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Rafiki cantando 'Circle of Life' sobre el escenario del Lyceum Theatre, en la producción de El Rey León

Destinos · Reino Unido · Londres

Qué musical elegir en Londres: trece funciones en veinte años

El Rey León sigue siendo el mejor de todos los que he visto, un Lloyd Webber me dejó sin poder tararear una sola canción y el descubrimiento más emocionante fue una producción diminuta de la que nadie había oído hablar. Guía para elegir espectáculo según lo que busques, con opiniones y sin diplomacia.

Lectura de 8 minutos

De dónde salen estas opiniones

He visto trece musicales en el West End repartidos entre 2004 y 2025, en siete viajes distintos y en compañías distintas: solo, en pareja, con un amigo que no había pisado Londres. Algunos me deslumbraron, otros los he olvidado por completo y uno me pareció una estafa artística que el tiempo acabó dándome la razón.

Lo digo porque las listas de mejores musicales de Londres suelen escribirse sin haber visto ninguno. Esta no. Lo que sigue son impresiones de butaca, con sus manías y sus prejuicios, y con el sesgo evidente de que hay géneros que me interesan más que otros.

Una advertencia previa que vale más que cualquier ranking: la cartelera del West End cambia constantemente. Varios de los espectáculos que menciono ya no están, y algunos de los que hoy están no estarán cuando tú viajes. Lo que sí se mantiene son los criterios para elegir, que es lo que de verdad sirve.

El mejor de todos, sin discusión

El Rey León en el Lyceum Theatre. Lo he visto varias veces desde 2004 y no se gasta.

Lo que hace Julie Taymor con esta producción es algo que no había visto antes y que no he vuelto a ver: los actores son los animales pero al mismo tiempo son visibles como personas. No se esconden detrás de los disfraces, los llevan encima, los manipulan a la vista del público, y el cerebro del espectador acepta las dos cosas a la vez sin conflicto. Mufasa lleva una máscara de león que sube y baja con la cabeza. Scar tiene una máscara articulada que desciende sobre su rostro como una amenaza. Zazu es un títere de varilla y el actor que lo maneja está ahí delante, a la vista, sin que eso reste ni un gramo de vida al personaje.

Desde que se apagan las luces y suenan los primeros compases del número inicial, con los animales desfilando por los pasillos del patio de butacas y una jirafa avanzando a medio metro de tu asiento, uno entiende que va a ver algo distinto. Y sigue funcionando en la tercera visita exactamente igual que en la primera. Hay espectáculos que se desgastan con la repetición y hay otros que no; este es de los segundos.

Si solo vas a ver un musical en Londres y no tienes preferencias fuertes, ve a este. Es además el más apto para quien no domine el inglés, porque buena parte de lo que ocurre es visual y la historia la conoce todo el mundo.

Los grandes clásicos que cumplen

Los Miserables, que sigue en cartel décadas después de su estreno, es una experiencia emocionalmente arrasadora, en el mejor sentido. Es de los pocos musicales que son ópera popular de verdad, cantados prácticamente de principio a fin, y la partitura tiene media docena de números que se quedan pegados. Requiere algo más de inglés que El Rey León, aunque la historia es conocida y el impacto es sobre todo musical.

Wicked, que llevo visto dos veces, es técnicamente impresionante. La producción tiene números de una potencia enorme, un diseño escénico brillante y una historia con más fondo del que su envoltorio verde sugiere. Tengo alguna reserva sobre ciertas decisiones de puesta en escena, pero es una elección segura y funciona muy bien como primer musical para alguien que nunca ha visto ninguno.

Joseph, que vi en 2008, fue la sorpresa más agradable de aquel viaje. No lo esperaba y me encantó: es ligero, divertido, con una energía que arrastra y sin ninguna pretensión de ser otra cosa. De los Lloyd Webber tempranos, el más disfrutable.

Espectáculo puro: cuando lo importante no es la historia

Hay una categoría entera de musicales que no van de la trama sino del despliegue, y conviene saberlo antes de entrar para no salir decepcionado.

Moulin Rouge, en el Piccadilly Theatre, es el ejemplo perfecto. No es una obra musical en sentido tradicional: no tiene partitura original, sino una amalgama de canciones conocidísimas del pop y el rock de las últimas décadas, más incluso que la película en la que se basa. Sobre el papel eso debería ser una limitación y en la práctica se convierte en fortaleza, porque la ejecución alcanza un nivel de excelencia que revitaliza temas que todos hemos oído mil veces. Las voces son alucinantes, la escenografía se transforma constantemente, el vestuario es exuberante. Como espectáculo puro merece un diez.

Starlight Express, en la sala de Wembley, es otra bestia: todos los actores actúan sobre patines, simulando ser vagones en una carrera ferroviaria. El nivel técnico es extraordinario, porque cantar, actuar y hacer acrobacias sobre ruedas está muy por encima de lo habitual. Musicalmente nunca ha sido mi Lloyd Webber favorito, las canciones son eficaces en contexto pero sin la profundidad melódica de otros trabajos suyos. Como experiencia teatral, sin embargo, es fascinante.

En esta categoría también entran las adaptaciones de Disney. Frozen, que vi en 2023, está bien ejecutada, con buenos efectos y los números que la gente va a escuchar, pero no está entre las más espectaculares del West End. La vimos porque a mi pareja le hacía ilusión, y funcionó exactamente para eso.

El descubrimiento: apostar por lo desconocido

Y aquí está mi recomendación menos evidente y probablemente la más valiosa.

En 2025 vimos Stiletto, una producción estrenada apenas dos meses antes en el Charing Cross Theatre, una sala pequeña e íntima situada literalmente bajo las vías del tren, de manera que en los momentos de silencio se oye pasar los convoyes por encima —lo cuento con más detalle en el artículo sobre los teatros del West End—. No sabíamos absolutamente nada de la obra.

Fue la mejor experiencia teatral de aquel viaje. En una época en que casi todos los grandes éxitos del West End son adaptaciones de películas conocidas o compilaciones de canciones ya establecidas, encontrar una producción completamente original que además conecta emocionalmente es excepcional. Tenía imperfecciones, detalles de obra que aún se está puliendo, pero quedaban eclipsados por la fuerza y la originalidad del conjunto.

Comparada con Moulin Rouge, que vimos aquella misma semana, la diferencia es esclarecedora. Moulin Rouge impresiona por su perfección técnica; Stiletto emocionaba por ser algo genuinamente nuevo. Las dos experiencias son válidas y muy distintas, pero si tienes tres noches en Londres, reservar una para una producción pequeña de la que no sepas nada es la mejor apuesta que puedes hacer.

Lo mismo me pasó en 2004 con Jerry Springer: The Opera, que nos recomendó el chico del TKTS sin que tuviéramos ni idea de qué era. Resultó ser una ópera literal, con arias y coros, ambientada en un programa de televisión basura, con un segundo acto en el que el presentador baja al infierno a mediar entre Satanás y Jesucristo. Probablemente nos perdimos la mitad de los chistes por el nivel de inglés, pero la risa es contagiosa y el teatro estaba entregado.

Los que no recomendaría

Saturday Night Fever, mi primer musical en Londres, fue entretenido y perfectamente olvidable. Los bailarines sabían lo que hacían y las canciones de los Bee Gees son difíciles de estropear, pero sin conexión emocional con esa música el espectáculo pierde la mitad de su fuerza.

Y The Woman in White, un estreno de Lloyd Webber que vimos en 2004, sigue siendo la mayor decepción de estos veinte años. De un compositor que ha escrito algunas de las melodías más reconocibles del género salimos sin poder tararear ni una sola canción, lo que para un musical es una sentencia. Pero el problema mayor fue la escenografía: en lugar de decorados físicos, la producción usaba proyecciones de vídeo como elemento principal. Se vendía como innovación y producía la sensación de haber pagado por teatro y recibir televisión de alta resolución. Las proyecciones pueden enriquecer una escenografía, no sustituirla. El tiempo me dio la razón: aquella obra cerró sin dejar rastro.

De ahí sale un criterio que aplico desde entonces: desconfía de las producciones que venden la tecnología como argumento principal. En el teatro, lo tangible importa.

Cómo elegir según tu caso

Si es tu primera vez y vas con alguien que no ha visto nunca un musical, El Rey León. Si tu inglés es limitado, El Rey León o cualquier título muy visual con historia conocida. Si quieres emoción de la buena y no te asusta llorar en público, Los Miserables.

Si viajas con niños, Disney y las adaptaciones familiares cumplen sin discusión, aunque conviene mirar la edad recomendada de cada producción. Si lo que buscas es despliegue puro y no te importa la profundidad narrativa, Moulin Rouge. Si te interesa el teatro como oficio, busca una producción pequeña y original en una sala reducida.

Y una recomendación transversal para cualquier viaje con más de una función: mezcla registros. Un gran clásico, un espectáculo puro y algo que no conozcas de nada. Salir de las tres funciones con la misma sensación es la manera más segura de que ninguna se te quede grabada.