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Las cascadas de Islandia: cuáles merecen la parada y cuáles no
En Islandia hay tantas cascadas que después de una semana uno empieza a pasar de largo delante de saltos de agua que en cualquier otro país serían el reclamo turístico de una región entera. Esta es la selección que haría hoy, con lo que merece la parada, lo que está infravalorado y lo que se puede saltar sin remordimientos.
Nadie sabe con exactitud cuántas cascadas hay en Islandia. Las cifras que se manejan pasan de las diez mil, y lo cierto es que basta conducir una hora por casi cualquier carretera del país para ver tres o cuatro que no tienen nombre en el mapa, ni aparcamiento, ni un solo coche parado delante.
La razón es geológica y sencilla. Islandia es una meseta volcánica elevada cubierta en buena parte por glaciares, y sus bordes caen de forma abrupta hacia el mar. El deshielo de esas masas de hielo y el agua de las tierras altas no tienen una pendiente gradual por la que descender: se encuentran con un escalón y caen. A eso hay que sumarle una roca volcánica joven, blanda y porosa que el agua erosiona con facilidad, formando gargantas y saltos en cuestión de milenios en lugar de eras.
El problema del viajero no es encontrar cascadas, sino decidir en cuáles se para. Después de recorrer la isla entera y de acumular un empacho considerable de agua cayendo, esta es la clasificación que haría: las que no me perdería, las que están claramente infravaloradas y las que, con el tiempo justo, se pueden dejar pasar.
Cómo leer los nombres antes de empezar¶
Ayuda mucho entender un par de terminaciones, porque los nombres islandeses dejan de ser impronunciables en cuanto se descomponen. Foss significa cascada, así que todo lo que termine en -foss es un salto de agua. Á es río, jökull es glaciar y gljúfur es cañón o garganta.
Con eso, Skógafoss es la cascada del bosque, Gullfoss la cascada de oro, Goðafoss la cascada de los dioses y Gljúfurárfoss, la cascada del río del cañón. Detrás de casi cada nombre hay una descripción literal del sitio, y a veces también una historia, lo cual convierte la toponimia en una parte del viaje bastante más entretenida de lo que parece.
Las que no me perdería¶
Gullfoss es la más visitada del país y aguanta perfectamente su fama. El río Hvítá baja del glaciar Langjökull y cae en dos saltos consecutivos, once metros el primero y veintiuno el segundo, para desaparecer después en una garganta de setenta metros de profundidad. Lo que la hace especial es que el terreno la esconde hasta el último momento: la ves entera y de golpe cuando ya estás casi encima. Tiene dos miradores y hacen falta los dos, el superior para entender la escala y el inferior para empaparse en treinta segundos. Está en el Círculo Dorado, es de las pocas grandes que conservan el aparcamiento gratuito, y tiene además una historia que merece conocerse: estuvo a punto de desaparecer bajo una central hidroeléctrica a principios del siglo XX y se salvó, entre otras cosas, por la obstinación de Sigríður Tómasdóttir, que recorrió a pie más de setenta kilómetros hasta Reikiavik varias veces para defender su caso.
Seljalandsfoss es la única de esta lista que se puede rodear por detrás. Un sendero pasa entre la cortina de agua y la pared del acantilado, con la caída de sesenta metros a menos de un metro de la cara y el paisaje enmarcado al otro lado del velo. Es una experiencia distinta a mirar una cascada, y sales calado sin excepciones. Está en la costa sur, a ciento veinte kilómetros de Reikiavik, y el aparcamiento cuesta unas mil coronas.
Skógafoss es la postal por excelencia: sesenta metros de altura y veinticinco de anchura cayendo en cortina perfecta sobre una llanura de piedras, con arcoíris casi garantizado si sale el sol. Tiene una escalera de más de quinientos peldaños por el lateral que lleva a lo alto y que merece subirse, con la precaución de proteger bien la cámara: la combinación de lluvia y bruma me dejó la mía inservible durante unas horas. Esta y Seljalandsfoss son las dos primeras paradas de la costa sur en dos días.
Dettifoss, en el norte, es la cascada más caudalosa de Europa. Cuarenta y cuatro metros de altura, casi cien de anchura y un caudal que en condiciones extremas supera los mil quinientos metros cúbicos por segundo, alimentado por el río que nace en el Vatnajökull. El agua llega gris y turbia porque arrastra el sedimento glaciar; no es suciedad, es el glaciar deshecho y en movimiento. El paisaje que la rodea es tan árido que la NASA entrenó aquí a los astronautas del Apolo. Se accede por la carretera 862, asfaltada y apta para cualquier coche, o por la 864, de grava y para todoterreno; la guía de Dettifoss y el cañón de Ásbyrgi explica cuál conviene según el coche que lleves.
Goðafoss no es la más grande ni la más alta, pero tiene la mejor combinación de escala accesible e historia. Doce metros de caída en un arco de treinta metros de ancho, con senderos por las dos orillas que conviene recorrer para cambiar de perspectiva. El nombre significa cascada de los dioses porque, según la tradición, el lawspeaker Þorgeirr arrojó aquí sus ídolos paganos al agua después de decidir, en el año 1000, que Islandia se convertía al cristianismo. Queda de camino en el itinerario de Mývatn en un día.
Svartifoss, en Skaftafell, es la más elegante del país. No impresiona por caudal sino por el marco: columnas de basalto negro perfectamente formadas caen verticalmente a ambos lados del agua, como una catedral improvisada. Esas columnas son las que Guðjón Samúelsson tomó como referencia literal para diseñar la fachada de la Hallgrímskirkja de Reikiavik. Hay que subir un sendero de unos cuarenta y cinco minutos desde el aparcamiento, y merece cada paso.
Las claramente infravaloradas¶
Aquí es donde un viaje por libre gana de verdad a una excursión organizada, porque ninguna de estas cinco entra en los circuitos habituales.
Hraunfossar, en el oeste, es la más singular de todas y la que más me sorprendió. No es una cascada en el sentido convencional porque el agua no cae desde arriba: brota lateralmente del campo de lava a lo largo de varios cientos de metros, como si la roca rezumara, y se precipita directamente al río. El origen está en el deshielo del glaciar Langjökull, que viaja bajo tierra filtrándose por la roca porosa hasta reaparecer aquí. Hay pasarelas de madera, hay gente pero no masificación, y uno se pregunta por qué no está en todas las listas. Justo al lado está Barnafoss, con su leyenda de dos niños que cayeron al río cruzando un arco de piedra que la madre mandó destruir después. Le dedico un artículo aparte, la guía del oeste de Islandia.
Gljúfrabúi, a diez minutos a pie de Seljalandsfoss siguiendo el pie del acantilado, es la cascada escondida por antonomasia. No tiene aparcamiento propio ni señalización llamativa, y para llegar hay que meterse en una garganta estrecha por un saliente sobre el agua, mojándose las botas sin remedio. Al fondo, en un espacio casi cerrado con una ranura de luz en lo alto, hay una cascada con una intimidad que no tiene ninguna de las grandes. El ticket del aparcamiento de Seljalandsfoss ya cubre el acceso.
Hengifoss, en el este, son ciento veintiocho metros de caída y una de las más altas del país, pero lo que la hace única no es la altura. La pared por la que cae está rayada en horizontal con franjas rojas que se alternan con el negro del basalto: son paleosuelos, suelos antiguos formados en periodos cálidos entre erupciones y sepultados por las coladas siguientes. Es literalmente un archivo climático al que se llega andando. El sendero sube unos cuarenta minutos y a mitad de camino aparece Litlanesfoss, enmarcada por un semicírculo casi perfecto de columnas hexagonales. Está desarrollada con más detalle en la guía de los fiordos del este.
Selfoss, la del norte, está a pocos minutos caminando aguas arriba de Dettifoss y la mayoría de la gente se marcha sin verla. Es mucho más baja y mucho más ancha, con el agua más tranquila antes de caer, y funciona como el contrapunto perfecto a la potencia bruta de su vecina. Quince minutos extra.
Systrafoss, en Kirkjubæjarklaustur, engaña desde abajo: son dos caídas paralelas que parecen menores comparadas con todo lo demás. Pero hay un sendero que sube por el lateral y desde arriba se abre el valle entero, con los campos verdes en primer plano y las montañas oscuras cerrando el horizonte. Si te quedas abajo estás viendo la mitad del sitio.
Las que se pueden saltar sin remordimientos¶
Esto no lo suele escribir nadie, así que allá va. Faxi, en el Círculo Dorado, es ancha y tranquila y no está mal, pero después de Gullfoss no aporta gran cosa y encima tiene aparcamiento de pago; si vas con el día justo, sigue de largo. Kolugljúfur, en el norte, es un cañón pequeño con una cascada dentro que funciona bien como estiramiento de piernas si ya vas camino de la península de Vatnsnes, pero no justifica un desvío específico.
Y un caso más delicado: Brúarfoss, la del azul turquesa que triunfa en redes sociales, exige un paseo de un par de kilómetros desde el aparcamiento y una tarifa por dejar el coche. Es preciosa, pero si tu viaje incluye después el norte o el este, vas a ver cosas mejores con menos esfuerzo.
Mención aparte merece Fardagafoss, cerca de Egilsstaðir. No es espectacular en absoluto y no la pondría en ninguna lista de imprescindibles, pero llegué allí y el mío era el único coche del aparcamiento. No hay plataformas, ni barandillas, ni carteles. Ese tipo de silencio tiene su propio valor y en Islandia cada año es más difícil de encontrar.
Cuándo tienen más caudal¶
Este dato cambia bastante la experiencia y casi nadie lo tiene en cuenta. Las cascadas alimentadas por glaciares —que son la mayoría de las grandes— llevan su máximo caudal a finales de primavera y principios de verano, cuando se funden las nieves de las tierras altas. Gullfoss, por ejemplo, ronda los cuarenta metros cúbicos por segundo en agosto y puede multiplicar esa cifra por cuatro en el deshielo.
Eso significa que junio ofrece las cascadas más potentes, agosto un caudal más moderado pero mejores condiciones para caminar, y el invierno un espectáculo completamente distinto, con formaciones de hielo en los bordes y algunas parcialmente congeladas. En invierno, eso sí, muchos senderos están helados y hay accesos cerrados: el de Dettifoss por el oeste no tiene servicio de mantenimiento entre enero y principios de abril, y el del este suele estar cerrado desde octubre hasta junio.
Consejos prácticos para visitarlas¶
Lo primero es asumir que te vas a mojar. En Gullfoss, en Seljalandsfoss y en Skógafoss uno acaba empapado aunque no llueva, simplemente por la bruma que genera la propia cascada. Chubasquero impermeable de verdad, no una chaqueta que repele un poco, y calzado con suela que agarre en piedra mojada.
Lo segundo es proteger el equipo. Una bolsa estanca o al menos una bolsa de plástico bien cerrada dentro de la mochila salva la cámara y el móvil. Los aparatos aguantan bastante más de lo que uno cree —el mío resucitó después de unas horas sobre un radiador—, pero no conviene tentar a la suerte a mitad de viaje.
Lo tercero, y esto ha cambiado mucho en los últimos años, son los aparcamientos. Cada vez más cascadas cobran por dejar el coche, con tarifas que suelen rondar entre las setecientas cincuenta y las mil coronas, y no todas usan el mismo sistema: unas van por la aplicación Parka y otras por checkit.is o por máquinas en el sitio. Instala y configura las dos aplicaciones antes de salir de casa, con wifi, porque la cobertura móvil falla en algunos valles. Los impagos generan recargos automáticos que la empresa de alquiler te repercutirá con su propio suplemento de gestión.
Y lo cuarto es la seguridad, que en Islandia no es una formalidad. Las rocas junto a los saltos están permanentemente húmedas y resbalan mucho más de lo que parecen, los bordes de los cañones no siempre tienen barandilla, y en varias cascadas el terreno cede si te sales del sendero marcado. Cada temporada hay rescates evitables. Los carteles no son decorativos.
Cómo elegir si tienes poco tiempo¶
Si tu viaje se limita al sur, la combinación imbatible es Seljalandsfoss con Gljúfrabúi por la mañana, Skógafoss antes de comer y Svartifoss por la tarde si llegas hasta Skaftafell. Con eso ya has visto cuatro registros distintos: la que se rodea, la de cortina perfecta, la enmarcada en basalto y la escondida.
Si haces la vuelta completa a la isla, añade Dettifoss y Goðafoss en el norte, y desvíate a Hraunfossar en el oeste de vuelta hacia Reikiavik. Y si el este entra en tu itinerario, reserva las dos horas que pide la subida a Hengifoss, porque es de las cosas que menos gente hace y más recuerdo dejan. La carretera del anillo en 10 días tiene todas estas paradas repartidas en un itinerario completo.
Los precios y accesos de este artículo están comprobados en 2026, pero las tarifas de aparcamiento en Islandia se revisan con frecuencia y algunos senderos cierran temporalmente por erosión o por hielo. Confirma en las fuentes oficiales antes de salir.