
Destinos · Reino Unido · Bath · Bristol
Qué ver en Bath en 1 día: itinerario y excursión desde Bristol
Bath está a doce minutos de tren de Bristol y es la ciudad más uniforme de Inglaterra: toda ella construida con la misma piedra color miel. Ruta de un día por el puente habitado, la abadía y la arquitectura georgiana, con una respuesta honesta a la pregunta de si compensa pagar las termas romanas.
Una ciudad con dos vidas separadas por mil quinientos años¶
Bath es Patrimonio de la Humanidad desde 1987 y su historia tiene dos picos muy distantes entre sí. En el siglo I los romanos levantaron aquí Aquae Sulis, un complejo termal y un templo dedicado a Sulis Minerva alrededor de tres manantiales de agua caliente que siguen brotando y que aportan más de un millón de litros diarios a unos cuarenta y seis grados. Después vinieron siglos de irrelevancia. Y en el XVIII resucitó como balneario de moda para la aristocracia: un maestro de ceremonias llamado Beau Nash impuso un código social que convirtió la ciudad en el escenario de la temporada, y los arquitectos John Wood el Viejo y su hijo la reconstruyeron entera en clave palladiana.
De esa segunda vida sale casi todo lo que se visita hoy, y de ahí viene también lo primero que golpea al salir de la estación: la uniformidad. Casi todos los edificios del centro histórico están construidos con la misma piedra caliza de color miel, procedente de las canteras de Combe Down, en las colinas que rodean la ciudad. En el siglo XVIII un empresario llamado Ralph Allen compró casi todas esas canteras, montó un sistema propio para bajar el material y financió después buena parte de la reconstrucción georgiana usando su propia piedra. La ciudad entera acabó saliendo de la misma veta.
El efecto es difícil de explicar hasta que se ve. No es que Bath sea bonita, que lo es: es que es coherente hasta un punto que ninguna otra ciudad británica alcanza.
Cómo llegar desde Bristol¶
El tren sale de Bristol Temple Meads y tarda doce minutos en cubrir los dieciséis kilómetros que separan las dos ciudades, por una línea que Brunel trazó tan llana que sus contemporáneos la apodaron la mesa de billar. Hay salidas muy frecuentes durante todo el día.
El billete ronda las diez libras por trayecto, aunque el precio varía bastante según la hora y la antelación con que se compre, así que merece la pena mirarlo con tiempo en lugar de sacarlo en la máquina el mismo día. Existe también un autobús que conecta Bath con el aeropuerto de Bristol, útil si decides dormir allí una noche o si llegas en avión directamente hacia Bath.
Antes de subir al tren, dedica cinco minutos a la propia estación de Temple Meads. La diseñó Brunel en 1840 como terminal del Great Western Railway y la parte original, hoy fuera de servicio, es la terminal ferroviaria más antigua del mundo que sigue en pie: una fachada Tudor de mentira y un techo de madera de treinta metros de luz sostenido por ménsulas de hierro colado, imitando la estructura de un salón medieval. Más catedral industrial que estación.
Al llegar, la estación de Bath Spa está a diez minutos andando del centro, todo cuesta arriba suave. La ciudad se recorre entera a pie sin necesidad de transporte público.
Mañana: el río, el puente habitado y la abadía¶
Empieza por el río, que es donde está la imagen que todo el mundo se lleva de Bath. El Pulteney Weir es una presa en forma de herradura que controla el nivel del Avon y crea una cascada continua en pleno centro. Hubo una presa aquí desde época medieval para mover molinos, pero la forma escalonada actual es de 1972 y forma parte de un plan de defensa contra las inundaciones. No tiene ninguna función turística, es infraestructura hidráulica pura, y sin embargo es el punto desde el que más gente fotografía la ciudad. Nosotros nos quedamos un buen rato viendo a los cisnes remontar la corriente por las escaleras de la presa.
A unos pasos está el Pulteney Bridge, construido en 1774 por Robert Adam para conectar el centro con unos terrenos que su promotor había heredado en la otra orilla y quería urbanizar. Adam se inspiró en los puentes habitados italianos, el Ponte Vecchio y el Rialto, y diseñó una estructura palladiana con tiendas ocupando por completo ambos lados. Quedan muy pocos así en el mundo. La paradoja es que al cruzarlo no parece un puente en absoluto, porque los edificios tapan el río a ambos lados y parece una calle más: solo tiene sentido mirado desde abajo, desde la presa.
Subiendo hacia el centro se llega a la abadía, que domina la plaza principal. En el edificio anterior, sajón, fue coronado en el año 973 Edgar el Pacífico, en la primera ceremonia de coronación de un rey de toda Inglaterra y modelo de todas las posteriores. El edificio actual es de 1499: lo mandó levantar el obispo Oliver King, que según la tradición decidió reconstruir la iglesia tras soñar con ángeles que subían y bajaban por unas escaleras. Ese sueño está esculpido en la fachada oeste, con ángeles trepando por dos escalas de piedra y uno de ellos, bromean en la ciudad, bajando cabeza abajo. Dentro, las bóvedas de abanico las diseñaron los mismos hermanos que trabajaron en la capilla de Enrique VII en Westminster, y las vidrieras cubren tanta superficie de muro que la luz no se parece a la de ninguna otra iglesia inglesa de su época.
Un cambio respecto a hace unos años: la abadía ya no funciona con donativo sugerido sino con entrada de pago, en torno a las seis o siete libras. Sigue siendo gratuita para quien asista a un oficio o entre a rezar. Y existe además la subida a la torre, de unas dieciocho libras, que pasa junto a las campanas y termina en una vista sobre los tejados desde la que se ve directamente hacia abajo la piscina romana del recinto vecino.
Las termas romanas: la pregunta del millón¶
A cincuenta metros de la abadía están las Termas Romanas, y aquí hay que tomar una decisión con la información por delante.
Nosotros no entramos. Cuando estuvimos, la entrada costaba veintisiete libras por persona y nos pareció desproporcionada; desde entonces ha subido y funciona además con precios dinámicos según franja horaria, más caros en fin de semana y en hora punta, y algo más baratos comprando por internet que en taquilla. La visita dura entre hora y media y dos horas, incluye audioguía en castellano y es, objetivamente, uno de los conjuntos romanos mejor conservados de Europa.
Lo que conviene saber antes de decidir es que en las termas romanas no se puede uno bañar. El agua no está tratada y el recorrido es estrictamente museístico. Mucha gente compra la entrada esperando otra cosa. Si lo que quieres es meterte en agua caliente, el sitio es el Thermae Bath Spa, el balneario moderno que está a dos calles y que sí funciona con los manantiales naturales: la sesión estándar de dos horas ronda las cuarenta y cinco libras entre semana y algo más los fines de semana, incluye la piscina descubierta de la azotea con vistas sobre los tejados y la ciudad, y tiene edad mínima de dieciséis años, así que no es plan familiar. Conviene reservar, sobre todo en fin de semana.
Mi opinión, con la honestidad de quien no entró: si te interesa la arqueología romana y vienes a Bath expresamente, paga las termas. Si vienes en excursión de un día desde Bristol y te interesa más la ciudad georgiana, sáltalas sin remordimiento. El vapor se ve desde la calle, la fachada victoriana que envuelve las ruinas cuenta ya parte de la historia, y con esas mismas libras te da para el balneario moderno, que es una experiencia y no una visita. Si quieres el desglose completo de por qué decidimos no entrar, lo tienes en el artículo dedicado a si merece la pena pagar las termas romanas.
Tarde: la Bath georgiana¶
Desde el centro, un paseo de quince minutos cuesta arriba lleva a The Circus, la plaza circular que John Wood el Viejo empezó en 1754 y que terminó su hijo en 1768. Wood murió tres meses después de colocar la primera piedra y no llegó a ver ni una casa acabada. Son tres bloques curvos de viviendas georgianas idénticas formando un círculo perfecto, con las tres órdenes clásicas superpuestas en cada fachada y más de quinientos emblemas tallados en el friso. Wood era un obsesivo de la Britania druídica y quiso que el diámetro coincidiera con el de Stonehenge. Desde el nivel de la calle el círculo no se percibe como tal; hay que imaginarlo.
Cinco minutos más allá está el Royal Crescent: treinta casas georgianas en arco construidas entre 1767 y 1774 por John Wood el Joven, con ciento catorce columnas jónicas y un césped que baja en pendiente hacia el parque, separado por una zanja invisible que impedía entrar al ganado sin interrumpir la vista. Fue el primer conjunto de este tipo de la historia de la arquitectura y después se copió por toda Gran Bretaña. La mayoría son residencias privadas; el número 1 es un museo que recrea el interior de una vivienda georgiana. Funciona mejor en fotografía aérea que a pie de calle, aunque en persona también impresiona.
De vuelta al centro, el Guildhall Market ocupa un espacio bajo una rotonda acristalada victoriana donde se comercia desde hace siglos, con puestos de productos frescos, artesanía y antigüedades. Y para terminar la jornada, la subida a Alexandra Park, al sur, un parque inaugurado en 1902 para conmemorar la coronación de Eduardo VII. La vista panorámica existe, aunque conviene rebajar expectativas: los árboles han crecido lo suficiente como para recortar bastante el horizonte que promete el nombre del mirador. Aun así, el paseo hasta arriba compensa, y si dispones de más tiempo la ruta señalizada del Bath Skyline rodea la ciudad por las colinas durante casi diez kilómetros.
Comer sin arruinarse y otros consejos¶
Bath es cara, más que Bristol, y cualquier menú en el centro se va con facilidad a las veinte libras. La solución más pragmática que encontramos fue el supermercado grande del centro, que tiene una pequeña zona con mesas y microondas donde calentar platos preparados. Sin ningún glamur, pero eficiente, y en una excursión de un día la diferencia se nota. La otra opción razonable son los puestos del mercado cubierto.
Sobre el momento de la visita, Bath tiene bastantes más turistas que Bristol y el comercio lo nota, con más tiendas de recuerdos y más cafés con mesas en la acera. Los fines de semana y los meses de verano la afluencia es considerable, así que un día laborable fuera de temporada alta cambia mucho la experiencia. Y si vas a entrar en las termas, la primera o la última franja horaria del día son las que menos coinciden con los grupos organizados.
Con una jornada da tiempo a lo esencial y a hacerlo sin prisas. Si te interesan mucho los museos, o si quieres entrar en las termas y además en el balneario, entonces la ciudad pide una noche. Pero como excursión desde Bristol, doce minutos de tren para esto es una de las mejores relaciones entre esfuerzo y recompensa que ofrece Inglaterra.