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Hvítserkur, la roca basáltica de quince metros que emerge del mar en la península de Vatnsnes.

Destinos · Islandia · Nordurland

La península de Vatnsnes: focas, Hvítserkur y la Islandia rural del noroeste

Entre Akureyri y Reikiavik, la carretera del anillo atraviesa la Islandia menos espectacular y más habitada: valles agrícolas, granjas de turba, iglesias antiguas y una península de grava donde vive la colonia de focas más accesible del país. Es el tramo que más gente cruza sin parar y el que mejor explica cómo se ha vivido aquí.

Lectura de 9 minutos

Después de una semana de glaciares, campos de lava y cascadas de doscientos metros cúbicos por segundo, el noroeste de Islandia puede parecer un anticlímax. No hay aquí nada que compita en espectacularidad con la costa sur ni con la zona de Mývatn. Lo que hay es otra cosa: la Islandia habitada, la de las granjas y las iglesias, la que explica cómo ha vivido la gente en este país durante mil años.

Y hay también dos atractivos concretos que justifican por sí solos el desvío: la mayor colonia de focas accesible del país y una roca de quince metros emergiendo del mar que aparece en todas las guías. Sobre esas dos cosas conviene, eso sí, ajustar las expectativas, y a eso dedico buena parte de este artículo.

El tramo se recorre en una jornada tranquila entre Akureyri y la zona de Hvammstangi, o como desvío de medio día desde la Ruta 1 si vas de paso hacia Reikiavik.

El valle de Öxnadalur y la granja de Glaumbær

Saliendo de Akureyri hacia el sur, la primera hora de conducción pasa por el valle de Öxnadalur, y hay que parar aunque no estuviera planeado. El valle se abre entre paredes de montaña que en agosto todavía guardan nieve en las cumbres, y el verde del fondo contrasta con esa blancura de una manera que obliga a sacar el coche de la carretera. No es el paisaje más dramático de Islandia, pero tiene una escala tranquila, sin viento, sin coches y sin el desgaste de los grandes atractivos.

La siguiente parada es Glaumbær, en la región de Skagafjörður, y es de las visitas más reveladoras de todo el viaje. Desde la carretera no parece gran cosa: un conjunto de tejados verdes ligeramente curvados que parecen colinas pequeñas. De cerca resulta que son trece edificaciones encadenadas bajo un mismo sistema de cubierta, habitadas de forma continua hasta 1947.

Lo que hay que ver por dentro es el baðstofa, el pasillo central donde la familia entera dormía, trabajaba y hacía vida. Toda la existencia doméstica de una casa concentrada en un corredor largo de techo bajo, con muros de turba de un grosor considerable como única defensa contra el frío. Verlo en persona da una idea de cómo el clima dicta las formas de habitar que no tiene equivalente en el sur de Europa. Funciona como museo folclórico y abre aproximadamente de finales de mayo a septiembre; hay además un café instalado en una de las construcciones más recientes del conjunto.

Las iglesias que aparecen sin buscarlas

Este tramo se convierte casi solo en una ruta de iglesias. No es que uno las vaya buscando: van apareciendo en el camino y cada una tiene algo que justifica la parada. Las cuento con más detalle, junto con el resto de templos del país, en mi recorrido por las iglesias de Islandia.

Víðimýrarkirkja es una iglesia de turba del siglo XIX, aunque en el mismo emplazamiento hay registros del siglo XIV. Desde fuera parece que la tierra se hubiera tragado parte del edificio: los muros son de piedra y turba, el tejado también, y todo está cubierto de hierba. El interior es tan pequeño y tan sencillo —un altar, unos bancos, algo de madera pintada— que el contraste con cualquier iglesia urbana resulta casi cómico. Y esa sencillez pesa más que la ornamentación de muchos templos que uno ha visitado en otros viajes.

La de Blönduós es exactamente lo contrario. La diseñó Maggi Jónsson en 1993 con una forma que imita un volcán o un cráter: paredes en talud, sin líneas rectas visibles, toda la masa de hormigón inclinada hacia un punto. Fue muy criticada cuando se construyó y se entiende que levantara ampollas, porque no es bonita en el sentido convencional. Pero es coherente con su idea: un país construido por volcanes que construye iglesias con forma de volcán.

Y Þingeyrar es la que más me sorprendió. Para llegar hay que tomar una carretera que termina justo ahí, lo que ya dice algo del lugar. Es una iglesia de piedra negra de estilo románico construida en 1877 —la primera iglesia de piedra del país— levantada sobre el emplazamiento de un monasterio medieval del siglo XII que fue el principal centro intelectual de la Islandia medieval, donde se redactaron y copiaron muchas de las sagas. Las vistas desde el promontorio sobre el lago y los campos son amplias, y el silencio del lugar, con ese peso histórico y sin ningún aparato turístico alrededor, se agradece mucho después de un día moviéndose de sitio en sitio.

La península de Vatnsnes: cómo es de verdad

Ahora las advertencias. La carretera 711, que rodea la península, no está asfaltada en buena parte de su recorrido. Son unos treinta kilómetros de grava mantenida pero estrecha, lo que significa polvo, traqueteo, velocidad reducida y el coche cubierto de una capa gris al final del trayecto. Un utilitario normal la hace sin problema en verano; en invierno o con lluvia es más sensato un vehículo con tracción total. La península está a unos doscientos kilómetros de Reikiavik y a hora y media de Akureyri, y el circuito completo con paradas pide entre tres y cuatro horas.

La razón principal para entrar son las focas. Vatnsnes concentra las colonias más accesibles y fiables de Islandia, con focas comunes y grises presentes todo el año. Los dos puntos principales son Illugastaðir, en la orilla oeste, que tiene un observatorio construido a propósito y un aparcamiento de pago de unas mil coronas por la aplicación Parka —incluido si te alojas en el camping—, y Ósar, en la orilla este, cerca de Hvítserkur. Con la marea baja se ven decenas o incluso cientos de ejemplares sobre las rocas. Junio y julio son los mejores meses, porque coinciden con la época de cría y hay más animales en tierra.

Y aquí va la advertencia honesta que casi nadie escribe: las focas en tierra son extraordinariamente inmóviles. Están ahí, muy quietas, sin hacer nada en particular. Es su comportamiento normal de descanso y no hay que interpretarlo como que algo va mal, pero si esperas movimiento o algún tipo de acción te vas a decepcionar. La escena tiene su valor —son muchos animales, en su hábitat, a poca distancia— pero la experiencia consiste básicamente en mirar animales quietos durante un rato. Con prismáticos gana bastante.

En Hvammstangi, el pueblo de unos quinientos ochenta habitantes que hay en la base de la península, está el Centro de la Foca, que funciona desde 2005 y explica la biología, la distribución y la relación histórica entre estos animales y la gente de la zona. Es una visita corta que mejora bastante la experiencia posterior, y el pueblo tiene además gasolinera, supermercado y una fábrica de lana.

Hvítserkur: la roca del rinoceronte

Hvítserkur está en el extremo este de la misma carretera y es la imagen que ilustra la península en todas las guías. Es una roca de quince metros que emerge del agua poco profunda de la bahía de Húnaflói, con dos arcos naturales en la base que hacen que, según el ángulo, recuerde a un rinoceronte, un elefante o un dragón bebiendo.

Geológicamente es lo que queda de una antigua chimenea volcánica erosionada por el mar. En la base le han añadido hormigón para frenar esa erosión y evitar que se derrumbe del todo, lo cual dice bastante de cuánto significa para la zona. Hay un aparcamiento señalizado sobre el acantilado, con un sendero corto y empinado que baja hasta la playa de arena negra, y desde allí, con marea baja, se puede rodear la roca. Ojo con las mareas: con la marea alta la playa queda cubierta y el acceso a la base se corta.

La visita es gratuita y las instalaciones son mínimas: aparcamiento, a veces aseos básicos en verano y nada más. Y de nuevo, ajusta expectativas. La foto es vistosa y explica por qué aparece en todas partes, pero es una roca en el agua, fotogénica y con historia geológica, no el clímax de una jornada. A mí me pilló al final de un día que ya había tenido momentos mejores y así lo recuerdo.

Cerca, y bastante menos visitado, está Borgarvirki, una formación de columnas basálticas en lo alto de un cerro que se cree que se usó como fortaleza en la época vikinga. Las vistas desde arriba abarcan los dos fiordos y no suele haber nadie.

Cómo encaja este tramo en la vuelta al anillo

Si haces la carretera del anillo en 10 días en sentido antihorario, este es tu penúltimo día, entre Akureyri y la zona de Hvammstangi, con la última jornada bajando hacia Reikiavik por el oeste a través de la guía del oeste de Islandia. Es un reparto que funciona bien porque la intensidad del viaje va descendiendo de forma natural y uno llega a la capital sin el agotamiento de una etapa maratoniana.

Si vas justo de tiempo y tienes que recortar, este es el tramo por el que empezaría a hacerlo. Glaumbær y Þingeyrar se pueden ver sin salirse apenas de la Ruta 1, mientras que el circuito completo de Vatnsnes son entre tres y cuatro horas con grava incluida. Dicho esto, si nunca has visto focas en libertad, la península compensa.

Y un último apunte que casi nadie menciona: Hvammstangi es el punto de partida occidental de la Arctic Coast Way, la ruta escénica que recorre la costa norte por carreteras secundarias en lugar de por el anillo. Si algún día vuelves a Islandia y quieres una alternativa a la Ruta 1, empieza a mirar por ahí.

Los precios, horarios y accesos de este artículo están comprobados en 2026, pero las tarifas de aparcamiento se revisan con frecuencia y las carreteras de grava del norte cambian de estado con la estación. Confirma en road.is antes de entrar en la península.