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El fiordo de Seyðisfjörður visto desde el puerto de montaña, con el pueblo y el agua quieta al fondo del valle.

Destinos · Islandia · Austurland

Los fiordos del este de Islandia: la región que casi nadie visita

El este es la región menos visitada de Islandia y se nota en todo: menos coches, menos señalización, menos infraestructura turística y, a cambio, la sensación de estar en un país real y no en un circuito. Es también donde está el cañón de columnas de basalto más impresionante del país, que hace quince años ni siquiera se veía.

Lectura de 10 minutos

Casi todo el mundo que viaja a Islandia hace el sur. Muchos añaden el Círculo Dorado y unos cuantos llegan hasta el norte, a Mývatn y a las ballenas de Húsavík. El este, en cambio, se queda fuera de la mayoría de los itinerarios, y quienes lo cruzan suelen hacerlo con prisa, tratándolo como el tramo largo y aburrido que separa la laguna glaciar de la zona geotérmica del norte.

Es un error, aunque comprensible. El este pide tiempo: las carreteras bordean fiordos, suben puertos de montaña y se toman su tiempo para recorrer distancias que en el mapa parecen cortas. Y su oferta no es tan inmediata como una cascada al borde del asfalto. Aquí las cosas hay que ir a buscarlas.

A cambio ofrece algo que en el sur del país ya no existe en verano: espacio. Pueblos donde nadie intenta venderte nada, senderos por los que caminas media hora sin cruzarte con nadie y una escala de paisaje que no está mediada por aparcamientos ni por autobuses. Esta guía cubre lo que vi cuando recorrí la zona y, sobre todo, lo que hoy añadiría sin dudarlo. Es la etapa 5 de la carretera del anillo en 10 días.

Cómo funciona la región y cuánto tiempo necesita

Los fiordos del este ocupan la esquina oriental de la isla, desde el entorno de Höfn en el sur hasta la zona de Vopnafjörður en el norte. La Ruta 1 los atraviesa, aunque no los recorre todos: el anillo corta hacia el interior en varios puntos, y llegar a los fiordos más remotos exige salirse por carreteras secundarias, algunas de ellas de grava.

Egilsstaðir, con unos tres mil habitantes, es el centro urbano y la base logística: gasolinera, supermercado, alojamiento y poco más, porque es una ciudad funcional sin ninguna pretensión. Desde allí se llega en menos de una hora a casi todo lo interesante de la región.

Con un solo día se cruza la región viendo tres o cuatro cosas. Con dos se hace bien, incluyendo el cañón de Stuðlagil y Seyðisfjörður. Con tres se puede añadir Borgarfjörður Eystri y sus frailecillos, que es de los sitios más recomendables del país para verlos y de los que menos gente conoce.

Djúpivogur y la costa sur del este

Viniendo desde Höfn —el final natural de la costa sur en dos días—, la Ruta 1 bordea primero la costa sur del Vatnajökull con el glaciar asomando entre las nubes por encima, y después gira al norte y se adentra en los fiordos. La primera parada que merece la pena es Djúpivogur, un pueblo costero que apenas figura en los itinerarios.

No hay nada monumental. Hay barcos pesqueros amarrados, unas pocas casas de colores, una calle principal con tiendas que abren cuando quieren y un puerto por el que se puede pasear sin destino. Nadie intenta venderte nada, no hay guías ni señalización turística y nada indica que tu presencia allí sea especialmente relevante para nadie. El pueblo tiene su propia vida y tú eres alguien que pasa.

Puede parecer poca cosa como recomendación, pero en agosto en Islandia esa sensación es difícil de encontrar y por eso merece parar aunque sea veinte minutos. Djúpivogur forma parte además de la red internacional Cittaslow, que es exactamente el tipo de decisión que uno esperaría de un sitio así.

Stuðlagil: lo que ha cambiado en el este

Aquí está la gran novedad de la región y la razón por la que un artículo escrito hace diez años ya no sirve. El cañón de Stuðlagil, en el valle de Jökuldalur, alberga la mayor concentración de columnas de basalto hexagonales de Islandia, y hasta hace poco nadie lo sabía porque estaba sumergido.

El río Jökulsá á Dal bajaba con tanto caudal que cubría casi por completo las paredes del cañón. Cuando la central hidroeléctrica de Kárahnjúkar entró en funcionamiento entre 2007 y 2009, el nivel del río descendió y dejó al descubierto las columnas. El lugar empezó a hacerse conocido hacia 2016 y hoy es uno de los paisajes más fotografiados del país.

Hay dos accesos y la diferencia importa. Se llega por la carretera 923, que sale de la Ruta 1 y es en parte de grava, con unos veinte o veinticinco minutos de desvío. El lado oeste tiene una plataforma mirador junto al aparcamiento de la granja de Grund y se resuelve en poco tiempo, pero no permite bajar ni ver bien el interior. El lado este exige un paseo llano de unos dos kilómetros por cada sentido desde el aparcamiento y es el que da acceso a las columnas y a la vista completa del cañón. Si solo puedes elegir uno, el este.

Un detalle que casi nadie cuenta y que decide la foto: el agua no es turquesa todo el año. Entre principios de agosto y octubre, el embalse de Hálslón suele desbordar aguas arriba y envía por el valle agua glaciar cargada de sedimento, con lo que el río se vuelve gris parduzco. Las columnas siguen ahí, pero el contraste de la postal desaparece. Si el color te importa, junio y julio son la ventana segura.

El aparcamiento ha sido gratuito en los tres accesos, aunque hay visitantes que reportan una tarifa de unas mil coronas por la aplicación Parka, así que conviene comprobar la señalización al llegar. No hay servicios: los aseos de la zona oeste funcionan en verano y en el lado este no hay nada. Lo más cercano está en Egilsstaðir. Calcula entre tres y cuatro horas para el desvío completo con la caminata del lado este.

Hengifoss: el archivo climático al que se llega andando

Si Stuðlagil es la novedad, Hengifoss es la que a mí más me sorprendió. Está en el valle del lago Lagarfljót, a poca distancia de Egilsstaðir, y son ciento veintiocho metros de caída, una de las cascadas más altas del país.

El sendero sube gradualmente unos cuarenta minutos y a mitad de camino ofrece la primera recompensa: Litlanesfoss, una cascada enmarcada por columnas hexagonales que forman un semicírculo casi perfecto alrededor del agua. Es una de esas imágenes que parecen compuestas a propósito y son completamente naturales.

Más arriba, el terreno se vuelve árido y angular hasta que aparece Hengifoss, que tiene su puesto entre las infravaloradas de mi clasificación de las cascadas de Islandia. Y lo primero que llama la atención no es la altura sino las franjas rojas horizontales de la pared por la que cae. Se alternan con el negro del basalto formando una estratigrafía a gran escala, y son paleosuelos: suelos antiguos formados en periodos más cálidos entre una erupción y la siguiente, que quedaron sepultados bajo las coladas sucesivas. Es literalmente el registro de los climas del pasado, visible en la roca y accesible a pie.

Cerca hay dos paradas más. El lago Lagarfljót se extiende veinticinco kilómetros entre montañas de verde oscuro y tiene su propia leyenda de monstruo lacustre, el Lagarfljótsormurinn, con origen en las sagas y con un vídeo viral de 2012 que duró exactamente una semana en internet. Y el museo de Skriduklaustur, junto al lago, lo diré con franqueza: no merece la pena salvo que tengas un interés específico en la historia medieval islandesa. El restaurante tiene buenas vistas y poco más.

Para terminar el día, Vök Baths, junto al lago Urriðavatn a las afueras de Egilsstaðir, son unas piscinas geotermales flotantes sobre el propio lago, con entrada en torno a las 6.990 coronas. Es una alternativa a la Laguna Azul con una fracción de la gente.

Seyðisfjörður: veintisiete kilómetros que son un viaje

De Egilsstaðir a Seyðisfjörður hay veintisiete kilómetros, pero por carretera se convierten en algo completamente distinto. La ruta asciende a un puerto de montaña donde es perfectamente posible encontrarse un rebaño de ovejas ocupando el asfalto de lado a lado, sin ninguna prisa y sin que el claxon sirva de nada; se espera y punto.

Desde lo alto, la bajada hacia el fiordo obliga a parar el coche aunque no sea necesario. El valle se abre bajo los pies con el pueblo al fondo y el agua quieta al final del embudo de montañas, y las cascadas bajan por las laderas a ambos lados de la carretera.

El pueblo es pequeño pero no está dormido. Tiene una vida artística propia alimentada por el festival LungA, que se celebra cada verano y atrae gente de toda Europa, y es además el punto de llegada del único ferri de pasajeros y vehículos que conecta Islandia con el continente: el Norröna de Smyril Line, que une Hirtshals, en Dinamarca, con Seyðisfjörður pasando por las Islas Feroe, en una travesía de unas cuarenta y siete horas. Eso le da al pueblo una vida cosmopolita inesperada para su tamaño, con mochileros que llegan en barco y viajeros que empiezan aquí su recorrido por el país.

El elemento más fotografiado es la iglesia azul al final de la calle principal —parte de mi ruta por las iglesias de Islandia—, y en los últimos años se le ha sumado la calle pintada con los colores del arcoíris que conduce hasta ella, que hoy es probablemente la imagen más reconocible del este islandés. Conviene saber que el pueblo sufrió graves corrimientos de tierra en diciembre de 2020 que destruyeron varios edificios, y que desde entonces se han construido defensas en la ladera.

Borgarfjörður Eystri: los frailecillos que yo no vi

Esto es lo que hoy añadiría al itinerario y que en su momento me perdí. Borgarfjörður Eystri, con el pueblo de Bakkagerði al fondo, está al norte de Seyðisfjörður y se llega cruzando otro puerto de montaña, con montañas de riolita rayadas en rosa, ocre y verde por el camino.

En el puerto pesquero, sobre el islote de Hafnarhólmi, hay una colonia de frailecillos con una plataforma de observación construida expresamente que permite verlos a muy poca distancia, sin barcos y sin excursión. Es de los mejores sitios de Islandia para observarlos y uno de los pocos donde el acceso es directo, gratuito y desde tierra firme. La temporada va aproximadamente de mediados de mayo a mediados de agosto, cuando las aves inician la migración al Atlántico abierto.

El pueblo tiene además una tradición de elfos bastante arraigada y sirve de punto de partida para rutas de senderismo como la de Stórurð, una zona de bloques erráticos y lagunas turquesas que está entre las mejores caminatas del país. Calcula una jornada entera para la zona si vienes desde Egilsstaðir.

Consejos prácticos para el este

La primera advertencia es de logística. Fuera de Egilsstaðir, los servicios son escasos: hay gasolineras en los pueblos principales y poco más. Sal con el depósito lleno y con algo de comer, porque la distancia entre un sitio con cafetería y el siguiente puede ser considerable.

La segunda es de tiempos. Las distancias del este engañan más que en ninguna otra parte del país, porque las carreteras bordean fiordos enteros y suben puertos. Un trayecto de sesenta kilómetros puede llevar hora y media con las paradas obligadas por el paisaje. Calcula con holgura y no encadenes compromisos con hora fija.

La tercera es de temporada. Los puertos de montaña que conectan los fiordos pueden cerrarse por nieve fuera del verano, y algunos accesos secundarios son de grava. Consulta road.is antes de moverte y ten en cuenta que la meteorología del este cambia rápido incluso en agosto.

Y la cuarta es de expectativas. El este no compite con la costa sur en espectacularidad inmediata ni lo pretende. Lo que ofrece es una relación distinta con el paisaje, sin colas y sin plataformas de observación. A mí me dejó algunos de los momentos más tranquilos del viaje, y esa tranquilidad es cada año un bien más escaso en este país.

Los accesos, precios y horarios de este artículo están comprobados en 2026, pero las tarifas se revisan cada temporada y las carreteras del este cambian de estado con el tiempo. Confirma en las fuentes oficiales antes de salir.