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La fachada triangular y amarilla del Museo Fram, junto al muelle donde amarran las barcas de madera, en Bygdøynes

Destinos · Noruega · Oslo

El Museo Fram: el barco que llegó más lejos en los dos polos

El Fram es la embarcación de madera que más al norte y más al sur ha navegado en toda la historia, y no por casualidad: su casco se diseñó redondeado para que el hielo lo empujara hacia arriba en lugar de aplastarlo. En Bygdøy hay un museo construido alrededor de él, y se puede subir a bordo.

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Noruega tiene una relación con la exploración polar que a un visitante del sur de Europa le cuesta dimensionar. En apenas dos décadas, entre finales del siglo XIX y principios del XX, un país de tres millones de habitantes produjo a Nansen, a Amundsen y a Sverdrup, y financió expediciones que fueron el equivalente de su época a la carrera espacial. El Fram estuvo en las tres.

El museo que lo alberga, en la punta este de la península de Bygdøy, está construido literalmente alrededor del barco: la nave principal existe para contenerlo, y todo lo demás gira en torno a él. Es, junto con el Vasa de Estocolmo, uno de los dos grandes museos-barco de Escandinavia, aunque cuentan historias opuestas: el Vasa es el monumento a un fracaso rotundo, y el Fram al éxito más improbable.

La idea que hizo posible el barco

El problema al que se enfrentaban los exploradores árticos del XIX era sencillo de enunciar y letal en la práctica: el hielo. Cuando un barco quedaba atrapado en la banquisa, la presión de las placas lo aplastaba lateralmente hasta destrozar el casco. Varias expediciones habían terminado así.

Fridtjof Nansen propuso una solución que a muchos les pareció temeraria: en lugar de intentar resistir la presión, dejar que el hielo hiciera su trabajo. Encargó a Colin Archer un barco con el casco deliberadamente redondeado, sin quilla pronunciada, de modo que cuando la banquisa apretara, el buque no se resistiera sino que fuera empujado hacia arriba, quedando encima del hielo en lugar de siendo triturado por él.

Y funcionó. La estrategia de Nansen consistía además en dejarse congelar a propósito y derivar con la corriente polar durante años, una idea que en su momento sonaba a suicidio planificado.

Las tres expediciones

El museo organiza el relato en torno a los tres grandes viajes del barco, y cada uno tiene su propia sala y su propia lógica.

El viaje ártico de Nansen, entre 1893 y 1896, fue la puesta a prueba de la teoría. El Fram se dejó atrapar en el hielo al norte de Siberia y derivó durante casi tres años. Nansen y un compañero abandonaron el barco a mitad de camino para intentar alcanzar el Polo Norte con trineos, no lo consiguieron y pasaron un invierno entero en una cabaña de piedra en Tierra de Francisco José antes de ser rescatados por casualidad. El barco, mientras tanto, salió del hielo intacto por el otro extremo, exactamente como estaba previsto.

La expedición de Otto Sverdrup, entre 1898 y 1902, exploró y cartografió las islas árticas canadienses, y es la menos conocida de las tres pese a haber sido científicamente la más productiva.

Y la conquista del Polo Sur por Roald Amundsen, entre 1910 y 1912, es la que todo el mundo recuerda. Amundsen llegó al Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, cinco semanas antes que la expedición británica de Robert Falcon Scott, cuyo grupo murió en el regreso. El museo cuenta esa carrera sin regodearse en ella, aunque el contraste entre la preparación meticulosa de los noruegos y la británica está implícito en todo el relato.

Qué se ve dentro

Lo que distingue a este museo de casi cualquier otro es que se puede subir al barco. No se contempla desde una pasarela: se accede a bordo y se recorren los camarotes, la sala de máquinas, el puente y los espacios comunes, conservados tal como estaban durante las expediciones.

Esa parte es la que convierte la visita en algo físico. Ver el tamaño real de los camarotes donde varios hombres pasaron tres inviernos árticos, la estrechez de los pasillos, la disposición de los víveres, da una idea de la experiencia que ninguna exposición de vitrinas transmite.

El museo refuerza el efecto con recursos ambientales: efectos de sonido de hielo crujiendo y viento polar, proyecciones y variaciones de luz que reproducen las condiciones de la noche ártica. Puede sonar a parque temático, pero está bien hecho y no chirría.

Alrededor del barco hay salas dedicadas al equipamiento, la alimentación, la navegación y la vida cotidiana a bordo, además de material sobre los propios exploradores. En un edificio anexo se expone el Gjøa, otro barco de Amundsen, el primero en completar el Paso del Noroeste.

Horarios, precio y cuánto tiempo hace falta

El museo abre todos los días del año salvo un puñado de festivos, con horarios más amplios en verano y algo reducidos entre otoño e invierno. Conviene comprobarlo antes, sobre todo fuera de temporada.

La entrada de adulto se mueve en la horquilla habitual de los museos de Oslo, aproximadamente entre las ciento cincuenta y las doscientas coronas. Está incluida en el Oslo Pass, y existe una entrada combinada con el Kon-Tiki, que está a menos de cien metros, y también con el Museo Marítimo, que completa el trío de Bygdøynes.

Hora y media es lo razonable para verlo con calma. Con una hora se cubre el barco y las salas principales; con dos se aprovecha entero, incluida la parte del Gjøa.

Cómo llegar y con qué combinarlo

Está en Bygdøynes, en la punta este de la península de Bygdøy. En verano se llega en el ferry desde el muelle del Ayuntamiento, unos diez minutos, con el billete normal de transporte público. El resto del año, en el autobús 30 desde el centro.

El Kon-Tiki está justo al lado y se ve en una hora, así que la combinación de ambos hace media jornada perfecta. El Norsk Folkemuseum queda a diez o quince minutos andando y completa la jornada entera. Todo eso está desarrollado en la guía de Bygdøy, la península de los museos, incluido el aviso de que el museo de barcos vikingos sigue cerrado hasta 2027.

Por qué merece la pena aunque no te interesen los barcos

Este es el punto que conviene aclarar, porque el nombre y el tema pueden echar atrás a quien no tenga afición náutica.

Lo que se cuenta aquí no es historia naval, es una historia sobre decisiones. Un ingeniero diseñando contra la intuición para resolver un problema que había matado a otros. Un explorador que decide congelarse voluntariamente durante tres años. Un equipo que gana la carrera al Polo Sur porque planifica mejor, no porque sea más valiente. Y unos hombres que pasaron inviernos enteros a oscuras en un espacio del tamaño de un piso pequeño, sin saber si el barco resistiría.

Puesto así, es una de las mejores visitas de Oslo, y probablemente la que mejor explica de dónde viene la relación de este país con el frío, la naturaleza y la preparación meticulosa. Aparece en los itinerarios de dos días y tres días en Oslo, y en ambos por el mismo motivo: es lo que más gente recuerda al volver.