principal se ven al fondo las lenguas de hielo bajando entre las montañas, y el aire tiene una temperatura distinta, más densa. El aparcamiento cuesta mil coronas por Parka y, si ese mismo día ya has pagado en otro punto del parque nacional, en algunos casos se aplica un descuento; conviene comprobarlo en la app o en la señalización.

Del aparcamiento salen dos rutas que no compiten entre sí. Una lleva al frente del glaciar Skaftafellsjökull por un camino corto y bien señalizado en el que la vegetación va desapareciendo hasta dejar solo arena negra y roca pulida por el hielo; el glaciar termina en un frente abrupto, sucio de sedimentos, con grietas azules abriéndose hacia dentro. La otra sube hasta Svartifoss, una cascada que no destaca por caudal sino porque está enmarcada por columnas de basalto negro que caen verticalmente a ambos lados como una catedral improvisada. Esas columnas son las que Guðjón Samúelsson tomó como referencia literal para diseñar la fachada de la Hallgrímskirkja de Reikiavik: la conexión entre geología y arquitectura en este país no es metafórica.

A pocos minutos en coche está Svínafellsjökull, otro frente glaciar de acceso casi inmediato, con formaciones más escarpadas y el hielo de un azul más saturado. Si solo hay tiempo para acercarse a un glaciar, yo elegiría este. Y si te tienta caminar sobre el hielo, hay excursiones guiadas con crampones que salen de la zona y también del cercano Sólheimajökull; hay que reservarlas y ocupan entre dos y cuatro horas, así que solo caben si sacrificas alguna otra parada.

Segundo día por la tarde: Jökulsárlón y Diamond Beach

El final del recorrido es la laguna glaciar de Jökulsárlón, y es de esos sitios que sostienen cualquier expectativa. Se formó al retroceder el glaciar Breiðamerkurjökull desde los años treinta y no ha dejado de crecer desde entonces. En la superficie flotan icebergs desprendidos del frente, algunos del tamaño de un coche y otros del tamaño de una casa, derivando lentamente hacia el canal que los lleva al mar.

Lo que descoloca es el color. El hielo glaciar no es blanco, es azul, a veces casi eléctrico en los bloques grandes: siglos de compresión expulsan todo el aire y, sin burbujas, la luz se refracta de otra manera. Entre los bloques nadan focas de forma permanente, porque la pesca en el canal es abundante, y son completamente indiferentes a la gente y a los paraguas. Hay excursiones en barcaza anfibia para acercarse más, aunque desde la orilla ya se ve perfectamente.

Al otro lado de la carretera, donde el canal desemboca en el océano, las olas devuelven a la orilla los bloques que no consiguen salir al mar y los dejan varados sobre la arena negra. Es Diamond Beach, y con lluvia brilla todavía más. El aparcamiento de la laguna cuesta mil coronas y el ticket vale hasta medianoche, así que cubre las dos orillas sin pagar dos veces. Yo llegué con la tarde muy avanzada y bajo la lluvia y el aparcamiento estaba lleno igualmente, lo cual dice bastante del sitio.

Lo opcional y lo prescindible

Dos paradas que aparecen en todos los listados merecen un comentario honesto. El avión estrellado de Sólheimasandur, un DC-3 de la marina estadounidense abandonado en la arena negra, es muy fotogénico pero está a cuatro kilómetros de caminata sin sombra ni interés paisajístico desde el aparcamiento, o en una lanzadera de pago. Son dos horas largas de tu día a cambio de una foto que ya has visto mil veces; decide con eso en la mano.

En cambio, si el tiempo acompaña y llevas margen, la laguna de Fjallsárlón, unos kilómetros antes de Jökulsárlón, es más pequeña, mucho menos concurrida y tiene el glaciar bastante más cerca. Poca gente para y es una buena decisión.

Consejos prácticos para estos dos días

La costa sur es la zona de Islandia con más aparcamientos de pago, y cada punto puede usar un sistema distinto. Necesitarás la aplicación Parka y el sistema checkit.is, y lo sensato es instalarlas y configurarlas la noche anterior con wifi, porque la cobertura falla en algunos valles y descubrirlo con el coche ya aparcado no ayuda. Los impagos generan recargos automáticos que la empresa de alquiler te repercutirá después con su propio suplemento.

Esta es también la zona donde las coberturas específicas del seguro del coche se ganan el dinero. Los campos de arena volcánica del sur, especialmente en el entorno de Mýrdalssandur, producen tormentas que literalmente arenan la pintura del vehículo cuando sopla fuerte, y la reparación implica repintarlo entero. La protección contra arena y ceniza y la protección contra grava no son extras decorativos aquí.

En cuanto al tiempo, asume que va a llover en algún momento y que el viento va a ser el factor determinante. Consulta cada mañana el parte en vedur.is y el estado de las carreteras en road.is, y ten en cuenta que el tramo final de la Ruta 1 antes de Vík es uno de los más ventosos del país: hay rachas capaces de arrancar la puerta del coche si se abre sin sujetarla, y ese daño concreto no lo cubre ningún seguro.

Y si solo tienes un día

Si no hay manera de estirar el itinerario, el recorte que menos duele es renunciar a la laguna glaciar. Un día bien aprovechado llega hasta Vík con las dos cascadas grandes, la cascada escondida, Dyrhólaey y Reynisfjara, y eso ya es una jornada excelente. Ir hasta Jökulsárlón y volver a Reikiavik en el día son unas diez horas de coche a las que hay que restar todo lo demás, y el resultado es una sucesión de paradas de quince minutos que no le hace justicia a ningún sitio.

Los precios, horarios y condiciones de acceso de este artículo están comprobados en 2026, pero la costa sur cambia deprisa: las tarifas de aparcamiento se revisan con frecuencia y Reynisfjara es un lugar que se reconfigura literalmente con cada temporal. Confirma siempre en las fuentes oficiales antes de salir.