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El Ámsterdam menos obvio: patios escondidos, cafés marrones y barrios sin turistas
Más allá del anillo de canales y del Museumplein hay una ciudad entera que la mayoría de visitantes no llega a pisar: patios del siglo XIV en pleno centro, tabernas de madera oscura, un astillero reconvertido y barrios donde no se oye hablar inglés.
Para quién es este artículo¶
Este no es un artículo para quien viene dos días y quiere ver lo esencial: eso está en qué ver en Ámsterdam en un día y en qué ver en Ámsterdam en 2 días. Este es para quien ya conoce lo esencial, o para quien está en su segundo viaje, o simplemente para quien prefiere una mañana tranquila en un barrio real antes que una cola de una hora en un museo.
Ámsterdam tiene un problema conocido de masificación en un perímetro muy pequeño: prácticamente todo el turismo se concentra en el anillo de canales, el Damrak y el Museumplein, que juntos ocupan una fracción minúscula de la ciudad. En cuanto sales de ese perímetro, aunque sea diez minutos andando, la ciudad cambia de textura y aparece la Ámsterdam donde vive la gente.
Van aquí los sitios que a mí me parecen más recomendables de esa otra ciudad, ordenados de más céntricos a más alejados.
Los hofjes: patios del siglo XIV escondidos tras un portal¶
Esta es la mejor pieza secreta del centro y funciona como una especie de juego. Un hofje es un conjunto de casitas bajas dispuestas alrededor de un patio ajardinado, al que se accede por un pasaje estrecho que desde la calle no parece nada. Se construyeron desde la Edad Media como vivienda de caridad para mujeres mayores sin recursos, financiadas por comerciantes ricos que compraban así su prestigio y, de paso, su salvación.
El más conocido es el Begijnhof, al que se entra por un pasaje desde el Spui. Se construyó en el siglo XIV para las beguinas, una comunidad laica de mujeres católicas que vivían juntas sin tomar votos formales, y que siguieron viviendo aquí y celebrando misa en una capilla escondida cuando la Reforma prohibió el culto católico. Al cruzar el pasaje, el silencio es absoluto: no se oyen ni los coches ni las bicicletas, a doscientos metros de la calle comercial más ruidosa de la ciudad. En una esquina está el Houten Huis, la casa más antigua de Ámsterdam, una construcción de madera del siglo XV que sobrevivió a los grandes incendios medievales tras los cuales se prohibió edificar en madera.
Pero el Begijnhof no es el único, ni mucho menos. En el Jordaan hay una docena larga de hofjes, mucho menos visitados y a veces más bonitos, alrededor de calles como Egelantiersgracht o Palmgracht. La mayoría siguen siendo viviendas particulares, así que hay dos reglas: si el portal está abierto se puede entrar, y una vez dentro se habla bajo y no se fotografían las ventanas.
Los cafés marrones: la mejor institución de la ciudad¶
El bruin café es la taberna tradicional holandesa, y el nombre viene del color que los siglos de humo de tabaco dejaron en las paredes y en la madera. Techos bajos, suelo a veces cubierto de arena, mesas gastadas, luz escasa, alfombras persas sobre las mesas en los más antiguos y una clientela de barrio que lleva yendo décadas.
No son un producto turístico: son el salón compartido de la ciudad, el sitio donde la gente queda después del trabajo para tomar una cerveza pequeña con un plato de bitterballen, esas croquetas esféricas que se mojan en mostaza. Es lo que aquí llaman el borrel, y es probablemente la mejor costumbre del país, tal y como se cuenta en qué comer en los Países Bajos.
Hay cafés marrones por toda la ciudad, y los mejores no salen en las listas. La regla para encontrarlos es sencilla: sal del anillo turístico, busca un local con la madera oscura y sin carta en seis idiomas en la puerta, y entra. Si dentro se habla neerlandés, has acertado.
Un pariente cercano son los proeflokaal, las tabernas de degustación donde se sirve jenever, el antepasado de la ginebra. Se sirve en copita tulipa llenada hasta el borde mismo, tanto que hay que inclinarse sobre la barra para dar el primer sorbo sin levantarla. Pedirla acompañada de una cerveza es un clásico.
De Pijp: el barrio donde come la ciudad¶
Al sur del Museumplein, a quince minutos andando, empieza De Pijp, que fue barrio obrero, luego barrio de inmigrantes y hoy es la zona más viva de Ámsterdam sin ser turística.
Su columna vertebral es el mercado Albert Cuyp, el mercado callejero más grande de los Países Bajos, con más de un kilómetro de puestos de quesos, pescado, flores, especias, ropa y fruta. Es el sitio donde comer de pie y barato, y donde probar un stroopwafel hecho al momento en la plancha, que no se parece en nada al envasado. No abre todos los días, así que conviene comprobarlo antes de ir.
Alrededor hay una escena gastronómica internacional excelente, terrazas por todas partes y el Sarphatipark para sentarse un rato. Es el barrio donde yo me alojaría en un segundo viaje.
Lo único que te recomiendo saltarte aquí es la Heineken Experience: es una visita de marca, cara y con poco contenido, y a dos calles hay cervecerías de verdad donde beber mucho mejor por bastante menos.
Ámsterdam Norte: el otro lado del agua¶
Detrás de la Estación Central salen ferris que cruzan el IJ hacia el norte. Son gratuitos, no hay que fichar ni sacar billete, se sube uno con la bici o andando y el trayecto dura cinco minutos con algunas de las mejores vistas de la ciudad. Es el mejor plan gratis de Ámsterdam, y el resto del transporte del país está explicado en cómo moverse por los Países Bajos.
Al otro lado hay dos destinos distintos. El muelle de Buiksloterweg deja junto a la torre A'DAM Lookout, con mirador panorámico. Y el NDSM es un antiguo astillero enorme reconvertido en zona cultural: naves industriales, arte urbano a escala monumental, talleres de artistas, mercadillos y bares con aire alternativo. Es el Ámsterdam contemporáneo, y no se parece en nada al centro histórico.
Es además una excursión perfecta para el final de la tarde, con la luz baja sobre el agua a la vuelta.
Arquitectura que casi nadie va a ver¶
Para quien le interese la arquitectura, hay una parada que merece un viaje aparte: Het Schip, en el barrio de Spaarndammerbuurt, al oeste de la estación. Es la obra maestra de la Escuela de Ámsterdam, ese movimiento expresionista de principios del siglo XX que construyó vivienda social con una ambición formal desbordante: ladrillo moldeado en curvas imposibles, torres decorativas, ventanas de formas extrañas y una oficina de correos preciosa convertida hoy en museo.
Es vivienda obrera de 1920 tratada con el mimo de un palacio, y cuenta muchísimo sobre cómo entendía este país la vivienda pública hace un siglo. Está a quince minutos en autobús del centro y va poquísima gente.
Otros dos que no fallan¶
El Westerpark, con la antigua fábrica de gas reconvertida en complejo cultural, el Westergas, tiene restaurantes, cine, cervecería artesanal y ambiente muy local, especialmente los fines de semana.
Y el barrio Oost, alrededor de la Javastraat y del Oosterpark, es probablemente donde mejor se ve la Ámsterdam multicultural real: cocina turca, marroquí y surinamesa a precios normales, y ni un solo menú turístico a la vista.
Cómo montar un día con esto¶
Un itinerario que funciona muy bien: empezar la mañana en el Begijnhof y buscar dos o tres hofjes del Jordaan, comer en el Albert Cuyp de De Pijp, dedicar la tarde a Het Schip o al Westerpark, y cerrar el día cruzando en ferri al NDSM para ver el atardecer sobre el agua. Termina en un café marrón, con una cerveza pequeña y un plato de bitterballen.
No hay ni un solo museo en ese plan y es, probablemente, uno de los mejores días que se pueden pasar en esta ciudad. Ámsterdam se disfruta más paseando que persiguiendo una lista, y esa es la única recomendación que de verdad importa.